Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.

19 sept 2026

El fantasma de brasa: 18 años buscando al Bailarín Naranja en la selva misionera

Hay aves que te llenan los ojos al primer intento, y hay otras que se convierten en una hermosa y obsesiva persecución a lo largo de los años. Para quienes recorremos la selva de la Provincia de Misiones con la cámara a cuestas, la biodiversidad es un regalo diario, pero existen ciertos tesoros que la tierra colorada se reserva solo para los más pacientes.
En mi opinión, uno de ellos es una de las criaturas más fascinante y esquiva de nuestra avifauna; el Bailarín Naranja (Pipra fasciicauda).
Llevo 18 años capturando la vida silvestre a través de mi lente y, en casi dos décadas de caminatas silenciosas, solo he logrado fotografiarlo en tres lugares bien específicos. Uno de esos templos sagrados fue la reserva Surucuá, allá bien al norte de la provincia, un rincón mágico donde el tiempo parece detenerse y la selva te habla al oído.
De aquella mítica expedición junto a Luis Krause, y otros amigos ya conocidos por ustedes, nos quedaron recuerdos imborrables y fotos de archivo espectaculares que hoy vuelven a ver la luz para ilustrar este relato. Esa salida tuvo una mística especial; para Luis fue su gran desquite, ya que venía con la espina de no haber podido fotografiar al bailarín blanco y la selva lo compensó con creces regalándole este encuentro; en mi caso fue exactamente al revés, pero así es el azar hermoso de la fotografía de naturaleza.

Un destello imposible en la penumbra:
El gran desafío de este habitante de la selva paranaense no es solo su escasez, sino su comportamiento. A diferencia de otras aves que juegan en las copas de los árboles calados por el sol, el macho del Bailarín Naranja prefiere el estrato medio y bajo; se mueve en la penumbra del sotobosque denso y oscuro. Físicamente, el macho es una obra de arte viviente, un capuchón, espalda y pecho de un anaranjado encendido —como una brasa viva en medio del follaje— que contrasta de manera dramática con sus alas y cola negras, y un ojo grande de un iris blanco penetrante.
La hembra, en cambio, viste un plumaje verde oliva perfecto para fundirse con la vegetación, compartiendo esa mirada blanca tan particular.Su nombre le hace justicia a su increíble ritual de cortejo. Los machos se agrupan en pequeños territorios acotados (denominados "leks") donde realizan elaboradas coreografías y despliegues de movimientos coordinados acompañados de silbidos nasales descendentes para deslumbrar a las hembras.
El problema para el fotógrafo es que, aun cuando su canto delata que está a escasos metros, su timidez lo mantiene estático y oculto tras densas cortinas de tacuaras y enredaderas.

La dificultad de registrar un mito:
Encontrar un registro del Bailarín Naranja en la provincia es toparse con una aguja en un pajar. Su distribución es extremadamente focal y acotada, restringiéndose casi en su totalidad al norte misionero, y una sola vez por el Sur, acá cerquita de Posadas, en sitios específicos como el Parque Nacional Iguazú o reservas privadas vecinas que conservan la selva en estado maduro y virgen.
Fotografiarlo exige dominar el arte de la frustración, poca luz, trabajar en el sotobosque oscuro obliga a forzar el equipo fotográfico al límite (ISOs altos, diafragmas muy abiertos); foco esquivo porque las ramas, tacuaras, y el denso follaje del sotobosque de su hábitat natural juegan constantemente en contra del enfoque automático.

Territorios contados:
Si no conocés el punto exacto y su vocalización, podés pasar semanas caminando sin ver siquiera un destello naranja. Por eso, repasar las fotos de Surucuá me despierta una profunda nostalgia y un respeto inmenso por la fragilidad de nuestra selva. Capturar la mirada de este bailarín no es solo presionar un disparador; es el premio a la constancia, el frío de las madrugadas, el calor húmedo de Misiones y, sobre todo, la fortuna de haber estado en el lugar correcto, en el momento exacto, donde la magia decidió mostrarse.

Experiencia, la otra herramienta fotográfica

Experiencia, aprendizaje, observación y conocimiento. Cuatro palabras que, con el tiempo, terminan teniendo bastante más importancia que la cámara que uno lleva colgada al cuello.
Las primeras veces que uno recorre un sendero de nuestra selva termina con el cuello y los brazos reventados de estar tanto tiempo mirando para arriba y apuntando con la cámara, tratando de conseguir alguna buena fotografía de un integrante de esta familia. Los trepadores tienen esa particularidad, generalmente están allá arriba, recorriendo troncos y ramas mientras uno, desde abajo, los sigue como puede con la cabeza levantada y los brazos extendidos. Después de un rato empezás a preguntarte si realmente saliste a fotografiar aves o a entrenar cervicales.
Pero con varias salidas encima, uno empieza a aprender. Primero observa, después presta atención y finalmente empieza a reconocer ciertas rutinas. Ya no se trata solamente de encontrar al ave, sino de entender qué está haciendo y, sobre todo, qué puede hacer después. Y ahí es donde la experiencia empieza a jugar a nuestro favor.
El trepador y sus parientes suelen recorrer el tronco ascendiendo en espiral, revisando cada rincón en busca de los insectos y otros pequeños invertebrados que forman parte de su alimentación. Cuando llega arriba, muchas veces vuela hasta el árbol siguiente, pero no necesariamente continúa desde donde terminó, baja hacia la parte inferior del nuevo tronco y vuelve a comenzar la misma rutina.
Y ahí cambia la historia. Porque si ya conocemos ese comportamiento, podemos dejar de perseguirlo con la cámara apuntando al cielo y esperar en el lugar donde sabemos que probablemente aparezca. El ave hace su trabajo, nosotros hacemos el nuestro y, de repente, las cosas se ponen bastante más fáciles.
Esos son algunos de los pequeños aprendizajes que solamente llegan con el tiempo, las salidas al campo y muchas horas mirando aves. La fotografía termina siendo casi una consecuencia de todo lo anterior. Primero hay que observar, después comprender y recién entonces aparece la oportunidad de hacer la foto.
Quizás esa sea una de las cosas más lindas que tiene esto de salir a fotografiar aves, con el tiempo uno no solamente aprende a reconocer especies, también aprende a leer sus movimientos, sus costumbres y sus pequeñas rutinas. Y cuando finalmente una de esas cosas aprendidas nos permite conseguir una buena fotografía, la satisfacción es distinta, porque detrás de esa foto hay algo más que un disparo; hay horas de observación y de aprendizaje.

18 sept 2026

Yo contra el Federal

Hoy van dos fotos de Federal, obtenidas varios años atrás en la entrada del Camping El Mirador, en Ituzaingó. Federal o Juan Soldado, como también se lo conoce, es uno de esos pájaros que cuando aparece no pasa precisamente desapercibido. Tiene una belleza particular, de esas que hacen que uno levante la cámara inmediatamente y empiece a pensar en cómo conseguir una buena foto.
Pero acá aparece el problema porque fotografiar un Federal completamente despejado, mostrando todo su esplendor, al menos para mí se ha convertido en una especie de misión imposible. Habita en juncales, pirizales y toda esa vegetación palustre donde casi siempre hay agua debajo, y evidentemente él está muchísimo más cómodo ahí que yo tratando de conseguir una fotografía limpia. Uno lo ve, lo sigue con la mirada, espera el momento… y cuando finalmente aparece en un lugar más o menos apropiado, dura ahí exactamente lo necesario como para que uno alcance a decir “ahora sí” antes de que desaparezca nuevamente entre la vegetación. Hasta ahora, el Federal me viene ganando por goleada.
Así que tendré que activar nuevamente la búsqueda. Porque esto también forma parte de la fotografía de aves; hay especies que uno ya fotografió, pero queda pendiente esa foto que todavía no pudo conseguir. Y cuando una especie te deja esa deuda, tarde o temprano uno vuelve a buscarla. Con el Federal tengo esa cuenta pendiente y en algún momento habrá que saldarla.
Lo que cuesta entender es que un pájaro tan hermoso, adaptado a vivir libremente en estos ambientes, todavía sea perseguido para terminar encerrado como mascota. Parece que para algunos la belleza de un ave no alcanza con verla volando, alimentándose o moviéndose entre los juncales; aparentemente necesitan tenerla detrás de unos barrotes para disfrutarla. Y ahí sí que no encuentro demasiada explicación. ¿Qué clase de idea puede llevar a alguien a capturar un animal silvestre simplemente porque le gusta cómo se ve?
Hay algo bastante absurdo en todo esto: yo llevo años intentando conseguir una fotografía de un Federal libre, en su ambiente y haciendo su vida de Federal, y hay gente que todavía pretende solucionar el asunto capturándolo y metiéndolo en una jaula. La estupidez humana, como sabemos, no conoce límites; y mientras tanto, el Federal seguirá teniendo algo que nosotros no podemos darle, la libertad de elegir dónde posarse, dónde alimentarse y, fundamentalmente, dónde vivir.

17 sept 2026

Un primero de enero entre parientes y pájaros chaqueños ruidosos

Las fotos de hoy son de una pareja de Chororó, y aunque a primera vista parezcan simplemente dos fotografías más de aves, detrás de ellas hay uno de esos lindos recuerdos familiares que uno va acumulando con el paso de los años. Porque no todo en la vida de un fotógrafo de aves son salidas madrugadoras, largas caminatas por el monte o jornadas enteras esperando que aparezca alguna especie interesante. A veces también hay que cumplir con la familia, armar las valijas y viajar para pasar las fiestas de fin de año con los parientes de mi señora en Resistencia, Chaco. Y si de paso aparece la posibilidad de sacar algunas fotos, mucho mejor.
El 1 de enero de 2016, después de los festejos de Año Nuevo, nos fuimos todos a Colonia Benítez, ahí cerquita de Resistencia, para pasar el día entre familiares. La propuesta era bastante sencilla; calor chaqueño, pileta, almuerzo y un día de esos en los que nadie tiene demasiadas ganas de andar corriendo de un lado para el otro. Un programa familiar de verano, con todo lo necesario para disfrutar y descansar después de las celebraciones para recibir el año nuevo. Aunque, como suele suceder cuando uno anda con una cámara de fotos y cierta debilidad por las plumas, el descanso puede tener algunas interrupciones.
Mientras el resto disfrutaba de la pileta y del almuerzo (light, por supuesto, porque después de las fiestas había que cuidar la línea) yo aproveché para caminar un rato por el parque y las calles de tierra del pueblo, cámara en mano, buscando qué podía aparecer. Colonia Benítez tiene ese encanto de los lugares donde todavía se puede andar tranquilo, mirar los árboles, escuchar a las aves y encontrar especies que no llegan hasta Misiones. Y para alguien que disfruta de fotografiar pájaros, eso ya es motivo suficiente para dejar un rato la sobremesa familiar y salir a dar una vuelta.
Entre las especies que pude encontrar durante aquella caminata apareció esta pareja de Chororó, dos aves que terminaron formando parte de aquella tanda de fotografías que publiqué hace bastantes años en el blog, cuando Aves del NEA todavía transitaba otra etapa y uno andaba bastante más activo con las publicaciones. Como suele pasar con las fotos de aquellos tiempos, algunas quedaron en el archivo esperando una nueva oportunidad, porque entre tantas imágenes, viajes y encuentros siempre hay alguna que se fue quedando para después.
Así que hoy, diez años después de aquel paseo por Colonia Benítez, recuperamos estas dos imágenes de la pareja de Chororó. Dos fotografías que esperaron bastante tiempo para volver a ver la luz y que, de paso, nos traen el recuerdo de aquel primero de enero de 2016, cuando entre familiares, pileta, calor y almuerzo light, también hubo un rato para salir a buscar pájaros.
Y menos mal que llevé la cámara… porque uno nunca sabe qué puede aparecer dando una vuelta por otros pagos.

16 sept 2026

A veces alcanza con salir a despedir a la familia

Las fotos de hoy son nuevitas nuevitas… de ayer nomás, obtenidas durante la siesta en mi propia casa; y esto viene a demostrar, una vez más, que no siempre hace falta cargar la mochila, preparar una vianda, recorrer unos cuantos kilómetros y terminar con las piernas pidiendo auxilio para conseguir un buen registro de aves. A veces alcanza con salir a despedir a la familia y mirar un poquito lo que tenemos alrededor.
Ayer, mientras despedía a mi hija y a mi yerno, veo que sobre el cable que pasa por la vereda del frente había un taguató posado, bastante tranquilo, como si también estuviera disfrutando de la siesta. Y claro, uno podrá estar jubilado, podrá tener otras cosas en la cabeza, pero cuando aparece un ave así, justo enfrente de casa, la conversación familiar pasa automáticamente a un segundo plano. No porque uno quiera dejar de escuchar a la hija, por supuesto… sino porque ya sabemos cómo funciona esto de la fotografía de aves; el ojo se va para un lado, la cabeza empieza a calcular distancias y el fotógrafo que llevamos adentro comienza a hacer cuentas.
"Ojalá me dé tiempo para buscar la cámara y sacarle unas buenas fotos" les dije, mientras seguíamos charlando.
Y esta vez, por suerte, el tiempo alcanzó. El taguató se quedó ahí, sin apuro, esperando vaya uno a saber qué cosa, mientras yo entraba a buscar la cámara. Cuando volví, todavía estaba en el cable, dispuesto a regalarme un rato de fotografía. Y no solamente se quedó, sino que me permitió conseguir, creo yo, una excelente serie de fotos, con un lindo acercamiento que me dejó más que conforme. De esas oportunidades que aparecen de repente, sin avisar, y que uno agradece haber sabido aprovechar.
Porque esa es otra de las cosas lindas que tiene la fotografía de aves, no siempre se trata de salir a buscar una especie determinada, de organizar una excursión o de llegar a un lugar conocido con la esperanza de encontrar algo interesante. Muchas veces las mejores oportunidades aparecen cuando uno menos las espera; un ave que cruza el patio, un visitante inesperado en el jardín, un pájaro posado en el cable de la vereda, como en este caso, un taguató que decidió hacer una pausa frente a mi casa justo cuando yo estaba despidiendo a la familia. Y si uno tiene la cámara a mano, mejor todavía.
Así que ya saben, la próxima vez que salgan a despedir a la familia, a sacar la basura, a regar las plantas o simplemente a tomar un poco de aire, miren hacia arriba. Nunca se sabe, capaz que en el cable o en el árbol de enfrente hay algo esperando que alguien lo descubra; y si además tienen la cámara a mano, mucho mejor.



15 sept 2026

El mirasol y el pirizal

Hay fotografías que uno publica enseguida y otras que quedan años en el archivo, esperando su momento. Algunas no convencen, otras fueron tomadas en malas condiciones y muchas, vaya uno a saber por qué, permanecen en ese limbo al que volvemos de vez en cuando con la promesa de editarlas algún día. Hoy le tocó el turno a una de esas imágenes pendientes, un mirasol estriado fotografiado hace unos cuantos años en uno de los pirizales del Portal Norte del Parque Nacional Iberá.
Pero antes de hablar del mirasol, vale la pena detenerse en el lugar donde fue fotografiado. Cuando salimos a buscar aves solemos concentrarnos en encontrar al sujeto, acercarnos, conseguir buena luz y volver con un retrato satisfactorio; sin embargo, no siempre el ave tiene que ser el centro absoluto, a veces el ambiente también tiene mucho para decir, y esta fotografía es un buen ejemplo. El mirasol estriado comparte protagonismo con el pirizal, un hábitat particular de los Esteros del Iberá donde determinadas especies pasan buena parte de su vida.
Los pirizales pueden ser complicados para quienes intentamos encontrar un pájaro entre tanta vegetación. Tallos, hojas y ramas se convierten en obstáculos, y aun teniendo al ave localizada uno puede pasar un buen rato buscando una ventana que permita verla con claridad. Cuando finalmente aparece, suele durar apenas unos segundos porque el ave se mueve, desaparece detrás de los tallos que se mueven con el viento y la búsqueda empieza otra vez.
El mirasol estriado tampoco suele llamar demasiado la atención. Su plumaje y su comportamiento le permiten pasar desapercibido, así que encontrarlo ya es una alegría. En este caso, además, entre la cámara y el ave había casi 60 metros, una distancia considerable para fotografiar a una especie que se confunde tan bien con el ambiente.
Y ahí estaba él, atento a mis movimientos. Uno puede quedarse quieto y moverse despacio, pero las aves parecen tener un radar para detectar cualquier presencia extraña. Para él yo era alguien poco habitual en ese paisaje; para mí, una especie que intentaba fotografiar y que, por suerte, decidió concederme unos instantes.
Lo curioso es que esta fotografía es apenas mi segundo registro de mirasol estriado en los 18 años que llevo fotografiando aves. Dieciocho años de salidas, caminatas, madrugones, mates, amigos y kilómetros recorridos, para que los registros de esta especie todavía puedan contarse con los dedos de una mano, y todavía me sobran dedos. Así es la fotografía de aves, algunas especies aparecen todo el tiempo y otras se hacen esperar durante años. Cuando finalmente vuelven a aparecer, uno recuerda aquel encuentro anterior, aunque las fotos hayan quedado guardadas en algún rincón del archivo.
En una época en la que buscamos llenar la pantalla con cada detalle del plumaje, también es bueno recordar que la fotografía de naturaleza no siempre consiste en aislar al protagonista, mostrar un poco de su hábitat también es importante, ese pirizal es parte del ambiente que el mirasol estriado necesita; y aunque la imagen no sea desde un punto de vista estrictamente fotográfico la más espectacular, para mí tiene un valor especial; es una especie que no aparece todos los días, me permite volver a un lugar que siempre tiene algo para mostrar y me recuerda que no todas las fotos tienen que ser perfectas ni publicarse enseguida.
De eso también se trata salir a buscar aves, mirar más allá del sujeto principal, disfrutar el ambiente, aceptar que no siempre conseguiremos el retrato soñado y entender que algunas fotografías pueden mostrar también otras cosas.

14 sept 2026

Un águila negra, un camino polvoriento y un paseo gratis

Después de tres días de ausencia, volvemos a encontrarnos por acá. Esta vez la razón estuvo más que justificada; se casó mi hija, así que durante estos días había cosas bastante más importantes a las que dedicarle atención que a las aves, las fotografías y este blog. Ahora, con un poco más de tranquilidad, retomamos la actividad y vamos a hacerlo con dos fotografías de un viejo registro de águila negra, de esas que uno tiene guardadas esperando que algún día aparezca una herramienta de edición capaz de hacerles un poco de justicia.
A este encuentro con el águila negra ya lo había mostrado en el blog, pero estas dos fotografías habían quedado sin editar. El motivo era bastante sencillo, un rabioso contraluz, el sol casi en la vertical y unas condiciones de luz que, para decirlo suavemente, no eran precisamente las que uno hubiera elegido para salir a fotografiar aves. Ya sabemos que la fotografía tiene sus refranes, y aquel que dice “luz cenital, sombra total” parece que fue escrito pensando en este tipo de situaciones. Pero bueno, con las nuevas herramientas de edición que tenemos hoy, decidí volver a meter mano en esos archivos y ver si se podía rescatar algo de aquellas imágenes que durante tantos años quedaron durmiendo en el disco rígido. Y acá están, con sus limitaciones, pero finalmente editadas y listas para compartir.
El encuentro ocurrió allá por el 2017, en uno de esos polvorientos caminos de la Isla Apipé Grande, Corrientes. Por aquellos días, a Willy y a mí nos llevaron a lo que ambos consideramos, con el tiempo, un paseo gratis. Para variar, nada pudo concretarse de todo aquello en lo que habíamos aportado nuestros conocimientos y nuestro trabajo, pero esa es otra historia, de esas que quedan dando vueltas en la memoria y que algún día quizás merezcan su propio espacio por acá. Lo cierto es que, si bien el motivo original del viaje no terminó saliendo como esperábamos, nosotros aprovechamos la oportunidad como corresponde: paseamos, comimos rico, sacamos fotos y pasamos un lindo fin de semana. Y cuando uno vuelve con buenos recuerdos, algunas fotografías y un par de anécdotas para contar, tampoco puede decir que todo salió tan mal.
Así que hoy, después de la pausa obligada por un acontecimiento familiar mucho más importante que cualquier publicación, volvemos a las andanzas con este águila negra de Apipé Grande. Una viejo encuentro, un contraluz complicado y la ayuda de las nuevas herramientas de edición para darle una segunda oportunidad a dos imágenes que, hasta ahora, habían quedado esperando su momento. El resto, como tantas otras cosas de la vida y de la fotografía, quedó convertido en otra anécdota más.

10 sept 2026

A veces también hay que mirar

Hoy vuelvo a revolver un poco los archivos y aparecen algunas fotos de un carpintero garganta estriada, de esas que fueron tomadas en la casa de Luis, en el Club Refugio Ombú, un lugar donde uno ya sabe que puede pasar de todo y que, además de llevarse alguna foto, seguramente se va a llevar una buena charla, unos mates y algún recuerdo para guardar. Pero en honor a la verdad, esta vez al carpintero lo miré bastante más a través de la lente de la cámara que lo que realmente lo fotografié. Y no porque me haya faltado tiempo ni porque la cámara no estuviera lista, sino porque de vez en cuando también disfruto de esas situaciones en las que uno se olvida un poco de apretar el disparador y se dedica simplemente a observar qué está haciendo el protagonista.
En esta oportunidad fueron solamente dos fotos. Sí, dos. Después de tantos años de andar con la cámara a cuestas, uno podría pensar que semejante encuentro merecía una ráfaga de fotos, distintos ángulos, poses, vuelos, acercamientos y vaya a saber cuántas cosas más. Pero no siempre es así. El carpintero estaba entretenido buscando su comida en el tronco de un árbol y, después de bastante trabajo, consiguió sacar un gusanito. Hasta ahí, todo dentro de lo normal. El problema fue que, en alguna de esas maniobras propias de un carpintero, el pobre gusanito terminó cayéndose. Y ahí apareció una de esas pequeñas escenas que, si uno está atento, terminan siendo mucho más interesantes que una foto perfectamente encuadrada: el carpintero sacó la lengua y se lamió la panza, tratando de volver a atrapar al gusanito que había perdido. Una escena de apenas unos segundos, pero de esas que quedan en la memoria mucho más tiempo que cualquier archivo guardado en una carpeta.
Y ahí estaba yo, exprimiendo los 500 mm de la lente, observando todo ese procedimiento desde atrás de la cámara. Podría haber intentado hacer veinte fotos, pero sinceramente preferí mirar. Porque con el tiempo uno también aprende que salir a pajarear no es solamente juntar especies ni llenar tarjetas de memoria. Hay días en los que uno vuelve con una cantidad de fotos impresionante y otros en los que vuelve con dos fotos, o con ninguna, pero se trae encima una observación, un comportamiento o una situación que no estaba esperando encontrar. Y eso también forma parte de esta afición que, por suerte, todavía consigue sorprenderme después de tantos años.
Quizás por eso me gusta revolver los archivos. Porque entre tantas carpetas aparecen fotos que, además de mostrar un ave, me devuelven un momento. A veces recuerdo dónde estaba, con quién, qué estábamos haciendo, los mates de por medio o alguna charla que seguramente terminó desviándose hacia cualquier tema menos los pájaros. Y otras veces, como en este caso, me acuerdo de que durante unos minutos la cámara quedó casi en segundo plano y me dediqué simplemente a mirar.
Así que siguen apareciendo recuerdos revolviendo archivos. Todavía quedan unas cuantas historias escondidas por ahí y, por lo visto, no todas necesitan una gran cantidad de fotos para volver a salir a la luz. Algunas se conforman con dos... y con un carpintero de lengua larga intentando recuperar el almuerzo.

9 sept 2026

Armemos las valijas… Hoy nos vamos al Caribe 🌴🌊

Después de lo que escribí ayer, de los incendios de pastizales, del fuego avanzando sin pedir permiso y de esa sensación de impotencia que queda cuando vemos cómo la naturaleza vuelve a perder, hoy les propongo hacer algo distinto; armemos las valijas y vámonos un ratito al Caribe.
No hace falta buscar pasajes ni revisar el pasaporte porque para este viaje alcanza con sentarse un momento frente a estas cuatro fotos y dejar que la vista se vaya hasta la Isla Saona, en República Dominicana, donde el agua tiene ese color turquesa que parece inventado, las playas parecen de postal y las aves que aparecen frente a la cámara nos recuerdan que el mundo es bastante más grande que nuestro pedacito de Misiones y Corrientes.
Hoy cambiamos por un rato el humo y el pastizal quemado por el azul del mar, el verde de las palmeras y unas gaviotas que, vaya uno a saber qué pensará de nosotros, se dejaron fotografiar mientras yo intentaba guardar en la cámara un poquito de ese paisaje paradisíaco.
Viajar también es esto, conocer otros lugares, descubrir otras aves, mirar paisajes diferentes y volver a casa con la cabeza un poco más despejada. Y a veces, cuando uno no puede viajar, también puede hacerlo con una fotografía.
Así que por hoy dejemos descansar un rato la bronca de ayer. Armen las valijas, acomódense y viajen conmigo hasta la Isla Saona.
Agua turquesa, arena, sol, palmeras y gaviotas.
Viajen ustedes también mirando estas fotos.
Después volvemos… porque el Caribe queda un poquito lejos y mañana seguramente tendremos que seguir cuidando lo que tenemos acá. 😉





Recuerdos de unas lindas vacaciones allá por el 2018.

8 sept 2026

El fuego sin control, llega a una reserva donde no existe el control

Reserva Urutaú, Candelaria: cuando el abandono también quema
Una vez más, el fuego vuelve a ser noticia, y una vez más no por las razones que quisiéramos. En esta oportunidad, las imágenes y el video compartidos por Atilio Cantaluppi muestran el avance de un incendio de pastizales dentro de la Reserva Urutaú, en Candelaria, un lugar que debería representar justamente lo contrario: protección, conservación y compromiso con ese pequeño pero valioso patrimonio natural que todavía nos queda.
Pero cuando uno observa las imágenes cuesta no preguntarse qué queda realmente de aquella idea de reserva cuando el abandono, la falta de mantenimiento y la ausencia de respuestas convierten al lugar en terreno fértil para que una chispa termine transformándose en fuego descontrolado. Y ahí aparece una palabra que resulta difícil de esquivar: desidia.
A esto se suma algo que me han manifestado personas que concurren habitualmente a la reserva y que conocen de cerca lo que sucede allí: el ingreso constante de pescadores, la presencia de cazadores furtivos y, particularmente, la abundancia de restos de fogones que quedan en el lugar sin ser apagados correctamente. No podemos afirmar que alguno de esos fogones haya sido el origen de este incendio, porque eso debería determinarlo una investigación. Pero tampoco podemos ignorar que un fuego mal apagado en medio de un ambiente de pastizales puede convertirse rápidamente en un incendio, y que la ausencia de controles aumenta considerablemente ese riesgo.
Entonces aparece nuevamente la misma pregunta: ¿quién controla?
Porque si una reserva permite el ingreso habitual de personas que pescan, cazan o encienden fogones y no existe una presencia efectiva que controle esas actividades, estamos frente a un problema que va mucho más allá de un incendio puntual. Es la consecuencia de tener un área que, en los papeles, está destinada a conservar la naturaleza, pero que en la práctica parece quedar librada a su suerte.
Frente a un incendio no alcanza con lamentarse cuando las llamas ya están avanzando. Hace falta prevención, recursos, personal capacitado, herramientas, caminos en condiciones y, fundamentalmente, alguien que tenga la responsabilidad y la decisión de actuar antes de que el fuego llegue. Después, cuando todo arde, siempre aparecen las explicaciones, las excusas y, muchas veces, la conocida costumbre de buscar a quién corresponde la responsabilidad.
¿Quién debe hacerse cargo de la Reserva Urutaú? ¿La Municipalidad? ¿La EBY? ¿El Ministerio de Ecología? ¿Algún otro organismo? Seguramente existen convenios, responsabilidades repartidas, presupuestos asignados y diferentes explicaciones administrativas. Lo que resulta bastante más difícil de encontrar es quién se hace cargo cuando la naturaleza necesita que alguien se haga cargo de verdad.
Y aparece entonces otra pregunta, quizá más incómoda: ¿hay recursos para conservar estos lugares? ¿Hay presupuesto para prevención y combate de incendios? ¿Ese dinero llega realmente a donde tiene que llegar? Porque mientras las distintas oficinas pueden discutir competencias, partidas, convenios o responsabilidades, el fuego no discute absolutamente nada. Avanza. Y cuando avanza, no distingue entre un expediente, una repartición pública o un funcionario.
La sensación que queda al mirar estas imágenes es de profunda impotencia. Impotencia por ver cómo se pierde vegetación, cómo desaparecen refugios y alimento para innumerables especies y cómo un ambiente que tardó años, décadas o mucho más en formarse puede quedar destruido en cuestión de horas. Y también bronca, porque muchas veces da la impresión de que esperamos a que ocurra el desastre para recién entonces preguntarnos qué podríamos haber hecho para evitarlo.
No es solamente un incendio. Es también el resultado de una cadena de pequeñas ausencias: la falta de prevención, de vigilancia, de mantenimiento, de recursos, de planificación y, sobre todo, de interés. Porque conservar una reserva no debería consistir simplemente en colocarle un nombre, delimitarla en un mapa y esperar que la naturaleza se conserve sola.
Hace ya un tiempo, un amigo dijo una frase que quedó dando vueltas y que hoy vuelve a tener una vigencia tremenda: “La naturaleza, los árboles y los animales no votan.” Quizás allí esté parte de la explicación de por qué tantas veces resulta más sencillo mirar para otro lado.
Los árboles no reclaman. Los pastizales no presentan expedientes. Los animales no pueden ir a golpear la puerta de una oficina para preguntar por qué nadie llegó cuando comenzó el fuego. Y la naturaleza, lamentablemente, tampoco tiene quién la represente cuando las prioridades de quienes deberían protegerla parecen estar en otro lugar.
No se trata de señalar gratuitamente a una persona determinada ni de desconocer las dificultades reales que implica combatir un incendio. Se trata de algo mucho más simple: preguntar quién está cuidando la Reserva Urutaú, quién controla el ingreso de personas y qué se está haciendo para que esto no vuelva a suceder.
Porque si una reserva termina librada a la buena de Dios, entonces quizás haya llegado el momento de preguntarnos para qué la llamamos reserva.
Y mientras nosotros discutimos quién debía hacer qué, la naturaleza vuelve a ser la que pierde... Una vez más.


Fotografías y video: Atilio Hector Cantalupi


Soldadito Común Lophospingus pusillus (Burmeister, KHK, 1860) Black-crested Finch

El primer viaje después del timbre

Hay momentos en la vida que marcan un antes y un después, y para mí, uno de los más hermosos fue colgar el portafolio y olvidarme del timbre. Después de tantos años de aulas, horarios, reuniones, planificaciones y corridas, llegó finalmente ese momento en que el reloj dejó de ser el que marcaba nuestros tiempos. Al poco tiempo de habernos jubilado de nuestras tareas docentes, mi hermana, mi cuñado y yo armamos las valijas y emprendimos un viaje hacia Santa Cruz para pasar unos días en Caleta Olivia. Antes de regresar a Posadas decidimos hacer una escala en el norte de Córdoba, más precisamente en Quilino. Lo que yo todavía no sabía era que aquel viaje, pensado simplemente como unos días de descanso y una oportunidad para compartir en familia, terminaría convirtiéndose en el escenario de mi primer registro del Soldadito chaqueño (Lophospingus pusillus).
La primera mañana en el pueblo amaneció radiante. Con mi cuñado decidimos salir a caminar por el barrio, recorriendo esas calles polvorientas tan típicas de la región, con el único propósito de que él pudiera saludar a amigos y conocidos de su infancia. Para él era un pequeño viaje hacia los recuerdos; para mí, como casi siempre, cualquier caminata podía transformarse en una salida de observación. Y mi ojo de observador no tardó en distraerse con un detalle agridulce: me llamó poderosamente la atención la cantidad de gente que tenía jaulas en sus patios.
Cardenales, pepiteros de collar, jilgueros, reinamoras... y entre ellos, varios soldaditos. La escena me generó una mezcla difícil de explicar: por un lado, la fascinación de poder observar de cerca aves tan hermosas y, por otro, la tristeza y cierta ansiedad por verlas en el lugar al que realmente pertenecían. No podía dejar de pensar en lo diferente que debía ser contemplarlas entre los arbustos y el monte, moviéndose libremente, en lugar de detrás de los barrotes. Por eso no veía la hora de que llegara el momento de salir a recorrer los caminos rurales, bien alejados del pueblo, para buscarlos en libertad.
La espera no fue larga. Esa misma tarde salimos a explorar los alrededores de Quilino, internándonos por esos caminos polvorientos típicos de la región, donde el monte seco, los arbustos espinosos, los algarrobos y los cactus van dibujando un paisaje muy diferente al que estoy acostumbrado a ver en Misiones. Y allí estaban. El encuentro finalmente se produjo y pude lograr unas tomas más que interesantes, gracias también a un detalle que me sorprendió gratamente: lo confiado de su comportamiento.
El Soldadito chaqueño es un ave curiosa que suele moverse a baja altura o directamente en el suelo, buscando semillas entre la vegetación. En lugar de salir espantado ante mi presencia, se quedó lo suficientemente cerca como para regalarme sus mejores ángulos. Para alguien que estaba haciendo sus primeros viajes como jubilado y que todavía estaba descubriendo cómo sería esa nueva vida sin el apuro del calendario escolar, aquel encuentro tuvo algo de simbólico. Mientras lo fotografiaba, no pude evitar un pensamiento amargo: con razón son tan fáciles de capturar para el mascotismo. Su comportamiento confiado, sumado a su belleza, termina convirtiéndose en una desventaja cuando el ser humano decide que un ave silvestre tiene que decorar una jaula. Una pena enorme para un pájaro que despliega tanta gracia cuando es libre.

Un poco de ciencia sobre el Lophospingus pusillus:

Para quienes siguen el blog y quieren conocer también el lado más técnico de este amiguito, aquí les dejo algunos datos clave de la especie.
Identificación: Es una pequeña ave paseriforme de unos 13 centímetros de longitud. Lo que más destaca en el macho es su elegante copete negro, que contrasta fuertemente con sus cejas blancas y su garganta negra. Su dorso es grisáceo y el vientre más claro. Las hembras y los juveniles presentan tonos más pardos y apagados, sin el negro tan marcado en la cabeza.
Hábitat y distribución: Es una especie característica del bioma chaqueño de América del Sur. Se distribuye por el oeste de Paraguay, el sur de Bolivia y el norte y centro de Argentina. Su presencia en Quilino es un calco de su ambiente ideal: bosques secos, zonas de arbustos espinosos, algarrobos y áreas con cactus.
Alimentación y comportamiento: Son principalmente granívoros, es decir, se alimentan fundamentalmente de semillas, aunque durante la época reproductiva incorporan insectos a su dieta. Suelen andar en parejas o en pequeños grupos y, en ocasiones, pueden asociarse con otras especies de emberízidos.

A la distancia, puede parecer que aquel viaje fue simplemente uno más entre tantos. Pero para mí significó bastante más. Fue uno de los primeros viajes después de la jubilación, compartido con mi hermana y mi cuñado, y tuvo además ese ingrediente especial de permitirle a él reencontrarse con amigos y lugares de su infancia. Mientras ellos recuperaban recuerdos, yo comenzaba a construir otros nuevos, cámara en mano, descubriendo que ahora había algo que podía hacer sin mirar el reloj ni pensar en que al día siguiente había que volver a las aulas.
Este viaje post-jubilación no solo nos regaló anécdotas familiares inolvidables y el reencuentro con los afectos de la infancia de mi cuñado, sino también este valioso registro fotográfico. Ver al Soldadito chaqueño exhibir su copete en una rama seca del monte cordobés, libre y dueño de su entorno, fue mucho más que conseguir una nueva especie para mis archivos: fue una pequeña bienvenida a una etapa diferente de la vida. Y quizás por eso, cada vez que vuelvo a mirar estas fotos, no veo solamente un Soldadito chaqueño. Vuelvo a ver aquellas calles de Quilino, los caminos polvorientos, el monte seco, el viaje compartido y esa sensación maravillosa de haber dejado atrás el timbre para empezar a escuchar otros sonidos. Entre ellos, por supuesto, el de las aves al retomar una vez mas esta apasionante actividad.


Mapa de distribución en América del Sur
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7 sept 2026

Kilómetros, aves, y recuerdos de la ruta...

Si el Espinal argentino tuviera un bando de vecinos ruidosos, organizados y con un ego del tamaño de la copa de un algarrobo, el cacholote castaño (Pseudoseisura lophotes) sería, sin dudas, el presidente del consorcio.  A primera vista, su silueta estilizada de un marrón canela profundo y ese copete desgreñado que despliega como una corona le dan un aire de distinción. Pero basta quedarse unos minutos bajo su territorio para entender por qué en el mundo de la observación de aves se lo respeta como el "súper furnárido". El cacholote no pasa desapercibido; no sabe lo que significa la discreción.
 
Un temperamento de armas tomar:

Olvídense de las aves melancólicas que cantan al amanecer con timidez. El cacholote castaño tiene un temperamento audaz, territorial y profundamente carismático. No camina por el suelo: domina el suelo. Se desplaza a saltos largos, firmes, revisando la hojarasca con la confianza de quien es dueño de la estancia.
  Si un intruso se acerca a su zona, ya sea un gavilán, un zorro o un curioso con binoculares, el cacholote no huye. Al contrario, se planta. Levanta su cresta, agita las alas y desata una de las misiones más complejas del monte: el bochinche comunitario.

La orquesta del caos (y la hermandad):

Porque si algo define a esta emblemática especie es su vida gregaria. Rara vez verás a un cacholote en absoluta soledad. Se mueven en parejas o en ruidosos grupos familiares. Cuando uno arranca a cantar, el resto se acopla en un coro perfectamente sincronizado de gritos estridentes, ásperos y metálicos que parecen carcajadas ásperas rompiendo la calma del monte. Es un despliegue de energía vocal que sirve para dos cosas: avisar que ese territorio ya tiene dueño y reforzar los lazos de la banda. En el Espinal, la familia lo es todo.

Megaconstrucciones en el monte: el nido de palitos:

Pero la verdadera obra maestra del cacholote castaño, la que le otorga con creces el título de súper furnárido (pariente gigante de nuestro querido hornero), es su ingeniería civil.
  Mientras el hornero trabaja el barro, el cacholote es el rey del palito armado. Sus nidos son auténticas fortalezas colgantes o apoyadas en las ramas de los espinillos y algarrobos. Hablamos de estructuras voluminosas, colosales para el tamaño del ave, que pueden medir más de un metro de diámetro.
  Construidos con ramitas espinosas entrelazadas con una fuerza asombrosa, estos nidos son verdaderos búnkeres anti-depredadores. Tienen un túnel de entrada curvo que conduce a una cámara de incubación acolchada y segura. Lo más fascinante es que estas construcciones son tan resistentes que duran años y, a menudo, cuando los cacholotes las mudan o las amplían, se convierten en el hogar o refugio de muchas otras especies del NEA. Son, literalmente, los arquitectos del ecosistema.
  Ver un grupo de cacholotes castaños defendiendo su fortaleza, gritándose las novedades del día a voz en cuello y acomodando con obsesivo cuidado una rama espinosa tres veces más grande que ellos, es uno de los espectáculos más vibrantes del Espinal. Son el alma ruidosa, valiente y constructora de nuestra tierra.

Grandes recuerdos de estos años transcurridos:

Para quienes pajareamos habitualmente en Misiones, el cacholote castaño es una figurita difícil porque su distribución no llega hasta nuestra provincia. Es un ave que disfruto muchísimo observar justamente por eso, volver a mirar estas fotos me trae un recuerdo hermoso de las jornadas de observación en diversos rincones del país, donde estos personajes me regalaron sus mejores poses y, por supuesto, sus infaltables conciertos.
Y quizá ahí esté una de las cosas más lindas que me dejó esto de salir a buscar aves durante tantos años; cuando uno vuelve a mirar una fotografía, muchas veces no está mirando solamente al ave. Está volviendo a un camino, a un paisaje, a una mañana, a una charla, a unos mates compartidos y a las personas que estaban ahí. Detrás de muchas de estas fotos hay kilómetros y kilómetros recorridos durante años, rutas interminables, madrugones, equipaje, encuentros y también alguna que otra aventura que quedó guardada en la memoria mucho antes que en el disco rígido.
Hay fotos de Corrientes, de Río Negro, de Córdoba y de tantos otros lugares que fueron apareciendo en el camino. Algunas salieron durante una jornada dedicada casi exclusivamente a pajarear; otras, en medio de un viaje familiar, cuando la cámara y los binoculares viajaban como podían entre los demás planes. Y están también esos viajes que uno recuerda especialmente por haberlos compartido con amigos o con la familia, como aquel viaje de 2022 junto a mi hermana y mi cuñado, que terminó dejando mucho más que fotografías, o aquel viaje compartido con amigos al campo del Doc. Prato en el Taragüí.
Al final, quizás las aves sean solamente una parte de la historia. Son la excusa perfecta para ponerse en marcha, para conocer lugares, para recorrer kilómetros y, sobre todo, para compartir. Porque con los años uno descubre que la verdadera colección no está solamente en la carpeta de fotografías. También está en los caminos recorridos, en las personas que nos acompañaron y en esos recuerdos que una foto vieja tiene la capacidad de devolvernos de golpe.
Y estos cacholotes, con su pinta de patrón del monte y su particular manera de hacer saber a todo el mundo que están ahí, hoy me devolvieron esos recuerdos. Un recuerdo correntino, un Rionegrino, y un Cordobés también, recuerdos de esos que siguen haciendo ruido… aunque hayan pasado unos cuantos años.