Hace exactamente diez años emprendíamos una escapada de apenas dos días a Surucuá Reserva Ecolodge. Fueron de esos viajes que requieren mucha planificación, bastante logística... y una alineación planetaria casi perfecta para que todos pudiéramos coincidir en la fecha sin desacomodar demasiado el presupuesto familiar.
El punto de encuentro fue la casa de Luis Krause. Desde allí partimos en dos vehículos: el de Luis y el de Nico Pavese. En el cambio de autos, Roby dejó el suyo estacionado en la casa de Luis... y también dejó adentro un pequeño detalle sin importancia; su cámara fotográfica.
Después de recorrer más de 350 kilómetros, ya llegando a Andresito, el silencio dentro del auto seguramente fue más pesado que el equipaje cuando Roby cayó en la cuenta del olvido. Imagínense la escena.
Y también imagínense la tensión para los que viajaban con él... porque el primero que se riera, cobraba.
Les confieso algo... ninguno de los que íbamos en el auto de Nico esbozó una sola sonrisa, absolutamente ninguna, en solidaridad con el amigo.
¿Me creen?
Les confieso que por una simple cuestión de solidaridad con el amigo durante ese triste momento no hemos sacado fotografía alguna, todos estábamos intentando arduamente de que desista de lo que estaba pensando hacer, quería tomarse un colectivo para volverse a Posadas.
Afortunadamente logramos cumplir con el objetivo.
Llegamos a Surucuá, dejamos el cansancio de lado y, sin siquiera dormir, salimos derecho a recorrer los senderos. Lo bueno de que uno de los fotógrafos se quedara sin cámara fue que automáticamente nos aseguramos cocinero para todo el fin de semana. Hay que encontrarle el lado positivo a las cosas.
Claro que el cansansio y posteriormente el sueño empezaba a pasar factura. En una de las caminatas, Luis hizo gala de una habilidad que pocos poseen: se acostó a dormir... ¡en pleno sendero! Me tocó quedarme cerca haciendo guardia, por si algún felino hambriento encontraba el almuerzo servido. Por suerte, Luis tiene otra habilidad admirable: duerme veinte minutos, se reinicia como si nada y vuelve a caminar.
A los pocos metros, ya con el amigo Luis con las baterías recargadas, una pareja de Surucuá Amarillo nos regaló un encuentro inolvidable. La hembra, mucho más desconfiada, prefirió mantenerse a prudente distancia. El macho, en cambio, bajó a curiosear y le permitió a Luis apagar el flash para retratar esos increíbles tonos metalizados de la espalda que tanto llaman la atención cuando la luz acompaña.
Ornitológicamente hablando aprovecho esta publicación para actualizar etiquetas de la especie ya que esta es otra que ha cambiado su nombre científico durante este tiempo en el que el blog estuvo inactivo.
Anécdotas como esta son las que terminan haciendo grande un viaje. Las especies registradas son importantes, claro que sí, pero los recuerdos compartidos con amigos son los que permanecen intactos después de tantos años.
Cuando vuelvo a mirar las fotos diez años después no solo recuerdo las aves; también vuelven los kilómetros, las cargadas, los olvidos, las siestas improbables y esa linda locura de aquellos años de organizar un viaje entre todos sin poner en jaque a nuestras familias.
Mi agradecimiento una vez mas para Adrián Heredia y María Laura Alcaraz, que nos recibieron de maravillas y nos regalaron un fin de semana inolvidable en Surucuá. Diez años después, las fotos siguen emocionando... y las anécdotas siguen sacándonos una sonrisa.
Y así, entre fotos de aves y algunas fotografías sociales rescatadas del olvido, volvemos por un ratito a aquel fin de semana de hace diez años.
Que lindo es descrubrir que las imágenes no solo conservan especies y paisajes; también guardan risas, amistades, cargadas interminables y momentos que el tiempo no pudo borrar.
Al final, uno cree que sale a fotografiar pájaros, pero termina coleccionando historias también; y cuando pasan los años, muchas veces son esas historias las que mas valor tienen.
Gracias por acompañarme a revivir este pequeño viaje en el tiempo. Ojalá estas imágenes también les hayan arrancado una sonrisa, y quién sabe quizás despierten las ganas de volver a cargar los bolsos, revisar dos veces que la cámara esté en la mochila para salir otra vez a buscar nuevos recuerdos.
Saludos para todos y buen Domingo !!!
Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.
Tus hijos te lo agradecerán.
28 jun 2026
27 jun 2026
Mosqueta Corona Oliva -Phyllomyias virescens (Temminck, CJ, 1824) Greenish Tyrannulet
Hoy le toca el turno a una especie que, si no abre el pico para cantar, puede hacernos transpirar bastante antes de ponerle nombre.
La Mosqueta corona oliva (Phyllomyias virescens) fue fotografiada durante aquel inolvidable viaje de 2018 al Parque Provincial Cruce Caballero, cuando el único objetivo era recorrer el norte misionero buscando aves. En esa época todavía estaba en modo "coleccionista de especies", así que cada movimiento entre las ramas merecía una mirada.
Lo curioso es que de esta especie conservo una sola fotografía. Y, siendo sincero, fue porque no le di la importancia que merecía; vi un pequeño bulto moviéndose entre el follaje, apunté la cámara y disparé una única vez. En ese mismo instante una pareja de Carpinteros arcoíris apareció cerca, y ya sabemos cómo termina esa historia... la atención se fue detrás de los carpinteros y la pobre mosqueta quedó con una sola imagen para el archivo.
Años después, revisando las fotos, vino el verdadero trabajo. Como estos pequeños tiránidos no siempre tienen la amabilidad de vocalizar cuando uno los encuentra, la identificación pasa a ser un ejercicio de paciencia porque hay que empezar a filtrar especie por especie, observando el color de las patas, la forma y tamaño del pico, las tonalidades del plumaje, los discretos filetes o barras alares y cada detalle que pueda inclinar la balanza. Más que mirar una foto, parece una investigación policial.
En mi caso, el primer paso fue preparar un listado con las veinte especies de mosquetas que podían aparecer en la zona, incluyendo las registradas para Misiones, el Paraguay y el sur de Brasil. Ahí comienza el verdadero desafío, empezar a tachar nombres. Primero por el área de distribución, después por el ambiente donde fue observada, el estrato del bosque que frecuenta, el tipo de vegetación... porque hay mosquetas que viven prácticamente escondidas en el denso sotobosque de los tacuarales, y ni siquiera en cualquier tacuaral. Poco a poco se van descartando posibilidades y sumando pequeños detalles, la lista se va achicando hasta llegar a una identificación con bastante certeza. Lástima que, en este caso, al tratarse de una especie que suele moverse en el estrato alto del bosque, una vez más terminé perfeccionando esa disciplina que tantos fotógrafos conocemos: fotografiar panzas de pajaritos.
La Mosqueta corona oliva es un ave pequeña, inquieta y muy activa. Recorre las copas del bosque buscando diminutos insectos entre las hojas, casi siempre pasando desapercibida. Su plumaje oliváceo y sus movimientos constantes hacen que se confunda fácilmente con otras especies similares, razón por la cual escuchar su característico canto suele ser la forma más sencilla de confirmar su identidad. Al final, esa única fotografía terminó teniendo mucho más valor del que imaginé aquel día. Es una linda demostración de que, en observación de aves, nunca conviene subestimar a un pajarito "común". A veces el protagonista de una gran historia no es el más colorido ni el más llamativo, sino ese pequeño personaje que nos obliga a sentarnos, revisar guías, comparar detalles y aprender algo nuevo. Y de eso se trata también este hobby. Algunas especies nos regalan cientos de fotos; otras apenas una. Pero mientras haya una imagen que nos haga recordar el momento vivido en el monte y nos enseñe algo, ya cumplió con creces su misión. Al fin y al cabo... las aves siempre encuentran la forma de seguir dándonos trabajo, incluso varios años después de haber apretado el disparador.
Mapa de distribución en América del Sur
Copyright de los mapas:
Copyright-Ebird (www.ebird.org)
La Mosqueta corona oliva (Phyllomyias virescens) fue fotografiada durante aquel inolvidable viaje de 2018 al Parque Provincial Cruce Caballero, cuando el único objetivo era recorrer el norte misionero buscando aves. En esa época todavía estaba en modo "coleccionista de especies", así que cada movimiento entre las ramas merecía una mirada.
Lo curioso es que de esta especie conservo una sola fotografía. Y, siendo sincero, fue porque no le di la importancia que merecía; vi un pequeño bulto moviéndose entre el follaje, apunté la cámara y disparé una única vez. En ese mismo instante una pareja de Carpinteros arcoíris apareció cerca, y ya sabemos cómo termina esa historia... la atención se fue detrás de los carpinteros y la pobre mosqueta quedó con una sola imagen para el archivo.
Años después, revisando las fotos, vino el verdadero trabajo. Como estos pequeños tiránidos no siempre tienen la amabilidad de vocalizar cuando uno los encuentra, la identificación pasa a ser un ejercicio de paciencia porque hay que empezar a filtrar especie por especie, observando el color de las patas, la forma y tamaño del pico, las tonalidades del plumaje, los discretos filetes o barras alares y cada detalle que pueda inclinar la balanza. Más que mirar una foto, parece una investigación policial.
En mi caso, el primer paso fue preparar un listado con las veinte especies de mosquetas que podían aparecer en la zona, incluyendo las registradas para Misiones, el Paraguay y el sur de Brasil. Ahí comienza el verdadero desafío, empezar a tachar nombres. Primero por el área de distribución, después por el ambiente donde fue observada, el estrato del bosque que frecuenta, el tipo de vegetación... porque hay mosquetas que viven prácticamente escondidas en el denso sotobosque de los tacuarales, y ni siquiera en cualquier tacuaral. Poco a poco se van descartando posibilidades y sumando pequeños detalles, la lista se va achicando hasta llegar a una identificación con bastante certeza. Lástima que, en este caso, al tratarse de una especie que suele moverse en el estrato alto del bosque, una vez más terminé perfeccionando esa disciplina que tantos fotógrafos conocemos: fotografiar panzas de pajaritos.
La Mosqueta corona oliva es un ave pequeña, inquieta y muy activa. Recorre las copas del bosque buscando diminutos insectos entre las hojas, casi siempre pasando desapercibida. Su plumaje oliváceo y sus movimientos constantes hacen que se confunda fácilmente con otras especies similares, razón por la cual escuchar su característico canto suele ser la forma más sencilla de confirmar su identidad. Al final, esa única fotografía terminó teniendo mucho más valor del que imaginé aquel día. Es una linda demostración de que, en observación de aves, nunca conviene subestimar a un pajarito "común". A veces el protagonista de una gran historia no es el más colorido ni el más llamativo, sino ese pequeño personaje que nos obliga a sentarnos, revisar guías, comparar detalles y aprender algo nuevo. Y de eso se trata también este hobby. Algunas especies nos regalan cientos de fotos; otras apenas una. Pero mientras haya una imagen que nos haga recordar el momento vivido en el monte y nos enseñe algo, ya cumplió con creces su misión. Al fin y al cabo... las aves siempre encuentran la forma de seguir dándonos trabajo, incluso varios años después de haber apretado el disparador.
Mapa de distribución en América del Sur
Copyright de los mapas:
Copyright-Ebird (www.ebird.org)
25 jun 2026
Con GPS averiado: cuando un pato decide vivir en los árboles
Hoy le toca el turno al sirirí vientre negro, uno de esos patos que parecen haber tomado decisiones de vida bastante discutibles... o brillantemente originales, según cómo se mire.
Las fotografías que acompañan esta entrada fueron obtenidas por el amigo Luis Krause en el Club Refugio Ombú, un lugar que ya ha aparecido muchas veces en el blog y que, por suerte, siempre encuentra la manera de regalarnos alguna sorpresa nueva. Entre lagunas, montes y rincones donde la naturaleza todavía conserva sus propios tiempos, este maravilloso espacio correntino cercano a Posadas sigue demostrando que nunca se termina de conocer del todo.
Y hablando de regresos, también vuelve Luis a compartir sus registros en esta nueva etapa del blog, una reconstrucción del espacio, sí, pero con la misma esencia de siempre; disfrutar de las aves, compartir anécdotas y contar historias sin demasiados protocolos, como cuando uno charla con amigos después de una salida de campo.
El protagonista de hoy es un pato que parece venir con el GPS desconfigurado de fábrica, porque resulta que, siendo pato, uno supondría que pasaría gran parte de su tiempo flotando plácidamente en alguna laguna pero no. El sirirí vientre negro suele aparecer descansando en árboles, posado sobre ramas o incluso arriba de postes; como si en algún momento de la evolución alguien hubiera mezclado los manuales de las aves acuáticas con los de los pájaros de percha y nadie se hubiera dado cuenta y la cosa no termina ahí.
Mientras la mayoría de los patos anidan en el suelo, este señor prefiere buscar huecos en los árboles para criar a sus pichones. Vaya uno a saber qué ocurrió miles de años atrás para que tomara semejante decisión, pero la especie la mantiene hasta el día de hoy con una convicción admirable.
Quizás por eso siempre nos resultó simpático. Tiene aspecto de pato, se comporta como pato cuando le conviene, pero cada tanto parece recordar que lleva un pequeño espíritu de pájaro carpintero o de loro escondido en alguna parte de su ADN.
Sea como fuere, cada encuentro con estos siriríes termina despertando la misma sensación: la naturaleza todavía guarda suficientes misterios como para sorprendernos cuando creemos haber visto de todo. Y por suerte siguen apareciendo momentos en los que cámara en mano aprovechemos esos breves instantes para documentar esas pequeñas rarezas que hacen tan entretenida esta actividad de observar y fotografiar aves.
Las fotografías que acompañan esta entrada fueron obtenidas por el amigo Luis Krause en el Club Refugio Ombú, un lugar que ya ha aparecido muchas veces en el blog y que, por suerte, siempre encuentra la manera de regalarnos alguna sorpresa nueva. Entre lagunas, montes y rincones donde la naturaleza todavía conserva sus propios tiempos, este maravilloso espacio correntino cercano a Posadas sigue demostrando que nunca se termina de conocer del todo.
Y hablando de regresos, también vuelve Luis a compartir sus registros en esta nueva etapa del blog, una reconstrucción del espacio, sí, pero con la misma esencia de siempre; disfrutar de las aves, compartir anécdotas y contar historias sin demasiados protocolos, como cuando uno charla con amigos después de una salida de campo.
El protagonista de hoy es un pato que parece venir con el GPS desconfigurado de fábrica, porque resulta que, siendo pato, uno supondría que pasaría gran parte de su tiempo flotando plácidamente en alguna laguna pero no. El sirirí vientre negro suele aparecer descansando en árboles, posado sobre ramas o incluso arriba de postes; como si en algún momento de la evolución alguien hubiera mezclado los manuales de las aves acuáticas con los de los pájaros de percha y nadie se hubiera dado cuenta y la cosa no termina ahí.
Mientras la mayoría de los patos anidan en el suelo, este señor prefiere buscar huecos en los árboles para criar a sus pichones. Vaya uno a saber qué ocurrió miles de años atrás para que tomara semejante decisión, pero la especie la mantiene hasta el día de hoy con una convicción admirable.
Quizás por eso siempre nos resultó simpático. Tiene aspecto de pato, se comporta como pato cuando le conviene, pero cada tanto parece recordar que lleva un pequeño espíritu de pájaro carpintero o de loro escondido en alguna parte de su ADN.
Sea como fuere, cada encuentro con estos siriríes termina despertando la misma sensación: la naturaleza todavía guarda suficientes misterios como para sorprendernos cuando creemos haber visto de todo. Y por suerte siguen apareciendo momentos en los que cámara en mano aprovechemos esos breves instantes para documentar esas pequeñas rarezas que hacen tan entretenida esta actividad de observar y fotografiar aves.
24 jun 2026
Pequeños hoy, dueños de la noche mañana.
Un binomio nocturno asoma allá arriba, entre las sombras del monte misionero. Donde nosotros apenas vemos oscuridad, ellos encuentran un mundo lleno de cosas por descubrir. Todavía les falta experiencia, pero ya empiezan a practicar eso para lo que nacieron; cazar.
Por ahora son apenas dos aprendices con cara de inocentes, aunque los padres no les dejan pasar una. Entre vuelos cortos, miradas atentas y alguna que otra lección nocturna, les van mostrando cómo ganarse la vida cuando cae el sol. De a poco descubren que esas patas enormes y esas garras impresionantes no están ahí de adorno.
Todavía les falta crecer, pero el futuro parece bastante claro, dentro de unos meses ya no serán esos pichones curiosos que observan el monte desde una rama segura; serán parte de esa élite nocturna que hace que más de un ratón piense dos veces antes de salir de casa. Los futuros gigantes de la noche misionera ya están tomando apuntes y aprendiendo rápido. Y como siempre, gracias a Nico por la colaboración y por acercar este hermoso registro de pichones de lechuzón mocho chico que nos permite asomarnos, aunque sea un ratito, a la intimidad de estos reyes de la noche en formación.
Fotografías obtenidas en la Reserva Don Rodolfo / Cerro Santa Ana, hace ya un tiempo atrás.
Por ahora son apenas dos aprendices con cara de inocentes, aunque los padres no les dejan pasar una. Entre vuelos cortos, miradas atentas y alguna que otra lección nocturna, les van mostrando cómo ganarse la vida cuando cae el sol. De a poco descubren que esas patas enormes y esas garras impresionantes no están ahí de adorno.
Todavía les falta crecer, pero el futuro parece bastante claro, dentro de unos meses ya no serán esos pichones curiosos que observan el monte desde una rama segura; serán parte de esa élite nocturna que hace que más de un ratón piense dos veces antes de salir de casa. Los futuros gigantes de la noche misionera ya están tomando apuntes y aprendiendo rápido. Y como siempre, gracias a Nico por la colaboración y por acercar este hermoso registro de pichones de lechuzón mocho chico que nos permite asomarnos, aunque sea un ratito, a la intimidad de estos reyes de la noche en formación.
Fotografías obtenidas en la Reserva Don Rodolfo / Cerro Santa Ana, hace ya un tiempo atrás.
23 jun 2026
"Sarna con gusto no pica".
Hoy estaba con poca inspiración para escribir, uno de esos días en los que me siento frente a la computadora, miro el teclado y las ideas parecen haberse ido de excursión.
Así que hice lo que vengo haciendo estos últimos meses, abrir carpetas viejas de fotografías y fue suficiente; bastó volver a recorrer las imágenes registradas durante aquel viaje a Curuzú Cuatiá para que empezaran a regresar los recuerdos, se refrescaron las charlas, volvieron las anécdotas, aparecieron nuevamente las caras de los amigos y hasta pude sentir otra vez el frío de aquellas mañanas caminando por el espinal correntino.
Al final, las fotografías tienen esa extraña magia, uno cree que está buscando una imagen para publicar y termina encontrando un montón de momentos que parecían dormidos en algún rincón de la memoria.
Entre esos recuerdos apareció esta sufrida pero divertida búsqueda de la monjita coronada en el campo del querido Doc. Ángel Prato, en el paraje María chica, cerca de Curuzú Cuatiá, Corrientes.
Parece mentira que hayan pasado ya doce años de aquel viaje inolvidable y que todavía conserve tan frescos los recuerdos de todo lo que conversábamos con el Doc. Aquella mañana le comentamos que después del almuerzo íbamos a salir a caminar para buscar a la siempre escurridiza monjita coronada.
Hay algo curioso entre los observadores/fotógrafos de aves, casi siempre nos fascina más lo que tiene el otro. El amigo correntino deliraba escuchando historias sobre la fotografía de aves en la selva misionera, mientras que yo, que vivo rodeado de selva, sentía una atracción especial por el espinal, por su fauna y particularmente por sus aves. Parece que el pasto siempre es más verde del otro lado, del lado del vecino... o, en este caso, que las espinas siempre son más interesantes en el campo ajeno.
Todavía me río al recordar la respuesta del Doc. cuando le contamos nuestros planes.
—Vayan ustedes... yo ni en pedo camino por esa plaga.
La definición era breve, pero extraordinariamente precisa.
Y es que caminar por el monte del Espinal es una experiencia de supervivencia textil y emocional. Entre algarrobos, chañares, espinillos, y tuscas, da la impresión de que todo el paisaje tiene un pacto secreto para retenerte a toda costa. Lo que empieza como una simple caminata termina convirtiéndose en una cómica lucha por salir entero de una naturaleza con bastante mal carácter.
Primero aparece un chañar que decide que la manga de tu campera es su nueva mejor amiga. Si lográs zafarte con una elegante maniobra de esquive, inmediatamente entra en acción la tusca, una planta que parece haber sido diseñada por un ingeniero especializado en armamento medieval. Siempre encuentra la forma de dejarte una espina colgando del pantalón... o clavada en la piel, para recordarte quién manda en ese monte.
En resumen, recorrer el espinal es una excelente práctica de paciencia, equilibrio y contorsionismo. Volvés a casa con la ropa más agujereada que un colador, pero también con anécdotas que justifican cada rasguño.
Y cuando ya estás al borde del colapso textil, aparece el algarrobo; su sombra generosa te regala un respiro y por unos segundos sentís que todo va a estar bien, hasta que mirás al suelo; las chauchas están desparramadas por todas partes y, si pisás una, el ruido es exactamente igual al de una botella de plástico vacía. Cada paso anuncia tu presencia a los cuatro vientos, y los pájaros ya saben por dónde venís mucho antes de que los veas vos.
Y así fue también con la monjita coronada; Uno conseguía acercarse cinco metros... y ella se alejaba treinta. Siempre alerta, siempre desconfiada, obligándonos a caminar un poco más entre espinas, frío y cansancio.
Fue una experiencia sufrida, las espinas, el frío que se mete hasta los huesos y varias horas de caminata campo traviesa hicieron que cada foto costara bastante más de lo que muestran las imágenes.
Pero ya saben cómo es esto. Como dice un viejo refrán de estos pagos... "Sarna con gusto no pica". Y menos todavía cuando la recompensa es regresar a casa con el registro de una especie que te hizo trabajar cada una de sus fotos.
Les comparto para el final esta secuencia de fotos con un enfoque y composiciones distintas a lo habitual, editadas por vez primera gracias a nuevas herramientas de proceamiento de imágenes que antes eran cosa de ciencia ficción; años en los que yo me preocupaba por estar cerca y que el modelo complete el mayor espacio posible en la toma, dejando al ambiente en un segundo plano olvidándome de que mostrar el hábitat también sirve de mucho, en este caso para mostrar la monocromía del espinal y a un tiránido super arisco que en el habita.
Saludos para todos !!!
Al final, las fotografías tienen esa extraña magia, uno cree que está buscando una imagen para publicar y termina encontrando un montón de momentos que parecían dormidos en algún rincón de la memoria.
Entre esos recuerdos apareció esta sufrida pero divertida búsqueda de la monjita coronada en el campo del querido Doc. Ángel Prato, en el paraje María chica, cerca de Curuzú Cuatiá, Corrientes.
Parece mentira que hayan pasado ya doce años de aquel viaje inolvidable y que todavía conserve tan frescos los recuerdos de todo lo que conversábamos con el Doc. Aquella mañana le comentamos que después del almuerzo íbamos a salir a caminar para buscar a la siempre escurridiza monjita coronada.
Hay algo curioso entre los observadores/fotógrafos de aves, casi siempre nos fascina más lo que tiene el otro. El amigo correntino deliraba escuchando historias sobre la fotografía de aves en la selva misionera, mientras que yo, que vivo rodeado de selva, sentía una atracción especial por el espinal, por su fauna y particularmente por sus aves. Parece que el pasto siempre es más verde del otro lado, del lado del vecino... o, en este caso, que las espinas siempre son más interesantes en el campo ajeno.
Todavía me río al recordar la respuesta del Doc. cuando le contamos nuestros planes.
—Vayan ustedes... yo ni en pedo camino por esa plaga.
La definición era breve, pero extraordinariamente precisa.
Y es que caminar por el monte del Espinal es una experiencia de supervivencia textil y emocional. Entre algarrobos, chañares, espinillos, y tuscas, da la impresión de que todo el paisaje tiene un pacto secreto para retenerte a toda costa. Lo que empieza como una simple caminata termina convirtiéndose en una cómica lucha por salir entero de una naturaleza con bastante mal carácter.
Primero aparece un chañar que decide que la manga de tu campera es su nueva mejor amiga. Si lográs zafarte con una elegante maniobra de esquive, inmediatamente entra en acción la tusca, una planta que parece haber sido diseñada por un ingeniero especializado en armamento medieval. Siempre encuentra la forma de dejarte una espina colgando del pantalón... o clavada en la piel, para recordarte quién manda en ese monte.
En resumen, recorrer el espinal es una excelente práctica de paciencia, equilibrio y contorsionismo. Volvés a casa con la ropa más agujereada que un colador, pero también con anécdotas que justifican cada rasguño.
Y cuando ya estás al borde del colapso textil, aparece el algarrobo; su sombra generosa te regala un respiro y por unos segundos sentís que todo va a estar bien, hasta que mirás al suelo; las chauchas están desparramadas por todas partes y, si pisás una, el ruido es exactamente igual al de una botella de plástico vacía. Cada paso anuncia tu presencia a los cuatro vientos, y los pájaros ya saben por dónde venís mucho antes de que los veas vos.
Y así fue también con la monjita coronada; Uno conseguía acercarse cinco metros... y ella se alejaba treinta. Siempre alerta, siempre desconfiada, obligándonos a caminar un poco más entre espinas, frío y cansancio.
Fue una experiencia sufrida, las espinas, el frío que se mete hasta los huesos y varias horas de caminata campo traviesa hicieron que cada foto costara bastante más de lo que muestran las imágenes.
Pero ya saben cómo es esto. Como dice un viejo refrán de estos pagos... "Sarna con gusto no pica". Y menos todavía cuando la recompensa es regresar a casa con el registro de una especie que te hizo trabajar cada una de sus fotos.
Les comparto para el final esta secuencia de fotos con un enfoque y composiciones distintas a lo habitual, editadas por vez primera gracias a nuevas herramientas de proceamiento de imágenes que antes eran cosa de ciencia ficción; años en los que yo me preocupaba por estar cerca y que el modelo complete el mayor espacio posible en la toma, dejando al ambiente en un segundo plano olvidándome de que mostrar el hábitat también sirve de mucho, en este caso para mostrar la monocromía del espinal y a un tiránido super arisco que en el habita.
Saludos para todos !!!
22 jun 2026
Copetón Bobito Myiarchus stolidus (Gosse, PH, 1847) Stolid Flycatcher
El viaje familiar a Punta Cana no fue solamente playa, pileta y gastronomía; como suele ocurrir en estos casos siempre aparece algún momento para escaparse unos minutos en busca de aves.
En una de esas caminatas por las calles internas que comunican los complejos Iberostar y Riu, mientras las mujeres del grupo inspeccionaban remeras, recuerdos y toda clase de chucherías cuyo atractivo escapa por completo a mi comprensión masculina, aproveché para hacer lo que más me gusta, caminar despacio mirando árboles y arbustos en busca de pajaritos. Por suerte no estaba solo en la misión, ya que mi hija me acompañaba en la recorrida.
Fue entonces cuando apareció uno de los habitantes más simpáticos de la isla, el Copetón Bobito (Myiarchus stolidus), conocido también como Atrapamoscas Juí o Manuelito en República Dominicana.
A primera vista puede parecer un atrapamoscas más, de tonos discretos y hábitos tranquilos. Sin embargo, observándolo unos minutos deja ver toda su personalidad. Se mueve entre ramas y claros del follaje realizando cortos vuelos para capturar insectos, regresando luego a su posadero favorito desde donde vigila atentamente los alrededores.
Su aspecto recuerda inmediatamente a los burlistos sudamericanos, y no es casualidad; ambos pertenecen al género Myiarchus, un grupo de aves ampliamente distribuido por América; de hecho, podría decirse que el Copetón Bobito es una especie de primo caribeño de nuestros burlistos. Comparte con ellos la silueta estilizada, la postura erguida, la costumbre de permanecer atento desde una rama elevada y esa expresión que parece mezclar curiosidad con cierto aire de importancia.
La diferencia principal es que, mientras algunos de nuestros burlistos suelen mostrarse bastante inquietos y bulliciosos, este "Manuelito" dominicano parecía tomarse la vida con más calma, observándonos con la tranquilidad de quien sabe perfectamente que está jugando de local.
Vamos con un poco de data científica ya que es la primera vez que publico a la especie en el blog, un nuevo Lifer, un nuevo bichito para mis registros.
El copetón bobito, también denominado atrapamoscas juí o manuelito (en la República Dominicana), es una especie de ave paseriforme de la familia Tyrannidae perteneciente al numeroso género Myiarchus.
Se encuentra en las grandes islas antillanas de Jamaica y La Española (República Dominicana y Haití) e islas aledañas.
Esta especie es considerada común en sus hábitats naturales, los bosques de tierras bajas y sus bordes, bosques áridos, matorrales y bosques de manglares. También en pinares (Pinus) o remanentes pero no en plantaciones de café en La Española. Es menos frecuente en bordes de bosques húmedos de elevaciones medias. Hasta los 1800 m de altitud.
Descripción original:
La especie M. stolidus fue descrita por primera vez por el ornitólogo británico Philip Henry Gosse en 1847 bajo el nombre científico Myiobius stolidus; su localidad tipo es: «Jamaica».
Etimología:
El nombre genérico masculino «Myiarchus» se compone de las palabras del griego «μυια muia, μυιας muias» que significa ‘mosca’, y «αρχος arkhos» que significa ‘jefe’; y el nombre de la especie «stolidus», en latín significa ‘tonto’, ‘estúpido’.
Taxonomía:
Ya fue considerado conespecífico con Myiarchus sagrae y Myiarchus antillarum.
Subespecies:
Según las clasificaciones del Congreso Ornitológico Internacional (IOC) y Clements Checklist/eBird se reconocen dos subespecies, con su correspondiente distribución geográfica:
Myiarchus stolidus dominicensis (Bryant), 1867 – La Española (Haiti, República Dominicana) e islas adyacentes (Gonâve, Tortuga, Grande Cayemite, isla de la Vaca, Beata, Catalina, Saona).
Myiarchus stolidus stolidus (Gosse), 1847 – Jamaica.
Referencias: https://es.wikipedia.org/wiki/Myiarchus_stolidus
Mapa de distribución en América
Copyright de los mapas Copyright-Ebird (www.ebird.org)
Para terminar les comparto pese a que soy muy reservado en el aspecto de compartir fotografías familiares en la web, esta selfie que nos sacamos con mi hija después de fotografiar al Manuelito; faltaron mi señora y mi suegra en la foto, pero las dos andaban por ahí mirando remeritas y otras chucherías como les dije .
Como siempre, agradezco a quienes acompañan en este espacio y comparten la pasión por observar aves, ya sea en cualquier ambiente natural, en una plaza urbana, o durante unas vacaciones familiares en cualquier rincón del continente. Al final, los mejores recuerdos de un viaje muchas veces terminan teniendo plumas.
En una de esas caminatas por las calles internas que comunican los complejos Iberostar y Riu, mientras las mujeres del grupo inspeccionaban remeras, recuerdos y toda clase de chucherías cuyo atractivo escapa por completo a mi comprensión masculina, aproveché para hacer lo que más me gusta, caminar despacio mirando árboles y arbustos en busca de pajaritos. Por suerte no estaba solo en la misión, ya que mi hija me acompañaba en la recorrida.
Fue entonces cuando apareció uno de los habitantes más simpáticos de la isla, el Copetón Bobito (Myiarchus stolidus), conocido también como Atrapamoscas Juí o Manuelito en República Dominicana.
A primera vista puede parecer un atrapamoscas más, de tonos discretos y hábitos tranquilos. Sin embargo, observándolo unos minutos deja ver toda su personalidad. Se mueve entre ramas y claros del follaje realizando cortos vuelos para capturar insectos, regresando luego a su posadero favorito desde donde vigila atentamente los alrededores.
Su aspecto recuerda inmediatamente a los burlistos sudamericanos, y no es casualidad; ambos pertenecen al género Myiarchus, un grupo de aves ampliamente distribuido por América; de hecho, podría decirse que el Copetón Bobito es una especie de primo caribeño de nuestros burlistos. Comparte con ellos la silueta estilizada, la postura erguida, la costumbre de permanecer atento desde una rama elevada y esa expresión que parece mezclar curiosidad con cierto aire de importancia.
La diferencia principal es que, mientras algunos de nuestros burlistos suelen mostrarse bastante inquietos y bulliciosos, este "Manuelito" dominicano parecía tomarse la vida con más calma, observándonos con la tranquilidad de quien sabe perfectamente que está jugando de local.
Vamos con un poco de data científica ya que es la primera vez que publico a la especie en el blog, un nuevo Lifer, un nuevo bichito para mis registros.
El copetón bobito, también denominado atrapamoscas juí o manuelito (en la República Dominicana), es una especie de ave paseriforme de la familia Tyrannidae perteneciente al numeroso género Myiarchus.
Se encuentra en las grandes islas antillanas de Jamaica y La Española (República Dominicana y Haití) e islas aledañas.
Esta especie es considerada común en sus hábitats naturales, los bosques de tierras bajas y sus bordes, bosques áridos, matorrales y bosques de manglares. También en pinares (Pinus) o remanentes pero no en plantaciones de café en La Española. Es menos frecuente en bordes de bosques húmedos de elevaciones medias. Hasta los 1800 m de altitud.
Descripción original:
La especie M. stolidus fue descrita por primera vez por el ornitólogo británico Philip Henry Gosse en 1847 bajo el nombre científico Myiobius stolidus; su localidad tipo es: «Jamaica».
Etimología:
El nombre genérico masculino «Myiarchus» se compone de las palabras del griego «μυια muia, μυιας muias» que significa ‘mosca’, y «αρχος arkhos» que significa ‘jefe’; y el nombre de la especie «stolidus», en latín significa ‘tonto’, ‘estúpido’.
Taxonomía:
Ya fue considerado conespecífico con Myiarchus sagrae y Myiarchus antillarum.
Subespecies:
Según las clasificaciones del Congreso Ornitológico Internacional (IOC) y Clements Checklist/eBird se reconocen dos subespecies, con su correspondiente distribución geográfica:
Myiarchus stolidus dominicensis (Bryant), 1867 – La Española (Haiti, República Dominicana) e islas adyacentes (Gonâve, Tortuga, Grande Cayemite, isla de la Vaca, Beata, Catalina, Saona).
Myiarchus stolidus stolidus (Gosse), 1847 – Jamaica.
Referencias: https://es.wikipedia.org/wiki/Myiarchus_stolidus
Mapa de distribución en América
Copyright de los mapas Copyright-Ebird (www.ebird.org)
Para terminar les comparto pese a que soy muy reservado en el aspecto de compartir fotografías familiares en la web, esta selfie que nos sacamos con mi hija después de fotografiar al Manuelito; faltaron mi señora y mi suegra en la foto, pero las dos andaban por ahí mirando remeritas y otras chucherías como les dije .
Como siempre, agradezco a quienes acompañan en este espacio y comparten la pasión por observar aves, ya sea en cualquier ambiente natural, en una plaza urbana, o durante unas vacaciones familiares en cualquier rincón del continente. Al final, los mejores recuerdos de un viaje muchas veces terminan teniendo plumas.
21 jun 2026
Los pájaros permanecen
Durante los años más activos del grupo y por ende de este blog hubo algo que siempre me gustó destacar, la cantidad de gente que terminó contagiándose de esta hermosa costumbre de mirar aves y fotografiarlas.
Entre ellos están dos compañeros de trabajo del Colegio Madre de la Misericordia, Nico Pavese y Lucho Lugo, y yo en primer lugar porque Willy fue el que me invitó a una jornada de observación de aves en el Jardín botánico de Posadas con sus alumnos del profesorado de Biología. Poco a poco fuimos descubriendo que detrás de cada salida, de cada viaje o de cada paseo familiar, siempre podía aparecer una especie interesante para registrar.
Así fue como comenzaron a llegar fotos desde distintos rincones del país, obtenidas durante vacaciones o escapadas familiares, imágenes que luego encontraban su lugar en estas páginas.
Recuerdo aquellos años con mucho cariño porque no existían competencias absurdas ni discusiones por ver quién tenía la mejor foto o la especie más rara, simplemente compartíamos lo que encontrábamos.
Cuando alguno viajaba a un lugar diferente, todos esperábamos con entusiasmo los registros que pudiera traer de regreso porque el objetivo era sencillo, disfrutar de las aves y mostrar la diversidad que íbamos descubriendo entre todos.
Quienes siguen el blog desde hace tiempo seguramente habrán notado que uno de los antiguos integrantes ya no está, no hace falta explicar demasiado ni tampoco tengo ganas de hacerlo.
En el complejo mundo de las relaciones humanas siempre aparecen los egos, las mezquindades y las diferencias de objetivos, no todos caminamos hacia el mismo lugar ni entendemos a la actividad, sea cual fuera de la misma manera.
Podría escribir muchísimo sobre todo lo que pasó desde finales de 2017 hasta hoy porque nueve años dan para muchas reflexiones. Algunas veces pensé en contar más detalles, otras preferí dejar que el tiempo hiciera su trabajo ya que al final comprendí que no vale la pena gastar demasiada energía en cuestiones que poco tienen que ver con aquello que nos reunió en primer lugar.
Porque aquí seguimos los que estamos, como dijo Willy hace poco; quizás sin la intensidad de aquellos años, al jubilarme yo en el año 2022 he perdido un importante punto de encuentro con los amigos, extraño y mucho las charlas en los recreos o en horas libres en las que como se imaginarán no hablábamos de otra cosa que no sean pajaritos.
Hoy con menos salidas compartidas y menos tiempo disponible, hay que tratar de mantener intacto lo esencial, pasarla bien, disfrutar de la naturaleza y celebrar cada encuentro dentro de lo que se pueda sacando fotos y de ser posible con nuevas especies o interesantes anécdotas para compartirlas en este espacio.
Las fotografías que acompañan esta entrada fueron obtenidas por Lucho Lugo durante un viaje familiar a Bariloche, el escenario fue el camping del Lago Guillelmo, un sitio privilegiado donde los bosques andino-patagónicos todavía guardan encuentros inolvidables para quienes caminan atentos.
El protagonista de las imágenes es nada menos que el Carpintero Gigante (Campephilus magellanicus), una de las aves más emblemáticas del sur argentino. Su tamaño imponente, su potente tamborileo y su estrecha relación con los bosques maduros lo convierten en una especie que difícilmente pase desapercibida.
Y como debe ser en este espacio, terminemos hablando de aves porque los seres humanos vamos y venimos, nos encontramos y nos alejamos, pero los pájaros siguen ahí, ajenos a nuestras pequeñas miserias.
Por suerte, ellos continúan siendo la mejor parte de esta historia.
saludos para todos, buen Domingo, Y feliz día del padre para quien le toque !!!
Así fue como comenzaron a llegar fotos desde distintos rincones del país, obtenidas durante vacaciones o escapadas familiares, imágenes que luego encontraban su lugar en estas páginas.
Recuerdo aquellos años con mucho cariño porque no existían competencias absurdas ni discusiones por ver quién tenía la mejor foto o la especie más rara, simplemente compartíamos lo que encontrábamos.
Cuando alguno viajaba a un lugar diferente, todos esperábamos con entusiasmo los registros que pudiera traer de regreso porque el objetivo era sencillo, disfrutar de las aves y mostrar la diversidad que íbamos descubriendo entre todos.
Quienes siguen el blog desde hace tiempo seguramente habrán notado que uno de los antiguos integrantes ya no está, no hace falta explicar demasiado ni tampoco tengo ganas de hacerlo.
En el complejo mundo de las relaciones humanas siempre aparecen los egos, las mezquindades y las diferencias de objetivos, no todos caminamos hacia el mismo lugar ni entendemos a la actividad, sea cual fuera de la misma manera.
Podría escribir muchísimo sobre todo lo que pasó desde finales de 2017 hasta hoy porque nueve años dan para muchas reflexiones. Algunas veces pensé en contar más detalles, otras preferí dejar que el tiempo hiciera su trabajo ya que al final comprendí que no vale la pena gastar demasiada energía en cuestiones que poco tienen que ver con aquello que nos reunió en primer lugar.
Porque aquí seguimos los que estamos, como dijo Willy hace poco; quizás sin la intensidad de aquellos años, al jubilarme yo en el año 2022 he perdido un importante punto de encuentro con los amigos, extraño y mucho las charlas en los recreos o en horas libres en las que como se imaginarán no hablábamos de otra cosa que no sean pajaritos.
Hoy con menos salidas compartidas y menos tiempo disponible, hay que tratar de mantener intacto lo esencial, pasarla bien, disfrutar de la naturaleza y celebrar cada encuentro dentro de lo que se pueda sacando fotos y de ser posible con nuevas especies o interesantes anécdotas para compartirlas en este espacio.
Las fotografías que acompañan esta entrada fueron obtenidas por Lucho Lugo durante un viaje familiar a Bariloche, el escenario fue el camping del Lago Guillelmo, un sitio privilegiado donde los bosques andino-patagónicos todavía guardan encuentros inolvidables para quienes caminan atentos.
El protagonista de las imágenes es nada menos que el Carpintero Gigante (Campephilus magellanicus), una de las aves más emblemáticas del sur argentino. Su tamaño imponente, su potente tamborileo y su estrecha relación con los bosques maduros lo convierten en una especie que difícilmente pase desapercibida.
Y como debe ser en este espacio, terminemos hablando de aves porque los seres humanos vamos y venimos, nos encontramos y nos alejamos, pero los pájaros siguen ahí, ajenos a nuestras pequeñas miserias.
Por suerte, ellos continúan siendo la mejor parte de esta historia.
saludos para todos, buen Domingo, Y feliz día del padre para quien le toque !!!
20 jun 2026
Un guía improvisado para un canadiense
Mi primer encuentro con el Barrancolí Pico Grueso había ocurrido apenas el día anterior, una observación tan inesperada como emocionante. Como suele suceder en estos casos, la noticia no tardó en correr entre los observadores de aves que nos encontrábamos alojados en el Iberostar Punta Cana ( solo éramos 2 =) ).
Entre ellos estaba un observador canadiense que, al enterarse del registro, me preguntó si estaría dispuesto a llevarlo al lugar exacto donde había visto al ave. La propuesta era tentadora, volver al sitio del hallazgo apenas veinticuatro horas después y comprobar si el pequeño habitante de La Española seguía allí.
A la mañana siguiente nos dirigimos al lugar, la expectativa era grande, porque cualquiera que haya buscado aves sabe que encontrar una rareza un día no garantiza volver a verla al siguiente. Sin embargo, esta vez la suerte estuvo de nuestro lado porque después de una breve búsqueda apareció nuevamente el protagonista de la historia. El barrancolí se mostró igual de colaborador que durante mi primer encuentro y permaneció varios minutos moviéndose entre las ramas cercanas. Mientras mi acompañante disfrutaba de la observación, yo aproveché la oportunidad para obtener las fotografías que ilustran esta publicación.
Aquella salida tuvo un doble premio, permitir que otro observador sumara una especie muy buscada y, al mismo tiempo, brindarme mas imágenes que conseguí de este pequeño y colorido habitante de República Dominicana.
A veces los registros más memorables no terminan cuando uno guarda la cámara, algunas historias tienen una segunda parte... y esta comenzó apenas un día después del primer encuentro.
A la mañana siguiente nos dirigimos al lugar, la expectativa era grande, porque cualquiera que haya buscado aves sabe que encontrar una rareza un día no garantiza volver a verla al siguiente. Sin embargo, esta vez la suerte estuvo de nuestro lado porque después de una breve búsqueda apareció nuevamente el protagonista de la historia. El barrancolí se mostró igual de colaborador que durante mi primer encuentro y permaneció varios minutos moviéndose entre las ramas cercanas. Mientras mi acompañante disfrutaba de la observación, yo aproveché la oportunidad para obtener las fotografías que ilustran esta publicación.
Aquella salida tuvo un doble premio, permitir que otro observador sumara una especie muy buscada y, al mismo tiempo, brindarme mas imágenes que conseguí de este pequeño y colorido habitante de República Dominicana.
A veces los registros más memorables no terminan cuando uno guarda la cámara, algunas historias tienen una segunda parte... y esta comenzó apenas un día después del primer encuentro.
Lo llamen como lo llamen, sigue siendo el mismo gritón
Actualizando nombres y retomando la actividad:
Después de un tiempo con menos movimiento en el blog vuelvo a encontrarme con una tarea que tarde o temprano siempre termina apareciendo; los cambios taxonómicos.
Los especialistas revisan, comparan, discuten, separan, unen y reorganizan especies, y como consecuencia algunos nombres científicos cambian. Así que llegó el momento de actualizar las etiquetas y publicaciones para que el contenido del blog acompañe esos cambios.
Voy a comenzar por el chimachima, aprovechando que ayer uno de estos personajes me dio una excusa perfecta para sacar nuevamente la cámara; en plena lluvia, mientras yo observaba el patio desde la comodidad del techo, el chima decidió instalarse en el paraíso del vecino y ponerse a gritar con entusiasmo, todo mojado y embarrado. Tan insistente fue que terminó obligándome a buscar la cámara y hacer algunas fotos entre las gotas.
Desde que comencé a fotografiar aves en el patio de casa, allá por 2010, nunca imaginé que llegaría a reunir imágenes de casi 150 especies diferentes. Algunas aparecen regularmente, otras son visitantes ocasionales y unas pocas constituyen verdaderas sorpresas que solo se dejan ver una vez, otras están presentes casi todos los días, y quizás por eso uno se termina acostumbrando y no le da mas importancia; esa diversidad es precisamente lo que mantiene viva la curiosidad después de tantos años de observación.
Aunque la finalidad de este blog nunca fue convertirse en una publicación científica, me parece importante conservar cierto rigor en la identificación de las especies y en los nombres utilizados, al fin y al cabo, las fotografías también terminan siendo pequeños registros de la fauna local y vale la pena que estén acompañadas por información actualizada.
Claro que tampoco hay que exagerar porque la parte científica suele ser la menos emocionante para la mayoría de los lectores. Mientras los taxónomos debaten géneros, especies, relaciones evolutivas,y complejos estudios de ADN, la mayoría de nosotros simplemente queremos disfrutar de las aves, conocer algunas curiosidades y admirar sus comportamientos.
Por eso, una vez hecha la actualización correspondiente, seguiré llamándolo como siempre, chimachima. Porque, seamos sinceros, suena mucho más amigable, cercano y simpático que andar presentándolo formalmente como Daptrius chimachima. Los dejo con las fotos, las dos primeras son de ayer, y el que está posado en el poste (en el frente de mi casa) tiene ya sus días, la edité en el teléfono usando la aplicación Adobe Lightroom. Saludos para todos y espero tengan un lindo Sábado !!!
Los especialistas revisan, comparan, discuten, separan, unen y reorganizan especies, y como consecuencia algunos nombres científicos cambian. Así que llegó el momento de actualizar las etiquetas y publicaciones para que el contenido del blog acompañe esos cambios.
Voy a comenzar por el chimachima, aprovechando que ayer uno de estos personajes me dio una excusa perfecta para sacar nuevamente la cámara; en plena lluvia, mientras yo observaba el patio desde la comodidad del techo, el chima decidió instalarse en el paraíso del vecino y ponerse a gritar con entusiasmo, todo mojado y embarrado. Tan insistente fue que terminó obligándome a buscar la cámara y hacer algunas fotos entre las gotas.
Desde que comencé a fotografiar aves en el patio de casa, allá por 2010, nunca imaginé que llegaría a reunir imágenes de casi 150 especies diferentes. Algunas aparecen regularmente, otras son visitantes ocasionales y unas pocas constituyen verdaderas sorpresas que solo se dejan ver una vez, otras están presentes casi todos los días, y quizás por eso uno se termina acostumbrando y no le da mas importancia; esa diversidad es precisamente lo que mantiene viva la curiosidad después de tantos años de observación.
Aunque la finalidad de este blog nunca fue convertirse en una publicación científica, me parece importante conservar cierto rigor en la identificación de las especies y en los nombres utilizados, al fin y al cabo, las fotografías también terminan siendo pequeños registros de la fauna local y vale la pena que estén acompañadas por información actualizada.
Claro que tampoco hay que exagerar porque la parte científica suele ser la menos emocionante para la mayoría de los lectores. Mientras los taxónomos debaten géneros, especies, relaciones evolutivas,y complejos estudios de ADN, la mayoría de nosotros simplemente queremos disfrutar de las aves, conocer algunas curiosidades y admirar sus comportamientos.
Por eso, una vez hecha la actualización correspondiente, seguiré llamándolo como siempre, chimachima. Porque, seamos sinceros, suena mucho más amigable, cercano y simpático que andar presentándolo formalmente como Daptrius chimachima. Los dejo con las fotos, las dos primeras son de ayer, y el que está posado en el poste (en el frente de mi casa) tiene ya sus días, la edité en el teléfono usando la aplicación Adobe Lightroom. Saludos para todos y espero tengan un lindo Sábado !!!
19 jun 2026
Fotos viejas, curiosidades nuevas
Buenos días, buenas tardes, buenas noches amigos!!!!
Hoy vuelvo a revisar algunas fotografías que habían quedado sin editar de aquel viaje familiar a República Dominicana en 2018, a veces uno piensa que ya mostró todo lo que tenía para mostrar de una salida o de un viaje, pero los años pasan, los discos rígidos guardan sorpresas y siempre aparece algunas imagenes que merecen la oportunidad de ser compartidas.
Estas fotografías de la Cotica fueron obtenidas durante las caminatas matutinas por los jardines del hotel mientras la mayoría de los huéspedes todavía dormía o disfrutaba del desayuno. Yo aprovechaba las primeras horas del día para recorrer senderos, escuchar cantos desconocidos y tratar de registrar algunas de las aves que frecuentaban el lugar.
En aquel día en particular mi atención estaba puesta casi exclusivamente en los loros; como suele ocurrir cuando viajamos a un sitio nuevo, uno intenta fotografiar todo lo que le resulta diferente y llamativo. Sin embargo, muchos años después, al volver a observar estas imágenes, surgió una pregunta que entonces ni siquiera se me había ocurrido, ¿qué árbol era ese que visitaban tan frecuentemente?
Ahí aparece una de las cosas más lindas de esta afición, nunca terminamos de aprender. Una fotografía tomada hace ocho años puede despertar hoy una nueva curiosidad y llevarnos a investigar algo que pasó completamente desapercibido en el momento de apretar el disparador.
Gracias a las herramientas que tenemos disponibles actualmente pude descubrir que se trata del olivo negro (Bucida buceras), un árbol muy común en buena parte del Caribe, se lo utiliza frecuentemente como especie ornamental en parques, plazas, hoteles y jardines por su porte elegante y su amplia copa, que brinda una excelente sombra en las cálidas jornadas tropicales.
Pero además de ser apreciado por las personas, parece ser un verdadero imán para las aves porque produce pequeños frutos que son consumidos por numerosas especies de loros, palomas, zorzales y otras aves frugívoras.
Al final, unas fotografías que originalmente tenían como protagonista a la cotorra de La Española terminaron enseñándome algo más sobre las plantas que forman parte de su ambiente. Y quizás esa sea una de las mayores riquezas de observar aves, comenzar mirando un pájaro y terminar aprendiendo sobre árboles, frutos, insectos, comportamientos y un sinfín de detalles que hacen que cada salida siga siendo una oportunidad para descubrir algo nuevo.
Muchas gracias por acompañarme una vez más en este recorrido por los recuerdos de viaje y por seguir compartiendo esta curiosidad interminable por la naturaleza.
Hasta la próxima.
Hoy vuelvo a revisar algunas fotografías que habían quedado sin editar de aquel viaje familiar a República Dominicana en 2018, a veces uno piensa que ya mostró todo lo que tenía para mostrar de una salida o de un viaje, pero los años pasan, los discos rígidos guardan sorpresas y siempre aparece algunas imagenes que merecen la oportunidad de ser compartidas.
Estas fotografías de la Cotica fueron obtenidas durante las caminatas matutinas por los jardines del hotel mientras la mayoría de los huéspedes todavía dormía o disfrutaba del desayuno. Yo aprovechaba las primeras horas del día para recorrer senderos, escuchar cantos desconocidos y tratar de registrar algunas de las aves que frecuentaban el lugar.
En aquel día en particular mi atención estaba puesta casi exclusivamente en los loros; como suele ocurrir cuando viajamos a un sitio nuevo, uno intenta fotografiar todo lo que le resulta diferente y llamativo. Sin embargo, muchos años después, al volver a observar estas imágenes, surgió una pregunta que entonces ni siquiera se me había ocurrido, ¿qué árbol era ese que visitaban tan frecuentemente?
Ahí aparece una de las cosas más lindas de esta afición, nunca terminamos de aprender. Una fotografía tomada hace ocho años puede despertar hoy una nueva curiosidad y llevarnos a investigar algo que pasó completamente desapercibido en el momento de apretar el disparador.
Gracias a las herramientas que tenemos disponibles actualmente pude descubrir que se trata del olivo negro (Bucida buceras), un árbol muy común en buena parte del Caribe, se lo utiliza frecuentemente como especie ornamental en parques, plazas, hoteles y jardines por su porte elegante y su amplia copa, que brinda una excelente sombra en las cálidas jornadas tropicales.
Pero además de ser apreciado por las personas, parece ser un verdadero imán para las aves porque produce pequeños frutos que son consumidos por numerosas especies de loros, palomas, zorzales y otras aves frugívoras.
Al final, unas fotografías que originalmente tenían como protagonista a la cotorra de La Española terminaron enseñándome algo más sobre las plantas que forman parte de su ambiente. Y quizás esa sea una de las mayores riquezas de observar aves, comenzar mirando un pájaro y terminar aprendiendo sobre árboles, frutos, insectos, comportamientos y un sinfín de detalles que hacen que cada salida siga siendo una oportunidad para descubrir algo nuevo.
Muchas gracias por acompañarme una vez más en este recorrido por los recuerdos de viaje y por seguir compartiendo esta curiosidad interminable por la naturaleza.
Hasta la próxima.
16 jun 2026
Menos disparos, mejores fotos
Ayer hablábamos de las bandadas mixtas y de la Saira dorada, una de esas especies que suelen acompañarnos durante los recorridos invernales por la selva. Hoy le toca el turno a otro integrante habitual de estos grupos inquietos y siempre activos, el Fiofío ceniciento.
Quienes llevamos años fotografiando aves sabemos que muchas veces las especies más comunes terminan siendo también las más difíciles de retratar de una manera diferente; uno vuelve a casa con cientos de registros, pero al revisarlos descubre que son básicamente las mismas fotos repetidas una y otra vez. El ave allá arriba, entre las ramas altas, parcialmente tapada por hojas, con luz complicada y fondos poco atractivos.
Y es lógico, El Fiofío ceniciento suele frecuentar el estrato alto de la selva, moviéndose constantemente entre el follaje junto a otras especies que integran las bandaditas mixtas. Durante años mis fotografías de esta especie fueron exactamente eso, registros útiles, pero lejos de las imágenes que uno imagina cuando sale al monte con la cámara.
Sin embargo, el tiempo tiene sus recompensas, las horas de observación terminan enseñando cosas que pasan desapercibidas para quien solamente busca una foto rápida; poco a poco uno comienza a reconocer comportamientos, rutinas y preferencias alimenticias. Aprende que estos pequeños insectívoros no pasan toda la jornada en las copas más altas y que, en determinadas circunstancias, bajan a niveles mucho más accesibles para nosotros.
Una de esas observaciones tiene que ver con el uso de ciertos árboles y arbustos que producen pequeños frutos muy atractivos para numerosas especies de aves, entre ellos se encuentra el palo pólvora (Trema micrantha), una planta que suele convertirse en un verdadero comedor para muchas especies de la selva cuando aparecen sus pequeños frutos. Allí no solamente aparecen saíras y tangarás; también pueden verse fiofíos, mosquetas y otros visitantes aprovechando esas diminutas frutitas.
Cuando uno descubre estos sitios, la fotografía deja de depender exclusivamente de la suerte, ya no se trata de caminar kilómetros esperando una oportunidad fugaz, se trata de conocer el escenario, anticiparse a los movimientos de las aves y preparar las condiciones para que ocurra la foto.
Es entonces cuando aparece otra parte del aprendizaje, esconderse cerca del árbol elegido, buscar una buena posición de luz, colocar alguna percha natural con líquenes, hongos o musgos que aporten interés a la escena, y simplemente esperar; esperar mucho más de lo que uno dispara.
Paradójicamente, con los años se aprende, y se termina haciendo menos fotografías que antes. Ya no se vuelve a casa con quinientas imágenes similares para rescatar apenas una, es preferible regresar con diez buenas fotos, pensadas y trabajadas desde la observación y el conocimiento del comportamiento de las aves. El equipo agradece el menor desgaste, la computadora agradece tener menos archivos para revisar, y el fotógrafo queda mucho más satisfecho cuando encuentra entre esas pocas imágenes alguna que realmente vale la pena compartir.
Porque al final, muchas veces la mejor fotografía no es la que se obtiene después de miles de disparos, sino la que llega después de años de aprender a mirar, por ello esta entrada solo tiene una foto que me paso Nico, una única toma pensada, buscada, y preparada para obtener un excelente resultado de este ocasional visitante del estrato bajo.
Quienes llevamos años fotografiando aves sabemos que muchas veces las especies más comunes terminan siendo también las más difíciles de retratar de una manera diferente; uno vuelve a casa con cientos de registros, pero al revisarlos descubre que son básicamente las mismas fotos repetidas una y otra vez. El ave allá arriba, entre las ramas altas, parcialmente tapada por hojas, con luz complicada y fondos poco atractivos.
Y es lógico, El Fiofío ceniciento suele frecuentar el estrato alto de la selva, moviéndose constantemente entre el follaje junto a otras especies que integran las bandaditas mixtas. Durante años mis fotografías de esta especie fueron exactamente eso, registros útiles, pero lejos de las imágenes que uno imagina cuando sale al monte con la cámara.
Sin embargo, el tiempo tiene sus recompensas, las horas de observación terminan enseñando cosas que pasan desapercibidas para quien solamente busca una foto rápida; poco a poco uno comienza a reconocer comportamientos, rutinas y preferencias alimenticias. Aprende que estos pequeños insectívoros no pasan toda la jornada en las copas más altas y que, en determinadas circunstancias, bajan a niveles mucho más accesibles para nosotros.
Una de esas observaciones tiene que ver con el uso de ciertos árboles y arbustos que producen pequeños frutos muy atractivos para numerosas especies de aves, entre ellos se encuentra el palo pólvora (Trema micrantha), una planta que suele convertirse en un verdadero comedor para muchas especies de la selva cuando aparecen sus pequeños frutos. Allí no solamente aparecen saíras y tangarás; también pueden verse fiofíos, mosquetas y otros visitantes aprovechando esas diminutas frutitas.
Cuando uno descubre estos sitios, la fotografía deja de depender exclusivamente de la suerte, ya no se trata de caminar kilómetros esperando una oportunidad fugaz, se trata de conocer el escenario, anticiparse a los movimientos de las aves y preparar las condiciones para que ocurra la foto.
Es entonces cuando aparece otra parte del aprendizaje, esconderse cerca del árbol elegido, buscar una buena posición de luz, colocar alguna percha natural con líquenes, hongos o musgos que aporten interés a la escena, y simplemente esperar; esperar mucho más de lo que uno dispara.
Paradójicamente, con los años se aprende, y se termina haciendo menos fotografías que antes. Ya no se vuelve a casa con quinientas imágenes similares para rescatar apenas una, es preferible regresar con diez buenas fotos, pensadas y trabajadas desde la observación y el conocimiento del comportamiento de las aves. El equipo agradece el menor desgaste, la computadora agradece tener menos archivos para revisar, y el fotógrafo queda mucho más satisfecho cuando encuentra entre esas pocas imágenes alguna que realmente vale la pena compartir.
Porque al final, muchas veces la mejor fotografía no es la que se obtiene después de miles de disparos, sino la que llega después de años de aprender a mirar, por ello esta entrada solo tiene una foto que me paso Nico, una única toma pensada, buscada, y preparada para obtener un excelente resultado de este ocasional visitante del estrato bajo.
15 jun 2026
Una oportunidad poco frecuente
¡Buenas tardes, amigos!
Hoy les comparto un par de fotografías de una especie que suele hacerse desear bastante cuando uno sale con la cámara al monte: la Saira dorada.
Quienes frecuentan la selva misionera durante el invierno seguramente la habrán visto alguna vez integrando esas infaltables bandaditas mixtas que recorren el estrato alto del bosque. Allí arriba, entre copas y ramas lejanas, se mueve inquieta junto a otras especies insectívoras y frugívoras, aprovechando la abundancia de alimento que encuentra en cada recorrido compartiendo andanzas con saíes, tangarás, chincheros, y algunas que otras sorpresas para los fotógrafos.
Y justamente ahí radica el principal desafío para quienes intentamos fotografiarla. La mayor parte del tiempo permanece a una altura considerable, moviéndose sin descanso entre el follaje, ofreciendo apenas breves destellos de su llamativo plumaje amarillo y negro. Muchas veces uno la escucha, la identifica con los binoculares o alcanza a verla cruzar entre los árboles, pero regresar a casa con una fotografía aceptable ya es otra historia.
Por eso cada vez que alguna de estas pequeñas joyas decide descender unos metros y ponerse a la altura de los fotógrafos, la oportunidad no puede desaprovecharse. Son esos momentos en los que todo parece acomodarse, la luz acompaña, el ave se muestra unos segundos más de lo habitual y la cámara logra capturar una imagen que permita apreciar toda la belleza de la especie.
En esta ocasión fue Nico quien tuvo la fortuna de encontrarse con una de esas oportunidades poco frecuentes y pudo obtener estas fotografías que hoy compartimos. Un lindo registro de una de las aves más vistosas de nuestra selva, y también un recordatorio de que muchas veces la paciencia termina teniendo recompensa.
Espero que disfruten de las imágenes tanto como nosotros disfrutamos cada encuentro con esta hermosa habitante de los montes misioneros.
¡Hasta la próxima!
Quienes frecuentan la selva misionera durante el invierno seguramente la habrán visto alguna vez integrando esas infaltables bandaditas mixtas que recorren el estrato alto del bosque. Allí arriba, entre copas y ramas lejanas, se mueve inquieta junto a otras especies insectívoras y frugívoras, aprovechando la abundancia de alimento que encuentra en cada recorrido compartiendo andanzas con saíes, tangarás, chincheros, y algunas que otras sorpresas para los fotógrafos.
Y justamente ahí radica el principal desafío para quienes intentamos fotografiarla. La mayor parte del tiempo permanece a una altura considerable, moviéndose sin descanso entre el follaje, ofreciendo apenas breves destellos de su llamativo plumaje amarillo y negro. Muchas veces uno la escucha, la identifica con los binoculares o alcanza a verla cruzar entre los árboles, pero regresar a casa con una fotografía aceptable ya es otra historia.
Por eso cada vez que alguna de estas pequeñas joyas decide descender unos metros y ponerse a la altura de los fotógrafos, la oportunidad no puede desaprovecharse. Son esos momentos en los que todo parece acomodarse, la luz acompaña, el ave se muestra unos segundos más de lo habitual y la cámara logra capturar una imagen que permita apreciar toda la belleza de la especie.
En esta ocasión fue Nico quien tuvo la fortuna de encontrarse con una de esas oportunidades poco frecuentes y pudo obtener estas fotografías que hoy compartimos. Un lindo registro de una de las aves más vistosas de nuestra selva, y también un recordatorio de que muchas veces la paciencia termina teniendo recompensa.
Espero que disfruten de las imágenes tanto como nosotros disfrutamos cada encuentro con esta hermosa habitante de los montes misioneros.
¡Hasta la próxima!
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