Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.

10 oct 2026

Golondrina Grande - Progne dominicensis (Gmelin, JF, 1789) Caribbean Martin

Una golondrina con acento caribeño

Hoy sumamos una nueva especie a las páginas de Aves del NEA, aunque para encontrarla tenemos que viajar unos cuantos kilómetros hacia el norte, hasta la República Dominicana. Se trata de la Golondrina grande (Progne dominicensis), una de esas aves que uno puede cruzarse durante unas vacaciones y que, además de regalarnos algunas fotografías, nos permite seguir conociendo la diversidad de pájaros que habitan otras regiones del continente. Las imágenes que comparto hoy las obtuve durante el viaje de 2018, entre Punta Cana y Bayahibe, dos lugares que seguramente muchos asocian con playas, palmeras y agua turquesa, pero que también tienen sus atractivos para quienes no podemos dejar de mirar qué se mueve entre los árboles o cruza volando por encima de nuestras cabezas.
La Golondrina grande pertenece a la familia Hirundinidae, y es una especie propia de las islas del Caribe. Es un ave de tamaño relativamente grande para lo que solemos imaginar cuando hablamos de golondrinas, con unos 18 a 20 centímetros de longitud, alas largas y puntiagudas y una cola ahorquillada que le permite maniobrar con gran habilidad mientras vuela. El macho adulto luce un plumaje muy atractivo, azul negruzco brillante, que según cómo le pegue la luz puede mostrar reflejos azulados o violáceos, mientras que las partes inferiores son blancas y contrastan claramente con el dorso oscuro. La hembra es bastante menos llamativa, con tonos pardos y grisáceos en la garganta, el pecho y los flancos, y el vientre más claro. Los juveniles también presentan una coloración más apagada, de modo que no siempre resulta sencillo encontrar ese contraste tan marcado que caracteriza al macho adulto.
Como sucede con otras integrantes de su familia, es una gran especialista en la vida aérea. Se alimenta principalmente de insectos que captura en vuelo, persiguiéndolos con esos cambios de dirección rápidos que parecen no costarles ningún esfuerzo. Puede vérsela recorriendo espacios abiertos, pastizales, campos, zonas costeras y también sectores urbanizados, donde aprovecha la abundancia de insectos. Es una especie bastante sociable y no resulta extraño encontrar varios ejemplares volando juntos o descansando alineados sobre cables y otros posaderos elevados. A veces, mientras uno está pendiente de una fotografía, estas aves pasan una y otra vez por el mismo sector, como si estuvieran empeñadas en demostrar que para ellas el cielo es una pista de vuelo en la que siempre hay algo para perseguir.
La reproducción también tiene sus particularidades. Durante la temporada de cría, que en buena parte del Caribe se extiende principalmente entre febrero y agosto, construye el nido aprovechando cavidades naturales o huecos ya existentes. Puede instalarse en grietas de acantilados, huecos de árboles, antiguas cavidades excavadas por carpinteros y también en estructuras construidas por el ser humano, como edificios y otras instalaciones. Para acondicionar el interior utiliza materiales vegetales, entre ellos pequeñas ramitas y hojas secas. La puesta suele ser de varios huevos blancos, generalmente entre tres y seis según las fuentes consultadas, y la incubación ronda las dos semanas. Después llega el trabajo intenso de alimentar a los pichones, que nacen completamente dependientes de sus padres y necesitan recibir alimento con frecuencia hasta que puedan abandonar el nido. Es una buena muestra de cómo estas aves aprovechan tanto los ambientes naturales como aquellos que hemos modificado para vivir nosotros.
En cuanto a su distribución, la Golondrina grande está presente en buena parte de las Antillas y otras islas de la región, aunque no en todas, ya que en algunos lugares es reemplazada por especies emparentadas. Sus movimientos estacionales tampoco son iguales en toda su área de distribución, y todavía hay aspectos de sus desplazamientos fuera de la época reproductiva que no se conocen del todo bien. En cualquier caso, para quienes visitamos el Caribe, es una de esas golondrinas que pueden aparecer sobre los jardines, los caminos o los espacios abiertos de los hoteles, haciendo sus recorridos aéreos mientras uno intenta seguirlas con la cámara.
Y así, entre una salida y otra durante aquellas vacaciones de 2018, quedaron estas fotografías de una especie que hasta hoy no tenía su lugar en el blog. No hace falta estar siempre en el monte misionero o recorriendo los caminos de Corrientes para seguir sumando aves a la colección; a veces alcanza con prestar atención a lo que vuela por encima de un paisaje completamente distinto al de casa. Para eso también sirven los viajes, además de descansar un poco, cambiar de aire y disfrutar del paisaje para volver con recuerdos, fotografías y alguna especie nueva que nos permita seguir agrandando esta lista de vecinos emplumados, aunque en este caso vivan bastante lejos de nuestro querido Noreste Argentino.

Mapa de distribución en América

Copyright de los mapas Copyright-Ebird (www.ebird.org)



9 oct 2026

Entre pastizales secos y pinares lejanos.

Un paisaje bien correntino, de esos pastizales secos donde los tonos marrones parecen haberse puesto de acuerdo para dominarlo todo. Una paleta casi monocromática, con distintas tonalidades que se mezclan en el terreno y la vegetación, apenas interrumpida allá al fondo, en el último plano, por una línea verde desaturada de un pinar que asoma como una pincelada diferente en medio de tanta sobriedad.
En primer plano, acompañando el camino, una solitaria línea de arbustos que a simple vista quizás no tenga demasiado para ofrecer, pero que ese domingo por la tarde guardaba una linda sorpresa. Allí estaba esta hembra de Halconcito colorado, posada y dispuesta a regalarme un momento de esos que justifican llevar la cámara a mano, incluso cuando uno ya viene de regreso y el día parece estar llegando a su fin.
Volvíamos a Posadas desde Rincón Ombú Chico, después de otra de esas salidas que uno disfruta tanto, y en el camino apareció esta oportunidad. No hubo que internarse en el monte ni caminar demasiado, apenas prestar atención a lo que había a los costados de la ruta. Porque a veces, cuando uno está volviendo, todavía queda alguna sorpresa reservada, como si el paisaje se guardara una última carta para despedirnos.
Me gustó la combinación de colores, la sencillez de la escena y esa pequeña figura que, sin proponérselo, terminó convirtiéndose en la protagonista de un paisaje enorme. Una de esas fotografías en las que no hace falta que pasen demasiadas cosas. Alcanza con encontrar el momento, mirar un poco más allá del ave y dejar que el entorno también cuente su parte de la historia jugando con la reducida profundidad de campo que te brinda una lente telefoto.


8 oct 2026

La ley de Murphy aplicada a la fotografía de aves..

Hoy comparto dos fotografías de un Boyero cacique juvenil que tuvo la gentileza de esperarme, posado en el árbol del vecino, mientras yo iba a buscar la cámara, la preparaba y volvía a salir al patio para intentar llevarme un recuerdo de la visita.
Todo comenzó cuando se posó en el paraíso de vecino una bandada de unos diez boyeros. Estaba haciendo otra cosa, pero semejante visita no es algo que ocurra todos los días por Itaembé Miní, así que dejé lo que tenía entre manos y salí a ver qué podía fotografiar. No todos los días uno tiene la oportunidad de encontrarse con un grupo así a pocos metros de casa, y mucho menos cuando se trata de aves que se posan cerca. Entre una cosa y otra, este juvenil quedó posado en el árbol del vecino, como si hubiera decidido darme unos segundos para que pudiera preparar el equipo y aprovechar la ocasión.
Eso sí, el día era horrible para sacar fotos. De esos en los que uno mira el cielo, ve la luz que hay y se pregunta para qué salió a buscar la cámara. La iluminación no ayudaba demasiado y las condiciones estaban bastante lejos de ser las ideales, pero cuando la oportunidad aparece en el patio de casa tampoco es cuestión de ponerse demasiado exigente. Había que intentarlo, rescatar lo que se pudiera y agradecer que el muchacho se hubiera quedado quieto el tiempo suficiente para hacer estas dos tomas.
Lo curioso es que, después de aquella visita, tomé una decisión que parecía de lo más sensata. Dejé la cámara siempre preparada y a mano, arriba de la mesa, lista para salir al patio ante cualquier aparición inesperada. Porque uno aprende de estas cosas, ¿viste? La próxima vez no me iban a agarrar desprevenido, buscando la cámara, poniendo parasol, sacando la tapa de la lente, acomodarse, revisar los ajustes o perdiendo esos segundos que pueden hacer la diferencia entre una buena foto y quedarse mirando cómo el ave se aleja.
Pero ahí fue cuando entró en escena el señor Murphy, aquel ingeniero estadounidense que popularizó las famosas leyes que llevan su apellido. La más conocida suele resumirse así; «Si algo puede salir mal, saldrá mal». Aunque, para estas cuestiones de fotografía de aves, yo me permito una adaptación propia. Si preparás la cámara para fotografiar un pájaro que aparece de vez en cuando, podés estar seguro de que ese pájaro no va a volver a aparecer justo cuando estés listo para fotografiarlo.
Y así estamos hasta hoy. La cámara sigue arriba de la mesa, preparada para la próxima sorpresa, pero los boyeros no volvieron a aparecer por aquel árbol. Ni uno, ni dos, ni la banda completa de diez. Parece que se enteraron de mi estrategia y decidieron cambiar de domicilio, vaya uno a saber por cuánto tiempo.
Mientras tanto, me quedan estas dos fotografías, hechas en un día poco favorable y gracias a una visita que no estaba en los planes. No serán las mejores fotos que uno pueda imaginar de un Boyero cacique, pero tienen su pequeña historia detrás, y eso también cuenta. Porque fotografiar aves en el patio tiene estas cosas. A veces la oportunidad aparece cuando menos la esperás, otras veces te encuentra sin la cámara y, cuando finalmente te preparás para la próxima, Murphy se encarga de que no aparezca nadie.
Habrá que seguir esperando. Por suerte, la cámara ya está lista… falta que se enteren los boyeros.

Tomando sol...que hoy hace frío =)

Hay días en que uno está sentado frente a la PC, afuera llueve y tampoco hay demasiadas cosas importantes por hacer. Y justamente en esos momentos es cuando convieneaprovechar la mañana tirando unas líneas de texto para el blog acompañado de un rico matecito. Estas dos fotos que comparto esta mañana son de una torcaza que, en un mediodía de julio bastante frío, encontró un buen lugar sobre el muro del patio para hacer algo tan simple como necesario en esas condiciones climáticas, tomar sol.
La temperatura no llegaba a los 10 grados y la torcaza parecía saber perfectamente lo que tenía que hacer, acomodándose y abriendo las plumas para que los rayos del sol llegaran hasta el cuerpo y ayudaran a recuperar un poco de calor.
La luz además estaba muy linda, de esas que aparecen después de una mañana gris y que hacen que hasta una torcaza, una especie que uno ve prácticamente todos los días, pueda convertirse por un rato en un buen motivo fotográfico. Con esa luz se destacaban los detalles del plumaje y, como estaba tranquila y no parecía tener ninguna intención de irse, tampoco había mucho que pensar.
Aveces no hace falta salir al monte, caminar kilómetros ni preparar demasiado equipo. Basta con tener la cámara a mano, mirar un poco y aprovechar la oportunidad. Dos fotos, quizás tres, y listo. Porque cuando aparece una buena luz y el protagonista se queda quieto, tampoco estamos para desperdiciar la ocasión.

7 oct 2026

Chinchilín... Un caradura del Caribe

Hay pájaros que uno fotografía una vez y quedan asociados para siempre a un lugar, a un viaje o a un recuerdo determinado. Y después están esos otros que, cuando vuelven a aparecer varios años más tarde y en otro país, uno los reconoce casi como a un viejo conocido. Eso me pasó nuevamente con este Chinchilín (Quiscalus niger), durante nuestra estadía en Punta Cana, República Dominicana.
En Cuba ya había tenido un encuentro bastante más que fotográfico con la especie. Allí lo conocí como Chichinguaco, nombre con el que se lo conoce en la isla, y quedó guardado entre esos pájaros caribeños que llaman la atención no solamente por su aspecto sino también por su manera de moverse entre la gente. Ahora, un año después, apareció nuevamente delante de la cámara, aunque esta vez los dominicanos lo llaman Chinchilín. Un mismo pájaro, otro nombre y otro escenario, pero con la misma personalidad de siempre.
Es uno de los ictéridos más audaces y confianzudos que me ha tocado disfrutar. De esos que no parecen tener demasiado claro dónde termina el territorio de las aves y dónde empieza el de los humanos. Se mueve con absoluta naturalidad por jardines, caminos, espacios abiertos y lugares frecuentados por turistas, caminando por el suelo, buscando alimento y aprovechando cualquier oportunidad que se presente. Y si hay algo para comer cerca, mucho mejor. No es precisamente de esos pájaros que obligan al fotógrafo a esconderse detrás de un árbol, contener la respiración y rezar para que no se vaya. Este parece pensar todo lo contrario, como si dijera “¿qué hacés vos ahí con ese aparato? Sacame tranquilo”. Su presencia en ambientes urbanos y muy frecuentados por personas está bastante documentada, y esa adaptación probablemente explique buena parte de su desparpajo. Hasta han llegado a comer de mi mano, recibiendo pedidos por parte de algunos empleados del hotel para que deje de hacerlo porque les puedo asegurar que no es nada fácil para ellos tener que lidiar con estas aves en horarios de trabajo de los buffets del hotel.
Negro, brillante, de ojos amarillos y con esa cola característica que termina dándole una silueta inconfundible, el Chinchilín tiene además una cantidad de nombres regionales que casi alcanzan para armarle un documento de identidad nuevo en cada isla. Chichinguaco en Cuba, Chinchilín en República Dominicana, y otros nombres como chango, hachuela o mozambique en distintas partes del Caribe.
Y me gusta esa costumbre caribeña de ponerle nombres propios a las aves, porque cada uno termina contando un poco la historia del lugar donde se usa. En mi caso, además, ahora este Quiscalus niger tiene dos recuerdos fotográficos separados por años y por un buen pedazo de mar. Primero fue el Chichinguaco cubano y ahora el Chinchilín dominicano. Cambió el escenario, cambió el nombre, pero el personaje parece ser exactamente el mismo; un ictérido negro, de mirada amarilla y con la suficiente confianza como para andar por ahí como si todo le perteneciera, un auténtico caradura como le definiríamos en Argentina.
Y quizás, después de todo, un poquito de razón tengo, las fotos las saqué con el zoom corto a menos de un metro de distancia de donde yo estaba.


6 oct 2026

Fotos que vuelven... Aves que quedan

Ayer me puse a editar otra secuencia de fotografías de un lindo registro de Tuquito gris que habíamos conseguido hace ya unos cuantos años, saliendo de Rincón Ombú Chico rumbo a Posadas. Parece mentira cómo pasa el tiempo y, de paso, cómo van cambiando las cosas en internet. Durante todos estos años desaparecieron sitios, cambiaron otros, se perdieron vínculos y, con ellos, terminaron desapareciendo de este blog muchas de las fotografías que alguna vez había publicado.
Uno de los sitios que usaba muchísimo por aquellos años era Flickr. Me gustaba especialmente la calidad con la que mostraba las fotografías y, sobre todo, las distintas posibilidades que ofrecía para compartir los vínculos e insertar las imágenes directamente en el blog. En aquella época todavía podía utilizarse de manera gratuita y, como no estaba dispuesto a pagar por algo que hasta entonces podía hacer sin poner un peso, simplemente seguí adelante por otro lado. Con el tiempo Flickr pasó a ser un servicio pago y muchas de aquellas imágenes que alguna vez estuvieron acá quedaron por el camino ya que limitaron mis dos cuentas a la ridícula cantidad de 1000 fotografías por cuenta, o sea que practicamente se perdió todo el material fotográfico que allí estaba subido.
Y así fue como algunas entradas terminaron sobreviviendo sin sus fotografías, algo bastante triste para un blog que nació justamente para mostrar aves y fotos. Pero mientras Blogger siga siendo gratuito, este muchacho seguirá insistiendo por acá. El día que también decidan cobrar, veremos qué hacemos... probablemente tenga que salir a vender la colección de plumas de los jotes. 😄
Por suerte todavía quedan los originales guardados y, de vez en cuando, aparece alguna de esas secuencias que nunca había vuelto a editar. Hoy le toca al Tuquito gris, un pequeño tiránido que aquella vez tuvo la mala suerte —o la paciencia— de encontrarse con tres fotógrafos bastante entusiasmados.
Y cuando digo entusiasmados, digo que durante un buen rato lo estuvimos bombardeando a fotografías desde todos los ángulos posibles. Lo curioso es que el tipo ni se inmutó. Siguió con sus cosas como si nada, permitiéndonos disfrutar de esos minutos en los que uno puede observar tranquilo el comportamiento de un ave y, de paso, llevarse unas cuantas fotos para el recuerdo.
Estas son algunas de las imágenes de aquella numerosa serie, que recién ahora pasan por una edición como corresponde y vuelven a encontrar un lugar en Aves del NEA. Porque después de tantos años, algunas fotografías merecen una segunda oportunidad.


5 oct 2026

Una conocida, pero de versión caribeña

Hoy toca una garcita blanca, pero esta vez no es de las que uno puede cruzarse por el Arroyo Mártires, el Itá o cualquier otro rincón de por acá. Esta vino importada, directamente desde República Dominicana, y las fotos tienen ya unos cuantos años encima, porque fueron tomadas durante aquellas vacaciones de 2018.
La encontré en un manglar cercano a uno de los lagos de la cancha de golf del hotel. Un escenario bastante diferente a los lugares donde estoy acostumbrado a fotografiarla, aunque al verla ahí, caminando entre el agua y la vegetación, rápidamente apareció esa sensación de "a esta ya la conozco". Porque uno puede viajar miles de kilómetros, cambiar el paisaje, el clima y hasta el idioma que escucha alrededor, pero de repente aparece una especie conocida y es como encontrarse con un vecino en medio de las vacaciones.
La Garcita blanca es de esas aves que parecen sencillas a primera vista, toda blanca, elegante y bastante fácil de reconocer por ese pico negro y las patas amarillas. Pero cuando uno se pone a fotografiarla descubre que el blanco también tiene sus complicaciones, especialmente con mucha luz. Ya me había dado varios dolores de cabeza con esta especie por estos pagos, así que encontrarla nuevamente en el Caribe también fue una buena oportunidad para seguir practicando con esos plumajes que parecen fáciles hasta que uno mira el histograma y empieza a preguntarse qué hizo mal. 😄
En el blog ya había aparecido muchas veces a la Egretta thula, fotografiada en distintos ambientes de nuestra zona, y también aparecieron ejemplares fotografiados en Brasil. Esta vez la historia es un poquito diferente; tres fotos de una misma conocida, pero con un paisaje de fondo que nada tiene que ver con el habitual.
Así que para variar un poco, hoy viajamos nuevamente al Caribe sin sacar pasaporte, sin preparar la valija y, lo más importante, sin tener que pagar el pasaje. Solamente hay que volver a abrir aquella carpeta de fotos de 2018 y dejar que aparezcan algunos recuerdos.


Un Atí a contraluz

Hay momentos en que uno se va a sacar fotos buscando una cosa determinada y termina volviendo con otra completamente distinta. Esta vez, entre tantas idas y vueltas, el que terminó dándome el gusto fue un Atí, que durante uno de sus sobrevuelos sobre el Arroyo Mártires pasó justo por donde la luz de la tarde todavía hacía de las suyas. Era la hora dorada, esa que para mi gusto es la mejor hora para hacer fotografías, cuando el sol ya está bajo, la luz se vuelve más cálida y hasta una escena bastante sencilla puede tener otro encanto.
Siempre digo que, si uno ya está ahí, hay que quedarse hasta que la luz natural se termine... claro que eso es válido siempre y cuando no haya otras cosas para hacer, porque tampoco vamos a dejar de cenar, hacer alguna tarea pendiente o cumplir con las obligaciones de la vida por culpa de un pájaro que todavía no apareció. Aunque reconozco que más de una vez lo hice, pero ahora me tomo esto con mucha mas calma que antes.
Y esta vez valió la pena esperar. El Atí me regaló estas tres tomas durante uno de los sobrevuelos que hizo sobre el arroyo y, aunque no son precisamente esas fotografías donde uno pretende mostrar hasta el último detalle del plumaje, tienen algo que me gusta mucho. A veces, fotográficamente hablando, también está bueno buscar cosas distintas y salir un poco de la receta de siempre. Un contraluz bien aprovechado puede transformar una escena y hacer que la fotografía pase a contar otra historia.
En lugar de buscar todos los detalles del ave, esta vez dejé que la luz hiciera su trabajo, con el Atí recortándose contra ese cielo de los últimos minutos de la tarde. Y quizás esa sea también una de las cosas lindas de salir a fotografiar aves; uno puede volver a un mismo lugar, mirar lo mismo de siempre y, dependiendo de la luz, del momento o simplemente de las ganas de probar algo diferente, terminar viendo las cosas de otra manera.


El terror de las chicharras ya llegó también !!

Después del suirirí real, que tuvo el honor de inaugurar esta temporada de visitantes migratorios en el patio, hoy le tocó el turno a otro conocido que ya venía anunciándose por el barrio desde hacía unos días. Esta vez fue un Pitanguá el que decidió ponerle cuerpo y presencia a esos llamados que venía escuchando entre los árboles y, por suerte, eligió uno bastante cerca como para que pudiera hacerle unas fotos.
El Pitanguá es uno de esos parientes cercanos del benteveo que uno reconoce enseguida, aunque tiene su propia personalidad y, sobre todo, una fama bien ganada entre las chicharras. Si el benteveo ya es un especialista en andar buscando qué llevarse al pico, este grandote tampoco parece dispuesto a desaprovechar una buena oportunidad cuando aparece algo que se mueve entre las ramas. Digamos que para una chicharra, tener un Pitanguá cerca no debe ser precisamente una buena noticia.
Lo lindo de estos días es que el patio empieza a recuperar ese movimiento que uno espera con cada cambio de estación. Primero apareció el suirirí real y ahora este Pitanguá, que además ya venía dando señales por el barrio antes de decidirse a pasar por casa. No hace falta andar demasiado lejos para volver a encontrarse con estas visitas, a veces solamente hay que estar un poco atento a lo que se escucha y, cuando la suerte acompaña, tener la cámara a mano.
Así que segunda especie migratoria fotografiada desde el patio en esta temporada y, como suele pasar por acá, seguramente no será la última. Ahora habrá que seguir prestando atención a los árboles de alrededor, porque uno nunca sabe quién será el próximo en aparecer para dejarse fotografiar unos minutos antes de seguir con sus cosas.


4 oct 2026

Un pequeño acróbata del pastizal

Hoy salí para el Arroyo Mártires con una idea bastante concreta en la cabeza, aprovechar la siesta para meterme un rato entre los pastizales y tratar de fotografiar algunas de esas especies que por estos días vienen dando vueltas por la zona. Capuchinos, corbatitas, cachilos y alguna otra de esas pequeñas aves que obligan a andar con los ojos bien abiertos porque muchas veces están ahí mismo, a pocos metros, pero uno las descubre recién cuando se mueven.
Y la verdad es que la salida terminó rindiendo mucho más de lo que esperaba. Fueron nada menos que unas 108 especies observadas y, además, varias buenas fotos de aves de pastizal, justamente el objetivo con el que había salido de casa. De esas jornadas en las que uno vuelve pensando que, bueno... hoy la tarjeta de memoria trabajó bastante más que uno.
Pero entre tanta búsqueda apareció también este muchacho, un Volatinero macho juvenil que decidió hacer de las suyas prácticamente al borde de la vereda. Y cuando digo hacer de las suyas es porque el tipo no estaba precisamente interesado en quedarse quietito para la foto. Se elevaba desde la percha con esos vuelos cortos y característicos, dando uno de esos pequeños saltos verticales que parecen más una demostración de entusiasmo que una necesidad real de desplazarse, para volver a caer casi en el mismo lugar y empezar nuevamente mientras vocaliza en el medio de la pirueta.
Lo curioso es que, aunque al Volatinero lo había visto unas cuantas veces, nunca había conseguido fotografiarlo haciendo justamente ese vuelo. Esta vez, por suerte, estaba bastante cerca y me dio el tiempo suficiente para intentar seguirlo con la cámara. No es precisamente de esos pájaros que avisan "ahora vuelo" y esperan a que uno acomode el encuadre, así que cuando aparece la oportunidad hay que aprovecharla como venga.
Y así terminé llevándome estas tres fotos, que quizás no estaban entre las que había salido a buscar, pero que tienen para mí un gustito especial. Porque una cosa es observar al Volatinero haciendo ese pequeño despliegue aéreo y otra bastante distinta es conseguir congelar alguno de esos instantes.
Al final, entre capuchinos, corbatitas, cachilos y unas cuantas especies más, el Arroyo Mártires volvió a demostrar que no hace falta ir demasiado lejos para encontrarse con una buena cantidad de aves. A veces alcanza con caminar un rato por un lugar conocido, mirar un poco más de lo habitual y dejar que sean ellas las que decidan qué foto nos vamos a llevar de vuelta. Ah, y me olvidaba, hoy también pude fotografiar por primera vez a la hembra de esta especie. En la última foto podrán ver la diferencia de la coloración del plumaje.



3 oct 2026

El Corochiré... y su socio de bochinche

Hay nombres de aves que parecen puestos por un señor sentado detrás de un escritorio, otros que vienen de algún viejo naturalista y algunos que, por el contrario, parecen haber nacido directamente del monte, entre sonidos, cantos y palabras que fueron pasando de boca en boca. Corochiré es uno de esos nombres que, al menos para mí, tienen gusto a nuestra tierra.
Corochiré es un nombre de raíz guaraní utilizado para llamar a los zorzales y que aparece también escrito como korotshiré. Con el tiempo fue quedando asociado especialmente al Zorzal colorado, Turdus rufiventris, aunque la historia de los nombres vulgares de nuestros zorzales es bastante más entreverada que una simple ficha de guía de campo. De hecho, en viejos trabajos sobre las aves argentinas aparecen distintas especies de zorzales relacionadas con este nombre y también formas como corochiré-morotí para el que conocemos como zorzal chalchalero o zorzal blanco.
Y hay algo que me gusta todavía más porque según algunas referencias, la palabra corochiré sería de carácter onomatopéyico, una de esas palabras que parecen querer imitar el sonido del propio pájaro. No sé si hace falta mucho más para que uno imagine a algún paisano escuchando cantar al zorzal entre los árboles y tratando de ponerle nombre a aquello que estaba oyendo. Corochiré. Y listo. Así de sencillo, así de nuestro.
El Zorzal colorado es de esos pájaros que nunca pasan demasiado desapercibidos. Anda por patios, jardines, montes, plazas y bordes de caminos, caminando por el suelo entre saltitos, buscando insectos, lombrices, semillas y frutos, pero también se hace notar cuando llega la hora del canto. Y si encima tiene cerca a su pariente de nombre tan parecido, el zorzal chalchalero, la cosa puede ponerse bastante animada.
Porque estos dos, cuando se encuentran, parecen tener una especie de acuerdo tácito para que el barrio no quede demasiado silencioso. Uno canta, el otro contesta, alguno mete una nota de más y de pronto aquello que parecía una tranquila mañana termina convertido en una verdadera reunión de vecinos. No sé si será conversación, competencia, saludo o simplemente ganas de hacer bochinche, pero escucharlos juntos tiene algo de esas charlas interminables de patio donde nadie sabe muy bien quién empezó ni quién va a tener la última palabra.
Y quizás por eso me gusta tanto ese viejo nombre regional. Corochiré no suena solamente a zorzal. Suena a monte, a guaraní, a siesta de verano, a fruta madura, a patio con árboles y a esos sonidos que forman parte del paisaje aunque muchas veces ya no les prestemos atención. Es uno de esos nombres que, cuando uno lo vuelve a escuchar, trae consigo una pequeña parte de la historia de esta tierra.
Así que hoy, para acompañar estas fotos, va este Corochiré, o Zorzal colorado, como prefieran llamarlo. Yo me quedo con los dos nombres, porque uno sirve para la guía y el otro tiene ese gustito especial de las palabras que vienen de mucho más atrás.
Y si por ahí aparece también el chalchalero, mejor todavía. Que se arme el bochinche nomás... que para silencio ya tenemos bastante.

2 oct 2026

¿Hasta dónde queremos llegar?

Hoy me toca publicar algo bastante diferente a lo que acostumbro mostrar en el blog, y posiblemente también diferente a lo que muchos de ustedes esperan encontrar cuando entran a Aves del NEA. No se trata solamente de una fotografía de un ave, ni de una salida al monte, ni de alguna de esas historias que suelo rescatar después de tantos años de andar con una cámara al hombro. Esta vez la protagonista, aunque no aparezca en la fotografía, es la inteligencia artificial. Y digo protagonista porque después de hacer una pequeña prueba con Photoshop me quedé pensando bastante más de lo que imaginaba cuando simplemente abrí el programa por curiosidad.
Hace unos días se actualizó mi Photoshop, pasando de la versión CC2024 a la última CC2026. Hasta ahí, una actualización más de las tantas que fui instalando a lo largo de los años. Uno ya está acostumbrado a que cada nueva versión traiga alguna herramienta nueva, algún filtro, alguna manera diferente de hacer más rápido aquello que antes llevaba un poco más de trabajo. Pero esta vez, al abrir el programa, me encontré con algo que llamó inmediatamente mi atención. En la pantalla principal aparecían dos grandes opciones. Una, la conocida de siempre, algo así como la edición profesional tradicional. Y al lado, otra que hasta hace poco tiempo prácticamente no formaba parte de nuestro vocabulario fotográfico, la edición asistida por inteligencia artificial.
Y claro... ¿cómo no iba a probarla?. Después de revelar una serie de archivos RAW en la última versión de Camera Raw, elegí una de las fotografías y decidí hacer una prueba. No buscaba simplemente mejorar la exposición, corregir un color o limpiar alguna pequeña imperfección, cosas que forman parte de cualquier proceso normal de edición fotográfica. La idea era darle a la herramienta una serie de instrucciones bastante precisas acerca del resultado que pretendía obtener y ver hasta dónde era capaz de llegar.
Y ahí vino la sorpresa, porque en cuestión de unos diez segundos tenía delante de mí algo que, si no hubiera sabido exactamente lo que acababa de hacer, probablemente me habría costado muchísimo imaginar que había sido generado o modificado por una inteligencia artificial.
Acá voy a poner las instrucciones que le di para que puedan entender mejor qué fue exactamente lo que le pedí al programa.
En el prompt textualmente le pedí que cambie la relación de aspecto de la foto pasando de la original 3:2 a 2:3, hablando en castellano que pase de horizontal a vertical
De ser necesario modificar la posición del ave que haga los ajustes necesarios sin modificar las proporciones ni la anatomía.
Escribí que no altere colores, contraste, luces, sombras, y saturacioón de color. agregar mas textura al tronco del árbol, y reemplazar el cielo grisáceo por un fondo de vegetación con distintas tonalidades de verde, dar efecto de reducida profundidad de campo desenfocando el plano del fondo, pedí también que filtre la totalidad del ruido digital, y en cuestión de menos de 15 segundos obtuve lo que pedí.
El resultado me dejó sinceramente sorprendido. No solamente por la velocidad, sino por la capacidad que tiene actualmente una herramienta de este tipo para interpretar una indicación escrita y transformarla en algo visualmente convincente. Y cuando digo convincente, lo digo en serio.

Esta es la imagen original.



Y esta es la imagen generada por Firefly, así se llama la IA de Adobe Photoshop



De hecho, después de compartir la fotografía con algunos amigos fotógrafos, varios de ellos creyeron que la escena era real. Obviamente no tardé demasiado en contarles la verdad y explicarles cómo había sido realizada, porque justamente parte de la prueba consistía en comprobar hasta qué punto una fotografía generada o modificada de esta manera podía pasar por una fotografía auténtica, y ahí fue cuando la cosa dejó de ser solamente una curiosidad tecnológica. Porque una cosa es saber que la inteligencia artificial existe, que puede escribir, dibujar, generar música, modificar fotografías, crear videos, imitar voces, reconstruir escenas y hacer una cantidad de cosas que hasta hace muy pocos años parecían directamente sacadas de una película de ciencia ficción. Y otra muy distinta es tenerla delante, darle unas instrucciones con palabras comunes y ver aparecer en cuestión de segundos algo que nuestros ojos aceptan como verdadero y ese último punto es el que más me interesa porque al menos en mi caso uno ya empieza a mirar todo con cierta desconfianza.
Una fotografía puede haber ocurrido exactamente como la vemos, puede haber sido retocada, puede haber sido parcialmente reconstruida o puede no haber ocurrido nunca. Una voz puede pertenecer a una persona que jamás pronunció esas palabras. Un video puede mostrar a alguien haciendo o diciendo algo que nunca hizo ni dijo. Una canción puede haber sido creada sin que detrás exista siquiera un músico tocando un instrumento. Y una imagen puede mostrarnos un lugar, un animal, una persona o una situación que jamás existieron, y esto recién empieza. No lo digo como una crítica a la tecnología. Todo lo contrario. Me parece fascinante. También me parece extraordinario que una herramienta pueda hacer en segundos algo que hace unos años hubiera requerido conocimientos técnicos, horas de trabajo y probablemente bastante experiencia. El problema, al menos para mí, no está en que la tecnología sea capaz de hacerlo. El verdadero problema empieza cuando nosotros dejamos de preguntarnos qué estamos viendo.
Porque durante mucho tiempo la fotografía tuvo algo de prueba, no era una prueba absoluta, por supuesto. La fotografía siempre pudo ser manipulada, recortada, retocada, iluminada artificialmente, tomada desde un determinado ángulo o seleccionada para mostrar solamente una parte de una situación. Mucho antes de que apareciera la inteligencia artificial ya existía el retoque fotográfico y también existía la fotografía engañosa pero había una diferencia importante porque había que hacer el trabajo y hoy esa frontera se volvió muchísimo más difusa.
Una persona que jamás haya utilizado Photoshop puede escribir una frase y obtener una imagen prácticamente terminada. Y probablemente dentro de poco ni siquiera necesite saber exactamente qué está pidiendo. La propia herramienta podrá interpretar una intención, corregirla, proponer alternativas y realizar modificaciones cada vez más complejas, y entonces aparece una pregunta que me parece bastante más difícil de responder que cualquier cuestión técnica.
¿Porque algo puede hacerse significa necesariamente que debemos hacerlo? Y ahí entramos en un terreno mucho más incómodo.
La tecnología siempre avanzó porque alguien se animó a hacer algo que antes no podía hacerse. Sería absurdo pretender detener el progreso. Tampoco creo que tenga sentido mirar la inteligencia artificial como si fuera el enemigo. Es una herramienta, y como cualquier herramienta puede utilizarse de muchas maneras diferentes, un martillo puede servir para construir una casa o para romper una ventana, la herramienta no decide qué hacemos con ella y quizás ahí esté buena parte del dilema. ¿Qué hacemos nosotros con esta posibilidad?
En fotografía, por ejemplo, para mí existe una diferencia bastante grande entre revelar una fotografía y fabricar una fotografía. Ajustar exposición, contraste, temperatura de color, recuperar luces, levantar sombras, reducir ruido o realizar un recorte son cosas que forman parte del proceso de llevar a una imagen el resultado que uno tenía en mente cuando apretó el disparador.
Pero otra cosa es pedirle a una inteligencia artificial que agregue un animal que nunca estuvo allí, que cambie completamente el fondo, que elimine elementos importantes de la escena o que construya una situación que jamás ocurrió y después presentar esa imagen como si fuera una fotografía documental.
Ahí, al menos para mí, aparece una frontera, y no necesariamente una frontera tecnológica, una frontera ética porque cuando fotografío un ave, especialmente después de tantos años de hacerlo, una parte importante de lo que me interesa no está solamente en la fotografía final, está en todo lo que ocurrió antes, está en haber encontrado al animal, en haberlo esperado, en haber observado su comportamiento, en haber elegido el momento, en haber soportado que se fuera justo cuando uno estaba a punto de apretar el disparador, en haber sacado veinte fotografías horribles para conseguir una que más o menos sirviera, en haber vuelto a casa y descubrir que la que uno creía extraordinaria estaba movida, en haber aprendido con los años; y también está ese pequeño orgullo de saber que, detrás de esa fotografía, hubo una situación real, el ave estuvo allí, yo estuve allí, la luz era esa, el fondo era ese, y ese instante ocurrió una sola vez.
Quizás por eso me cuesta tanto separar la fotografía de la experiencia que existe detrás de ella, y por eso también esta imagen que estoy publicando hoy va a ser una excepción dentro de Aves del NEA, porque es la única fotografía del blog que hasta ahora fue procesada utilizando inteligencia artificial para modificar de manera sustancial el resultado, y justamente por eso decidí publicarla.
No para hacerme el moderno, ni para demostrar lo que puede hacer Photoshop, ni mucho menos para engañar a nadie; todo lo contrario, la publico para dejar constancia de lo que puede hacerse y, sobre todo, para que quede claro que la fotografía que están viendo no representa una escena tal como fue registrada originalmente por la cámara.
Podría haberla publicado sin decir nada.
Probablemente muchos la hubieran tomado como una fotografía real.
Y justamente ahí está el problema.
Porque si una imagen puede engañarnos tan fácilmente, entonces también nosotros tenemos que empezar a cambiar la manera en que miramos las imágenes. Quizás dentro de algunos años ya no alcance con decir "lo vi en una foto" y habrá que preguntar quién la hizo, cuándo, cómo, con qué cámara, si existe el archivo original y, dependiendo del caso, qué tipo de modificaciones recibió.
Puede parecer exagerado hoy, pero hace algunos años también parecía exagerado pensar que íbamos a necesitar desconfiar de un video porque podía haber sido generado artificialmente, y acá estamos.
Por mi parte, seguiré disfrutando de la edición tradicional, me gusta hacer yo mismo las cosas, me gusta revelar un RAW, mirar qué información captó el sensor, decidir cuánto contraste necesita una fotografía, corregir una exposición, trabajar los colores y tratar de sacar de esa imagen lo mejor posible sin convertirla en otra cosa, no necesito que la computadora salga al monte por mí, prefiero equivocarme yo, prefiero que una fotografía tenga un pequeño defecto pero que ese defecto también sea parte de la historia, prefiero una foto imperfecta de un ave que realmente estuvo delante mío antes que una fotografía técnicamente perfecta de un ave que nunca estuvo allí.
Quizás alguno diga que estoy chapado a la antigua y probablemente tenga razón pero en este caso no me molesta, me gusta lo tradicional, lo clásico, lo real. Me gusta saber que detrás de una fotografía hay una persona que salió, caminó, esperó, miró, tuvo paciencia y finalmente consiguió registrar algo que realmente sucedió; eso no significa que quiera volver atrás ni que pretenda negar todo lo que la tecnología puede ofrecernos. Seguramente seguiré utilizando herramientas nuevas y aprendiendo cosas. Sería absurdo no hacerlo pero creo que también tenemos que aprender a poner límites y quizás esos límites no deberían estar escritos solamente en un programa de computadora, deberían estar también en nosotros porque la pregunta interesante ya no es solamente qué puede hacer la inteligencia artificial, la pregunta interesante es qué queremos que haga.
Y todavía más importante... ¿Qué queremos seguir haciendo nosotros?
En un mundo donde una máquina puede crear en diez segundos algo que parece una fotografía auténtica, quizás el verdadero valor de una fotografía ya no esté solamente en lo bien que se ve; quizás empiece a estar nuevamente en la historia que existe detrás de ella, en saber que ese momento ocurrió, que ese animal estaba allí, que alguien tuvo la paciencia de esperarlo, que hubo una mañana, una tarde, un camino, un monte, un árbol, una luz determinada y una persona detrás de una cámara. Y mientras todo eso siga existiendo, creo que todavía hay algo que ninguna inteligencia artificial puede reemplazar.
La experiencia de haber estado allí y por ahora, personalmente, me quedo con eso.

Para terminar esta entrada al blog les comparto el resto de la serie que edité (Sin IA) de la única vez que apareció esta especie en el Club Refugio Ombú allá por el año 2015 para nunca mas aparecer nuevamente.