Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.

2 oct 2026

¿Hasta dónde queremos llegar?

Hoy me toca publicar algo bastante diferente a lo que acostumbro mostrar en el blog, y posiblemente también diferente a lo que muchos de ustedes esperan encontrar cuando entran a Aves del NEA. No se trata solamente de una fotografía de un ave, ni de una salida al monte, ni de alguna de esas historias que suelo rescatar después de tantos años de andar con una cámara al hombro. Esta vez la protagonista, aunque no aparezca en la fotografía, es la inteligencia artificial. Y digo protagonista porque después de hacer una pequeña prueba con Photoshop me quedé pensando bastante más de lo que imaginaba cuando simplemente abrí el programa por curiosidad.
Hace unos días se actualizó mi Photoshop, pasando de la versión CC2024 a la última CC2026. Hasta ahí, una actualización más de las tantas que fui instalando a lo largo de los años. Uno ya está acostumbrado a que cada nueva versión traiga alguna herramienta nueva, algún filtro, alguna manera diferente de hacer más rápido aquello que antes llevaba un poco más de trabajo. Pero esta vez, al abrir el programa, me encontré con algo que llamó inmediatamente mi atención. En la pantalla principal aparecían dos grandes opciones. Una, la conocida de siempre, algo así como la edición profesional tradicional. Y al lado, otra que hasta hace poco tiempo prácticamente no formaba parte de nuestro vocabulario fotográfico, la edición asistida por inteligencia artificial.
Y claro... ¿cómo no iba a probarla?. Después de revelar una serie de archivos RAW en la última versión de Camera Raw, elegí una de las fotografías y decidí hacer una prueba. No buscaba simplemente mejorar la exposición, corregir un color o limpiar alguna pequeña imperfección, cosas que forman parte de cualquier proceso normal de edición fotográfica. La idea era darle a la herramienta una serie de instrucciones bastante precisas acerca del resultado que pretendía obtener y ver hasta dónde era capaz de llegar.
Y ahí vino la sorpresa, porque en cuestión de unos diez segundos tenía delante de mí algo que, si no hubiera sabido exactamente lo que acababa de hacer, probablemente me habría costado muchísimo imaginar que había sido generado o modificado por una inteligencia artificial.
Acá voy a poner las instrucciones que le di para que puedan entender mejor qué fue exactamente lo que le pedí al programa.
En el prompt textualmente le pedí que cambie la relación de aspecto de la foto pasando de la original 3:2 a 2:3, hablando en castellano que pase de horizontal a vertical
De ser necesario modificar la posición del ave que haga los ajustes necesarios sin modificar las proporciones ni la anatomía.
Escribí que no altere colores, contraste, luces, sombras, y saturacioón de color. agregar mas textura al tronco del árbol, y reemplazar el cielo grisáceo por un fondo de vegetación con distintas tonalidades de verde, dar efecto de reducida profundidad de campo desenfocando el plano del fondo, pedí también que filtre la totalidad del ruido digital, y en cuestión de menos de 15 segundos obtuve lo que pedí.
El resultado me dejó sinceramente sorprendido. No solamente por la velocidad, sino por la capacidad que tiene actualmente una herramienta de este tipo para interpretar una indicación escrita y transformarla en algo visualmente convincente. Y cuando digo convincente, lo digo en serio.

Esta es la imagen original.



Y esta es la imagen generada por Firefly, así se llama la IA de Adobe Photoshop



De hecho, después de compartir la fotografía con algunos amigos fotógrafos, varios de ellos creyeron que la escena era real. Obviamente no tardé demasiado en contarles la verdad y explicarles cómo había sido realizada, porque justamente parte de la prueba consistía en comprobar hasta qué punto una fotografía generada o modificada de esta manera podía pasar por una fotografía auténtica, y ahí fue cuando la cosa dejó de ser solamente una curiosidad tecnológica. Porque una cosa es saber que la inteligencia artificial existe, que puede escribir, dibujar, generar música, modificar fotografías, crear videos, imitar voces, reconstruir escenas y hacer una cantidad de cosas que hasta hace muy pocos años parecían directamente sacadas de una película de ciencia ficción. Y otra muy distinta es tenerla delante, darle unas instrucciones con palabras comunes y ver aparecer en cuestión de segundos algo que nuestros ojos aceptan como verdadero y ese último punto es el que más me interesa porque al menos en mi caso uno ya empieza a mirar todo con cierta desconfianza.
Una fotografía puede haber ocurrido exactamente como la vemos, puede haber sido retocada, puede haber sido parcialmente reconstruida o puede no haber ocurrido nunca. Una voz puede pertenecer a una persona que jamás pronunció esas palabras. Un video puede mostrar a alguien haciendo o diciendo algo que nunca hizo ni dijo. Una canción puede haber sido creada sin que detrás exista siquiera un músico tocando un instrumento. Y una imagen puede mostrarnos un lugar, un animal, una persona o una situación que jamás existieron, y esto recién empieza. No lo digo como una crítica a la tecnología. Todo lo contrario. Me parece fascinante. También me parece extraordinario que una herramienta pueda hacer en segundos algo que hace unos años hubiera requerido conocimientos técnicos, horas de trabajo y probablemente bastante experiencia. El problema, al menos para mí, no está en que la tecnología sea capaz de hacerlo. El verdadero problema empieza cuando nosotros dejamos de preguntarnos qué estamos viendo.
Porque durante mucho tiempo la fotografía tuvo algo de prueba, no era una prueba absoluta, por supuesto. La fotografía siempre pudo ser manipulada, recortada, retocada, iluminada artificialmente, tomada desde un determinado ángulo o seleccionada para mostrar solamente una parte de una situación. Mucho antes de que apareciera la inteligencia artificial ya existía el retoque fotográfico y también existía la fotografía engañosa pero había una diferencia importante porque había que hacer el trabajo y hoy esa frontera se volvió muchísimo más difusa.
Una persona que jamás haya utilizado Photoshop puede escribir una frase y obtener una imagen prácticamente terminada. Y probablemente dentro de poco ni siquiera necesite saber exactamente qué está pidiendo. La propia herramienta podrá interpretar una intención, corregirla, proponer alternativas y realizar modificaciones cada vez más complejas, y entonces aparece una pregunta que me parece bastante más difícil de responder que cualquier cuestión técnica.
¿Porque algo puede hacerse significa necesariamente que debemos hacerlo? Y ahí entramos en un terreno mucho más incómodo.
La tecnología siempre avanzó porque alguien se animó a hacer algo que antes no podía hacerse. Sería absurdo pretender detener el progreso. Tampoco creo que tenga sentido mirar la inteligencia artificial como si fuera el enemigo. Es una herramienta, y como cualquier herramienta puede utilizarse de muchas maneras diferentes, un martillo puede servir para construir una casa o para romper una ventana, la herramienta no decide qué hacemos con ella y quizás ahí esté buena parte del dilema. ¿Qué hacemos nosotros con esta posibilidad?
En fotografía, por ejemplo, para mí existe una diferencia bastante grande entre revelar una fotografía y fabricar una fotografía. Ajustar exposición, contraste, temperatura de color, recuperar luces, levantar sombras, reducir ruido o realizar un recorte son cosas que forman parte del proceso de llevar a una imagen el resultado que uno tenía en mente cuando apretó el disparador.
Pero otra cosa es pedirle a una inteligencia artificial que agregue un animal que nunca estuvo allí, que cambie completamente el fondo, que elimine elementos importantes de la escena o que construya una situación que jamás ocurrió y después presentar esa imagen como si fuera una fotografía documental.
Ahí, al menos para mí, aparece una frontera, y no necesariamente una frontera tecnológica, una frontera ética porque cuando fotografío un ave, especialmente después de tantos años de hacerlo, una parte importante de lo que me interesa no está solamente en la fotografía final, está en todo lo que ocurrió antes, está en haber encontrado al animal, en haberlo esperado, en haber observado su comportamiento, en haber elegido el momento, en haber soportado que se fuera justo cuando uno estaba a punto de apretar el disparador, en haber sacado veinte fotografías horribles para conseguir una que más o menos sirviera, en haber vuelto a casa y descubrir que la que uno creía extraordinaria estaba movida, en haber aprendido con los años; y también está ese pequeño orgullo de saber que, detrás de esa fotografía, hubo una situación real, el ave estuvo allí, yo estuve allí, la luz era esa, el fondo era ese, y ese instante ocurrió una sola vez.
Quizás por eso me cuesta tanto separar la fotografía de la experiencia que existe detrás de ella, y por eso también esta imagen que estoy publicando hoy va a ser una excepción dentro de Aves del NEA, porque es la única fotografía del blog que hasta ahora fue procesada utilizando inteligencia artificial para modificar de manera sustancial el resultado, y justamente por eso decidí publicarla.
No para hacerme el moderno, ni para demostrar lo que puede hacer Photoshop, ni mucho menos para engañar a nadie; todo lo contrario, la publico para dejar constancia de lo que puede hacerse y, sobre todo, para que quede claro que la fotografía que están viendo no representa una escena tal como fue registrada originalmente por la cámara.
Podría haberla publicado sin decir nada.
Probablemente muchos la hubieran tomado como una fotografía real.
Y justamente ahí está el problema.
Porque si una imagen puede engañarnos tan fácilmente, entonces también nosotros tenemos que empezar a cambiar la manera en que miramos las imágenes. Quizás dentro de algunos años ya no alcance con decir "lo vi en una foto" y habrá que preguntar quién la hizo, cuándo, cómo, con qué cámara, si existe el archivo original y, dependiendo del caso, qué tipo de modificaciones recibió.
Puede parecer exagerado hoy, pero hace algunos años también parecía exagerado pensar que íbamos a necesitar desconfiar de un video porque podía haber sido generado artificialmente, y acá estamos.
Por mi parte, seguiré disfrutando de la edición tradicional, me gusta hacer yo mismo las cosas, me gusta revelar un RAW, mirar qué información captó el sensor, decidir cuánto contraste necesita una fotografía, corregir una exposición, trabajar los colores y tratar de sacar de esa imagen lo mejor posible sin convertirla en otra cosa, no necesito que la computadora salga al monte por mí, prefiero equivocarme yo, prefiero que una fotografía tenga un pequeño defecto pero que ese defecto también sea parte de la historia, prefiero una foto imperfecta de un ave que realmente estuvo delante mío antes que una fotografía técnicamente perfecta de un ave que nunca estuvo allí.
Quizás alguno diga que estoy chapado a la antigua y probablemente tenga razón pero en este caso no me molesta, me gusta lo tradicional, lo clásico, lo real. Me gusta saber que detrás de una fotografía hay una persona que salió, caminó, esperó, miró, tuvo paciencia y finalmente consiguió registrar algo que realmente sucedió; eso no significa que quiera volver atrás ni que pretenda negar todo lo que la tecnología puede ofrecernos. Seguramente seguiré utilizando herramientas nuevas y aprendiendo cosas. Sería absurdo no hacerlo pero creo que también tenemos que aprender a poner límites y quizás esos límites no deberían estar escritos solamente en un programa de computadora, deberían estar también en nosotros porque la pregunta interesante ya no es solamente qué puede hacer la inteligencia artificial, la pregunta interesante es qué queremos que haga.
Y todavía más importante... ¿Qué queremos seguir haciendo nosotros?
En un mundo donde una máquina puede crear en diez segundos algo que parece una fotografía auténtica, quizás el verdadero valor de una fotografía ya no esté solamente en lo bien que se ve; quizás empiece a estar nuevamente en la historia que existe detrás de ella, en saber que ese momento ocurrió, que ese animal estaba allí, que alguien tuvo la paciencia de esperarlo, que hubo una mañana, una tarde, un camino, un monte, un árbol, una luz determinada y una persona detrás de una cámara. Y mientras todo eso siga existiendo, creo que todavía hay algo que ninguna inteligencia artificial puede reemplazar.
La experiencia de haber estado allí y por ahora, personalmente, me quedo con eso.

Para terminar esta entrada al blog les comparto el resto de la serie que edité (Sin IA) de la única vez que apareció esta especie en el Club Refugio Ombú allá por el año 2015 para nunca mas aparecer nuevamente.


1 oct 2026

El detalle que se me escapó

Hay fotografías que uno mira muchas veces y, sin embargo, siempre terminan mostrando algún detalle nuevo. Esta vez, mientras volvía a revisar una de aquellas secuencias del Picaflor copetón, me llamó la atención algo que en su momento pasó completamente desapercibido. En el pico se alcanzan a ver pequeños rastros de polen. Evidentemente el hombre venía haciendo su trabajo entre las flores y yo, preocupado por conseguir alguna foto medianamente decente, ni enterado de lo que estaba pasando delante de la cámara😄.
Se trata de un macho de Picaflor copetón, una especie que siempre resulta atractiva por ese contraste entre los tonos verdes del cuerpo y los colores oscuros y violáceos de la cabeza y el pecho, pero que además tiene ese comportamiento inquieto y movedizo tan propio de los picaflores. En esta oportunidad las fotografías corresponden a una misma secuencia y, ahora que vuelvo a mirar estas imágenes con bastante más calma que en aquel momento, encuentro detalles que seguramente pasaron de largo por la ansiedad de la situación.
El lugar también merece su pequeño recuerdo. Era uno de esos tantos caminos vecinales del sur de Misiones, muy cerquita de Posadas, donde por aquellos años todavía era posible encontrar algunos sectores de selva y una actividad de aves realmente interesante. Bastaba detenerse un rato, apagar el motor y esperar... siempre aparecía algo. Y cuando no aparecía, por lo menos había tiempo para escuchar, mirar y tratar de adivinar de dónde venía ese movimiento entre la vegetación.
Ahora, con los años encima y bastante más curiosidad que apuro, me pregunto cuánto quedará de aquellos lugares. Capaz que un día de estos agarre la Tracker, me haga una escapadita por la zona y vuelva a recorrer alguno de esos caminos para ver qué quedó de aquellos mogotes de selva y de aquella interesante biodiversidad que encontrábamos tan cerca de Posadas.
Quién sabe... por ahí todavía queda algún Picaflor copetón haciendo su recorrida entre las flores y, con un poco de suerte, me vuelve a regalar otra oportunidad. Esta vez trataré de mirar también el pico. 😉

30 sept 2026

Primer migrante de la temporada.... ¿0 no?

Hoy comparto la primera fotografía de esta temporada 2026 de una especie migratoria que decidió hacer una escala en el árbol del vecino, justo al fondo del patio de mi casa. Se trata de un Suirirí real, uno de esos visitantes que con la llegada de la primavera empiezan a aparecer nuevamente por estos pagos y que, aunque no sea precisamente la especie más rara que uno pueda encontrarse, siempre resulta interesante tenerlo del otro lado del muro y al alcance de la cámara.
No voy a decir que este fue el primer migrante que apareció esta temporada, porque tranquilamente puede haber pasado por acá alguna especie bastante más interesante y yo ni enterado. También es posible que mientras estaba haciendo alguna otra cosa el Suirirí real haya llegado, se haya acomodado un rato en el árbol, haya mirado para los dos lados y se haya ido pensando que en esta casa todavía no habían puesto el cartel de “fotógrafo disponible”.
La realidad es que uno quisiera tener la cámara siempre preparada y pasar buena parte del día mirando para afuera, esperando que aparezca algo interesante. Pero lamentablemente hay otras cosas que hacer en casa... y todavía no descubrí la manera de convencer a esas tareas de que se hagan solas mientras uno se queda sentado con la cámara en el regazo.
Así que habrá que ir repartiendo el tiempo entre una cosa y otra, y aprovechar cada oportunidad que aparezca por el barrio. Porque ahora que empezó oficialmente la temporada de visitantes, cualquier árbol, cable, techo o rincón del patio puede convertirse en una pequeña sorpresa.
Veremos qué más puedo registrar desde acá hasta el otoño. Con un poco de suerte aparecerá alguna especie más interesante que este Suirirí real... aunque, pensándolo bien, tampoco estaría nada mal que primero apareciera una que no se vaya justo cuando uno termina de agarrar la cámara.

Pijuí plomizo: Un encuentro para recordar.

Hace unos años ya había publicado algunas fotografías de esta especie obtenidas durante aquella tarde de diciembre de 2017 en los pastizales aledaños a la Ruta Provincial 204, camino a Profundidad, poco antes de llegar al puente sobre el arroyo Garupá. Hoy, revisando nuevamente aquel archivo, encontré otras fotografías de la misma secuencia que en su momento habían quedado esperando su oportunidad.
Fue una de esas tardes en las que uno sale con la idea de encontrar algunas especies y termina llevándose bastante más de lo que esperaba. En aquel lugar, entre los pastizales y la vegetación baja que acompañaba el camino, comenzaron a aparecer los Pijuí plomizo. Primero fue uno, pero al rato la situación cambió y terminé observando alrededor de cinco individuos moviéndose entre los arbustos bajos, entrando y saliendo de la vegetación y obligándome a seguirlos con la cámara cada vez que asomaban.
Los furnáridos siempre tuvieron conmigo una relación bastante particular. No porque sean difíciles de identificar una vez que uno los conoce, sino porque muchas veces se hacen notar mucho más por lo que escuchamos que por lo que conseguimos ver. Y el Pijuí plomizo no es precisamente una excepción. Por eso aquella tarde fue bastante generosa ya que además de poder observar varios individuos juntos, tuve varias oportunidades para fotografiarlos con cierta tranquilidad.
En aquella época todavía estaba bastante más pendiente de disparar cada vez que el ave aparecía frente al objetivo. Hoy seguramente encararía la situación de otra manera, esperando un poco más, observando sus movimientos y tratando de anticipar por dónde volvería a aparecer. Pero justamente ahí está lo lindo de volver sobre fotografías de tantos años atrás porque no solamente uno vuelve a encontrar imágenes que había olvidado, también puede volver a mirar aquellos momentos con la experiencia que fue acumulando después.
Así que, sin demasiadas vueltas, hoy le toca el turno nuevamente al Pijuí plomizo. Mismo lugar, mismo encuentro y misma tarde de diciembre de 2017, pero algunas fotografías diferentes de aquella secuencia que habían quedado guardadas en el archivo. A veces alcanza con volver a mirar un poco más allá de las primeras fotos para descubrir que todavía quedaba alguna historia por contar.
Y como suele pasar, una buena salida no se mide solamente por las especies que uno logra encontrar, sino también por la gente con la que comparte la jornada. Aquella tarde la disfrutamos junto a Lucho Lugo, y después de una salida así siempre queda esa alegría fácil de compartir con los amigos que no fueron, cuando uno vuelve a casa sabiendo que, además de haber pasado un lindo día en el campo, pudo conseguir buenas fotografías de una especie que no aparece precisamente todos los días frente a la cámara. De esas jornadas que, aunque hayan pasado unos cuantos años, todavía da gusto recordar.

29 sept 2026

Una Calandria del Caribe

Después del primer registro que publiqué en el blog, allá por 2017, cuando tuve la oportunidad de fotografiarlo durante un viaje a Varadero, Cuba, vuelvo a encontrarme con el Sinsonte común, lejos de casa pero nuevamente en el Caribe, durante nuestra estadía en Punta Cana, República Dominicana.
Y si uno viene de Argentina y está acostumbrado a encontrarse con nuestras calandrias, este pájaro tiene algo de “conocido” desde el primer momento. El tamaño, la forma alargada del cuerpo, la cola larga, las patas, la costumbre de andar por el suelo y luego buscar una posición bien visible para cantar... todo hace pensar inmediatamente en una calandria. Incluso el comportamiento tiene muchas coincidencias. Pero cuando levanta vuelo aparece la diferencia más llamativa: esas manchas blancas en las alas y en la cola que le dan un aspecto muy particular y que, salvando las distancias, recuerdan a nuestra Calandria real.
Y después está el canto, que es probablemente donde más se justifica esa comparación. El Sinsonte común tiene un repertorio extraordinariamente variado y es capaz de incorporar imitaciones de otras aves y hasta de distintos sonidos de su ambiente. Para alguien acostumbrado a escuchar a las calandrias argentinas haciendo algo parecido, resulta inevitable encontrar otra vez esa misma “forma de hacer las cosas”, aunque estemos hablando de otra especie y de otro continente.
Así que podríamos decir que el Sinsonte común es algo así como una calandria caribeña, aunque taxonómicamente sea simplemente otro integrante del mismo género Mimus. Y quizás esa sea una de las cosas lindas de viajar buscando aves. De repente aparece una especie completamente nueva para nosotros, pero tiene suficientes gestos, formas y costumbres que nos resultan familiares como para sentir que ya la conocemos un poquito.
Dos fotos de aquel encuentro en Punta Cana que sirven, además, para actualizar el registro de una especie que ya tenía su lugar en Aves del NEA desde aquel viaje a Cuba de 2017.

Un Pecho colorado al alcance de la ventanilla.

Aprovechando un tiempo de mantenimiento en el blog, que me tuvo bastante entretenido estos días debido a que tuve que actualizar varias etiquetas por cambios en los nombres científicos de algunas especies, aproveché también para volver a editar estas dos fotografías de un Pecho colorado, probablemente las mejores que tengo de esta especie, y de paso actualizar su ficha, ya que nuestro conocido Sturnella superciliaris dejó ese género para pasar a llamarse Leistes superciliaris. Cosas de la ciencia que cada tanto nos obligan a meter mano en el blog y acomodar un poco los nombres para que todo siga en orden.
Las fotografías son de un lindo encuentro ocurrido hace unos nueve años, en el acceso oeste de Posadas, sobre la Costanera del Arroyo Mártires. Y digo lindo encuentro porque esta vez no hizo falta preparar el equipo, caminar, esconderse entre los pastos ni hacer ninguna de esas maniobras que solemos intentar para acercarnos a un ave; estaba tan cerca de la vereda que pude fotografiarlo tranquilamente desde el auto. De esos momentos que uno agradece, porque cuando el protagonista se queda ahí, a pocos metros, parece que por una vez la suerte decidió hacer todo el trabajo.
Hoy, después de tantos años, vuelvo a encontrar estas dos fotografías en el archivo y me parece que merecían una nueva oportunidad. No solamente porque son las mejores que tengo del Pecho colorado, sino también porque forman parte de esos registros que con el paso del tiempo terminan contando algo más que la simple aparición de una especie frente al objetivo. Son pequeños recuerdos de lugares que frecuentamos, de una época de mucha actividad y, en este caso, de una de esas ocasiones en las que ni siquiera tuve que bajarme del auto para llevarme un buen recuerdo.

28 sept 2026

Cuando la pesca se cruza con las aves

Hoy comparto estas fotos de un Capuchino canela que fotografiamos con Nico en el camino de entrada a la Represa Yacyretá, en Ituzaingó, unos metros antes del cruce con la Avenida 9 de Julio. Una linda escapadita de vacaciones durante el mes de diciembre, de esas que combinaban dos de nuestras actividades preferidas: ir a pescar y, cuando aparecía la oportunidad, sacar fotos de todo bicho con plumas que se cruzara en el camino.
No hacía falta organizar una expedición ni internarse demasiado en el pastizal. A veces alcanzaba con estar atentos mientras recorríamos esos caminos, porque entre una parada y otra siempre podía aparecer alguna sorpresa. Y este pequeño capuchino fue justamente una de ellas. No recuerdo que nos haya dado demasiado tiempo para pensar la foto; apareció, lo vimos, levantamos las cámaras y tratamos de aprovechar esos pocos segundos antes de que decidiera seguir su camino.
Por aquellos años todavía existía esa ansiedad de querer fotografiar absolutamente todo lo que aparecía delante del lente. Hoy, mirando las fotos con bastante más tranquilidad, uno también disfruta de recordar el momento, el lugar y la compañía. Porque al final, muchas veces la fotografía termina siendo la excusa perfecta para guardar algo más que una imagen; una salida con un amigo, un viaje, una jornada de pesca y esos pequeños encuentros con las aves que hacen que uno vuelva a casa con alguna historia para contar.
El Capuchino canela quedó registrado en aquella escapada y, varios años después, vuelve a aparecer por acá. El archivo tiene esas cosas... uno cree que ya mostró todo y de repente encuentra una foto que estaba esperando tranquilamente su turno.


26 sept 2026

El pequeño tucán de los encuentros escasos

Diez años atrás, la ansiedad del momento, esa que aparece cuando se cruza delante de uno una especie que pocas veces tuvo la oportunidad de ver, hacía que lo ametrallara a fotos, juntando tranquilamente 30 o 40 imágenes del mismo individuo, cuando es bien sabido que una o dos buenas fotografías son más que suficientes. Pero bueno, en aquellos años uno quería llevarse todo, por las dudas de que nunca más volviera a tenerlo enfrente, y el dedo terminaba trabajando bastante más de lo necesario.
Hoy, después de haber transcurrido tanto tiempo, pude encontrarle una linda utilidad a semejante cantidad de fotografías. Sin estar saliendo al monte y contando además con poco material nuevo que realmente me resulte interesante para publicar, el archivo empieza a convertirse en una especie de caja de sorpresas donde aparecen fotografías que durante años estuvieron ahí, esperando que algún día les llegara su turno. Algunas nunca habían sido editadas, otras quedaron perdidas entre cientos de archivos y alguna que otra simplemente había pasado desapercibida. Esta vez le tocó salir a la luz a una pequeña serie del Arasarí chico, un pequeño y esquivo tucán endémico de la provincia de Misiones para la Argentina, una de esas especies que no se dejan ver así nomás y que tuve la suerte de encontrar solamente en dos oportunidades en todos estos años de recorrer nuestros montes.
Y ahora, tantos años después, resulta bastante gracioso pensar que aquellas 30 o 40 fotos que en su momento parecían una exageración en uno de los senderos de Surucuá eco lodge en el norte de la provincia, hoy vienen al rescate para armar una nueva entrada del blog. Tal vez después de todo aquella ansiedad fotográfica de hace diez años no fue tan mala idea. Por lo menos dejó material suficiente para seguir encontrando historias dentro del archivo mientras esperamos que aparezcan nuevas oportunidades allá afuera.



25 sept 2026

Flash o linterna; parte II

Fotografiar aves nocturnas tiene algo especial, porque todo ocurre de otra manera, la luz ya no sobra, el enfoque se complica y muchas veces el encuentro dura apenas unos segundos, pero justamente por eso cada registro termina teniendo un sabor diferente. Acá el trabajo en equipo cumple una importante función, uno alumbra y otro saca la foto.
En estas condiciones aparece nuevamente la vieja pregunta: ¿flash o linterna? No hay una respuesta única, porque las dos alternativas tienen sus ventajas y también sus limitaciones. El flash permite congelar el movimiento y entregar una buena cantidad de luz en un instante, pero cada destello modifica por un momento la escena y puede generar una reacción en el ave. La linterna, en cambio, permite trabajar con una iluminación continua, facilita muchísimo el enfoque y, sobre todo, da la posibilidad de observar qué está haciendo el ave y esperar una posición favorable antes de disparar.
Hoy traigo dos fotografías de un Curiango obtenidas en el Club Refugio Ombú para esta segunda parte de un tema ya tratado aquí en el blog, y para aquellos que no hayan leído la primera parte al finalizar esta entrada les voy a dejar el link a la parte 1.
Justamente las dos fotos sirven para mostrar la diferencia, Una fue realizada con flash y la otra con linterna. A simple vista, más allá de la diferencia en la temperatura del color, el resultado puede parecer bastante parecido, pero trabajando en la oscuridad la experiencia de hacer una y otra fotografía cambia bastante.
La linterna tiene una ventaja que para mí resulta especialmente interesante y es la principal ayuda para que la cámara enfoque mucho más rápido. Y si el Curiango cambia de posición, gira la cabeza o simplemente aparece un ángulo más interesante, puedo esperar y realizar otra toma sin tener que volver a iluminar la escena con un destello. Además, al trabajar siempre en formato RAW, esa iluminación continua me permite modificar posteriormente el balance de blancos durante la edición y corregir esa tonalidad más fría característica de la linterna.
El flash, por supuesto, sigue teniendo lo suyo. Cuando la situación lo permite, un buen destello puede entregar una imagen muy limpia y congelar perfectamente al ave, especialmente cuando tenemos poca luz y necesitamos velocidad. Pero en fotografía de naturaleza, como tantas veces hemos comentado por acá, no se trata solamente de conseguir una foto técnicamente correcta. También hay que prestar atención a lo que está pasando del otro lado del lente y tratar de intervenir lo menos posible.
Con las aves nocturnas todavía más. No tiene sentido perseguirlas, insistir una y otra vez ni convertir un encuentro interesante en una sesión interminable solamente para conseguir "la foto perfecta". Si el ave se queda tranquila, nosotros también. Esperamos, observamos y aprovechamos el momento. Y si no se da, bueno... tampoco se termina el mundo. El Curiango seguirá siendo Curiango aunque nuestra tarjeta de memoria vuelva a casa con menos fotos.
Estas dos imágenes del Club Refugio Ombú son simplemente otra oportunidad para seguir probando, comparando y aprendiendo. Flash por un lado, linterna por el otro. Dos formas diferentes de resolver el mismo problema y, como casi siempre ocurre en fotografía, una buena excusa para seguir experimentando.

link a la parte I

24 sept 2026

El Tachurí canela, el Apepú, y aquellos primeros tiempos...

Hoy tres fotos de un Tachurí canela, una especie que alguna vez nos regaló muy buenos momentos en la desembocadura del Arroyo Apepú, allá por Nemesio Parma.
Aquel era uno de esos rincones que disfrutábamos mucho cuando comenzamos con esta actividad en Posadas. En esa época todavía teníamos la costumbre de salir a recorrer lugares buscando aves, aprendiendo sobre la marcha y, sobre todo, compartiendo lo que íbamos encontrando. Por ahí aparecía una especie interesante, por ahí alguna que para nosotros era un registro novedoso y, casi siempre, terminábamos volviendo a casa con unas cuantas fotos y alguna historia para contar.
La desembocadura del Apepú fue uno de esos lugares que nos dejó particularmente buenos recuerdos. Muchas salidas, muchas observaciones, muchas fotografías y también varios registros que en aquellos primeros años tenían para nosotros un sabor especial, porque cada especie nueva era prácticamente un pequeño descubrimiento. Y había además algo que siempre estuvo presente en aquella etapa: las ganas de compartir lo aprendido y de que otros también pudieran entusiasmarse con esto de mirar un poco más detenidamente lo que tenemos alrededor.
Pero el tiempo pasa y el progreso avanza, casi siempre sin pedir permiso. Hoy, mirando Google Maps, descubrí que en aquel lugar se construyó un astillero. Y la verdad es que se me fueron un poco las ganas de subirme al auto y acercarme hasta allá para ver cómo quedó ese rincón que tengo guardado en la memoria de otra manera.
Quizás sea una tontería, pero hay lugares que uno prefiere conservar como los recuerda. Con sus aves, sus caminos, sus paisajes y aquellas jornadas en las que todavía todo estaba por descubrir. Por eso hoy, en lugar de volver al Apepú, me quedo con estas tres fotos de aquel Tachurí canela y con los recuerdos de un lugar que, por suerte, todavía existe intacto en la memoria.


23 sept 2026

Pato Maicero (Anas georgica) Gmelin, JF, 1789 - Yellow-billed Pintail

Una especie nueva para el blog y, en este caso, una que nos lleva bastante lejos de nuestras habituales recorridas por el NEA: el Pato maicero (Anas georgica).
La fotografía fue tomada en el año 2017 durante unas vacaciones familiares en Bariloche del amigo Lucho Lugo. Entre campings, rutas y recorridas también hubo tiempo, como siempre, para prestar atención a las aves que aparecían por el camino, o nadando por las cercanías. En esta oportunidad, fue Lucho quien tuvo la cámara preparada y logró estas fotografías en el Lago Guillelmo, dentro del Parque Nacional Nahuel Huapi.
El Pato maicero es un anátido de tamaño mediano a grande, de aspecto bastante estilizado, con cuello relativamente largo, cuerpo alargado y una cola puntiaguda que suele resultar bastante característica cuando está posado sobre el agua. Su longitud ronda los 50 a 65 centímetros y, aunque a simple vista puede parecer un pato de colores poco llamativos, cuando uno se detiene a observarlo aparecen varios detalles interesantes.
El plumaje general es pardo, con el cuerpo fuertemente estriado y moteado de tonos claros y oscuros. La cabeza y el cuello presentan un fino estriado que se hace más evidente al observarlo de cerca. En vuelo se puede apreciar el espejo alar oscuro, acompañado por bandas claras que contrastan con el resto del ala.
Pero si hay un detalle que ayuda muchísimo para reconocerlo, ese es el pico: amarillo intenso, con una marcada línea negra en la parte superior y la uña también oscura. Machos y hembras presentan un aspecto muy similar, sin diferencias de coloración evidentes que permitan distinguirlos fácilmente en el campo. Se lo puede confundir con el pato barcino, pero el maicero es mas grande.
Es una especie asociada principalmente a ambientes acuáticos, como lagos, lagunas, ríos, bañados y otros cuerpos de agua, donde se alimenta de vegetación acuática, semillas, pequeños invertebrados y otros recursos que encuentra tanto en el agua como en sus orillas. Puede observarse solo, en parejas o formando grupos, y es un pato bastante activo que suele recorrer tranquilamente la superficie del agua mientras busca alimento.
Su área de distribución geográfica va del sur de Brasil hasta el sur de Chile y de Argentina (hasta la isla Grande de Tierra del Fuego). Su distribución continúa en la cordillera de los Andes, pasando por Perú y Ecuador llegando hasta Colombia. También se encuentra presente en las islas Georgias del Sur.
Su nido es una depresión en el suelo, cercano a la ribera, forrado con plumas pequeñas y con pasto cercano para tapar los huevos durante la ausencia de la hembra. La nidada consta de entre tres y doce huevos. La incubación tarda veintiséis días y es llevada a cabo por la hembra. Una vez nacidos los pichones, el padre se mantiene con la familia.
En este caso, el escenario fue muy distinto al que acostumbramos a mostrar en el blog. El Pato maicero apareció sobre las aguas del Lago Guillelmo, rodeado por el paisaje del bosque andino patagónico, otro de esos ambientes que uno tiene la posibilidad de conocer cuando las vacaciones familiares también incluyen, cámara en mano, mirar qué aves aparecen por ahí.
Otra especie que se suma al registro del blog y que, como tantas otras, llevaba varios años esperando pacientemente dentro del archivo fotográfico hasta que llegó su momento de salir a la luz.


Mapa de distribución en América del Sur
Copyright de los mapas Copyright-Ebird (www.ebird.org)


22 sept 2026

La Saracura: un fantasma veloz en la selva misionera

Pasaron varios años desde la última vez que le dedicamos un espacio exclusivo en el blog a la Saracura (Aramides saracura). No es un olvido casual; los que recorremos el monte sabemos perfectamente que este esquivo rálido prefiere ser escuchado antes que visto, convirtiendo cada encuentro en un verdadero premio a la paciencia... o a la pura suerte.
A diferencia de sus parientes cercanos como el Ipacaá, o el chiricote que suelen mostrarse más confiados en los descampados, la Saracura es un auténtico fantasma de la selva misionera. Mientras que a otros miembros de su familia los podemos observar caminando pausados o buscando alimento con cierta tranquilidad, con ella la historia es otra; siempre que asoma la cabeza por el borde del monte, lo hace a toda velocidad.
Confieso que, en lo personal, nunca logré verla caminando con calma; siempre me regala apenas unos frenéticos segundos antes de desaparecer corriendo entre la densa vegetación baja; salvo la única vez que gracias a estar escondido en un hide en la Chacra Mariposa la primera vez que anduve por ahí pude fotografiarla bien.
Por esa razón, lograr una fotografía nítida de esta especie es un desafío enorme; son instantes contados en los que hay que configurar la cámara, hacer foco y disparar antes de que se esfume.
Por suerte, algunos amigos tienen un duende especial para estas cosas y una dosis extra de fortuna.
Hoy tengo el enorme placer de compartir dos lindos registros logrados por Luis Krause, quien logró congelar a este veloz habitante en su entorno natural con una buena claridad.

Como se puede apreciar perfectamente en sus imágenes, la Saracura se distingue por su elegante vientre plomizo, su garganta blancuzca y ese dorso pardo acanelado con tintes olivas que la ayuda a mimetizarse de forma perfecta con el follaje del suelo de nuestra selva.
Muchas gracias a Luis por compartir este material que nos ayuda a enriquecer el archivo del blog y a mantener viva la fascinación por las aves de nuestro NEA. Y ustedes, ¿tuvieron más suerte que yo? ¿Lograron verla caminar alguna vez o también la conocen solo "de carrera"? ¡Los leo en los comentarios!