Cada vez que aparecen las aves migratorias en nuestros tórridos veranos no puedo evitar hacerme la misma pregunta ¿qué clase de criterio usan para elegir destino?.
Porque uno, apenas puede, busca una sombra, prende el ventilador, se toma un tereré y se queja del calor. Ellos, en cambio, abandonan lugares más frescos para venir voluntariamente al norte argentino... justo cuando el sol parece decidido a derretir hasta las piedras.
No sé si es valentía, masoquismo o simplemente que el GPS de las aves tiene un sentido del humor bastante particular.
El Tuquito rayado es uno de esos personajes. Todos los años llega cuando empiezan los calores fuertes, pasa la temporada entre árboles y montes, cría a sus pichones y, cuando por fin comienzan a aparecer los primeros días agradables, hace las valijas y se va.
¿En serio? ¿Se pierde la mejor parte del año?
Este tuvo la gentileza de hacer una escala en casa y posarse en el árbol del vecino, como diciendo "Pasaba a saludar antes de seguir buscando cuarenta grados a la sombra".
Y yo, desde mi patio, feliz de que semejante especialista en tomar malas decisiones climáticas me regalara unos minutos para fotografiarlo.
Al final, cada uno tiene sus gustos. Hay quienes esperan todo el año el invierno... y después están los tuquitos, que parecen convencidos de que el verano misionero es un excelente destino para pasar las vacaciones. Yo sigo sin entenderlos... pero agradezco mucho que existan.
Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.
Tus hijos te lo agradecerán.
13 jul 2026
Planeando por el barrio
Hoy salí a mirar aves con un frío de esos que obligan a esconder las manos en los bolsillos, en realidad no salí a ningúna parte digamos que me asomé al patio. Cielo despejado, viento del sur... y dos jotes cabeza negra dibujando círculos cada vez más altos sin un solo aleteo.
Preparé la cámara porque los ví posados en el tanque de agua de la escuela que está a media cuadra de casa, linda distancia como para fotografiar el despegue una vez que iniciaban el vuelo.
Apenas unos pocos aleteos para despegar, y después... dejaron que la física hiciera el resto.
Los jotes, como todos los integrantes de la familia Cathartidae, son verdaderos especialistas en el vuelo planeado. Su estrategia consiste en gastar energía únicamente para despegar y, una vez en el aire, aprovechar cualquier corriente ascendente disponible, básica dinámica de fluídos, el aire caliente sube, y el frío baja.
Las más conocidas son las térmicas, columnas de aire caliente que se elevan cuando el sol calienta el suelo de manera desigual. Los jotes giran dentro de esas columnas para ganar altura y luego planean durante cientos de metros, o incluso kilómetros, hasta encontrar la siguiente.
Pero ahí apareció un detalle que me llamó la atención; porque con el frío que hacía hoy, uno imaginaría que las térmicas serían débiles. Sin embargo, estudios recientes muestran que los buitres americanos también aprovechan otro recurso, la turbulencia y las pequeñas corrientes ascendentes que genera el viento al chocar contra árboles, montes, desniveles del terreno o incluso cambios en la vegetación. Es decir, no dependen exclusivamente del aire caliente que asciende. Son capaces de "leer" una atmósfera mucho más compleja de lo que nosotros alcanzamos a percibir.
Eso explicaría bastante bien lo que vi hoy. Un día frío, sí, pero con sol y viento sostenido. Tal vez las térmicas comenzaban a formarse lentamente, o quizás esos dos jotes simplemente iban enlazando pequeñas zonas de sustentación creadas por el relieve y el viento. Lo cierto es que ascendían con una facilidad que parecía desafiar la lógica. porque a la tercer vuelta que dieron en un radio de 100 metros ya estaban a unos 300 metros de altura, 1000 feet AGL (según la jerga aeronáutica).
No es casualidad que ingenieros aeronáuticos estudien el vuelo de los buitres para desarrollar algoritmos capaces de hacer que planeadores y drones aprovechen las corrientes de aire igual que ellos. Después de millones de años de evolución, estos "pilotos" naturales siguen teniendo bastante para enseñar.
Al final, una observación casual de apenas unos minutos terminó convirtiéndose en una linda excusa para aprender algo nuevo, y esa para mí sigue siendo una de las mejores cosas que tiene salir a mirar aves, aunque sea en el patio de nuestras casas.
Pero ahí apareció un detalle que me llamó la atención; porque con el frío que hacía hoy, uno imaginaría que las térmicas serían débiles. Sin embargo, estudios recientes muestran que los buitres americanos también aprovechan otro recurso, la turbulencia y las pequeñas corrientes ascendentes que genera el viento al chocar contra árboles, montes, desniveles del terreno o incluso cambios en la vegetación. Es decir, no dependen exclusivamente del aire caliente que asciende. Son capaces de "leer" una atmósfera mucho más compleja de lo que nosotros alcanzamos a percibir.
Eso explicaría bastante bien lo que vi hoy. Un día frío, sí, pero con sol y viento sostenido. Tal vez las térmicas comenzaban a formarse lentamente, o quizás esos dos jotes simplemente iban enlazando pequeñas zonas de sustentación creadas por el relieve y el viento. Lo cierto es que ascendían con una facilidad que parecía desafiar la lógica. porque a la tercer vuelta que dieron en un radio de 100 metros ya estaban a unos 300 metros de altura, 1000 feet AGL (según la jerga aeronáutica).
No es casualidad que ingenieros aeronáuticos estudien el vuelo de los buitres para desarrollar algoritmos capaces de hacer que planeadores y drones aprovechen las corrientes de aire igual que ellos. Después de millones de años de evolución, estos "pilotos" naturales siguen teniendo bastante para enseñar.
Al final, una observación casual de apenas unos minutos terminó convirtiéndose en una linda excusa para aprender algo nuevo, y esa para mí sigue siendo una de las mejores cosas que tiene salir a mirar aves, aunque sea en el patio de nuestras casas.
12 jul 2026
El mejor teleobjetivo sigue siendo el estar cerca.
Resulta curioso que las mejores fotos que tengo del Pato gargantilla no hayan salido en alguno de los tantos ambientes acuáticos que recorrimos por acá, sino a miles de kilómetros de casa, en uno de los lagos del Hotel Iberostar, durante las vacaciones del año 2018 en Punta Cana.
La explicación es mucho más sencilla de lo que parece, los protagonistas decidieron colaborar.
En fotografía de aves solemos obsesionarnos con el tamaño del teleobjetivo, cuando en realidad el factor que más influye en la calidad de una imagen suele ser otro mucho más simple; la distancia entre el ave y el fotógrafo.
Un lente largo ayuda, por supuesto, pero cuando el sujeto está demasiado lejos empiezan a aparecer enemigos invisibles. La perspectiva atmosférica reduce el contraste, la distorción producida por el calor deforma la imagen y las partículas de polución en suspensión terminan restando nitidez. Todo eso ocurre antes de que la luz llegue al sensor de la cámara.
En cambio, cuando el ave se acerca por decisión propia, la historia cambia por completo. Los detalles aparecen, las plumas se definen y la fotografía gana una calidad que muchas veces ningún equipo, por costoso que sea, puede compensar.
Estas imágenes son un buen ejemplo de ello; a veces, la mejor inversión para obtener una gran fotografía no es un teleobjetivo más grande... sino un modelo dispuesto a posar un poco más cerca.
Lástima que esa teoría no venga escrita en el manual de las aves. La mayoría parece disfrutar haciendo exactamente lo contrario; quedarse siempre unos metros más lejos... como si supieran perfectamente hasta dónde llega nuestro lente.
La explicación es mucho más sencilla de lo que parece, los protagonistas decidieron colaborar.
En fotografía de aves solemos obsesionarnos con el tamaño del teleobjetivo, cuando en realidad el factor que más influye en la calidad de una imagen suele ser otro mucho más simple; la distancia entre el ave y el fotógrafo.
Un lente largo ayuda, por supuesto, pero cuando el sujeto está demasiado lejos empiezan a aparecer enemigos invisibles. La perspectiva atmosférica reduce el contraste, la distorción producida por el calor deforma la imagen y las partículas de polución en suspensión terminan restando nitidez. Todo eso ocurre antes de que la luz llegue al sensor de la cámara.
En cambio, cuando el ave se acerca por decisión propia, la historia cambia por completo. Los detalles aparecen, las plumas se definen y la fotografía gana una calidad que muchas veces ningún equipo, por costoso que sea, puede compensar.
Estas imágenes son un buen ejemplo de ello; a veces, la mejor inversión para obtener una gran fotografía no es un teleobjetivo más grande... sino un modelo dispuesto a posar un poco más cerca.
Lástima que esa teoría no venga escrita en el manual de las aves. La mayoría parece disfrutar haciendo exactamente lo contrario; quedarse siempre unos metros más lejos... como si supieran perfectamente hasta dónde llega nuestro lente.
11 jul 2026
Carpintero Pitío - Colaptes pitius (Molina, GI, 1782) / Chilean Flicker
Un carpintero con acento patagónico.
Hay especies que llegan al blog apenas unos días después de haber sido fotografiadas. Otras, en cambio, quedan archivadas durante años, esperando pacientemente su oportunidad. Este es uno de esos casos.
Las fotos que hoy comparto fueron obtenidas por Luis Lugo durante uno de sus viajes a Bariloche, hace ya varios años. Permanecieron guardadas todo este tiempo hasta que, finalmente, les llegó el turno de convertirse en una nueva especie para Aves del NEA.
El Carpintero Pitío (Colaptes pitius) es uno de los carpinteros más característicos de los bosques andino-patagónicos y de las zonas abiertas del sur de Argentina y Chile. Su nombre proviene del pueblo mapuche y reproduce casi a la perfección el sonido de su llamado, ese inconfundible "pitío... pitío..." que muchas veces se escucha antes de descubrir al ave.
Con unos 32 a 34 centímetros de longitud, presenta un aspecto robusto y elegante. Su plumaje combina tonos pardos, ocres, blancos y negros, con un fino barrado que le brinda un excelente camuflaje entre troncos, ramas y suelos cubiertos de vegetación. La rabadilla blanca suele hacerse muy evidente cuando emprende vuelo, que como en muchos carpinteros resulta ondulado, unas pocas batidas de alas alternadas con breves planeos.
A diferencia de otros integrantes de la familia, el Pitío pasa buena parte del tiempo alimentándose sobre el suelo, como su pariente, el Carpintero campestre, no en vano comparten género.
Su dieta está compuesta principalmente por hormigas, larvas de escarabajos y otros invertebrados, aunque también busca alimento debajo de la corteza de árboles secos o semipodridos. Para ello utiliza su fuerte pico como un cincel y luego introduce su larga lengua pegajosa para extraer las presas escondidas. Ocasionalmente también incorpora algunos frutos a su alimentación.
Habita bosques abiertos, ecotonos, matorrales, áreas rurales, claros de bosque e incluso sectores de estepa con árboles dispersos. Es frecuente verlo posado sobre troncos secos, postes, rocas o caminando tranquilamente por el suelo, donde muchas veces resulta bastante confiado ante la presencia humana. Generalmente se observa en parejas o en pequeños grupos familiares y mantiene una marcada territorialidad durante la época reproductiva.
Como buen carpintero, construye sus propios sitios de nidificación. Lo habitual es que utilice troncos deteriorados, aunque también puede construir su nido en barrancas, taludes o laderas de tierra, una conducta menos frecuente entre sus parientes y que lo convierte en una especie bastante particular dentro del grupo.
No se trata de una especie amenazada y continúa siendo relativamente común dentro de su área de distribución. Sin embargo, como ocurre con tantas aves asociadas a ambientes naturales, la conservación de bosques maduros y árboles viejos sigue siendo fundamental para asegurar la disponibilidad de alimento y de sitios adecuados para reproducirse.
Aunque el Pitío pertenece a esos paisajes patagónicos tan distintos a los del nordeste argentino, siempre resulta un gusto sumar una especie nueva al archivo del blog. Después de tantos años de espera, estas fotografías de Lucho finalmente encuentran el lugar que merecían.
Mapa de distribución en América del Sur
Copyright-Ebird (www.ebird.org)
Hay especies que llegan al blog apenas unos días después de haber sido fotografiadas. Otras, en cambio, quedan archivadas durante años, esperando pacientemente su oportunidad. Este es uno de esos casos.
Las fotos que hoy comparto fueron obtenidas por Luis Lugo durante uno de sus viajes a Bariloche, hace ya varios años. Permanecieron guardadas todo este tiempo hasta que, finalmente, les llegó el turno de convertirse en una nueva especie para Aves del NEA.
El Carpintero Pitío (Colaptes pitius) es uno de los carpinteros más característicos de los bosques andino-patagónicos y de las zonas abiertas del sur de Argentina y Chile. Su nombre proviene del pueblo mapuche y reproduce casi a la perfección el sonido de su llamado, ese inconfundible "pitío... pitío..." que muchas veces se escucha antes de descubrir al ave.
Con unos 32 a 34 centímetros de longitud, presenta un aspecto robusto y elegante. Su plumaje combina tonos pardos, ocres, blancos y negros, con un fino barrado que le brinda un excelente camuflaje entre troncos, ramas y suelos cubiertos de vegetación. La rabadilla blanca suele hacerse muy evidente cuando emprende vuelo, que como en muchos carpinteros resulta ondulado, unas pocas batidas de alas alternadas con breves planeos.
A diferencia de otros integrantes de la familia, el Pitío pasa buena parte del tiempo alimentándose sobre el suelo, como su pariente, el Carpintero campestre, no en vano comparten género.
Su dieta está compuesta principalmente por hormigas, larvas de escarabajos y otros invertebrados, aunque también busca alimento debajo de la corteza de árboles secos o semipodridos. Para ello utiliza su fuerte pico como un cincel y luego introduce su larga lengua pegajosa para extraer las presas escondidas. Ocasionalmente también incorpora algunos frutos a su alimentación.
Habita bosques abiertos, ecotonos, matorrales, áreas rurales, claros de bosque e incluso sectores de estepa con árboles dispersos. Es frecuente verlo posado sobre troncos secos, postes, rocas o caminando tranquilamente por el suelo, donde muchas veces resulta bastante confiado ante la presencia humana. Generalmente se observa en parejas o en pequeños grupos familiares y mantiene una marcada territorialidad durante la época reproductiva.
Como buen carpintero, construye sus propios sitios de nidificación. Lo habitual es que utilice troncos deteriorados, aunque también puede construir su nido en barrancas, taludes o laderas de tierra, una conducta menos frecuente entre sus parientes y que lo convierte en una especie bastante particular dentro del grupo.
No se trata de una especie amenazada y continúa siendo relativamente común dentro de su área de distribución. Sin embargo, como ocurre con tantas aves asociadas a ambientes naturales, la conservación de bosques maduros y árboles viejos sigue siendo fundamental para asegurar la disponibilidad de alimento y de sitios adecuados para reproducirse.
Aunque el Pitío pertenece a esos paisajes patagónicos tan distintos a los del nordeste argentino, siempre resulta un gusto sumar una especie nueva al archivo del blog. Después de tantos años de espera, estas fotografías de Lucho finalmente encuentran el lugar que merecían.
Mapa de distribución en América del Sur
Copyright-Ebird (www.ebird.org)
Un recuerdo que vale más que las fotos....
Hay especies que, además de una fotografía, terminan guardando una época de la vida; para mí, el sietevestidos pampeano es una de ellas.
Recuerdo perfectamente el primer registro en los pastizales de la desembocadura del arroyo Apepú. Eran años en los que cualquier rato libre era una buena excusa para salir con la cámara. Mi hija entraba al colegio a las siete de la mañana y mis clases recién comenzaban a las 11:20, así que el equipo fotográfico viajaba conmigo en la mochila y, en lugar de esperar la hora de entrar a trabajar, me escapaba a recorrer algún lugar cercano.
El Jardín botánico de Posadas, cualquiera de los miradores costeros como el del fondo de la Avenida Jauretche, o el de atrás del Campus del Montoya, La Reserva del Arroyo Itá, el Arroyo Mártires, el Acceso Oeste, o nuestro querido Nemesio Parma que siempre nos regalaba registros muy interesantes.
De esa manera iban rotando los lugares los días Viernes porque en honor a la verdad prefería escaparme a sacar fotos antes que quedarme sin hacer nada en el colegio salvo en aquellos días en los que el clima no estaba a mi favor.
Linda rutina era la del regreso al colegio, porque siempre antes de entrar a clases era el momento del cambio de zapatillas por zapatos y unos minutos de dedicación meticulosa para despegarme los abrojos que quedaban pegados en el pantalón, fieles recordatorios de que la naturaleza siempre encuentra la forma de acompañarte regalándote algo mas que unas cuantas fotos.
También eran los tiempos de "La Pajarada", nuestro grupo de WhatsApp. Allí funcionaba la infalible "Radio Pajarito"; aparecía una especie interesante y las noticias ornitológicas corrían de inmediato para que cada uno, según el tiempo libre que tuviera, pudiera ir a buscarla. Por suerte, aquel sietevestidos permaneció varios días en la zona y todos los amigos tuvieron la oportunidad de fotografiarlo.
Hoy aquel rincón existe todavía, pero no como lo recuerdo yo. Si no me equivoco, en su lugar funciona un astillero. "La Pajarada" también quedó como un hermoso recuerdo de esos años en los que compartir un registro era casi tan lindo como hacerlo.
El sietevestidos, seguramente, seguirá recorriendo algún pastizal que haya logrado sobrevivir. Ojalá vuelva a cruzarse en nuestro camino y nos regale, una vez más, la mejor de las excusas para salir a pajarear.
Hoy les comparto estas fotos que sacó Roby allá por el 2017, en Nemesio, en la boca del Arroyo Apepú, imágenes que rescatan no solo a un lindo Sietevestidos pampeano, sino también un pedacito de aquellos años en los que cualquier rato libre alcanzaba para salir a pajarear y volver con la memoria llena de buenos momentos.
Recuerdo perfectamente el primer registro en los pastizales de la desembocadura del arroyo Apepú. Eran años en los que cualquier rato libre era una buena excusa para salir con la cámara. Mi hija entraba al colegio a las siete de la mañana y mis clases recién comenzaban a las 11:20, así que el equipo fotográfico viajaba conmigo en la mochila y, en lugar de esperar la hora de entrar a trabajar, me escapaba a recorrer algún lugar cercano.
El Jardín botánico de Posadas, cualquiera de los miradores costeros como el del fondo de la Avenida Jauretche, o el de atrás del Campus del Montoya, La Reserva del Arroyo Itá, el Arroyo Mártires, el Acceso Oeste, o nuestro querido Nemesio Parma que siempre nos regalaba registros muy interesantes.
De esa manera iban rotando los lugares los días Viernes porque en honor a la verdad prefería escaparme a sacar fotos antes que quedarme sin hacer nada en el colegio salvo en aquellos días en los que el clima no estaba a mi favor.
Linda rutina era la del regreso al colegio, porque siempre antes de entrar a clases era el momento del cambio de zapatillas por zapatos y unos minutos de dedicación meticulosa para despegarme los abrojos que quedaban pegados en el pantalón, fieles recordatorios de que la naturaleza siempre encuentra la forma de acompañarte regalándote algo mas que unas cuantas fotos.
También eran los tiempos de "La Pajarada", nuestro grupo de WhatsApp. Allí funcionaba la infalible "Radio Pajarito"; aparecía una especie interesante y las noticias ornitológicas corrían de inmediato para que cada uno, según el tiempo libre que tuviera, pudiera ir a buscarla. Por suerte, aquel sietevestidos permaneció varios días en la zona y todos los amigos tuvieron la oportunidad de fotografiarlo.
Hoy aquel rincón existe todavía, pero no como lo recuerdo yo. Si no me equivoco, en su lugar funciona un astillero. "La Pajarada" también quedó como un hermoso recuerdo de esos años en los que compartir un registro era casi tan lindo como hacerlo.
El sietevestidos, seguramente, seguirá recorriendo algún pastizal que haya logrado sobrevivir. Ojalá vuelva a cruzarse en nuestro camino y nos regale, una vez más, la mejor de las excusas para salir a pajarear.
Hoy les comparto estas fotos que sacó Roby allá por el 2017, en Nemesio, en la boca del Arroyo Apepú, imágenes que rescatan no solo a un lindo Sietevestidos pampeano, sino también un pedacito de aquellos años en los que cualquier rato libre alcanzaba para salir a pajarear y volver con la memoria llena de buenos momentos.
10 jul 2026
Ni te registra....
Hay miradas que intimidan, otras transmiten curiosidad,y después está la de la lechucita vizcachera.
No parece sorprendida por la presencia del fotógrafo ni tampoco interesada. Apenas un vistazo de reojo, con esa expresión que mezcla calma e indiferencia, como si uno fuera apenas un detalle más del paisaje.
Mientras nosotros hacemos equilibrio, buscamos el mejor ángulo, controlamos la luz y cruzamos los dedos para que no salga volando... ella permanece donde está, completamente ajena al esfuerzo del otro lado de la cámara. Quizás esa sea una de las cosas que más me atraen de esta especie. Tiene una personalidad difícil de describir, pero muy fácil de reconocer. Basta una mirada como esta para imaginar que ya nos vio hace rato... y simplemente decidió que no valía la pena prestarnos demasiada atención, siempre y cuando mantengamos las distancias y no ocupemos el espacio del otro.
No parece sorprendida por la presencia del fotógrafo ni tampoco interesada. Apenas un vistazo de reojo, con esa expresión que mezcla calma e indiferencia, como si uno fuera apenas un detalle más del paisaje.
Mientras nosotros hacemos equilibrio, buscamos el mejor ángulo, controlamos la luz y cruzamos los dedos para que no salga volando... ella permanece donde está, completamente ajena al esfuerzo del otro lado de la cámara. Quizás esa sea una de las cosas que más me atraen de esta especie. Tiene una personalidad difícil de describir, pero muy fácil de reconocer. Basta una mirada como esta para imaginar que ya nos vio hace rato... y simplemente decidió que no valía la pena prestarnos demasiada atención, siempre y cuando mantengamos las distancias y no ocupemos el espacio del otro.
Cuando el pastizal todavía tiene voz
En la publicación del chotoy comentaba que la mayor parte de las veces canta bien escondido entre la vegetación, obligando a afinar la vista y, sobre todo, la paciencia. El tachurí coludo juega a otra cosa.
Nico lo fotografió haciendo exactamente lo que mejor sabe hacer; posado en la punta de los tallos más altos del pastizal, bien expuesto, desde donde canta para marcar su territorio. No necesita ocultarse; al contrario, parece disfrutar de ese pequeño escenario natural que le regala el pastizal.
El problema es que cada vez quedan menos escenarios como ese.
El tachurí coludo (Culicivora caudacuta) depende de los pastizales naturales, uno de los ambientes más castigados y menos valorados de nuestra región. Año tras año, esos pastizales desaparecen para dar lugar a pasturas implantadas, monocultivos o cualquier otro uso considerado más "productivo". Y, como casi siempre ocurre, la naturaleza es la que termina pagando la cuenta.
Lo más frustrante es que existen alternativas. La ganadería sobre pastizales naturales, manejada de forma sustentable, permite producir y al mismo tiempo conservar el hábitat de numerosas especies. No son mundos incompatibles. El problema es que, demasiadas veces, se elige el camino más rápido y no el más inteligente.....como casi siempre.
Los pájaros no votan, no protestan y no hacen ruido fuera de sus cantos. Cuando el último pastizal desaparece, simplemente dejan de estar. Y entonces nos damos cuenta de que el silencio también puede ser una forma de pérdida. Los valores biológicos y agronómicos de los pastizales y sabanas de la Argentina ameritan su manejo a perpetuidad. El proyecto de Aves Argentinas se creó para eso, si les surgió la curiosidad les dejo el link a continuación. Saludos para todos!!!
Ganadería de pastizal
El problema es que cada vez quedan menos escenarios como ese.
El tachurí coludo (Culicivora caudacuta) depende de los pastizales naturales, uno de los ambientes más castigados y menos valorados de nuestra región. Año tras año, esos pastizales desaparecen para dar lugar a pasturas implantadas, monocultivos o cualquier otro uso considerado más "productivo". Y, como casi siempre ocurre, la naturaleza es la que termina pagando la cuenta.
Lo más frustrante es que existen alternativas. La ganadería sobre pastizales naturales, manejada de forma sustentable, permite producir y al mismo tiempo conservar el hábitat de numerosas especies. No son mundos incompatibles. El problema es que, demasiadas veces, se elige el camino más rápido y no el más inteligente.....como casi siempre.
Los pájaros no votan, no protestan y no hacen ruido fuera de sus cantos. Cuando el último pastizal desaparece, simplemente dejan de estar. Y entonces nos damos cuenta de que el silencio también puede ser una forma de pérdida. Los valores biológicos y agronómicos de los pastizales y sabanas de la Argentina ameritan su manejo a perpetuidad. El proyecto de Aves Argentinas se creó para eso, si les surgió la curiosidad les dejo el link a continuación. Saludos para todos!!!
Ganadería de pastizal
Por esta vez, a la vista de todos !!
Hay aves que parecen haber firmado un pacto con los pastizales porque se dejan escuchar bastante más de lo que se dejan ver. El chotoy es una de ellas.
La mayor parte del tiempo prefiere moverse entre la vegetación densa, donde encuentra refugio y pasa prácticamente desapercibido. Por eso, cuando decide salir unos segundos y posarse a la vista, como en este alambrado de púas del costado del camino de acceso al Club Refugio Ombú, conviene aprovechar la oportunidad sin perder tiempo.
Esta fotografía de Luis Krause es una de esas pequeñas recompensas que regala el pajareo. No hizo falta una gran persecución ni un escondite perfecto; simplemente coincidieron el lugar, el momento... y una buena cuota de suerte. Porque encontrar un chotoy completamente despejado, lejos de la maraña de arbustos donde suele esconderse, no es algo que ocurra todos los días.
La mayor parte del tiempo prefiere moverse entre la vegetación densa, donde encuentra refugio y pasa prácticamente desapercibido. Por eso, cuando decide salir unos segundos y posarse a la vista, como en este alambrado de púas del costado del camino de acceso al Club Refugio Ombú, conviene aprovechar la oportunidad sin perder tiempo.
Esta fotografía de Luis Krause es una de esas pequeñas recompensas que regala el pajareo. No hizo falta una gran persecución ni un escondite perfecto; simplemente coincidieron el lugar, el momento... y una buena cuota de suerte. Porque encontrar un chotoy completamente despejado, lejos de la maraña de arbustos donde suele esconderse, no es algo que ocurra todos los días.
9 jul 2026
El precio del progreso... Crónica de una pérdida anunciada
Hay lugares que uno vuelve a recorrer con la ilusión de reencontrarse con viejos conocidos, no hablo de personas, sino de esos rincones donde alguna vez apareció un ave inesperada, donde un amanecer regaló una buena fotografía o simplemente donde la naturaleza todavía conservaba algo de su esencia.
Ayer regresé al sector costero del arroyo Mártires después de 8 años; y el golpe fue duro.
Donde antes había vegetación, hoy hay hectáreas cubiertas por paneles solares, donde predominaban los distintos tonos de verde, ahora domina el negro, todo prolijamente despejado, todo al ras, todo en nombre del progreso.
No estoy en contra del desarrollo ni de las energías renovables; lo que cuesta entender es por qué, una vez más, el costo siempre lo paga la naturaleza. Pareciera que planificar para conservar nunca forma parte del proyecto, siempre resulta más sencillo ocupar los pocos ambientes naturales que todavía sobreviven.
Mientras tanto, seguimos promocionando a Misiones como un gran destino para la observación de aves, algo que sin dudas es cierto; pero ese patrimonio no se sostiene únicamente con campañas de promoción ni con hermosas fotografías. Se sostiene conservando los ambientes donde esas aves viven. Sin ellos, tarde o temprano solo quedarán los recuerdos y las imágenes de un tiempo que ya pasó.
Después de tantos años recorriendo estos lugares, las comparaciones son inevitables; no hacen falta estadísticas ni grandes estudios. Basta con volver a caminar por senderos conocidos para comprobar cuánto se ha perdido y a las pruebas me remito.
Ojalá algún día entendamos que el verdadero progreso no consiste en reemplazar cada metro cuadrado de naturaleza por infraestructura, sino en encontrar el equilibrio para que ambas cosas puedan convivir. Porque recuperar un ambiente destruido lleva décadas... cuando es que todavía resulta posible. Mientras tanto, quienes disfrutamos de la naturaleza seguiremos registrando estas transformaciones. No por nostalgia solamente, sino con la esperanza de que, aunque sea por un momento, alguien se detenga a pensar si realmente este era el único camino posible.
Saludos para todos !!!
Ayer regresé al sector costero del arroyo Mártires después de 8 años; y el golpe fue duro.
Donde antes había vegetación, hoy hay hectáreas cubiertas por paneles solares, donde predominaban los distintos tonos de verde, ahora domina el negro, todo prolijamente despejado, todo al ras, todo en nombre del progreso.
No estoy en contra del desarrollo ni de las energías renovables; lo que cuesta entender es por qué, una vez más, el costo siempre lo paga la naturaleza. Pareciera que planificar para conservar nunca forma parte del proyecto, siempre resulta más sencillo ocupar los pocos ambientes naturales que todavía sobreviven.
Mientras tanto, seguimos promocionando a Misiones como un gran destino para la observación de aves, algo que sin dudas es cierto; pero ese patrimonio no se sostiene únicamente con campañas de promoción ni con hermosas fotografías. Se sostiene conservando los ambientes donde esas aves viven. Sin ellos, tarde o temprano solo quedarán los recuerdos y las imágenes de un tiempo que ya pasó.
Después de tantos años recorriendo estos lugares, las comparaciones son inevitables; no hacen falta estadísticas ni grandes estudios. Basta con volver a caminar por senderos conocidos para comprobar cuánto se ha perdido y a las pruebas me remito.
Ojalá algún día entendamos que el verdadero progreso no consiste en reemplazar cada metro cuadrado de naturaleza por infraestructura, sino en encontrar el equilibrio para que ambas cosas puedan convivir. Porque recuperar un ambiente destruido lleva décadas... cuando es que todavía resulta posible. Mientras tanto, quienes disfrutamos de la naturaleza seguiremos registrando estas transformaciones. No por nostalgia solamente, sino con la esperanza de que, aunque sea por un momento, alguien se detenga a pensar si realmente este era el único camino posible.
Saludos para todos !!!
8 jul 2026
Colaborador..... Pero con cláusulas
Cuando un ave "colabora"... pero pone sus condiciones.
Este yetapá negro decidió portarse de maravilla. Volaba, pero fiel a su típico comportamiento siempre volvía a la misma percha, no se escondió y hasta parecía dispuesto a dejarse fotografiar...
El pequeño detalle era que eligió quedarse allá arriba, como casi todas las veces que me lo encontré, a unos treinta metros de altura, en el extremo de unas ramitas secas de un árbol de la entrada del Parque Provincial Cruce Caballero, cual era el árbol?.. se los debo porque esa nunca fue mi especialidad. Así que la paciencia la puso él... y el trabajo lo pusieron mis brazos, sosteniendo casi dos kilos de cámara y teleobjetivo apuntando al cielo hasta conseguir algunas fotos rescatables; con pocos detalles para mostrar porque un pajarito de un poco mas de 20 centímetros a esa distancia digamos que es una tarea imposible. Todavía hoy, cada vez que veo fotos de esa carpeta, me acuerdo de aquel último viaje de pajareo por Cruce Caballero, allá por 2018 ... y del ejercicio de brazos que vino incluido sin costo extra.
Este yetapá negro decidió portarse de maravilla. Volaba, pero fiel a su típico comportamiento siempre volvía a la misma percha, no se escondió y hasta parecía dispuesto a dejarse fotografiar...
El pequeño detalle era que eligió quedarse allá arriba, como casi todas las veces que me lo encontré, a unos treinta metros de altura, en el extremo de unas ramitas secas de un árbol de la entrada del Parque Provincial Cruce Caballero, cual era el árbol?.. se los debo porque esa nunca fue mi especialidad. Así que la paciencia la puso él... y el trabajo lo pusieron mis brazos, sosteniendo casi dos kilos de cámara y teleobjetivo apuntando al cielo hasta conseguir algunas fotos rescatables; con pocos detalles para mostrar porque un pajarito de un poco mas de 20 centímetros a esa distancia digamos que es una tarea imposible. Todavía hoy, cada vez que veo fotos de esa carpeta, me acuerdo de aquel último viaje de pajareo por Cruce Caballero, allá por 2018 ... y del ejercicio de brazos que vino incluido sin costo extra.
El tapicurú eligió fotógrafo...
Hay aves que uno persigue durante años, las escucha, las busca, estudia sus costumbres, camina kilómetros... y cuando por fin aparecen, lo hacen a doscientos metros de distancia, detrás de una maraña de ramas y con la única ramita disponible justo cruzándole la cabeza; como si supieran exactamente cuánto nos gusta complicarnos la existencia.
El tapicurú, al menos para mí, pertenece a ese selecto grupo, porque en todos estos años solamente tuve una oportunidad de verlo, y la foto que conseguí fue poco menos que un milagro. Tan lejos estaba que, si hubiera dado dos pasos más hacia atrás, probablemente habría necesitado pedir prestado un telescopio en lugar del teleobjetivo.
Pero claro... después están los otros. En toda salida de observación siempre existe ese personaje al que las aves parecen haber agregado a su lista de "contactos favoritos". En nuestro grupo ese privilegio recae, sin discusión alguna, sobre Nico Pavese y Lucho Lugo, Digamos, para mantener la elegancia del lenguaje escrito, que son dueños de una fortuna desproporcionada; porque hay expresiones mucho más gráficas para definir esa condición, pero prefiero dejarlas para cuando el mate circula entre amigos.
Mientras algunos celebramos una foto testimonial sacada desde el código postal vecino, ellos se encuentran un tapicurú caminando por el suelo, cerquita, con una luz de esas que hacen sonreír a cualquier fotógrafo, y como si semejante regalo no alcanzara, el ave encima les concede varios minutos de paciencia para probar distintos encuadres, bajar hasta su misma altura y hacer un verdadero tumbing, logrando esa perspectiva que todos soñamos conseguir alguna vez.
Hay días en que la naturaleza reparte las cartas de manera bastante desigual.
Así que hoy no queda otra que disfrutar de esta imagen, felicitar al autor por semejante encuentro... y admitir, con una mezcla de sana envidia y mucho humor, que algunos nacieron para buscar aves... y otros, evidentemente, nacieron para que las aves los busquen a ellos....
Será hasta la próxima !!!!!
Pero claro... después están los otros. En toda salida de observación siempre existe ese personaje al que las aves parecen haber agregado a su lista de "contactos favoritos". En nuestro grupo ese privilegio recae, sin discusión alguna, sobre Nico Pavese y Lucho Lugo, Digamos, para mantener la elegancia del lenguaje escrito, que son dueños de una fortuna desproporcionada; porque hay expresiones mucho más gráficas para definir esa condición, pero prefiero dejarlas para cuando el mate circula entre amigos.
Mientras algunos celebramos una foto testimonial sacada desde el código postal vecino, ellos se encuentran un tapicurú caminando por el suelo, cerquita, con una luz de esas que hacen sonreír a cualquier fotógrafo, y como si semejante regalo no alcanzara, el ave encima les concede varios minutos de paciencia para probar distintos encuadres, bajar hasta su misma altura y hacer un verdadero tumbing, logrando esa perspectiva que todos soñamos conseguir alguna vez.
Hay días en que la naturaleza reparte las cartas de manera bastante desigual.
Así que hoy no queda otra que disfrutar de esta imagen, felicitar al autor por semejante encuentro... y admitir, con una mezcla de sana envidia y mucho humor, que algunos nacieron para buscar aves... y otros, evidentemente, nacieron para que las aves los busquen a ellos....
Será hasta la próxima !!!!!
7 jul 2026
Silencio de campo.... Mirada de aguilucho.
Hay aves que parecen haber nacido para formar parte del paisaje argentino, uno recorre un camino de tierra, cruza un alambrado, ve un poste solitario en medio del campo... y casi espera encontrarlo allí, firme, mirando el horizonte como si fuera el dueño del lugar; el aguilucho colorado es una de ellas.
No necesita hacer piruetas en el aire para llamar la atención, le alcanza con esa postura serena, con esa mirada que parece conocer cada rincón del campo y con esa paciencia infinita para esperar el momento justo.
Después de casi diez años sin publicar fotografías de la especie en el blog, hoy le toca el turno a esta serie obtenida por el amigo Luis Krause en el camino de acceso al Club Refugio Ombú. Un sitio donde más de una vez las rapaces nos regalaron encuentros memorables y que, afortunadamente, sigue sorprendiéndonos.
Siempre digo que las aves son parte de nuestra identidad tanto como el mate, el chamamé o el color rojo de la tierra misionera. Algunas especies tienen esa capacidad de mezclarse con el paisaje de una manera tan natural que cuesta imaginar el campo sin ellas.
Por eso estas fotos no muestran solamente un ave rapaz, también retratan un pedacito de ese litoral que tanto queremos recorrer, cámara en mano, disfrutando de esos encuentros que hacen que cada salida valga la pena.
Gracias, Luis, por seguir aportando imágenes para que Aves del NEA continúe creciendo y para que, diez años después, el aguilucho colorado vuelva a ocupar el lugar que merece en estas páginas.
No necesita hacer piruetas en el aire para llamar la atención, le alcanza con esa postura serena, con esa mirada que parece conocer cada rincón del campo y con esa paciencia infinita para esperar el momento justo.
Después de casi diez años sin publicar fotografías de la especie en el blog, hoy le toca el turno a esta serie obtenida por el amigo Luis Krause en el camino de acceso al Club Refugio Ombú. Un sitio donde más de una vez las rapaces nos regalaron encuentros memorables y que, afortunadamente, sigue sorprendiéndonos.
Siempre digo que las aves son parte de nuestra identidad tanto como el mate, el chamamé o el color rojo de la tierra misionera. Algunas especies tienen esa capacidad de mezclarse con el paisaje de una manera tan natural que cuesta imaginar el campo sin ellas.
Por eso estas fotos no muestran solamente un ave rapaz, también retratan un pedacito de ese litoral que tanto queremos recorrer, cámara en mano, disfrutando de esos encuentros que hacen que cada salida valga la pena.
Gracias, Luis, por seguir aportando imágenes para que Aves del NEA continúe creciendo y para que, diez años después, el aguilucho colorado vuelva a ocupar el lugar que merece en estas páginas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



























