Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.

22 oct 2026

Por amor al deporte, como quien dice Noches de ruta, aves y repuestos.

Hoy comparto una fotografía de un Atajacaminos ala negra, tomada por Nico Pavese sobre la ruta provincial 204, antes de llegar a Profundidad.
Y hablando de atajacaminos, me acuerdo de aquellas salidas nocturnas por los caminos vecinales del sur de Misiones, cuando mientras la gente normal dormía calentita en su cama, nosotros andábamos a los saltos dentro del auto, buscando aves que solamente se dejan ver cuando cae la noche. Porque claro, a quién se le ocurre quedarse en casa descansando si uno puede salir a romperse la espalda y, de paso, hacerle un pequeño aporte económico a los talleres mecánicos de la zona.
Todo sea por una buena fotografía, ¿vio? Amortiguadores, bujes, tren delantero, neumáticos… alguna que otra pieza que empieza a hacer ruidos raros y el mecánico que nos mira con esa cara de «¿por dónde anduviste esta vez?». Y uno, con la mejor cara de inocente, tratando de explicar que salió a dar una vueltita nomás. ¡Una vueltita de esas que dejan el presupuesto familiar pidiendo auxilio!.
Pero bueno, son los sacrificios que hacemos los fotógrafos de aves. Algunos practican tenis, otros salen a correr, y nosotros hacemos turismo mecánico por caminos de tierra, a oscuras y con pozos que parecen cráteres lunares. Todo para conseguir una foto de un bicho que, encima, muchas veces decide levantar vuelo justo cuando uno acomoda la cámara.
Y lo más lindo de todo es que nadie nos paga por semejante proeza. Ni viáticos, ni premios, ni siquiera un descuento en el taller. Lo hacemos pura y exclusivamente por amor al arte… o por amor al deporte, como quien dice. Aunque, a esta altura, no sé si somos fotógrafos de aves o auspiciantes involuntarios de las casas de repuestos.
En fin, acá está el Atajacaminos ala negra de Nico, que al menos tuvo la gentileza de quedarse quieto para la foto. ¡Algo es algo! Porque si después de semejante inversión en combustible y tren delantero no volvemos con una buena imagen, por lo menos que nos quede el consuelo de haber hecho ejercicio… aunque sea de riñones, con cada pozo del camino.

Vuelvo a compartir hoy esta foto de aquella vez en la que nico estaba sacando la foto que compartí hoy, ya estaba publicada pero han pasado tantos años que viene bien refrescar un poco la memoria.

21 oct 2026

Loicas, flamencos, y kilómetros de estepa

Fotos para hoy… tres fotografías de Loica común, también conocida como Pecho colorado grande, que pude fotografiar unos años atrás.
Llueve y no puedo salir a seguir relevando aquel pastizal con capuerón y arroyo que encontré en mi barrio, así que me siento frente al monitor para viajar una vez más, aunque esta vez sea de manera virtual. Editar fotografías tiene esas cosas, uno empieza mirando una imagen y termina volviendo en el tiempo, recordando lugares, caminos y momentos que parecían haber quedado guardados vaya uno a saber en qué rincón de la memoria. Es como volver a subirse al auto, preparar todo para el viaje y recorrer kilómetros de rutas en otras provincias buscando nuevos sujetos emplumados para fotografiar.
Recuerdo perfectamente el lugar en el que nos detuvimos unos quince minutos al costado de la ruta aquel martes 22 de abril. Bueno, digo que lo recuerdo perfectamente, pero tampoco tengo una memoria tan prodigiosa; por suerte, los datos EXIF de las fotografías vienen al rescate cuando la memoria empieza a fallar. Ruta Nacional 251, provincia de Río Negro, unos cuantos kilómetros antes de llegar a General Conesa, viajando rumbo a San Antonio Oeste, el lugar donde nací.
Volvamos a los pájaros, que para eso estamos acá. Veníamos recorriendo la ruta cuando vimos unos flamencos y decidimos detenernos para fotografiarlos. En esos viajes familiares, una parada que para cualquiera podría ser simplemente un descanso para estirar las piernas, para el que anda con una cámara a cuestas puede convertirse en una pequeña expedición. Y lo mejor es que nunca sabés muy bien con qué te vas a encontrar.
Apenas nos detuvimos, en medio de aquella inmensidad patagónica, empezaron a escucharse cantos de aves. Casi todos desconocidos para mí, porque una cosa es conocer las especies por los libros y las fotografías, y otra muy distinta es encontrarse por primera vez con ellas en su ambiente natural. Ahí empieza el desafío de mirar, escuchar, identificar y, si se puede, conseguir alguna fotografía que nos permita llevarnos un recuerdo de ese encuentro.
Había que aprovechar el tiempo, porque la familia esperaba y todavía quedaban muchos kilómetros por recorrer. Quince minutos alcanzaron para hacer unas cien fotografías, entre flamencos, yales, loicas y algunos patos que hasta ese momento nunca había visto en persona. También hubo tiempo para completar la libreta de campo, anotar lo observado y tratar de que no se nos escapara ningún detalle importante. Después, a guardar los equipos, volver al auto y seguir viaje.
Así eran y siguen siendo, al menos en mis recuerdos, esos viajes en familia en los que uno intenta combinar los kilómetros de ruta con las pequeñas escapadas ornitológicas que aparecen por el camino. Seguramente para los demás quince minutos fueron apenas una parada más, pero para mí significaron un montón de encuentros nuevos, fotografías y registros que todavía hoy, varios años después, me permiten volver a estar allí.
Y así seguimos recorriendo la estepa patagónica, mirando el paisaje por las ventanillas y esperando descubrir qué otra sorpresa nos tenía preparada la ruta. Porque uno puede planificar un viaje, marcar destinos en el mapa y calcular distancias, pero nunca sabe cuándo va a aparecer ese rincón que lo obligue a frenar, sacar la cámara y olvidarse por un rato de todo lo demás.
Hoy, con la lluvia impidiéndome salir al campo, esas tres fotografías de Loica común me regalaron nuevamente aquel viaje. No hizo falta cargar el equipo ni recorrer cientos de kilómetros. Bastó sentarme frente al monitor para volver, aunque fuera por un rato, a aquella ruta de Río Negro, con un pequeño lago al costado del camino, con los flamencos a la vista, los cantos desconocidos alrededor y la satisfacción de haber aprovechado cada uno de esos quince minutos.


20 oct 2026

Perico - Psittacara chloropterus, de Souancé, C, 1856 Hispaniolan Parakeet

Bueno...... Hoy tres fotos de una especie endémica que tuve la suerte de fotografiar en Punta Cana, República Dominicana. Y digo que tuve suerte porque el encuentro fue de pura casualidad. Estos loros estaban alimentándose muy silenciosamente, tanto que ni me había dado cuenta de su presencia. Recién levanté la cabeza cuando empecé a notar que caían encima mío algunos cortes de brotes y tallos de la vegetación, mientras yo estaba entretenido fotografiando otra cosa. ¡Miren ustedes! Resulta que tenía compañía arriba y ni enterado estaba. Por suerte, alcancé a hacer estas tres fotos que hoy comparto en el blog.
Se trata de la Aratinga de La Española (Psittacara chloropterus), un loro de la familia Psittacidae propio de la isla La Española, territorio que comparten la República Dominicana y Haití. Es decir, una especie endémica de esa isla, aunque también existen poblaciones introducidas en otros lugares del Caribe.
Como ocurre con muchas especies del género Amazona, predomina el color verde en su plumaje, pero si uno se detiene a observarla aparecen varios detalles que ayudan a reconocerla. Tiene la frente blanca, zonas azuladas en las alas y alrededor de las mejillas, una mancha rojiza bordó en el vientre y plumas rojas en la cola. Mide aproximadamente entre 28 y 31 centímetros, así que estamos hablando de un loro de tamaño mediano, de aspecto bastante compacto y con una combinación de colores que vale la pena mirar con atención.
Habita distintos ambientes arbolados, desde bosques húmedos y montanos hasta zonas más secas con palmeras y áreas rurales. También puede acercarse a los cultivos e incluso utilizar espacios verdes de ambientes urbanos. Su alimentación incluye frutos, semillas y otras partes vegetales, por lo que no resulta extraño que estos ejemplares estuvieran aprovechando los brotes tiernos de algún árbol mientras yo, abajo, seguía concentrado en mis fotografías sin sospechar que tenía a estos vecinos trabajando sobre mi cabeza.
Cuando los vi, enseguida me llamó la atención el tremendo parecido que tienen con nuestro Calancate ala roja (Psittacara leucophthalmus), ese que tenemos por acá en Misiones. A primera vista parecen especies fotocopiadas, con tantas similitudes en su aspecto que cuesta no pensar en nuestro loro de casa. Pero cuando levantaron vuelo y empezaron a vocalizar, pude notar una de las principales diferencias: el canto de estos loros de La Española es más agudo. En ese momento anoté Psittacara en mi libretita de campo, y por lo visto no le erré demasiado con la primera impresión, aunque después tocara confirmar la identidad de estos visitantes caribeños.

Pero no todo es color verde en la historia de esta especie. La Cotorra de La Española está catalogada como Vulnerable a nivel mundial por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Su población ha sufrido una disminución importante y se estima que quedan entre 6.000 y 15.000 individuos adultos, aunque todavía existen incertidumbres sobre el tamaño real de la población y su evolución.
Entre sus principales amenazas se encuentran la pérdida y degradación del hábitat, la captura de ejemplares para mantenerlos en cautiverio y la persecución directa. Como sucede con tantos loros, su capacidad para adaptarse a ciertos ambientes modificados por el ser humano no significa que tenga asegurado el futuro. La presión sobre los bosques y la extracción de ejemplares de la naturaleza pueden terminar pasando factura, incluso a una especie que todavía puede observarse en distintos lugares de su área de distribución.
Por eso es importante conservar los ambientes naturales que todavía le sirven de refugio, controlar la captura y el comercio ilegal y evitar que la tenencia de aves silvestres siga alimentando la extracción de individuos de sus poblaciones naturales. En Haití, donde antes era abundante, ahora es más restringida con reductos en el Macizo de la Selle y el Macizo de la Hotte. Ahora se registra relativamente poco en tierras bajas, y bandadas de > 50 individuos son inusuales en cualquier lugar, aunque ocasionalmente se encuentran números mayores en descansos comunales.

Y así fue como, sin salir a buscarla ni imaginar que podía encontrarla, terminé sumando una nueva especie a las páginas de Aves del NEA. Tres fotos, un encuentro inesperado y otra de esas pequeñas historias que nos recuerdan que, cuando estamos en contacto con la naturaleza, conviene mirar también hacia arriba. ¡Nunca se sabe quién puede estar comiendo sobre nuestras cabezas.
Mapa de distribución en La Isla La Española
Copyright de los mapas Copyright-Ebird (www.ebird.org)





19 oct 2026

El ñandú, orgullo de nuestros campos… y víctima de la estupidez humana

Para hoy, unas fotografías de nuestro emblemático y autóctono ñandú (Rhea americana), una de esas aves que forman parte del paisaje de nuestros campos y que, además de su inconfundible silueta, tienen una larga historia ligada a la cultura y las tradiciones de nuestra tierra. Las fotos son de Luis y una mía. Las de Luis fueron obtenidas en el camino de acceso a Rincón Ombú Chico, mientras que la mía la hice en Bahía Carayá, Corrientes, un lugar que conozco como un loteo abierto, una especie de barrio semicerrado o zona de chacras, con terrenos y casas de fin de semana. Allí estos grandotes andan bastante tranquilos, caminando de un lado a otro como si supieran que nadie tiene intenciones de hacerles daño.
Pero volvamos al ñandú, porque hay algo que me contó Luis que me dejó bastante preocupado y, para qué vamos a andar con vueltas, también bastante caliente. Me comenta que hace muchos meses que no se ven ñandúes en los campos aledaños al camino de acceso a Rincón Ombú Chico. Y no es que hayan desaparecido por arte de magia. Según me cuenta, la mayoría de los capataces de la zona, que conocen muy bien los campos y saben perfectamente dónde nidifican estas aves, tienen identificados los lugares donde hacen sus nidos y se dedican a depredarlos para consumir los huevos, sin dejar que las nidadas prosperen.
Son tan pelotudos que no se dan cuenta de que, si no hay futuros ñandúes, tarde o temprano la especie va a desaparecer de esos campos gracias a la estupidez humana. Después nos lamentamos cuando dejamos de ver animales que antes eran habituales, nos preguntamos qué pasó y buscamos explicaciones complicadas, cuando muchas veces tenemos la respuesta delante de nuestras narices. ¿Tan difícil es entender que sacar los huevos de un nido significa impedir que nazcan nuevos individuos? Parece mentira que todavía haya gente que no comprenda algo tan básico, o peor aún, que lo comprenda perfectamente y no le importe un carajo.
El ñandú es una de las aves corredoras más grandes de Sudamérica. Está adaptado a vivir en ambientes abiertos, pastizales, sabanas y campos donde encuentra alimento y espacio para desplazarse. No vuela, pero cuando necesita escapar puede desarrollar una velocidad considerable. Durante la reproducción, el macho construye el nido en el suelo, entre la vegetación, y es el encargado de incubar los huevos que ponen varias hembras. Una nidada puede reunir numerosos huevos, por lo que destruir un solo nido representa la pérdida de muchos futuros pichones de una vez. Y si esto se repite año tras año en los mismos campos, no hace falta ser un especialista en conservación para imaginarse cómo termina la historia.
A todo esto se suma la transformación de los pastizales naturales, el avance de las actividades agropecuarias, los alambrados que dificultan sus desplazamientos, la caza furtiva y los perros que persiguen a la fauna silvestre. El ñandú está considerado vulnerable en distintas evaluaciones de conservación, y en nuestro país su situación merece atención. La Ley Nacional 22.421 de Conservación de la Fauna Silvestre contempla la protección de los animales, sus crías, huevos y nidos frente a la caza, captura y otras acciones reguladas por la normativa. Es decir, no estamos hablando solamente de una cuestión de sensibilidad o de respeto por la naturaleza, sino también de una conducta que puede tener consecuencias legales.
Y pensar que el ñandú no es solamente un ave más de nuestros campos. Forma parte de nuestra historia rural, de las costumbres criollas y de esa imagen del campo argentino que todos tenemos bastante incorporada. Durante generaciones, los gauchos conocieron bien a estas aves y las persiguieron a caballo con boleadoras, aprovechando su carne, sus huevos y sus plumas. Esa relación aparece en relatos históricos, en las prácticas tradicionales y en el folclore de distintas regiones. Incluso las culturas indígenas del Gran Chaco le dieron un lugar importante en sus formas de vida, sus conocimientos del ambiente y sus celebraciones.
Hay también algo muy lindo en la manera en que el ñandú quedó representado en el cielo. Para distintos pueblos originarios y comunidades criollas del sur del Chaco, el ñandú no era solamente el animal que caminaba por la llanura, sino que también tenía su lugar entre las figuras que se reconocían en el firmamento. Esas representaciones nos recuerdan hasta qué punto la fauna autóctona estuvo ligada a la vida cotidiana, a las creencias y a la identidad de quienes habitaron estas tierras mucho antes de que empezáramos a alambrar cada vez más superficies y a modificar el paisaje a nuestro antojo.
Por eso da tanta bronca enterarse de estas cosas. Porque una cosa es que la naturaleza siga su curso y otra muy distinta es que nosotros mismos nos encarguemos de hacer desaparecer aquello que todavía tenemos la suerte de conservar. No estamos hablando de un animal exótico que vemos en un documental filmado a miles de kilómetros. Estamos hablando de una especie nuestra, de Sudamérica, que todavía podemos encontrar en algunos campos de la región, siempre que la dejemos vivir y reproducirse en paz.
Y acá viene el contraste con Bahía Carayá. Es notable cómo los ñandúes de ese lugar deambulan sin que nadie los moleste, caminando por los terrenos como si formaran parte de la vida cotidiana del barrio. Quizás los pobres ñandúes se habrán dado cuenta de que ahí nadie les hará daño… Ojalá fuera así en todos lados. No deberían necesitar aprender a reconocer qué lugares son seguros y de qué personas tienen que escapar para poder sobrevivir. Debería alcanzarnos con entender que ellos también tienen derecho a vivir en los ambientes que todavía les quedan.
Al final, uno termina pensando que la conservación no depende únicamente de grandes parques nacionales, de leyes escritas o de campañas con carteles muy bonitos. También depende de lo que hace cada persona cuando se encuentra frente a un nido, un animal silvestre o un pedacito de campo que todavía conserva vida. Si en lugar de destruir protegemos, si en lugar de perseguir dejamos tranquilos a los animales, todavía hay posibilidades de que las próximas generaciones puedan encontrarse con un ñandú caminando por el campo y no tengan que conformarse con verlo en una fotografía.
Ojalá dentro de un tiempo Luis vuelva a ver ñandúes en los campos de Rincón Ombú Chico. Sería una buena noticia y una señal de que todavía estamos a tiempo de corregir algunas cosas. Mientras tanto, comparto estas fotos para recordarles que el ñandú sigue siendo parte de nuestra fauna autóctona y que conservarlo también depende de nosotros; porque después, cuando ya no quede ninguno, va a ser demasiado tarde para lamentarse.


18 oct 2026

Porque el público se renueva, vuelve el Fiofío copetón.

Aprovechando algunas fotos nuevas, haciendo un poco de mantenimiento del blog y teniendo en cuenta que el público se renueva, comparto hoy estas tres fotografías recientes de un fiofío copetón, tomadas acá nomás, en el patio de mi casa unos días atrás.
Las primeras entradas que había publicado sobre esta especie las terminé eliminando porque las imágenes se perdieron cuando dejaron de existir los hostings que utilizaba allá por el 2010. Con el paso de los años, varios de aquellos servicios donde alojábamos las fotografías fueron desapareciendo, y con ellos también se fueron algunas imágenes que formaban parte de la historia de Aves del NEA. Una lástima, pero son cosas que pasan cuando uno lleva tantos años dando vueltas por estos rincones de internet. Si bien dispongo la totalidad de mi archivo fotográfico en un backup de unos 300 DVD´S de respaldo, en esta nueva PC no dispongo de una unidad lectora de DVD por lo que no tengo acceso a esos archivos.
Así que aprovecho esta nueva oportunidad para volver a presentar al fiofío copetón, acompañando estas fotos con distintas vocalizaciones de la especie. De esta manera, quienes recién llegan al blog no tendrán que ponerse a revolver entre las publicaciones viejas para conocer un poco más sobre este pequeño tiránido, reconocer su presencia por el canto y descubrir que, muchas veces, aunque lo tengamos cerca, escucharlo resulta bastante más fácil que encontrarlo entre el follaje y aprendiendo la manera correcta de identificar a los Elaenias, se ven iguales hasta que cantan.
Y de paso, seguimos poniendo en condiciones este viejo rincón de Aves del NEA, que después de tantos años todavía tiene bastante para contar.








Un poco de espacio para que la naturaleza se recupere...

Marzo de 2018, una linda mañana de esas que uno recuerda por las gratas sorpresas que puede regalar la observación de aves. Aquella jornada la compartí con Nico Pavese y nos encontramos con una especie que, por entonces, representaba un registro novedoso para Posadas y, por supuesto, para Misiones. Hace ya ocho años, cuando publiqué aquellas primeras fotografías en el blog, contaba que habíamos recorrido senderos improvisados entre la vegetación costera, metiéndonos por esos rincones que a veces nos obligan a caminar despacio, mirar con atención donde uno mete sus patas para no quedar enterrado en el barro, y estar dispuestos a descubrir lo que se esconde entre los pastos y los arbustos. Una vegetación que, lamentablemente, hoy casi ha desaparecido de aquel sector.
Desconozco quién habrá sido el funcionario que tomó la decisión de cortar todo al ras, prácticamente hasta llegar a unos tres metros del agua, pero supongo que alguna razón habrá tenido. No me interesa señalar a nadie ni entrar en discusiones, aunque sí me parece oportuno plantear una inquietud y, sobre todo, hacer un pedido que considero razonable. Los ambientes costeros cumplen una función importante para muchas especies de aves y otros animales, que encuentran allí refugio, alimento y lugares para desarrollar sus actividades. Cuando eliminamos de golpe toda esa vegetación, no estamos simplemente emparejando el terreno o dejando el paisaje más prolijo, también estamos quitándoles una parte de su ambiente a los habitantes que dependen de él.
Ayer tuve la oportunidad de compartir una linda pajareada acá nomás, en mi barrio, junto a Carmen Oviedo y Viviana Zalazar, integrantes del grupo Amigos del Arroyo Mártires. Recorrimos durante algunas horas un interesante sector del arroyo que bordea nuestro barrio, a unas seis cuadras de mi casa, y entre observaciones, charlas y comentarios sobre las aves también surgieron cuestiones relacionadas con el estado de estos ambientes y con lo que viene pasando en la zona de la desembocadura. Fue una de esas salidas que, además de permitirnos disfrutar de los pájaros, sirven para conocer mejor lo que sucede en los lugares que tenemos tan cerca y que muchas veces no valoramos lo suficiente, conocer a gente nueva, y valorar el empuje que le meten tratando de hacer algo para mejorar las cosas para que cada vez seamos mas los que entendamos que cuidar estos ambientes es una responsabilidad compartida entre todos.
Y acá viene el pedido, que ojalá llegue a quienes corresponda. ¿No sería posible dejar que la vegetación costera vuelva a crecer en algunos sectores de la desembocadura? No estoy diciendo que haya que abandonar el lugar ni impedir que la gente lo disfrute. Los espacios destinados a la recreación y a las distintas actividades ya tienen sus sectores definidos y delimitados, y me parece perfecto que así sea. Pero quizás también podamos reservar algunos rincones para que la naturaleza haga lo suyo, sin necesidad de mantener cada metro de costa completamente despejado. No todo tiene que estar cortado al ras para que un lugar sea agradable, ni todo lo que crece espontáneamente es maleza que haya que eliminar.
La vegetación necesita tiempo, y si le damos la oportunidad, seguramente volverá la fauna a aparecer por esos pastizales, arbustos y pequeños refugios que tantas veces nos sorprenden con la presencia de especies que ni imaginábamos encontrar tan cerca de casa. No se trata de elegir entre las personas y las aves, sino de entender que podemos convivir y disfrutar del mismo lugar si dejamos un poco de espacio para cada uno.
¿Dejarán que la naturaleza se reponga en la zona de la desembocadura del arroyo? Ojalá que sí. No tengo la respuesta, pero me parece que vale la pena plantear la pregunta y pedir, con respeto y sentido común, que antes de volver a pasar las máquinas se considere la posibilidad de dejar crecer nuevamente la vegetación en algunos sectores. A veces, la mejor intervención que podemos hacer es simplemente dar un paso al costado y permitir que la naturaleza se recupere.
Mientras tanto, hoy comparto esta segunda serie de fotografías de aquel registro de marzo de 2018, cuando junto a Nico tuvimos la alegría de encontrar por primera vez a los Junqueros para Posadas. Un lindo recuerdo de pajareada, pero también una buena oportunidad para pensar en todo lo que todavía podemos hacer para que estos ambientes sigan siendo un lugar donde las aves encuentren su espacio.



17 oct 2026

Canta el Cachilo… a pesar de todo.

Pensar que hace apenas unos pocos años atrás, acá nomás, cerquita de casa, me cruzaba con Cachilos ceja amarilla al costado de la vereda cuando iba caminando hasta la casa de mi hija. Dije me cruzaba, en tiempo pasado, porque parece que todo lo que tenga que ver con la naturaleza lamentablemente termina siguiendo el mismo camino. Mientras nosotros seguimos con nuestras vidas, haciendo mandados, visitando a la familia o saliendo a caminar por el barrio, el paisaje va cambiando y esos pequeños rincones que alguna vez fueron el hogar de tantas especies desaparecen sin que muchas veces nos demos cuenta, hasta que un día volvemos a mirar y ya no queda nada de lo que conocíamos.
Aquel descampado de unas diez hectáreas se transformó en un loteo para una futura urbanización. Diez manzanas donde antes había pastizales, con sus aves, sus insectos y toda esa vida que pasa inadvertida para quien no se detiene a observar, ahora esperan la llegada de los nuevos habitantes a sus calles y a todo lo que acompaña al progreso. Un progreso que parece no admitir demasiadas preguntas cuando se trata de reemplazar un ambiente natural por otro construido por el hombre. Y no es que uno pretenda que las ciudades se queden congeladas en el tiempo, pero cuesta entender que cada espacio verde, cada pastizal y cada rincón donde todavía sobrevive algo de naturaleza tenga que terminar convertido en otra oportunidad de urbanización.
Por suerte, todavía quedan algunos lugares por acá, en el barrio, donde podemos disfrutar un poquito del contacto con la naturaleza y salir a fotografiar aves. Aunque para encontrar algunas especies que antes teníamos a la vuelta de casa ahora tengamos que caminar un poco más o trasladarnos hasta otros sitios. El Cachilo ceja amarilla parece haber tenido que hacer lo mismo, buscando un lugar donde todavía encuentre las condiciones necesarias para vivir.
Estas fotos las obtuve el pasado 11 de octubre, en la Costanera del Arroyo Mártires, uno de esos lugares que todavía nos permiten disfrutar de una buena variedad de aves sin tener que alejarnos demasiado de Posadas. Allí estaba el Cachilo, entre los pastizales que todavía sobreviven, haciendo lo suyo, cantando y defendiendo su pequeño territorio, ajeno seguramente a los planos de urbanización y a las decisiones que se toman sobre los ambientes que necesita para vivir.
Y mientras lo observaba por el visor de la cámara, no podía dejar de pensar en aquellos encuentros de unos años atrás, cuando bastaba con salir caminando de casa para encontrarlo. Hoy tengo que ir a buscarlo un poco más lejos, y quién sabe por cuánto tiempo podremos seguir disfrutando de estos lugares que todavía conservan algo de lo que alguna vez fue mucho más común.
Por eso, más allá de las fotografías, me gusta compartir estos registros y contar estas pequeñas historias. Porque detrás de cada ave hay también un ambiente que necesita para vivir, y cuando ese ambiente desaparece, no alcanza con lamentarnos porque ya no vemos al pájaro que antes teníamos cerca. Quizás todavía estemos a tiempo de valorar lo que nos queda y entender que el progreso no debería medirse solamente por las calles nuevas, las manzanas loteadas o las construcciones que se levantan, sino también por aquello que somos capaces de conservar.
Por ahora, en el Arroyo Mártires, el Cachilo ceja amarilla todavía canta. Y mientras haya pastizales donde pueda hacerlo, nosotros seguiremos buscando la manera de disfrutarlo, cámara en mano, agradeciendo cada encuentro. Ojalá que dentro de unos años podamos volver a escucharlo por acá cerca, en algún rincón de nuestro barrio que todavía conserve un poco de naturaleza. Y si no es así, al menos que hayamos aprendido a valorar estos lugares antes de que también se conviertan en un recuerdo.
Canta el Cachilo… a pesar de todo, y sepan disculparme el tono nostálgico porque mas viejo me pongo y mas nostalgia me agarra al recordar esos encuentros de unos años atrás.

Escena familiar de la primavera y el verano.

Y bueno… como pasaron 10 años sin que publique fotos de Tijeretas en el blog aprovecho hoy y comparto otro migrante más que llega al paraíso y se posa en el patio de la casa del vecino, sin tener la menor consideración por el pobre tipo que estaba tomando mate tranquilamente y que, por supuesto, tuvo que interrumpir su momento de relax para salir a buscar la cámara. Porque estas cosas son así, uno puede estar haciendo cualquier cosa, pero cuando aparece un visitante emplumado, aunque sea uno de los que vemos todos los años, el mate queda esperando, uno sale disparado a buscar el equipo, vuelve al patio, prepara la cámara y, con un poco de suerte, consigue hacerle dos o tres fotos antes de que el protagonista decida que ya fue suficiente y siga viaje. 😂
Ya sé que una Tijereta no es precisamente la «gran especie» que uno sueña con fotografiar, de esas que te hacen preparar una salida, recorrer kilómetros y volver a casa contento por haber conseguido un buen registro. Pero cuando uno está al cuete, con poco para hacer y encima el tiempo no acompaña, cualquier excusa es buena para entretenerse un rato sacando fotos. Y si el entretenimiento viene con plumas y se posa a pocos metros de casa, mucho mejor. No será una especie extraordinaria, pero siempre hay alguna pose, algún detalle o alguna oportunidad para intentar conseguir una foto que nos guste.
Las fotos son del Jueves 15 de octubre, uno de los últimos días de esa interminable racha de diez días sin ver el sol que tuvimos por acá. Cielos grises, humedad y pocas oportunidades de disfrutar de una buena luz, pero parece que ni siquiera el tiempo se puso de acuerdo con las aves migratorias, que siguen llegando y regalándonos algunas visitas en el patio.
Y la verdad es que no hace falta irse demasiado lejos para disfrutar de estos encuentros. A veces alcanza con estar en casa, cebarse unos mates y tener la cámara más o menos a mano. Eso sí, lo de tomar mate tranquilamente mientras uno observa las aves es una teoría hermosa que pocas veces se cumple en la práctica. Siempre aparece alguno que te obliga a levantarte justo cuando estabas más cómodo.
Por suerte, después de tantos años detrás de los pajaritos, uno ya sabe que estas oportunidades no avisan y que más vale dejar todo lo demás para después. El mate puede esperar, aunque se lave, y nosotros nos quedamos con un par de fotos más para sumar a la colección. Porque al fin y al cabo, esto también forma parte de la fotografía de aves, aprovechar lo que tenemos cerca, entretenernos un rato y seguir disfrutando de esta pasión incluso en esos días en los que el sol parece haberse tomado vacaciones.

16 oct 2026

La noche en que Roby me salvó

Hoy comparto dos fotografías de la Lechuza listada, una especie que tuve la suerte de fotografiar en una sola oportunidad, durante aquellos días que anduvimos con Nico Pavese y los hermanos Genesini por San Pedro, visitando los parques provinciales Cruce Caballero y La Araucaria. Ya había publicado otras fotos de aquel encuentro, pero como suele pasar cuando uno se junta con amigos a recorrer el monte, las anécdotas que quedan en el recuerdo a veces terminan siendo bastante más duraderas que las propias fotografías. Y esta merece ser contada por primera vez, porque esta vez el protagonista no sea precisamente el plumaje de la lechuza, sino mi propia humanidad haciendo de las suyas.
Para conseguir unas fotos un poco más interesantes, nos apartamos del camino y nos subimos a una saliente del terreno, buscando ganar algo de altura y acercarnos un poco más a la lechuza. Hasta ahí, todo bien. El problema empezó cuando llegó el momento de bajar. Como dice el refrán, todo lo que sube tiene que bajar, pero nadie aclara que conviene hacerlo por el mismo lugar por donde uno subió. Yo, muy confiado, elegí otro sector para el descenso y ahí perdí todas las referencias que tenía. Para completar el panorama, estaba sin linterna y no veía absolutamente nada. doy el primer paso para salir del desnivel pero La calle no aparecía nunca, daba la impresión de que se había mudado de lugar mientras yo estaba allá arriba.
En medio de semejante situación, mi instinto de supervivencia tomó una decisión que, vista desde afuera, quizás no haya sido la más razonable, pero que para mí tenía toda la lógica del mundo. Lo primero que atiné a hacer fue proteger la cámara y el equipo fotográfico, abrazándolos como si me fuera la vida en ello. Total, si había que terminar desparramado contra el suelo, por lo menos que el equipo saliera indemne. Mi humanidad podía negociar las consecuencias, pero la cámara no estaba en condiciones de participar de semejante aventura.
Por suerte, cuando el desastre parecía inevitable, apareció la mano salvadora de Roby, que puso justo donde hacía falta para evitar que mi cara terminara estampada contra una piedra. Todavía no sé si agradecerle más haberme salvado la nariz, algún diente o la integridad física en general, o haber evitado que mi equipo fotográfico terminara convertido en un costoso rompecabezas. En aquel momento tenía bastante claro cuáles eran mis prioridades, y les aseguro que la cámara ocupaba y sigue ocupando un lugar de privilegio en esa lista.
Así terminó aquella expedición nocturna, con un susto importante, un lindo raspón en mi cara pero el equipo intacto y una anécdota que salió bastante más barata de lo que podría haber costado. Porque de eso también se trata compartir estas salidas con amigos. Uno sale a buscar aves, vuelve con fotografías, recuerdos y, de vez en cuando, alguna historia que no estaba en los planes. Y esta es de las que cada vez que nos volvemos a juntar aparece inevitablemente en la conversación, para que entre todos nos riamos un rato a costa de mis habilidades para bajar de una saliente en plena oscuridad.
Al final, la Lechuza listada nos regaló un lindo registro, pero Roby se ganó una mención especial por los servicios prestados. ¡Y yo aprendí que la próxima vez será mejor llevar una linterna y, si es posible, contratar un guía para el descenso!

15 oct 2026

Sietevestidos, y algo que vale la pena contar...

Antes de compartir hoy estas fotos de un sietevestidos, quiero contarles algo que me puso muy contento y que, de alguna manera, también tiene que ver con este lugar donde fueron obtenidas las imágenes.
Hace unos días, Sergio Moya compartió la entrada de este blog en la que conté que me había dedicado su libro Aves de Misiones y de la Selva Atlántica, escrito junto a Francisco Capli. A raíz de esa publicación, al poco tiempo se pusieron en contacto conmigo integrantes de un grupo de observadores de aves que se unieron con la intención de trabajar por la conservación de la zona de la desembocadura del Arroyo Mártires. Así nació este vínculo con la gente de la asociación Amigos del Arroyo Mártires, y desde entonces venimos intercambiando mensajes e información.
Ya llevo varios días en contacto con la señora Carmen Oviedo, quien junto a Viviana Zalazar, Rosario Quarin, Ruth Vega, Graciela Martinez, Nilda Acosta, Carlos de Olloqui, Patricia Schmied, y Ofelia "Ope" Rodriguez, compartieron muy amablemente conmigo material relacionado con una propuesta que busca incluir a Posadas dentro de las áreas KBA, sigla en inglés de Key Biodiversity Areas, que en castellano conocemos como Áreas Clave para la Biodiversidad. Se trata de identificar y poner en valor lugares importantes para la conservación de especies y ambientes que necesitan especial atención.
Quienes siguen mis publicaciones saben que hace bastante tiempo vengo mostrando lo que uno puede encontrar en los pastizales y ambientes naturales de la zona de la desembocadura del Mártires. A veces son unas cuantas fotos, otras veces alguna anécdota de campo, y de vez en cuando aparece alguna especie que nos obliga a prestar un poco más de atención. Porque estos ambientes de la ecorregión de Campos y Malezales todavía brindan refugio a aves que atraviesan situaciones complicadas para su conservación, y eso les da un valor que va muchísimo más allá de lo que nosotros podamos disfrutar con una cámara en la mano.
La intención de quienes están trabajando en esta propuesta es que la zona pueda convertirse en una futura reserva. Y ojalá que así sea. Hace un rato, Carmen me comentó que hoy mantuvieron una reunión con representantes de la Entidad Binacional Yacyretá (EBY), del Ministerio de Ecología y del IMiBio. ¿Servirá de algo? El tiempo lo dirá. No tengo una bola de cristal, y después de tantos años viendo cómo desaparecen ambientes naturales en nombre del progreso, uno aprende a ser prudente con el entusiasmo. Pero que haya gente nueva interesándose, reuniéndose, buscando información y moviéndose para intentar conservar estos lugares es, sin ninguna duda, una buena noticia.
Y acá quiero detenerme un poquito, porque esto es lo que realmente me alegra. Después de tantos años sacando fotos de pájaros, recorriendo lugares y tratando de mostrar desde este humilde blog la riqueza natural que tenemos a la vuelta de casa, encontrar personas que se acercan con ganas de hacer algo concreto es una satisfacción enorme. No se trata solamente de sumar observadores, ni de discutir cuántas especies vimos en una salida. Se trata de entender que detrás de cada lista, cada fotografía y cada registro hay un ambiente que hace posible que esas aves sigan estando ahí.
Porque los pastizales no suelen tener la espectacularidad de una selva llena de árboles enormes, ni el atractivo inmediato de un paisaje que aparece en las postales turísticas. A simple vista, para quien no sabe mirar, pueden parecer apenas un terreno con pastos y pajonales. Pero basta quedarse un rato, prestar atención y empezar a descubrir quién se mueve entre las matas para darse cuenta de que ahí también hay un mundo extraordinario. Un mundo que, cuando desaparece bajo el cemento, el asfalto o cualquier otra transformación irreversible, no se recupera simplemente plantando unos cuantos árboles en otro lado.
Hace unos días les mostré las fotos de uno de los capuchinos que andan por estos pastizales, un pequeño habitante que nos recuerda la importancia de conservar estos ambientes. Y tengo otro más entre las fotos que estoy revisando, aunque ese todavía está en etapa de investigación. Los que lo vieron a través de las imágenes que compartí no terminan de ponerse de acuerdo sobre qué especie es, así que por ahora seguirá esperando su turno. Parece que hasta los pajaritos se las ingenian para mantenernos ocupados y darnos tema de conversación.
Al final de esta entrada les voy a dejar el póster de Aves Argentinas y BirdLife International con las propuestas para Misiones, para que puedan leerlo tranquilos y conocer un poco más sobre el tema. No voy a atormentarlos con mucho más palabrerío, que bastante tienen conmigo cada vez que me agarra la inspiración y empiezo a escribir.
Ojalá que todo este movimiento llegue a buen puerto. Que las reuniones se conviertan en decisiones, que las propuestas encuentren respaldo y que algún día podamos hablar de la desembocadura del Mártires como un lugar protegido, donde las aves y los demás habitantes de estos ambientes tengan garantizado un poco más de futuro. No es poca cosa en una ciudad que crece y se transforma a un ritmo que muchas veces deja a la naturaleza corriendo de atrás.
Y si algo bueno puede salir de todo esto, además de la posibilidad concreta de conservar un lugar valioso, es que cada vez seamos más los que entendamos que cuidar estos espacios no es estar en contra del progreso. Es simplemente tratar de que el progreso no se lleve puesto todo lo que después vamos a extrañar.
Por hoy, los dejo con este Sietevestidos pampeano, fotografiado en los pastizales de la zona de la desembocadura del Arroyo Mártires, al costado de la costanera, el día 22 de Agosto pasado. Un pequeño vecino de un ambiente que merece seguir existiendo, y que ojalá dentro de muchos años todavía podamos visitar, recorrer con los binoculares o la cámara al hombro y disfrutar de la misma manera.
Porque al final, de eso se trata. De que los lugares sigan estando, de que los pájaros sigan encontrando dónde vivir y de que las próximas generaciones también tengan la oportunidad de descubrirlos. Y si entre todos podemos ayudar un poquito a que eso ocurra, habrá valido la pena.


14 oct 2026

3 fotos mas del Lagartero de La Española

Hoy vuelvo a compartir tres fotografías de un personaje bastante particular fotografiado en uno de mis viajes por el Caribe, el Cuco lagartero de La Española (Coccyzus longirostris), una de esas especies que, además de sumar un lindo registro a la colección, nos regalan la posibilidad de conocer un poco más la diversidad de aves que habitan otras regiones del continente.
Este cucúlido, propio de la isla de La Española, que comparten República Dominicana y Haití, tiene una apariencia bastante inconfundible. El cuerpo alargado, el plumaje predominantemente gris, el vientre con tonos anaranjados y esa cola larguísima que acompaña cada movimiento le dan una silueta muy particular. Pero si hay algo que llama la atención es su pico, largo y ligeramente curvado, una herramienta muy útil para capturar buena parte de sus presas entre las ramas y el follaje.
A diferencia de otros cucos que solemos imaginar o haber visto (cuando deciden mostrarse) entre las copas de los árboles, este se mueve con bastante soltura por distintos niveles de la vegetación, buscando insectos, lagartijas y otros pequeños animales. Su nombre no es casualidad, porque los reptiles forman parte importante de su dieta. Y aunque puede pasar bastante desapercibido entre las ramas, cuando se deja ver nos ofrece un buen rato para observarlo y tratar de llevarnos alguna fotografía decente.
En el blog ya había contado los detalles de aquel encuentro y las circunstancias que me permitieron fotografiarlo. Hoy la idea es simplemente volver a ponerlo frente a ustedes, con tres imágenes más de esta interesante especie caribeña que seguramente no forma parte de la lista de aves que uno puede encontrarse caminando por los montes de nuestra región, pero que también merece su lugar entre los recuerdos de aquellas salidas cámara en mano.


13 oct 2026

Revancha con un invisible del pastizal

A veces, la fotografía de naturaleza nos nubla la vista con lo majestuoso. Buscamos el vuelo imponente de un ave rapaz, los colores estallados de un frutero o la rareza de un bicho esquivo. En ese camino, cometemos el pecado de mirar por encima del hombro a los más chicos, a esos "pajaritos" que habitan el pastizal alto y que asumimos que siempre van a estar ahí.
El Misto (Sicalis luteola) fue, para mí, uno de esos fantasmas cotidianos. Sacando cuentas, en 16 años de recorrer lugares con la cámara a cuestas, solo lo había tenido frente a mi lente tres veces. Una cifra ridícula para un ave que abunda en nuestra región, pero que confieso haber ignorado más de una vez por prestarle atención a otras especies.
Por suerte, la naturaleza siempre nos da una segunda oportunidad (o una cuarta, en este caso).

El reencuentro en Posadas

Estamos en la época dorada para la observación en el NEA. La primavera despierta los cantos, los cortejos y la necesidad de territorio, haciendo que hasta los más tímidos se expongan. Con esto en mente, salí a recorrer una vez mas los pastizales aledaños a la Costanera del Arroyo Mártires, aquí en Posadas.
Y allí estaba. Entre los yuyos y las gramíneas bajas, un destello amarillo oliváceo me obligó a frenar el paso y calibrar la lente.
Esta vez no hubo apuro, ni indiferencia. Pude registrar en detalle su silueta compacta, ese sutil estriado en el dorso y el amarillo del pecho que, bajo la luz adecuada, brilla con una fuerza que ningún "pajarito común" debería envidiar. El Misto no es solo un habitante más del pastizal; es la música viva de esos ambientes que a menudo subestimamos.

Una lección de paciencia

Este cuarto encuentro me dejó una doble satisfacción. Por un lado, una serie de fotos limpias y luminosas que limpian la culpa de los años de olvido. Por el otro, un recordatorio fundamental para cualquiera que ame esta actividad; en el pastizal no hay actor secundario. Los invito a afinar el ojo en sus próximas salidas por la Costanera del Mártires. Presten atención a los movimientos sutiles entre la maleza; quizás un Misto los esté observando, esperando que, esta vez, sí se detengan a mirarlo.