Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.

14 oct 2026

3 fotos mas del Lagartero de La Española

Hoy vuelvo a compartir tres fotografías de un personaje bastante particular fotografiado en uno de mis viajes por el Caribe, el Cuco lagartero de La Española (Coccyzus longirostris), una de esas especies que, además de sumar un lindo registro a la colección, nos regalan la posibilidad de conocer un poco más la diversidad de aves que habitan otras regiones del continente.
Este cucúlido, propio de la isla de La Española, que comparten República Dominicana y Haití, tiene una apariencia bastante inconfundible. El cuerpo alargado, el plumaje predominantemente gris, el vientre con tonos anaranjados y esa cola larguísima que acompaña cada movimiento le dan una silueta muy particular. Pero si hay algo que llama la atención es su pico, largo y ligeramente curvado, una herramienta muy útil para capturar buena parte de sus presas entre las ramas y el follaje.
A diferencia de otros cucos que solemos imaginar o haber visto (cuando deciden mostrarse) entre las copas de los árboles, este se mueve con bastante soltura por distintos niveles de la vegetación, buscando insectos, lagartijas y otros pequeños animales. Su nombre no es casualidad, porque los reptiles forman parte importante de su dieta. Y aunque puede pasar bastante desapercibido entre las ramas, cuando se deja ver nos ofrece un buen rato para observarlo y tratar de llevarnos alguna fotografía decente.
En el blog ya había contado los detalles de aquel encuentro y las circunstancias que me permitieron fotografiarlo. Hoy la idea es simplemente volver a ponerlo frente a ustedes, con tres imágenes más de esta interesante especie caribeña que seguramente no forma parte de la lista de aves que uno puede encontrarse caminando por los montes de nuestra región, pero que también merece su lugar entre los recuerdos de aquellas salidas cámara en mano.


13 oct 2026

Revancha con un invisible del pastizal

A veces, la fotografía de naturaleza nos nubla la vista con lo majestuoso. Buscamos el vuelo imponente de un ave rapaz, los colores estallados de un frutero o la rareza de un bicho esquivo. En ese camino, cometemos el pecado de mirar por encima del hombro a los más chicos, a esos "pajaritos" que habitan el pastizal alto y que asumimos que siempre van a estar ahí.
El Misto (Sicalis luteola) fue, para mí, uno de esos fantasmas cotidianos. Sacando cuentas, en 16 años de recorrer lugares con la cámara a cuestas, solo lo había tenido frente a mi lente tres veces. Una cifra ridícula para un ave que abunda en nuestra región, pero que confieso haber ignorado más de una vez por prestarle atención a otras especies.
Por suerte, la naturaleza siempre nos da una segunda oportunidad (o una cuarta, en este caso).

El reencuentro en Posadas

Estamos en la época dorada para la observación en el NEA. La primavera despierta los cantos, los cortejos y la necesidad de territorio, haciendo que hasta los más tímidos se expongan. Con esto en mente, salí a recorrer una vez mas los pastizales aledaños a la Costanera del Arroyo Mártires, aquí en Posadas.
Y allí estaba. Entre los yuyos y las gramíneas bajas, un destello amarillo oliváceo me obligó a frenar el paso y calibrar la lente.
Esta vez no hubo apuro, ni indiferencia. Pude registrar en detalle su silueta compacta, ese sutil estriado en el dorso y el amarillo del pecho que, bajo la luz adecuada, brilla con una fuerza que ningún "pajarito común" debería envidiar. El Misto no es solo un habitante más del pastizal; es la música viva de esos ambientes que a menudo subestimamos.

Una lección de paciencia

Este cuarto encuentro me dejó una doble satisfacción. Por un lado, una serie de fotos limpias y luminosas que limpian la culpa de los años de olvido. Por el otro, un recordatorio fundamental para cualquiera que ame esta actividad; en el pastizal no hay actor secundario. Los invito a afinar el ojo en sus próximas salidas por la Costanera del Mártires. Presten atención a los movimientos sutiles entre la maleza; quizás un Misto los esté observando, esperando que, esta vez, sí se detengan a mirarlo.


Tres millones llevamos; ... yo sigo escribiendo !!!

¿Leerá alguien del otro lado?
Una pregunta que viene dando vueltas por mi cabecita desde hace ya bastante tiempo y para la que todavía no encuentro una respuesta demasiado convincente.
Ayer el blog superó los tres millones de visitas. Sí, leyeron bien, tres millones; una cifra que, cuando uno se detiene a pensarla, parece una barbaridad, pero detrás de ese número hay algo bastante más importante que un contador que sigue sumando, porque Aves del NEA no nació ayer ni se construyó de un día para otro. Son ya 16 años de camino recorrido, de fotografías, salidas, anécdotas, encuentros, amistades y muchísimas experiencias que, de una u otra manera, fueron dejando su huella en esta historia.
Cuando miro hacia atrás y pienso en todo lo que pasó desde aquellos primeros tiempos, me doy cuenta de que el blog terminó siendo bastante más que un lugar donde mostrar fotografías de pájaros. Fue una manera de compartir lo que íbamos descubriendo, de acercar las aves de nuestra región a gente que quizás nunca les había prestado demasiada atención y de demostrar que, para disfrutar de esta actividad, no hacía falta irse demasiado lejos ni viajar a lugares extraordinarios. Muchas veces bastaba con salir temprano, caminar un rato por algún camino de tierra, acercarse a un arroyo o aprender a mirar de otra manera lo que teníamos a la vuelta de casa.
Por aquellos años la observación de aves todavía tenía mucho por crecer en esta zona de Misiones, y aunque sería demasiado pretencioso atribuirle al blog méritos que corresponden a muchísima gente que trabajó y trabaja por esta actividad, me gusta pensar que Aves del NEA aportó su granito de arena. Las fotografías, los relatos de campo, la información sobre las especies y las experiencias que fuimos compartiendo ayudaron a despertar curiosidad, a generar interés y a que algunos se animaran a agarrar los binoculares o una cámara y empezar a descubrir ese mundo que hasta entonces les pasaba inadvertido.
Y eso, para mí, vale muchísimo más que cualquier contador de visitas. Saber que hubo gente que se acercó, que aprendió con nosotros, que empezó a reconocer especies, a interesarse por sus comportamientos o a mirar con otros ojos los ambientes naturales de nuestra provincia es una de las satisfacciones más lindas que me dejó todo este recorrido. Porque uno puede sacar una buena fotografía y disfrutarla durante años, pero descubrir que algo de lo que compartiste sirvió para despertar el entusiasmo de otra persona tiene un valor diferente. Es una pequeña semilla que uno deja por ahí, sin saber muy bien hasta dónde puede llegar.
En el camino también hubo encuentros, salidas compartidas, mates tempraneros y esas reuniones de los sábados a las seis de la mañana en las que todavía no había terminado de desperezarse el día y nosotros ya andábamos pensando en qué pájaros encontraríamos. Hubo gente con la que aprendimos, personas que nos enseñaron cosas que no sabíamos, otras con las que compartimos largas jornadas de campo y algunas amistades que nacieron precisamente de esta pasión común. Muchas de esas experiencias siguen estando presentes cada vez que vuelvo a mirar una fotografía o me acuerdo de alguna anécdota que todavía hoy me saca una sonrisa.
Claro que, como en toda actividad en la que se juntan personas, no todo fue color de rosa. También hubo quienes se acercaron con otras intenciones, quienes parecían más interesados en generar discordia que en compartir una pasión, y quienes encontraron vaya uno a saber qué motivos para complicar lo que podría haber sido mucho más sencillo. A veces me pregunto qué lleva a alguien a gastar energía en esas cosas, cuando hay tantos pájaros por descubrir y tantas experiencias lindas por vivir. Quizás sean intereses personales, diferencias de ego o simplemente esa costumbre que tenemos algunos seres humanos de convertir en una competencia aquello que podría disfrutarse mucho más si todos tiráramos para el mismo lado.
Con los años uno aprende que no todo el que se acerca lo hace por las mismas razones, y que tampoco hace falta entenderlas todas. Prefiero quedarme con la gente que sumó, con los que compartieron generosamente lo que sabían, con quienes se alegraron por los logros ajenos y con aquellos que entendieron que el conocimiento sobre las aves y la naturaleza crece mucho más cuando se comparte que cuando se utiliza para levantar pequeñas fronteras entre unos y otros. Lo demás también forma parte de la historia, aunque no sea precisamente lo que uno elige recordar con cariño.
Después vinieron distintas etapas, momentos de mucha actividad y otros de bastante silencio. Pasaron los años, cambiaron las tecnologías, desaparecieron servicios donde alguna vez alojamos fotografías y algunas entradas quedaron por el camino, víctimas de esos cambios que uno nunca imagina cuando publica algo pensando que va a permanecer allí para siempre. Hubo épocas en las que el blog estuvo prácticamente abandonado y otras en las que volvió a ocupar un lugar importante en mis días. Y acá estamos otra vez, desempolvando fotografías, revisando viejas experiencias y encontrando nuevas excusas para sentarnos frente a la computadora a contar alguna historia, y porqué no volver a salir, a embarrarse las patas, a oler monte, disfrutar de lindos momentos pero sin las locas pasiones de antes.
Pero entre tantos recuerdos y tantos años de publicar, hay una pregunta que sigue dando vueltas por mi cabecita. ¿Cuánta gente se detiene realmente a leer lo que escribo?
Porque una cosa es que alguien entre, mire una fotografía durante unos segundos y siga viaje, y otra bastante distinta es que se quede un rato, lea la historia que acompaña esas imágenes, se interese por la especie o se sienta identificado con alguna de las experiencias que cuento. Las estadísticas dicen que pasaron más de tres millones de visitas por acá, pero no me cuentan cuántos de esos visitantes volvieron, cuántos son lectores habituales ni cuántos andan en silencio del otro lado de la pantalla desde hace años.
Y ojo, no pretendo que cada publicación se convierta en un acontecimiento ni mucho menos. Esto nunca fue una competencia de popularidad y, a esta altura del partido, tampoco tengo intención de convertirlo en una. Sigo escribiendo porque me gusta compartir lo que hago, porque disfruto preparando las fotografías y porque hay historias que merecen ser contadas, aunque sea para que no queden olvidadas en algún disco rígido. Pero después de 16 años y tres millones de visitas, es inevitable que aparezca la curiosidad.
¿Habrá alguien que realmente lea todo este palabrerío que acompaña las fotos, o seré yo el que se entusiasma escribiendo mientras los demás pasan directamente a mirar los pajaritos?
A esta altura ya se me está terminando la inspiración para hablar de estadísticas, números y visitas. Tres millones es una cifra enorme, no hay dudas, pero si tuviera que elegir qué cosas me dejó Aves del NEA, seguramente no empezaría por ahí. Pensaría primero en los momentos vividos, en las personas que conocí, en todo lo que aprendí durante estos años y en la satisfacción de haber contribuido, aunque fuera modestamente, a que más gente se acercara al fascinante mundo de las aves de nuestra región.
Y si de hablar de gente que se acercó a esta actividad gracias a lo que compartíamos acá en el blog, hay un caso que merece una mención especial. Sergio Moya, que recientemente publicó junto a Francisco Capli el libro Aves de Misiones y de la Selva Atlántica, tuvo la gentileza de dedicarme un ejemplar con unas palabras que me llegaron de una manera muy especial, mencionando que fue gracias a Aves del NEA que se inició en esta actividad.
Imagínense lo que significa leer algo así después de tantos años de andar detrás de los pájaros, sacar fotografías, escribir relatos y tratar de contagiar un poco de entusiasmo por la observación de aves en nuestra región. Que alguien que comenzó a transitar este camino a partir de lo que uno compartía termine publicando un libro de semejante importancia es una de esas satisfacciones que no se miden en visitas ni en comentarios. Y mucho menos en plata.
Porque, si hay algo que siempre nos costó horrores, fue justamente conseguir que más gente se acercara a observar aves, que se interesara por conocerlas y que descubriera todo lo que tenemos a nuestro alrededor. Muchas veces fue una auténtica misión imposible, de esas en las que uno empuja, insiste, comparte información y trata de entusiasmar a los demás sin saber muy bien si del otro lado alguien está prestando atención.
Por eso, cuando aparece una historia como la de Sergio, uno siente que tanto esfuerzo no fue en vano. Quizás no cambiamos el mundo ni conseguimos que Posadas y Misiones se llenaran de observadores de aves de un día para el otro, pero al menos sabemos que algo llegó a destino. Y si Aves del NEA sirvió para que alguien comenzara este recorrido y años después terminara aportando su propio trabajo al conocimiento y la difusión de las aves de nuestra tierra, entonces ya tenemos un motivo enorme para sentirnos satisfechos.
A veces uno pasa años preguntándose si alguien lee lo que escribe, si las fotografías sirven para algo más que para recibir una mirada fugaz o si vale la pena seguir insistiendo. Y de repente aparece alguien como Sergio, te dedica su libro y te recuerda que aquella tarea que parecía una misión imposible también puede dejar huellas que uno ni siquiera imaginaba.
Por eso hoy les dejo la pregunta a ustedes, especialmente a los que suelen andar por acá en silencio, sin dejar comentarios ni dar demasiadas señales de vida.

¿Hay alguien leyendo del otro lado?

Si llegaron hasta acá, ya me dieron una primera respuesta. Y si además se animan a dejar un comentario, aunque sea un simple saludo, mucho mejor. Me gustaría saber quiénes siguen acompañando este camino, desde cuándo andan por acá y si alguna vez una fotografía, una salida o alguna de las historias que compartimos les despertó las ganas de mirar un poco más allá de lo cotidiano.
Después de 16 años, tres millones de visitas y tantas historias compartidas, estaría bueno ponerle algunas caras, o al menos algunas palabras, a ese número enorme que aparece en las estadísticas.
Un abrazo para todos y gracias por seguir pasando por Aves del NEA.
les dejo unas fotitos..... algunas de nuestros comienzos, allá por el 2010, Roby, willy, y mi hija; allá por Tacuaruzú, y por la costanera de Candelaria antes de que llegue el asfalto. Y las otras dos...no es necesario explicar.



12 oct 2026

La naturaleza que todavía tenemos cerca

Hoy comparto dos fotografías de un Cuervillo cara pelada, tomadas el 8 de julio, el día que volví a recorrer la Costanera del Arroyo Mártires después de bastante tiempo sin andar por esos pagos. A veces uno se acostumbra tanto a tener determinados lugares cerca de casa que termina postergando las visitas, hasta que un día vuelve y se encuentra con esos ambientes que siempre tienen algo para ofrecer. Agua, vegetación palustre, y movimiento entre las plantas, un conjunto de condiciones que atrae a una buena variedad de aves y otra fauna que nos permite disfrutar de la naturaleza sin necesidad de hacer muchos kilómetros ni preparar una expedición de esas que requieren toda una logística.
El Cuervillo cara pelada es uno de esos habitantes que podemos encontrar en ambientes acuáticos, caminando con tranquilidad en busca de alimento o moviéndose entre la vegetación de las orillas. Su plumaje oscuro, el contraste con la zona desnuda de la cara y ese pico largo y curvado le dan una apariencia bastante particular. Como ocurre con tantas otras especies vinculadas a estos ambientes, observarlo con tiempo permite descubrir detalles de su comportamiento que muchas veces pasan desapercibidos cuando uno anda apurado, pensando solamente en conseguir una foto.
Y justamente ahí está una parte importante del atractivo de la Costanera del Mártires. Para los que disfrutamos de observar aves hay oportunidades de sobra, y para los que además cargamos una cámara, un teleobjetivo y alguna que otra obsesión fotográfica, el lugar también ofrece la posibilidad de pasar un buen rato intentando llevarnos algún recuerdo de lo que encontramos. No hace falta que aparezca una especie extraordinaria ni conseguir la fotografía de nuestra vida en cada salida. A veces alcanza con caminar un poco, mirar con atención y dejar que los habitantes del lugar nos sorprendan.
Ojalá estos ambientes se mantengan y podamos seguir disfrutándolos durante muchos años. Tener un espacio con estas características tan cerca de casa, en medio de una ciudad que crece y se transforma constantemente, es un privilegio que quizás no siempre valoramos como corresponde. No todos los días tenemos la posibilidad de acercarnos a un arroyo, observar aves en su ambiente y volver a casa con la sensación de haber aprovechado un buen momento al aire libre. Y eso, aunque parezca poca cosa, no tiene precio.

11 oct 2026

Capuchino Corona Gris - Sporophila cinnamomea (de Lafresnaye, NFAA, 1839) Chestnut Seedeater

Hoy rompo un poco el esquema de las publicaciones habituales para compartir una de esas alegrías que cada tanto nos regala esta actividad que tanto nos gusta. Después de 18 años sacando fotos de pajaritos, incontables recorridas por el arroyo Mártires y unas cuantas horas caminando y esperando que las aves se dignen a mostrarse, todavía hay especies que se las ingenian bastante bien para hacerse desear. Y los capuchinos son, al menos para mí, de esos pajaritos que no siempre ponen las cosas fáciles cuando uno quiere fotografiarlos.
Esta última semana me hice una escapadita hasta el sector de la Costanera del Arroyo en tres oportunidades, con la intención de aprovechar la presencia de distintas especies de capuchinos en los pastizales del lugar. La cosa venía bastante bien, porque gracias al aviso del amigo Seko Pradier, que me comentó que andaban por ahí, pude acercarme y conseguir lindas fotografías de varias especies que tenía ganas de registrar. Así que vaya desde acá mi agradecimiento al Seko por el dato, porque a veces un simple aviso de otro compañero de salidas termina convirtiéndose en una linda jornada de fotografía y, como en este caso, en una nueva especie para sumar a la colección.
Pero hoy hubo premio extra. Entre tanta corbatita y tanto capuchino moviéndose entre los pastos, pude finalmente fotografiar al capuchino corona gris, y volverme a casa con unas cuantas fotos que me dejaron más que satisfecho. Una especie nueva para mi registro fotográfico, de esas que después de tantos años siguen provocando la misma alegría que cuando uno recién empieza con esto de andar detrás de las aves con una cámara al hombro. Porque por más experiencia que uno vaya juntando, siempre aparece algún desafío nuevo, algún bicho que se hace rogar o una oportunidad que se presenta cuando menos lo esperamos.
Claro que para conseguir estas fotos hubo que armarse de paciencia y mantener los ojos bien abiertos. Con semejante cantidad de corbatitas y capuchinos moviéndose entre la vegetación, había que estar muy atento para identificar a cada uno y esperar el momento justo en que alguno decidiera abandonar la protección del pastizal para salir a mostrarse un poco más. Por suerte, algunos eligieron el alambrado como posadero y ahí la cosa cambiaba bastante, porque permitían observarlos mejor y, con un poquito de suerte, conseguir algunas fotografías sin que los pastos terminaran tapando justo lo que uno quería mostrar.
Y así, entre esperas, movimientos rápidos y alguna que otra oportunidad que seguramente se me habrá escapado, llegó el momento de encontrarme con el corona gris en una posición favorable. De esas pequeñas satisfacciones que hacen que uno se olvide por un rato de las caminatas, de las horas esperando y de todas las veces que volvió a casa sin conseguir esa foto que tenía en mente.
Dieciocho años después de haber empezado con esta historia de fotografiar pajaritos, sigo disfrutando de estas cosas como el primer día. Cambian los equipos, cambian los lugares y uno va aprendiendo un poco más con el paso del tiempo, pero la alegría de encontrarse con una especie nueva y poder llevarse unas buenas fotos sigue intacta. Y si encima el encuentro se da cerquita de casa, en un lugar que recorrí tantas veces, mucho mejor todavía.
El semillero castaño, Capuchino corona gris, gargantillo corona gris o espiguero de corona gris (Sporophila cinnamomea), es una especie de ave paseriforme de la familia Thraupidae perteneciente al numeroso género Sporophila. Es autóctono del centro oriental de América del Sur.
Se reproduce en el noreste de Argentina (más común en Corrientes pero más local en Entre Ríos), en el oeste y extremo sureste de Uruguay (principalmente en Paysandú, Río Negro y Rocha, pero también en Artigas, Soriano y Treinta y Tres), extremo sureste de Paraguay (Itapúa y Ñeembucú) y en el extremo sur de Brasil (oeste y centro sur de Río Grande del Sur). Migrantes han sido refgistrados en Argentina (Misiones, Formosa y Buenos Aires) y a través del este de Paraguay (incluyendo Presidente Hayes), con presumibles ejemplares invernando en Brasil (Pará, Goiás, Minas Gerais, São Paulo, Mato Grosso do Sul y Paraná), y tal vez en el noreste de Paraguay.
Esta especie es considerada rara y local como reproductor en su hábitat natural (a pesar de que pueden ocurrir concentraciones si las condiciones son favorables) los pastizales húmedos poco perturbados, generalmente donde son estacionalmente inundables; migra hacia el norte en los inviernos, donde prefiere áreas húmedas de cerrado y campos con pastizales altos; hasta los 1100 m de altitud.
Ha sido calificado como vulnerable por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN) debido a que su población total, estimada entre 2500 y 10 000 individuos maduros, está fragmentada y se presume estar en decadencia como resultado de la extensa pérdida de hábitat y su fragmentación, y por causa de la captura para comercio como ave de jaula.
Este capuchino mide 10.5 cm de longitud, el macho adulto presenta un llamativo plumaje castaño rojizo que se extiende por el dorso y las partes inferiores del cuerpo, contrastando con la corona gris plomiza que le da su nombre. Las alas y la cola son negruzcas, con una característica mancha blanca en las alas que resulta muy útil para identificarlo en el campo. El pico y las patas son negros y el iris, pardo. La hembra, en cambio, tiene una coloración mucho más discreta, con el dorso pardo oliváceo y las partes inferiores ocráceas, un aspecto que la hace bastante más difícil de distinguir de las hembras de otras especies de capuchinos.
Su comportamiento es el típico de muchos pequeños semilleros de pastizal. Se mueve con frecuencia entre la vegetación, aprovechando la cobertura que le ofrecen las plantas altas, y de vez en cuando se posa en un tallo o en algún sitio más despejado que permite observarlo mejor. El macho tiene un canto melodioso, compuesto por una sucesión de silbidos dulces, que ayuda a detectar su presencia aun cuando resulta difícil localizarlo visualmente. Durante la reproducción también puede mostrar comportamiento territorial.
La nidificación tiene lugar durante la primavera y el verano. Construye un nido pequeño, delicado, con forma de tacita o semiesfera, elaborado con fibras y otros materiales vegetales. Allí deposita huevos blanquecinos con manchas oscuras, grises y pardas. Como ocurre con otros capuchinos, la reproducción depende de la disponibilidad de ambientes adecuados y de la conservación de los pastizales donde encuentra las condiciones necesarias para alimentarse, refugiarse y criar.
La conservación de estos pequeños habitantes de los pastizales merece especial atención. La transformación de los ambientes naturales en tierras agrícolas, la pérdida de pastizales altos y húmedos y la captura de ejemplares para mantenerlos en cautiverio son factores que afectan a distintas especies de capuchinos. El capuchino corona gris está considerado Vulnerable a nivel global, por lo que conservar los pastizales naturales no solo significa proteger el paisaje, sino también asegurar que estas pequeñas aves sigan encontrando lugares donde vivir y reproducirse.
Si bien la situación del capuchino corona gris no es precisamente alentadora en buena parte de su área de distribución, hoy me quedo también con la alegría de saber que todavía podemos encontrarnos con estas pequeñas maravillas en lugares que conocemos de memoria. El sector de la Costanera del arroyo Mártires es un ambiente que ha sufrido profundas modificaciones por la intervención humana, como tantos otros espacios naturales de la Ciudad de Posadas que se fueron transformando en nombre del progreso, muchas veces sin detenernos demasiado a pensar en todo lo que se pierde por el camino. Por eso, poder observar y fotografiar a estos capuchinos, junto a tantas otras especies que todavía encuentran refugio entre los pastizales que sobreviven, es un privilegio que no deberíamos dar por sentado. Ojalá aprendamos a valorar un poco más estos rincones que aún conservan vida, antes de que terminemos preguntándonos por qué ya no están. Porque el progreso no debería significar necesariamente borrar todo lo que había antes, y porque estas pequeñas aves también tienen derecho a seguir formando parte del paisaje que compartimos.
Les comparto la última foto de este registro, un Corbatita, un Misto, y el Capuchino corona gris en su ambiente.

Mapa de distribución en América del Sur
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10 oct 2026

Golondrina Grande - Progne dominicensis (Gmelin, JF, 1789) Caribbean Martin

Una golondrina con acento caribeño

Hoy sumamos una nueva especie a las páginas de Aves del NEA, aunque para encontrarla tenemos que viajar unos cuantos kilómetros hacia el norte, hasta la República Dominicana. Se trata de la Golondrina grande (Progne dominicensis), una de esas aves que uno puede cruzarse durante unas vacaciones y que, además de regalarnos algunas fotografías, nos permite seguir conociendo la diversidad de pájaros que habitan otras regiones del continente. Las imágenes que comparto hoy las obtuve durante el viaje de 2018, entre Punta Cana y Bayahibe, dos lugares que seguramente muchos asocian con playas, palmeras y agua turquesa, pero que también tienen sus atractivos para quienes no podemos dejar de mirar qué se mueve entre los árboles o cruza volando por encima de nuestras cabezas.
La Golondrina grande pertenece a la familia Hirundinidae, y es una especie propia de las islas del Caribe. Es un ave de tamaño relativamente grande para lo que solemos imaginar cuando hablamos de golondrinas, con unos 18 a 20 centímetros de longitud, alas largas y puntiagudas y una cola ahorquillada que le permite maniobrar con gran habilidad mientras vuela. El macho adulto luce un plumaje muy atractivo, azul negruzco brillante, que según cómo le pegue la luz puede mostrar reflejos azulados o violáceos, mientras que las partes inferiores son blancas y contrastan claramente con el dorso oscuro. La hembra es bastante menos llamativa, con tonos pardos y grisáceos en la garganta, el pecho y los flancos, y el vientre más claro. Los juveniles también presentan una coloración más apagada, de modo que no siempre resulta sencillo encontrar ese contraste tan marcado que caracteriza al macho adulto.
Como sucede con otras integrantes de su familia, es una gran especialista en la vida aérea. Se alimenta principalmente de insectos que captura en vuelo, persiguiéndolos con esos cambios de dirección rápidos que parecen no costarles ningún esfuerzo. Puede vérsela recorriendo espacios abiertos, pastizales, campos, zonas costeras y también sectores urbanizados, donde aprovecha la abundancia de insectos. Es una especie bastante sociable y no resulta extraño encontrar varios ejemplares volando juntos o descansando alineados sobre cables y otros posaderos elevados. A veces, mientras uno está pendiente de una fotografía, estas aves pasan una y otra vez por el mismo sector, como si estuvieran empeñadas en demostrar que para ellas el cielo es una pista de vuelo en la que siempre hay algo para perseguir.
La reproducción también tiene sus particularidades. Durante la temporada de cría, que en buena parte del Caribe se extiende principalmente entre febrero y agosto, construye el nido aprovechando cavidades naturales o huecos ya existentes. Puede instalarse en grietas de acantilados, huecos de árboles, antiguas cavidades excavadas por carpinteros y también en estructuras construidas por el ser humano, como edificios y otras instalaciones. Para acondicionar el interior utiliza materiales vegetales, entre ellos pequeñas ramitas y hojas secas. La puesta suele ser de varios huevos blancos, generalmente entre tres y seis según las fuentes consultadas, y la incubación ronda las dos semanas. Después llega el trabajo intenso de alimentar a los pichones, que nacen completamente dependientes de sus padres y necesitan recibir alimento con frecuencia hasta que puedan abandonar el nido. Es una buena muestra de cómo estas aves aprovechan tanto los ambientes naturales como aquellos que hemos modificado para vivir nosotros.
En cuanto a su distribución, la Golondrina grande está presente en buena parte de las Antillas y otras islas de la región, aunque no en todas, ya que en algunos lugares es reemplazada por especies emparentadas. Sus movimientos estacionales tampoco son iguales en toda su área de distribución, y todavía hay aspectos de sus desplazamientos fuera de la época reproductiva que no se conocen del todo bien. En cualquier caso, para quienes visitamos el Caribe, es una de esas golondrinas que pueden aparecer sobre los jardines, los caminos o los espacios abiertos de los hoteles, haciendo sus recorridos aéreos mientras uno intenta seguirlas con la cámara.
Y así, entre una salida y otra durante aquellas vacaciones de 2018, quedaron estas fotografías de una especie que hasta hoy no tenía su lugar en el blog. No hace falta estar siempre en el monte misionero o recorriendo los caminos de Corrientes para seguir sumando aves a la colección; a veces alcanza con prestar atención a lo que vuela por encima de un paisaje completamente distinto al de casa. Para eso también sirven los viajes, además de descansar un poco, cambiar de aire y disfrutar del paisaje para volver con recuerdos, fotografías y alguna especie nueva que nos permita seguir agrandando esta lista de vecinos emplumados, aunque en este caso vivan bastante lejos de nuestro querido Noreste Argentino.

Mapa de distribución en América

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9 oct 2026

Entre pastizales secos y pinares lejanos.

Un paisaje bien correntino, de esos pastizales secos donde los tonos marrones parecen haberse puesto de acuerdo para dominarlo todo. Una paleta casi monocromática, con distintas tonalidades que se mezclan en el terreno y la vegetación, apenas interrumpida allá al fondo, en el último plano, por una línea verde desaturada de un pinar que asoma como una pincelada diferente en medio de tanta sobriedad.
En primer plano, acompañando el camino, una solitaria línea de arbustos que a simple vista quizás no tenga demasiado para ofrecer, pero que ese domingo por la tarde guardaba una linda sorpresa. Allí estaba esta hembra de Halconcito colorado, posada y dispuesta a regalarme un momento de esos que justifican llevar la cámara a mano, incluso cuando uno ya viene de regreso y el día parece estar llegando a su fin.
Volvíamos a Posadas desde Rincón Ombú Chico, después de otra de esas salidas que uno disfruta tanto, y en el camino apareció esta oportunidad. No hubo que internarse en el monte ni caminar demasiado, apenas prestar atención a lo que había a los costados de la ruta. Porque a veces, cuando uno está volviendo, todavía queda alguna sorpresa reservada, como si el paisaje se guardara una última carta para despedirnos.
Me gustó la combinación de colores, la sencillez de la escena y esa pequeña figura que, sin proponérselo, terminó convirtiéndose en la protagonista de un paisaje enorme. Una de esas fotografías en las que no hace falta que pasen demasiadas cosas. Alcanza con encontrar el momento, mirar un poco más allá del ave y dejar que el entorno también cuente su parte de la historia jugando con la reducida profundidad de campo que te brinda una lente telefoto.


8 oct 2026

La ley de Murphy aplicada a la fotografía de aves..

Hoy comparto dos fotografías de un Boyero cacique juvenil que tuvo la gentileza de esperarme, posado en el árbol del vecino, mientras yo iba a buscar la cámara, la preparaba y volvía a salir al patio para intentar llevarme un recuerdo de la visita.
Todo comenzó cuando se posó en el paraíso de vecino una bandada de unos diez boyeros. Estaba haciendo otra cosa, pero semejante visita no es algo que ocurra todos los días por Itaembé Miní, así que dejé lo que tenía entre manos y salí a ver qué podía fotografiar. No todos los días uno tiene la oportunidad de encontrarse con un grupo así a pocos metros de casa, y mucho menos cuando se trata de aves que se posan cerca. Entre una cosa y otra, este juvenil quedó posado en el árbol del vecino, como si hubiera decidido darme unos segundos para que pudiera preparar el equipo y aprovechar la ocasión.
Eso sí, el día era horrible para sacar fotos. De esos en los que uno mira el cielo, ve la luz que hay y se pregunta para qué salió a buscar la cámara. La iluminación no ayudaba demasiado y las condiciones estaban bastante lejos de ser las ideales, pero cuando la oportunidad aparece en el patio de casa tampoco es cuestión de ponerse demasiado exigente. Había que intentarlo, rescatar lo que se pudiera y agradecer que el muchacho se hubiera quedado quieto el tiempo suficiente para hacer estas dos tomas.
Lo curioso es que, después de aquella visita, tomé una decisión que parecía de lo más sensata. Dejé la cámara siempre preparada y a mano, arriba de la mesa, lista para salir al patio ante cualquier aparición inesperada. Porque uno aprende de estas cosas, ¿viste? La próxima vez no me iban a agarrar desprevenido, buscando la cámara, poniendo parasol, sacando la tapa de la lente, acomodarse, revisar los ajustes o perdiendo esos segundos que pueden hacer la diferencia entre una buena foto y quedarse mirando cómo el ave se aleja.
Pero ahí fue cuando entró en escena el señor Murphy, aquel ingeniero estadounidense que popularizó las famosas leyes que llevan su apellido. La más conocida suele resumirse así; «Si algo puede salir mal, saldrá mal». Aunque, para estas cuestiones de fotografía de aves, yo me permito una adaptación propia. Si preparás la cámara para fotografiar un pájaro que aparece de vez en cuando, podés estar seguro de que ese pájaro no va a volver a aparecer justo cuando estés listo para fotografiarlo.
Y así estamos hasta hoy. La cámara sigue arriba de la mesa, preparada para la próxima sorpresa, pero los boyeros no volvieron a aparecer por aquel árbol. Ni uno, ni dos, ni la banda completa de diez. Parece que se enteraron de mi estrategia y decidieron cambiar de domicilio, vaya uno a saber por cuánto tiempo.
Mientras tanto, me quedan estas dos fotografías, hechas en un día poco favorable y gracias a una visita que no estaba en los planes. No serán las mejores fotos que uno pueda imaginar de un Boyero cacique, pero tienen su pequeña historia detrás, y eso también cuenta. Porque fotografiar aves en el patio tiene estas cosas. A veces la oportunidad aparece cuando menos la esperás, otras veces te encuentra sin la cámara y, cuando finalmente te preparás para la próxima, Murphy se encarga de que no aparezca nadie.
Habrá que seguir esperando. Por suerte, la cámara ya está lista… falta que se enteren los boyeros.

Tomando sol...que hoy hace frío =)

Hay días en que uno está sentado frente a la PC, afuera llueve y tampoco hay demasiadas cosas importantes por hacer. Y justamente en esos momentos es cuando convieneaprovechar la mañana tirando unas líneas de texto para el blog acompañado de un rico matecito. Estas dos fotos que comparto esta mañana son de una torcaza que, en un mediodía de julio bastante frío, encontró un buen lugar sobre el muro del patio para hacer algo tan simple como necesario en esas condiciones climáticas, tomar sol.
La temperatura no llegaba a los 10 grados y la torcaza parecía saber perfectamente lo que tenía que hacer, acomodándose y abriendo las plumas para que los rayos del sol llegaran hasta el cuerpo y ayudaran a recuperar un poco de calor.
La luz además estaba muy linda, de esas que aparecen después de una mañana gris y que hacen que hasta una torcaza, una especie que uno ve prácticamente todos los días, pueda convertirse por un rato en un buen motivo fotográfico. Con esa luz se destacaban los detalles del plumaje y, como estaba tranquila y no parecía tener ninguna intención de irse, tampoco había mucho que pensar.
Aveces no hace falta salir al monte, caminar kilómetros ni preparar demasiado equipo. Basta con tener la cámara a mano, mirar un poco y aprovechar la oportunidad. Dos fotos, quizás tres, y listo. Porque cuando aparece una buena luz y el protagonista se queda quieto, tampoco estamos para desperdiciar la ocasión.

7 oct 2026

Chinchilín... Un caradura del Caribe

Hay pájaros que uno fotografía una vez y quedan asociados para siempre a un lugar, a un viaje o a un recuerdo determinado. Y después están esos otros que, cuando vuelven a aparecer varios años más tarde y en otro país, uno los reconoce casi como a un viejo conocido. Eso me pasó nuevamente con este Chinchilín (Quiscalus niger), durante nuestra estadía en Punta Cana, República Dominicana.
En Cuba ya había tenido un encuentro bastante más que fotográfico con la especie. Allí lo conocí como Chichinguaco, nombre con el que se lo conoce en la isla, y quedó guardado entre esos pájaros caribeños que llaman la atención no solamente por su aspecto sino también por su manera de moverse entre la gente. Ahora, un año después, apareció nuevamente delante de la cámara, aunque esta vez los dominicanos lo llaman Chinchilín. Un mismo pájaro, otro nombre y otro escenario, pero con la misma personalidad de siempre.
Es uno de los ictéridos más audaces y confianzudos que me ha tocado disfrutar. De esos que no parecen tener demasiado claro dónde termina el territorio de las aves y dónde empieza el de los humanos. Se mueve con absoluta naturalidad por jardines, caminos, espacios abiertos y lugares frecuentados por turistas, caminando por el suelo, buscando alimento y aprovechando cualquier oportunidad que se presente. Y si hay algo para comer cerca, mucho mejor. No es precisamente de esos pájaros que obligan al fotógrafo a esconderse detrás de un árbol, contener la respiración y rezar para que no se vaya. Este parece pensar todo lo contrario, como si dijera “¿qué hacés vos ahí con ese aparato? Sacame tranquilo”. Su presencia en ambientes urbanos y muy frecuentados por personas está bastante documentada, y esa adaptación probablemente explique buena parte de su desparpajo. Hasta han llegado a comer de mi mano, recibiendo pedidos por parte de algunos empleados del hotel para que deje de hacerlo porque les puedo asegurar que no es nada fácil para ellos tener que lidiar con estas aves en horarios de trabajo de los buffets del hotel.
Negro, brillante, de ojos amarillos y con esa cola característica que termina dándole una silueta inconfundible, el Chinchilín tiene además una cantidad de nombres regionales que casi alcanzan para armarle un documento de identidad nuevo en cada isla. Chichinguaco en Cuba, Chinchilín en República Dominicana, y otros nombres como chango, hachuela o mozambique en distintas partes del Caribe.
Y me gusta esa costumbre caribeña de ponerle nombres propios a las aves, porque cada uno termina contando un poco la historia del lugar donde se usa. En mi caso, además, ahora este Quiscalus niger tiene dos recuerdos fotográficos separados por años y por un buen pedazo de mar. Primero fue el Chichinguaco cubano y ahora el Chinchilín dominicano. Cambió el escenario, cambió el nombre, pero el personaje parece ser exactamente el mismo; un ictérido negro, de mirada amarilla y con la suficiente confianza como para andar por ahí como si todo le perteneciera, un auténtico caradura como le definiríamos en Argentina.
Y quizás, después de todo, un poquito de razón tengo, las fotos las saqué con el zoom corto a menos de un metro de distancia de donde yo estaba.


6 oct 2026

Fotos que vuelven... Aves que quedan

Ayer me puse a editar otra secuencia de fotografías de un lindo registro de Tuquito gris que habíamos conseguido hace ya unos cuantos años, saliendo de Rincón Ombú Chico rumbo a Posadas. Parece mentira cómo pasa el tiempo y, de paso, cómo van cambiando las cosas en internet. Durante todos estos años desaparecieron sitios, cambiaron otros, se perdieron vínculos y, con ellos, terminaron desapareciendo de este blog muchas de las fotografías que alguna vez había publicado.
Uno de los sitios que usaba muchísimo por aquellos años era Flickr. Me gustaba especialmente la calidad con la que mostraba las fotografías y, sobre todo, las distintas posibilidades que ofrecía para compartir los vínculos e insertar las imágenes directamente en el blog. En aquella época todavía podía utilizarse de manera gratuita y, como no estaba dispuesto a pagar por algo que hasta entonces podía hacer sin poner un peso, simplemente seguí adelante por otro lado. Con el tiempo Flickr pasó a ser un servicio pago y muchas de aquellas imágenes que alguna vez estuvieron acá quedaron por el camino ya que limitaron mis dos cuentas a la ridícula cantidad de 1000 fotografías por cuenta, o sea que practicamente se perdió todo el material fotográfico que allí estaba subido.
Y así fue como algunas entradas terminaron sobreviviendo sin sus fotografías, algo bastante triste para un blog que nació justamente para mostrar aves y fotos. Pero mientras Blogger siga siendo gratuito, este muchacho seguirá insistiendo por acá. El día que también decidan cobrar, veremos qué hacemos... probablemente tenga que salir a vender la colección de plumas de los jotes. 😄
Por suerte todavía quedan los originales guardados y, de vez en cuando, aparece alguna de esas secuencias que nunca había vuelto a editar. Hoy le toca al Tuquito gris, un pequeño tiránido que aquella vez tuvo la mala suerte —o la paciencia— de encontrarse con tres fotógrafos bastante entusiasmados.
Y cuando digo entusiasmados, digo que durante un buen rato lo estuvimos bombardeando a fotografías desde todos los ángulos posibles. Lo curioso es que el tipo ni se inmutó. Siguió con sus cosas como si nada, permitiéndonos disfrutar de esos minutos en los que uno puede observar tranquilo el comportamiento de un ave y, de paso, llevarse unas cuantas fotos para el recuerdo.
Estas son algunas de las imágenes de aquella numerosa serie, que recién ahora pasan por una edición como corresponde y vuelven a encontrar un lugar en Aves del NEA. Porque después de tantos años, algunas fotografías merecen una segunda oportunidad.


5 oct 2026

Una conocida, pero de versión caribeña

Hoy toca una garcita blanca, pero esta vez no es de las que uno puede cruzarse por el Arroyo Mártires, el Itá o cualquier otro rincón de por acá. Esta vino importada, directamente desde República Dominicana, y las fotos tienen ya unos cuantos años encima, porque fueron tomadas durante aquellas vacaciones de 2018.
La encontré en un manglar cercano a uno de los lagos de la cancha de golf del hotel. Un escenario bastante diferente a los lugares donde estoy acostumbrado a fotografiarla, aunque al verla ahí, caminando entre el agua y la vegetación, rápidamente apareció esa sensación de "a esta ya la conozco". Porque uno puede viajar miles de kilómetros, cambiar el paisaje, el clima y hasta el idioma que escucha alrededor, pero de repente aparece una especie conocida y es como encontrarse con un vecino en medio de las vacaciones.
La Garcita blanca es de esas aves que parecen sencillas a primera vista, toda blanca, elegante y bastante fácil de reconocer por ese pico negro y las patas amarillas. Pero cuando uno se pone a fotografiarla descubre que el blanco también tiene sus complicaciones, especialmente con mucha luz. Ya me había dado varios dolores de cabeza con esta especie por estos pagos, así que encontrarla nuevamente en el Caribe también fue una buena oportunidad para seguir practicando con esos plumajes que parecen fáciles hasta que uno mira el histograma y empieza a preguntarse qué hizo mal. 😄
En el blog ya había aparecido muchas veces a la Egretta thula, fotografiada en distintos ambientes de nuestra zona, y también aparecieron ejemplares fotografiados en Brasil. Esta vez la historia es un poquito diferente; tres fotos de una misma conocida, pero con un paisaje de fondo que nada tiene que ver con el habitual.
Así que para variar un poco, hoy viajamos nuevamente al Caribe sin sacar pasaporte, sin preparar la valija y, lo más importante, sin tener que pagar el pasaje. Solamente hay que volver a abrir aquella carpeta de fotos de 2018 y dejar que aparezcan algunos recuerdos.