Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.

22 sept 2026

Temporada de picaflores 2026: ya comenzó el movimiento en el patio !!!!!

Oficialmente, podemos decir que comenzó la temporada de picaflores 2026 en mi patio, y este año el primero en aparecer con la llegada de la primavera fue el Picaflor vientre negro. De él es esta tanda de fotografías, recién salidas de la memoria de la cámara.
Mientras permanece posado se muestra bastante tranquilo, como si nada le preocupara demasiado. Pero la cosa cambia completamente cuando decide acercarse al bebedero. Ahí aparece el que aparentemente se cree dueño del patio, el Picaflor tijereta, un verdadero especialista en territorialidad que no permite que nadie se acerque demasiado. En menos de cinco segundos puede poner a correr a cualquier otro picaflor u otro pájaro que lo duplique en tamaño que tengan la osadía de acercarse a su territorio.
Y acá aparece nuevamente una de esas pequeñas decisiones que fui incorporando desde que retomé con más ganas la fotografía de aves. El flash quedó guardado en la mochila; mucho más tranquilo, esperando el momento y aprovechando la luz disponible, fui buscando registrar los colores tal como los vemos a simple vista, sin esos reflejos o brillos artificiales que muchas veces terminan modificando la apariencia de un plumaje y hasta pueden prestarse a confusión.
Además, esta tanda tiene un pequeño estreno tecnológico; las fotografías fueron procesadas utilizando la última actualización de Adobe, con Photoshop CC 2026 y Adobe Camera Raw 18.6. Seguramente todavía me quedan unos cuantos secretos por descubrir entre las nuevas herramientas y funciones que incorporaron, pero eso llevará su tiempo.
Y aunque algunas de esas novedades incluyen herramientas basadas en inteligencia artificial, por ahora sigo haciendo las cosas a mi manera; el procesamiento de la imagen, de principio a fin, lo hago manualmente. No porque tenga algo contra la tecnología nueva, todo lo contrario, sino porque también forma parte de este entretenimiento aprender qué puede hacer uno con la fotografía cuando se toma el tiempo de hacerlo por cuenta propia.
Así que oficialmente queda inaugurada la temporada de picaflores 2026. Seguramente habrá más visitas, más persecuciones alrededor del bebedero y, con un poco de suerte, alguna que otra fotografía interesante para seguir compartiendo desde este pequeño observatorio que tengo en casa; veremos si este año tenemos sorpresas interesantes que vengan a hacerle compañía a los 3 que no hicieron las valijas y se quedaron por el Sur de Misiones a pasar el invierno.




21 sept 2026

Mirando pájaros... Pisando espinas

Hoy seguimos por el Espinal, pero esta vez cambiamos de provincia y nos vamos hasta Córdoba. Una sola foto de una hembra de Carpintero bataraz chico, una especie de la que tengo pocos registros y que en esta oportunidad apareció mientras recorría algunos caminos vecinales de Villa Quilino, en pleno ambiente de Espinal.
La foto fue el premio, aunque el encuentro me dejó también con las ganas de fotografiar al macho, porque esta vez se hizo desear y no hubo manera de encontrarlo. Eso sí, el Espinal se encargó de que la salida no terminara sin llevarme algo de recuerdo por andar distraído. Concentrado en buscar aves, terminé con unas hermosas espinas clavadas en una de mis zapatillas. Nada grave, pero bastante efectivo para recordarme que en estos ambientes no alcanza solamente con mirar para arriba; el Chaco seco siempre va a dejar un recuerdo punzante en el turista distraído.
Acá hay que andar con un ojo puesto en el pájaro y el otro revisando cuidadosamente dónde uno pone los pies. Porque mientras uno está esperando que aparezca el carpintero entre la vegetación, abajo puede estar esperando tranquilamente alguna espina con ganas de participar también de la jornada fotográfica.
Así que me traje una foto del carpintero bataraz chico, la deuda pendiente de encontrar al macho y un pequeño souvenir del Espinal cordobés incrustado en la zapatilla. La próxima vez, además de la cámara y el teleobjetivo, habrá que acordarse de llevar un poco más de atención en los pies.

20 sept 2026

Camba Trapo, las ganas de volver siempre están

Hoy una sola foto de un Burlisto cola castaña, especie que cuenta con muy escasos registros en nuestra provincia y que, por esas cosas lindas que tiene esto de salir a buscar aves, tuve la suerte de encontrar bastante lejos de casa.
La foto es del año 2015, durante la que fue mi última visita a Colonia Carlos Pellegrini, en Corrientes. El encuentro se produjo durante una de esas paradas improvisadas al costado de la polvorienta ruta 40, unos kilómetros antes de llegar a los Esteros de Camba Trapo. Uno va por esos caminos mirando para todos lados, frenando cada tanto ante cualquier movimiento, porque nunca se sabe qué puede aparecer entre la vegetación o cruzarse delante de la cámara. Recuerdo perfectamente cuánto tiempo estuvimos parados ahí antes de un bañado que cortaba el camino con unos arbustos y espinillos llenos de aves, recuerdo perfectamente esa sensación de encontrarse con una especie poco frecuente y saber que había que aprovechar el momento. En aquellos viajes, además de las aves que uno iba buscando, siempre aparecía alguna sorpresa que terminaba convirtiéndose en uno de esos registros que después quedan guardados durante años entre las fotos y, sobre todo, entre los recuerdos.
Una sola foto salió de este Burlisto, al fondo pueden vver desenfocada a su pareja, mezclados entre cardenales, cardenales amarillos, suiriríes, monjitas, golondrinas, chincheros, y carpinteros. Lindos momentos para llenar terjetas de memoria.
Ya pasó bastante tiempo desde aquella última recorrida por Pellegrini y por esos caminos correntinos, pero las ganas de volver siguen intactas. Hay lugares que uno visita una vez y después quedan dando vueltas en la cabeza, esperando una nueva oportunidad. Ojalá algún día pueda volver a recorrer esos caminos del Taragüí, con la cámara, unos buenos mates y, por supuesto, bastante tiempo para detenerme cada vez que algo con plumas decida aparecer.

19 sept 2026

El fantasma de brasa: 18 años buscando al Bailarín Naranja en la selva misionera

Hay aves que te llenan los ojos al primer intento, y hay otras que se convierten en una hermosa y obsesiva persecución a lo largo de los años. Para quienes recorremos la selva de la Provincia de Misiones con la cámara a cuestas, la biodiversidad es un regalo diario, pero existen ciertos tesoros que la tierra colorada se reserva solo para los más pacientes.
En mi opinión, uno de ellos es una de las criaturas más fascinante y esquiva de nuestra avifauna; el Bailarín Naranja (Pipra fasciicauda).
Llevo 18 años capturando la vida silvestre a través de mi lente y, en casi dos décadas de caminatas silenciosas, solo he logrado fotografiarlo en tres lugares bien específicos. Uno de esos templos sagrados fue la reserva Surucuá, allá bien al norte de la provincia, un rincón mágico donde el tiempo parece detenerse y la selva te habla al oído.
De aquella mítica expedición junto a Luis Krause, y otros amigos ya conocidos por ustedes, nos quedaron recuerdos imborrables y fotos de archivo espectaculares que hoy vuelven a ver la luz para ilustrar este relato. Esa salida tuvo una mística especial; para Luis fue su gran desquite, ya que venía con la espina de no haber podido fotografiar al bailarín blanco y la selva lo compensó con creces regalándole este encuentro; en mi caso fue exactamente al revés, pero así es el azar hermoso de la fotografía de naturaleza.

Un destello imposible en la penumbra:
El gran desafío de este habitante de la selva paranaense no es solo su escasez, sino su comportamiento. A diferencia de otras aves que juegan en las copas de los árboles calados por el sol, el macho del Bailarín Naranja prefiere el estrato medio y bajo; se mueve en la penumbra del sotobosque denso y oscuro. Físicamente, el macho es una obra de arte viviente, un capuchón, espalda y pecho de un anaranjado encendido —como una brasa viva en medio del follaje— que contrasta de manera dramática con sus alas y cola negras, y un ojo grande de un iris blanco penetrante.
La hembra, en cambio, viste un plumaje verde oliva perfecto para fundirse con la vegetación, compartiendo esa mirada blanca tan particular.Su nombre le hace justicia a su increíble ritual de cortejo. Los machos se agrupan en pequeños territorios acotados (denominados "leks") donde realizan elaboradas coreografías y despliegues de movimientos coordinados acompañados de silbidos nasales descendentes para deslumbrar a las hembras.
El problema para el fotógrafo es que, aun cuando su canto delata que está a escasos metros, su timidez lo mantiene estático y oculto tras densas cortinas de tacuaras y enredaderas.

La dificultad de registrar un mito:
Encontrar un registro del Bailarín Naranja en la provincia es toparse con una aguja en un pajar. Su distribución es extremadamente focal y acotada, restringiéndose casi en su totalidad al norte misionero, y una sola vez por el Sur, acá cerquita de Posadas, en sitios específicos como el Parque Nacional Iguazú o reservas privadas vecinas que conservan la selva en estado maduro y virgen.
Fotografiarlo exige dominar el arte de la frustración, poca luz, trabajar en el sotobosque oscuro obliga a forzar el equipo fotográfico al límite (ISOs altos, diafragmas muy abiertos); foco esquivo porque las ramas, tacuaras, y el denso follaje del sotobosque de su hábitat natural juegan constantemente en contra del enfoque automático.

Territorios contados:
Si no conocés el punto exacto y su vocalización, podés pasar semanas caminando sin ver siquiera un destello naranja. Por eso, repasar las fotos de Surucuá me despierta una profunda nostalgia y un respeto inmenso por la fragilidad de nuestra selva. Capturar la mirada de este bailarín no es solo presionar un disparador; es el premio a la constancia, el frío de las madrugadas, el calor húmedo de Misiones y, sobre todo, la fortuna de haber estado en el lugar correcto, en el momento exacto, donde la magia decidió mostrarse.

Experiencia, la otra herramienta fotográfica

Experiencia, aprendizaje, observación y conocimiento. Cuatro palabras que, con el tiempo, terminan teniendo bastante más importancia que la cámara que uno lleva colgada al cuello.
Las primeras veces que uno recorre un sendero de nuestra selva termina con el cuello y los brazos reventados de estar tanto tiempo mirando para arriba y apuntando con la cámara, tratando de conseguir alguna buena fotografía de un integrante de esta familia. Los trepadores tienen esa particularidad, generalmente están allá arriba, recorriendo troncos y ramas mientras uno, desde abajo, los sigue como puede con la cabeza levantada y los brazos extendidos. Después de un rato empezás a preguntarte si realmente saliste a fotografiar aves o a entrenar cervicales.
Pero con varias salidas encima, uno empieza a aprender. Primero observa, después presta atención y finalmente empieza a reconocer ciertas rutinas. Ya no se trata solamente de encontrar al ave, sino de entender qué está haciendo y, sobre todo, qué puede hacer después. Y ahí es donde la experiencia empieza a jugar a nuestro favor.
El trepador y sus parientes suelen recorrer el tronco ascendiendo en espiral, revisando cada rincón en busca de los insectos y otros pequeños invertebrados que forman parte de su alimentación. Cuando llega arriba, muchas veces vuela hasta el árbol siguiente, pero no necesariamente continúa desde donde terminó, baja hacia la parte inferior del nuevo tronco y vuelve a comenzar la misma rutina.
Y ahí cambia la historia. Porque si ya conocemos ese comportamiento, podemos dejar de perseguirlo con la cámara apuntando al cielo y esperar en el lugar donde sabemos que probablemente aparezca. El ave hace su trabajo, nosotros hacemos el nuestro y, de repente, las cosas se ponen bastante más fáciles.
Esos son algunos de los pequeños aprendizajes que solamente llegan con el tiempo, las salidas al campo y muchas horas mirando aves. La fotografía termina siendo casi una consecuencia de todo lo anterior. Primero hay que observar, después comprender y recién entonces aparece la oportunidad de hacer la foto.
Quizás esa sea una de las cosas más lindas que tiene esto de salir a fotografiar aves, con el tiempo uno no solamente aprende a reconocer especies, también aprende a leer sus movimientos, sus costumbres y sus pequeñas rutinas. Y cuando finalmente una de esas cosas aprendidas nos permite conseguir una buena fotografía, la satisfacción es distinta, porque detrás de esa foto hay algo más que un disparo; hay horas de observación y de aprendizaje.

18 sept 2026

Yo contra el Federal

Hoy van dos fotos de Federal, obtenidas varios años atrás en la entrada del Camping El Mirador, en Ituzaingó. Federal o Juan Soldado, como también se lo conoce, es uno de esos pájaros que cuando aparece no pasa precisamente desapercibido. Tiene una belleza particular, de esas que hacen que uno levante la cámara inmediatamente y empiece a pensar en cómo conseguir una buena foto.
Pero acá aparece el problema porque fotografiar un Federal completamente despejado, mostrando todo su esplendor, al menos para mí se ha convertido en una especie de misión imposible. Habita en juncales, pirizales y toda esa vegetación palustre donde casi siempre hay agua debajo, y evidentemente él está muchísimo más cómodo ahí que yo tratando de conseguir una fotografía limpia. Uno lo ve, lo sigue con la mirada, espera el momento… y cuando finalmente aparece en un lugar más o menos apropiado, dura ahí exactamente lo necesario como para que uno alcance a decir “ahora sí” antes de que desaparezca nuevamente entre la vegetación. Hasta ahora, el Federal me viene ganando por goleada.
Así que tendré que activar nuevamente la búsqueda. Porque esto también forma parte de la fotografía de aves; hay especies que uno ya fotografió, pero queda pendiente esa foto que todavía no pudo conseguir. Y cuando una especie te deja esa deuda, tarde o temprano uno vuelve a buscarla. Con el Federal tengo esa cuenta pendiente y en algún momento habrá que saldarla.
Lo que cuesta entender es que un pájaro tan hermoso, adaptado a vivir libremente en estos ambientes, todavía sea perseguido para terminar encerrado como mascota. Parece que para algunos la belleza de un ave no alcanza con verla volando, alimentándose o moviéndose entre los juncales; aparentemente necesitan tenerla detrás de unos barrotes para disfrutarla. Y ahí sí que no encuentro demasiada explicación. ¿Qué clase de idea puede llevar a alguien a capturar un animal silvestre simplemente porque le gusta cómo se ve?
Hay algo bastante absurdo en todo esto: yo llevo años intentando conseguir una fotografía de un Federal libre, en su ambiente y haciendo su vida de Federal, y hay gente que todavía pretende solucionar el asunto capturándolo y metiéndolo en una jaula. La estupidez humana, como sabemos, no conoce límites; y mientras tanto, el Federal seguirá teniendo algo que nosotros no podemos darle, la libertad de elegir dónde posarse, dónde alimentarse y, fundamentalmente, dónde vivir.

17 sept 2026

Un primero de enero entre parientes y pájaros chaqueños ruidosos

Las fotos de hoy son de una pareja de Chororó, y aunque a primera vista parezcan simplemente dos fotografías más de aves, detrás de ellas hay uno de esos lindos recuerdos familiares que uno va acumulando con el paso de los años. Porque no todo en la vida de un fotógrafo de aves son salidas madrugadoras, largas caminatas por el monte o jornadas enteras esperando que aparezca alguna especie interesante. A veces también hay que cumplir con la familia, armar las valijas y viajar para pasar las fiestas de fin de año con los parientes de mi señora en Resistencia, Chaco. Y si de paso aparece la posibilidad de sacar algunas fotos, mucho mejor.
El 1 de enero de 2016, después de los festejos de Año Nuevo, nos fuimos todos a Colonia Benítez, ahí cerquita de Resistencia, para pasar el día entre familiares. La propuesta era bastante sencilla; calor chaqueño, pileta, almuerzo y un día de esos en los que nadie tiene demasiadas ganas de andar corriendo de un lado para el otro. Un programa familiar de verano, con todo lo necesario para disfrutar y descansar después de las celebraciones para recibir el año nuevo. Aunque, como suele suceder cuando uno anda con una cámara de fotos y cierta debilidad por las plumas, el descanso puede tener algunas interrupciones.
Mientras el resto disfrutaba de la pileta y del almuerzo (light, por supuesto, porque después de las fiestas había que cuidar la línea) yo aproveché para caminar un rato por el parque y las calles de tierra del pueblo, cámara en mano, buscando qué podía aparecer. Colonia Benítez tiene ese encanto de los lugares donde todavía se puede andar tranquilo, mirar los árboles, escuchar a las aves y encontrar especies que no llegan hasta Misiones. Y para alguien que disfruta de fotografiar pájaros, eso ya es motivo suficiente para dejar un rato la sobremesa familiar y salir a dar una vuelta.
Entre las especies que pude encontrar durante aquella caminata apareció esta pareja de Chororó, dos aves que terminaron formando parte de aquella tanda de fotografías que publiqué hace bastantes años en el blog, cuando Aves del NEA todavía transitaba otra etapa y uno andaba bastante más activo con las publicaciones. Como suele pasar con las fotos de aquellos tiempos, algunas quedaron en el archivo esperando una nueva oportunidad, porque entre tantas imágenes, viajes y encuentros siempre hay alguna que se fue quedando para después.
Así que hoy, diez años después de aquel paseo por Colonia Benítez, recuperamos estas dos imágenes de la pareja de Chororó. Dos fotografías que esperaron bastante tiempo para volver a ver la luz y que, de paso, nos traen el recuerdo de aquel primero de enero de 2016, cuando entre familiares, pileta, calor y almuerzo light, también hubo un rato para salir a buscar pájaros.
Y menos mal que llevé la cámara… porque uno nunca sabe qué puede aparecer dando una vuelta por otros pagos.

16 sept 2026

A veces alcanza con salir a despedir a la familia

Las fotos de hoy son nuevitas nuevitas… de ayer nomás, obtenidas durante la siesta en mi propia casa; y esto viene a demostrar, una vez más, que no siempre hace falta cargar la mochila, preparar una vianda, recorrer unos cuantos kilómetros y terminar con las piernas pidiendo auxilio para conseguir un buen registro de aves. A veces alcanza con salir a despedir a la familia y mirar un poquito lo que tenemos alrededor.
Ayer, mientras despedía a mi hija y a mi yerno, veo que sobre el cable que pasa por la vereda del frente había un taguató posado, bastante tranquilo, como si también estuviera disfrutando de la siesta. Y claro, uno podrá estar jubilado, podrá tener otras cosas en la cabeza, pero cuando aparece un ave así, justo enfrente de casa, la conversación familiar pasa automáticamente a un segundo plano. No porque uno quiera dejar de escuchar a la hija, por supuesto… sino porque ya sabemos cómo funciona esto de la fotografía de aves; el ojo se va para un lado, la cabeza empieza a calcular distancias y el fotógrafo que llevamos adentro comienza a hacer cuentas.
"Ojalá me dé tiempo para buscar la cámara y sacarle unas buenas fotos" les dije, mientras seguíamos charlando.
Y esta vez, por suerte, el tiempo alcanzó. El taguató se quedó ahí, sin apuro, esperando vaya uno a saber qué cosa, mientras yo entraba a buscar la cámara. Cuando volví, todavía estaba en el cable, dispuesto a regalarme un rato de fotografía. Y no solamente se quedó, sino que me permitió conseguir, creo yo, una excelente serie de fotos, con un lindo acercamiento que me dejó más que conforme. De esas oportunidades que aparecen de repente, sin avisar, y que uno agradece haber sabido aprovechar.
Porque esa es otra de las cosas lindas que tiene la fotografía de aves, no siempre se trata de salir a buscar una especie determinada, de organizar una excursión o de llegar a un lugar conocido con la esperanza de encontrar algo interesante. Muchas veces las mejores oportunidades aparecen cuando uno menos las espera; un ave que cruza el patio, un visitante inesperado en el jardín, un pájaro posado en el cable de la vereda, como en este caso, un taguató que decidió hacer una pausa frente a mi casa justo cuando yo estaba despidiendo a la familia. Y si uno tiene la cámara a mano, mejor todavía.
Así que ya saben, la próxima vez que salgan a despedir a la familia, a sacar la basura, a regar las plantas o simplemente a tomar un poco de aire, miren hacia arriba. Nunca se sabe, capaz que en el cable o en el árbol de enfrente hay algo esperando que alguien lo descubra; y si además tienen la cámara a mano, mucho mejor.



15 sept 2026

El mirasol y el pirizal

Hay fotografías que uno publica enseguida y otras que quedan años en el archivo, esperando su momento. Algunas no convencen, otras fueron tomadas en malas condiciones y muchas, vaya uno a saber por qué, permanecen en ese limbo al que volvemos de vez en cuando con la promesa de editarlas algún día. Hoy le tocó el turno a una de esas imágenes pendientes, un mirasol estriado fotografiado hace unos cuantos años en uno de los pirizales del Portal Norte del Parque Nacional Iberá.
Pero antes de hablar del mirasol, vale la pena detenerse en el lugar donde fue fotografiado. Cuando salimos a buscar aves solemos concentrarnos en encontrar al sujeto, acercarnos, conseguir buena luz y volver con un retrato satisfactorio; sin embargo, no siempre el ave tiene que ser el centro absoluto, a veces el ambiente también tiene mucho para decir, y esta fotografía es un buen ejemplo. El mirasol estriado comparte protagonismo con el pirizal, un hábitat particular de los Esteros del Iberá donde determinadas especies pasan buena parte de su vida.
Los pirizales pueden ser complicados para quienes intentamos encontrar un pájaro entre tanta vegetación. Tallos, hojas y ramas se convierten en obstáculos, y aun teniendo al ave localizada uno puede pasar un buen rato buscando una ventana que permita verla con claridad. Cuando finalmente aparece, suele durar apenas unos segundos porque el ave se mueve, desaparece detrás de los tallos que se mueven con el viento y la búsqueda empieza otra vez.
El mirasol estriado tampoco suele llamar demasiado la atención. Su plumaje y su comportamiento le permiten pasar desapercibido, así que encontrarlo ya es una alegría. En este caso, además, entre la cámara y el ave había casi 60 metros, una distancia considerable para fotografiar a una especie que se confunde tan bien con el ambiente.
Y ahí estaba él, atento a mis movimientos. Uno puede quedarse quieto y moverse despacio, pero las aves parecen tener un radar para detectar cualquier presencia extraña. Para él yo era alguien poco habitual en ese paisaje; para mí, una especie que intentaba fotografiar y que, por suerte, decidió concederme unos instantes.
Lo curioso es que esta fotografía es apenas mi segundo registro de mirasol estriado en los 18 años que llevo fotografiando aves. Dieciocho años de salidas, caminatas, madrugones, mates, amigos y kilómetros recorridos, para que los registros de esta especie todavía puedan contarse con los dedos de una mano, y todavía me sobran dedos. Así es la fotografía de aves, algunas especies aparecen todo el tiempo y otras se hacen esperar durante años. Cuando finalmente vuelven a aparecer, uno recuerda aquel encuentro anterior, aunque las fotos hayan quedado guardadas en algún rincón del archivo.
En una época en la que buscamos llenar la pantalla con cada detalle del plumaje, también es bueno recordar que la fotografía de naturaleza no siempre consiste en aislar al protagonista, mostrar un poco de su hábitat también es importante, ese pirizal es parte del ambiente que el mirasol estriado necesita; y aunque la imagen no sea desde un punto de vista estrictamente fotográfico la más espectacular, para mí tiene un valor especial; es una especie que no aparece todos los días, me permite volver a un lugar que siempre tiene algo para mostrar y me recuerda que no todas las fotos tienen que ser perfectas ni publicarse enseguida.
De eso también se trata salir a buscar aves, mirar más allá del sujeto principal, disfrutar el ambiente, aceptar que no siempre conseguiremos el retrato soñado y entender que algunas fotografías pueden mostrar también otras cosas.

14 sept 2026

Un águila negra, un camino polvoriento y un paseo gratis

Después de tres días de ausencia, volvemos a encontrarnos por acá. Esta vez la razón estuvo más que justificada; se casó mi hija, así que durante estos días había cosas bastante más importantes a las que dedicarle atención que a las aves, las fotografías y este blog. Ahora, con un poco más de tranquilidad, retomamos la actividad y vamos a hacerlo con dos fotografías de un viejo registro de águila negra, de esas que uno tiene guardadas esperando que algún día aparezca una herramienta de edición capaz de hacerles un poco de justicia.
A este encuentro con el águila negra ya lo había mostrado en el blog, pero estas dos fotografías habían quedado sin editar. El motivo era bastante sencillo, un rabioso contraluz, el sol casi en la vertical y unas condiciones de luz que, para decirlo suavemente, no eran precisamente las que uno hubiera elegido para salir a fotografiar aves. Ya sabemos que la fotografía tiene sus refranes, y aquel que dice “luz cenital, sombra total” parece que fue escrito pensando en este tipo de situaciones. Pero bueno, con las nuevas herramientas de edición que tenemos hoy, decidí volver a meter mano en esos archivos y ver si se podía rescatar algo de aquellas imágenes que durante tantos años quedaron durmiendo en el disco rígido. Y acá están, con sus limitaciones, pero finalmente editadas y listas para compartir.
El encuentro ocurrió allá por el 2017, en uno de esos polvorientos caminos de la Isla Apipé Grande, Corrientes. Por aquellos días, a Willy y a mí nos llevaron a lo que ambos consideramos, con el tiempo, un paseo gratis. Para variar, nada pudo concretarse de todo aquello en lo que habíamos aportado nuestros conocimientos y nuestro trabajo, pero esa es otra historia, de esas que quedan dando vueltas en la memoria y que algún día quizás merezcan su propio espacio por acá. Lo cierto es que, si bien el motivo original del viaje no terminó saliendo como esperábamos, nosotros aprovechamos la oportunidad como corresponde: paseamos, comimos rico, sacamos fotos y pasamos un lindo fin de semana. Y cuando uno vuelve con buenos recuerdos, algunas fotografías y un par de anécdotas para contar, tampoco puede decir que todo salió tan mal.
Así que hoy, después de la pausa obligada por un acontecimiento familiar mucho más importante que cualquier publicación, volvemos a las andanzas con este águila negra de Apipé Grande. Una viejo encuentro, un contraluz complicado y la ayuda de las nuevas herramientas de edición para darle una segunda oportunidad a dos imágenes que, hasta ahora, habían quedado esperando su momento. El resto, como tantas otras cosas de la vida y de la fotografía, quedó convertido en otra anécdota más.

10 sept 2026

A veces también hay que mirar

Hoy vuelvo a revolver un poco los archivos y aparecen algunas fotos de un carpintero garganta estriada, de esas que fueron tomadas en la casa de Luis, en el Club Refugio Ombú, un lugar donde uno ya sabe que puede pasar de todo y que, además de llevarse alguna foto, seguramente se va a llevar una buena charla, unos mates y algún recuerdo para guardar. Pero en honor a la verdad, esta vez al carpintero lo miré bastante más a través de la lente de la cámara que lo que realmente lo fotografié. Y no porque me haya faltado tiempo ni porque la cámara no estuviera lista, sino porque de vez en cuando también disfruto de esas situaciones en las que uno se olvida un poco de apretar el disparador y se dedica simplemente a observar qué está haciendo el protagonista.
En esta oportunidad fueron solamente dos fotos. Sí, dos. Después de tantos años de andar con la cámara a cuestas, uno podría pensar que semejante encuentro merecía una ráfaga de fotos, distintos ángulos, poses, vuelos, acercamientos y vaya a saber cuántas cosas más. Pero no siempre es así. El carpintero estaba entretenido buscando su comida en el tronco de un árbol y, después de bastante trabajo, consiguió sacar un gusanito. Hasta ahí, todo dentro de lo normal. El problema fue que, en alguna de esas maniobras propias de un carpintero, el pobre gusanito terminó cayéndose. Y ahí apareció una de esas pequeñas escenas que, si uno está atento, terminan siendo mucho más interesantes que una foto perfectamente encuadrada: el carpintero sacó la lengua y se lamió la panza, tratando de volver a atrapar al gusanito que había perdido. Una escena de apenas unos segundos, pero de esas que quedan en la memoria mucho más tiempo que cualquier archivo guardado en una carpeta.
Y ahí estaba yo, exprimiendo los 500 mm de la lente, observando todo ese procedimiento desde atrás de la cámara. Podría haber intentado hacer veinte fotos, pero sinceramente preferí mirar. Porque con el tiempo uno también aprende que salir a pajarear no es solamente juntar especies ni llenar tarjetas de memoria. Hay días en los que uno vuelve con una cantidad de fotos impresionante y otros en los que vuelve con dos fotos, o con ninguna, pero se trae encima una observación, un comportamiento o una situación que no estaba esperando encontrar. Y eso también forma parte de esta afición que, por suerte, todavía consigue sorprenderme después de tantos años.
Quizás por eso me gusta revolver los archivos. Porque entre tantas carpetas aparecen fotos que, además de mostrar un ave, me devuelven un momento. A veces recuerdo dónde estaba, con quién, qué estábamos haciendo, los mates de por medio o alguna charla que seguramente terminó desviándose hacia cualquier tema menos los pájaros. Y otras veces, como en este caso, me acuerdo de que durante unos minutos la cámara quedó casi en segundo plano y me dediqué simplemente a mirar.
Así que siguen apareciendo recuerdos revolviendo archivos. Todavía quedan unas cuantas historias escondidas por ahí y, por lo visto, no todas necesitan una gran cantidad de fotos para volver a salir a la luz. Algunas se conforman con dos... y con un carpintero de lengua larga intentando recuperar el almuerzo.

9 sept 2026

Armemos las valijas… Hoy nos vamos al Caribe 🌴🌊

Después de lo que escribí ayer, de los incendios de pastizales, del fuego avanzando sin pedir permiso y de esa sensación de impotencia que queda cuando vemos cómo la naturaleza vuelve a perder, hoy les propongo hacer algo distinto; armemos las valijas y vámonos un ratito al Caribe.
No hace falta buscar pasajes ni revisar el pasaporte porque para este viaje alcanza con sentarse un momento frente a estas cuatro fotos y dejar que la vista se vaya hasta la Isla Saona, en República Dominicana, donde el agua tiene ese color turquesa que parece inventado, las playas parecen de postal y las aves que aparecen frente a la cámara nos recuerdan que el mundo es bastante más grande que nuestro pedacito de Misiones y Corrientes.
Hoy cambiamos por un rato el humo y el pastizal quemado por el azul del mar, el verde de las palmeras y unas gaviotas que, vaya uno a saber qué pensará de nosotros, se dejaron fotografiar mientras yo intentaba guardar en la cámara un poquito de ese paisaje paradisíaco.
Viajar también es esto, conocer otros lugares, descubrir otras aves, mirar paisajes diferentes y volver a casa con la cabeza un poco más despejada. Y a veces, cuando uno no puede viajar, también puede hacerlo con una fotografía.
Así que por hoy dejemos descansar un rato la bronca de ayer. Armen las valijas, acomódense y viajen conmigo hasta la Isla Saona.
Agua turquesa, arena, sol, palmeras y gaviotas.
Viajen ustedes también mirando estas fotos.
Después volvemos… porque el Caribe queda un poquito lejos y mañana seguramente tendremos que seguir cuidando lo que tenemos acá. 😉





Recuerdos de unas lindas vacaciones allá por el 2018.