Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.

16 sept 2026

A veces alcanza con salir a despedir a la familia

Las fotos de hoy son nuevitas nuevitas… de ayer nomás, obtenidas durante la siesta en mi propia casa; y esto viene a demostrar, una vez más, que no siempre hace falta cargar la mochila, preparar una vianda, recorrer unos cuantos kilómetros y terminar con las piernas pidiendo auxilio para conseguir un buen registro de aves. A veces alcanza con salir a despedir a la familia y mirar un poquito lo que tenemos alrededor.
Ayer, mientras despedía a mi hija y a mi yerno, veo que sobre el cable que pasa por la vereda del frente había un taguató posado, bastante tranquilo, como si también estuviera disfrutando de la siesta. Y claro, uno podrá estar jubilado, podrá tener otras cosas en la cabeza, pero cuando aparece un ave así, justo enfrente de casa, la conversación familiar pasa automáticamente a un segundo plano. No porque uno quiera dejar de escuchar a la hija, por supuesto… sino porque ya sabemos cómo funciona esto de la fotografía de aves; el ojo se va para un lado, la cabeza empieza a calcular distancias y el fotógrafo que llevamos adentro comienza a hacer cuentas.
"Ojalá me dé tiempo para buscar la cámara y sacarle unas buenas fotos" les dije, mientras seguíamos charlando.
Y esta vez, por suerte, el tiempo alcanzó. El taguató se quedó ahí, sin apuro, esperando vaya uno a saber qué cosa, mientras yo entraba a buscar la cámara. Cuando volví, todavía estaba en el cable, dispuesto a regalarme un rato de fotografía. Y no solamente se quedó, sino que me permitió conseguir, creo yo, una excelente serie de fotos, con un lindo acercamiento que me dejó más que conforme. De esas oportunidades que aparecen de repente, sin avisar, y que uno agradece haber sabido aprovechar.
Porque esa es otra de las cosas lindas que tiene la fotografía de aves, no siempre se trata de salir a buscar una especie determinada, de organizar una excursión o de llegar a un lugar conocido con la esperanza de encontrar algo interesante. Muchas veces las mejores oportunidades aparecen cuando uno menos las espera; un ave que cruza el patio, un visitante inesperado en el jardín, un pájaro posado en el cable de la vereda, como en este caso, un taguató que decidió hacer una pausa frente a mi casa justo cuando yo estaba despidiendo a la familia. Y si uno tiene la cámara a mano, mejor todavía.
Así que ya saben, la próxima vez que salgan a despedir a la familia, a sacar la basura, a regar las plantas o simplemente a tomar un poco de aire, miren hacia arriba. Nunca se sabe, capaz que en el cable o en el árbol de enfrente hay algo esperando que alguien lo descubra; y si además tienen la cámara a mano, mucho mejor.



15 sept 2026

El mirasol y el pirizal

Hay fotografías que uno publica enseguida y otras que quedan años en el archivo, esperando su momento. Algunas no convencen, otras fueron tomadas en malas condiciones y muchas, vaya uno a saber por qué, permanecen en ese limbo al que volvemos de vez en cuando con la promesa de editarlas algún día. Hoy le tocó el turno a una de esas imágenes pendientes, un mirasol estriado fotografiado hace unos cuantos años en uno de los pirizales del Portal Norte del Parque Nacional Iberá.
Pero antes de hablar del mirasol, vale la pena detenerse en el lugar donde fue fotografiado. Cuando salimos a buscar aves solemos concentrarnos en encontrar al sujeto, acercarnos, conseguir buena luz y volver con un retrato satisfactorio; sin embargo, no siempre el ave tiene que ser el centro absoluto, a veces el ambiente también tiene mucho para decir, y esta fotografía es un buen ejemplo. El mirasol estriado comparte protagonismo con el pirizal, un hábitat particular de los Esteros del Iberá donde determinadas especies pasan buena parte de su vida.
Los pirizales pueden ser complicados para quienes intentamos encontrar un pájaro entre tanta vegetación. Tallos, hojas y ramas se convierten en obstáculos, y aun teniendo al ave localizada uno puede pasar un buen rato buscando una ventana que permita verla con claridad. Cuando finalmente aparece, suele durar apenas unos segundos porque el ave se mueve, desaparece detrás de los tallos que se mueven con el viento y la búsqueda empieza otra vez.
El mirasol estriado tampoco suele llamar demasiado la atención. Su plumaje y su comportamiento le permiten pasar desapercibido, así que encontrarlo ya es una alegría. En este caso, además, entre la cámara y el ave había casi 60 metros, una distancia considerable para fotografiar a una especie que se confunde tan bien con el ambiente.
Y ahí estaba él, atento a mis movimientos. Uno puede quedarse quieto y moverse despacio, pero las aves parecen tener un radar para detectar cualquier presencia extraña. Para él yo era alguien poco habitual en ese paisaje; para mí, una especie que intentaba fotografiar y que, por suerte, decidió concederme unos instantes.
Lo curioso es que esta fotografía es apenas mi segundo registro de mirasol estriado en los 18 años que llevo fotografiando aves. Dieciocho años de salidas, caminatas, madrugones, mates, amigos y kilómetros recorridos, para que los registros de esta especie todavía puedan contarse con los dedos de una mano, y todavía me sobran dedos. Así es la fotografía de aves, algunas especies aparecen todo el tiempo y otras se hacen esperar durante años. Cuando finalmente vuelven a aparecer, uno recuerda aquel encuentro anterior, aunque las fotos hayan quedado guardadas en algún rincón del archivo.
En una época en la que buscamos llenar la pantalla con cada detalle del plumaje, también es bueno recordar que la fotografía de naturaleza no siempre consiste en aislar al protagonista, mostrar un poco de su hábitat también es importante, ese pirizal es parte del ambiente que el mirasol estriado necesita; y aunque la imagen no sea desde un punto de vista estrictamente fotográfico la más espectacular, para mí tiene un valor especial; es una especie que no aparece todos los días, me permite volver a un lugar que siempre tiene algo para mostrar y me recuerda que no todas las fotos tienen que ser perfectas ni publicarse enseguida.
De eso también se trata salir a buscar aves, mirar más allá del sujeto principal, disfrutar el ambiente, aceptar que no siempre conseguiremos el retrato soñado y entender que algunas fotografías pueden mostrar también otras cosas.

14 sept 2026

Un águila negra, un camino polvoriento y un paseo gratis

Después de tres días de ausencia, volvemos a encontrarnos por acá. Esta vez la razón estuvo más que justificada; se casó mi hija, así que durante estos días había cosas bastante más importantes a las que dedicarle atención que a las aves, las fotografías y este blog. Ahora, con un poco más de tranquilidad, retomamos la actividad y vamos a hacerlo con dos fotografías de un viejo registro de águila negra, de esas que uno tiene guardadas esperando que algún día aparezca una herramienta de edición capaz de hacerles un poco de justicia.
A este encuentro con el águila negra ya lo había mostrado en el blog, pero estas dos fotografías habían quedado sin editar. El motivo era bastante sencillo, un rabioso contraluz, el sol casi en la vertical y unas condiciones de luz que, para decirlo suavemente, no eran precisamente las que uno hubiera elegido para salir a fotografiar aves. Ya sabemos que la fotografía tiene sus refranes, y aquel que dice “luz cenital, sombra total” parece que fue escrito pensando en este tipo de situaciones. Pero bueno, con las nuevas herramientas de edición que tenemos hoy, decidí volver a meter mano en esos archivos y ver si se podía rescatar algo de aquellas imágenes que durante tantos años quedaron durmiendo en el disco rígido. Y acá están, con sus limitaciones, pero finalmente editadas y listas para compartir.
El encuentro ocurrió allá por el 2017, en uno de esos polvorientos caminos de la Isla Apipé Grande, Corrientes. Por aquellos días, a Willy y a mí nos llevaron a lo que ambos consideramos, con el tiempo, un paseo gratis. Para variar, nada pudo concretarse de todo aquello en lo que habíamos aportado nuestros conocimientos y nuestro trabajo, pero esa es otra historia, de esas que quedan dando vueltas en la memoria y que algún día quizás merezcan su propio espacio por acá. Lo cierto es que, si bien el motivo original del viaje no terminó saliendo como esperábamos, nosotros aprovechamos la oportunidad como corresponde: paseamos, comimos rico, sacamos fotos y pasamos un lindo fin de semana. Y cuando uno vuelve con buenos recuerdos, algunas fotografías y un par de anécdotas para contar, tampoco puede decir que todo salió tan mal.
Así que hoy, después de la pausa obligada por un acontecimiento familiar mucho más importante que cualquier publicación, volvemos a las andanzas con este águila negra de Apipé Grande. Una viejo encuentro, un contraluz complicado y la ayuda de las nuevas herramientas de edición para darle una segunda oportunidad a dos imágenes que, hasta ahora, habían quedado esperando su momento. El resto, como tantas otras cosas de la vida y de la fotografía, quedó convertido en otra anécdota más.

10 sept 2026

A veces también hay que mirar

Hoy vuelvo a revolver un poco los archivos y aparecen algunas fotos de un carpintero garganta estriada, de esas que fueron tomadas en la casa de Luis, en el Club Refugio Ombú, un lugar donde uno ya sabe que puede pasar de todo y que, además de llevarse alguna foto, seguramente se va a llevar una buena charla, unos mates y algún recuerdo para guardar. Pero en honor a la verdad, esta vez al carpintero lo miré bastante más a través de la lente de la cámara que lo que realmente lo fotografié. Y no porque me haya faltado tiempo ni porque la cámara no estuviera lista, sino porque de vez en cuando también disfruto de esas situaciones en las que uno se olvida un poco de apretar el disparador y se dedica simplemente a observar qué está haciendo el protagonista.
En esta oportunidad fueron solamente dos fotos. Sí, dos. Después de tantos años de andar con la cámara a cuestas, uno podría pensar que semejante encuentro merecía una ráfaga de fotos, distintos ángulos, poses, vuelos, acercamientos y vaya a saber cuántas cosas más. Pero no siempre es así. El carpintero estaba entretenido buscando su comida en el tronco de un árbol y, después de bastante trabajo, consiguió sacar un gusanito. Hasta ahí, todo dentro de lo normal. El problema fue que, en alguna de esas maniobras propias de un carpintero, el pobre gusanito terminó cayéndose. Y ahí apareció una de esas pequeñas escenas que, si uno está atento, terminan siendo mucho más interesantes que una foto perfectamente encuadrada: el carpintero sacó la lengua y se lamió la panza, tratando de volver a atrapar al gusanito que había perdido. Una escena de apenas unos segundos, pero de esas que quedan en la memoria mucho más tiempo que cualquier archivo guardado en una carpeta.
Y ahí estaba yo, exprimiendo los 500 mm de la lente, observando todo ese procedimiento desde atrás de la cámara. Podría haber intentado hacer veinte fotos, pero sinceramente preferí mirar. Porque con el tiempo uno también aprende que salir a pajarear no es solamente juntar especies ni llenar tarjetas de memoria. Hay días en los que uno vuelve con una cantidad de fotos impresionante y otros en los que vuelve con dos fotos, o con ninguna, pero se trae encima una observación, un comportamiento o una situación que no estaba esperando encontrar. Y eso también forma parte de esta afición que, por suerte, todavía consigue sorprenderme después de tantos años.
Quizás por eso me gusta revolver los archivos. Porque entre tantas carpetas aparecen fotos que, además de mostrar un ave, me devuelven un momento. A veces recuerdo dónde estaba, con quién, qué estábamos haciendo, los mates de por medio o alguna charla que seguramente terminó desviándose hacia cualquier tema menos los pájaros. Y otras veces, como en este caso, me acuerdo de que durante unos minutos la cámara quedó casi en segundo plano y me dediqué simplemente a mirar.
Así que siguen apareciendo recuerdos revolviendo archivos. Todavía quedan unas cuantas historias escondidas por ahí y, por lo visto, no todas necesitan una gran cantidad de fotos para volver a salir a la luz. Algunas se conforman con dos... y con un carpintero de lengua larga intentando recuperar el almuerzo.

9 sept 2026

Armemos las valijas… Hoy nos vamos al Caribe 🌴🌊

Después de lo que escribí ayer, de los incendios de pastizales, del fuego avanzando sin pedir permiso y de esa sensación de impotencia que queda cuando vemos cómo la naturaleza vuelve a perder, hoy les propongo hacer algo distinto; armemos las valijas y vámonos un ratito al Caribe.
No hace falta buscar pasajes ni revisar el pasaporte porque para este viaje alcanza con sentarse un momento frente a estas cuatro fotos y dejar que la vista se vaya hasta la Isla Saona, en República Dominicana, donde el agua tiene ese color turquesa que parece inventado, las playas parecen de postal y las aves que aparecen frente a la cámara nos recuerdan que el mundo es bastante más grande que nuestro pedacito de Misiones y Corrientes.
Hoy cambiamos por un rato el humo y el pastizal quemado por el azul del mar, el verde de las palmeras y unas gaviotas que, vaya uno a saber qué pensará de nosotros, se dejaron fotografiar mientras yo intentaba guardar en la cámara un poquito de ese paisaje paradisíaco.
Viajar también es esto, conocer otros lugares, descubrir otras aves, mirar paisajes diferentes y volver a casa con la cabeza un poco más despejada. Y a veces, cuando uno no puede viajar, también puede hacerlo con una fotografía.
Así que por hoy dejemos descansar un rato la bronca de ayer. Armen las valijas, acomódense y viajen conmigo hasta la Isla Saona.
Agua turquesa, arena, sol, palmeras y gaviotas.
Viajen ustedes también mirando estas fotos.
Después volvemos… porque el Caribe queda un poquito lejos y mañana seguramente tendremos que seguir cuidando lo que tenemos acá. 😉





Recuerdos de unas lindas vacaciones allá por el 2018.

8 sept 2026

El fuego sin control, llega a una reserva donde no existe el control

Reserva Urutaú, Candelaria: cuando el abandono también quema
Una vez más, el fuego vuelve a ser noticia, y una vez más no por las razones que quisiéramos. En esta oportunidad, las imágenes y el video compartidos por Atilio Cantaluppi muestran el avance de un incendio de pastizales dentro de la Reserva Urutaú, en Candelaria, un lugar que debería representar justamente lo contrario: protección, conservación y compromiso con ese pequeño pero valioso patrimonio natural que todavía nos queda.
Pero cuando uno observa las imágenes cuesta no preguntarse qué queda realmente de aquella idea de reserva cuando el abandono, la falta de mantenimiento y la ausencia de respuestas convierten al lugar en terreno fértil para que una chispa termine transformándose en fuego descontrolado. Y ahí aparece una palabra que resulta difícil de esquivar: desidia.
A esto se suma algo que me han manifestado personas que concurren habitualmente a la reserva y que conocen de cerca lo que sucede allí: el ingreso constante de pescadores, la presencia de cazadores furtivos y, particularmente, la abundancia de restos de fogones que quedan en el lugar sin ser apagados correctamente. No podemos afirmar que alguno de esos fogones haya sido el origen de este incendio, porque eso debería determinarlo una investigación. Pero tampoco podemos ignorar que un fuego mal apagado en medio de un ambiente de pastizales puede convertirse rápidamente en un incendio, y que la ausencia de controles aumenta considerablemente ese riesgo.
Entonces aparece nuevamente la misma pregunta: ¿quién controla?
Porque si una reserva permite el ingreso habitual de personas que pescan, cazan o encienden fogones y no existe una presencia efectiva que controle esas actividades, estamos frente a un problema que va mucho más allá de un incendio puntual. Es la consecuencia de tener un área que, en los papeles, está destinada a conservar la naturaleza, pero que en la práctica parece quedar librada a su suerte.
Frente a un incendio no alcanza con lamentarse cuando las llamas ya están avanzando. Hace falta prevención, recursos, personal capacitado, herramientas, caminos en condiciones y, fundamentalmente, alguien que tenga la responsabilidad y la decisión de actuar antes de que el fuego llegue. Después, cuando todo arde, siempre aparecen las explicaciones, las excusas y, muchas veces, la conocida costumbre de buscar a quién corresponde la responsabilidad.
¿Quién debe hacerse cargo de la Reserva Urutaú? ¿La Municipalidad? ¿La EBY? ¿El Ministerio de Ecología? ¿Algún otro organismo? Seguramente existen convenios, responsabilidades repartidas, presupuestos asignados y diferentes explicaciones administrativas. Lo que resulta bastante más difícil de encontrar es quién se hace cargo cuando la naturaleza necesita que alguien se haga cargo de verdad.
Y aparece entonces otra pregunta, quizá más incómoda: ¿hay recursos para conservar estos lugares? ¿Hay presupuesto para prevención y combate de incendios? ¿Ese dinero llega realmente a donde tiene que llegar? Porque mientras las distintas oficinas pueden discutir competencias, partidas, convenios o responsabilidades, el fuego no discute absolutamente nada. Avanza. Y cuando avanza, no distingue entre un expediente, una repartición pública o un funcionario.
La sensación que queda al mirar estas imágenes es de profunda impotencia. Impotencia por ver cómo se pierde vegetación, cómo desaparecen refugios y alimento para innumerables especies y cómo un ambiente que tardó años, décadas o mucho más en formarse puede quedar destruido en cuestión de horas. Y también bronca, porque muchas veces da la impresión de que esperamos a que ocurra el desastre para recién entonces preguntarnos qué podríamos haber hecho para evitarlo.
No es solamente un incendio. Es también el resultado de una cadena de pequeñas ausencias: la falta de prevención, de vigilancia, de mantenimiento, de recursos, de planificación y, sobre todo, de interés. Porque conservar una reserva no debería consistir simplemente en colocarle un nombre, delimitarla en un mapa y esperar que la naturaleza se conserve sola.
Hace ya un tiempo, un amigo dijo una frase que quedó dando vueltas y que hoy vuelve a tener una vigencia tremenda: “La naturaleza, los árboles y los animales no votan.” Quizás allí esté parte de la explicación de por qué tantas veces resulta más sencillo mirar para otro lado.
Los árboles no reclaman. Los pastizales no presentan expedientes. Los animales no pueden ir a golpear la puerta de una oficina para preguntar por qué nadie llegó cuando comenzó el fuego. Y la naturaleza, lamentablemente, tampoco tiene quién la represente cuando las prioridades de quienes deberían protegerla parecen estar en otro lugar.
No se trata de señalar gratuitamente a una persona determinada ni de desconocer las dificultades reales que implica combatir un incendio. Se trata de algo mucho más simple: preguntar quién está cuidando la Reserva Urutaú, quién controla el ingreso de personas y qué se está haciendo para que esto no vuelva a suceder.
Porque si una reserva termina librada a la buena de Dios, entonces quizás haya llegado el momento de preguntarnos para qué la llamamos reserva.
Y mientras nosotros discutimos quién debía hacer qué, la naturaleza vuelve a ser la que pierde... Una vez más.


Fotografías y video: Atilio Hector Cantalupi


Soldadito Común Lophospingus pusillus (Burmeister, KHK, 1860) Black-crested Finch

El primer viaje después del timbre

Hay momentos en la vida que marcan un antes y un después, y para mí, uno de los más hermosos fue colgar el portafolio y olvidarme del timbre. Después de tantos años de aulas, horarios, reuniones, planificaciones y corridas, llegó finalmente ese momento en que el reloj dejó de ser el que marcaba nuestros tiempos. Al poco tiempo de habernos jubilado de nuestras tareas docentes, mi hermana, mi cuñado y yo armamos las valijas y emprendimos un viaje hacia Santa Cruz para pasar unos días en Caleta Olivia. Antes de regresar a Posadas decidimos hacer una escala en el norte de Córdoba, más precisamente en Quilino. Lo que yo todavía no sabía era que aquel viaje, pensado simplemente como unos días de descanso y una oportunidad para compartir en familia, terminaría convirtiéndose en el escenario de mi primer registro del Soldadito chaqueño (Lophospingus pusillus).
La primera mañana en el pueblo amaneció radiante. Con mi cuñado decidimos salir a caminar por el barrio, recorriendo esas calles polvorientas tan típicas de la región, con el único propósito de que él pudiera saludar a amigos y conocidos de su infancia. Para él era un pequeño viaje hacia los recuerdos; para mí, como casi siempre, cualquier caminata podía transformarse en una salida de observación. Y mi ojo de observador no tardó en distraerse con un detalle agridulce: me llamó poderosamente la atención la cantidad de gente que tenía jaulas en sus patios.
Cardenales, pepiteros de collar, jilgueros, reinamoras... y entre ellos, varios soldaditos. La escena me generó una mezcla difícil de explicar: por un lado, la fascinación de poder observar de cerca aves tan hermosas y, por otro, la tristeza y cierta ansiedad por verlas en el lugar al que realmente pertenecían. No podía dejar de pensar en lo diferente que debía ser contemplarlas entre los arbustos y el monte, moviéndose libremente, en lugar de detrás de los barrotes. Por eso no veía la hora de que llegara el momento de salir a recorrer los caminos rurales, bien alejados del pueblo, para buscarlos en libertad.
La espera no fue larga. Esa misma tarde salimos a explorar los alrededores de Quilino, internándonos por esos caminos polvorientos típicos de la región, donde el monte seco, los arbustos espinosos, los algarrobos y los cactus van dibujando un paisaje muy diferente al que estoy acostumbrado a ver en Misiones. Y allí estaban. El encuentro finalmente se produjo y pude lograr unas tomas más que interesantes, gracias también a un detalle que me sorprendió gratamente: lo confiado de su comportamiento.
El Soldadito chaqueño es un ave curiosa que suele moverse a baja altura o directamente en el suelo, buscando semillas entre la vegetación. En lugar de salir espantado ante mi presencia, se quedó lo suficientemente cerca como para regalarme sus mejores ángulos. Para alguien que estaba haciendo sus primeros viajes como jubilado y que todavía estaba descubriendo cómo sería esa nueva vida sin el apuro del calendario escolar, aquel encuentro tuvo algo de simbólico. Mientras lo fotografiaba, no pude evitar un pensamiento amargo: con razón son tan fáciles de capturar para el mascotismo. Su comportamiento confiado, sumado a su belleza, termina convirtiéndose en una desventaja cuando el ser humano decide que un ave silvestre tiene que decorar una jaula. Una pena enorme para un pájaro que despliega tanta gracia cuando es libre.

Un poco de ciencia sobre el Lophospingus pusillus:

Para quienes siguen el blog y quieren conocer también el lado más técnico de este amiguito, aquí les dejo algunos datos clave de la especie.
Identificación: Es una pequeña ave paseriforme de unos 13 centímetros de longitud. Lo que más destaca en el macho es su elegante copete negro, que contrasta fuertemente con sus cejas blancas y su garganta negra. Su dorso es grisáceo y el vientre más claro. Las hembras y los juveniles presentan tonos más pardos y apagados, sin el negro tan marcado en la cabeza.
Hábitat y distribución: Es una especie característica del bioma chaqueño de América del Sur. Se distribuye por el oeste de Paraguay, el sur de Bolivia y el norte y centro de Argentina. Su presencia en Quilino es un calco de su ambiente ideal: bosques secos, zonas de arbustos espinosos, algarrobos y áreas con cactus.
Alimentación y comportamiento: Son principalmente granívoros, es decir, se alimentan fundamentalmente de semillas, aunque durante la época reproductiva incorporan insectos a su dieta. Suelen andar en parejas o en pequeños grupos y, en ocasiones, pueden asociarse con otras especies de emberízidos.

A la distancia, puede parecer que aquel viaje fue simplemente uno más entre tantos. Pero para mí significó bastante más. Fue uno de los primeros viajes después de la jubilación, compartido con mi hermana y mi cuñado, y tuvo además ese ingrediente especial de permitirle a él reencontrarse con amigos y lugares de su infancia. Mientras ellos recuperaban recuerdos, yo comenzaba a construir otros nuevos, cámara en mano, descubriendo que ahora había algo que podía hacer sin mirar el reloj ni pensar en que al día siguiente había que volver a las aulas.
Este viaje post-jubilación no solo nos regaló anécdotas familiares inolvidables y el reencuentro con los afectos de la infancia de mi cuñado, sino también este valioso registro fotográfico. Ver al Soldadito chaqueño exhibir su copete en una rama seca del monte cordobés, libre y dueño de su entorno, fue mucho más que conseguir una nueva especie para mis archivos: fue una pequeña bienvenida a una etapa diferente de la vida. Y quizás por eso, cada vez que vuelvo a mirar estas fotos, no veo solamente un Soldadito chaqueño. Vuelvo a ver aquellas calles de Quilino, los caminos polvorientos, el monte seco, el viaje compartido y esa sensación maravillosa de haber dejado atrás el timbre para empezar a escuchar otros sonidos. Entre ellos, por supuesto, el de las aves al retomar una vez mas esta apasionante actividad.


Mapa de distribución en América del Sur
Copyright de los mapas
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7 sept 2026

Kilómetros, aves, y recuerdos de la ruta...

Si el Espinal argentino tuviera un bando de vecinos ruidosos, organizados y con un ego del tamaño de la copa de un algarrobo, el cacholote castaño (Pseudoseisura lophotes) sería, sin dudas, el presidente del consorcio.  A primera vista, su silueta estilizada de un marrón canela profundo y ese copete desgreñado que despliega como una corona le dan un aire de distinción. Pero basta quedarse unos minutos bajo su territorio para entender por qué en el mundo de la observación de aves se lo respeta como el "súper furnárido". El cacholote no pasa desapercibido; no sabe lo que significa la discreción.
 
Un temperamento de armas tomar:

Olvídense de las aves melancólicas que cantan al amanecer con timidez. El cacholote castaño tiene un temperamento audaz, territorial y profundamente carismático. No camina por el suelo: domina el suelo. Se desplaza a saltos largos, firmes, revisando la hojarasca con la confianza de quien es dueño de la estancia.
  Si un intruso se acerca a su zona, ya sea un gavilán, un zorro o un curioso con binoculares, el cacholote no huye. Al contrario, se planta. Levanta su cresta, agita las alas y desata una de las misiones más complejas del monte: el bochinche comunitario.

La orquesta del caos (y la hermandad):

Porque si algo define a esta emblemática especie es su vida gregaria. Rara vez verás a un cacholote en absoluta soledad. Se mueven en parejas o en ruidosos grupos familiares. Cuando uno arranca a cantar, el resto se acopla en un coro perfectamente sincronizado de gritos estridentes, ásperos y metálicos que parecen carcajadas ásperas rompiendo la calma del monte. Es un despliegue de energía vocal que sirve para dos cosas: avisar que ese territorio ya tiene dueño y reforzar los lazos de la banda. En el Espinal, la familia lo es todo.

Megaconstrucciones en el monte: el nido de palitos:

Pero la verdadera obra maestra del cacholote castaño, la que le otorga con creces el título de súper furnárido (pariente gigante de nuestro querido hornero), es su ingeniería civil.
  Mientras el hornero trabaja el barro, el cacholote es el rey del palito armado. Sus nidos son auténticas fortalezas colgantes o apoyadas en las ramas de los espinillos y algarrobos. Hablamos de estructuras voluminosas, colosales para el tamaño del ave, que pueden medir más de un metro de diámetro.
  Construidos con ramitas espinosas entrelazadas con una fuerza asombrosa, estos nidos son verdaderos búnkeres anti-depredadores. Tienen un túnel de entrada curvo que conduce a una cámara de incubación acolchada y segura. Lo más fascinante es que estas construcciones son tan resistentes que duran años y, a menudo, cuando los cacholotes las mudan o las amplían, se convierten en el hogar o refugio de muchas otras especies del NEA. Son, literalmente, los arquitectos del ecosistema.
  Ver un grupo de cacholotes castaños defendiendo su fortaleza, gritándose las novedades del día a voz en cuello y acomodando con obsesivo cuidado una rama espinosa tres veces más grande que ellos, es uno de los espectáculos más vibrantes del Espinal. Son el alma ruidosa, valiente y constructora de nuestra tierra.

Grandes recuerdos de estos años transcurridos:

Para quienes pajareamos habitualmente en Misiones, el cacholote castaño es una figurita difícil porque su distribución no llega hasta nuestra provincia. Es un ave que disfruto muchísimo observar justamente por eso, volver a mirar estas fotos me trae un recuerdo hermoso de las jornadas de observación en diversos rincones del país, donde estos personajes me regalaron sus mejores poses y, por supuesto, sus infaltables conciertos.
Y quizá ahí esté una de las cosas más lindas que me dejó esto de salir a buscar aves durante tantos años; cuando uno vuelve a mirar una fotografía, muchas veces no está mirando solamente al ave. Está volviendo a un camino, a un paisaje, a una mañana, a una charla, a unos mates compartidos y a las personas que estaban ahí. Detrás de muchas de estas fotos hay kilómetros y kilómetros recorridos durante años, rutas interminables, madrugones, equipaje, encuentros y también alguna que otra aventura que quedó guardada en la memoria mucho antes que en el disco rígido.
Hay fotos de Corrientes, de Río Negro, de Córdoba y de tantos otros lugares que fueron apareciendo en el camino. Algunas salieron durante una jornada dedicada casi exclusivamente a pajarear; otras, en medio de un viaje familiar, cuando la cámara y los binoculares viajaban como podían entre los demás planes. Y están también esos viajes que uno recuerda especialmente por haberlos compartido con amigos o con la familia, como aquel viaje de 2022 junto a mi hermana y mi cuñado, que terminó dejando mucho más que fotografías, o aquel viaje compartido con amigos al campo del Doc. Prato en el Taragüí.
Al final, quizás las aves sean solamente una parte de la historia. Son la excusa perfecta para ponerse en marcha, para conocer lugares, para recorrer kilómetros y, sobre todo, para compartir. Porque con los años uno descubre que la verdadera colección no está solamente en la carpeta de fotografías. También está en los caminos recorridos, en las personas que nos acompañaron y en esos recuerdos que una foto vieja tiene la capacidad de devolvernos de golpe.
Y estos cacholotes, con su pinta de patrón del monte y su particular manera de hacer saber a todo el mundo que están ahí, hoy me devolvieron esos recuerdos. Un recuerdo correntino, un Rionegrino, y un Cordobés también, recuerdos de esos que siguen haciendo ruido… aunque hayan pasado unos cuantos años.





6 sept 2026

El que nunca mira el reloj...

Hay cosas que anuncian que una época del año está llegando mucho antes que cualquier calendario, y en mi caso una de ellas son mis infaltables despertadores de plumas. Por estos días empiezan a activarse nuevamente temprano, muy temprano, tanto que uno podría sospechar que el zorzal chalchalero y su primo, el zorzal colorado, viven directamente en un huso horario adelantado. Está oscuro todavía, uno sigue tratando de convencer al cuerpo de que falta bastante para levantarse y ellos ya están a full, cantando como si el sol estuviera por salir en cualquier momento.
El nombre “chalchalero” no es casualidad. Viene de uno de sus alimentos preferidos, los frutos del chalchal, también conocido como cocú, un arbusto nativo que produce esos pequeños frutos redondos y dulces que forman parte de su dieta. Y hay una curiosidad simpática detrás del nombre de aquel famoso conjunto folclórico salteño que todos conocemos como Los Chalchaleros: cuando comenzaron su historia, allá por 1948, eligieron ese nombre como una forma de representar sus comienzos, sintiendo que todavía eran aprendices y no grandes expertos en la música. Una coincidencia bastante linda, porque si hay algo que caracteriza al zorzal chalchalero es precisamente su condición de cantor incansable.
Como otros zorzales, tiene la particularidad de hacerse escuchar cuando buena parte del mundo todavía está dormida, especialmente al amanecer y también al caer la tarde. Su canto termina siendo parte del paisaje sonoro de pueblos y ciudades, y quizás por eso estos zorzales tienen también un lugar especial en nuestra cultura popular y en las tonadas del norte argentino, donde el zorzal aparece asociado a la libertad, al monte y a ese paisaje criollo que tantas veces encontró en las aves una manera de cantar.
Estas fotos son apenas un registro más de uno de esos personajes que, sin pedir permiso y mucho menos consultar el reloj, se encargan de recordarme que empezó nuevamente la temporada de los madrugones. Y mientras yo todavía estoy pensando si vale la pena abrir los ojos, ellos ya tienen clarísimo que el día comenzó hace rato. Definitivamente, mis despertadores tienen plumas y no conocen el botón de posponer alarma.

La reunión de los Ipé chuirirí

Hay encuentros que uno se cruza casi de casualidad y que terminan convirtiéndose en una de esas pequeñas escenas que quedan guardadas en la memoria. Esta vez, al costado del camino de acceso a Cambyretá, la protagonista era una verdadera reunión de Ipé chuirirí. Eran muchos, tantos que la cuenta la voy a hacer yo, porque si dejo que la hagan ellos probablemente todavía estén discutiendo quién llegó primero y quién se quedó con el mejor lugar.
Para quienes no conocen el nombre, Ipé chuirirí es uno de los nombres regionales que figuran para esta especie en la Guía de Aves de Argentina del Dr. Martín de la Peña, y reconozco que es de esos nombres que tienen algo especial, de esos que parecen venir cargados con un poquito de paisaje y de identidad regional. Por eso, esta vez quise que fueran ellos, los Ipé chuirirí, los que dieran título a esta reunión bastante particular.
Y claro, semejante cantidad de patos, juntos era una invitación imposible de rechazar para alguien con mis habituales delirios fotográficos, 12 para ser mas exactos los que logré fotografiar juntos. Porque una cosa es encontrarse con uno o dos y tratar de hacer una buena foto, y otra muy distinta es tener semejante reunión delante de la cámara y pretender que, aunque sea por un instante, todos miren para el mismo lado. Ese tipo de desafíos que uno se inventa solo, sin que nadie se los haya pedido y, por supuesto, sin ninguna posibilidad real de éxito.
Uno mira por el visor de la cámara, espera, encuadra, aguanta la respiración y piensa: "Ahora sí…". Pero el fotógrafo intenta y la Madre Natura dispone. Cuando uno mira hacia un lado, otro decide mirar hacia el otro; cuando finalmente varios parecen ponerse de acuerdo, alguno mete la cabeza debajo del agua; y cuando por fin casi todos están acomodados, aparece uno que evidentemente recibió la orden de hacer exactamente lo contrario.
Y como si no fuera suficiente con semejante desorden, entre tantos participantes apareció también uno bastante más tímido que el resto. Un verdadero avergonzado que, vaya uno a saber por qué, decidió esconderse detrás de los demás para no mostrar la cara en las fotos. Quizás no tenía ganas de salir en el blog, quizás todavía no había pasado por la peluquería o simplemente entendió antes que nosotros que no siempre es conveniente quedar expuesto en una reunión tan concurrida.
Así fue esta particular reunión de los Ipé chuirirí, una de esas escenas sencillas que ofrece el camino de Cambyretá cuando uno va con los ojos atentos y la cámara preparada. No hubo manera de conseguir la foto perfecta, con todos mirando obedientemente hacia el mismo lugar, pero justamente ahí está también parte de la gracia de fotografiar aves: intentar ordenar en una imagen lo que la naturaleza se empeña en mantener desordenado.
Y mientras yo seguía esperando ese imposible momento de sincronización, ellos continuaban con su vida, bastante más despreocupados que el fotógrafo que estaba del otro lado del camino tratando de ponerlos de acuerdo. Al final, como casi siempre, la naturaleza ganó por goleada… y nosotros nos quedamos con una secuencia de fotos y una buena historia para contar.



4 sept 2026

Nombres que cambian, recuerdos que quedan.

Hay lugares que con el paso de los años terminan siendo mucho más que un punto en el mapa, y para nosotros el camino de acceso al portal norte del Parque Nacional Iberá, en Cambyretá, es uno de esos. Cuántas veces habremos recorrido esos kilómetros, despacio, mirando hacia los costados, frenando por cualquier movimiento entre los pastizales, esperando que apareciera algo nuevo o simplemente disfrutando de volver a encontrarnos con aquellos viejos conocidos que ya formaban parte del paisaje. En esos años había especies que parecían estar siempre allí, casi como si tuvieran reservado su lugar a la vera del camino, y el Pecho Amarillo era, sin dudas, uno de ellos.
Hoy vuelvo a encontrarme con tres fotografías de aquella especie que durante mucho tiempo llamamos Pecho Amarillo Común y que, como tantas otras cosas que quedaron esperando durante este largo paréntesis de actividad del blog, también cambió de nombre mientras nosotros estábamos en otra historia. Ahora es simplemente Pecho Amarillo, pero más allá de cómo decidieron llamarlo los que se ocupan de poner orden en la taxonomía, para nosotros sigue siendo aquel pecho amarillo de Cambyretá, el que aparecía con frecuencia durante aquellas jornadas interminables de pajareo, cuando todavía parecía que había tiempo para todo y cada salida podía terminar en una nueva historia para contar.
Lo curioso es que al volver sobre aquellos recuerdos también aparece una pequeña contradicción: aquello que alguna vez considerábamos común ya no me parece tan común. Tal vez porque el paisaje cambió, tal vez porque cambiaron las aves, o quizás porque después de tantos años uno empieza a prestar atención justamente a esas cosas que antes pasaban desapercibidas. Lo que antes era casi una presencia asegurada hoy se disfruta un poco más cuando aparece, y eso también forma parte de la experiencia de volver a mirar las mismas fotos después de tantos años.
Así que hoy van tres fotos de un viejo conocido, tomadas en ese camino que tantas veces recorrimos y que seguramente todavía guarda unas cuantas historias esperando ser encontradas. Cambió el nombre, pasó el tiempo y quizás también cambió algo en el paisaje, pero hay recuerdos que quedan asociados para siempre a un lugar y a una especie. Y este Pecho Amarillo, para mí, sigue teniendo un poco de aquel Cambyretá de aquellos años, cuando lo común todavía no sabíamos que algún día iba a dejar de serlo.


3 sept 2026

El chiricote y ese raro momento en que hago las cosas bien

Hoy tengo que reconocerlo: estas dos fotos del chiricote me gustan muchísimo. Y sí, son fotos mías, así que por una vez me voy a permitir decirlo sin vueltas: son dos fotones. 😁 Claro que tampoco hay que sacar conclusiones apresuradas, porque no es que de repente me haya convertido en un fotógrafo extraordinario; de vez en cuando también me salen buenas fotos, muy de vez en cuando, generalmente cuando soy obediente y hago exactamente lo que tantas veces uno recomienda hacer cuando sale a fotografiar aves.
Esta vez fue en Ombú Chico, durante aquel último fin de semana de pajareo que compartimos los tres, con Willy y con Luisito Krause, disfrutando de esos días que hoy, con un poco de distancia, se extrañan bastante. La escena no tenía ningún secreto ni requería de grandes maniobras: yo estaba sentado junto a Willy, mate de por medio, a unos tres metros del comedero, esperando tranquilamente que alguno de los visitantes habituales decidiera regalarnos una oportunidad. La cámara estaba armada sobre el trípode, sin flash, lista para disparar cuando apareciera el modelo indicado. Y apareció el chiricote.
Ahí entró en juego esa parte aburrida pero fundamental de la fotografía de aves: apertura máxima permitida por mi lente para aprovechar al máximo la luz disponible, ISO bajo para evitar que el ruido arruinara el detalle y una velocidad que me permitiera congelar el movimiento sin sacrificar calidad. Nada de perseguirlo por el monte, nada de acercamientos imposibles, nada de hacer malabares con la cámara. Simplemente sentarse, esperar y estar preparado.
Y acá aparece otra de esas pequeñas verdades que uno aprende con los años: muchas veces la buena foto no depende solamente de tener una gran cámara o de encontrar un ave extraordinaria, sino de estar en el lugar correcto, tener el equipo preparado y, sobre todo, no apurarse. Cuando el fotógrafo deja de molestar al fotógrafo y empieza a hacerle caso a la técnica, las cosas suelen funcionar bastante mejor. 😄
El chiricote se quedó el tiempo suficiente, la luz acompañó, el fondo ayudó y, por una vez, todos los planetas parecieron alinearse. Yo solamente tuve que hacer mi parte y apretar el disparador.
Así que hoy no hay grandes aventuras ni historias de persecuciones detrás de una especie difícil. Hay dos fotos, un chiricote tranquilo, unos mates compartidos con Willy y el recuerdo de aquel fin de semana junto a Luisito en Ombú Chico. A veces eso alcanza y sobra.
Disfruten del resultado... que no todos los días me salen dos fotones así. 😉