Hay aves que uno termina asociando inevitablemente a un lugar. No porque no puedan volar más lejos, sino porque, por alguna razón que muchas veces desconocemos, parecieran haber decidido quedarse de un solo lado del mapa.
La protagonista de hoy es la paloma manchada (Patagioenas maculosa). Todas las fotografías que tengo de esta especie fueron obtenidas hace ya varios años en la vecina provincia de Corrientes, el querido Taragüí. Y lo curioso es que, después de tantos años recorriendo montes, caminos rurales, chacras y pastizales de Misiones, nunca tuve la suerte de encontrar una de este lado del límite interprovincial.
Resulta inevitable imaginar esa frontera como una línea invisible que algunas especies parecen respetar al pie de la letra. Como si alguien les hubiera dicho: "Hasta acá llegás... del otro lado no se puede pasar".
Por supuesto, la naturaleza no entiende de límites políticos y las aves mucho menos. Sus distribuciones responden a cuestiones mucho más complejas: el tipo de ambiente, la disponibilidad de alimento, el clima, la competencia con otras especies y una infinidad de factores que muchas veces pasan desapercibidos para quienes simplemente disfrutamos de observarlas.
Lo más cerca de Posadas que pude registrar a la paloma manchada fue en el camino de acceso a Rincón Ombú Chico, apenas unos kilómetros más y ya estábamos nuevamente en Misiones... pero allí terminaban mis encuentros con la especie.
¿Estará presente en algún rincón de la provincia y simplemente nunca tuve la fortuna de cruzármela? Es muy posible; después de todo, cada salida al campo nos recuerda que todavía queda muchísimo por descubrir, y quizá ese sea uno de los mayores encantos de esta actividad. siempre existe la posibilidad de que, detrás de la próxima curva del camino o sobre la rama de un árbol cualquiera, aparezca esa especie que llevamos años esperando encontrar.
Mientras tanto, estas viejas fotografías sirven para recordar aquellos viajes por Corrientes y para seguir alimentando una de las partes más lindas de la observación de aves, la capacidad de sorprendernos con esos pequeños misterios que la naturaleza, por ahora, todavía no tiene intención de revelarnos.
Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.
Tus hijos te lo agradecerán.
4 jul 2026
3 jul 2026
No todo lo viejo merece ir a la papelera....
Con el frío que está haciendo (mucho más de lo que a mí me gustaría) las salidas al campo quedaron momentáneamente en pausa, así que no queda otra, mate calentito al lado de la computadora y viaje en el tiempo.
Estos días me los estoy dedicando a revisar archivos viejos, editar fotografías que habían quedado olvidadas, hacer esa limpieza que uno siempre promete pero nunca cumple, y ajustar, acomodar, volver a diagramar cosas en el blog que quedaron desconfiguradas.
Fotográficamente hablando el objetivo es simple, eliminar todo lo que está fuera de foco, movido o que definitivamente no aporta demasiado, para ir liberando espacio. Después de todo, si el invierno afloja y volvemos a salir a fotografiar, habrá que hacerle lugar al material nuevo.
Y en medio de esa expedición arqueológica apareció el protagonista de hoy.
Estas fotografías corresponden a un bobito grande (Myiarchus sagrae), tomadas en el parque del hotel Memories, en Varadero, Cuba, durante el viaje de 2017. Lo curioso es que, por algún motivo que hoy ya no recuerdo, nunca las había editado ni mucho menos publicado. Ocho años esperando pacientemente en un disco rígido hasta que finalmente les llegó el turno.
El bobito grande es un representante de los atrapamoscas, una familia de aves que suele poner a prueba la paciencia de cualquier observador. No tiene colores estridentes ni plumajes extravagantes; su encanto está en los detalles, en esa elegante combinación de tonos pardos, grises, negros, el vientre amarillento y la típica costumbre de lanzarse desde una rama para capturar insectos al vuelo y regresar casi siempre al mismo posadero.
Además, se trata de una especie propia del Caribe, presente principalmente en Cuba y algunas islas vecinas, así que para quienes venimos del sur siempre tiene ese atractivo extra de encontrarse con un ave que difícilmente veremos en nuestros recorridos habituales.
Así que hoy el frío tuvo su recompensa. Entre mates, carpetas desordenadas y miles de archivos olvidados, apareció este viejo recuerdo cubano para recordarme que, a veces, las mejores fotografías no son las recién tomadas, sino aquellas que esperan con paciencia el momento indicado para volver a ver la luz.
Y así, entre una carpeta y otra, el disco rígido quedó un poco más liviano... y el mate también. Ahora solo falta que el invierno tenga un gesto de buena voluntad, afloje de una vez por todas y nos permita volver a salir al monte, que las tarjetas de memoria ya están listas para llenarse otra vez, aunque, siendo sincero, estoy empezando a disfrutar de estos rescates del archivo también tienen un encanto especial muchas veces esconden imágenes que en su momento pasaron inadvertidas y hoy se disfrutan con otros ojos, imagínense lo que tengo guardado en casi 500GB de fotos.
Estos días me los estoy dedicando a revisar archivos viejos, editar fotografías que habían quedado olvidadas, hacer esa limpieza que uno siempre promete pero nunca cumple, y ajustar, acomodar, volver a diagramar cosas en el blog que quedaron desconfiguradas.
Fotográficamente hablando el objetivo es simple, eliminar todo lo que está fuera de foco, movido o que definitivamente no aporta demasiado, para ir liberando espacio. Después de todo, si el invierno afloja y volvemos a salir a fotografiar, habrá que hacerle lugar al material nuevo.
Y en medio de esa expedición arqueológica apareció el protagonista de hoy.
Estas fotografías corresponden a un bobito grande (Myiarchus sagrae), tomadas en el parque del hotel Memories, en Varadero, Cuba, durante el viaje de 2017. Lo curioso es que, por algún motivo que hoy ya no recuerdo, nunca las había editado ni mucho menos publicado. Ocho años esperando pacientemente en un disco rígido hasta que finalmente les llegó el turno.
El bobito grande es un representante de los atrapamoscas, una familia de aves que suele poner a prueba la paciencia de cualquier observador. No tiene colores estridentes ni plumajes extravagantes; su encanto está en los detalles, en esa elegante combinación de tonos pardos, grises, negros, el vientre amarillento y la típica costumbre de lanzarse desde una rama para capturar insectos al vuelo y regresar casi siempre al mismo posadero.
Además, se trata de una especie propia del Caribe, presente principalmente en Cuba y algunas islas vecinas, así que para quienes venimos del sur siempre tiene ese atractivo extra de encontrarse con un ave que difícilmente veremos en nuestros recorridos habituales.
Así que hoy el frío tuvo su recompensa. Entre mates, carpetas desordenadas y miles de archivos olvidados, apareció este viejo recuerdo cubano para recordarme que, a veces, las mejores fotografías no son las recién tomadas, sino aquellas que esperan con paciencia el momento indicado para volver a ver la luz.
Y así, entre una carpeta y otra, el disco rígido quedó un poco más liviano... y el mate también. Ahora solo falta que el invierno tenga un gesto de buena voluntad, afloje de una vez por todas y nos permita volver a salir al monte, que las tarjetas de memoria ya están listas para llenarse otra vez, aunque, siendo sincero, estoy empezando a disfrutar de estos rescates del archivo también tienen un encanto especial muchas veces esconden imágenes que en su momento pasaron inadvertidas y hoy se disfrutan con otros ojos, imagínense lo que tengo guardado en casi 500GB de fotos.
2 jul 2026
Cuando el que nunca se fue vuelve a aparecer
Hay aves que uno busca durante años, las conoce de memoria por los libros las láminas y las revistas, hasta que un día, casi sin creerlo aparecen delante de los ojos.
Con el yapú me pasó algo parecido porque durante mucho tiempo fue una de esas especies que parecían pertenecer a otro mundo hasta que conocimos a Luis Krause.
Curiosamente, nuestro primer contacto ni siquiera fue para ir a fotografiar aves. En aquella época, cuando con Willy recorríamos escuelas dando charlas sobre naturaleza y pajaritos de Posadas o de la Provincia, fuimos hasta el negocio de Luis a buscar unos nidos de yapú que nos había conseguido para mostrarles a los chicos; sin saberlo, ese encuentro terminaría abriendo la puerta a una amistad y a un lugar que nos regalaría infinidad de recuerdos, porque lo que pareció un simple favor en un principio, terminó siendo el comienzo de una amistad y de una larga lista de escapadas a Rincón Ombú Chico.
En 2013 llegó la primera de esas escapadas a Ombú; volvimos con las tarjetas llenas de fotos y la cabeza explotada de emoción. ¡Habíamos fotografiado un yapú! Ese mismo que durante años solo habíamos visto en las páginas de los libros... y resulta que estaba ahí nomás, cerquita de Posadas.
No fue un viaje propiamente dicho porque Ombú está acá nomás, unos pocos kilómetros pasando el arco, pero para willy y para mi fue una auténtica expedición.
Preparamos las mochilas la noche anterior, revisábamos baterías, tarjetas de memoria, una buena provista reforzada para dos días, y como buenos pajareros salíamos convencidos y esperanzados en volver con "La Foto".
Hace poco volví a hojear Los que se van, de Juan Carlos Chebez, un libro imprescindible para entender la historia de muchas de nuestras aves, pero mientras lo leía no pude evitar pensar que, al menos en Ombú Chico, el yapú nunca hizo honor al título porque nunca se fue, siempre estuvo ahí, silencioso, fiel, colgando sus inconfundibles nidos, esperándonos en cada visita como un viejo conocido, llenando el monte con su presencia junto a los boyeros y urracas, acompañando casi sin proponérselo a cada una de nuestras pajareadas.
En 2013 la prioridad era volver con la especie fotografiada. Si la foto salía más o menos, era un detalle menor. La emoción podía más que cualquier criterio técnico.
Diez años después, en la última visita a Ombú del 2022, los nervios ya habían quedado atrás. El desafío era diferente. No buscaba una foto del yapú; buscaba otra foto del yapú.
Así que el flash quedó descansando en la mochila, puse la cámara sobre el trípode, ISO bien bajo para que el ruido digital no aparezca, paciencia y toda la luz natural que el comedero de Luis quisiera regalarme.
A veces uno descubre que la mejor iluminación no siempre sale de un flash, sino de esperar unos minutos más y dejar que el monte haga su trabajo. Estas imágenes que hoy comparto son el resultado de esa búsqueda; también son una excusa para volver a recordar a Luis, a Willy, a las charlas en las escuelas, a los mates compartidos, a tantas mañanas recorriendo Ombú Chico, a los guisos en olla de hierro, a los asados, y a otras muchas cosas compartidas en grupo.
Porque algunas aves pasan a formar parte de nuestra lista.
Y otras, como el yapú, terminan formando parte de nuestra historia. Saludos para todos y gracias una vez mas por leernos!!
Con el yapú me pasó algo parecido porque durante mucho tiempo fue una de esas especies que parecían pertenecer a otro mundo hasta que conocimos a Luis Krause.
Curiosamente, nuestro primer contacto ni siquiera fue para ir a fotografiar aves. En aquella época, cuando con Willy recorríamos escuelas dando charlas sobre naturaleza y pajaritos de Posadas o de la Provincia, fuimos hasta el negocio de Luis a buscar unos nidos de yapú que nos había conseguido para mostrarles a los chicos; sin saberlo, ese encuentro terminaría abriendo la puerta a una amistad y a un lugar que nos regalaría infinidad de recuerdos, porque lo que pareció un simple favor en un principio, terminó siendo el comienzo de una amistad y de una larga lista de escapadas a Rincón Ombú Chico.
En 2013 llegó la primera de esas escapadas a Ombú; volvimos con las tarjetas llenas de fotos y la cabeza explotada de emoción. ¡Habíamos fotografiado un yapú! Ese mismo que durante años solo habíamos visto en las páginas de los libros... y resulta que estaba ahí nomás, cerquita de Posadas.
No fue un viaje propiamente dicho porque Ombú está acá nomás, unos pocos kilómetros pasando el arco, pero para willy y para mi fue una auténtica expedición.
Preparamos las mochilas la noche anterior, revisábamos baterías, tarjetas de memoria, una buena provista reforzada para dos días, y como buenos pajareros salíamos convencidos y esperanzados en volver con "La Foto".
Hace poco volví a hojear Los que se van, de Juan Carlos Chebez, un libro imprescindible para entender la historia de muchas de nuestras aves, pero mientras lo leía no pude evitar pensar que, al menos en Ombú Chico, el yapú nunca hizo honor al título porque nunca se fue, siempre estuvo ahí, silencioso, fiel, colgando sus inconfundibles nidos, esperándonos en cada visita como un viejo conocido, llenando el monte con su presencia junto a los boyeros y urracas, acompañando casi sin proponérselo a cada una de nuestras pajareadas.
En 2013 la prioridad era volver con la especie fotografiada. Si la foto salía más o menos, era un detalle menor. La emoción podía más que cualquier criterio técnico.
Diez años después, en la última visita a Ombú del 2022, los nervios ya habían quedado atrás. El desafío era diferente. No buscaba una foto del yapú; buscaba otra foto del yapú.
Así que el flash quedó descansando en la mochila, puse la cámara sobre el trípode, ISO bien bajo para que el ruido digital no aparezca, paciencia y toda la luz natural que el comedero de Luis quisiera regalarme.
A veces uno descubre que la mejor iluminación no siempre sale de un flash, sino de esperar unos minutos más y dejar que el monte haga su trabajo. Estas imágenes que hoy comparto son el resultado de esa búsqueda; también son una excusa para volver a recordar a Luis, a Willy, a las charlas en las escuelas, a los mates compartidos, a tantas mañanas recorriendo Ombú Chico, a los guisos en olla de hierro, a los asados, y a otras muchas cosas compartidas en grupo.
Porque algunas aves pasan a formar parte de nuestra lista.
Y otras, como el yapú, terminan formando parte de nuestra historia. Saludos para todos y gracias una vez mas por leernos!!
1 jul 2026
Tiquitiqui... Y asunto resuelto !!
Durante los últimos tres días me dediqué a una tarea que venía pateando desde bastante tiempo, mas precisamente desde Abril cuando decidí rescatar el blog del olvido; tenía que actualizar el listado de especies que venimos registrando desde aquel lejano 2008.
Lo que parecía ser un simple retoque terminó convirtiéndose en una reforma casi completa, descargué la versión más reciente del listado de las aves de Argentina y me senté a corregir el que está publicado en el blog. En realidad, corregir es una forma elegante de decir que hubo que diagramarlo prácticamente desde cero, porque después de varios años en los que, como ya saben, estaba enfocado en otras cosas, el trabajo acumulado era bastante más grande de lo que imaginaba.
Entre tantos cambios me encontré con uno que ya conocía, aunque nunca le había prestado demasiada atención; allá por 2017 comenzó a desaparecer el adjetivo "común" de muchos nombres de aves, no recuerdo exactamente cómo fue el proceso, si se que hubieron consultas y encuestas y la realidad es que hoy esos nombres quedaron atrás.
Y, pensándolo bien... me parece una excelente decisión porque de comunes las aves no tienen absolutamente nada. Cada una tiene una historia, un comportamiento, un canto, una forma de moverse o algún detalle que la hace única. Los nuevos nombres, en muchos casos, resaltan justamente esas características y ayudan a identificarlas mucho mejor.
El protagonista de hoy es uno de los piojitos. Elegí esta especie porque las fotografías son relativamente recientes y tuve la suerte de fotografiarlo en casa.
No es un visitante de todos los días; aparece de vez en cuando para recordarme que el patio todavía guarda lindas sorpresas, sin embargo, durante mis caminatas lo escucho con mucha más frecuencia de la que logro verlo. Y fue justamente su canto el que terminó dándole identidad.
"Tiquitiqui... tiquitiqui..."
Así de simple. Así de claro.
No hacía falta buscar un nombre rebuscado. Alguien lo escuchó, le prestó atención y decidió bautizarlo como Piojito tiquitiqui. Sencillo, simpático, original y, sobre todo, imposible de olvidar una vez que uno aprende a reconocer su voz.
Al final, mientras yo iba tachando nombres viejos y escribiendo los nuevos en el listado, este pequeño cantor me recordó que las aves siempre encuentran la manera de sorprendernos. Cambian los nombres, cambian las listas y cambian los libros... pero la emoción de descubrirlas sigue siendo exactamente la misma. Y ahora, si me disculpan, todavía me quedan unos cuantos pajaritos por corregir. Espero tener un poco de suerte, y que antes de que termine de actualizar el listado... los iluminados biólogos o especialistas en taxonomía no vuelven a cambiarles el nombre otra vez. Saludos y gracias por leernos!!
Lo que parecía ser un simple retoque terminó convirtiéndose en una reforma casi completa, descargué la versión más reciente del listado de las aves de Argentina y me senté a corregir el que está publicado en el blog. En realidad, corregir es una forma elegante de decir que hubo que diagramarlo prácticamente desde cero, porque después de varios años en los que, como ya saben, estaba enfocado en otras cosas, el trabajo acumulado era bastante más grande de lo que imaginaba.
Entre tantos cambios me encontré con uno que ya conocía, aunque nunca le había prestado demasiada atención; allá por 2017 comenzó a desaparecer el adjetivo "común" de muchos nombres de aves, no recuerdo exactamente cómo fue el proceso, si se que hubieron consultas y encuestas y la realidad es que hoy esos nombres quedaron atrás.
Y, pensándolo bien... me parece una excelente decisión porque de comunes las aves no tienen absolutamente nada. Cada una tiene una historia, un comportamiento, un canto, una forma de moverse o algún detalle que la hace única. Los nuevos nombres, en muchos casos, resaltan justamente esas características y ayudan a identificarlas mucho mejor.
El protagonista de hoy es uno de los piojitos. Elegí esta especie porque las fotografías son relativamente recientes y tuve la suerte de fotografiarlo en casa.
No es un visitante de todos los días; aparece de vez en cuando para recordarme que el patio todavía guarda lindas sorpresas, sin embargo, durante mis caminatas lo escucho con mucha más frecuencia de la que logro verlo. Y fue justamente su canto el que terminó dándole identidad.
"Tiquitiqui... tiquitiqui..."
Así de simple. Así de claro.
No hacía falta buscar un nombre rebuscado. Alguien lo escuchó, le prestó atención y decidió bautizarlo como Piojito tiquitiqui. Sencillo, simpático, original y, sobre todo, imposible de olvidar una vez que uno aprende a reconocer su voz.
Al final, mientras yo iba tachando nombres viejos y escribiendo los nuevos en el listado, este pequeño cantor me recordó que las aves siempre encuentran la manera de sorprendernos. Cambian los nombres, cambian las listas y cambian los libros... pero la emoción de descubrirlas sigue siendo exactamente la misma. Y ahora, si me disculpan, todavía me quedan unos cuantos pajaritos por corregir. Espero tener un poco de suerte, y que antes de que termine de actualizar el listado... los iluminados biólogos o especialistas en taxonomía no vuelven a cambiarles el nombre otra vez. Saludos y gracias por leernos!!
30 jun 2026
El progreso también deja silencios...
Hay lugares que terminan formando parte de la historia de uno, no porque sean famosos ni espectaculares, sino porque estaban ahí... cerquita de casa, siempre listos para escaparse un rato con la cámara al hombro.
Uno de esos rincones eran los pastizales que acompañaban al arroyo Mártires, digo eran porque nunca mas anduve por ahí; un lugar que era un verdadero tesoro para quienes disfrutamos de fotografiar aves.
En pocas cuadras uno podía encontrarse con una cantidad increíble de especies típicas de los pastizales: tachuríes, pecho amarillos, cachirlas, Capuchinos... y, por supuesto, el simpático cachilo canela (Donacospiza albifrons), dueño de un plumaje discreto pero de una elegancia que solo se aprecia cuando el sol de la mañana, o el de la tarde le pega de costado.
Hoy, cada vez que reviso estas fotos de archivo, no puedo evitar pensar en aquel viejo refrán: "todo tiempo pasado fue mejor". Y aunque suene exagerado, el progreso se encarga de darnos algún cachetazo de realidad de vez en cuando. Donde antes el viento hacía bailar los pastos y las aves encontraban refugio, hoy se levanta un enorme parque fotovoltaico.
No reniego de la necesidad de generar energía, pero otra vez la fauna tuvo que hacer las valijas; como casi siempre, perdió el partido sin siquiera haber sido invitada a jugar.
Así que no queda otra que aceptar el desafío, tendremos que volver a madrugar, preparar el mate, cargar los equipos y salir otra vez a recorrer los pocos pastizales que aún resisten, en la hora dorada, cuando la luz hace magia y los pájaros están más activos, con un poco de suerte volveremos a escuchar el canto del cachilo canela.
Y si ya no está por estos pagos... habrá que hacer algunos kilómetros más, porque estoy seguro de que, en algún rincón donde el progreso todavía no pasó la topadora, estos pequeños sobrevivientes seguirán recordándonos que los pastizales también merecen una oportunidad.
Uno de esos rincones eran los pastizales que acompañaban al arroyo Mártires, digo eran porque nunca mas anduve por ahí; un lugar que era un verdadero tesoro para quienes disfrutamos de fotografiar aves.
En pocas cuadras uno podía encontrarse con una cantidad increíble de especies típicas de los pastizales: tachuríes, pecho amarillos, cachirlas, Capuchinos... y, por supuesto, el simpático cachilo canela (Donacospiza albifrons), dueño de un plumaje discreto pero de una elegancia que solo se aprecia cuando el sol de la mañana, o el de la tarde le pega de costado.
Hoy, cada vez que reviso estas fotos de archivo, no puedo evitar pensar en aquel viejo refrán: "todo tiempo pasado fue mejor". Y aunque suene exagerado, el progreso se encarga de darnos algún cachetazo de realidad de vez en cuando. Donde antes el viento hacía bailar los pastos y las aves encontraban refugio, hoy se levanta un enorme parque fotovoltaico.
No reniego de la necesidad de generar energía, pero otra vez la fauna tuvo que hacer las valijas; como casi siempre, perdió el partido sin siquiera haber sido invitada a jugar.
Así que no queda otra que aceptar el desafío, tendremos que volver a madrugar, preparar el mate, cargar los equipos y salir otra vez a recorrer los pocos pastizales que aún resisten, en la hora dorada, cuando la luz hace magia y los pájaros están más activos, con un poco de suerte volveremos a escuchar el canto del cachilo canela.
Y si ya no está por estos pagos... habrá que hacer algunos kilómetros más, porque estoy seguro de que, en algún rincón donde el progreso todavía no pasó la topadora, estos pequeños sobrevivientes seguirán recordándonos que los pastizales también merecen una oportunidad.
29 jun 2026
Actualizando el firmware del fotógrafo
Antes de empezar a escribir en esta nueva etapa del blog, varias veces me encontré con la misma pregunta dando vueltas en la cabeza. Mate en mano, mirando a la nada como quien busca respuestas en el humo tibio de la bombilla.
¿Vale realmente la pena volver a todo esto?.... Creo que ni yo mismo tengo la respuesta a esa pregunta.
Después de más de tres años de inactividad, reactivar el blog no fue simplemente apretar un botón porque muchos fueron los cambios, blogger distinto, con nuevas funciones, códigos HTML que ya no funcionaban, servidores donde alguna vez estuvieron alojadas las imágenes han desaparecido, otros hostings de imágenes que se volvieron pagos, redes sociales cada vez más complicadas para compartir contenido. Cambió google fotos, cambió Facebook, cambió Instagram... y tuve que volver a aprender casi desde cero, comenzando por eliminar archivos que ocupaban espacio en google drive para tratar de que todo esto siga siendo gratis. Pero, curiosamente, nunca sentí que fuera una obligación; mientras las redes sociales parecen correr detrás del próximo reel, del algoritmo, de los "me gusta", de los seguidores y de la necesidad permanente de tener el último equipo para no quedarse atrás, este rincón seguirá siendo exactamente lo que era cuando nació, un lugar donde contar historias; sin apuros, sin métricas, sin competir con nadie.
Porque al final descubrí que esto nunca fue solamente un blog de fotografías de aves.
Es un cuaderno de viaje, un archivo de recuerdos, es el sitio perfecto para revivir madrugones, caminatas interminables, charlas con amigos mientras el mate va cambiando de manos y ese clásico grito de "¡ahí está!" que siempre acelera el pulso.
No siempre aparecen las aves, no siempre salen las fotos soñadas, hay días de cansancio, de pocas ganas, o de volver con la tarjeta de memoria casi vacía. Pero las mejores capturas, hace rato entendí, no quedan guardadas en una memoria SD, quedan guardadas en otro lado y de vez en cuando, llega esa vitamina espiritual que te recuerda que todo este esfuerzo tiene sentido.
En estos últimos días participamos con Luis de la presentación de la guía de aves de Misiones, en el momento de la presentación del libro, Sergio Moya (uno de sus autores) comentó que había dado sus primeros pasos en esta pasión después de encontrar mi blog. Confieso que escuchar algo así emociona más que cualquier fotografía, porque uno nunca sabe hasta dónde puede llegar una historia compartida.
A veces una simple foto despierta la curiosidad de alguien, después vienen los binoculares, la primera salida al monte, la primera especie nueva... y sin darse cuenta aparece un nuevo observador, un nuevo fotógrafo o, simplemente, una persona más que empieza a valorar la naturaleza. Y cada una de esas personas termina siendo una voz más para defender aquello que las aves no pueden defender por sí solas.
A veces, la tarea que uno realiza, ya sea por obligación o por simple hobby, termina sembrando una semilla inesperada en otras personas.
Y cuando esa curiosidad se transforma en interés, ocurre algo maravilloso, aparece una persona más que aprende a valorar la naturaleza.
Cada uno de ellos pasa a ser un aliado silencioso en la conservación.
En un mundo donde las aves no tienen voz para defender sus montes, sus humedales o sus nidos, cada persona que se enamora de ellas se convierte, de alguna manera, en su portavoz.
Celebremos entonces esos pequeños contagios de entusiasmo, porque muchas veces la mejor forma de proteger la naturaleza no es con grandes discursos, sino despertando en otros las ganas de mirar hacia arriba, escuchar un canto y comprender que vale la pena cuidar aquello que aún nos rodea.
Quizás esa sea una de las razones por las que volví, o quizás no.
La verdad es que sigo sin saber exactamente qué fue lo que me empujó a reactivar todo esto. Misterios de la vida.
Será que ahora tengo un poco más de tiempo?, será que volvieron las ganas de aprender?, será que varios amigos también desempolvaron las cámaras y regresaron a este hermoso vicio de fotografiar pajaritos?... algunos más rápido que otros; o será simplemente que lo extrañaba.
Y a veces esa es la única explicación que hace falta.
Saludos para todos y les dejo estas dos fotos de un Biguá que fotografié instantes antes de entrar al auditorio en la Costanera de Posadas unos días atrás.
¿Vale realmente la pena volver a todo esto?.... Creo que ni yo mismo tengo la respuesta a esa pregunta.
Después de más de tres años de inactividad, reactivar el blog no fue simplemente apretar un botón porque muchos fueron los cambios, blogger distinto, con nuevas funciones, códigos HTML que ya no funcionaban, servidores donde alguna vez estuvieron alojadas las imágenes han desaparecido, otros hostings de imágenes que se volvieron pagos, redes sociales cada vez más complicadas para compartir contenido. Cambió google fotos, cambió Facebook, cambió Instagram... y tuve que volver a aprender casi desde cero, comenzando por eliminar archivos que ocupaban espacio en google drive para tratar de que todo esto siga siendo gratis. Pero, curiosamente, nunca sentí que fuera una obligación; mientras las redes sociales parecen correr detrás del próximo reel, del algoritmo, de los "me gusta", de los seguidores y de la necesidad permanente de tener el último equipo para no quedarse atrás, este rincón seguirá siendo exactamente lo que era cuando nació, un lugar donde contar historias; sin apuros, sin métricas, sin competir con nadie.
Porque al final descubrí que esto nunca fue solamente un blog de fotografías de aves.
Es un cuaderno de viaje, un archivo de recuerdos, es el sitio perfecto para revivir madrugones, caminatas interminables, charlas con amigos mientras el mate va cambiando de manos y ese clásico grito de "¡ahí está!" que siempre acelera el pulso.
No siempre aparecen las aves, no siempre salen las fotos soñadas, hay días de cansancio, de pocas ganas, o de volver con la tarjeta de memoria casi vacía. Pero las mejores capturas, hace rato entendí, no quedan guardadas en una memoria SD, quedan guardadas en otro lado y de vez en cuando, llega esa vitamina espiritual que te recuerda que todo este esfuerzo tiene sentido.
En estos últimos días participamos con Luis de la presentación de la guía de aves de Misiones, en el momento de la presentación del libro, Sergio Moya (uno de sus autores) comentó que había dado sus primeros pasos en esta pasión después de encontrar mi blog. Confieso que escuchar algo así emociona más que cualquier fotografía, porque uno nunca sabe hasta dónde puede llegar una historia compartida.
A veces una simple foto despierta la curiosidad de alguien, después vienen los binoculares, la primera salida al monte, la primera especie nueva... y sin darse cuenta aparece un nuevo observador, un nuevo fotógrafo o, simplemente, una persona más que empieza a valorar la naturaleza. Y cada una de esas personas termina siendo una voz más para defender aquello que las aves no pueden defender por sí solas.
A veces, la tarea que uno realiza, ya sea por obligación o por simple hobby, termina sembrando una semilla inesperada en otras personas.
Y cuando esa curiosidad se transforma en interés, ocurre algo maravilloso, aparece una persona más que aprende a valorar la naturaleza.
Cada uno de ellos pasa a ser un aliado silencioso en la conservación.
En un mundo donde las aves no tienen voz para defender sus montes, sus humedales o sus nidos, cada persona que se enamora de ellas se convierte, de alguna manera, en su portavoz.
Celebremos entonces esos pequeños contagios de entusiasmo, porque muchas veces la mejor forma de proteger la naturaleza no es con grandes discursos, sino despertando en otros las ganas de mirar hacia arriba, escuchar un canto y comprender que vale la pena cuidar aquello que aún nos rodea.
Quizás esa sea una de las razones por las que volví, o quizás no.
La verdad es que sigo sin saber exactamente qué fue lo que me empujó a reactivar todo esto. Misterios de la vida.
Será que ahora tengo un poco más de tiempo?, será que volvieron las ganas de aprender?, será que varios amigos también desempolvaron las cámaras y regresaron a este hermoso vicio de fotografiar pajaritos?... algunos más rápido que otros; o será simplemente que lo extrañaba.
Y a veces esa es la única explicación que hace falta.
Saludos para todos y les dejo estas dos fotos de un Biguá que fotografié instantes antes de entrar al auditorio en la Costanera de Posadas unos días atrás.
28 jun 2026
"El secreto para fotografiar aves: sentarse. El problema es levantarse después."
Cada destino de vacaciones tiene su ritual, en mi caso, mientras el resto de la familia aprovechaba para dormir un rato más, mi teléfono celular vibraba cuando todavía era de noche, pero por esos raros motivos yo ya estaba despierto antes de que se active la alarma. Salir de la cama con el mayor sigilo, vestirme, preparar mis cosas, cargar la mochila con el equipo, la infaltable botella de agua, ponerme el sombrero y a caminar. Había investigado previamente que cerca del departamento que alquilamos en esa oportunidad para las vacaciones familiares del mes de Enero del año 2020 existía una una trilha interesante, era imposible desperdiciar esas primeras horas del día, justo cuando el monte comienza a desperezarse y las aves regalan sus mejores momentos.
Así fue mi rutina durante casi todas las mañanas en las que estuvimos,en Bombas, Santa Catarina. El objetivo era recorrer la Trilha da Galheta, un sendero costero que atraviesa uno de esos morros cubiertos por los últimos relictos de Mata Atlántica que aún sobreviven sobre el litoral brasileño, lugares que, por su relieve complicado, escaparon en gran medida al avance de los desmontes y todavía conservan una biodiversidad sorprendente.
Eso sí... recorrer esa trilha no era precisamente un paseo por la plaza. Piedras resbaladizas, subidas que parecían no terminar nunca, bajadas traicioneras, humedad que empapaba la ropa, el salitre del mar pegándose a la piel... y unas piernas cuyo estado atlético era, siendo generosos, bastante discutible.
Con los años fui aprendiendo una gran lección de la fotografía de naturaleza, correr detrás de los pájaros casi nunca funciona. Es mucho más efectivo buscar un buen lugar, sentarse tranquilo y dejar que el monte haga su trabajo. La paciencia saca siempre mejores fotos que el apuro.
Y esa estrategia volvió a dar resultado. Después de un rato de espera en la que el oído se acostumbra y aprende sobre la marcha los cantos de las aves del lugar apareció el protagonista de esta entrada al blog, el Chupadientes Enmascarado. Inquieto, curioso y siempre moviéndose entre la vegetación del sotobosque, me regaló varias oportunidades para fotografiarlo mientras recorría su pequeño territorio. Si uno intenta perseguirlo, desaparece. Pero si uno espera... tarde o temprano decide acercarse a curiosear.
El precio de aquellas fotografías llegó unas horas después, regresé al departamento con las piernas completamente detonadas, era ese hermoso dolor que deja una caminata exigente por un morro de la costa catarinense, mezcla de cansancio, satisfacción y la certeza de que el esfuerzo había valido la pena.
Por suerte, el deportista oficial de la familia, mi cuñado tomó cartas en el asunto y me enseñó una buena rutina de estiramientos para devolverles algo de dignidad a esas pobres piernas. Gracias a sus consejos, al día siguiente ya estaban nuevamente operativas... porque todavía quedaban un buen trecho de la trilha por recorrer, y con un poco de suerte, muchos pajaritos más esperando delante del lente
. Al final, las mejores vacaciones nunca se miden por la cantidad de playas visitadas, sino por los recuerdos que uno vuelve a traer a casa. Y si esos recuerdos vienen acompañados de un ave nueva para el blog en esa oportunidad, y unos cuantos calambres en las piernas... mucho mejor.
Así fue mi rutina durante casi todas las mañanas en las que estuvimos,en Bombas, Santa Catarina. El objetivo era recorrer la Trilha da Galheta, un sendero costero que atraviesa uno de esos morros cubiertos por los últimos relictos de Mata Atlántica que aún sobreviven sobre el litoral brasileño, lugares que, por su relieve complicado, escaparon en gran medida al avance de los desmontes y todavía conservan una biodiversidad sorprendente.
Eso sí... recorrer esa trilha no era precisamente un paseo por la plaza. Piedras resbaladizas, subidas que parecían no terminar nunca, bajadas traicioneras, humedad que empapaba la ropa, el salitre del mar pegándose a la piel... y unas piernas cuyo estado atlético era, siendo generosos, bastante discutible.
Con los años fui aprendiendo una gran lección de la fotografía de naturaleza, correr detrás de los pájaros casi nunca funciona. Es mucho más efectivo buscar un buen lugar, sentarse tranquilo y dejar que el monte haga su trabajo. La paciencia saca siempre mejores fotos que el apuro.
Y esa estrategia volvió a dar resultado. Después de un rato de espera en la que el oído se acostumbra y aprende sobre la marcha los cantos de las aves del lugar apareció el protagonista de esta entrada al blog, el Chupadientes Enmascarado. Inquieto, curioso y siempre moviéndose entre la vegetación del sotobosque, me regaló varias oportunidades para fotografiarlo mientras recorría su pequeño territorio. Si uno intenta perseguirlo, desaparece. Pero si uno espera... tarde o temprano decide acercarse a curiosear.
El precio de aquellas fotografías llegó unas horas después, regresé al departamento con las piernas completamente detonadas, era ese hermoso dolor que deja una caminata exigente por un morro de la costa catarinense, mezcla de cansancio, satisfacción y la certeza de que el esfuerzo había valido la pena.
Por suerte, el deportista oficial de la familia, mi cuñado tomó cartas en el asunto y me enseñó una buena rutina de estiramientos para devolverles algo de dignidad a esas pobres piernas. Gracias a sus consejos, al día siguiente ya estaban nuevamente operativas... porque todavía quedaban un buen trecho de la trilha por recorrer, y con un poco de suerte, muchos pajaritos más esperando delante del lente
. Al final, las mejores vacaciones nunca se miden por la cantidad de playas visitadas, sino por los recuerdos que uno vuelve a traer a casa. Y si esos recuerdos vienen acompañados de un ave nueva para el blog en esa oportunidad, y unos cuantos calambres en las piernas... mucho mejor.
El fin de semana en que Roby se convirtió en chef.
Hace exactamente diez años emprendíamos una escapada de apenas dos días a Surucuá Reserva Ecolodge. Fueron de esos viajes que requieren mucha planificación, bastante logística... y una alineación planetaria casi perfecta para que todos pudiéramos coincidir en la fecha sin desacomodar demasiado el presupuesto familiar.
El punto de encuentro fue la casa de Luis Krause. Desde allí partimos en dos vehículos: el de Luis y el de Nico Pavese. En el cambio de autos, Roby dejó el suyo estacionado en la casa de Luis... y también dejó adentro un pequeño detalle sin importancia; su cámara fotográfica.
Después de recorrer más de 350 kilómetros, ya llegando a Andresito, el silencio dentro del auto seguramente fue más pesado que el equipaje cuando Roby cayó en la cuenta del olvido. Imagínense la escena. Y también imagínense la tensión para los que viajaban con él... porque el primero que se riera, cobraba.
Les confieso algo... ninguno de los que íbamos en el auto de Nico esbozó una sola sonrisa, absolutamente ninguna, en solidaridad con el amigo.
¿Me creen?
Les confieso que por una simple cuestión de solidaridad con el amigo durante ese triste momento no hemos sacado fotografía alguna, todos estábamos intentando arduamente de que desista de lo que estaba pensando hacer, quería tomarse un colectivo para volverse a Posadas. Afortunadamente logramos cumplir con el objetivo.
Llegamos a Surucuá, dejamos el cansancio de lado y, sin siquiera dormir, salimos derecho a recorrer los senderos. Lo bueno de que uno de los fotógrafos se quedara sin cámara fue que automáticamente nos aseguramos cocinero para todo el fin de semana. Hay que encontrarle el lado positivo a las cosas.
Claro que el cansansio y posteriormente el sueño empezaba a pasar factura. En una de las caminatas, Luis hizo gala de una habilidad que pocos poseen: se acostó a dormir... ¡en pleno sendero! Me tocó quedarme cerca haciendo guardia, por si algún felino hambriento encontraba el almuerzo servido. Por suerte, Luis tiene otra habilidad admirable: duerme veinte minutos, se reinicia como si nada y vuelve a caminar.
A los pocos metros, ya con el amigo Luis con las baterías recargadas, una pareja de Surucuá Amarillo nos regaló un encuentro inolvidable. La hembra, mucho más desconfiada, prefirió mantenerse a prudente distancia. El macho, en cambio, bajó a curiosear y le permitió a Luis apagar el flash para retratar esos increíbles tonos metalizados de la espalda que tanto llaman la atención cuando la luz acompaña. Ornitológicamente hablando aprovecho esta publicación para actualizar etiquetas de la especie ya que esta es otra que ha cambiado su nombre científico durante este tiempo en el que el blog estuvo inactivo.
Anécdotas como esta son las que terminan haciendo grande un viaje. Las especies registradas son importantes, claro que sí, pero los recuerdos compartidos con amigos son los que permanecen intactos después de tantos años. Cuando vuelvo a mirar las fotos diez años después no solo recuerdo las aves; también vuelven los kilómetros, las cargadas, los olvidos, las siestas improbables y esa linda locura de aquellos años de organizar un viaje entre todos sin poner en jaque a nuestras familias.
Mi agradecimiento una vez mas para Adrián Heredia y María Laura Alcaraz, que nos recibieron de maravillas y nos regalaron un fin de semana inolvidable en Surucuá. Diez años después, las fotos siguen emocionando... y las anécdotas siguen sacándonos una sonrisa.
Y así, entre fotos de aves y algunas fotografías sociales rescatadas del olvido, volvemos por un ratito a aquel fin de semana de hace diez años.
Que lindo es descrubrir que las imágenes no solo conservan especies y paisajes; también guardan risas, amistades, cargadas interminables y momentos que el tiempo no pudo borrar.
Al final, uno cree que sale a fotografiar pájaros, pero termina coleccionando historias también; y cuando pasan los años, muchas veces son esas historias las que mas valor tienen.
Gracias por acompañarme a revivir este pequeño viaje en el tiempo. Ojalá estas imágenes también les hayan arrancado una sonrisa, y quién sabe quizás despierten las ganas de volver a cargar los bolsos, revisar dos veces que la cámara esté en la mochila para salir otra vez a buscar nuevos recuerdos. Saludos para todos y buen Domingo !!!
El punto de encuentro fue la casa de Luis Krause. Desde allí partimos en dos vehículos: el de Luis y el de Nico Pavese. En el cambio de autos, Roby dejó el suyo estacionado en la casa de Luis... y también dejó adentro un pequeño detalle sin importancia; su cámara fotográfica.
Después de recorrer más de 350 kilómetros, ya llegando a Andresito, el silencio dentro del auto seguramente fue más pesado que el equipaje cuando Roby cayó en la cuenta del olvido. Imagínense la escena. Y también imagínense la tensión para los que viajaban con él... porque el primero que se riera, cobraba.
Les confieso algo... ninguno de los que íbamos en el auto de Nico esbozó una sola sonrisa, absolutamente ninguna, en solidaridad con el amigo.
¿Me creen?
Les confieso que por una simple cuestión de solidaridad con el amigo durante ese triste momento no hemos sacado fotografía alguna, todos estábamos intentando arduamente de que desista de lo que estaba pensando hacer, quería tomarse un colectivo para volverse a Posadas. Afortunadamente logramos cumplir con el objetivo.
Llegamos a Surucuá, dejamos el cansancio de lado y, sin siquiera dormir, salimos derecho a recorrer los senderos. Lo bueno de que uno de los fotógrafos se quedara sin cámara fue que automáticamente nos aseguramos cocinero para todo el fin de semana. Hay que encontrarle el lado positivo a las cosas.
Claro que el cansansio y posteriormente el sueño empezaba a pasar factura. En una de las caminatas, Luis hizo gala de una habilidad que pocos poseen: se acostó a dormir... ¡en pleno sendero! Me tocó quedarme cerca haciendo guardia, por si algún felino hambriento encontraba el almuerzo servido. Por suerte, Luis tiene otra habilidad admirable: duerme veinte minutos, se reinicia como si nada y vuelve a caminar.
A los pocos metros, ya con el amigo Luis con las baterías recargadas, una pareja de Surucuá Amarillo nos regaló un encuentro inolvidable. La hembra, mucho más desconfiada, prefirió mantenerse a prudente distancia. El macho, en cambio, bajó a curiosear y le permitió a Luis apagar el flash para retratar esos increíbles tonos metalizados de la espalda que tanto llaman la atención cuando la luz acompaña. Ornitológicamente hablando aprovecho esta publicación para actualizar etiquetas de la especie ya que esta es otra que ha cambiado su nombre científico durante este tiempo en el que el blog estuvo inactivo.
Anécdotas como esta son las que terminan haciendo grande un viaje. Las especies registradas son importantes, claro que sí, pero los recuerdos compartidos con amigos son los que permanecen intactos después de tantos años. Cuando vuelvo a mirar las fotos diez años después no solo recuerdo las aves; también vuelven los kilómetros, las cargadas, los olvidos, las siestas improbables y esa linda locura de aquellos años de organizar un viaje entre todos sin poner en jaque a nuestras familias.
Mi agradecimiento una vez mas para Adrián Heredia y María Laura Alcaraz, que nos recibieron de maravillas y nos regalaron un fin de semana inolvidable en Surucuá. Diez años después, las fotos siguen emocionando... y las anécdotas siguen sacándonos una sonrisa.
Y así, entre fotos de aves y algunas fotografías sociales rescatadas del olvido, volvemos por un ratito a aquel fin de semana de hace diez años.
Que lindo es descrubrir que las imágenes no solo conservan especies y paisajes; también guardan risas, amistades, cargadas interminables y momentos que el tiempo no pudo borrar.
Al final, uno cree que sale a fotografiar pájaros, pero termina coleccionando historias también; y cuando pasan los años, muchas veces son esas historias las que mas valor tienen.
Gracias por acompañarme a revivir este pequeño viaje en el tiempo. Ojalá estas imágenes también les hayan arrancado una sonrisa, y quién sabe quizás despierten las ganas de volver a cargar los bolsos, revisar dos veces que la cámara esté en la mochila para salir otra vez a buscar nuevos recuerdos. Saludos para todos y buen Domingo !!!
27 jun 2026
Mosqueta Corona Oliva -Phyllomyias virescens (Temminck, CJ, 1824) Greenish Tyrannulet
Hoy le toca el turno a una especie que, si no abre el pico para cantar, puede hacernos transpirar bastante antes de ponerle nombre.
La Mosqueta corona oliva (Phyllomyias virescens) fue fotografiada durante aquel inolvidable viaje de 2018 al Parque Provincial Cruce Caballero, cuando el único objetivo era recorrer el norte misionero buscando aves. En esa época todavía estaba en modo "coleccionista de especies", así que cada movimiento entre las ramas merecía una mirada.
Lo curioso es que de esta especie conservo una sola fotografía. Y, siendo sincero, fue porque no le di la importancia que merecía; vi un pequeño bulto moviéndose entre el follaje, apunté la cámara y disparé una única vez. En ese mismo instante una pareja de Carpinteros arcoíris apareció cerca, y ya sabemos cómo termina esa historia... la atención se fue detrás de los carpinteros y la pobre mosqueta quedó con una sola imagen para el archivo.
Años después, revisando las fotos, vino el verdadero trabajo. Como estos pequeños tiránidos no siempre tienen la amabilidad de vocalizar cuando uno los encuentra, la identificación pasa a ser un ejercicio de paciencia porque hay que empezar a filtrar especie por especie, observando el color de las patas, la forma y tamaño del pico, las tonalidades del plumaje, los discretos filetes o barras alares y cada detalle que pueda inclinar la balanza. Más que mirar una foto, parece una investigación policial.
En mi caso, el primer paso fue preparar un listado con las veinte especies de mosquetas que podían aparecer en la zona, incluyendo las registradas para Misiones, el Paraguay y el sur de Brasil. Ahí comienza el verdadero desafío, empezar a tachar nombres. Primero por el área de distribución, después por el ambiente donde fue observada, el estrato del bosque que frecuenta, el tipo de vegetación... porque hay mosquetas que viven prácticamente escondidas en el denso sotobosque de los tacuarales, y ni siquiera en cualquier tacuaral. Poco a poco se van descartando posibilidades y sumando pequeños detalles, la lista se va achicando hasta llegar a una identificación con bastante certeza. Lástima que, en este caso, al tratarse de una especie que suele moverse en el estrato alto del bosque, una vez más terminé perfeccionando esa disciplina que tantos fotógrafos conocemos: fotografiar panzas de pajaritos.
La Mosqueta corona oliva es un ave pequeña, inquieta y muy activa. Recorre las copas del bosque buscando diminutos insectos entre las hojas, casi siempre pasando desapercibida. Su plumaje oliváceo y sus movimientos constantes hacen que se confunda fácilmente con otras especies similares, razón por la cual escuchar su característico canto suele ser la forma más sencilla de confirmar su identidad. Al final, esa única fotografía terminó teniendo mucho más valor del que imaginé aquel día. Es una linda demostración de que, en observación de aves, nunca conviene subestimar a un pajarito "común". A veces el protagonista de una gran historia no es el más colorido ni el más llamativo, sino ese pequeño personaje que nos obliga a sentarnos, revisar guías, comparar detalles y aprender algo nuevo. Y de eso se trata también este hobby. Algunas especies nos regalan cientos de fotos; otras apenas una. Pero mientras haya una imagen que nos haga recordar el momento vivido en el monte y nos enseñe algo, ya cumplió con creces su misión. Al fin y al cabo... las aves siempre encuentran la forma de seguir dándonos trabajo, incluso varios años después de haber apretado el disparador.
Mapa de distribución en América del Sur
Copyright de los mapas:
Copyright-Ebird (www.ebird.org)
La Mosqueta corona oliva (Phyllomyias virescens) fue fotografiada durante aquel inolvidable viaje de 2018 al Parque Provincial Cruce Caballero, cuando el único objetivo era recorrer el norte misionero buscando aves. En esa época todavía estaba en modo "coleccionista de especies", así que cada movimiento entre las ramas merecía una mirada.
Lo curioso es que de esta especie conservo una sola fotografía. Y, siendo sincero, fue porque no le di la importancia que merecía; vi un pequeño bulto moviéndose entre el follaje, apunté la cámara y disparé una única vez. En ese mismo instante una pareja de Carpinteros arcoíris apareció cerca, y ya sabemos cómo termina esa historia... la atención se fue detrás de los carpinteros y la pobre mosqueta quedó con una sola imagen para el archivo.
Años después, revisando las fotos, vino el verdadero trabajo. Como estos pequeños tiránidos no siempre tienen la amabilidad de vocalizar cuando uno los encuentra, la identificación pasa a ser un ejercicio de paciencia porque hay que empezar a filtrar especie por especie, observando el color de las patas, la forma y tamaño del pico, las tonalidades del plumaje, los discretos filetes o barras alares y cada detalle que pueda inclinar la balanza. Más que mirar una foto, parece una investigación policial.
En mi caso, el primer paso fue preparar un listado con las veinte especies de mosquetas que podían aparecer en la zona, incluyendo las registradas para Misiones, el Paraguay y el sur de Brasil. Ahí comienza el verdadero desafío, empezar a tachar nombres. Primero por el área de distribución, después por el ambiente donde fue observada, el estrato del bosque que frecuenta, el tipo de vegetación... porque hay mosquetas que viven prácticamente escondidas en el denso sotobosque de los tacuarales, y ni siquiera en cualquier tacuaral. Poco a poco se van descartando posibilidades y sumando pequeños detalles, la lista se va achicando hasta llegar a una identificación con bastante certeza. Lástima que, en este caso, al tratarse de una especie que suele moverse en el estrato alto del bosque, una vez más terminé perfeccionando esa disciplina que tantos fotógrafos conocemos: fotografiar panzas de pajaritos.
La Mosqueta corona oliva es un ave pequeña, inquieta y muy activa. Recorre las copas del bosque buscando diminutos insectos entre las hojas, casi siempre pasando desapercibida. Su plumaje oliváceo y sus movimientos constantes hacen que se confunda fácilmente con otras especies similares, razón por la cual escuchar su característico canto suele ser la forma más sencilla de confirmar su identidad. Al final, esa única fotografía terminó teniendo mucho más valor del que imaginé aquel día. Es una linda demostración de que, en observación de aves, nunca conviene subestimar a un pajarito "común". A veces el protagonista de una gran historia no es el más colorido ni el más llamativo, sino ese pequeño personaje que nos obliga a sentarnos, revisar guías, comparar detalles y aprender algo nuevo. Y de eso se trata también este hobby. Algunas especies nos regalan cientos de fotos; otras apenas una. Pero mientras haya una imagen que nos haga recordar el momento vivido en el monte y nos enseñe algo, ya cumplió con creces su misión. Al fin y al cabo... las aves siempre encuentran la forma de seguir dándonos trabajo, incluso varios años después de haber apretado el disparador.
Mapa de distribución en América del Sur
Copyright de los mapas:
Copyright-Ebird (www.ebird.org)
25 jun 2026
Con GPS averiado: cuando un pato decide vivir en los árboles
Hoy le toca el turno al sirirí vientre negro, uno de esos patos que parecen haber tomado decisiones de vida bastante discutibles... o brillantemente originales, según cómo se mire.
Las fotografías que acompañan esta entrada fueron obtenidas por el amigo Luis Krause en el Club Refugio Ombú, un lugar que ya ha aparecido muchas veces en el blog y que, por suerte, siempre encuentra la manera de regalarnos alguna sorpresa nueva. Entre lagunas, montes y rincones donde la naturaleza todavía conserva sus propios tiempos, este maravilloso espacio correntino cercano a Posadas sigue demostrando que nunca se termina de conocer del todo.
Y hablando de regresos, también vuelve Luis a compartir sus registros en esta nueva etapa del blog, una reconstrucción del espacio, sí, pero con la misma esencia de siempre; disfrutar de las aves, compartir anécdotas y contar historias sin demasiados protocolos, como cuando uno charla con amigos después de una salida de campo.
El protagonista de hoy es un pato que parece venir con el GPS desconfigurado de fábrica, porque resulta que, siendo pato, uno supondría que pasaría gran parte de su tiempo flotando plácidamente en alguna laguna pero no. El sirirí vientre negro suele aparecer descansando en árboles, posado sobre ramas o incluso arriba de postes; como si en algún momento de la evolución alguien hubiera mezclado los manuales de las aves acuáticas con los de los pájaros de percha y nadie se hubiera dado cuenta y la cosa no termina ahí.
Mientras la mayoría de los patos anidan en el suelo, este señor prefiere buscar huecos en los árboles para criar a sus pichones. Vaya uno a saber qué ocurrió miles de años atrás para que tomara semejante decisión, pero la especie la mantiene hasta el día de hoy con una convicción admirable.
Quizás por eso siempre nos resultó simpático. Tiene aspecto de pato, se comporta como pato cuando le conviene, pero cada tanto parece recordar que lleva un pequeño espíritu de pájaro carpintero o de loro escondido en alguna parte de su ADN.
Sea como fuere, cada encuentro con estos siriríes termina despertando la misma sensación: la naturaleza todavía guarda suficientes misterios como para sorprendernos cuando creemos haber visto de todo. Y por suerte siguen apareciendo momentos en los que cámara en mano aprovechemos esos breves instantes para documentar esas pequeñas rarezas que hacen tan entretenida esta actividad de observar y fotografiar aves.
Las fotografías que acompañan esta entrada fueron obtenidas por el amigo Luis Krause en el Club Refugio Ombú, un lugar que ya ha aparecido muchas veces en el blog y que, por suerte, siempre encuentra la manera de regalarnos alguna sorpresa nueva. Entre lagunas, montes y rincones donde la naturaleza todavía conserva sus propios tiempos, este maravilloso espacio correntino cercano a Posadas sigue demostrando que nunca se termina de conocer del todo.
Y hablando de regresos, también vuelve Luis a compartir sus registros en esta nueva etapa del blog, una reconstrucción del espacio, sí, pero con la misma esencia de siempre; disfrutar de las aves, compartir anécdotas y contar historias sin demasiados protocolos, como cuando uno charla con amigos después de una salida de campo.
El protagonista de hoy es un pato que parece venir con el GPS desconfigurado de fábrica, porque resulta que, siendo pato, uno supondría que pasaría gran parte de su tiempo flotando plácidamente en alguna laguna pero no. El sirirí vientre negro suele aparecer descansando en árboles, posado sobre ramas o incluso arriba de postes; como si en algún momento de la evolución alguien hubiera mezclado los manuales de las aves acuáticas con los de los pájaros de percha y nadie se hubiera dado cuenta y la cosa no termina ahí.
Mientras la mayoría de los patos anidan en el suelo, este señor prefiere buscar huecos en los árboles para criar a sus pichones. Vaya uno a saber qué ocurrió miles de años atrás para que tomara semejante decisión, pero la especie la mantiene hasta el día de hoy con una convicción admirable.
Quizás por eso siempre nos resultó simpático. Tiene aspecto de pato, se comporta como pato cuando le conviene, pero cada tanto parece recordar que lleva un pequeño espíritu de pájaro carpintero o de loro escondido en alguna parte de su ADN.
Sea como fuere, cada encuentro con estos siriríes termina despertando la misma sensación: la naturaleza todavía guarda suficientes misterios como para sorprendernos cuando creemos haber visto de todo. Y por suerte siguen apareciendo momentos en los que cámara en mano aprovechemos esos breves instantes para documentar esas pequeñas rarezas que hacen tan entretenida esta actividad de observar y fotografiar aves.
24 jun 2026
Pequeños hoy, dueños de la noche mañana.
Un binomio nocturno asoma allá arriba, entre las sombras del monte misionero. Donde nosotros apenas vemos oscuridad, ellos encuentran un mundo lleno de cosas por descubrir. Todavía les falta experiencia, pero ya empiezan a practicar eso para lo que nacieron; cazar.
Por ahora son apenas dos aprendices con cara de inocentes, aunque los padres no les dejan pasar una. Entre vuelos cortos, miradas atentas y alguna que otra lección nocturna, les van mostrando cómo ganarse la vida cuando cae el sol. De a poco descubren que esas patas enormes y esas garras impresionantes no están ahí de adorno.
Todavía les falta crecer, pero el futuro parece bastante claro, dentro de unos meses ya no serán esos pichones curiosos que observan el monte desde una rama segura; serán parte de esa élite nocturna que hace que más de un ratón piense dos veces antes de salir de casa. Los futuros gigantes de la noche misionera ya están tomando apuntes y aprendiendo rápido. Y como siempre, gracias a Nico por la colaboración y por acercar este hermoso registro de pichones de lechuzón mocho chico que nos permite asomarnos, aunque sea un ratito, a la intimidad de estos reyes de la noche en formación.
Fotografías obtenidas en la Reserva Don Rodolfo / Cerro Santa Ana, hace ya un tiempo atrás.
Por ahora son apenas dos aprendices con cara de inocentes, aunque los padres no les dejan pasar una. Entre vuelos cortos, miradas atentas y alguna que otra lección nocturna, les van mostrando cómo ganarse la vida cuando cae el sol. De a poco descubren que esas patas enormes y esas garras impresionantes no están ahí de adorno.
Todavía les falta crecer, pero el futuro parece bastante claro, dentro de unos meses ya no serán esos pichones curiosos que observan el monte desde una rama segura; serán parte de esa élite nocturna que hace que más de un ratón piense dos veces antes de salir de casa. Los futuros gigantes de la noche misionera ya están tomando apuntes y aprendiendo rápido. Y como siempre, gracias a Nico por la colaboración y por acercar este hermoso registro de pichones de lechuzón mocho chico que nos permite asomarnos, aunque sea un ratito, a la intimidad de estos reyes de la noche en formación.
Fotografías obtenidas en la Reserva Don Rodolfo / Cerro Santa Ana, hace ya un tiempo atrás.
23 jun 2026
"Sarna con gusto no pica".
Hoy estaba con poca inspiración para escribir, uno de esos días en los que me siento frente a la computadora, miro el teclado y las ideas parecen haberse ido de excursión.
Así que hice lo que vengo haciendo estos últimos meses, abrir carpetas viejas de fotografías y fue suficiente; bastó volver a recorrer las imágenes registradas durante aquel viaje a Curuzú Cuatiá para que empezaran a regresar los recuerdos, se refrescaron las charlas, volvieron las anécdotas, aparecieron nuevamente las caras de los amigos y hasta pude sentir otra vez el frío de aquellas mañanas caminando por el espinal correntino.
Al final, las fotografías tienen esa extraña magia, uno cree que está buscando una imagen para publicar y termina encontrando un montón de momentos que parecían dormidos en algún rincón de la memoria.
Entre esos recuerdos apareció esta sufrida pero divertida búsqueda de la monjita coronada en el campo del querido Doc. Ángel Prato, en el paraje María chica, cerca de Curuzú Cuatiá, Corrientes.
Parece mentira que hayan pasado ya doce años de aquel viaje inolvidable y que todavía conserve tan frescos los recuerdos de todo lo que conversábamos con el Doc. Aquella mañana le comentamos que después del almuerzo íbamos a salir a caminar para buscar a la siempre escurridiza monjita coronada.
Hay algo curioso entre los observadores/fotógrafos de aves, casi siempre nos fascina más lo que tiene el otro. El amigo correntino deliraba escuchando historias sobre la fotografía de aves en la selva misionera, mientras que yo, que vivo rodeado de selva, sentía una atracción especial por el espinal, por su fauna y particularmente por sus aves. Parece que el pasto siempre es más verde del otro lado, del lado del vecino... o, en este caso, que las espinas siempre son más interesantes en el campo ajeno.
Todavía me río al recordar la respuesta del Doc. cuando le contamos nuestros planes.
—Vayan ustedes... yo ni en pedo camino por esa plaga.
La definición era breve, pero extraordinariamente precisa.
Y es que caminar por el monte del Espinal es una experiencia de supervivencia textil y emocional. Entre algarrobos, chañares, espinillos, y tuscas, da la impresión de que todo el paisaje tiene un pacto secreto para retenerte a toda costa. Lo que empieza como una simple caminata termina convirtiéndose en una cómica lucha por salir entero de una naturaleza con bastante mal carácter.
Primero aparece un chañar que decide que la manga de tu campera es su nueva mejor amiga. Si lográs zafarte con una elegante maniobra de esquive, inmediatamente entra en acción la tusca, una planta que parece haber sido diseñada por un ingeniero especializado en armamento medieval. Siempre encuentra la forma de dejarte una espina colgando del pantalón... o clavada en la piel, para recordarte quién manda en ese monte.
En resumen, recorrer el espinal es una excelente práctica de paciencia, equilibrio y contorsionismo. Volvés a casa con la ropa más agujereada que un colador, pero también con anécdotas que justifican cada rasguño.
Y cuando ya estás al borde del colapso textil, aparece el algarrobo; su sombra generosa te regala un respiro y por unos segundos sentís que todo va a estar bien, hasta que mirás al suelo; las chauchas están desparramadas por todas partes y, si pisás una, el ruido es exactamente igual al de una botella de plástico vacía. Cada paso anuncia tu presencia a los cuatro vientos, y los pájaros ya saben por dónde venís mucho antes de que los veas vos.
Y así fue también con la monjita coronada; Uno conseguía acercarse cinco metros... y ella se alejaba treinta. Siempre alerta, siempre desconfiada, obligándonos a caminar un poco más entre espinas, frío y cansancio.
Fue una experiencia sufrida, las espinas, el frío que se mete hasta los huesos y varias horas de caminata campo traviesa hicieron que cada foto costara bastante más de lo que muestran las imágenes.
Pero ya saben cómo es esto. Como dice un viejo refrán de estos pagos... "Sarna con gusto no pica". Y menos todavía cuando la recompensa es regresar a casa con el registro de una especie que te hizo trabajar cada una de sus fotos.
Les comparto para el final esta secuencia de fotos con un enfoque y composiciones distintas a lo habitual, editadas por vez primera gracias a nuevas herramientas de proceamiento de imágenes que antes eran cosa de ciencia ficción; años en los que yo me preocupaba por estar cerca y que el modelo complete el mayor espacio posible en la toma, dejando al ambiente en un segundo plano olvidándome de que mostrar el hábitat también sirve de mucho, en este caso para mostrar la monocromía del espinal y a un tiránido super arisco que en el habita.
Saludos para todos !!!
Al final, las fotografías tienen esa extraña magia, uno cree que está buscando una imagen para publicar y termina encontrando un montón de momentos que parecían dormidos en algún rincón de la memoria.
Entre esos recuerdos apareció esta sufrida pero divertida búsqueda de la monjita coronada en el campo del querido Doc. Ángel Prato, en el paraje María chica, cerca de Curuzú Cuatiá, Corrientes.
Parece mentira que hayan pasado ya doce años de aquel viaje inolvidable y que todavía conserve tan frescos los recuerdos de todo lo que conversábamos con el Doc. Aquella mañana le comentamos que después del almuerzo íbamos a salir a caminar para buscar a la siempre escurridiza monjita coronada.
Hay algo curioso entre los observadores/fotógrafos de aves, casi siempre nos fascina más lo que tiene el otro. El amigo correntino deliraba escuchando historias sobre la fotografía de aves en la selva misionera, mientras que yo, que vivo rodeado de selva, sentía una atracción especial por el espinal, por su fauna y particularmente por sus aves. Parece que el pasto siempre es más verde del otro lado, del lado del vecino... o, en este caso, que las espinas siempre son más interesantes en el campo ajeno.
Todavía me río al recordar la respuesta del Doc. cuando le contamos nuestros planes.
—Vayan ustedes... yo ni en pedo camino por esa plaga.
La definición era breve, pero extraordinariamente precisa.
Y es que caminar por el monte del Espinal es una experiencia de supervivencia textil y emocional. Entre algarrobos, chañares, espinillos, y tuscas, da la impresión de que todo el paisaje tiene un pacto secreto para retenerte a toda costa. Lo que empieza como una simple caminata termina convirtiéndose en una cómica lucha por salir entero de una naturaleza con bastante mal carácter.
Primero aparece un chañar que decide que la manga de tu campera es su nueva mejor amiga. Si lográs zafarte con una elegante maniobra de esquive, inmediatamente entra en acción la tusca, una planta que parece haber sido diseñada por un ingeniero especializado en armamento medieval. Siempre encuentra la forma de dejarte una espina colgando del pantalón... o clavada en la piel, para recordarte quién manda en ese monte.
En resumen, recorrer el espinal es una excelente práctica de paciencia, equilibrio y contorsionismo. Volvés a casa con la ropa más agujereada que un colador, pero también con anécdotas que justifican cada rasguño.
Y cuando ya estás al borde del colapso textil, aparece el algarrobo; su sombra generosa te regala un respiro y por unos segundos sentís que todo va a estar bien, hasta que mirás al suelo; las chauchas están desparramadas por todas partes y, si pisás una, el ruido es exactamente igual al de una botella de plástico vacía. Cada paso anuncia tu presencia a los cuatro vientos, y los pájaros ya saben por dónde venís mucho antes de que los veas vos.
Y así fue también con la monjita coronada; Uno conseguía acercarse cinco metros... y ella se alejaba treinta. Siempre alerta, siempre desconfiada, obligándonos a caminar un poco más entre espinas, frío y cansancio.
Fue una experiencia sufrida, las espinas, el frío que se mete hasta los huesos y varias horas de caminata campo traviesa hicieron que cada foto costara bastante más de lo que muestran las imágenes.
Pero ya saben cómo es esto. Como dice un viejo refrán de estos pagos... "Sarna con gusto no pica". Y menos todavía cuando la recompensa es regresar a casa con el registro de una especie que te hizo trabajar cada una de sus fotos.
Les comparto para el final esta secuencia de fotos con un enfoque y composiciones distintas a lo habitual, editadas por vez primera gracias a nuevas herramientas de proceamiento de imágenes que antes eran cosa de ciencia ficción; años en los que yo me preocupaba por estar cerca y que el modelo complete el mayor espacio posible en la toma, dejando al ambiente en un segundo plano olvidándome de que mostrar el hábitat también sirve de mucho, en este caso para mostrar la monocromía del espinal y a un tiránido super arisco que en el habita.
Saludos para todos !!!
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