Cuando un ave "colabora"... pero pone sus condiciones.
Este yetapá negro decidió portarse de maravilla. Volaba, pero fiel a su típico comportamiento siempre volvía a la misma percha, no se escondió y hasta parecía dispuesto a dejarse fotografiar...
El pequeño detalle era que eligió quedarse allá arriba, como casi todas las veces que me lo encontré, a unos treinta metros de altura, en el extremo de unas ramitas secas de un árbol de la entrada del Parque Provincial Cruce Caballero, cual era el árbol?.. se los debo porque esa nunca fue mi especialidad.
Así que la paciencia la puso él... y el trabajo lo pusieron mis brazos, sosteniendo casi dos kilos de cámara y teleobjetivo apuntando al cielo hasta conseguir algunas fotos rescatables; con pocos detalles para mostrar porque un pajarito de un poco mas de 20 centímetros a esa distancia digamos que es una tarea imposible.
Todavía hoy, cada vez que veo fotos de esa carpeta, me acuerdo de aquel último viaje de pajareo por Cruce Caballero, allá por 2018 ... y del ejercicio de brazos que vino incluido sin costo extra.
Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.
Tus hijos te lo agradecerán.
8 jul 2026
El tapicurú eligió fotógrafo...
Hay aves que uno persigue durante años, las escucha, las busca, estudia sus costumbres, camina kilómetros... y cuando por fin aparecen, lo hacen a doscientos metros de distancia, detrás de una maraña de ramas y con la única ramita disponible justo cruzándole la cabeza; como si supieran exactamente cuánto nos gusta complicarnos la existencia.
El tapicurú, al menos para mí, pertenece a ese selecto grupo, porque en todos estos años solamente tuve una oportunidad de verlo, y la foto que conseguí fue poco menos que un milagro. Tan lejos estaba que, si hubiera dado dos pasos más hacia atrás, probablemente habría necesitado pedir prestado un telescopio en lugar del teleobjetivo.
Pero claro... después están los otros. En toda salida de observación siempre existe ese personaje al que las aves parecen haber agregado a su lista de "contactos favoritos". En nuestro grupo ese privilegio recae, sin discusión alguna, sobre Nico Pavese y Lucho Lugo, Digamos, para mantener la elegancia del lenguaje escrito, que son dueños de una fortuna desproporcionada; porque hay expresiones mucho más gráficas para definir esa condición, pero prefiero dejarlas para cuando el mate circula entre amigos.
Mientras algunos celebramos una foto testimonial sacada desde el código postal vecino, ellos se encuentran un tapicurú caminando por el suelo, cerquita, con una luz de esas que hacen sonreír a cualquier fotógrafo, y como si semejante regalo no alcanzara, el ave encima les concede varios minutos de paciencia para probar distintos encuadres, bajar hasta su misma altura y hacer un verdadero tumbing, logrando esa perspectiva que todos soñamos conseguir alguna vez.
Hay días en que la naturaleza reparte las cartas de manera bastante desigual.
Así que hoy no queda otra que disfrutar de esta imagen, felicitar al autor por semejante encuentro... y admitir, con una mezcla de sana envidia y mucho humor, que algunos nacieron para buscar aves... y otros, evidentemente, nacieron para que las aves los busquen a ellos....
Será hasta la próxima !!!!!
Pero claro... después están los otros. En toda salida de observación siempre existe ese personaje al que las aves parecen haber agregado a su lista de "contactos favoritos". En nuestro grupo ese privilegio recae, sin discusión alguna, sobre Nico Pavese y Lucho Lugo, Digamos, para mantener la elegancia del lenguaje escrito, que son dueños de una fortuna desproporcionada; porque hay expresiones mucho más gráficas para definir esa condición, pero prefiero dejarlas para cuando el mate circula entre amigos.
Mientras algunos celebramos una foto testimonial sacada desde el código postal vecino, ellos se encuentran un tapicurú caminando por el suelo, cerquita, con una luz de esas que hacen sonreír a cualquier fotógrafo, y como si semejante regalo no alcanzara, el ave encima les concede varios minutos de paciencia para probar distintos encuadres, bajar hasta su misma altura y hacer un verdadero tumbing, logrando esa perspectiva que todos soñamos conseguir alguna vez.
Hay días en que la naturaleza reparte las cartas de manera bastante desigual.
Así que hoy no queda otra que disfrutar de esta imagen, felicitar al autor por semejante encuentro... y admitir, con una mezcla de sana envidia y mucho humor, que algunos nacieron para buscar aves... y otros, evidentemente, nacieron para que las aves los busquen a ellos....
Será hasta la próxima !!!!!
7 jul 2026
Silencio de campo.... Mirada de aguilucho.
Hay aves que parecen haber nacido para formar parte del paisaje argentino, uno recorre un camino de tierra, cruza un alambrado, ve un poste solitario en medio del campo... y casi espera encontrarlo allí, firme, mirando el horizonte como si fuera el dueño del lugar; el aguilucho colorado es una de ellas.
No necesita hacer piruetas en el aire para llamar la atención, le alcanza con esa postura serena, con esa mirada que parece conocer cada rincón del campo y con esa paciencia infinita para esperar el momento justo.
Después de casi diez años sin publicar fotografías de la especie en el blog, hoy le toca el turno a esta serie obtenida por el amigo Luis Krause en el camino de acceso al Club Refugio Ombú. Un sitio donde más de una vez las rapaces nos regalaron encuentros memorables y que, afortunadamente, sigue sorprendiéndonos.
Siempre digo que las aves son parte de nuestra identidad tanto como el mate, el chamamé o el color rojo de la tierra misionera. Algunas especies tienen esa capacidad de mezclarse con el paisaje de una manera tan natural que cuesta imaginar el campo sin ellas.
Por eso estas fotos no muestran solamente un ave rapaz, también retratan un pedacito de ese litoral que tanto queremos recorrer, cámara en mano, disfrutando de esos encuentros que hacen que cada salida valga la pena.
Gracias, Luis, por seguir aportando imágenes para que Aves del NEA continúe creciendo y para que, diez años después, el aguilucho colorado vuelva a ocupar el lugar que merece en estas páginas.
No necesita hacer piruetas en el aire para llamar la atención, le alcanza con esa postura serena, con esa mirada que parece conocer cada rincón del campo y con esa paciencia infinita para esperar el momento justo.
Después de casi diez años sin publicar fotografías de la especie en el blog, hoy le toca el turno a esta serie obtenida por el amigo Luis Krause en el camino de acceso al Club Refugio Ombú. Un sitio donde más de una vez las rapaces nos regalaron encuentros memorables y que, afortunadamente, sigue sorprendiéndonos.
Siempre digo que las aves son parte de nuestra identidad tanto como el mate, el chamamé o el color rojo de la tierra misionera. Algunas especies tienen esa capacidad de mezclarse con el paisaje de una manera tan natural que cuesta imaginar el campo sin ellas.
Por eso estas fotos no muestran solamente un ave rapaz, también retratan un pedacito de ese litoral que tanto queremos recorrer, cámara en mano, disfrutando de esos encuentros que hacen que cada salida valga la pena.
Gracias, Luis, por seguir aportando imágenes para que Aves del NEA continúe creciendo y para que, diez años después, el aguilucho colorado vuelva a ocupar el lugar que merece en estas páginas.
Un loro en libertad vale más que 50 palabras en jaula.
Hay algo que disfruto especialmente de esta nueva etapa del blog, volver a abrir carpetas olvidadas y encontrar fotografías que, por algún motivo, nunca llegaron a publicarse.
Hoy aparecieron estos loros habladores, fotografiados durante una escapada familiar a Puerto Iguazú, en el parquizado de las Cabañas San Andrés durante unos días que nos tomamos de descanso en el norte misionero durante el mes de Febrero del 2024. Lo curioso de este viaje es que, estando a pocos kilómetros de algunos de los mejores ambientes para observar aves de Misiones, prácticamente no salí a buscarlas; cruzaba por mi cabeza el levantarme temprano, subirme a mi auto para irme a recorrer la Ruta 101 pero dediqué mi tiempo a la familia, eran los años en que la fotografía había pasado a un segundo plano. Después de casi nueve años de ese largo paréntesis, resulta inevitable preguntarse cuántas oportunidades habrán quedado en el camino.
Pero no tiene mucho sentido mirar hacia atrás porque lo importante es que estamos de regreso, volvimos a caminar sin apuro, a detenernos cuando un canto nos llama la atención y a disfrutar de esos pequeños encuentros que para muchos pasan completamente desapercibidos.
Estos Loros habladores son una de esas especies que no necesitan presentación, con su colorido, sus vuelos ruidosos y su costumbre de hacerse notar, es imposible ignorarlos. Lo que sí necesita seguir repitiéndose es un mensaje que nunca pierde vigencia, el mejor lugar para un loro siempre será el cielo y los árboles, nunca una jaula.
Desde este pequeño rincón de internet seguiremos haciendo lo de siempre, sin estridencias, mostrando la increíble diversidad de aves que nos rodea e intentando contagiar un poco de esa pasión. Tal vez no cambiemos el mundo, pero si conseguimos que alguien deje de ver un ave como una mascota y empiece a verla como parte de la naturaleza que merece ser protegida, el esfuerzo ya habrá dado sus frutos.
Y como Puerto Iguazú siempre guarda alguna sorpresa, en los próximos días les voy a mostrar otra especie de loro que también tuve la suerte de fotografiar en ese mismo lugar.
Saludos para todos y será hasta la próxima !!!
Hoy aparecieron estos loros habladores, fotografiados durante una escapada familiar a Puerto Iguazú, en el parquizado de las Cabañas San Andrés durante unos días que nos tomamos de descanso en el norte misionero durante el mes de Febrero del 2024. Lo curioso de este viaje es que, estando a pocos kilómetros de algunos de los mejores ambientes para observar aves de Misiones, prácticamente no salí a buscarlas; cruzaba por mi cabeza el levantarme temprano, subirme a mi auto para irme a recorrer la Ruta 101 pero dediqué mi tiempo a la familia, eran los años en que la fotografía había pasado a un segundo plano. Después de casi nueve años de ese largo paréntesis, resulta inevitable preguntarse cuántas oportunidades habrán quedado en el camino.
Pero no tiene mucho sentido mirar hacia atrás porque lo importante es que estamos de regreso, volvimos a caminar sin apuro, a detenernos cuando un canto nos llama la atención y a disfrutar de esos pequeños encuentros que para muchos pasan completamente desapercibidos.
Estos Loros habladores son una de esas especies que no necesitan presentación, con su colorido, sus vuelos ruidosos y su costumbre de hacerse notar, es imposible ignorarlos. Lo que sí necesita seguir repitiéndose es un mensaje que nunca pierde vigencia, el mejor lugar para un loro siempre será el cielo y los árboles, nunca una jaula.
Desde este pequeño rincón de internet seguiremos haciendo lo de siempre, sin estridencias, mostrando la increíble diversidad de aves que nos rodea e intentando contagiar un poco de esa pasión. Tal vez no cambiemos el mundo, pero si conseguimos que alguien deje de ver un ave como una mascota y empiece a verla como parte de la naturaleza que merece ser protegida, el esfuerzo ya habrá dado sus frutos.
Y como Puerto Iguazú siempre guarda alguna sorpresa, en los próximos días les voy a mostrar otra especie de loro que también tuve la suerte de fotografiar en ese mismo lugar.
Saludos para todos y será hasta la próxima !!!
6 jul 2026
Paloma Huilota - Zenaida macroura (Linnaeus, C, 1758) / Mourning Dove
Otra especie rescatada del olvido digital.
Revisando aquellas fotografías tomadas en Varadero, allá por el 2017 en Matanzas, Cuba, siguen apareciendo imágenes que por algún motivo quedaron archivadas durante años. Algunas ni siquiera habían sido editadas, más vale tarde que nunca hoy las publico por primera vez.
La protagonista de hoy es la Paloma huilota (Zenaida macroura), una especie que, al menos para un observador argentino, genera una inmediata sensación de familiaridad. La primera impresión es inevitable: "¡Una torcaza!". Y la verdad es que el parecido existe. Tamaño, porte y comportamiento hacen que durante unos segundos uno sienta que está mirando una vieja conocida de nuestros campos.
Pero basta detenerse un poco en los detalles para darse cuenta de que no, los detalles la delatan y uno recuerda que está a más de seis mil kilómetros de casa.
Está claro que cada país tiene sus propias protagonistas y que, aunque algunas parezcan primas lejanas, siempre terminan mostrando esas pequeñas diferencias que hacen entretenido observar aves en cualquier rincón del mundo.
Mientras sigo desempolvando el archivo fotográfico, continúan apareciendo especies nuevas para el blog. Unas llegan con historias memorables; otras, como esta, simplemente esperaron pacientemente su turno durante demasiados años... muchos más de los que a mí me hubiera gustado.
Paso ahora a describir un poco mas formalmente a esta paloma ya que son las primeras fotos que publico en el blog. La huilota común, también denominada tórtola rabiche, torcaza o guilota, (Zenaida macroura) es una especie de ave columbiforme de la familia Columbidae perteneciente al género Zenaida. Es natural de América. Es de tamaño mediano con color gris en la frente y la nuca, pardo grisáceo detrás del cuello y plumas con brillos metálicos con violeta y bronce a ambos lados. Sus partes inferiores son ligeramente rosadas y vináceas, al igual que frente, cara y pecho. Detrás de los ojos tiene una pequeña lista. La cola es larga, escalonada y puntiaguda. Tiene manchas negras en las coberteras de las alas y cerca de los oídos. Plumas de la cola con bordes negros y puntas blancas. Su distribución comprende desde el sur de Canadá y sureste de Alaska hasta Panamá. También se encuentra presente en las Bahamas y las Antillas Mayores, incluyendo Cuba. En México se le ha observado en sus 32 estados. Se conoce como paloma rabiche (Cuba y República Dominicana). En este último país también se conoce como tórtola. Otros nombres comunes: torcaza llanera (Honduras), paloma huilota (México), tórtola rabuda (Nicaragua); tórtola, abuelita y/o torcaza plañidera (Colombia), paloma rabuda (Costa Rica), paloma sabanera (Venezuela), tórtola rabilarga y paloma lúgubre.
Se la puede encontrar en gran cantidad de hábitats, como tierras de cultivo, ciudades, bordes de bosques, bosques abiertos, mezquitales, matorrales costeros, pastizales y en sitios desérticos; asimismo en zonas urbanas. No se encuentra listada en la NOM-059-SEMARNAT-2010 (México). Es una especie de interés cinegético en toda su distribución. Al ser una especie granívora se alimenta de varios cultivos por lo que puede depredar semillas y/o dispersarlas. En México hacen falta monitoreos y censos constantes para determinar su tendencia poblacional y para información general. También se requiere investigar los efectos a largo plazo de la cacería sobre sus poblaciones.
Descripción:
De tamaño mediano, cola larga y apuntada, presenta colores grises; gris castaño en la cabeza, dorso, rabadilla, coberteras de las alas y plumas centrales de la cola, gris oscuro en las plumas de vuelo de las alas. Su pico es negro, las patas son rojas.
Hábitat:
Habita en regiones semiáridas de tierras bajas y en las montañas, en zonas de vegetación caduca, en los pastizales y en zonas urbanas. Se ha registrado hasta los 3 200 metros de elevación.
Subespecies:
Se conocen 5 subespecies de Zenaida macroura:
Zenaida macroura carolinensis (Linnaeus, 1766)
Zenaida macroura clarionensis (Townsend, C.H., 1890)
Zenaida macroura macroura (Linnaeus, 1758)
Zenaida macroura marginella (Woodhouse, 1852)
Zenaida macroura turturilla (Wetmore, 1956)
Mapa de distribución en América
Copyright de los mapas Copyright-Ebird (www.ebird.org)
Vocalización de la Paloma huilota
La protagonista de hoy es la Paloma huilota (Zenaida macroura), una especie que, al menos para un observador argentino, genera una inmediata sensación de familiaridad. La primera impresión es inevitable: "¡Una torcaza!". Y la verdad es que el parecido existe. Tamaño, porte y comportamiento hacen que durante unos segundos uno sienta que está mirando una vieja conocida de nuestros campos.
Pero basta detenerse un poco en los detalles para darse cuenta de que no, los detalles la delatan y uno recuerda que está a más de seis mil kilómetros de casa.
Está claro que cada país tiene sus propias protagonistas y que, aunque algunas parezcan primas lejanas, siempre terminan mostrando esas pequeñas diferencias que hacen entretenido observar aves en cualquier rincón del mundo.
Mientras sigo desempolvando el archivo fotográfico, continúan apareciendo especies nuevas para el blog. Unas llegan con historias memorables; otras, como esta, simplemente esperaron pacientemente su turno durante demasiados años... muchos más de los que a mí me hubiera gustado.
Paso ahora a describir un poco mas formalmente a esta paloma ya que son las primeras fotos que publico en el blog. La huilota común, también denominada tórtola rabiche, torcaza o guilota, (Zenaida macroura) es una especie de ave columbiforme de la familia Columbidae perteneciente al género Zenaida. Es natural de América. Es de tamaño mediano con color gris en la frente y la nuca, pardo grisáceo detrás del cuello y plumas con brillos metálicos con violeta y bronce a ambos lados. Sus partes inferiores son ligeramente rosadas y vináceas, al igual que frente, cara y pecho. Detrás de los ojos tiene una pequeña lista. La cola es larga, escalonada y puntiaguda. Tiene manchas negras en las coberteras de las alas y cerca de los oídos. Plumas de la cola con bordes negros y puntas blancas. Su distribución comprende desde el sur de Canadá y sureste de Alaska hasta Panamá. También se encuentra presente en las Bahamas y las Antillas Mayores, incluyendo Cuba. En México se le ha observado en sus 32 estados. Se conoce como paloma rabiche (Cuba y República Dominicana). En este último país también se conoce como tórtola. Otros nombres comunes: torcaza llanera (Honduras), paloma huilota (México), tórtola rabuda (Nicaragua); tórtola, abuelita y/o torcaza plañidera (Colombia), paloma rabuda (Costa Rica), paloma sabanera (Venezuela), tórtola rabilarga y paloma lúgubre.
Se la puede encontrar en gran cantidad de hábitats, como tierras de cultivo, ciudades, bordes de bosques, bosques abiertos, mezquitales, matorrales costeros, pastizales y en sitios desérticos; asimismo en zonas urbanas. No se encuentra listada en la NOM-059-SEMARNAT-2010 (México). Es una especie de interés cinegético en toda su distribución. Al ser una especie granívora se alimenta de varios cultivos por lo que puede depredar semillas y/o dispersarlas. En México hacen falta monitoreos y censos constantes para determinar su tendencia poblacional y para información general. También se requiere investigar los efectos a largo plazo de la cacería sobre sus poblaciones.
Descripción:
De tamaño mediano, cola larga y apuntada, presenta colores grises; gris castaño en la cabeza, dorso, rabadilla, coberteras de las alas y plumas centrales de la cola, gris oscuro en las plumas de vuelo de las alas. Su pico es negro, las patas son rojas.
Hábitat:
Habita en regiones semiáridas de tierras bajas y en las montañas, en zonas de vegetación caduca, en los pastizales y en zonas urbanas. Se ha registrado hasta los 3 200 metros de elevación.
Subespecies:
Se conocen 5 subespecies de Zenaida macroura:
Zenaida macroura carolinensis (Linnaeus, 1766)
Zenaida macroura clarionensis (Townsend, C.H., 1890)
Zenaida macroura macroura (Linnaeus, 1758)
Zenaida macroura marginella (Woodhouse, 1852)
Zenaida macroura turturilla (Wetmore, 1956)
Mapa de distribución en América
Copyright de los mapas Copyright-Ebird (www.ebird.org)
Vocalización de la Paloma huilota
5 jul 2026
El Caburé que todavía me hace esperar.
Antes de empezar a revolver otra carpeta de archivos propios, hoy voy a hacer un pequeño alto en el camino para compartir unas fotografías que edité después de revolver una carpeta que me compartió Luis Krause.
El protagonista es el caburé chico, un diminuta lechuza que, a pesar de su tamaño, carga sobre las alas un sinfín de historias, mitos y supersticiones que sobreviven hasta nuestros días.
Estas imágenes fueron obtenidas hace ya varios años en el Club Refugio Ombú, lugar que todavía conserva ese aire tranquilo donde el monte parecía guardar un secreto en cada rama.
Confieso que esta especie todavía tiene conmigo una cuenta pendiente porque después de tantos años recorriendo caminos, senderos y montes con la cámara al hombro, el caburé chico todavía me debe una buena sesión fotográfica. Nos hemos cruzado unas cuantas veces, pero siempre fue él quien decidió cuándo y cómo terminar el encuentro y las fotos aceptables siguen figurando entre mis asignaturas pendientes.
Resulta curioso cómo un ave tan pequeña puede despertar semejante cantidad de creencias populares. Para algunos, su canto anuncia desgracias; para otros, trae mala suerte o presagia visitas indeseadas. Historias que fueron pasando de generación en generación hasta convertir a estas lechuzas en protagonistas involuntarias de viejas leyendas.
La realidad, por supuesto, es bastante menos misteriosa y mucho más interesante. El caburé chico cumple un papel fundamental en el equilibrio natural, alimentándose de insectos, pequeños roedores y otros animales que, de no existir estos silenciosos cazadores nocturnos, podrían transformarse en un verdadero problema para nosotros.
Quizás el verdadero misterio no esté en el caburé, sino en nuestra facilidad para temer aquello que no conocemos. Mientras algunos siguen viendo malos augurios donde sólo hay una lechuza haciendo su trabajo, nosotros tenemos la suerte de admirarlo como realmente es; una pequeña joya del monte, discreta, eficiente y extraordinariamente hermosa.
Y quién sabe... tal vez algún día decida regalarme esos pocos segundos de luz perfecta que todavía me está debiendo. Hasta entonces, seguiré buscándolo. Después de todo, algunas de las mejores fotografías son las que todavía no existen.
El protagonista es el caburé chico, un diminuta lechuza que, a pesar de su tamaño, carga sobre las alas un sinfín de historias, mitos y supersticiones que sobreviven hasta nuestros días.
Estas imágenes fueron obtenidas hace ya varios años en el Club Refugio Ombú, lugar que todavía conserva ese aire tranquilo donde el monte parecía guardar un secreto en cada rama.
Confieso que esta especie todavía tiene conmigo una cuenta pendiente porque después de tantos años recorriendo caminos, senderos y montes con la cámara al hombro, el caburé chico todavía me debe una buena sesión fotográfica. Nos hemos cruzado unas cuantas veces, pero siempre fue él quien decidió cuándo y cómo terminar el encuentro y las fotos aceptables siguen figurando entre mis asignaturas pendientes.
Resulta curioso cómo un ave tan pequeña puede despertar semejante cantidad de creencias populares. Para algunos, su canto anuncia desgracias; para otros, trae mala suerte o presagia visitas indeseadas. Historias que fueron pasando de generación en generación hasta convertir a estas lechuzas en protagonistas involuntarias de viejas leyendas.
La realidad, por supuesto, es bastante menos misteriosa y mucho más interesante. El caburé chico cumple un papel fundamental en el equilibrio natural, alimentándose de insectos, pequeños roedores y otros animales que, de no existir estos silenciosos cazadores nocturnos, podrían transformarse en un verdadero problema para nosotros.
Quizás el verdadero misterio no esté en el caburé, sino en nuestra facilidad para temer aquello que no conocemos. Mientras algunos siguen viendo malos augurios donde sólo hay una lechuza haciendo su trabajo, nosotros tenemos la suerte de admirarlo como realmente es; una pequeña joya del monte, discreta, eficiente y extraordinariamente hermosa.
Y quién sabe... tal vez algún día decida regalarme esos pocos segundos de luz perfecta que todavía me está debiendo. Hasta entonces, seguiré buscándolo. Después de todo, algunas de las mejores fotografías son las que todavía no existen.
Un piojito, un alambrado y un milagro
Tres días recorriendo los Esteros del Iberá allá por el mes de Mayo del 2015, disfrutando de uno de esos lugares donde uno quisiera que el tiempo se detuviera; después de tantas horas de caminatas, madrugones y cientos de fotos, llegó el momento de emprender el regreso a Posadas.
Pero quienes compartimos esta pasión sabemos que el viaje no termina cuando uno deja el destino atrás, el regreso también forma parte de la aventura; por eso hay una regla no escrita que se cumple casi siempre, la cámara nunca va guardada en la mochila. Viaja sobre el regazo, lista para entrar en acción ante cualquier oportunidad.
Y esa oportunidad apareció al costado de la ruta, un bañado prometía alguna sorpresa, así que no hizo falta discutir demasiado porque desde la Duster se veían Varilleros, Federales, y vayan a saber que otros pequeños habitantes de estos ambientes; así que frenamos, bajamos del vehículo y encaramos hacia el bañadito. El único detalle era un viejo alambrado de campo, de esos de púas oxidadas que parecen estar esperando al distraído de turno,y el distraído, por supuesto, fui yo.
En el intento de cruzarlo, una de las púas decidió aferrarse con entusiasmo a la entrepierna de mi pantalón. Lo que siguió fue ese instante eterno en el que uno deja de pensar en las aves y empieza a hacer un rápido inventario mental de su anatomía.
Por fortuna, el alambrado fue generoso conmigo, mi integridad física quedó intacta. El pantalón, en cambio, no tuvo la misma suerte, se abrió un agujero que todavía hoy permanece ahí, esperando que algún día me decida a buscar hilo y aguja para regalarle una zurcida digna.
Después del susto, y mientras me desenganchaba llegaron las risas... y también las fotos. Porque al final, toda esa maniobra bastante poco elegante tuvo su recompensa, entre los pastizales apareció este pequeño piojito gris, que bien valió la parada improvisada.
Con el tiempo uno descubre que muchas veces no son las mejores fotografías las que más recuerdos traen, sino las historias que quedaron pegadas a ellas. Y cada vez que veo estas imágenes, inevitablemente me acuerdo de aquel viejo alambrado correntino que estuvo peligrosamente cerca de convertir el regreso de Pellegrini en una anécdota bastante más dolorosa.
Pero quienes compartimos esta pasión sabemos que el viaje no termina cuando uno deja el destino atrás, el regreso también forma parte de la aventura; por eso hay una regla no escrita que se cumple casi siempre, la cámara nunca va guardada en la mochila. Viaja sobre el regazo, lista para entrar en acción ante cualquier oportunidad.
Y esa oportunidad apareció al costado de la ruta, un bañado prometía alguna sorpresa, así que no hizo falta discutir demasiado porque desde la Duster se veían Varilleros, Federales, y vayan a saber que otros pequeños habitantes de estos ambientes; así que frenamos, bajamos del vehículo y encaramos hacia el bañadito. El único detalle era un viejo alambrado de campo, de esos de púas oxidadas que parecen estar esperando al distraído de turno,y el distraído, por supuesto, fui yo.
En el intento de cruzarlo, una de las púas decidió aferrarse con entusiasmo a la entrepierna de mi pantalón. Lo que siguió fue ese instante eterno en el que uno deja de pensar en las aves y empieza a hacer un rápido inventario mental de su anatomía.
Por fortuna, el alambrado fue generoso conmigo, mi integridad física quedó intacta. El pantalón, en cambio, no tuvo la misma suerte, se abrió un agujero que todavía hoy permanece ahí, esperando que algún día me decida a buscar hilo y aguja para regalarle una zurcida digna.
Después del susto, y mientras me desenganchaba llegaron las risas... y también las fotos. Porque al final, toda esa maniobra bastante poco elegante tuvo su recompensa, entre los pastizales apareció este pequeño piojito gris, que bien valió la parada improvisada.
Con el tiempo uno descubre que muchas veces no son las mejores fotografías las que más recuerdos traen, sino las historias que quedaron pegadas a ellas. Y cada vez que veo estas imágenes, inevitablemente me acuerdo de aquel viejo alambrado correntino que estuvo peligrosamente cerca de convertir el regreso de Pellegrini en una anécdota bastante más dolorosa.
4 jul 2026
La invisible frontera de las aves.
Hay aves que uno termina asociando inevitablemente a un lugar. No porque no puedan volar más lejos, sino porque, por alguna razón que muchas veces desconocemos, parecieran haber decidido quedarse de un solo lado del mapa.
La protagonista de hoy es la paloma manchada (Patagioenas maculosa). Todas las fotografías que tengo de esta especie fueron obtenidas hace ya varios años en la vecina provincia de Corrientes, el querido Taragüí. Y lo curioso es que, después de tantos años recorriendo montes, caminos rurales, chacras y pastizales de Misiones, nunca tuve la suerte de encontrar una de este lado del límite interprovincial.
Resulta inevitable imaginar esa frontera como una línea invisible que algunas especies parecen respetar al pie de la letra. Como si alguien les hubiera dicho: "Hasta acá llegás... del otro lado no se puede pasar". Por supuesto, la naturaleza no entiende de límites políticos y las aves mucho menos. Sus distribuciones responden a cuestiones mucho más complejas: el tipo de ambiente, la disponibilidad de alimento, el clima, la competencia con otras especies y una infinidad de factores que muchas veces pasan desapercibidos para quienes simplemente disfrutamos de observarlas.
Lo más cerca de Posadas que pude registrar a la paloma manchada fue en el camino de acceso a Rincón Ombú Chico, apenas unos kilómetros más y ya estábamos nuevamente en Misiones... pero allí terminaban mis encuentros con la especie.
¿Estará presente en algún rincón de la provincia y simplemente nunca tuve la fortuna de cruzármela? Es muy posible; después de todo, cada salida al campo nos recuerda que todavía queda muchísimo por descubrir, y quizá ese sea uno de los mayores encantos de esta actividad. siempre existe la posibilidad de que, detrás de la próxima curva del camino o sobre la rama de un árbol cualquiera, aparezca esa especie que llevamos años esperando encontrar.
Mientras tanto, estas viejas fotografías sirven para recordar aquellos viajes por Corrientes y para seguir alimentando una de las partes más lindas de la observación de aves, la capacidad de sorprendernos con esos pequeños misterios que la naturaleza, por ahora, todavía no tiene intención de revelarnos.
La protagonista de hoy es la paloma manchada (Patagioenas maculosa). Todas las fotografías que tengo de esta especie fueron obtenidas hace ya varios años en la vecina provincia de Corrientes, el querido Taragüí. Y lo curioso es que, después de tantos años recorriendo montes, caminos rurales, chacras y pastizales de Misiones, nunca tuve la suerte de encontrar una de este lado del límite interprovincial.
Resulta inevitable imaginar esa frontera como una línea invisible que algunas especies parecen respetar al pie de la letra. Como si alguien les hubiera dicho: "Hasta acá llegás... del otro lado no se puede pasar". Por supuesto, la naturaleza no entiende de límites políticos y las aves mucho menos. Sus distribuciones responden a cuestiones mucho más complejas: el tipo de ambiente, la disponibilidad de alimento, el clima, la competencia con otras especies y una infinidad de factores que muchas veces pasan desapercibidos para quienes simplemente disfrutamos de observarlas.
Lo más cerca de Posadas que pude registrar a la paloma manchada fue en el camino de acceso a Rincón Ombú Chico, apenas unos kilómetros más y ya estábamos nuevamente en Misiones... pero allí terminaban mis encuentros con la especie.
¿Estará presente en algún rincón de la provincia y simplemente nunca tuve la fortuna de cruzármela? Es muy posible; después de todo, cada salida al campo nos recuerda que todavía queda muchísimo por descubrir, y quizá ese sea uno de los mayores encantos de esta actividad. siempre existe la posibilidad de que, detrás de la próxima curva del camino o sobre la rama de un árbol cualquiera, aparezca esa especie que llevamos años esperando encontrar.
Mientras tanto, estas viejas fotografías sirven para recordar aquellos viajes por Corrientes y para seguir alimentando una de las partes más lindas de la observación de aves, la capacidad de sorprendernos con esos pequeños misterios que la naturaleza, por ahora, todavía no tiene intención de revelarnos.
3 jul 2026
No todo lo viejo merece ir a la papelera....
Con el frío que está haciendo (mucho más de lo que a mí me gustaría) las salidas al campo quedaron momentáneamente en pausa, así que no queda otra, mate calentito al lado de la computadora y viaje en el tiempo.
Estos días me los estoy dedicando a revisar archivos viejos, editar fotografías que habían quedado olvidadas, hacer esa limpieza que uno siempre promete pero nunca cumple, y ajustar, acomodar, volver a diagramar cosas en el blog que quedaron desconfiguradas.
Fotográficamente hablando el objetivo es simple, eliminar todo lo que está fuera de foco, movido o que definitivamente no aporta demasiado, para ir liberando espacio. Después de todo, si el invierno afloja y volvemos a salir a fotografiar, habrá que hacerle lugar al material nuevo.
Y en medio de esa expedición arqueológica apareció el protagonista de hoy.
Estas fotografías corresponden a un bobito grande (Myiarchus sagrae), tomadas en el parque del hotel Memories, en Varadero, Cuba, durante el viaje de 2017. Lo curioso es que, por algún motivo que hoy ya no recuerdo, nunca las había editado ni mucho menos publicado. Ocho años esperando pacientemente en un disco rígido hasta que finalmente les llegó el turno.
El bobito grande es un representante de los atrapamoscas, una familia de aves que suele poner a prueba la paciencia de cualquier observador. No tiene colores estridentes ni plumajes extravagantes; su encanto está en los detalles, en esa elegante combinación de tonos pardos, grises, negros, el vientre amarillento y la típica costumbre de lanzarse desde una rama para capturar insectos al vuelo y regresar casi siempre al mismo posadero.
Además, se trata de una especie propia del Caribe, presente principalmente en Cuba y algunas islas vecinas, así que para quienes venimos del sur siempre tiene ese atractivo extra de encontrarse con un ave que difícilmente veremos en nuestros recorridos habituales.
Así que hoy el frío tuvo su recompensa. Entre mates, carpetas desordenadas y miles de archivos olvidados, apareció este viejo recuerdo cubano para recordarme que, a veces, las mejores fotografías no son las recién tomadas, sino aquellas que esperan con paciencia el momento indicado para volver a ver la luz.
Y así, entre una carpeta y otra, el disco rígido quedó un poco más liviano... y el mate también. Ahora solo falta que el invierno tenga un gesto de buena voluntad, afloje de una vez por todas y nos permita volver a salir al monte, que las tarjetas de memoria ya están listas para llenarse otra vez, aunque, siendo sincero, estoy empezando a disfrutar de estos rescates del archivo también tienen un encanto especial muchas veces esconden imágenes que en su momento pasaron inadvertidas y hoy se disfrutan con otros ojos, imagínense lo que tengo guardado en casi 500GB de fotos.
Estos días me los estoy dedicando a revisar archivos viejos, editar fotografías que habían quedado olvidadas, hacer esa limpieza que uno siempre promete pero nunca cumple, y ajustar, acomodar, volver a diagramar cosas en el blog que quedaron desconfiguradas.
Fotográficamente hablando el objetivo es simple, eliminar todo lo que está fuera de foco, movido o que definitivamente no aporta demasiado, para ir liberando espacio. Después de todo, si el invierno afloja y volvemos a salir a fotografiar, habrá que hacerle lugar al material nuevo.
Y en medio de esa expedición arqueológica apareció el protagonista de hoy.
Estas fotografías corresponden a un bobito grande (Myiarchus sagrae), tomadas en el parque del hotel Memories, en Varadero, Cuba, durante el viaje de 2017. Lo curioso es que, por algún motivo que hoy ya no recuerdo, nunca las había editado ni mucho menos publicado. Ocho años esperando pacientemente en un disco rígido hasta que finalmente les llegó el turno.
El bobito grande es un representante de los atrapamoscas, una familia de aves que suele poner a prueba la paciencia de cualquier observador. No tiene colores estridentes ni plumajes extravagantes; su encanto está en los detalles, en esa elegante combinación de tonos pardos, grises, negros, el vientre amarillento y la típica costumbre de lanzarse desde una rama para capturar insectos al vuelo y regresar casi siempre al mismo posadero.
Además, se trata de una especie propia del Caribe, presente principalmente en Cuba y algunas islas vecinas, así que para quienes venimos del sur siempre tiene ese atractivo extra de encontrarse con un ave que difícilmente veremos en nuestros recorridos habituales.
Así que hoy el frío tuvo su recompensa. Entre mates, carpetas desordenadas y miles de archivos olvidados, apareció este viejo recuerdo cubano para recordarme que, a veces, las mejores fotografías no son las recién tomadas, sino aquellas que esperan con paciencia el momento indicado para volver a ver la luz.
Y así, entre una carpeta y otra, el disco rígido quedó un poco más liviano... y el mate también. Ahora solo falta que el invierno tenga un gesto de buena voluntad, afloje de una vez por todas y nos permita volver a salir al monte, que las tarjetas de memoria ya están listas para llenarse otra vez, aunque, siendo sincero, estoy empezando a disfrutar de estos rescates del archivo también tienen un encanto especial muchas veces esconden imágenes que en su momento pasaron inadvertidas y hoy se disfrutan con otros ojos, imagínense lo que tengo guardado en casi 500GB de fotos.
2 jul 2026
Cuando el que nunca se fue vuelve a aparecer
Hay aves que uno busca durante años, las conoce de memoria por los libros las láminas y las revistas, hasta que un día, casi sin creerlo aparecen delante de los ojos.
Con el yapú me pasó algo parecido porque durante mucho tiempo fue una de esas especies que parecían pertenecer a otro mundo hasta que conocimos a Luis Krause.
Curiosamente, nuestro primer contacto ni siquiera fue para ir a fotografiar aves. En aquella época, cuando con Willy recorríamos escuelas dando charlas sobre naturaleza y pajaritos de Posadas o de la Provincia, fuimos hasta el negocio de Luis a buscar unos nidos de yapú que nos había conseguido para mostrarles a los chicos; sin saberlo, ese encuentro terminaría abriendo la puerta a una amistad y a un lugar que nos regalaría infinidad de recuerdos, porque lo que pareció un simple favor en un principio, terminó siendo el comienzo de una amistad y de una larga lista de escapadas a Rincón Ombú Chico.
En 2013 llegó la primera de esas escapadas a Ombú; volvimos con las tarjetas llenas de fotos y la cabeza explotada de emoción. ¡Habíamos fotografiado un yapú! Ese mismo que durante años solo habíamos visto en las páginas de los libros... y resulta que estaba ahí nomás, cerquita de Posadas.
No fue un viaje propiamente dicho porque Ombú está acá nomás, unos pocos kilómetros pasando el arco, pero para willy y para mi fue una auténtica expedición.
Preparamos las mochilas la noche anterior, revisábamos baterías, tarjetas de memoria, una buena provista reforzada para dos días, y como buenos pajareros salíamos convencidos y esperanzados en volver con "La Foto".
Hace poco volví a hojear Los que se van, de Juan Carlos Chebez, un libro imprescindible para entender la historia de muchas de nuestras aves, pero mientras lo leía no pude evitar pensar que, al menos en Ombú Chico, el yapú nunca hizo honor al título porque nunca se fue, siempre estuvo ahí, silencioso, fiel, colgando sus inconfundibles nidos, esperándonos en cada visita como un viejo conocido, llenando el monte con su presencia junto a los boyeros y urracas, acompañando casi sin proponérselo a cada una de nuestras pajareadas.
En 2013 la prioridad era volver con la especie fotografiada. Si la foto salía más o menos, era un detalle menor. La emoción podía más que cualquier criterio técnico.
Diez años después, en la última visita a Ombú del 2022, los nervios ya habían quedado atrás. El desafío era diferente. No buscaba una foto del yapú; buscaba otra foto del yapú.
Así que el flash quedó descansando en la mochila, puse la cámara sobre el trípode, ISO bien bajo para que el ruido digital no aparezca, paciencia y toda la luz natural que el comedero de Luis quisiera regalarme.
A veces uno descubre que la mejor iluminación no siempre sale de un flash, sino de esperar unos minutos más y dejar que el monte haga su trabajo. Estas imágenes que hoy comparto son el resultado de esa búsqueda; también son una excusa para volver a recordar a Luis, a Willy, a las charlas en las escuelas, a los mates compartidos, a tantas mañanas recorriendo Ombú Chico, a los guisos en olla de hierro, a los asados, y a otras muchas cosas compartidas en grupo.
Porque algunas aves pasan a formar parte de nuestra lista.
Y otras, como el yapú, terminan formando parte de nuestra historia. Saludos para todos y gracias una vez mas por leernos!!
Con el yapú me pasó algo parecido porque durante mucho tiempo fue una de esas especies que parecían pertenecer a otro mundo hasta que conocimos a Luis Krause.
Curiosamente, nuestro primer contacto ni siquiera fue para ir a fotografiar aves. En aquella época, cuando con Willy recorríamos escuelas dando charlas sobre naturaleza y pajaritos de Posadas o de la Provincia, fuimos hasta el negocio de Luis a buscar unos nidos de yapú que nos había conseguido para mostrarles a los chicos; sin saberlo, ese encuentro terminaría abriendo la puerta a una amistad y a un lugar que nos regalaría infinidad de recuerdos, porque lo que pareció un simple favor en un principio, terminó siendo el comienzo de una amistad y de una larga lista de escapadas a Rincón Ombú Chico.
En 2013 llegó la primera de esas escapadas a Ombú; volvimos con las tarjetas llenas de fotos y la cabeza explotada de emoción. ¡Habíamos fotografiado un yapú! Ese mismo que durante años solo habíamos visto en las páginas de los libros... y resulta que estaba ahí nomás, cerquita de Posadas.
No fue un viaje propiamente dicho porque Ombú está acá nomás, unos pocos kilómetros pasando el arco, pero para willy y para mi fue una auténtica expedición.
Preparamos las mochilas la noche anterior, revisábamos baterías, tarjetas de memoria, una buena provista reforzada para dos días, y como buenos pajareros salíamos convencidos y esperanzados en volver con "La Foto".
Hace poco volví a hojear Los que se van, de Juan Carlos Chebez, un libro imprescindible para entender la historia de muchas de nuestras aves, pero mientras lo leía no pude evitar pensar que, al menos en Ombú Chico, el yapú nunca hizo honor al título porque nunca se fue, siempre estuvo ahí, silencioso, fiel, colgando sus inconfundibles nidos, esperándonos en cada visita como un viejo conocido, llenando el monte con su presencia junto a los boyeros y urracas, acompañando casi sin proponérselo a cada una de nuestras pajareadas.
En 2013 la prioridad era volver con la especie fotografiada. Si la foto salía más o menos, era un detalle menor. La emoción podía más que cualquier criterio técnico.
Diez años después, en la última visita a Ombú del 2022, los nervios ya habían quedado atrás. El desafío era diferente. No buscaba una foto del yapú; buscaba otra foto del yapú.
Así que el flash quedó descansando en la mochila, puse la cámara sobre el trípode, ISO bien bajo para que el ruido digital no aparezca, paciencia y toda la luz natural que el comedero de Luis quisiera regalarme.
A veces uno descubre que la mejor iluminación no siempre sale de un flash, sino de esperar unos minutos más y dejar que el monte haga su trabajo. Estas imágenes que hoy comparto son el resultado de esa búsqueda; también son una excusa para volver a recordar a Luis, a Willy, a las charlas en las escuelas, a los mates compartidos, a tantas mañanas recorriendo Ombú Chico, a los guisos en olla de hierro, a los asados, y a otras muchas cosas compartidas en grupo.
Porque algunas aves pasan a formar parte de nuestra lista.
Y otras, como el yapú, terminan formando parte de nuestra historia. Saludos para todos y gracias una vez mas por leernos!!
1 jul 2026
Tiquitiqui... Y asunto resuelto !!
Durante los últimos tres días me dediqué a una tarea que venía pateando desde bastante tiempo, mas precisamente desde Abril cuando decidí rescatar el blog del olvido; tenía que actualizar el listado de especies que venimos registrando desde aquel lejano 2008.
Lo que parecía ser un simple retoque terminó convirtiéndose en una reforma casi completa, descargué la versión más reciente del listado de las aves de Argentina y me senté a corregir el que está publicado en el blog. En realidad, corregir es una forma elegante de decir que hubo que diagramarlo prácticamente desde cero, porque después de varios años en los que, como ya saben, estaba enfocado en otras cosas, el trabajo acumulado era bastante más grande de lo que imaginaba.
Entre tantos cambios me encontré con uno que ya conocía, aunque nunca le había prestado demasiada atención; allá por 2017 comenzó a desaparecer el adjetivo "común" de muchos nombres de aves, no recuerdo exactamente cómo fue el proceso, si se que hubieron consultas y encuestas y la realidad es que hoy esos nombres quedaron atrás.
Y, pensándolo bien... me parece una excelente decisión porque de comunes las aves no tienen absolutamente nada. Cada una tiene una historia, un comportamiento, un canto, una forma de moverse o algún detalle que la hace única. Los nuevos nombres, en muchos casos, resaltan justamente esas características y ayudan a identificarlas mucho mejor.
El protagonista de hoy es uno de los piojitos. Elegí esta especie porque las fotografías son relativamente recientes y tuve la suerte de fotografiarlo en casa.
No es un visitante de todos los días; aparece de vez en cuando para recordarme que el patio todavía guarda lindas sorpresas, sin embargo, durante mis caminatas lo escucho con mucha más frecuencia de la que logro verlo. Y fue justamente su canto el que terminó dándole identidad.
"Tiquitiqui... tiquitiqui..."
Así de simple. Así de claro.
No hacía falta buscar un nombre rebuscado. Alguien lo escuchó, le prestó atención y decidió bautizarlo como Piojito tiquitiqui. Sencillo, simpático, original y, sobre todo, imposible de olvidar una vez que uno aprende a reconocer su voz.
Al final, mientras yo iba tachando nombres viejos y escribiendo los nuevos en el listado, este pequeño cantor me recordó que las aves siempre encuentran la manera de sorprendernos. Cambian los nombres, cambian las listas y cambian los libros... pero la emoción de descubrirlas sigue siendo exactamente la misma. Y ahora, si me disculpan, todavía me quedan unos cuantos pajaritos por corregir. Espero tener un poco de suerte, y que antes de que termine de actualizar el listado... los iluminados biólogos o especialistas en taxonomía no vuelven a cambiarles el nombre otra vez. Saludos y gracias por leernos!!
Lo que parecía ser un simple retoque terminó convirtiéndose en una reforma casi completa, descargué la versión más reciente del listado de las aves de Argentina y me senté a corregir el que está publicado en el blog. En realidad, corregir es una forma elegante de decir que hubo que diagramarlo prácticamente desde cero, porque después de varios años en los que, como ya saben, estaba enfocado en otras cosas, el trabajo acumulado era bastante más grande de lo que imaginaba.
Entre tantos cambios me encontré con uno que ya conocía, aunque nunca le había prestado demasiada atención; allá por 2017 comenzó a desaparecer el adjetivo "común" de muchos nombres de aves, no recuerdo exactamente cómo fue el proceso, si se que hubieron consultas y encuestas y la realidad es que hoy esos nombres quedaron atrás.
Y, pensándolo bien... me parece una excelente decisión porque de comunes las aves no tienen absolutamente nada. Cada una tiene una historia, un comportamiento, un canto, una forma de moverse o algún detalle que la hace única. Los nuevos nombres, en muchos casos, resaltan justamente esas características y ayudan a identificarlas mucho mejor.
El protagonista de hoy es uno de los piojitos. Elegí esta especie porque las fotografías son relativamente recientes y tuve la suerte de fotografiarlo en casa.
No es un visitante de todos los días; aparece de vez en cuando para recordarme que el patio todavía guarda lindas sorpresas, sin embargo, durante mis caminatas lo escucho con mucha más frecuencia de la que logro verlo. Y fue justamente su canto el que terminó dándole identidad.
"Tiquitiqui... tiquitiqui..."
Así de simple. Así de claro.
No hacía falta buscar un nombre rebuscado. Alguien lo escuchó, le prestó atención y decidió bautizarlo como Piojito tiquitiqui. Sencillo, simpático, original y, sobre todo, imposible de olvidar una vez que uno aprende a reconocer su voz.
Al final, mientras yo iba tachando nombres viejos y escribiendo los nuevos en el listado, este pequeño cantor me recordó que las aves siempre encuentran la manera de sorprendernos. Cambian los nombres, cambian las listas y cambian los libros... pero la emoción de descubrirlas sigue siendo exactamente la misma. Y ahora, si me disculpan, todavía me quedan unos cuantos pajaritos por corregir. Espero tener un poco de suerte, y que antes de que termine de actualizar el listado... los iluminados biólogos o especialistas en taxonomía no vuelven a cambiarles el nombre otra vez. Saludos y gracias por leernos!!
30 jun 2026
El progreso también deja silencios...
Hay lugares que terminan formando parte de la historia de uno, no porque sean famosos ni espectaculares, sino porque estaban ahí... cerquita de casa, siempre listos para escaparse un rato con la cámara al hombro.
Uno de esos rincones eran los pastizales que acompañaban al arroyo Mártires, digo eran porque nunca mas anduve por ahí; un lugar que era un verdadero tesoro para quienes disfrutamos de fotografiar aves.
En pocas cuadras uno podía encontrarse con una cantidad increíble de especies típicas de los pastizales: tachuríes, pecho amarillos, cachirlas, Capuchinos... y, por supuesto, el simpático cachilo canela (Donacospiza albifrons), dueño de un plumaje discreto pero de una elegancia que solo se aprecia cuando el sol de la mañana, o el de la tarde le pega de costado.
Hoy, cada vez que reviso estas fotos de archivo, no puedo evitar pensar en aquel viejo refrán: "todo tiempo pasado fue mejor". Y aunque suene exagerado, el progreso se encarga de darnos algún cachetazo de realidad de vez en cuando. Donde antes el viento hacía bailar los pastos y las aves encontraban refugio, hoy se levanta un enorme parque fotovoltaico.
No reniego de la necesidad de generar energía, pero otra vez la fauna tuvo que hacer las valijas; como casi siempre, perdió el partido sin siquiera haber sido invitada a jugar.
Así que no queda otra que aceptar el desafío, tendremos que volver a madrugar, preparar el mate, cargar los equipos y salir otra vez a recorrer los pocos pastizales que aún resisten, en la hora dorada, cuando la luz hace magia y los pájaros están más activos, con un poco de suerte volveremos a escuchar el canto del cachilo canela.
Y si ya no está por estos pagos... habrá que hacer algunos kilómetros más, porque estoy seguro de que, en algún rincón donde el progreso todavía no pasó la topadora, estos pequeños sobrevivientes seguirán recordándonos que los pastizales también merecen una oportunidad.
Uno de esos rincones eran los pastizales que acompañaban al arroyo Mártires, digo eran porque nunca mas anduve por ahí; un lugar que era un verdadero tesoro para quienes disfrutamos de fotografiar aves.
En pocas cuadras uno podía encontrarse con una cantidad increíble de especies típicas de los pastizales: tachuríes, pecho amarillos, cachirlas, Capuchinos... y, por supuesto, el simpático cachilo canela (Donacospiza albifrons), dueño de un plumaje discreto pero de una elegancia que solo se aprecia cuando el sol de la mañana, o el de la tarde le pega de costado.
Hoy, cada vez que reviso estas fotos de archivo, no puedo evitar pensar en aquel viejo refrán: "todo tiempo pasado fue mejor". Y aunque suene exagerado, el progreso se encarga de darnos algún cachetazo de realidad de vez en cuando. Donde antes el viento hacía bailar los pastos y las aves encontraban refugio, hoy se levanta un enorme parque fotovoltaico.
No reniego de la necesidad de generar energía, pero otra vez la fauna tuvo que hacer las valijas; como casi siempre, perdió el partido sin siquiera haber sido invitada a jugar.
Así que no queda otra que aceptar el desafío, tendremos que volver a madrugar, preparar el mate, cargar los equipos y salir otra vez a recorrer los pocos pastizales que aún resisten, en la hora dorada, cuando la luz hace magia y los pájaros están más activos, con un poco de suerte volveremos a escuchar el canto del cachilo canela.
Y si ya no está por estos pagos... habrá que hacer algunos kilómetros más, porque estoy seguro de que, en algún rincón donde el progreso todavía no pasó la topadora, estos pequeños sobrevivientes seguirán recordándonos que los pastizales también merecen una oportunidad.
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