Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.

5 oct 2026

Una conocida, pero de versión caribeña

Hoy toca una garcita blanca, pero esta vez no es de las que uno puede cruzarse por el Arroyo Mártires, el Itá o cualquier otro rincón de por acá. Esta vino importada, directamente desde República Dominicana, y las fotos tienen ya unos cuantos años encima, porque fueron tomadas durante aquellas vacaciones de 2018.
La encontré en un manglar cercano a uno de los lagos de la cancha de golf del hotel. Un escenario bastante diferente a los lugares donde estoy acostumbrado a fotografiarla, aunque al verla ahí, caminando entre el agua y la vegetación, rápidamente apareció esa sensación de "a esta ya la conozco". Porque uno puede viajar miles de kilómetros, cambiar el paisaje, el clima y hasta el idioma que escucha alrededor, pero de repente aparece una especie conocida y es como encontrarse con un vecino en medio de las vacaciones.
La Garcita blanca es de esas aves que parecen sencillas a primera vista, toda blanca, elegante y bastante fácil de reconocer por ese pico negro y las patas amarillas. Pero cuando uno se pone a fotografiarla descubre que el blanco también tiene sus complicaciones, especialmente con mucha luz. Ya me había dado varios dolores de cabeza con esta especie por estos pagos, así que encontrarla nuevamente en el Caribe también fue una buena oportunidad para seguir practicando con esos plumajes que parecen fáciles hasta que uno mira el histograma y empieza a preguntarse qué hizo mal. 😄
En el blog ya había aparecido muchas veces a la Egretta thula, fotografiada en distintos ambientes de nuestra zona, y también aparecieron ejemplares fotografiados en Brasil. Esta vez la historia es un poquito diferente; tres fotos de una misma conocida, pero con un paisaje de fondo que nada tiene que ver con el habitual.
Así que para variar un poco, hoy viajamos nuevamente al Caribe sin sacar pasaporte, sin preparar la valija y, lo más importante, sin tener que pagar el pasaje. Solamente hay que volver a abrir aquella carpeta de fotos de 2018 y dejar que aparezcan algunos recuerdos.


Un Atí a contraluz

Hay momentos en que uno se va a sacar fotos buscando una cosa determinada y termina volviendo con otra completamente distinta. Esta vez, entre tantas idas y vueltas, el que terminó dándome el gusto fue un Atí, que durante uno de sus sobrevuelos sobre el Arroyo Mártires pasó justo por donde la luz de la tarde todavía hacía de las suyas. Era la hora dorada, esa que para mi gusto es la mejor hora para hacer fotografías, cuando el sol ya está bajo, la luz se vuelve más cálida y hasta una escena bastante sencilla puede tener otro encanto.
Siempre digo que, si uno ya está ahí, hay que quedarse hasta que la luz natural se termine... claro que eso es válido siempre y cuando no haya otras cosas para hacer, porque tampoco vamos a dejar de cenar, hacer alguna tarea pendiente o cumplir con las obligaciones de la vida por culpa de un pájaro que todavía no apareció. Aunque reconozco que más de una vez lo hice, pero ahora me tomo esto con mucha mas calma que antes.
Y esta vez valió la pena esperar. El Atí me regaló estas tres tomas durante uno de los sobrevuelos que hizo sobre el arroyo y, aunque no son precisamente esas fotografías donde uno pretende mostrar hasta el último detalle del plumaje, tienen algo que me gusta mucho. A veces, fotográficamente hablando, también está bueno buscar cosas distintas y salir un poco de la receta de siempre. Un contraluz bien aprovechado puede transformar una escena y hacer que la fotografía pase a contar otra historia.
En lugar de buscar todos los detalles del ave, esta vez dejé que la luz hiciera su trabajo, con el Atí recortándose contra ese cielo de los últimos minutos de la tarde. Y quizás esa sea también una de las cosas lindas de salir a fotografiar aves; uno puede volver a un mismo lugar, mirar lo mismo de siempre y, dependiendo de la luz, del momento o simplemente de las ganas de probar algo diferente, terminar viendo las cosas de otra manera.


El terror de las chicharras ya llegó también !!

Después del suirirí real, que tuvo el honor de inaugurar esta temporada de visitantes migratorios en el patio, hoy le tocó el turno a otro conocido que ya venía anunciándose por el barrio desde hacía unos días. Esta vez fue un Pitanguá el que decidió ponerle cuerpo y presencia a esos llamados que venía escuchando entre los árboles y, por suerte, eligió uno bastante cerca como para que pudiera hacerle unas fotos.
El Pitanguá es uno de esos parientes cercanos del benteveo que uno reconoce enseguida, aunque tiene su propia personalidad y, sobre todo, una fama bien ganada entre las chicharras. Si el benteveo ya es un especialista en andar buscando qué llevarse al pico, este grandote tampoco parece dispuesto a desaprovechar una buena oportunidad cuando aparece algo que se mueve entre las ramas. Digamos que para una chicharra, tener un Pitanguá cerca no debe ser precisamente una buena noticia.
Lo lindo de estos días es que el patio empieza a recuperar ese movimiento que uno espera con cada cambio de estación. Primero apareció el suirirí real y ahora este Pitanguá, que además ya venía dando señales por el barrio antes de decidirse a pasar por casa. No hace falta andar demasiado lejos para volver a encontrarse con estas visitas, a veces solamente hay que estar un poco atento a lo que se escucha y, cuando la suerte acompaña, tener la cámara a mano.
Así que segunda especie migratoria fotografiada desde el patio en esta temporada y, como suele pasar por acá, seguramente no será la última. Ahora habrá que seguir prestando atención a los árboles de alrededor, porque uno nunca sabe quién será el próximo en aparecer para dejarse fotografiar unos minutos antes de seguir con sus cosas.


4 oct 2026

Un pequeño acróbata del pastizal

Hoy salí para el Arroyo Mártires con una idea bastante concreta en la cabeza, aprovechar la siesta para meterme un rato entre los pastizales y tratar de fotografiar algunas de esas especies que por estos días vienen dando vueltas por la zona. Capuchinos, corbatitas, cachilos y alguna otra de esas pequeñas aves que obligan a andar con los ojos bien abiertos porque muchas veces están ahí mismo, a pocos metros, pero uno las descubre recién cuando se mueven.
Y la verdad es que la salida terminó rindiendo mucho más de lo que esperaba. Fueron nada menos que unas 108 especies observadas y, además, varias buenas fotos de aves de pastizal, justamente el objetivo con el que había salido de casa. De esas jornadas en las que uno vuelve pensando que, bueno... hoy la tarjeta de memoria trabajó bastante más que uno.
Pero entre tanta búsqueda apareció también este muchacho, un Volatinero macho juvenil que decidió hacer de las suyas prácticamente al borde de la vereda. Y cuando digo hacer de las suyas es porque el tipo no estaba precisamente interesado en quedarse quietito para la foto. Se elevaba desde la percha con esos vuelos cortos y característicos, dando uno de esos pequeños saltos verticales que parecen más una demostración de entusiasmo que una necesidad real de desplazarse, para volver a caer casi en el mismo lugar y empezar nuevamente mientras vocaliza en el medio de la pirueta.
Lo curioso es que, aunque al Volatinero lo había visto unas cuantas veces, nunca había conseguido fotografiarlo haciendo justamente ese vuelo. Esta vez, por suerte, estaba bastante cerca y me dio el tiempo suficiente para intentar seguirlo con la cámara. No es precisamente de esos pájaros que avisan "ahora vuelo" y esperan a que uno acomode el encuadre, así que cuando aparece la oportunidad hay que aprovecharla como venga.
Y así terminé llevándome estas tres fotos, que quizás no estaban entre las que había salido a buscar, pero que tienen para mí un gustito especial. Porque una cosa es observar al Volatinero haciendo ese pequeño despliegue aéreo y otra bastante distinta es conseguir congelar alguno de esos instantes.
Al final, entre capuchinos, corbatitas, cachilos y unas cuantas especies más, el Arroyo Mártires volvió a demostrar que no hace falta ir demasiado lejos para encontrarse con una buena cantidad de aves. A veces alcanza con caminar un rato por un lugar conocido, mirar un poco más de lo habitual y dejar que sean ellas las que decidan qué foto nos vamos a llevar de vuelta. Ah, y me olvidaba, hoy también pude fotografiar por primera vez a la hembra de esta especie. En la última foto podrán ver la diferencia de la coloración del plumaje.



3 oct 2026

El Corochiré... y su socio de bochinche

Hay nombres de aves que parecen puestos por un señor sentado detrás de un escritorio, otros que vienen de algún viejo naturalista y algunos que, por el contrario, parecen haber nacido directamente del monte, entre sonidos, cantos y palabras que fueron pasando de boca en boca. Corochiré es uno de esos nombres que, al menos para mí, tienen gusto a nuestra tierra.
Corochiré es un nombre de raíz guaraní utilizado para llamar a los zorzales y que aparece también escrito como korotshiré. Con el tiempo fue quedando asociado especialmente al Zorzal colorado, Turdus rufiventris, aunque la historia de los nombres vulgares de nuestros zorzales es bastante más entreverada que una simple ficha de guía de campo. De hecho, en viejos trabajos sobre las aves argentinas aparecen distintas especies de zorzales relacionadas con este nombre y también formas como corochiré-morotí para el que conocemos como zorzal chalchalero o zorzal blanco.
Y hay algo que me gusta todavía más porque según algunas referencias, la palabra corochiré sería de carácter onomatopéyico, una de esas palabras que parecen querer imitar el sonido del propio pájaro. No sé si hace falta mucho más para que uno imagine a algún paisano escuchando cantar al zorzal entre los árboles y tratando de ponerle nombre a aquello que estaba oyendo. Corochiré. Y listo. Así de sencillo, así de nuestro.
El Zorzal colorado es de esos pájaros que nunca pasan demasiado desapercibidos. Anda por patios, jardines, montes, plazas y bordes de caminos, caminando por el suelo entre saltitos, buscando insectos, lombrices, semillas y frutos, pero también se hace notar cuando llega la hora del canto. Y si encima tiene cerca a su pariente de nombre tan parecido, el zorzal chalchalero, la cosa puede ponerse bastante animada.
Porque estos dos, cuando se encuentran, parecen tener una especie de acuerdo tácito para que el barrio no quede demasiado silencioso. Uno canta, el otro contesta, alguno mete una nota de más y de pronto aquello que parecía una tranquila mañana termina convertido en una verdadera reunión de vecinos. No sé si será conversación, competencia, saludo o simplemente ganas de hacer bochinche, pero escucharlos juntos tiene algo de esas charlas interminables de patio donde nadie sabe muy bien quién empezó ni quién va a tener la última palabra.
Y quizás por eso me gusta tanto ese viejo nombre regional. Corochiré no suena solamente a zorzal. Suena a monte, a guaraní, a siesta de verano, a fruta madura, a patio con árboles y a esos sonidos que forman parte del paisaje aunque muchas veces ya no les prestemos atención. Es uno de esos nombres que, cuando uno lo vuelve a escuchar, trae consigo una pequeña parte de la historia de esta tierra.
Así que hoy, para acompañar estas fotos, va este Corochiré, o Zorzal colorado, como prefieran llamarlo. Yo me quedo con los dos nombres, porque uno sirve para la guía y el otro tiene ese gustito especial de las palabras que vienen de mucho más atrás.
Y si por ahí aparece también el chalchalero, mejor todavía. Que se arme el bochinche nomás... que para silencio ya tenemos bastante.

2 oct 2026

¿Hasta dónde queremos llegar?

Hoy me toca publicar algo bastante diferente a lo que acostumbro mostrar en el blog, y posiblemente también diferente a lo que muchos de ustedes esperan encontrar cuando entran a Aves del NEA. No se trata solamente de una fotografía de un ave, ni de una salida al monte, ni de alguna de esas historias que suelo rescatar después de tantos años de andar con una cámara al hombro. Esta vez la protagonista, aunque no aparezca en la fotografía, es la inteligencia artificial. Y digo protagonista porque después de hacer una pequeña prueba con Photoshop me quedé pensando bastante más de lo que imaginaba cuando simplemente abrí el programa por curiosidad.
Hace unos días se actualizó mi Photoshop, pasando de la versión CC2024 a la última CC2026. Hasta ahí, una actualización más de las tantas que fui instalando a lo largo de los años. Uno ya está acostumbrado a que cada nueva versión traiga alguna herramienta nueva, algún filtro, alguna manera diferente de hacer más rápido aquello que antes llevaba un poco más de trabajo. Pero esta vez, al abrir el programa, me encontré con algo que llamó inmediatamente mi atención. En la pantalla principal aparecían dos grandes opciones. Una, la conocida de siempre, algo así como la edición profesional tradicional. Y al lado, otra que hasta hace poco tiempo prácticamente no formaba parte de nuestro vocabulario fotográfico, la edición asistida por inteligencia artificial.
Y claro... ¿cómo no iba a probarla?. Después de revelar una serie de archivos RAW en la última versión de Camera Raw, elegí una de las fotografías y decidí hacer una prueba. No buscaba simplemente mejorar la exposición, corregir un color o limpiar alguna pequeña imperfección, cosas que forman parte de cualquier proceso normal de edición fotográfica. La idea era darle a la herramienta una serie de instrucciones bastante precisas acerca del resultado que pretendía obtener y ver hasta dónde era capaz de llegar.
Y ahí vino la sorpresa, porque en cuestión de unos diez segundos tenía delante de mí algo que, si no hubiera sabido exactamente lo que acababa de hacer, probablemente me habría costado muchísimo imaginar que había sido generado o modificado por una inteligencia artificial.
Acá voy a poner las instrucciones que le di para que puedan entender mejor qué fue exactamente lo que le pedí al programa.
En el prompt textualmente le pedí que cambie la relación de aspecto de la foto pasando de la original 3:2 a 2:3, hablando en castellano que pase de horizontal a vertical
De ser necesario modificar la posición del ave que haga los ajustes necesarios sin modificar las proporciones ni la anatomía.
Escribí que no altere colores, contraste, luces, sombras, y saturacioón de color. agregar mas textura al tronco del árbol, y reemplazar el cielo grisáceo por un fondo de vegetación con distintas tonalidades de verde, dar efecto de reducida profundidad de campo desenfocando el plano del fondo, pedí también que filtre la totalidad del ruido digital, y en cuestión de menos de 15 segundos obtuve lo que pedí.
El resultado me dejó sinceramente sorprendido. No solamente por la velocidad, sino por la capacidad que tiene actualmente una herramienta de este tipo para interpretar una indicación escrita y transformarla en algo visualmente convincente. Y cuando digo convincente, lo digo en serio.

Esta es la imagen original.



Y esta es la imagen generada por Firefly, así se llama la IA de Adobe Photoshop



De hecho, después de compartir la fotografía con algunos amigos fotógrafos, varios de ellos creyeron que la escena era real. Obviamente no tardé demasiado en contarles la verdad y explicarles cómo había sido realizada, porque justamente parte de la prueba consistía en comprobar hasta qué punto una fotografía generada o modificada de esta manera podía pasar por una fotografía auténtica, y ahí fue cuando la cosa dejó de ser solamente una curiosidad tecnológica. Porque una cosa es saber que la inteligencia artificial existe, que puede escribir, dibujar, generar música, modificar fotografías, crear videos, imitar voces, reconstruir escenas y hacer una cantidad de cosas que hasta hace muy pocos años parecían directamente sacadas de una película de ciencia ficción. Y otra muy distinta es tenerla delante, darle unas instrucciones con palabras comunes y ver aparecer en cuestión de segundos algo que nuestros ojos aceptan como verdadero y ese último punto es el que más me interesa porque al menos en mi caso uno ya empieza a mirar todo con cierta desconfianza.
Una fotografía puede haber ocurrido exactamente como la vemos, puede haber sido retocada, puede haber sido parcialmente reconstruida o puede no haber ocurrido nunca. Una voz puede pertenecer a una persona que jamás pronunció esas palabras. Un video puede mostrar a alguien haciendo o diciendo algo que nunca hizo ni dijo. Una canción puede haber sido creada sin que detrás exista siquiera un músico tocando un instrumento. Y una imagen puede mostrarnos un lugar, un animal, una persona o una situación que jamás existieron, y esto recién empieza. No lo digo como una crítica a la tecnología. Todo lo contrario. Me parece fascinante. También me parece extraordinario que una herramienta pueda hacer en segundos algo que hace unos años hubiera requerido conocimientos técnicos, horas de trabajo y probablemente bastante experiencia. El problema, al menos para mí, no está en que la tecnología sea capaz de hacerlo. El verdadero problema empieza cuando nosotros dejamos de preguntarnos qué estamos viendo.
Porque durante mucho tiempo la fotografía tuvo algo de prueba, no era una prueba absoluta, por supuesto. La fotografía siempre pudo ser manipulada, recortada, retocada, iluminada artificialmente, tomada desde un determinado ángulo o seleccionada para mostrar solamente una parte de una situación. Mucho antes de que apareciera la inteligencia artificial ya existía el retoque fotográfico y también existía la fotografía engañosa pero había una diferencia importante porque había que hacer el trabajo y hoy esa frontera se volvió muchísimo más difusa.
Una persona que jamás haya utilizado Photoshop puede escribir una frase y obtener una imagen prácticamente terminada. Y probablemente dentro de poco ni siquiera necesite saber exactamente qué está pidiendo. La propia herramienta podrá interpretar una intención, corregirla, proponer alternativas y realizar modificaciones cada vez más complejas, y entonces aparece una pregunta que me parece bastante más difícil de responder que cualquier cuestión técnica.
¿Porque algo puede hacerse significa necesariamente que debemos hacerlo? Y ahí entramos en un terreno mucho más incómodo.
La tecnología siempre avanzó porque alguien se animó a hacer algo que antes no podía hacerse. Sería absurdo pretender detener el progreso. Tampoco creo que tenga sentido mirar la inteligencia artificial como si fuera el enemigo. Es una herramienta, y como cualquier herramienta puede utilizarse de muchas maneras diferentes, un martillo puede servir para construir una casa o para romper una ventana, la herramienta no decide qué hacemos con ella y quizás ahí esté buena parte del dilema. ¿Qué hacemos nosotros con esta posibilidad?
En fotografía, por ejemplo, para mí existe una diferencia bastante grande entre revelar una fotografía y fabricar una fotografía. Ajustar exposición, contraste, temperatura de color, recuperar luces, levantar sombras, reducir ruido o realizar un recorte son cosas que forman parte del proceso de llevar a una imagen el resultado que uno tenía en mente cuando apretó el disparador.
Pero otra cosa es pedirle a una inteligencia artificial que agregue un animal que nunca estuvo allí, que cambie completamente el fondo, que elimine elementos importantes de la escena o que construya una situación que jamás ocurrió y después presentar esa imagen como si fuera una fotografía documental.
Ahí, al menos para mí, aparece una frontera, y no necesariamente una frontera tecnológica, una frontera ética porque cuando fotografío un ave, especialmente después de tantos años de hacerlo, una parte importante de lo que me interesa no está solamente en la fotografía final, está en todo lo que ocurrió antes, está en haber encontrado al animal, en haberlo esperado, en haber observado su comportamiento, en haber elegido el momento, en haber soportado que se fuera justo cuando uno estaba a punto de apretar el disparador, en haber sacado veinte fotografías horribles para conseguir una que más o menos sirviera, en haber vuelto a casa y descubrir que la que uno creía extraordinaria estaba movida, en haber aprendido con los años; y también está ese pequeño orgullo de saber que, detrás de esa fotografía, hubo una situación real, el ave estuvo allí, yo estuve allí, la luz era esa, el fondo era ese, y ese instante ocurrió una sola vez.
Quizás por eso me cuesta tanto separar la fotografía de la experiencia que existe detrás de ella, y por eso también esta imagen que estoy publicando hoy va a ser una excepción dentro de Aves del NEA, porque es la única fotografía del blog que hasta ahora fue procesada utilizando inteligencia artificial para modificar de manera sustancial el resultado, y justamente por eso decidí publicarla.
No para hacerme el moderno, ni para demostrar lo que puede hacer Photoshop, ni mucho menos para engañar a nadie; todo lo contrario, la publico para dejar constancia de lo que puede hacerse y, sobre todo, para que quede claro que la fotografía que están viendo no representa una escena tal como fue registrada originalmente por la cámara.
Podría haberla publicado sin decir nada.
Probablemente muchos la hubieran tomado como una fotografía real.
Y justamente ahí está el problema.
Porque si una imagen puede engañarnos tan fácilmente, entonces también nosotros tenemos que empezar a cambiar la manera en que miramos las imágenes. Quizás dentro de algunos años ya no alcance con decir "lo vi en una foto" y habrá que preguntar quién la hizo, cuándo, cómo, con qué cámara, si existe el archivo original y, dependiendo del caso, qué tipo de modificaciones recibió.
Puede parecer exagerado hoy, pero hace algunos años también parecía exagerado pensar que íbamos a necesitar desconfiar de un video porque podía haber sido generado artificialmente, y acá estamos.
Por mi parte, seguiré disfrutando de la edición tradicional, me gusta hacer yo mismo las cosas, me gusta revelar un RAW, mirar qué información captó el sensor, decidir cuánto contraste necesita una fotografía, corregir una exposición, trabajar los colores y tratar de sacar de esa imagen lo mejor posible sin convertirla en otra cosa, no necesito que la computadora salga al monte por mí, prefiero equivocarme yo, prefiero que una fotografía tenga un pequeño defecto pero que ese defecto también sea parte de la historia, prefiero una foto imperfecta de un ave que realmente estuvo delante mío antes que una fotografía técnicamente perfecta de un ave que nunca estuvo allí.
Quizás alguno diga que estoy chapado a la antigua y probablemente tenga razón pero en este caso no me molesta, me gusta lo tradicional, lo clásico, lo real. Me gusta saber que detrás de una fotografía hay una persona que salió, caminó, esperó, miró, tuvo paciencia y finalmente consiguió registrar algo que realmente sucedió; eso no significa que quiera volver atrás ni que pretenda negar todo lo que la tecnología puede ofrecernos. Seguramente seguiré utilizando herramientas nuevas y aprendiendo cosas. Sería absurdo no hacerlo pero creo que también tenemos que aprender a poner límites y quizás esos límites no deberían estar escritos solamente en un programa de computadora, deberían estar también en nosotros porque la pregunta interesante ya no es solamente qué puede hacer la inteligencia artificial, la pregunta interesante es qué queremos que haga.
Y todavía más importante... ¿Qué queremos seguir haciendo nosotros?
En un mundo donde una máquina puede crear en diez segundos algo que parece una fotografía auténtica, quizás el verdadero valor de una fotografía ya no esté solamente en lo bien que se ve; quizás empiece a estar nuevamente en la historia que existe detrás de ella, en saber que ese momento ocurrió, que ese animal estaba allí, que alguien tuvo la paciencia de esperarlo, que hubo una mañana, una tarde, un camino, un monte, un árbol, una luz determinada y una persona detrás de una cámara. Y mientras todo eso siga existiendo, creo que todavía hay algo que ninguna inteligencia artificial puede reemplazar.
La experiencia de haber estado allí y por ahora, personalmente, me quedo con eso.

Para terminar esta entrada al blog les comparto el resto de la serie que edité (Sin IA) de la única vez que apareció esta especie en el Club Refugio Ombú allá por el año 2015 para nunca mas aparecer nuevamente.


1 oct 2026

El detalle que se me escapó

Hay fotografías que uno mira muchas veces y, sin embargo, siempre terminan mostrando algún detalle nuevo. Esta vez, mientras volvía a revisar una de aquellas secuencias del Picaflor copetón, me llamó la atención algo que en su momento pasó completamente desapercibido. En el pico se alcanzan a ver pequeños rastros de polen. Evidentemente el hombre venía haciendo su trabajo entre las flores y yo, preocupado por conseguir alguna foto medianamente decente, ni enterado de lo que estaba pasando delante de la cámara😄.
Se trata de un macho de Picaflor copetón, una especie que siempre resulta atractiva por ese contraste entre los tonos verdes del cuerpo y los colores oscuros y violáceos de la cabeza y el pecho, pero que además tiene ese comportamiento inquieto y movedizo tan propio de los picaflores. En esta oportunidad las fotografías corresponden a una misma secuencia y, ahora que vuelvo a mirar estas imágenes con bastante más calma que en aquel momento, encuentro detalles que seguramente pasaron de largo por la ansiedad de la situación.
El lugar también merece su pequeño recuerdo. Era uno de esos tantos caminos vecinales del sur de Misiones, muy cerquita de Posadas, donde por aquellos años todavía era posible encontrar algunos sectores de selva y una actividad de aves realmente interesante. Bastaba detenerse un rato, apagar el motor y esperar... siempre aparecía algo. Y cuando no aparecía, por lo menos había tiempo para escuchar, mirar y tratar de adivinar de dónde venía ese movimiento entre la vegetación.
Ahora, con los años encima y bastante más curiosidad que apuro, me pregunto cuánto quedará de aquellos lugares. Capaz que un día de estos agarre la Tracker, me haga una escapadita por la zona y vuelva a recorrer alguno de esos caminos para ver qué quedó de aquellos mogotes de selva y de aquella interesante biodiversidad que encontrábamos tan cerca de Posadas.
Quién sabe... por ahí todavía queda algún Picaflor copetón haciendo su recorrida entre las flores y, con un poco de suerte, me vuelve a regalar otra oportunidad. Esta vez trataré de mirar también el pico. 😉

30 sept 2026

Primer migrante de la temporada.... ¿0 no?

Hoy comparto la primera fotografía de esta temporada 2026 de una especie migratoria que decidió hacer una escala en el árbol del vecino, justo al fondo del patio de mi casa. Se trata de un Suirirí real, uno de esos visitantes que con la llegada de la primavera empiezan a aparecer nuevamente por estos pagos y que, aunque no sea precisamente la especie más rara que uno pueda encontrarse, siempre resulta interesante tenerlo del otro lado del muro y al alcance de la cámara.
No voy a decir que este fue el primer migrante que apareció esta temporada, porque tranquilamente puede haber pasado por acá alguna especie bastante más interesante y yo ni enterado. También es posible que mientras estaba haciendo alguna otra cosa el Suirirí real haya llegado, se haya acomodado un rato en el árbol, haya mirado para los dos lados y se haya ido pensando que en esta casa todavía no habían puesto el cartel de “fotógrafo disponible”.
La realidad es que uno quisiera tener la cámara siempre preparada y pasar buena parte del día mirando para afuera, esperando que aparezca algo interesante. Pero lamentablemente hay otras cosas que hacer en casa... y todavía no descubrí la manera de convencer a esas tareas de que se hagan solas mientras uno se queda sentado con la cámara en el regazo.
Así que habrá que ir repartiendo el tiempo entre una cosa y otra, y aprovechar cada oportunidad que aparezca por el barrio. Porque ahora que empezó oficialmente la temporada de visitantes, cualquier árbol, cable, techo o rincón del patio puede convertirse en una pequeña sorpresa.
Veremos qué más puedo registrar desde acá hasta el otoño. Con un poco de suerte aparecerá alguna especie más interesante que este Suirirí real... aunque, pensándolo bien, tampoco estaría nada mal que primero apareciera una que no se vaya justo cuando uno termina de agarrar la cámara.

Pijuí plomizo: Un encuentro para recordar.

Hace unos años ya había publicado algunas fotografías de esta especie obtenidas durante aquella tarde de diciembre de 2017 en los pastizales aledaños a la Ruta Provincial 204, camino a Profundidad, poco antes de llegar al puente sobre el arroyo Garupá. Hoy, revisando nuevamente aquel archivo, encontré otras fotografías de la misma secuencia que en su momento habían quedado esperando su oportunidad.
Fue una de esas tardes en las que uno sale con la idea de encontrar algunas especies y termina llevándose bastante más de lo que esperaba. En aquel lugar, entre los pastizales y la vegetación baja que acompañaba el camino, comenzaron a aparecer los Pijuí plomizo. Primero fue uno, pero al rato la situación cambió y terminé observando alrededor de cinco individuos moviéndose entre los arbustos bajos, entrando y saliendo de la vegetación y obligándome a seguirlos con la cámara cada vez que asomaban.
Los furnáridos siempre tuvieron conmigo una relación bastante particular. No porque sean difíciles de identificar una vez que uno los conoce, sino porque muchas veces se hacen notar mucho más por lo que escuchamos que por lo que conseguimos ver. Y el Pijuí plomizo no es precisamente una excepción. Por eso aquella tarde fue bastante generosa ya que además de poder observar varios individuos juntos, tuve varias oportunidades para fotografiarlos con cierta tranquilidad.
En aquella época todavía estaba bastante más pendiente de disparar cada vez que el ave aparecía frente al objetivo. Hoy seguramente encararía la situación de otra manera, esperando un poco más, observando sus movimientos y tratando de anticipar por dónde volvería a aparecer. Pero justamente ahí está lo lindo de volver sobre fotografías de tantos años atrás porque no solamente uno vuelve a encontrar imágenes que había olvidado, también puede volver a mirar aquellos momentos con la experiencia que fue acumulando después.
Así que, sin demasiadas vueltas, hoy le toca el turno nuevamente al Pijuí plomizo. Mismo lugar, mismo encuentro y misma tarde de diciembre de 2017, pero algunas fotografías diferentes de aquella secuencia que habían quedado guardadas en el archivo. A veces alcanza con volver a mirar un poco más allá de las primeras fotos para descubrir que todavía quedaba alguna historia por contar.
Y como suele pasar, una buena salida no se mide solamente por las especies que uno logra encontrar, sino también por la gente con la que comparte la jornada. Aquella tarde la disfrutamos junto a Lucho Lugo, y después de una salida así siempre queda esa alegría fácil de compartir con los amigos que no fueron, cuando uno vuelve a casa sabiendo que, además de haber pasado un lindo día en el campo, pudo conseguir buenas fotografías de una especie que no aparece precisamente todos los días frente a la cámara. De esas jornadas que, aunque hayan pasado unos cuantos años, todavía da gusto recordar.

29 sept 2026

Una Calandria del Caribe

Después del primer registro que publiqué en el blog, allá por 2017, cuando tuve la oportunidad de fotografiarlo durante un viaje a Varadero, Cuba, vuelvo a encontrarme con el Sinsonte común, lejos de casa pero nuevamente en el Caribe, durante nuestra estadía en Punta Cana, República Dominicana.
Y si uno viene de Argentina y está acostumbrado a encontrarse con nuestras calandrias, este pájaro tiene algo de “conocido” desde el primer momento. El tamaño, la forma alargada del cuerpo, la cola larga, las patas, la costumbre de andar por el suelo y luego buscar una posición bien visible para cantar... todo hace pensar inmediatamente en una calandria. Incluso el comportamiento tiene muchas coincidencias. Pero cuando levanta vuelo aparece la diferencia más llamativa: esas manchas blancas en las alas y en la cola que le dan un aspecto muy particular y que, salvando las distancias, recuerdan a nuestra Calandria real.
Y después está el canto, que es probablemente donde más se justifica esa comparación. El Sinsonte común tiene un repertorio extraordinariamente variado y es capaz de incorporar imitaciones de otras aves y hasta de distintos sonidos de su ambiente. Para alguien acostumbrado a escuchar a las calandrias argentinas haciendo algo parecido, resulta inevitable encontrar otra vez esa misma “forma de hacer las cosas”, aunque estemos hablando de otra especie y de otro continente.
Así que podríamos decir que el Sinsonte común es algo así como una calandria caribeña, aunque taxonómicamente sea simplemente otro integrante del mismo género Mimus. Y quizás esa sea una de las cosas lindas de viajar buscando aves. De repente aparece una especie completamente nueva para nosotros, pero tiene suficientes gestos, formas y costumbres que nos resultan familiares como para sentir que ya la conocemos un poquito.
Dos fotos de aquel encuentro en Punta Cana que sirven, además, para actualizar el registro de una especie que ya tenía su lugar en Aves del NEA desde aquel viaje a Cuba de 2017.

Un Pecho colorado al alcance de la ventanilla.

Aprovechando un tiempo de mantenimiento en el blog, que me tuvo bastante entretenido estos días debido a que tuve que actualizar varias etiquetas por cambios en los nombres científicos de algunas especies, aproveché también para volver a editar estas dos fotografías de un Pecho colorado, probablemente las mejores que tengo de esta especie, y de paso actualizar su ficha, ya que nuestro conocido Sturnella superciliaris dejó ese género para pasar a llamarse Leistes superciliaris. Cosas de la ciencia que cada tanto nos obligan a meter mano en el blog y acomodar un poco los nombres para que todo siga en orden.
Las fotografías son de un lindo encuentro ocurrido hace unos nueve años, en el acceso oeste de Posadas, sobre la Costanera del Arroyo Mártires. Y digo lindo encuentro porque esta vez no hizo falta preparar el equipo, caminar, esconderse entre los pastos ni hacer ninguna de esas maniobras que solemos intentar para acercarnos a un ave; estaba tan cerca de la vereda que pude fotografiarlo tranquilamente desde el auto. De esos momentos que uno agradece, porque cuando el protagonista se queda ahí, a pocos metros, parece que por una vez la suerte decidió hacer todo el trabajo.
Hoy, después de tantos años, vuelvo a encontrar estas dos fotografías en el archivo y me parece que merecían una nueva oportunidad. No solamente porque son las mejores que tengo del Pecho colorado, sino también porque forman parte de esos registros que con el paso del tiempo terminan contando algo más que la simple aparición de una especie frente al objetivo. Son pequeños recuerdos de lugares que frecuentamos, de una época de mucha actividad y, en este caso, de una de esas ocasiones en las que ni siquiera tuve que bajarme del auto para llevarme un buen recuerdo.

28 sept 2026

Cuando la pesca se cruza con las aves

Hoy comparto estas fotos de un Capuchino canela que fotografiamos con Nico en el camino de entrada a la Represa Yacyretá, en Ituzaingó, unos metros antes del cruce con la Avenida 9 de Julio. Una linda escapadita de vacaciones durante el mes de diciembre, de esas que combinaban dos de nuestras actividades preferidas: ir a pescar y, cuando aparecía la oportunidad, sacar fotos de todo bicho con plumas que se cruzara en el camino.
No hacía falta organizar una expedición ni internarse demasiado en el pastizal. A veces alcanzaba con estar atentos mientras recorríamos esos caminos, porque entre una parada y otra siempre podía aparecer alguna sorpresa. Y este pequeño capuchino fue justamente una de ellas. No recuerdo que nos haya dado demasiado tiempo para pensar la foto; apareció, lo vimos, levantamos las cámaras y tratamos de aprovechar esos pocos segundos antes de que decidiera seguir su camino.
Por aquellos años todavía existía esa ansiedad de querer fotografiar absolutamente todo lo que aparecía delante del lente. Hoy, mirando las fotos con bastante más tranquilidad, uno también disfruta de recordar el momento, el lugar y la compañía. Porque al final, muchas veces la fotografía termina siendo la excusa perfecta para guardar algo más que una imagen; una salida con un amigo, un viaje, una jornada de pesca y esos pequeños encuentros con las aves que hacen que uno vuelva a casa con alguna historia para contar.
El Capuchino canela quedó registrado en aquella escapada y, varios años después, vuelve a aparecer por acá. El archivo tiene esas cosas... uno cree que ya mostró todo y de repente encuentra una foto que estaba esperando tranquilamente su turno.