Hoy rompo un poco el esquema de las publicaciones habituales para compartir una de esas alegrías que cada tanto nos regala esta actividad que tanto nos gusta. Después de 18 años sacando fotos de pajaritos, incontables recorridas por el arroyo Mártires y unas cuantas horas caminando y esperando que las aves se dignen a mostrarse, todavía hay especies que se las ingenian bastante bien para hacerse desear. Y los capuchinos son, al menos para mí, de esos pajaritos que no siempre ponen las cosas fáciles cuando uno quiere fotografiarlos.
Esta última semana me hice una escapadita hasta el sector de la Costanera del Arroyo en tres oportunidades, con la intención de aprovechar la presencia de distintas especies de capuchinos en los pastizales del lugar. La cosa venía bastante bien, porque gracias al aviso del amigo Seko Pradier, que me comentó que andaban por ahí, pude acercarme y conseguir lindas fotografías de varias especies que tenía ganas de registrar. Así que vaya desde acá mi agradecimiento al Seko por el dato, porque a veces un simple aviso de otro compañero de salidas termina convirtiéndose en una linda jornada de fotografía y, como en este caso, en una nueva especie para sumar a la colección.
Pero hoy hubo premio extra. Entre tanta corbatita y tanto capuchino moviéndose entre los pastos, pude finalmente fotografiar al capuchino corona gris, y volverme a casa con unas cuantas fotos que me dejaron más que satisfecho. Una especie nueva para mi registro fotográfico, de esas que después de tantos años siguen provocando la misma alegría que cuando uno recién empieza con esto de andar detrás de las aves con una cámara al hombro. Porque por más experiencia que uno vaya juntando, siempre aparece algún desafío nuevo, algún bicho que se hace rogar o una oportunidad que se presenta cuando menos lo esperamos.
Claro que para conseguir estas fotos hubo que armarse de paciencia y mantener los ojos bien abiertos. Con semejante cantidad de corbatitas y capuchinos moviéndose entre la vegetación, había que estar muy atento para identificar a cada uno y esperar el momento justo en que alguno decidiera abandonar la protección del pastizal para salir a mostrarse un poco más. Por suerte, algunos eligieron el alambrado como posadero y ahí la cosa cambiaba bastante, porque permitían observarlos mejor y, con un poquito de suerte, conseguir algunas fotografías sin que los pastos terminaran tapando justo lo que uno quería mostrar.
Y así, entre esperas, movimientos rápidos y alguna que otra oportunidad que seguramente se me habrá escapado, llegó el momento de encontrarme con el corona gris en una posición favorable. De esas pequeñas satisfacciones que hacen que uno se olvide por un rato de las caminatas, de las horas esperando y de todas las veces que volvió a casa sin conseguir esa foto que tenía en mente.
Dieciocho años después de haber empezado con esta historia de fotografiar pajaritos, sigo disfrutando de estas cosas como el primer día. Cambian los equipos, cambian los lugares y uno va aprendiendo un poco más con el paso del tiempo, pero la alegría de encontrarse con una especie nueva y poder llevarse unas buenas fotos sigue intacta. Y si encima el encuentro se da cerquita de casa, en un lugar que recorrí tantas veces, mucho mejor todavía.
El semillero castaño, Capuchino corona gris, gargantillo corona gris o espiguero de corona gris (Sporophila cinnamomea), es una especie de ave paseriforme de la familia Thraupidae perteneciente al numeroso género Sporophila. Es autóctono del centro oriental de América del Sur.
Se reproduce en el noreste de Argentina (más común en Corrientes pero más local en Entre Ríos), en el oeste y extremo sureste de Uruguay (principalmente en Paysandú, Río Negro y Rocha, pero también en Artigas, Soriano y Treinta y Tres), extremo sureste de Paraguay (Itapúa y Ñeembucú) y en el extremo sur de Brasil (oeste y centro sur de Río Grande del Sur). Migrantes han sido refgistrados en Argentina (Misiones, Formosa y Buenos Aires) y a través del este de Paraguay (incluyendo Presidente Hayes), con presumibles ejemplares invernando en Brasil (Pará, Goiás, Minas Gerais, São Paulo, Mato Grosso do Sul y Paraná), y tal vez en el noreste de Paraguay.
Esta especie es considerada rara y local como reproductor en su hábitat natural (a pesar de que pueden ocurrir concentraciones si las condiciones son favorables) los pastizales húmedos poco perturbados, generalmente donde son estacionalmente inundables; migra hacia el norte en los inviernos, donde prefiere áreas húmedas de cerrado y campos con pastizales altos; hasta los 1100 m de altitud.
Ha sido calificado como vulnerable por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN) debido a que su población total, estimada entre 2500 y 10 000 individuos maduros, está fragmentada y se presume estar en decadencia como resultado de la extensa pérdida de hábitat y su fragmentación, y por causa de la captura para comercio como ave de jaula.
Este capuchino mide 10.5 cm de longitud, el macho adulto presenta un llamativo plumaje castaño rojizo que se extiende por el dorso y las partes inferiores del cuerpo, contrastando con la corona gris plomiza que le da su nombre. Las alas y la cola son negruzcas, con una característica mancha blanca en las alas que resulta muy útil para identificarlo en el campo. El pico y las patas son negros y el iris, pardo. La hembra, en cambio, tiene una coloración mucho más discreta, con el dorso pardo oliváceo y las partes inferiores ocráceas, un aspecto que la hace bastante más difícil de distinguir de las hembras de otras especies de capuchinos.
Su comportamiento es el típico de muchos pequeños semilleros de pastizal. Se mueve con frecuencia entre la vegetación, aprovechando la cobertura que le ofrecen las plantas altas, y de vez en cuando se posa en un tallo o en algún sitio más despejado que permite observarlo mejor. El macho tiene un canto melodioso, compuesto por una sucesión de silbidos dulces, que ayuda a detectar su presencia aun cuando resulta difícil localizarlo visualmente. Durante la reproducción también puede mostrar comportamiento territorial.
La nidificación tiene lugar durante la primavera y el verano. Construye un nido pequeño, delicado, con forma de tacita o semiesfera, elaborado con fibras y otros materiales vegetales. Allí deposita huevos blanquecinos con manchas oscuras, grises y pardas. Como ocurre con otros capuchinos, la reproducción depende de la disponibilidad de ambientes adecuados y de la conservación de los pastizales donde encuentra las condiciones necesarias para alimentarse, refugiarse y criar.
La conservación de estos pequeños habitantes de los pastizales merece especial atención. La transformación de los ambientes naturales en tierras agrícolas, la pérdida de pastizales altos y húmedos y la captura de ejemplares para mantenerlos en cautiverio son factores que afectan a distintas especies de capuchinos. El capuchino corona gris está considerado Vulnerable a nivel global, por lo que conservar los pastizales naturales no solo significa proteger el paisaje, sino también asegurar que estas pequeñas aves sigan encontrando lugares donde vivir y reproducirse.
Si bien la situación del capuchino corona gris no es precisamente alentadora en buena parte de su área de distribución, hoy me quedo también con la alegría de saber que todavía podemos encontrarnos con estas pequeñas maravillas en lugares que conocemos de memoria. El sector de la Costanera del arroyo Mártires es un ambiente que ha sufrido profundas modificaciones por la intervención humana, como tantos otros espacios naturales de la Ciudad de Posadas que se fueron transformando en nombre del progreso, muchas veces sin detenernos demasiado a pensar en todo lo que se pierde por el camino. Por eso, poder observar y fotografiar a estos capuchinos, junto a tantas otras especies que todavía encuentran refugio entre los pastizales que sobreviven, es un privilegio que no deberíamos dar por sentado. Ojalá aprendamos a valorar un poco más estos rincones que aún conservan vida, antes de que terminemos preguntándonos por qué ya no están. Porque el progreso no debería significar necesariamente borrar todo lo que había antes, y porque estas pequeñas aves también tienen derecho a seguir formando parte del paisaje que compartimos.
Les comparto la última foto de este registro, un Corbatita, un Misto, y el Capuchino corona gris en su ambiente.
Mapa de distribución en América del Sur
Copyright de los mapas
Copyright-Ebird (www.ebird.org)
Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.
Tus hijos te lo agradecerán.
11 oct 2026
10 oct 2026
Golondrina Grande - Progne dominicensis (Gmelin, JF, 1789) Caribbean Martin
Una golondrina con acento caribeño
Hoy sumamos una nueva especie a las páginas de Aves del NEA, aunque para encontrarla tenemos que viajar unos cuantos kilómetros hacia el norte, hasta la República Dominicana. Se trata de la Golondrina grande (Progne dominicensis), una de esas aves que uno puede cruzarse durante unas vacaciones y que, además de regalarnos algunas fotografías, nos permite seguir conociendo la diversidad de pájaros que habitan otras regiones del continente. Las imágenes que comparto hoy las obtuve durante el viaje de 2018, entre Punta Cana y Bayahibe, dos lugares que seguramente muchos asocian con playas, palmeras y agua turquesa, pero que también tienen sus atractivos para quienes no podemos dejar de mirar qué se mueve entre los árboles o cruza volando por encima de nuestras cabezas.
La Golondrina grande pertenece a la familia Hirundinidae, y es una especie propia de las islas del Caribe. Es un ave de tamaño relativamente grande para lo que solemos imaginar cuando hablamos de golondrinas, con unos 18 a 20 centímetros de longitud, alas largas y puntiagudas y una cola ahorquillada que le permite maniobrar con gran habilidad mientras vuela. El macho adulto luce un plumaje muy atractivo, azul negruzco brillante, que según cómo le pegue la luz puede mostrar reflejos azulados o violáceos, mientras que las partes inferiores son blancas y contrastan claramente con el dorso oscuro. La hembra es bastante menos llamativa, con tonos pardos y grisáceos en la garganta, el pecho y los flancos, y el vientre más claro. Los juveniles también presentan una coloración más apagada, de modo que no siempre resulta sencillo encontrar ese contraste tan marcado que caracteriza al macho adulto.
Como sucede con otras integrantes de su familia, es una gran especialista en la vida aérea. Se alimenta principalmente de insectos que captura en vuelo, persiguiéndolos con esos cambios de dirección rápidos que parecen no costarles ningún esfuerzo. Puede vérsela recorriendo espacios abiertos, pastizales, campos, zonas costeras y también sectores urbanizados, donde aprovecha la abundancia de insectos. Es una especie bastante sociable y no resulta extraño encontrar varios ejemplares volando juntos o descansando alineados sobre cables y otros posaderos elevados. A veces, mientras uno está pendiente de una fotografía, estas aves pasan una y otra vez por el mismo sector, como si estuvieran empeñadas en demostrar que para ellas el cielo es una pista de vuelo en la que siempre hay algo para perseguir.
La reproducción también tiene sus particularidades. Durante la temporada de cría, que en buena parte del Caribe se extiende principalmente entre febrero y agosto, construye el nido aprovechando cavidades naturales o huecos ya existentes. Puede instalarse en grietas de acantilados, huecos de árboles, antiguas cavidades excavadas por carpinteros y también en estructuras construidas por el ser humano, como edificios y otras instalaciones. Para acondicionar el interior utiliza materiales vegetales, entre ellos pequeñas ramitas y hojas secas. La puesta suele ser de varios huevos blancos, generalmente entre tres y seis según las fuentes consultadas, y la incubación ronda las dos semanas. Después llega el trabajo intenso de alimentar a los pichones, que nacen completamente dependientes de sus padres y necesitan recibir alimento con frecuencia hasta que puedan abandonar el nido. Es una buena muestra de cómo estas aves aprovechan tanto los ambientes naturales como aquellos que hemos modificado para vivir nosotros.
En cuanto a su distribución, la Golondrina grande está presente en buena parte de las Antillas y otras islas de la región, aunque no en todas, ya que en algunos lugares es reemplazada por especies emparentadas. Sus movimientos estacionales tampoco son iguales en toda su área de distribución, y todavía hay aspectos de sus desplazamientos fuera de la época reproductiva que no se conocen del todo bien. En cualquier caso, para quienes visitamos el Caribe, es una de esas golondrinas que pueden aparecer sobre los jardines, los caminos o los espacios abiertos de los hoteles, haciendo sus recorridos aéreos mientras uno intenta seguirlas con la cámara.
Y así, entre una salida y otra durante aquellas vacaciones de 2018, quedaron estas fotografías de una especie que hasta hoy no tenía su lugar en el blog. No hace falta estar siempre en el monte misionero o recorriendo los caminos de Corrientes para seguir sumando aves a la colección; a veces alcanza con prestar atención a lo que vuela por encima de un paisaje completamente distinto al de casa. Para eso también sirven los viajes, además de descansar un poco, cambiar de aire y disfrutar del paisaje para volver con recuerdos, fotografías y alguna especie nueva que nos permita seguir agrandando esta lista de vecinos emplumados, aunque en este caso vivan bastante lejos de nuestro querido Noreste Argentino.
Mapa de distribución en América
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Hoy sumamos una nueva especie a las páginas de Aves del NEA, aunque para encontrarla tenemos que viajar unos cuantos kilómetros hacia el norte, hasta la República Dominicana. Se trata de la Golondrina grande (Progne dominicensis), una de esas aves que uno puede cruzarse durante unas vacaciones y que, además de regalarnos algunas fotografías, nos permite seguir conociendo la diversidad de pájaros que habitan otras regiones del continente. Las imágenes que comparto hoy las obtuve durante el viaje de 2018, entre Punta Cana y Bayahibe, dos lugares que seguramente muchos asocian con playas, palmeras y agua turquesa, pero que también tienen sus atractivos para quienes no podemos dejar de mirar qué se mueve entre los árboles o cruza volando por encima de nuestras cabezas.
La Golondrina grande pertenece a la familia Hirundinidae, y es una especie propia de las islas del Caribe. Es un ave de tamaño relativamente grande para lo que solemos imaginar cuando hablamos de golondrinas, con unos 18 a 20 centímetros de longitud, alas largas y puntiagudas y una cola ahorquillada que le permite maniobrar con gran habilidad mientras vuela. El macho adulto luce un plumaje muy atractivo, azul negruzco brillante, que según cómo le pegue la luz puede mostrar reflejos azulados o violáceos, mientras que las partes inferiores son blancas y contrastan claramente con el dorso oscuro. La hembra es bastante menos llamativa, con tonos pardos y grisáceos en la garganta, el pecho y los flancos, y el vientre más claro. Los juveniles también presentan una coloración más apagada, de modo que no siempre resulta sencillo encontrar ese contraste tan marcado que caracteriza al macho adulto.
Como sucede con otras integrantes de su familia, es una gran especialista en la vida aérea. Se alimenta principalmente de insectos que captura en vuelo, persiguiéndolos con esos cambios de dirección rápidos que parecen no costarles ningún esfuerzo. Puede vérsela recorriendo espacios abiertos, pastizales, campos, zonas costeras y también sectores urbanizados, donde aprovecha la abundancia de insectos. Es una especie bastante sociable y no resulta extraño encontrar varios ejemplares volando juntos o descansando alineados sobre cables y otros posaderos elevados. A veces, mientras uno está pendiente de una fotografía, estas aves pasan una y otra vez por el mismo sector, como si estuvieran empeñadas en demostrar que para ellas el cielo es una pista de vuelo en la que siempre hay algo para perseguir.
La reproducción también tiene sus particularidades. Durante la temporada de cría, que en buena parte del Caribe se extiende principalmente entre febrero y agosto, construye el nido aprovechando cavidades naturales o huecos ya existentes. Puede instalarse en grietas de acantilados, huecos de árboles, antiguas cavidades excavadas por carpinteros y también en estructuras construidas por el ser humano, como edificios y otras instalaciones. Para acondicionar el interior utiliza materiales vegetales, entre ellos pequeñas ramitas y hojas secas. La puesta suele ser de varios huevos blancos, generalmente entre tres y seis según las fuentes consultadas, y la incubación ronda las dos semanas. Después llega el trabajo intenso de alimentar a los pichones, que nacen completamente dependientes de sus padres y necesitan recibir alimento con frecuencia hasta que puedan abandonar el nido. Es una buena muestra de cómo estas aves aprovechan tanto los ambientes naturales como aquellos que hemos modificado para vivir nosotros.
En cuanto a su distribución, la Golondrina grande está presente en buena parte de las Antillas y otras islas de la región, aunque no en todas, ya que en algunos lugares es reemplazada por especies emparentadas. Sus movimientos estacionales tampoco son iguales en toda su área de distribución, y todavía hay aspectos de sus desplazamientos fuera de la época reproductiva que no se conocen del todo bien. En cualquier caso, para quienes visitamos el Caribe, es una de esas golondrinas que pueden aparecer sobre los jardines, los caminos o los espacios abiertos de los hoteles, haciendo sus recorridos aéreos mientras uno intenta seguirlas con la cámara.
Y así, entre una salida y otra durante aquellas vacaciones de 2018, quedaron estas fotografías de una especie que hasta hoy no tenía su lugar en el blog. No hace falta estar siempre en el monte misionero o recorriendo los caminos de Corrientes para seguir sumando aves a la colección; a veces alcanza con prestar atención a lo que vuela por encima de un paisaje completamente distinto al de casa. Para eso también sirven los viajes, además de descansar un poco, cambiar de aire y disfrutar del paisaje para volver con recuerdos, fotografías y alguna especie nueva que nos permita seguir agrandando esta lista de vecinos emplumados, aunque en este caso vivan bastante lejos de nuestro querido Noreste Argentino.
Mapa de distribución en América
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9 oct 2026
Entre pastizales secos y pinares lejanos.
Un paisaje bien correntino, de esos pastizales secos donde los tonos marrones parecen haberse puesto de acuerdo para dominarlo todo. Una paleta casi monocromática, con distintas tonalidades que se mezclan en el terreno y la vegetación, apenas interrumpida allá al fondo, en el último plano, por una línea verde desaturada de un pinar que asoma como una pincelada diferente en medio de tanta sobriedad.
En primer plano, acompañando el camino, una solitaria línea de arbustos que a simple vista quizás no tenga demasiado para ofrecer, pero que ese domingo por la tarde guardaba una linda sorpresa. Allí estaba esta hembra de Halconcito colorado, posada y dispuesta a regalarme un momento de esos que justifican llevar la cámara a mano, incluso cuando uno ya viene de regreso y el día parece estar llegando a su fin.
Volvíamos a Posadas desde Rincón Ombú Chico, después de otra de esas salidas que uno disfruta tanto, y en el camino apareció esta oportunidad. No hubo que internarse en el monte ni caminar demasiado, apenas prestar atención a lo que había a los costados de la ruta. Porque a veces, cuando uno está volviendo, todavía queda alguna sorpresa reservada, como si el paisaje se guardara una última carta para despedirnos.
Me gustó la combinación de colores, la sencillez de la escena y esa pequeña figura que, sin proponérselo, terminó convirtiéndose en la protagonista de un paisaje enorme. Una de esas fotografías en las que no hace falta que pasen demasiadas cosas. Alcanza con encontrar el momento, mirar un poco más allá del ave y dejar que el entorno también cuente su parte de la historia jugando con la reducida profundidad de campo que te brinda una lente telefoto.
En primer plano, acompañando el camino, una solitaria línea de arbustos que a simple vista quizás no tenga demasiado para ofrecer, pero que ese domingo por la tarde guardaba una linda sorpresa. Allí estaba esta hembra de Halconcito colorado, posada y dispuesta a regalarme un momento de esos que justifican llevar la cámara a mano, incluso cuando uno ya viene de regreso y el día parece estar llegando a su fin.
Volvíamos a Posadas desde Rincón Ombú Chico, después de otra de esas salidas que uno disfruta tanto, y en el camino apareció esta oportunidad. No hubo que internarse en el monte ni caminar demasiado, apenas prestar atención a lo que había a los costados de la ruta. Porque a veces, cuando uno está volviendo, todavía queda alguna sorpresa reservada, como si el paisaje se guardara una última carta para despedirnos.
Me gustó la combinación de colores, la sencillez de la escena y esa pequeña figura que, sin proponérselo, terminó convirtiéndose en la protagonista de un paisaje enorme. Una de esas fotografías en las que no hace falta que pasen demasiadas cosas. Alcanza con encontrar el momento, mirar un poco más allá del ave y dejar que el entorno también cuente su parte de la historia jugando con la reducida profundidad de campo que te brinda una lente telefoto.
8 oct 2026
La ley de Murphy aplicada a la fotografía de aves..
Hoy comparto dos fotografías de un Boyero cacique juvenil que tuvo la gentileza de esperarme, posado en el árbol del vecino, mientras yo iba a buscar la cámara, la preparaba y volvía a salir al patio para intentar llevarme un recuerdo de la visita.
Todo comenzó cuando se posó en el paraíso de vecino una bandada de unos diez boyeros. Estaba haciendo otra cosa, pero semejante visita no es algo que ocurra todos los días por Itaembé Miní, así que dejé lo que tenía entre manos y salí a ver qué podía fotografiar. No todos los días uno tiene la oportunidad de encontrarse con un grupo así a pocos metros de casa, y mucho menos cuando se trata de aves que se posan cerca. Entre una cosa y otra, este juvenil quedó posado en el árbol del vecino, como si hubiera decidido darme unos segundos para que pudiera preparar el equipo y aprovechar la ocasión.
Eso sí, el día era horrible para sacar fotos. De esos en los que uno mira el cielo, ve la luz que hay y se pregunta para qué salió a buscar la cámara. La iluminación no ayudaba demasiado y las condiciones estaban bastante lejos de ser las ideales, pero cuando la oportunidad aparece en el patio de casa tampoco es cuestión de ponerse demasiado exigente. Había que intentarlo, rescatar lo que se pudiera y agradecer que el muchacho se hubiera quedado quieto el tiempo suficiente para hacer estas dos tomas.
Lo curioso es que, después de aquella visita, tomé una decisión que parecía de lo más sensata. Dejé la cámara siempre preparada y a mano, arriba de la mesa, lista para salir al patio ante cualquier aparición inesperada. Porque uno aprende de estas cosas, ¿viste? La próxima vez no me iban a agarrar desprevenido, buscando la cámara, poniendo parasol, sacando la tapa de la lente, acomodarse, revisar los ajustes o perdiendo esos segundos que pueden hacer la diferencia entre una buena foto y quedarse mirando cómo el ave se aleja.
Pero ahí fue cuando entró en escena el señor Murphy, aquel ingeniero estadounidense que popularizó las famosas leyes que llevan su apellido. La más conocida suele resumirse así; «Si algo puede salir mal, saldrá mal». Aunque, para estas cuestiones de fotografía de aves, yo me permito una adaptación propia. Si preparás la cámara para fotografiar un pájaro que aparece de vez en cuando, podés estar seguro de que ese pájaro no va a volver a aparecer justo cuando estés listo para fotografiarlo.
Y así estamos hasta hoy. La cámara sigue arriba de la mesa, preparada para la próxima sorpresa, pero los boyeros no volvieron a aparecer por aquel árbol. Ni uno, ni dos, ni la banda completa de diez. Parece que se enteraron de mi estrategia y decidieron cambiar de domicilio, vaya uno a saber por cuánto tiempo.
Mientras tanto, me quedan estas dos fotografías, hechas en un día poco favorable y gracias a una visita que no estaba en los planes. No serán las mejores fotos que uno pueda imaginar de un Boyero cacique, pero tienen su pequeña historia detrás, y eso también cuenta. Porque fotografiar aves en el patio tiene estas cosas. A veces la oportunidad aparece cuando menos la esperás, otras veces te encuentra sin la cámara y, cuando finalmente te preparás para la próxima, Murphy se encarga de que no aparezca nadie.
Habrá que seguir esperando. Por suerte, la cámara ya está lista… falta que se enteren los boyeros.
Todo comenzó cuando se posó en el paraíso de vecino una bandada de unos diez boyeros. Estaba haciendo otra cosa, pero semejante visita no es algo que ocurra todos los días por Itaembé Miní, así que dejé lo que tenía entre manos y salí a ver qué podía fotografiar. No todos los días uno tiene la oportunidad de encontrarse con un grupo así a pocos metros de casa, y mucho menos cuando se trata de aves que se posan cerca. Entre una cosa y otra, este juvenil quedó posado en el árbol del vecino, como si hubiera decidido darme unos segundos para que pudiera preparar el equipo y aprovechar la ocasión.
Eso sí, el día era horrible para sacar fotos. De esos en los que uno mira el cielo, ve la luz que hay y se pregunta para qué salió a buscar la cámara. La iluminación no ayudaba demasiado y las condiciones estaban bastante lejos de ser las ideales, pero cuando la oportunidad aparece en el patio de casa tampoco es cuestión de ponerse demasiado exigente. Había que intentarlo, rescatar lo que se pudiera y agradecer que el muchacho se hubiera quedado quieto el tiempo suficiente para hacer estas dos tomas.
Lo curioso es que, después de aquella visita, tomé una decisión que parecía de lo más sensata. Dejé la cámara siempre preparada y a mano, arriba de la mesa, lista para salir al patio ante cualquier aparición inesperada. Porque uno aprende de estas cosas, ¿viste? La próxima vez no me iban a agarrar desprevenido, buscando la cámara, poniendo parasol, sacando la tapa de la lente, acomodarse, revisar los ajustes o perdiendo esos segundos que pueden hacer la diferencia entre una buena foto y quedarse mirando cómo el ave se aleja.
Pero ahí fue cuando entró en escena el señor Murphy, aquel ingeniero estadounidense que popularizó las famosas leyes que llevan su apellido. La más conocida suele resumirse así; «Si algo puede salir mal, saldrá mal». Aunque, para estas cuestiones de fotografía de aves, yo me permito una adaptación propia. Si preparás la cámara para fotografiar un pájaro que aparece de vez en cuando, podés estar seguro de que ese pájaro no va a volver a aparecer justo cuando estés listo para fotografiarlo.
Y así estamos hasta hoy. La cámara sigue arriba de la mesa, preparada para la próxima sorpresa, pero los boyeros no volvieron a aparecer por aquel árbol. Ni uno, ni dos, ni la banda completa de diez. Parece que se enteraron de mi estrategia y decidieron cambiar de domicilio, vaya uno a saber por cuánto tiempo.
Mientras tanto, me quedan estas dos fotografías, hechas en un día poco favorable y gracias a una visita que no estaba en los planes. No serán las mejores fotos que uno pueda imaginar de un Boyero cacique, pero tienen su pequeña historia detrás, y eso también cuenta. Porque fotografiar aves en el patio tiene estas cosas. A veces la oportunidad aparece cuando menos la esperás, otras veces te encuentra sin la cámara y, cuando finalmente te preparás para la próxima, Murphy se encarga de que no aparezca nadie.
Habrá que seguir esperando. Por suerte, la cámara ya está lista… falta que se enteren los boyeros.
Tomando sol...que hoy hace frío =)
Hay días en que uno está sentado frente a la PC, afuera llueve y tampoco hay demasiadas cosas importantes por hacer. Y justamente en esos momentos es cuando convieneaprovechar la mañana tirando unas líneas de texto para el blog acompañado de un rico matecito.
Estas dos fotos que comparto esta mañana son de una torcaza que, en un mediodía de julio bastante frío, encontró un buen lugar sobre el muro del patio para hacer algo tan simple como necesario en esas condiciones climáticas, tomar sol.
La temperatura no llegaba a los 10 grados y la torcaza parecía saber perfectamente lo que tenía que hacer, acomodándose y abriendo las plumas para que los rayos del sol llegaran hasta el cuerpo y ayudaran a recuperar un poco de calor.
La luz además estaba muy linda, de esas que aparecen después de una mañana gris y que hacen que hasta una torcaza, una especie que uno ve prácticamente todos los días, pueda convertirse por un rato en un buen motivo fotográfico. Con esa luz se destacaban los detalles del plumaje y, como estaba tranquila y no parecía tener ninguna intención de irse, tampoco había mucho que pensar.
Aveces no hace falta salir al monte, caminar kilómetros ni preparar demasiado equipo. Basta con tener la cámara a mano, mirar un poco y aprovechar la oportunidad. Dos fotos, quizás tres, y listo. Porque cuando aparece una buena luz y el protagonista se queda quieto, tampoco estamos para desperdiciar la ocasión.
La temperatura no llegaba a los 10 grados y la torcaza parecía saber perfectamente lo que tenía que hacer, acomodándose y abriendo las plumas para que los rayos del sol llegaran hasta el cuerpo y ayudaran a recuperar un poco de calor.
La luz además estaba muy linda, de esas que aparecen después de una mañana gris y que hacen que hasta una torcaza, una especie que uno ve prácticamente todos los días, pueda convertirse por un rato en un buen motivo fotográfico. Con esa luz se destacaban los detalles del plumaje y, como estaba tranquila y no parecía tener ninguna intención de irse, tampoco había mucho que pensar.
Aveces no hace falta salir al monte, caminar kilómetros ni preparar demasiado equipo. Basta con tener la cámara a mano, mirar un poco y aprovechar la oportunidad. Dos fotos, quizás tres, y listo. Porque cuando aparece una buena luz y el protagonista se queda quieto, tampoco estamos para desperdiciar la ocasión.
7 oct 2026
Chinchilín... Un caradura del Caribe
Hay pájaros que uno fotografía una vez y quedan asociados para siempre a un lugar, a un viaje o a un recuerdo determinado. Y después están esos otros que, cuando vuelven a aparecer varios años más tarde y en otro país, uno los reconoce casi como a un viejo conocido. Eso me pasó nuevamente con este Chinchilín (Quiscalus niger), durante nuestra estadía en Punta Cana, República Dominicana.
En Cuba ya había tenido un encuentro bastante más que fotográfico con la especie. Allí lo conocí como Chichinguaco, nombre con el que se lo conoce en la isla, y quedó guardado entre esos pájaros caribeños que llaman la atención no solamente por su aspecto sino también por su manera de moverse entre la gente. Ahora, un año después, apareció nuevamente delante de la cámara, aunque esta vez los dominicanos lo llaman Chinchilín. Un mismo pájaro, otro nombre y otro escenario, pero con la misma personalidad de siempre.
Es uno de los ictéridos más audaces y confianzudos que me ha tocado disfrutar. De esos que no parecen tener demasiado claro dónde termina el territorio de las aves y dónde empieza el de los humanos. Se mueve con absoluta naturalidad por jardines, caminos, espacios abiertos y lugares frecuentados por turistas, caminando por el suelo, buscando alimento y aprovechando cualquier oportunidad que se presente. Y si hay algo para comer cerca, mucho mejor. No es precisamente de esos pájaros que obligan al fotógrafo a esconderse detrás de un árbol, contener la respiración y rezar para que no se vaya. Este parece pensar todo lo contrario, como si dijera “¿qué hacés vos ahí con ese aparato? Sacame tranquilo”. Su presencia en ambientes urbanos y muy frecuentados por personas está bastante documentada, y esa adaptación probablemente explique buena parte de su desparpajo. Hasta han llegado a comer de mi mano, recibiendo pedidos por parte de algunos empleados del hotel para que deje de hacerlo porque les puedo asegurar que no es nada fácil para ellos tener que lidiar con estas aves en horarios de trabajo de los buffets del hotel.
Negro, brillante, de ojos amarillos y con esa cola característica que termina dándole una silueta inconfundible, el Chinchilín tiene además una cantidad de nombres regionales que casi alcanzan para armarle un documento de identidad nuevo en cada isla. Chichinguaco en Cuba, Chinchilín en República Dominicana, y otros nombres como chango, hachuela o mozambique en distintas partes del Caribe.
Y me gusta esa costumbre caribeña de ponerle nombres propios a las aves, porque cada uno termina contando un poco la historia del lugar donde se usa. En mi caso, además, ahora este Quiscalus niger tiene dos recuerdos fotográficos separados por años y por un buen pedazo de mar. Primero fue el Chichinguaco cubano y ahora el Chinchilín dominicano. Cambió el escenario, cambió el nombre, pero el personaje parece ser exactamente el mismo; un ictérido negro, de mirada amarilla y con la suficiente confianza como para andar por ahí como si todo le perteneciera, un auténtico caradura como le definiríamos en Argentina.
Y quizás, después de todo, un poquito de razón tengo, las fotos las saqué con el zoom corto a menos de un metro de distancia de donde yo estaba.
En Cuba ya había tenido un encuentro bastante más que fotográfico con la especie. Allí lo conocí como Chichinguaco, nombre con el que se lo conoce en la isla, y quedó guardado entre esos pájaros caribeños que llaman la atención no solamente por su aspecto sino también por su manera de moverse entre la gente. Ahora, un año después, apareció nuevamente delante de la cámara, aunque esta vez los dominicanos lo llaman Chinchilín. Un mismo pájaro, otro nombre y otro escenario, pero con la misma personalidad de siempre.
Es uno de los ictéridos más audaces y confianzudos que me ha tocado disfrutar. De esos que no parecen tener demasiado claro dónde termina el territorio de las aves y dónde empieza el de los humanos. Se mueve con absoluta naturalidad por jardines, caminos, espacios abiertos y lugares frecuentados por turistas, caminando por el suelo, buscando alimento y aprovechando cualquier oportunidad que se presente. Y si hay algo para comer cerca, mucho mejor. No es precisamente de esos pájaros que obligan al fotógrafo a esconderse detrás de un árbol, contener la respiración y rezar para que no se vaya. Este parece pensar todo lo contrario, como si dijera “¿qué hacés vos ahí con ese aparato? Sacame tranquilo”. Su presencia en ambientes urbanos y muy frecuentados por personas está bastante documentada, y esa adaptación probablemente explique buena parte de su desparpajo. Hasta han llegado a comer de mi mano, recibiendo pedidos por parte de algunos empleados del hotel para que deje de hacerlo porque les puedo asegurar que no es nada fácil para ellos tener que lidiar con estas aves en horarios de trabajo de los buffets del hotel.
Negro, brillante, de ojos amarillos y con esa cola característica que termina dándole una silueta inconfundible, el Chinchilín tiene además una cantidad de nombres regionales que casi alcanzan para armarle un documento de identidad nuevo en cada isla. Chichinguaco en Cuba, Chinchilín en República Dominicana, y otros nombres como chango, hachuela o mozambique en distintas partes del Caribe.
Y me gusta esa costumbre caribeña de ponerle nombres propios a las aves, porque cada uno termina contando un poco la historia del lugar donde se usa. En mi caso, además, ahora este Quiscalus niger tiene dos recuerdos fotográficos separados por años y por un buen pedazo de mar. Primero fue el Chichinguaco cubano y ahora el Chinchilín dominicano. Cambió el escenario, cambió el nombre, pero el personaje parece ser exactamente el mismo; un ictérido negro, de mirada amarilla y con la suficiente confianza como para andar por ahí como si todo le perteneciera, un auténtico caradura como le definiríamos en Argentina.
Y quizás, después de todo, un poquito de razón tengo, las fotos las saqué con el zoom corto a menos de un metro de distancia de donde yo estaba.
6 oct 2026
Fotos que vuelven... Aves que quedan
Ayer me puse a editar otra secuencia de fotografías de un lindo registro de Tuquito gris que habíamos conseguido hace ya unos cuantos años, saliendo de Rincón Ombú Chico rumbo a Posadas. Parece mentira cómo pasa el tiempo y, de paso, cómo van cambiando las cosas en internet. Durante todos estos años desaparecieron sitios, cambiaron otros, se perdieron vínculos y, con ellos, terminaron desapareciendo de este blog muchas de las fotografías que alguna vez había publicado.
Uno de los sitios que usaba muchísimo por aquellos años era Flickr. Me gustaba especialmente la calidad con la que mostraba las fotografías y, sobre todo, las distintas posibilidades que ofrecía para compartir los vínculos e insertar las imágenes directamente en el blog. En aquella época todavía podía utilizarse de manera gratuita y, como no estaba dispuesto a pagar por algo que hasta entonces podía hacer sin poner un peso, simplemente seguí adelante por otro lado. Con el tiempo Flickr pasó a ser un servicio pago y muchas de aquellas imágenes que alguna vez estuvieron acá quedaron por el camino ya que limitaron mis dos cuentas a la ridícula cantidad de 1000 fotografías por cuenta, o sea que practicamente se perdió todo el material fotográfico que allí estaba subido.
Y así fue como algunas entradas terminaron sobreviviendo sin sus fotografías, algo bastante triste para un blog que nació justamente para mostrar aves y fotos. Pero mientras Blogger siga siendo gratuito, este muchacho seguirá insistiendo por acá. El día que también decidan cobrar, veremos qué hacemos... probablemente tenga que salir a vender la colección de plumas de los jotes. 😄
Por suerte todavía quedan los originales guardados y, de vez en cuando, aparece alguna de esas secuencias que nunca había vuelto a editar. Hoy le toca al Tuquito gris, un pequeño tiránido que aquella vez tuvo la mala suerte —o la paciencia— de encontrarse con tres fotógrafos bastante entusiasmados.
Y cuando digo entusiasmados, digo que durante un buen rato lo estuvimos bombardeando a fotografías desde todos los ángulos posibles. Lo curioso es que el tipo ni se inmutó. Siguió con sus cosas como si nada, permitiéndonos disfrutar de esos minutos en los que uno puede observar tranquilo el comportamiento de un ave y, de paso, llevarse unas cuantas fotos para el recuerdo.
Estas son algunas de las imágenes de aquella numerosa serie, que recién ahora pasan por una edición como corresponde y vuelven a encontrar un lugar en Aves del NEA. Porque después de tantos años, algunas fotografías merecen una segunda oportunidad.
Uno de los sitios que usaba muchísimo por aquellos años era Flickr. Me gustaba especialmente la calidad con la que mostraba las fotografías y, sobre todo, las distintas posibilidades que ofrecía para compartir los vínculos e insertar las imágenes directamente en el blog. En aquella época todavía podía utilizarse de manera gratuita y, como no estaba dispuesto a pagar por algo que hasta entonces podía hacer sin poner un peso, simplemente seguí adelante por otro lado. Con el tiempo Flickr pasó a ser un servicio pago y muchas de aquellas imágenes que alguna vez estuvieron acá quedaron por el camino ya que limitaron mis dos cuentas a la ridícula cantidad de 1000 fotografías por cuenta, o sea que practicamente se perdió todo el material fotográfico que allí estaba subido.
Y así fue como algunas entradas terminaron sobreviviendo sin sus fotografías, algo bastante triste para un blog que nació justamente para mostrar aves y fotos. Pero mientras Blogger siga siendo gratuito, este muchacho seguirá insistiendo por acá. El día que también decidan cobrar, veremos qué hacemos... probablemente tenga que salir a vender la colección de plumas de los jotes. 😄
Por suerte todavía quedan los originales guardados y, de vez en cuando, aparece alguna de esas secuencias que nunca había vuelto a editar. Hoy le toca al Tuquito gris, un pequeño tiránido que aquella vez tuvo la mala suerte —o la paciencia— de encontrarse con tres fotógrafos bastante entusiasmados.
Y cuando digo entusiasmados, digo que durante un buen rato lo estuvimos bombardeando a fotografías desde todos los ángulos posibles. Lo curioso es que el tipo ni se inmutó. Siguió con sus cosas como si nada, permitiéndonos disfrutar de esos minutos en los que uno puede observar tranquilo el comportamiento de un ave y, de paso, llevarse unas cuantas fotos para el recuerdo.
Estas son algunas de las imágenes de aquella numerosa serie, que recién ahora pasan por una edición como corresponde y vuelven a encontrar un lugar en Aves del NEA. Porque después de tantos años, algunas fotografías merecen una segunda oportunidad.
5 oct 2026
Una conocida, pero de versión caribeña
Hoy toca una garcita blanca, pero esta vez no es de las que uno puede cruzarse por el Arroyo Mártires, el Itá o cualquier otro rincón de por acá. Esta vino importada, directamente desde República Dominicana, y las fotos tienen ya unos cuantos años encima, porque fueron tomadas durante aquellas vacaciones de 2018.
La encontré en un manglar cercano a uno de los lagos de la cancha de golf del hotel. Un escenario bastante diferente a los lugares donde estoy acostumbrado a fotografiarla, aunque al verla ahí, caminando entre el agua y la vegetación, rápidamente apareció esa sensación de "a esta ya la conozco". Porque uno puede viajar miles de kilómetros, cambiar el paisaje, el clima y hasta el idioma que escucha alrededor, pero de repente aparece una especie conocida y es como encontrarse con un vecino en medio de las vacaciones.
La Garcita blanca es de esas aves que parecen sencillas a primera vista, toda blanca, elegante y bastante fácil de reconocer por ese pico negro y las patas amarillas. Pero cuando uno se pone a fotografiarla descubre que el blanco también tiene sus complicaciones, especialmente con mucha luz. Ya me había dado varios dolores de cabeza con esta especie por estos pagos, así que encontrarla nuevamente en el Caribe también fue una buena oportunidad para seguir practicando con esos plumajes que parecen fáciles hasta que uno mira el histograma y empieza a preguntarse qué hizo mal. 😄
En el blog ya había aparecido muchas veces a la Egretta thula, fotografiada en distintos ambientes de nuestra zona, y también aparecieron ejemplares fotografiados en Brasil. Esta vez la historia es un poquito diferente; tres fotos de una misma conocida, pero con un paisaje de fondo que nada tiene que ver con el habitual.
Así que para variar un poco, hoy viajamos nuevamente al Caribe sin sacar pasaporte, sin preparar la valija y, lo más importante, sin tener que pagar el pasaje. Solamente hay que volver a abrir aquella carpeta de fotos de 2018 y dejar que aparezcan algunos recuerdos.
La encontré en un manglar cercano a uno de los lagos de la cancha de golf del hotel. Un escenario bastante diferente a los lugares donde estoy acostumbrado a fotografiarla, aunque al verla ahí, caminando entre el agua y la vegetación, rápidamente apareció esa sensación de "a esta ya la conozco". Porque uno puede viajar miles de kilómetros, cambiar el paisaje, el clima y hasta el idioma que escucha alrededor, pero de repente aparece una especie conocida y es como encontrarse con un vecino en medio de las vacaciones.
La Garcita blanca es de esas aves que parecen sencillas a primera vista, toda blanca, elegante y bastante fácil de reconocer por ese pico negro y las patas amarillas. Pero cuando uno se pone a fotografiarla descubre que el blanco también tiene sus complicaciones, especialmente con mucha luz. Ya me había dado varios dolores de cabeza con esta especie por estos pagos, así que encontrarla nuevamente en el Caribe también fue una buena oportunidad para seguir practicando con esos plumajes que parecen fáciles hasta que uno mira el histograma y empieza a preguntarse qué hizo mal. 😄
En el blog ya había aparecido muchas veces a la Egretta thula, fotografiada en distintos ambientes de nuestra zona, y también aparecieron ejemplares fotografiados en Brasil. Esta vez la historia es un poquito diferente; tres fotos de una misma conocida, pero con un paisaje de fondo que nada tiene que ver con el habitual.
Así que para variar un poco, hoy viajamos nuevamente al Caribe sin sacar pasaporte, sin preparar la valija y, lo más importante, sin tener que pagar el pasaje. Solamente hay que volver a abrir aquella carpeta de fotos de 2018 y dejar que aparezcan algunos recuerdos.
Un Atí a contraluz
Hay momentos en que uno se va a sacar fotos buscando una cosa determinada y termina volviendo con otra completamente distinta. Esta vez, entre tantas idas y vueltas, el que terminó dándome el gusto fue un Atí, que durante uno de sus sobrevuelos sobre el Arroyo Mártires pasó justo por donde la luz de la tarde todavía hacía de las suyas. Era la hora dorada, esa que para mi gusto es la mejor hora para hacer fotografías, cuando el sol ya está bajo, la luz se vuelve más cálida y hasta una escena bastante sencilla puede tener otro encanto.
Siempre digo que, si uno ya está ahí, hay que quedarse hasta que la luz natural se termine... claro que eso es válido siempre y cuando no haya otras cosas para hacer, porque tampoco vamos a dejar de cenar, hacer alguna tarea pendiente o cumplir con las obligaciones de la vida por culpa de un pájaro que todavía no apareció. Aunque reconozco que más de una vez lo hice, pero ahora me tomo esto con mucha mas calma que antes.
Y esta vez valió la pena esperar. El Atí me regaló estas tres tomas durante uno de los sobrevuelos que hizo sobre el arroyo y, aunque no son precisamente esas fotografías donde uno pretende mostrar hasta el último detalle del plumaje, tienen algo que me gusta mucho. A veces, fotográficamente hablando, también está bueno buscar cosas distintas y salir un poco de la receta de siempre. Un contraluz bien aprovechado puede transformar una escena y hacer que la fotografía pase a contar otra historia.
En lugar de buscar todos los detalles del ave, esta vez dejé que la luz hiciera su trabajo, con el Atí recortándose contra ese cielo de los últimos minutos de la tarde. Y quizás esa sea también una de las cosas lindas de salir a fotografiar aves; uno puede volver a un mismo lugar, mirar lo mismo de siempre y, dependiendo de la luz, del momento o simplemente de las ganas de probar algo diferente, terminar viendo las cosas de otra manera.
Siempre digo que, si uno ya está ahí, hay que quedarse hasta que la luz natural se termine... claro que eso es válido siempre y cuando no haya otras cosas para hacer, porque tampoco vamos a dejar de cenar, hacer alguna tarea pendiente o cumplir con las obligaciones de la vida por culpa de un pájaro que todavía no apareció. Aunque reconozco que más de una vez lo hice, pero ahora me tomo esto con mucha mas calma que antes.
Y esta vez valió la pena esperar. El Atí me regaló estas tres tomas durante uno de los sobrevuelos que hizo sobre el arroyo y, aunque no son precisamente esas fotografías donde uno pretende mostrar hasta el último detalle del plumaje, tienen algo que me gusta mucho. A veces, fotográficamente hablando, también está bueno buscar cosas distintas y salir un poco de la receta de siempre. Un contraluz bien aprovechado puede transformar una escena y hacer que la fotografía pase a contar otra historia.
En lugar de buscar todos los detalles del ave, esta vez dejé que la luz hiciera su trabajo, con el Atí recortándose contra ese cielo de los últimos minutos de la tarde. Y quizás esa sea también una de las cosas lindas de salir a fotografiar aves; uno puede volver a un mismo lugar, mirar lo mismo de siempre y, dependiendo de la luz, del momento o simplemente de las ganas de probar algo diferente, terminar viendo las cosas de otra manera.
El terror de las chicharras ya llegó también !!
Después del suirirí real, que tuvo el honor de inaugurar esta temporada de visitantes migratorios en el patio, hoy le tocó el turno a otro conocido que ya venía anunciándose por el barrio desde hacía unos días. Esta vez fue un Pitanguá el que decidió ponerle cuerpo y presencia a esos llamados que venía escuchando entre los árboles y, por suerte, eligió uno bastante cerca como para que pudiera hacerle unas fotos.
El Pitanguá es uno de esos parientes cercanos del benteveo que uno reconoce enseguida, aunque tiene su propia personalidad y, sobre todo, una fama bien ganada entre las chicharras. Si el benteveo ya es un especialista en andar buscando qué llevarse al pico, este grandote tampoco parece dispuesto a desaprovechar una buena oportunidad cuando aparece algo que se mueve entre las ramas. Digamos que para una chicharra, tener un Pitanguá cerca no debe ser precisamente una buena noticia.
Lo lindo de estos días es que el patio empieza a recuperar ese movimiento que uno espera con cada cambio de estación. Primero apareció el suirirí real y ahora este Pitanguá, que además ya venía dando señales por el barrio antes de decidirse a pasar por casa. No hace falta andar demasiado lejos para volver a encontrarse con estas visitas, a veces solamente hay que estar un poco atento a lo que se escucha y, cuando la suerte acompaña, tener la cámara a mano.
Así que segunda especie migratoria fotografiada desde el patio en esta temporada y, como suele pasar por acá, seguramente no será la última. Ahora habrá que seguir prestando atención a los árboles de alrededor, porque uno nunca sabe quién será el próximo en aparecer para dejarse fotografiar unos minutos antes de seguir con sus cosas.
El Pitanguá es uno de esos parientes cercanos del benteveo que uno reconoce enseguida, aunque tiene su propia personalidad y, sobre todo, una fama bien ganada entre las chicharras. Si el benteveo ya es un especialista en andar buscando qué llevarse al pico, este grandote tampoco parece dispuesto a desaprovechar una buena oportunidad cuando aparece algo que se mueve entre las ramas. Digamos que para una chicharra, tener un Pitanguá cerca no debe ser precisamente una buena noticia.
Lo lindo de estos días es que el patio empieza a recuperar ese movimiento que uno espera con cada cambio de estación. Primero apareció el suirirí real y ahora este Pitanguá, que además ya venía dando señales por el barrio antes de decidirse a pasar por casa. No hace falta andar demasiado lejos para volver a encontrarse con estas visitas, a veces solamente hay que estar un poco atento a lo que se escucha y, cuando la suerte acompaña, tener la cámara a mano.
Así que segunda especie migratoria fotografiada desde el patio en esta temporada y, como suele pasar por acá, seguramente no será la última. Ahora habrá que seguir prestando atención a los árboles de alrededor, porque uno nunca sabe quién será el próximo en aparecer para dejarse fotografiar unos minutos antes de seguir con sus cosas.
4 oct 2026
Un pequeño acróbata del pastizal
Hoy salí para el Arroyo Mártires con una idea bastante concreta en la cabeza, aprovechar la siesta para meterme un rato entre los pastizales y tratar de fotografiar algunas de esas especies que por estos días vienen dando vueltas por la zona. Capuchinos, corbatitas, cachilos y alguna otra de esas pequeñas aves que obligan a andar con los ojos bien abiertos porque muchas veces están ahí mismo, a pocos metros, pero uno las descubre recién cuando se mueven.
Y la verdad es que la salida terminó rindiendo mucho más de lo que esperaba. Fueron nada menos que unas 108 especies observadas y, además, varias buenas fotos de aves de pastizal, justamente el objetivo con el que había salido de casa. De esas jornadas en las que uno vuelve pensando que, bueno... hoy la tarjeta de memoria trabajó bastante más que uno.
Pero entre tanta búsqueda apareció también este muchacho, un Volatinero macho juvenil que decidió hacer de las suyas prácticamente al borde de la vereda. Y cuando digo hacer de las suyas es porque el tipo no estaba precisamente interesado en quedarse quietito para la foto. Se elevaba desde la percha con esos vuelos cortos y característicos, dando uno de esos pequeños saltos verticales que parecen más una demostración de entusiasmo que una necesidad real de desplazarse, para volver a caer casi en el mismo lugar y empezar nuevamente mientras vocaliza en el medio de la pirueta.
Lo curioso es que, aunque al Volatinero lo había visto unas cuantas veces, nunca había conseguido fotografiarlo haciendo justamente ese vuelo. Esta vez, por suerte, estaba bastante cerca y me dio el tiempo suficiente para intentar seguirlo con la cámara. No es precisamente de esos pájaros que avisan "ahora vuelo" y esperan a que uno acomode el encuadre, así que cuando aparece la oportunidad hay que aprovecharla como venga.
Y así terminé llevándome estas tres fotos, que quizás no estaban entre las que había salido a buscar, pero que tienen para mí un gustito especial. Porque una cosa es observar al Volatinero haciendo ese pequeño despliegue aéreo y otra bastante distinta es conseguir congelar alguno de esos instantes.
Al final, entre capuchinos, corbatitas, cachilos y unas cuantas especies más, el Arroyo Mártires volvió a demostrar que no hace falta ir demasiado lejos para encontrarse con una buena cantidad de aves. A veces alcanza con caminar un rato por un lugar conocido, mirar un poco más de lo habitual y dejar que sean ellas las que decidan qué foto nos vamos a llevar de vuelta. Ah, y me olvidaba, hoy también pude fotografiar por primera vez a la hembra de esta especie. En la última foto podrán ver la diferencia de la coloración del plumaje.
Y la verdad es que la salida terminó rindiendo mucho más de lo que esperaba. Fueron nada menos que unas 108 especies observadas y, además, varias buenas fotos de aves de pastizal, justamente el objetivo con el que había salido de casa. De esas jornadas en las que uno vuelve pensando que, bueno... hoy la tarjeta de memoria trabajó bastante más que uno.
Pero entre tanta búsqueda apareció también este muchacho, un Volatinero macho juvenil que decidió hacer de las suyas prácticamente al borde de la vereda. Y cuando digo hacer de las suyas es porque el tipo no estaba precisamente interesado en quedarse quietito para la foto. Se elevaba desde la percha con esos vuelos cortos y característicos, dando uno de esos pequeños saltos verticales que parecen más una demostración de entusiasmo que una necesidad real de desplazarse, para volver a caer casi en el mismo lugar y empezar nuevamente mientras vocaliza en el medio de la pirueta.
Lo curioso es que, aunque al Volatinero lo había visto unas cuantas veces, nunca había conseguido fotografiarlo haciendo justamente ese vuelo. Esta vez, por suerte, estaba bastante cerca y me dio el tiempo suficiente para intentar seguirlo con la cámara. No es precisamente de esos pájaros que avisan "ahora vuelo" y esperan a que uno acomode el encuadre, así que cuando aparece la oportunidad hay que aprovecharla como venga.
Y así terminé llevándome estas tres fotos, que quizás no estaban entre las que había salido a buscar, pero que tienen para mí un gustito especial. Porque una cosa es observar al Volatinero haciendo ese pequeño despliegue aéreo y otra bastante distinta es conseguir congelar alguno de esos instantes.
Al final, entre capuchinos, corbatitas, cachilos y unas cuantas especies más, el Arroyo Mártires volvió a demostrar que no hace falta ir demasiado lejos para encontrarse con una buena cantidad de aves. A veces alcanza con caminar un rato por un lugar conocido, mirar un poco más de lo habitual y dejar que sean ellas las que decidan qué foto nos vamos a llevar de vuelta. Ah, y me olvidaba, hoy también pude fotografiar por primera vez a la hembra de esta especie. En la última foto podrán ver la diferencia de la coloración del plumaje.
3 oct 2026
El Corochiré... y su socio de bochinche
Hay nombres de aves que parecen puestos por un señor sentado detrás de un escritorio, otros que vienen de algún viejo naturalista y algunos que, por el contrario, parecen haber nacido directamente del monte, entre sonidos, cantos y palabras que fueron pasando de boca en boca. Corochiré es uno de esos nombres que, al menos para mí, tienen gusto a nuestra tierra.
Corochiré es un nombre de raíz guaraní utilizado para llamar a los zorzales y que aparece también escrito como korotshiré. Con el tiempo fue quedando asociado especialmente al Zorzal colorado, Turdus rufiventris, aunque la historia de los nombres vulgares de nuestros zorzales es bastante más entreverada que una simple ficha de guía de campo. De hecho, en viejos trabajos sobre las aves argentinas aparecen distintas especies de zorzales relacionadas con este nombre y también formas como corochiré-morotí para el que conocemos como zorzal chalchalero o zorzal blanco.
Y hay algo que me gusta todavía más porque según algunas referencias, la palabra corochiré sería de carácter onomatopéyico, una de esas palabras que parecen querer imitar el sonido del propio pájaro. No sé si hace falta mucho más para que uno imagine a algún paisano escuchando cantar al zorzal entre los árboles y tratando de ponerle nombre a aquello que estaba oyendo. Corochiré. Y listo. Así de sencillo, así de nuestro.
El Zorzal colorado es de esos pájaros que nunca pasan demasiado desapercibidos. Anda por patios, jardines, montes, plazas y bordes de caminos, caminando por el suelo entre saltitos, buscando insectos, lombrices, semillas y frutos, pero también se hace notar cuando llega la hora del canto. Y si encima tiene cerca a su pariente de nombre tan parecido, el zorzal chalchalero, la cosa puede ponerse bastante animada.
Porque estos dos, cuando se encuentran, parecen tener una especie de acuerdo tácito para que el barrio no quede demasiado silencioso. Uno canta, el otro contesta, alguno mete una nota de más y de pronto aquello que parecía una tranquila mañana termina convertido en una verdadera reunión de vecinos. No sé si será conversación, competencia, saludo o simplemente ganas de hacer bochinche, pero escucharlos juntos tiene algo de esas charlas interminables de patio donde nadie sabe muy bien quién empezó ni quién va a tener la última palabra.
Y quizás por eso me gusta tanto ese viejo nombre regional. Corochiré no suena solamente a zorzal. Suena a monte, a guaraní, a siesta de verano, a fruta madura, a patio con árboles y a esos sonidos que forman parte del paisaje aunque muchas veces ya no les prestemos atención. Es uno de esos nombres que, cuando uno lo vuelve a escuchar, trae consigo una pequeña parte de la historia de esta tierra.
Así que hoy, para acompañar estas fotos, va este Corochiré, o Zorzal colorado, como prefieran llamarlo. Yo me quedo con los dos nombres, porque uno sirve para la guía y el otro tiene ese gustito especial de las palabras que vienen de mucho más atrás.
Y si por ahí aparece también el chalchalero, mejor todavía. Que se arme el bochinche nomás... que para silencio ya tenemos bastante.
Corochiré es un nombre de raíz guaraní utilizado para llamar a los zorzales y que aparece también escrito como korotshiré. Con el tiempo fue quedando asociado especialmente al Zorzal colorado, Turdus rufiventris, aunque la historia de los nombres vulgares de nuestros zorzales es bastante más entreverada que una simple ficha de guía de campo. De hecho, en viejos trabajos sobre las aves argentinas aparecen distintas especies de zorzales relacionadas con este nombre y también formas como corochiré-morotí para el que conocemos como zorzal chalchalero o zorzal blanco.
Y hay algo que me gusta todavía más porque según algunas referencias, la palabra corochiré sería de carácter onomatopéyico, una de esas palabras que parecen querer imitar el sonido del propio pájaro. No sé si hace falta mucho más para que uno imagine a algún paisano escuchando cantar al zorzal entre los árboles y tratando de ponerle nombre a aquello que estaba oyendo. Corochiré. Y listo. Así de sencillo, así de nuestro.
El Zorzal colorado es de esos pájaros que nunca pasan demasiado desapercibidos. Anda por patios, jardines, montes, plazas y bordes de caminos, caminando por el suelo entre saltitos, buscando insectos, lombrices, semillas y frutos, pero también se hace notar cuando llega la hora del canto. Y si encima tiene cerca a su pariente de nombre tan parecido, el zorzal chalchalero, la cosa puede ponerse bastante animada.
Porque estos dos, cuando se encuentran, parecen tener una especie de acuerdo tácito para que el barrio no quede demasiado silencioso. Uno canta, el otro contesta, alguno mete una nota de más y de pronto aquello que parecía una tranquila mañana termina convertido en una verdadera reunión de vecinos. No sé si será conversación, competencia, saludo o simplemente ganas de hacer bochinche, pero escucharlos juntos tiene algo de esas charlas interminables de patio donde nadie sabe muy bien quién empezó ni quién va a tener la última palabra.
Y quizás por eso me gusta tanto ese viejo nombre regional. Corochiré no suena solamente a zorzal. Suena a monte, a guaraní, a siesta de verano, a fruta madura, a patio con árboles y a esos sonidos que forman parte del paisaje aunque muchas veces ya no les prestemos atención. Es uno de esos nombres que, cuando uno lo vuelve a escuchar, trae consigo una pequeña parte de la historia de esta tierra.
Así que hoy, para acompañar estas fotos, va este Corochiré, o Zorzal colorado, como prefieran llamarlo. Yo me quedo con los dos nombres, porque uno sirve para la guía y el otro tiene ese gustito especial de las palabras que vienen de mucho más atrás.
Y si por ahí aparece también el chalchalero, mejor todavía. Que se arme el bochinche nomás... que para silencio ya tenemos bastante.
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