Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.

20 ago 2026

El pulso de la madera: Crónica de un encuentro con el Chinchero Grande

Hay silencios que no son ausencias, sino antesalas.
Detenerse en el campo del querido Doc Prato es aceptar una tregua con el tiempo y dejar que los sentidos se afinen al ritmo de la tierra.
A lo largo de quince años dedicados a la observación y a la fotografía de naturaleza, comprendí que el botín más valioso nunca fue la imagen capturada en el sensor, sino los saberes cosechados y los buenos amigos encontrados en el camino; porque toda persona que ama y respeta la naturaleza es, en su esencia más íntima, una buena persona.
Enmarcado por la luz limpia de la tarde, sobre la rama rugosa de un árbol que se recorta contra el azul profundo, aparece él: el Chinchero grande (Drymornis bridgesii).
Contemplarlo en absoluta libertad revela por qué este furnárido es una de las joyas más fascinantes de nuestros montes y espinales.
El pico como herramienta milimétrica define inmediatamente su silueta, ese pico largo, esbelto y fuertemente curvado hacia abajo, un diseño anatómico perfecto que funciona como una sonda de precisión para explorar resquicios, cortezas y huecos inaccesibles para otros aves.
A diferencia de otros visitantes del follaje, el chinchero utiliza su cola de plumas rígidas como un trípode natural, apoyándose contra el tronco para ascender en espiral con una destreza que desafía la gravedad, buscando silenciosamente larvas y artrópodos ocultos.
Su corona estriada y esas listas superciliares blancas que enmarcan su mirada intensa parecen una prolongación de las luces y sombras de la propia corteza, un recordatorio de cómo la evolución esculpe formas para fundir la vida con su entorno.
Observarlo en plena libertad, moviéndose con la seguridad de quien conoce cada recodo de su hogar, trasciende el mero avistaje estético. Es, ante todo, un diagnóstico esperanzador. El Chinchero grande es una especie exigente con la calidad de su hábitat; su presencia inalterada en pie de monte y áreas arboladas nativas es la señal inequívoca de un ecosistema en óptimo estado de conservación. Nos dice que el bioma late con salud, que la cadena trófica mantiene sus equilibrios y que todavía existen refugios donde la biodiversidad respira sin ataduras.
Para el observador y fotógrafo de naturaleza conseguir esa mirada cómplice a través del lente no genera euforia fugaz, sino una profunda y sosegada gratitud, ya que es la prueba palpable de que, a pesar de todo, la naturaleza sigue guardando sus secretos para aquellos que saben esperar en silencio.
Roberto F Genesini.
Aves del NEA.

19 ago 2026

El naranjero, los días grises y algunas cosas que aprendí enseñando fotografía

Hoy, una sola foto, un naranjero, fotografiado en el patio de casa, en uno de esos días que últimamente parecen haberse convertido en la norma; cielo gris, luz complicada y ese fondo sin información que nos obliga a pensar un poquito más antes de apretar el disparador, y quizás justamente por eso esta foto me sirve como excusa para hablar de fotografía; pero también para hablar de otras cosas, porque después de tantos años haciendo fotos, enseñando, compartiendo información, explicando técnicas y contando lo poco o mucho que uno fue aprendiendo a fuerza de prueba y error, hay cosas que inevitablemente terminan apareciendo.
Y esta entrada viene con bastante lectura.
Así que si solamente vinieron a mirar la foto del naranjero... pueden hacerlo ahora y seguir de largo; pero si tienen ganas de quedarse, hoy vamos a hablar de fotografía, y de algunas experiencias que, con los años, también terminaron enseñándome cosas.
No avivar giles...
Hay un refrán bastante conocido que dice que no hay que avivar giles, y nosotros, como grupo, alguna vez metimos la pata, la metimos bastante.
Durante años compartimos información, lugares, técnicas, datos, observaciones, formas de encontrar determinadas especies y, sobre todo, enseñamos... porque enseñar siempre fue parte de mi manera de entender esta actividad; quizás porque, lamentablemente, fui docente de profesión. Y digo "lamentablemente" con una sonrisa, porque ser docente tiene algunas consecuencias bastante difíciles de sacarse de encima.
Uno termina explicando todo.
Hasta cuando nadie preguntó.
Uno termina mostrando cómo se hace.
Uno termina compartiendo lo que sabe.
Y muchas veces termina enseñándole a alguien que, al poco tiempo, aprende, progresa, mejora y después te pasa por arriba, y está perfecto porque eso es precisamente enseñar.
El problema aparece cuando uno descubre que no todos entienden la palabra compartir de la misma manera; a nosotros nos pasó, y más de una vez. Por enseñar demasiado, por contar demasiado, por mostrar demasiado, por creer que todos jugábamos el mismo juego y que el objetivo era disfrutar de las aves, aprender y mejorar entre todos. Con el tiempo descubrimos que no siempre era así y nos cagaron.
A mí particularmente, y también nos cagaron como grupo.
Pero bueno... ya está.
Con los años uno aprende que algunas batallas no vale la pena seguir peleándolas; y también se aprende que guardar resentimientos consume una cantidad de energía enorme que tranquilamente puede utilizarse para algo mucho más divertido, por ejemplo volver a sacar fotos, como en este caso fotografiar un naranjero.
Pero hay cosas que no aprendí a guardarme, el problema es que yo nunca fui demasiado bueno para guardarme información, nunca.
Si aprendía algo que podía servirle a otro, lo contaba.
Si encontraba una especie, explicaba dónde.
Si descubría una técnica que funcionaba, la compartía.
Si alguien preguntaba cómo había hecho una foto, explicaba.
Si alguien necesitaba editar sus fotos les enseñaba.
Si necesitaban los programas para edición, se los instalaba.
Y si alguien quería aprender fotografía, mucho más todavía.
Porque siempre entendí que la mejor manera de aprender algo es justamente entender por qué funciona; no copiar una configuración, no memorizar un número, no preguntarle a otro:
—¿Qué ISO usaste?
Y poner exactamente lo mismo porque eso sirve poco, la que lo que realmente sirve es entender qué estaba pasando cuando esa persona tomó la fotografía y es donde ahí aparece el tema de hoy.
¿Qué hacemos cuando el cielo está gris?
Esta foto del naranjero es un buen ejemplo, cielo completamente gris, sin textura, sin información de color, sin contraste., en resumen una de esas situaciones en las que la cámara, si la dejamos trabajar completamente sola, muchas veces decide hacer algo que nosotros no queremos, porque la cámara no sabe que nosotros queremos fotografiar un naranjero; la cámara solamente sabe que tiene delante una determinada cantidad de luz. Y mide, mide todo, el cielo, el ave, el fondo. las ramas, las zonas claras, las zonas oscuras. Y después intenta encontrar un promedio que, desde el punto de vista del equipo, sea correcto.
El problema es que ese promedio muchas veces es absolutamente incorrecto para nosotros, porque yo no quiero una fotografía técnicamente equilibrada de un cielo gris, quiero fotografiar el pájaro, quiero que aparezca el color, quiero que el naranjero sea el protagonista; y ahí aparece la principal razón por la cual siempre preferí trabajar en modo manual.
El exposímetro no es el que manda
Hay algo que todavía me preguntan muchísimo:
¿Y el exposímetro? y mi respuesta suele ser bastante simple, el exposímetro es una herramienta, no es el jefe.
La cámara mide., y yo decido. Esa diferencia parece pequeña, pero cambia completamente la manera de fotografiar, el exposímetro intenta decirme cuál sería, según sus parámetros, una exposición adecuada. Pero yo puedo decidir que esa exposición no me sirve, y en días nublados esto se vuelve particularmente importante porque tenemos un cielo enorme, gris y luminoso ocupando buena parte del encuadre mientras que el ave, en cambio, representa una superficie relativamente pequeña dentro de la composición de la toma.
Entonces la cámara mira todo ese gris y dice: "Perfecto, esto está bastante luminoso. "Voy a bajar la exposición."
Y nosotros miramos la fotografía después y decimos: "¿Y el color del pájaro dónde carajo está?"
Ahí está el problema porque la cámara hizo exactamente lo que tenía que hacer, el error fue nuestro por pedirle que decidiera algo que solamente nosotros sabemos qué queremos obtener.
Sobreexponer para recuperar el color
En esas situaciones, muchas veces necesito sobreexponer la toma, no porque haya aprendido una fórmula mágica, simplemente porque sé qué quiero.
Quiero información en el ave.
Quiero que aparezcan sus colores.
Quiero que ese naranja y ese azul claro tengan presencia.
Quiero separar al sujeto de ese fondo gris que, fotográficamente hablando, no me interesa demasiado, ni tampoco me aporta nada productivo a la toma.
Entonces puedo decidir subir la exposición respecto de lo que me propone el exposímetro.
Y acá hay algo fundamental; no existe una exposición correcta en términos absolutos, existe una exposición adecuada para la fotografía que queremos hacer.
Si estoy fotografiando un cielo dramático, probablemente voy a exponer pensando en el cielo.
Si estoy fotografiando una silueta, voy a hacer exactamente lo contrario.
Si estoy fotografiando un ave pequeña contra un cielo gris, probablemente mi prioridad sea el ave. La misma escena, tres decisiones completamente diferentes, y las tres pueden ser correctas.
El famoso triángulo de exposición
Y acá volvemos a algo que, para mí, sigue siendo la base de todo, el famoso triángulo de la fotografía.
Tres variables.
Velocidad de obturación.
Sensibilidad ISO.
Apertura de diafragma.
Nada demasiado misterioso, pero sí absolutamente fundamental; pueden buscar en google si les pica la curiosidad.
La velocidad determina cuánto tiempo permanece abierto el obturador.
La apertura determina cuánta luz entra y también influye sobre la profundidad de campo.
El ISO determina la sensibilidad del sensor y, al mismo tiempo, cuánto ruido vamos a aceptar en la fotografía.
Las tres variables están relacionadas; si modifico una, probablemente tenga que compensar con otra, y ahí empieza realmente la fotografía, porque mientras uno no entiende esa relación, termina siendo esclavo del equipo.
Recién cuando empieza a entenderla, el equipo se convierte simplemente en una herramienta y eso cambia todo.
Velocidad
Fotografiando aves, la velocidad suele ser una de mis primeras preocupaciones, un pájaro quieto no necesariamente está quieto, puede mover la cabeza, puede girar, puede acicalarse una pluma, puede saltar, puede salir volando, puede hacer absolutamente cualquier cosa justo después de que uno aprieta el disparador.
Por eso una velocidad suficientemente rápida puede ser la diferencia entre una fotografía nítida y una hermosa mancha de colores; y ni hablar de un ave en vuelo porque ahí ya entramos en otro baile.
ISO
Después está el ISO, durante muchos años tuvimos cierto miedo al ISO alto, el famoso "¡No subas el ISO porque mete ruido!". Bueno...Sí, mete ruido.
Pero prefiero una fotografía con algo de ruido y el ave congelada, que una fotografía limpia, impecable y perfectamente desenfocada, además hoy las herramientas de reducción de ruido permiten hacer cosas que hace unos años parecían directamente magia, así que tampoco hay que tenerle tanto miedo, el ISO es una herramienta, se usa cuando hace falta.
Diafragma
Y finalmente tenemos la apertura.
Acá también aparece otra de esas decisiones que muchas veces hacemos por costumbre; "Mi lente tiene f/4, entonces fotografío siempre a f/4." ¿Por qué?, porque puede, pero eso no significa que siempre convenga. A veces necesito profundidad de campo.
A veces quiero aislar completamente al ave.
A veces necesito un poquito más de margen porque el sujeto está ligeramente de costado. La apertura también es una decisión creativa, no solamente una cuestión de cuánta luz entra.
Entonces... ¿manual o automático? para mí, después de tantos años, la respuesta es bastante sencilla, Manual.
No porque sea más profesional, no porque usar automático esté mal, y muchísimo menos porque crea que quien fotografía en automático no sabe fotografiar, nada de eso.
Simplemente porque en manual yo decido, la cámara deja de interpretar mis intenciones y pasa a obedecer mis decisiones.
Yo determino la velocidad.
Yo determino la apertura.
Yo determino cuánto ISO estoy dispuesto a soportar.
Y yo decido qué parte de la escena quiero privilegiar.
Por eso digo muchas veces: "Yo saco la foto que quiero, no la que el equipo quiere", y esa frase, para mí, resume bastante bien lo que significa aprender fotografía.
Pero entonces... ¿hay una receta?
No.
Y acá viene quizás la parte más importante de todo esto, no hay una receta universal, no existe... día nublado = ISO 800 + f/6.3 + 1/1600, eso puede funcionar, o puede ser un desastre. Depende de la luz.
Del ave.
Del fondo.
De la lente.
De la distancia.
De si el pájaro está quieto o moviéndose.
De si queremos congelar el vuelo.
De si tenemos que recuperar sombras.
De si el fondo es oscuro o claro.
De la cámara que estamos usando.
Y de algo muchísimo más importante; de lo que queremos conseguir.
La parte que no viene en ningún manual
Después de todo esto aparece una cuarta variable, una que no está en ningún triángulo, la que no está en ningún manual; la práctica, y quizás sea la más importante. Porque podés leer cien tutoriales, podés mirar doscientas horas de videos, podés memorizar todos los valores de exposición, podés conocer tu cámara de memoria; pero cuando aparece el pájaro... Hay que fotografiarlo.
Y ahí se termina la teoría.
El ave no espera.
No posa.
No vuelve a colocarse donde estaba porque nosotros tocamos mal un botón.
Y muchas veces la foto buena aparece en el medio de diez malas.
O de cincuenta.
O de cien.
No importa.
Cada fotografía que sale mal también enseña algo, una velocidad insuficiente, una exposición equivocada, un enfoque que se fue al fondo, un ISO demasiado alto, un ave que decidió volar justo cuando apretamos el disparador; todo eso suma experiencia. Y quizás ahí esté la verdadera enseñanza.
Después de tantos años, creo que terminé entendiendo que enseñar fotografía no consiste solamente en explicar qué botón hay que apretar, consiste en enseñar a mirar.
A mirar la luz.
A mirar el fondo.
A anticipar el movimiento.
A entender qué está haciendo la cámara.
A saber cuándo hacerle caso y cuándo decirle: "Gracias, pero esta vez decido yo."
Y también consiste en aprender a equivocarse, porque nadie nace sabiendo; yo tampoco.
Todo lo que aprendí y compartí salió de una mezcla bastante desordenada de lecturas, preguntas, pruebas, errores, aciertos, fotografías horribles, fotografías menos horribles y algunas que, de vez en cuando, salieron bastante bien; y después de tantos años fotografiando aviones y pajaritos sigo aprendiendo porque la fotografía tiene esa maravillosa costumbre de no terminar nunca. Y sí... Quizás después de todo aquello de "no avivar giles", uno debería haber aprendido la lección. Quizás tendríamos que haber sido un poquito más egoístas.
Quizás tendríamos que habernos guardado algunas cosas.
Pero no me sale, nunca me salió porque fui docente, y uno puede jubilarse de la escuela, puede dejar de dar clases, puede dejar de corregir trabajos, puede dejar de escuchar:
"Profe, ¿esto está bien?"
Pero hay cosas que quedan, la necesidad de explicar la necesidad de compartir, las ganas de que otro aprenda.
Así que, a pesar de todo lo que pasó, hoy vuelvo a hacer exactamente lo mismo.
Comparto.
Explico.
Y regalo lo que aprendí.
Después cada uno hará con esa información lo que quiera, algunos la usarán para mejorar sus fotografías, otros quizás ni siquiera terminen de leer esta entrada, y alguno, seguramente, va a pensar que estoy completamente equivocado y también está perfecto porque la fotografía es así.
Y mientras tanto, seguiremos teniendo estos cielos grises.
Porque parece que un nenito bastante travieso anda haciendo de las suyas allá por el Pacífico y nos está mandando una colección de días nublados que ya empieza a convertirse en nuestro pan de cada día, así que habrá que aprender a fotografiar también con esa luz porque al final de cuentas, la mala luz no existe, existe la luz que todavía no aprendimos a aprovechar, y quizás ese sea el verdadero objetivo de todo esto; no sacar siempre la foto perfecta, sino entender cada vez un poquito mejor por qué una fotografía salió como salió y la próxima vez hacerla mejor.
El naranjero de hoy quizás no sea la fotografía más espectacular que haya pasado por este blog, es una sola foto, pero detrás de ella hay muchos años. Muchos pájaros, muchos amigos, muchos errores, muchas enseñanzas, y unas cuantas cagadas también.
Porque de eso se trata todo esto, de seguir aprendiendo, de seguir mirando de seguir fotografiando, y, cuando se puede... de seguir compartiendo.
Gracias por leer.
Marcelo Allende.
Aves del NEA.

18 ago 2026

El birro del Teyú Cuaré

Después de varios días con el blog medio en silencio, volvemos a la carga. Y qué mejor manera de hacerlo que retomando una historia que había quedado a mitad de camino.
Hoy va la segunda publicación del Birro del Teyú Cuaré, aquel registro novedoso que apareció durante una mañana del 18 de marzo de 2017; ese día hicimos algo que hasta entonces no habíamos hecho en este parque provincial, dejamos de mirar el Teyú Cuaré solamente desde arriba y encaramos hacia la parte baja del parque, buscando la costa del Paraná.
Y claro… todo muy lindo mientras uno baja.
Porque como dice el viejo refrán, si primero bajaste, después tendrás que subir.
Y nosotros bajamos.. bajamos bastante.
El problema fue el pequeño detalle de que, después de disfrutar del río, del paisaje y del Paraguay ahí nomás, enfrente, había que volver a subir todo lo que habíamos bajado.
Para cuando llegamos nuevamente a la parte alta, nuestras piernitas ya habían presentado formalmente la renuncia.
Pero valió la pena.
El Teyú Cuaré tiene esa particularidad de que cada cambio de nivel parece descubrirte un parque diferente. Arriba están los grandes miradores, las paredes de arenisca y esas vistas abiertas sobre el Paraná; abajo aparece otra intimidad, otra relación con el río y con la selva. Es un lugar donde el paisaje cambia constantemente con apenas unos metros de recorrido.
Y hay algo que siempre me llamó particularmente la atención de este rincón de Misiones porque no hace falta recorrer cientos de kilómetros para sentir que uno se metió en un lugar completamente distinto. En esas apenas 78 hectáreas protegidas se mezclan selva, paredones de arenisca, barrancas, río, historia y una flora particularmente interesante. De hecho, los estudios botánicos encontraron una riqueza extraordinaria de plantas para un área tan pequeña, con especies muy particulares de esta zona.
Pero aquel 18 de marzo nosotros no estábamos pensando en geología, botánica ni en ninguna otra cosa demasiado académica, estábamos buscando pájaros.
Y encontramos al Birro del Teyú Cuaré, en esa ocasión un Lifer, una nuea especie registrada para el blog.
Hoy vuelven dos fotos de aquel individuo, acompañadas por una tercera que, para mí, tiene casi tanta importancia como las del protagonista, tres fotógrafos en acción, cámara en mano, con el Paraná abajo y Paraguay del otro lado, Willy, y el mandril Lugo tapando a Luicho Krause.
Porque las fotos de aves cuentan una parte de la historia, las otras fotos cuentan cómo fue llegar hasta ellas, y después de varios años, uno descubre que esas imágenes de los que estaban detrás de la cámara terminan siendo tan importantes como las de los pájaros.
Especialmente cuando uno recuerda que, después de esa sesión, todavía quedaba el pequeño detalle de volver arriba para almorzar.
Y ahí sí… el Birro ya había volado, pero nosotros no podíamos ni levantar las patas.
Tres fotos de aquel día.
Dos de un pájaro.
Y una de tres tipos haciendo lo que más les gustaba hacer por aquellos años; caminar, buscar, fotografiar y, cuando se podía, parar un rato a recuperar el aire.
Porque en Teyú Cuaré, a veces, para encontrar un pájaro primero hay que bajar… y después pagar la deuda con las piernas.
Marcelo Allende/Aves del NEA


Encuentren al Birro en esta foto =).

12 ago 2026

El cliente que no comía maíz

El Restaurant del Pantanal sigue sumando clientes.
Después de aquella primera aparición del Arasarí fajado por Ombú chico, la historia no terminó con el descubrimiento. Aunque yo después no volví a encontrarme con él por esos pagos porque no fuí mas, el bicho siguió haciendo de las suyas y, como suele pasar en estos casos, fueron otros los que tuvieron la suerte de cruzárselo.
Y esta vez le tocó a Luis Krause, ser el dueño de casa tiene sus ventajas =).
El lugar era el de siempre: el Club Refugio Ombú, ese pequeño paraíso donde los comederos de la casa funcionan, sin proponérselo demasiado, como un verdadero restaurante de fauna silvestre, y por ahí ya pasaron unos cuantos clientes.
Pero este tenía gustos particulares.
El Arasarí fajado apareció bajando hasta el comedero, apenas a un metro del suelo, completamente ajeno a la presencia del fotógrafo, el cual para no molestarlo al comensal lo fotografió desde adentro de la casa y se dispuso a aprovechar la oferta gastronómica del lugar.
Eso sí: nada de maíz, nada de arroz; este señor tenía un paladar bastante más delicado; fruta, señores. El cliente sabía lo que quería.
Y Luis, que estaba en el lugar justo en el momento justo, aprovechó la visita como correspondía. Le hizo unas fotografías espectaculares, de esas que uno mira y piensa que tranquilamente podrían salir en un libro sobre las aves de nuestra selva.
Lo curioso es que, como tantas veces pasa con las buenas fotografías, quedaron guardadas durante años esperando su momento.
Y ese momento llegó hoy.
Porque después de tanto tiempo, volver a sacar del archivo a un Arasarí fajado fotografiado en el comedor de Ombú es también una manera de recuperar una pequeña historia de aquellos días en que descubríamos especies, las seguíamos encontrando y, de paso, íbamos conociendo esos lugares maravillosos que terminaban convirtiéndose en verdaderos puntos de encuentro con la naturaleza.
El Restaurant del Pantanal continúa abierto, la cocina sigue funcionando, los clientes cambian; y algunos, como este Arasarí, además de ser hermosos, tienen la delicadeza de saber exactamente qué pedir. Hoy, el menú: fruta.
El maíz puede esperar.


9 ago 2026

Zumbador Grande Anthracothorax dominicus (Linnaeus, C, 1766) Hispaniolan Mango

Hay especies que uno sale a buscar durante horas, caminando monte adentro, esperando en silencio, puteando a los mosquitos y preguntándose por qué carajo eligió este hobby, después están las otras, las que aparecen cuando uno está tranquilamente sentado, whisky mediante, disfrutando de las vacaciones.
Estas cuatro fotos son de un Zumbador grande, una especie nueva que se incorpora hoy a las páginas de Aves del NEA. Son fotos de archivo, tomadas durante aquel viaje familiar a Punta Cana en 2018, cuando todavía no imaginaba que varios años después iba a volver sobre aquellas carpetas para seguir encontrando material para el blog.
La historia de estas fotos es bastante sencilla.
Estaba en uno de los bares del hotel, tomándome tranquilamente un whisky, cuando vi aparecer al bicharraco y posarse relativamente cerca.
Whisky abandonado, cámara en mano, y a sacar fotos, cuestión de prioridades como quién dice.
El Zumbador grande es uno de esos picaflores que, a primera vista, puede resultar bastante familiar para nosotros. Tiene un aire inconfundible a nuestro Picaflor vientre negro, y no es casualidad: ambos pertenecen al mismo género, Anthracothorax.
Es un picaflor grande, robusto para lo que estamos acostumbrados a asociar con estos diminutos acróbatas, y con ese comportamiento tan propio del grupo: movimientos rápidos, vuelos cortos y precisos, apariciones fugaces y una capacidad extraordinaria para desaparecer de nuestra vista justo cuando uno cree que finalmente lo tiene encuadrado.
El plumaje del macho es espectacular, con esos colores metálicos que cambian según cómo incide la luz. Como ocurre con tantos picaflores, el dimorfismo sexual es muy marcado, y la hembra tiene un aspecto bastante diferente, aunque conserva ese inconfundible aire de familia.
Y hablando de la hembra...
También tuve la suerte de fotografiarla durante aquel viaje. En este caso fue otro día y la situación fue bastante distinta: la foto la conseguí desde el balcón de la habitación del hotel, o sea que, aparentemente, para fotografiar picaflores en Punta Cana no hacía falta caminar demasiado.
Conseguí mejores resultados quedándome cerca del whisky.
La hembra, además, permite apreciar muy bien ese contraste de colores que caracteriza a la especie. En los picaflores, el dimorfismo sexual suele ser particularmente evidente y el Zumbador grande no es la excepción. Y así, casi ocho años después de haberlas tomado, estas fotos vuelven a salir de una carpeta de archivo para ocupar finalmente su lugar en el blog. Otra especie.
Otra historia.
Y otra prueba más de que uno nunca sabe cuándo una foto aparentemente olvidada va a volver a cobrar vida.
Zumbador grande.
Una especie nueva para el blog, fotografiada en Punta Cana, durante un viaje familiar en 2018.
Y sí...
El whisky quedó ahí.
Por suerte, no se derramó.
Hay además un detalle que me gusta especialmente de este bichito: el Zumbador grande no es simplemente una especie que podemos encontrar en el Caribe. Es endémico de La Española, la isla que comparten República Dominicana y Haití. Es decir, fuera de esa región no hay poblaciones naturales de esta especie. Así que aquel encuentro casual en Punta Cana terminó siendo, sin que yo lo supiera en ese momento, el encuentro con una especie exclusiva de esa isla.
Y de grande, el nombre no le queda nada mal. Para un picaflor puede considerarse bastante corpulento: mide entre 11,5 y 13,5 centímetros y tiene un pico largo, fino y ligeramente curvado.
El macho es una verdadera pieza de joyería voladora. El dorso presenta esos verdes metálicos que cambian de intensidad con la luz, mientras que la garganta y el pecho muestran el contraste oscuro que, justamente, terminó dando origen al nombre del género Anthracothorax, una combinación de raíces griegas relacionada con "pecho negro".
La hembra, en cambio, parece casi otro pájaro. Tiene las partes inferiores mucho más claras, blanquecinas, y una cola que puede mostrar tonos pardos o rojizos. Es uno de esos casos en los que el dimorfismo sexual resulta imposible de pasar por alto. Y la foto que pude hacerle desde el balcón de la habitación permite justamente apreciar esa diferencia.
Otra cosa interesante es que este zumbador no es demasiado exigente con el lugar donde vivir. Puede aparecer en bosques, bordes y claros, pero también en jardines, zonas urbanas y suburbanas, plantaciones y ambientes bastante secos.
O sea que aquel ejemplar que apareció cerca del bar del hotel no estaba precisamente fuera de lugar.
El que estaba fuera de lugar era yo...
Saludos para todos y espero hayan tenido un lindo Domingo.




Mapa de distribución en La Española (República Dominicana/ Haití)
Copyright-Ebird (www.ebird.org)

7 ago 2026

Dos fotos, una langosta, y un quilombo de cuervos

Hay fotografías que uno sale a buscar y otras que directamente se te meten en el medio de lo que estabas haciendo, estas dos fotos pertenecen claramente al segundo grupo.
Durante aquella excursión familiar a la Isla Saona apareció otra de esas especies que tenía muchas ganas de poder fotografiar: el cuervo de la Española.
Y digo “apareció” porque, en realidad, estos bicharracos primero se hacen notar por los oídos, uno puede estar tranquilamente en lo suyo y, de repente, empieza el bochinche. Ruidosos, escandalosos, quilomberos... como decimos por estos pagos. Un grupo de cuervos haciendo de las suyas no es precisamente una presencia discreta. Por momentos parecen una bandada de loros grandes, aunque bastante menos interesados en guardar silencio.
Y ahí estaba yo, disfrutando en familia de uno de los grandes placeres de una excursión por el Caribe, una langosta cocida a las brasas.
Almuerzo servido, cámara guardada y, en teoría, momento de sentarse a disfrutar hasta que los escuché.
La langosta podía esperar, los cuervos no. Así que abandoné momentáneamente el almuerzo, agarré la cámara y salí detrás de ellos para intentar conseguir alguna fotografía decente.
Por suerte, la decisión resultó bastante más fácil de tomar que lo que podría suponerse. Hay especies que, cuando finalmente aparecen delante del fotógrafo, hacen que cualquier otra cosa pase automáticamente a segundo plano; y este cuervo fue una de ellas.
Además, hay algo especialmente lindo en poder fotografiar una especie que hasta ese momento solamente conocías por referencias, fotografías ajenas o libros. De repente está ahí, delante tuyo, haciendo exactamente lo que hacen los bichos cuando uno deja de esperar que posen: moverse, gritar, esconderse, aparecer de nuevo y obligarte a estar atento; estas dos fotos son el resultado de aquella interrupción gastronómica.
Y ya que estamos hablando de fotos, aproveché esta nueva tanda para probar un nuevo seteo de edición, utilizando algunas de las últimas herramientas disponibles en Photoshop CC 25.12. Después de tantos años editando fotografías, uno pensaría que ya está todo aprendido pero no. Cada tanto aparece alguna herramienta nueva, alguna posibilidad diferente o alguna forma de trabajar que obliga a volver a experimentar un poco. Y eso también forma parte de este asunto de la fotografía, sacar la foto es solamente una parte de la historia. La otra empieza bastante después, frente a la computadora. Así que hoy tenemos dos fotos, un cuervo de la Española, un lindo recuerdo de una isla del Caribe, un nuevo experimento de edición...
Y una langosta que tuvo que esperar unos minutos porque, evidentemente, los cuervos tenían otros planes para mi almuerzo.
Y la verdad...
No me arrepiento.

6 ago 2026

Otro carpintero... otro mundo

Ayer le tocó el turno a un carpintero acostumbrado a convivir con la gente, fotografiado prácticamente en el patio de casa. Hoy el escenario cambia por completo. Nos metemos de lleno en la selva misionera, donde cada encuentro con un ave tiene otro sabor.
Este carpintero oliva manchado apareció hace algunos años durante una recorrida por el Parque Provincial Cruce Caballero. No es de esas especies que se dejan ver con facilidad. Como tantos habitantes del monte, suele delatarse primero por el tamborileo de sus golpes sobre la madera y recién después, con algo de paciencia y un poco de suerte, deja que uno lo descubra entre troncos cubiertos de musgos, lianas y helechos.
Siempre me gustó fotografiar carpinteros porque cada especie parece haber encontrado su propio rincón. Algunos se adaptan perfectamente a pueblos y ciudades, mientras que otros siguen siendo fieles a los ambientes mejor conservados. El oliva manchado pertenece claramente a este último grupo y verlo siempre es una buena señal de que el bosque todavía conserva buena parte de su esencia.
Estas fotos ya tienen unos cuantos años, pero volver a encontrarlas es también una forma de volver, aunque sea por un rato, a esos senderos de Cruce Caballero que tantas satisfacciones nos regalaron. Y de paso para mi aprovechar la oportunidad de esta publicación para actualizar la ficha de la especie en el blog porque es otra especie que al cambiar de género ha cambiado su nombre científico

5 ago 2026

147 razones para mirar un poco mas; los vecinos ignorados.

A veces uno cree que para encontrarse con la naturaleza hace falta recorrer cientos de kilómetros, perderse en la selva misionera o viajar hasta algún rincón remoto del país. Sin embargo, muchas veces alcanza con hacer algo mucho más simple: salir al patio, sentarse con un mate en la mano y tomarse el tiempo de mirar.
Las tres fotos que voy a comartir hoy acá son de hoy; son de una hembra de carpintero real que esta mañana me regaló unos quince minutos de compañía. Mientras yo disfrutaba de unos mates, ella recorría con paciencia los troncos mal podados del paraíso de mi vecino buscando esos pequeños insectos que viven ocultos bajo la corteza. Dos mundos compartiendo el mismo espacio, cada uno con sus costumbres, separados apenas por unos pocos metros.
Hace unos días me puse a revisar las listas que fui cargando en eBird desde el año 2010. El resultado me dejó pensando. En un radio aproximado de apenas dos kilómetros alrededor de mi casa, entre el patio y las calles del barrio, llevo registradas 147 especies diferentes de aves, producto de 241 listas cargadas durante todos estos años, 16 para ser mas exactos.
Ciento cuarenta y siete especies.
Dicho así parece solamente un número, pero alcanza para dimensionar la extraordinaria biodiversidad que nos rodea. No estamos hablando de un parque nacional ni de una reserva natural. Estamos hablando de un barrio, de casas, veredas, árboles, baldíos, patios y plazas. Lugares por donde la mayoría pasa todos los días sin imaginar la enorme cantidad de vida que los habita.
Y probablemente ese sea el verdadero problema. Las aves no son escasas; muchas veces somos nosotros los que vivimos demasiado apurados para descubrirlas. Están ahí desde siempre, acompañándonos en silencio, pero pasan inadvertidas porque casi nunca levantamos la vista.
Como decía don Atahualpa Yupanqui: "Para el que mira sin ver, la tierra es tierra nomás; nada le dice la pampa, ni el arroyo, ni el sauzal."
Creo que pocas frases describen mejor lo que ocurre con las aves de nuestros pueblos y ciudades. Para quien no presta atención, un árbol es apenas un árbol. Para quien aprende a mirar, ese mismo árbol puede convertirse en el hogar de carpinteros, benteveos, tacuaritas, fruteros, zorzales, calandrias y decenas de especies más, cada una con su historia, sus costumbres y su forma de ganarse la vida.
Tal vez esa sea una de las cosas más lindas que me dejó este hobby. Aprender a mirar. Descubrir que la naturaleza no empieza cuando termina el asfalto, sino apenas abrimos la puerta de casa.
Ojalá estas fotos sirvan para despertar esa curiosidad en alguien que llegue por primera vez al blog. No hace falta tener una cámara costosa ni viajar demasiado lejos. Basta con regalarse unos minutos, levantar la vista, escuchar un canto diferente y dejar que la sorpresa haga el resto.
Quién sabe... quizás el próximo carpintero real, el próximo picaflor o la próxima especie que les cambie la mañana esté ahora mismo esperando en el árbol de la vereda.


4 ago 2026

Cuando el Tacuarero faltó a la cita.

Hay fotografías que quedan guardadas durante años esperando su turno, y estas tres del chupadientes son un buen ejemplo. Fueron obtenidas en 2018, durante un fin de semana en el Parque Provincial La Araucaria, en San Pedro, junto a Nico, Roby y Willy. Si bien verán que son similares a las últimas publicadas de la especie son las que quedarn sin editar y compartirlas en el blog desde aquella vez. Al final de cuentas de que sirve tener material fotográfico guardado solo para mis ojos; en honor a la verdad creo que compartiéndolas en este espacio a alguien mas le picará la curiosidad de meterse al monte para disfrutar de esta actividad.
La realidad es que ninguno de nosotros estaba buscando un chupadientes, los cuatro habíamos elegido cuidadosamente un sitio después de localizar un punto desde donde se escuchaba vocalizar al Tacuarero. La esperanza era que ese escurridizo furnárido cometiera el error de dejarse ver. Hubiese sido la frutilla del postre para cerrar un viaje espectacular, pero ya es sabido que el Tacuarero parece tener un sexto sentido, y probablemente al enterarse de que yo estaba esperándolo decidió no aparecer.
En su lugar llegó este chupadientes, que se mostró con una generosidad poco habitual y me regaló, creo yo, las mejores fotografías que tengo de la especie. No era el protagonista que esperábamos, pero terminó convirtiéndose en el mejor recuerdo fotográfico de aquella mañana.
Del Tacuarero, en cambio, nunca más volví a escuchar siquiera su canto. Ya pasaron ocho años y quizás haya llegado el momento de volver a La Araucaria para dedicarle una mañana completa a ese fantasma del tacuaral que todavía le viene ganando a mi cámara.
Y si de recuerdos se trata, imposible no acordarse del frío que pasamos durante todo ese viaje. Nos "cagamos" de frío, para decirlo sin vueltas. Pero como dice el refrán, sarna con gusto no pica; las bajas temperaturas se olvidaban enseguida cuando llegaba la hora de encender el fuego y preparar esos memorables guisos de arroz con pollo al disco en el complejo Der Wald, donde nos alojábamos para descansar y recargar energías antes de salir otra vez a caminar el monte. Son de esas pequeñas cosas que terminan haciendo inolvidable una salida de pajareros. La pucha, che... veo estas fotos viejas, me inspiro para escribir una entrada al blog y, sin darme cuenta, me invaden unas ganas tremendas de volver al monte entre amigos.
A esta altura del partido, con varios años más sobre el lomo, creo que el orden de las prioridades cambió. Lo más importante ya no es volver con la tarjeta de memoria llena de fotones. Lo mejor es vagar por el monte entre amigos, hablar al pedo, cagarse de risa durante varios días, compartir un mate o un guiso al disco al final de la jornada... y, si de paso se sacan algunas fotos buenas, mejor todavía. Saludos para todos y si llegaron hasta acá gracias por leernos !!!


3 ago 2026

La Cigüita en el manglar

Otra tanda de fotos de archivo que vuelve desde aquel viaje a Punta Cana. Esta vez la protagonista es la cigüita de río (Parkesia noveboracensis), fotografiada entre los manglares que bordeaban una de las playas de estacionamiento del hotel Iberostar.
Mientras la mayoría de los turistas pasaba apurada rumbo a la playa, o se desesperaba por llegar primeros al buffet, yo iba mirando para el otro lado. Es increíble la cantidad de aves que pueden aparecer en esos pequeños rincones donde casi nadie presta atención.
La cigüita recorría el barro y las raíces del manglar con esa forma tan particular de caminar que tienen las especies del género Parkesia: siempre inquieta, revisando cada hoja caída, cada charquito y cada tronco en busca de insectos, pequeños crustáceos y cualquier otro bocado que encontrara. Es un ave migratoria que pasa el invierno boreal en el Caribe y buena parte de América tropical, por lo que para esas especies estos ambientes costeros representan una escala fundamental en su largo viaje, y para nosotros los turistas observadores de aves nos brindan una interesante oportunidad de registrar especies que hasta en esa zona no están durante todo el año.
No será el ave más llamativa por sus colores, pero verla moverse entre las sombras del manglar y poder llevarse unas cuantas fotos fue uno de esos pequeños premios que suelen regalar los rincones menos transitados.

2 ago 2026

Una sola foto alcanza...

Hay aves que llenan una tarjeta de memoria en pocos minutos y otras de las que uno termina volviendo con una sola foto. El pioró pertenece, al menos para nosotros, a este segundo grupo.
La imagen de hoy la obtuvo Nico Pavese, el suertudo oficial del grupo. Mientras algunos seguimos peleándonos con ramas, contraluces y hojas que aparecen justo donde no deben, siempre hay alguno al que el monte parece darle una mano; esta vez le tocó a Nico.
El pioró (Thlypopsis pyrrhocoma) es uno de esos pajaritos que no llaman la atención por el tamaño ni por andar haciendo demasiado ruido. Vive entre la vegetación del sotobosque, moviéndose con agilidad entre ramas y tacuaras, muchas veces acompañando bandadas mixtas. Hay que estar atento porque aparece unos segundos y, cuando uno termina de levantar los binoculares o la cámara, ya desapareció.
Su rasgo más llamativo es la cabeza de colores castaños o rojizos que le da un aspecto inconfundible y explica el nombre científico de la especie. El resto del plumaje es mucho más sobrio, una combinación que lo convierte en un ave elegante sin necesidad de colores estridentes.
En Misiones no es imposible de encontrar, pero tampoco es de esas especies que se dejan fotografiar con facilidad, por eso cada registro tiene un sabor especial, aunque sea una única imagen.
Y como suele pasar en las salidas con amigos, siempre hay alguno que vuelve con "la foto", esta vez el mérito fue de Nico. A los demás nos queda disfrutarla... y esperar la revancha en la próxima escapada.

Colores del norte misionero

El último viaje al norte de Misiones para fotografiar aves todavía me sigue regalando imágenes para compartir en el blog, aun después de tantos años.
Hoy les traigo dos fotos de un carpintero arcoíris macho que pude fotografiar en el Parque Provincial Cruce Caballero, a pasitos de la casa de los guardaparques.
Cada vez que reviso aquellas carpetas vuelven las mismas ganas de subirme al auto y escaparme otra vez hacia el norte de la provincia. Hablando con los amigos descubrí que a ellos les pasa exactamente lo mismo. La reactivación del blog también hizo que retomáramos el contacto con varios guardaparques de la zona, que volvieron a leernos y nos hicieron saber que, después de tantos años de ausencia, las puertas siguen abiertas para recibirnos. Es una alegría enorme y una excusa más para empezar a planificar el regreso. Ni bien los planetas se alineen y todos podamos hacernos de unos días libres, allá estaremos otra vez.
Y si hablamos del protagonista de esta entrada, poco queda por agregar. Para mi gusto, el carpintero arcoíris es el más hermoso de todos los carpinteros que pueden verse por estas tierras. Sus colores hacen honor a su nombre y cada encuentro con él termina convirtiéndose en uno de esos momentos que justifican el viaje, los madrugones y los kilómetros recorridos.