El pájaro que parecía pegado con Poxirán.
Vamos a darle un poco de contexto al motivo del título y a la primer frase de esta entrada. Ayer a últimas horas de la tarde nico me manda un mensaje por whatsapp diciéndome "Allende, revisá tu correo..... te pasé tres fotos, fijáte que te parece para el blog y contáme, —Ese estaba embalsamado y pegado con Poxirán a la rama...
La sentencia de Nico me hizo reír apenas vi las fotos.
Y es que cualquiera que haya pasado horas caminando el monte misionero buscando un yasiyateré chico sabe que la explicación parecía más lógica que la realidad.
Porque el yasiyateré chico no es un ave, o al menos no se comporta como una; es una sombra con plumas, es un susurro.
Un movimiento fugaz entre las ramas que uno alcanza a ver apenas un segundo antes de que desaparezca para volver a convertirse en monte.
Por eso, encontrarse con uno despejado, quieto y fotografiable como el que registró Nico es casi un acontecimiento extraordinario.
Mientras miraba las imágenes me acordé inevitablemente de aquellas salidas a la desembocadura del arroyo Garupá, en la zona de las viejas vías del tren; un rincón extraño de la ciudad, donde el monte intenta recuperar terreno entre hierros oxidados, barrancas y senderos poco transitados.
Un lugar que además carga con cierta fama complicada. Más de una vez escuchamos historias de contrabando y movimientos raros por la zona. De hecho, todavía recuerdo una mañana en la que nos cruzamos con una patrulla policial. La sorpresa fue mutua.
Ellos seguramente esperaban encontrarse con cualquier cosa menos con un grupo de tipos vestidos de camuflado, cargando teleobjetivos enormes y caminando despacio mirando para arriba.
Nosotros, por nuestra parte, tampoco esperábamos encontrarnos con ellos.
Después de las explicaciones correspondientes, cada uno siguió su camino convencido de que los otros eran bastante raros.
Y en medio de esos recorridos aparecía, de vez en cuando, el verdadero fantasma del lugar, el yasiyateré.
Su nombre no es casual, en la cultura guaraní, Yasí Yateré es uno de los personajes más conocidos de la mitología regional, es un pequeño ser del monte asociado a los silbidos misteriosos de la siesta, protector y a la vez travieso, capaz de aparecer y desaparecer entre la vegetación. Con semejante leyenda detrás, resulta imposible no establecer una relación con este diminuto habitante de la selva.
Porque cuando uno intenta observarlo entiende perfectamente cómo nacieron ciertas historias.
Está ahí... pero no está.
Lo escuchás antes de verlo.
Lo intuís antes de encontrarlo.
Y cuando finalmente creés haberlo localizado, desaparece sin dejar más evidencia que una duda.
Quizás por eso cada fotografía de esta especie tiene algo de conquista y algo de milagro.
Y estas tres imágenes de Nico son precisamente eso: el registro de uno de los habitantes más esquivos, misteriosos y mágicos del monte misionero.
Aunque sigo sospechando que, por las dudas, algo de Poxirán había en esa rama...
Y si llegaron hasta acá, muchas gracias por acompañarnos una vez más en estas historias de monte, aves y aventuras. Como siempre, los invito a dejar un comentario contando sus propias experiencias con el yasiyateré chico. ¿Lo vieron alguna vez? ¿Lograron fotografiarlo? ¿O forman parte del numeroso grupo de observadores que solamente escuchó su canto, vió un movimiento extraño entre las ramas y terminó convencido de que el bicho desapareció usando magia guaraní? Los leo en los comentarios. Así, entre todos, intentamos resolver de una vez por todas si el yasiyateré de las fotos que mostré existe de verdad... o si Nico tenía razón y alguno anda pegándolos con Poxirán a las ramas.
Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.
Tus hijos te lo agradecerán.
1 jun 2026
31 may 2026
El regreso de los viejos hábitos
Hay cosas que uno cree olvidadas, cosas que quedan guardadas en algún rincón de la memoria junto con los horarios imposibles, los madrugones, los termos de agua caliente para tantos mates compartidos, los caminos de tierra y las zapatillas embarradas; parecen dormidas durante años, hasta que algo las despierta. Me pasó después de la salida a Profundidad con Nico, Lucho y Roby.
Una jornada simple, de esas que antes eran habituales y que hoy, después de tantos años, se vuelven especiales, volver a caminar monte, volver a mirar los alambrados buscando movimiento, volver a detener el auto por cualquier sombra sospechosa en una rama, volver a escuchar conversaciones que giran alrededor de aves, cámaras, binoculares y lugares para visitar.
Y fue curioso porque apenas regresé a mi casa por la tarde se activó automáticamente un mecanismo que creía olvidado, como si la cabeza hubiera cambiado nuevamente de modo, de pronto me encontré haciendo exactamente las mismas cosas que hacía años atrás.
Prendí la computadora, creé una carpeta nueva, la renombré, conecté la memoria de la cámara para descargar los nuevos archivos y por una simple cuestión de inercia abrí carpetas viejas; busqué discos externos, empecé a revisar archivos que llevaban años sin ser abiertos. comencé a revisar miles de fotografías sobrevivientes de varios cambios de computadora, de respaldos improvisados y de algún que otro disco rígido que milagrosamente sigue funcionando; y entonces aparecieron los recuerdos, lugares que había olvidado, especies que ya no recordaba haber fotografiado, paisajes que cambiaron con el tiempo. Entre esas carpetas apareció una serie de fotos tomadas hace muchos años en la costanera de Candelaria, sobre el arroyo Garupá, un lugar que hoy conocemos como Reserva Urutaú, y mientras observaba aquellas imágenes no pude evitar pensar en cómo cambian los sitios y en cómo, a veces, los cambios ocurren por los motivos más inesperados.
Afortunadamente, aquella costanera nunca llegó a completarse del todo. Las cuestiones políticas hicieron que los fondos dejaran de llegar, las obras se detuvieran y el pavimento nunca avanzó por allí, y aunque parezca extraño decirlo, quizás fue una suerte, porque donde hay tierra hay menos gente, y donde hay menos gente la naturaleza suele recuperar terreno.
La mayoría prefiere caminar por asfalto prolijo, estacionar cómodamente y recorrer senderos perfectamente terminados, en cambio los caminos de tierra suelen espantar visitantes.
Entonces el pasto crece.
Los arbustos avanzan.
Los insectos regresan.
Y detrás de ellos vuelven las aves.
Porque las aves siempre están.
A veces desaparecen de nuestra vista, pero siguen allí esperando una oportunidad, y entre aquellas fotos olvidadas encontré las de un viejo conocido: un Yetapá grande. Una especie que siempre me llamó la atención por su elegancia y por esa cola imposible que parece desafiar cualquier regla de la aerodinámica. Lo más curioso es que no hace falta viajar demasiado para encontrarlo. De vez en cuando todavía aparece cerca de mi casa, durante alguna caminata por el barrio, recordándome que las mejores observaciones no siempre ocurren en lugares remotos. Quizás por eso disfruté tanto volver a encontrar estas imágenes, no solamente porque rescatan el recuerdo de un ave hermosa, también porque me hicieron dar cuenta de algo; los viejos hábitos estaban ahí, dormidos, esperando; y a veces alcanza una salida con amigos, un camino de tierra y una cámara colgada al cuello para despertarlos nuevamente.
Yetapá grande (Streamer-tailed Tyrant) Gubernetes yetapa Costanera de Candelaria/Arroyo Garupá, hoy Reserva urutaú
30/04/2018
Prendí la computadora, creé una carpeta nueva, la renombré, conecté la memoria de la cámara para descargar los nuevos archivos y por una simple cuestión de inercia abrí carpetas viejas; busqué discos externos, empecé a revisar archivos que llevaban años sin ser abiertos. comencé a revisar miles de fotografías sobrevivientes de varios cambios de computadora, de respaldos improvisados y de algún que otro disco rígido que milagrosamente sigue funcionando; y entonces aparecieron los recuerdos, lugares que había olvidado, especies que ya no recordaba haber fotografiado, paisajes que cambiaron con el tiempo. Entre esas carpetas apareció una serie de fotos tomadas hace muchos años en la costanera de Candelaria, sobre el arroyo Garupá, un lugar que hoy conocemos como Reserva Urutaú, y mientras observaba aquellas imágenes no pude evitar pensar en cómo cambian los sitios y en cómo, a veces, los cambios ocurren por los motivos más inesperados.
Afortunadamente, aquella costanera nunca llegó a completarse del todo. Las cuestiones políticas hicieron que los fondos dejaran de llegar, las obras se detuvieran y el pavimento nunca avanzó por allí, y aunque parezca extraño decirlo, quizás fue una suerte, porque donde hay tierra hay menos gente, y donde hay menos gente la naturaleza suele recuperar terreno.
La mayoría prefiere caminar por asfalto prolijo, estacionar cómodamente y recorrer senderos perfectamente terminados, en cambio los caminos de tierra suelen espantar visitantes.
Entonces el pasto crece.
Los arbustos avanzan.
Los insectos regresan.
Y detrás de ellos vuelven las aves.
Porque las aves siempre están.
A veces desaparecen de nuestra vista, pero siguen allí esperando una oportunidad, y entre aquellas fotos olvidadas encontré las de un viejo conocido: un Yetapá grande. Una especie que siempre me llamó la atención por su elegancia y por esa cola imposible que parece desafiar cualquier regla de la aerodinámica. Lo más curioso es que no hace falta viajar demasiado para encontrarlo. De vez en cuando todavía aparece cerca de mi casa, durante alguna caminata por el barrio, recordándome que las mejores observaciones no siempre ocurren en lugares remotos. Quizás por eso disfruté tanto volver a encontrar estas imágenes, no solamente porque rescatan el recuerdo de un ave hermosa, también porque me hicieron dar cuenta de algo; los viejos hábitos estaban ahí, dormidos, esperando; y a veces alcanza una salida con amigos, un camino de tierra y una cámara colgada al cuello para despertarlos nuevamente.
Yetapá grande (Streamer-tailed Tyrant) Gubernetes yetapa Costanera de Candelaria/Arroyo Garupá, hoy Reserva urutaú
30/04/2018
30 may 2026
Entre silbos, sombras y ruinas
Hoy les comparto estas tres fotografías de un Suirirí silbón, obtenidas al final de una jornada larga y hermosa de observación de aves en el sur de Misiones unos 10 años atrás.
El día había comenzado temprano en el Parque Provincial Teyú Cuaré, recorriendo senderos y disfrutando de los ambientes únicos que ofrece esa joya misionera. Ya sobre la tarde, el destino fue cambiando y terminamos en las históricas Reducciones Jesuíticas de Loreto, un sitio que muchos visitan atraídos por sus ruinas, pero que también es un lugar extraordinario para quienes disfrutamos de mirar pajaritos.
Fundada en el siglo XVII, Loreto fue una de las misiones jesuíticas establecidas en la región para evangelizar a los pueblos guaraníes. Hoy, entre los muros cubiertos por musgos, las piedras centenarias y la vegetación que lentamente reclama lo que alguna vez fue suyo, sobreviven también numerosos rincones donde las aves encuentran refugio. Caminar por allí al atardecer es una experiencia especial, donde historia y naturaleza parecen mezclarse en un mismo paisaje.
Las fotografías que acompañan esta publicación tienen además un significado particular para mí. Fueron parte de mis primeros intentos de buscar una mirada diferente sobre esta especie, cansado de recurrir al flash, con la finalidad de iluminar la toma y encontrarme al final con 100 fotos arruinadas con los primeros planos completamente quemados, decidí dejarlo guardado en la mochila y trabajar únicamente con la luz disponible.
No fue una tarea sencilla; la tarde ya se apagaba, la luz era escasa y el ave se movía bajo la cobertura vegetal, en un ambiente donde cada minuto significaba perder un poco más de iluminación. Sin embargo, justamente esas condiciones difíciles ofrecían una oportunidad interesante. Al prescindir del flash podía aprovechar ramas, hojas y otros elementos del entorno para generar desenfoques suaves, transparencias y distintos planos que aportaran profundidad a la imagen. Muchas veces, cuando utilizamos flash en situaciones similares, esos elementos cercanos se iluminan demasiado y terminan ocultando la atmósfera natural de la escena.
Así que tocó subir el ISO, cuidar la velocidad, contener la respiración bastante a modo de estabilizador de imagen natural porque mi lente Sigma no contaba con esa gran ayuda, confiar en que la cámara registrara lo que mis ojos estaban viendo y cruzando los dedos de los pies a modo de amuleto para que este tiránido se digne a colaborar un poco conmigo bajando un poco del dosel de los árboles.
Por suerte, al revisar las imágenes en el display de la cámara parecían acercarse bastante a la idea que tenía en mente. Y ahí apareció esa sensación que seguramente muchos fotógrafos conocen: la satisfacción de haber conseguido la foto buscada mezclada con la ansiedad de llegar a casa para descargar los archivos y verlos en el monitor de la computadora; porque todos sabemos que la historia no termina cuando se aprieta el disparador. Más de una vez una foto que parecía espectacular en la pantalla de la cámara resulta no ser tan buena al verla en grande. Y otras veces ocurre exactamente lo contrario, una imagen que pasó desapercibida en el campo termina revelando detalles y atmósferas que nos sorprenden horas o años después al revolver viejos archivos de fotografías.
En esta ocasión, por suerte, la emoción del momento no me había engañado. Las fotos estaban ahí, exactamente como las había imaginado mientras el último sol de la tarde se filtraba entre las ruinas y la vegetación de Loreto.
29 may 2026
Volviendo al ruedo, oxidados pero felices.
Mate en mano, mirando a la nada como quien busca respuestas en el humo tibio de la bombilla, me pregunto:
“¿Vale la pena seguir con esto?...”
Y yo creo que sí. Porque hacer lo que a uno le apasiona, y encima compartirlo entre amigos, no tiene precio.
No siempre salen las fotos soñadas. No siempre aparecen las aves. A veces se vuelve cansado, otras veces cuesta encontrar ganas, tiempo o paciencia; pero después llega ese amanecer en el monte, esa charla en voz baja mientras el termo pasa de mano en mano, ese grito apurado de “¡ahí está!”, y uno entiende que nunca se trató solamente de fotografiar pájaros.
Se trata de volver a sentirse vivo, de escapar un rato del ruido de todos los días, de reencontrarse con la naturaleza, con los amigos, y también con uno mismo.
Porque al final, las mejores capturas no quedan en la tarjeta de memoria… quedan guardadas en la memoria del corazón.
Volvimos al monte después de 8 años… hacía falta, ya se extrañaba, volvimos a recorrer la ruta provincial 204 desde Candelaria hasta profundidad, de casualidad, y agitados/invitados por Nico Pavese coincidimos con el día del Global big day que se celebró el pasado 9 de mayo.
Recorriendo ese tramo de ruta me llevé la primer gran sorpresa del día al encontrarla toda asfaltada, hacía 7 años que no andaba por esos caminos, muchas historias compartidas allí en años anteriores, hablábamos con roby mientras el manejaba y yo cebaba los mates, y vino a la memoria la noche en la que recorriendo esa misma ruta entre atajacaminos alumbrados por las luces del auto de Nico, el nos contó que iba a ser papá.
Volver a compartir una jornada entre amigos, disfrutando del hobby, no tiene precio, vuelta a las charlas divertidas, a un asadito y a algunas fotos… en ese orden.
Ya volverá a afilarse la vista y el oído; porque ese día los pajaritos nos cagaron a palo; y yo hasta me olvidé de setear bien mi cámara =).
Ellos seguían ahí, inquietos, escondidos entre ramas y sombras, como si supieran que uno venía oxidado. Y está bien… el monte también te pone a prueba antes de volver a abrirte la puerta del todo.
Pero más allá de las especies vistas o de las fotos logradas, lo importante era volver a sentir ese silencio distinto que sólo existe allá adentro, mezclado con el canto de fondo y el humo del fuego entre amigos.
Porque hay pasiones que nunca se abandonan de verdad; apenas quedan dormidas esperando el momento de regresar.
Y ese pasado 9 de Mayo, aunque volvimos con menos registros que anécdotas, quedó clarísimo que extrañábamos exactamente esto.
28 may 2026
El canadiense miraba, y yo sacaba fotos.
Garceta Tricolor
Egretta tricolor
(Müller, PLS, 1776)
Tricolored Heron
Nuevo estilo de publicaión del blog, elijo una anécdota de este nuevo registro para presentar estas fotos de un nuevo lifer para mi.
La madrugada todavía era un rumor cuando vibró el teléfono en mi mesita de luz en la habitación del hotel; todo seguía en silencio, y mientras mi esposa dormía aproveché para hacer uno de esos movimientos que todo observador de aves en vacaciones ( o estando en su casa ) conoce perfectamente, salir sin hacer ruido suficiente como para no despertar a nadie… ni provocar el clásico “¿otra vez te vas a sacar fotos a los pajaritos?”. Con la cámara colgando del hombro y el equipo cuidadosamente protegido de la humedad, crucé el parquizado del hotel todavía en penumbras. El cielo comenzaba a aclararse sobre el horizonte caribeño y el aire pesado de Punta Cana ya anunciaba otro día húmedo y caluroso, después de la experiencia en Cuba aprendí una lección importante; aire acondicionado fuerte en la habitación y humedad tropical afuera son una combinación mortal para cualquier equipo fotográfico. Desde entonces, antes de salir, siempre dejo que el equipo se aclimate lentamente y lo protejo como si fuera oro. Porque en esos viajes uno puede olvidarse una remera… pero jamás permitir que la cámara y la lente se empañen. Los empleados del hotel me miraban entre sorprendidos y divertidos porque no debían entender demasiado qué hacía un turista caminando solo antes del amanecer alrededor de la cancha de golf buscando aves entre lagunas y palmeras. Alguno saludaba, otro preguntaba qué estaba fotografiando, y seguramente más de uno habrá pensado que estaba bastante loco. Por suerte no era el único. En varias de esas salidas coincidí con un canadiense tan fanático como yo. Él recorría los lagos con binoculares en mano observando cada movimiento; yo hacía lo mío detrás de la cámara. Sin hablar demasiado compartíamos ese código universal de los madrugadores pajareadores. Y fue justamente en uno de esos lagos de la cancha de golf donde apareció ella: la elegante garza tricolor, la famosa Egretta tricolor. Es una especie estilizada y elegante, habitual en humedales costeros del Caribe, lagunas salobres, manglares y cuerpos de agua tranquilos como los de la cancha de golf del complejo hotelero Iberostar complejo de Punta Cana. Su combinación de colores la vuelve inconfundible, el dorso gris azulado oscuro, el cuello largo con tonos violáceos y blancos, y ese vientre claro que resalta cuando se mueve entre el agua poco profunda. Tiene una forma muy activa de alimentarse, mucho más inquieta que otras garzas. Corre, abre las alas, persigue peces pequeños y cambia constantemente de posición mientras caza. Verla trabajar en la primera luz del día, reflejada sobre el agua calma de los lagos, fue uno de esos momentos que justifican cualquier madrugón. Aunque es relativamente habitual en la región de Punta Cana y otros sectores costeros del Caribe, para mí significaba un lifer nuevo, otra especie más sumada a la memoria y al corazón. Y quienes compartimos esta pasión sabemos perfectamente lo que eso significa. Esa mezcla de sorpresa, emoción y adrenalina que aparece apenas uno reconoce al ave y confirma que jamás la había visto antes. Durante unos minutos desaparece el hotel, las vacaciones, el cansancio… y sólo existe ese instante entre el fotógrafo y el pájaro. Después de varias fotos y un buen rato observándola, el reloj empezaba a recordar que las vacaciones no eran exclusivamente mías. Tocaba guardar la cámara, volver caminando entre las palmeras y regresar al buffet antes de las nueve de la mañana. Porque sí… los pajaritos son una pasión enorme, pero la familia también merece su momento. Y compartir el desayuno todos juntos después de una salida exitosa siempre termina siendo parte de la aventura. Comparto las imágenes obtenidas el día 21 de Enero del año 2018. Saludos para todos y gracias por leer!!
Mapa de distribución en América Copyright-Ebird (www.ebird.org)
Nuevo estilo de publicaión del blog, elijo una anécdota de este nuevo registro para presentar estas fotos de un nuevo lifer para mi.
La madrugada todavía era un rumor cuando vibró el teléfono en mi mesita de luz en la habitación del hotel; todo seguía en silencio, y mientras mi esposa dormía aproveché para hacer uno de esos movimientos que todo observador de aves en vacaciones ( o estando en su casa ) conoce perfectamente, salir sin hacer ruido suficiente como para no despertar a nadie… ni provocar el clásico “¿otra vez te vas a sacar fotos a los pajaritos?”. Con la cámara colgando del hombro y el equipo cuidadosamente protegido de la humedad, crucé el parquizado del hotel todavía en penumbras. El cielo comenzaba a aclararse sobre el horizonte caribeño y el aire pesado de Punta Cana ya anunciaba otro día húmedo y caluroso, después de la experiencia en Cuba aprendí una lección importante; aire acondicionado fuerte en la habitación y humedad tropical afuera son una combinación mortal para cualquier equipo fotográfico. Desde entonces, antes de salir, siempre dejo que el equipo se aclimate lentamente y lo protejo como si fuera oro. Porque en esos viajes uno puede olvidarse una remera… pero jamás permitir que la cámara y la lente se empañen. Los empleados del hotel me miraban entre sorprendidos y divertidos porque no debían entender demasiado qué hacía un turista caminando solo antes del amanecer alrededor de la cancha de golf buscando aves entre lagunas y palmeras. Alguno saludaba, otro preguntaba qué estaba fotografiando, y seguramente más de uno habrá pensado que estaba bastante loco. Por suerte no era el único. En varias de esas salidas coincidí con un canadiense tan fanático como yo. Él recorría los lagos con binoculares en mano observando cada movimiento; yo hacía lo mío detrás de la cámara. Sin hablar demasiado compartíamos ese código universal de los madrugadores pajareadores. Y fue justamente en uno de esos lagos de la cancha de golf donde apareció ella: la elegante garza tricolor, la famosa Egretta tricolor. Es una especie estilizada y elegante, habitual en humedales costeros del Caribe, lagunas salobres, manglares y cuerpos de agua tranquilos como los de la cancha de golf del complejo hotelero Iberostar complejo de Punta Cana. Su combinación de colores la vuelve inconfundible, el dorso gris azulado oscuro, el cuello largo con tonos violáceos y blancos, y ese vientre claro que resalta cuando se mueve entre el agua poco profunda. Tiene una forma muy activa de alimentarse, mucho más inquieta que otras garzas. Corre, abre las alas, persigue peces pequeños y cambia constantemente de posición mientras caza. Verla trabajar en la primera luz del día, reflejada sobre el agua calma de los lagos, fue uno de esos momentos que justifican cualquier madrugón. Aunque es relativamente habitual en la región de Punta Cana y otros sectores costeros del Caribe, para mí significaba un lifer nuevo, otra especie más sumada a la memoria y al corazón. Y quienes compartimos esta pasión sabemos perfectamente lo que eso significa. Esa mezcla de sorpresa, emoción y adrenalina que aparece apenas uno reconoce al ave y confirma que jamás la había visto antes. Durante unos minutos desaparece el hotel, las vacaciones, el cansancio… y sólo existe ese instante entre el fotógrafo y el pájaro. Después de varias fotos y un buen rato observándola, el reloj empezaba a recordar que las vacaciones no eran exclusivamente mías. Tocaba guardar la cámara, volver caminando entre las palmeras y regresar al buffet antes de las nueve de la mañana. Porque sí… los pajaritos son una pasión enorme, pero la familia también merece su momento. Y compartir el desayuno todos juntos después de una salida exitosa siempre termina siendo parte de la aventura. Comparto las imágenes obtenidas el día 21 de Enero del año 2018. Saludos para todos y gracias por leer!!
Mapa de distribución en América Copyright-Ebird (www.ebird.org)
26 may 2026
8 metros hasta el zorzal, 8 años en el recuerdo
9 de junio de 2018.
Sin saberlo en ese momento, ese terminaría siendo mi último viaje exclusivamente dedicado a fotografiar aves.
Invitados por Nico Pavese, nos fuimos con Willy y Roby un fin de semana rumbo al norte de Misiones para conocer los parques provinciales Cruce Caballero y La Araucaria, allá donde el frío pega distinto y el monte todavía conserva ese aire salvaje que obliga a bajar un cambio apenas uno llega.
Hoy, 8 años después, volver a abrir esas fotos fue casi como viajar en el tiempo, fotos que sobrevivieron gracias a un viejo backup guardado en un disco rígido externo. Del otro respaldo, el de los DVD’s, ya ni siquiera tengo cómo sacar los archivos. Cosas de la tecnología… formatos que envejecen más rápido que los recuerdos ya que el hardware nuevo ignora a las cosas viejas.
Entre carpetas, RAWs y fotos movidas volvieron también las sensaciones de aquellos días, el frío tremendo que soportamos, las comidas espectaculares improvisadas entre amigos, las charlas eternas, y las anécdotas que todavía hoy siguen causando risa.
Porque si algo tenía esa época era eso, la capacidad de disfrutar absolutamente todo alrededor de la actividad, incluso cuando las aves no aparecían.
Todavía puedo verme sentado esperando que Roby terminara de cocinar un arroz con pollo al disco que compartimos con los guardaparques. El olor a comida caliente mezclándose con el aire helado del monte. Willy aprovechando para dormir una siestita dentro de su Duster. Y Nico, incapaz de quedarse quieto demasiado tiempo, pidiéndome mi cámara para sacar unas fotos. A los pocos segundos lo veo tirado cuerpo a tierra, fotografiando un confiado zorzal colorado que caminaba tranquilamente a unos metros de nosotros.
Ocho metros exactos, para ser precisos.
Dato confirmado muchos años después revisando el EXIF del archivo, porque esas son las maravillas de la fotografía digital, quedan registrados detalles increíbles, desde la configuración de la cámara hasta la distancia exacta entre el plano del sensor y el punto donde enfocó la lente.
Mientras tanto yo esperaba pacientemente que me devolviera mi cámara para tirarme al piso también y sacar mis propias fotos del zorzal.
Y hoy, viendo esas imágenes otra vez, uno entiende que muchas veces las mejores salidas no fueron necesariamente las que dieron las mejores fotos. Fueron las que dejaron historias, momentos y amistades que sobreviven mucho más que cualquier archivo.
Porque al final, con el paso de los años, las fotos terminan funcionando como pequeñas máquinas del tiempo. Y alcanza ver un simple zorzal colorado caminando en medio del monte para volver a sentir el frío, escuchar las risas y recordar lo felices que éramos compartiendo esa locura de pajarear entre amigos.
25 may 2026
Con el ojo bien entrenado
Hay aves que parecen disfrutar del desafío de pasar desapercibidas. Y pocas lo hacen tan bien como una becasina, pegada al suelo, inmóvil, escondida entre pastos, barro, y charcos de agua, puede estar a pocos metros y aun así resultar invisible para la mayoría.
Mientras avanzábamos despacio por el camino, algo mínimo llamó la atención al costado de una cuneta. Una forma apenas distinta del entorno obliga a mirar de nuevo, el chofer frena, y en escasos segundos ya está la cámara apuntando sin bajarse del auto registrando a esta esquiva ave perfectamente camuflada, confiando ella en su mimetismo.
Momentos donde uno entiende que muchas veces la diferencia no está en tener el mejor equipo, sino en el ojo entrenado después de años mirando cunetas, charcos, postes y pastizales buscando “algo”. Esa hermosa costumbre de escanear el paisaje automáticamente casi sin darse cuenta, costumbre en la que el ojo del fotógrafo de naturaleza una vez entrenado, difícilmente vuelve a mirar el mundo de manera común.
Recuerdos del PN. Iberá/Portal Cambyretá, allá por el año 2019, cuando ya estábamos dos años un poco alejados de la actividad, pero todavía estábamos un poco aceitados.
22 may 2026
Del hotel al humedal
Hay aves que uno sueña fotografiar durante años, imaginándolas en enormes lagunas salobres o en algún rincón lejano del Caribe. Y después están esas otras historias, las inesperadas, las que aparecen cuando uno menos lo imagina… como encontrarse con flamencos caminando tranquilamente entre jardines, fuentes y canales de agua dentro del predio de un hotel.
La primera sorpresa no fue verlos… fue entender que estaban ahí, a pocos metros de la gente, completamente relajados, como si la presencia humana fuera parte natural del paisaje. Entre senderos, pequeños espejos de agua y charcos artificiales aparecían ellos, elegantes, rosados, imposibles de ignorar.
Ahí estaba yo, en una situación completamente distinta a la habitual, acostumbrado a pasar horas escondido entre pajonales, barro, mosquitos y calor esperando apenas unos segundos de oportunidad, esta vez no podía creer la situación. Los flamencos seguían alimentándose, descansando o acomodándose las plumas sin prestar demasiada atención a la cámara.
Y ahí apareció la duda inevitable…
¿Aves silvestres?
¿Ejemplares criados en cautiverio?
Difícil saberlo en el momento, y en lo personal decidí no investigar mucho para no deprimirme, opté por disfrutar el encuentro con una nueva especie e investigar más adelante al respecto. Lo cierto es que su comportamiento era increíblemente confiado. Tanto, que hasta me dieron tiempo para algo poco habitual en fotografía de aves: sentarme tranquilo con un café en la mano, observar la luz, estudiar el entorno y pensar la foto antes de disparar. Con paciencia acomodé la cámara buscando la luz lateral justa, tratando de aprovechar algunos sectores oscuros del fondo. La idea era experimentar un poco, salir de la típica postal colorida y jugar con fotografías en clave baja, dejando que la oscuridad se tragara casi toda la escena para mostrar únicamente a los protagonistas. Y funcionó. Entre sombras profundas comenzaron a aparecer los perfiles rosados, los reflejos suaves sobre el agua y esas curvas elegantes tan características de los flamencos. El fondo desapareció por completo y la atención quedó solamente en ellos. Con el tiempo también llegó la respuesta a aquella duda inicial. Muchos de estos flamencos que durante años formaron parte del paisaje de hoteles y complejos turísticos en República Dominicana comenzaron a tener otro destino a partir del año 2023. Gracias al proyecto “Rescate Rosado”, casi todos los ejemplares fueron cedidos por distintos hoteles para ser rehabilitados y posteriormente liberados en humedales aptos para la especie dentro del país. Una noticia que cambia por completo la mirada sobre aquellas escenas tan extrañas para cualquier observador de aves. Porque detrás de esas imágenes de flamencos caminando entre turistas y jardines también existía una historia de cautiverio que lentamente comenzó a revertirse. A veces la fotografía de aves es caminar kilómetros para conseguir un registro. Otras veces, simplemente es sentarse con un café, disfrutar el momento… y dejar que las aves hagan el resto. El Flamenco Caribeño, con su mezcla de color, elegancia y tranquilidad, terminó regalándome una de esas jornadas fotográficas distintas, inesperadas y difíciles de olvidar.
Lo interesante de este proyecto es que hasta el año 2022, 4 años después de mi viaje los hoteles entregaban a los flamencos de manera voluntaria. He leído también que el hotel en el que yo estuve fue uno de los que financiaron los gastos de cuarentena y reeducación de los flamencos para ser liberados luego de su recuperación. A partir del año 2023 finalizó el tiempo de amnistía de entrega voluntaria a los que mantienen las especies en cautiverio asumiendo el compromiso de no tener animales silvestres en dichas condiciones, se habilitó la incautación de los individuos que quedaban en cautiverio, intentando por este medio disminuir la demanda y la extracción en la vida silvestre.
Difícil saberlo en el momento, y en lo personal decidí no investigar mucho para no deprimirme, opté por disfrutar el encuentro con una nueva especie e investigar más adelante al respecto. Lo cierto es que su comportamiento era increíblemente confiado. Tanto, que hasta me dieron tiempo para algo poco habitual en fotografía de aves: sentarme tranquilo con un café en la mano, observar la luz, estudiar el entorno y pensar la foto antes de disparar. Con paciencia acomodé la cámara buscando la luz lateral justa, tratando de aprovechar algunos sectores oscuros del fondo. La idea era experimentar un poco, salir de la típica postal colorida y jugar con fotografías en clave baja, dejando que la oscuridad se tragara casi toda la escena para mostrar únicamente a los protagonistas. Y funcionó. Entre sombras profundas comenzaron a aparecer los perfiles rosados, los reflejos suaves sobre el agua y esas curvas elegantes tan características de los flamencos. El fondo desapareció por completo y la atención quedó solamente en ellos. Con el tiempo también llegó la respuesta a aquella duda inicial. Muchos de estos flamencos que durante años formaron parte del paisaje de hoteles y complejos turísticos en República Dominicana comenzaron a tener otro destino a partir del año 2023. Gracias al proyecto “Rescate Rosado”, casi todos los ejemplares fueron cedidos por distintos hoteles para ser rehabilitados y posteriormente liberados en humedales aptos para la especie dentro del país. Una noticia que cambia por completo la mirada sobre aquellas escenas tan extrañas para cualquier observador de aves. Porque detrás de esas imágenes de flamencos caminando entre turistas y jardines también existía una historia de cautiverio que lentamente comenzó a revertirse. A veces la fotografía de aves es caminar kilómetros para conseguir un registro. Otras veces, simplemente es sentarse con un café, disfrutar el momento… y dejar que las aves hagan el resto. El Flamenco Caribeño, con su mezcla de color, elegancia y tranquilidad, terminó regalándome una de esas jornadas fotográficas distintas, inesperadas y difíciles de olvidar.
Lo interesante de este proyecto es que hasta el año 2022, 4 años después de mi viaje los hoteles entregaban a los flamencos de manera voluntaria. He leído también que el hotel en el que yo estuve fue uno de los que financiaron los gastos de cuarentena y reeducación de los flamencos para ser liberados luego de su recuperación. A partir del año 2023 finalizó el tiempo de amnistía de entrega voluntaria a los que mantienen las especies en cautiverio asumiendo el compromiso de no tener animales silvestres en dichas condiciones, se habilitó la incautación de los individuos que quedaban en cautiverio, intentando por este medio disminuir la demanda y la extracción en la vida silvestre.
18 may 2026
La geometría del asombro
El silencio del humedal no es vacío, es una espera. Detrás del visor, el tiempo se estira y se vuelve elástico. Al observar a estos flamencos, uno comprende que la belleza no es un adorno de la naturaleza, sino su lenguaje más sagrado.
Cautiva notar que la verticalidad de sus patas desafía la gravedad con una elegancia frágil, mientras el cuello se repliega en un gesto de introspección casi mística, y el detalle del plumaje se convierte en una llamarada de vida, un sol íntimo que arde contra el gris del mundo.
Confucio nos enseña que "cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla". Para el fotógrafo de aves, esa visión es una responsabilidad. No se trata solo de capturar una luz técnica, sino de alcanzar ese estado de "ren" o benevolencia, donde el observador se funde con lo observado.
Desde un punto de vista filosófico, contemplar esta perfección nos obliga a cuestionar nuestra propia armonía. Si la naturaleza es capaz de esculpir tal delicadeza, ¿cuál es nuestro papel en este lienzo? La emoción que nos invade —esa mezcla de euforia y profunda paz— es el reconocimiento de nuestra pertenencia. Al ver el ojo del flamenco, dorado y lúcido, no vemos a una "especie", vemos a un pariente remoto que ha perfeccionado el arte de existir sin destruir.
"La belleza es el nombre de algo que no existe / Que doy a las cosas a cambio del placer que me dan", decía Pessoa, pero frente a esta ave, la belleza es una verdad biológica que no necesita traducción.
Sin embargo, el asombro debe ser el prólogo de la acción. No podemos permitirnos ser los últimos cronistas de una belleza que se desvanece. Cada disparo de la cámara es, en el fondo, un ruego de permanencia.
Si el cielo de nuestros humedales se apaga, si el rosado de estas alas deja de teñir el horizonte, no solo perderemos una especie; perderemos la capacidad de recordarnos quiénes somos.
Conservar no es un acto de caridad hacia la naturaleza, es un acto de supervivencia para nuestra propia sensibilidad humana. Proteger su hábitat es proteger el derecho de las próximas generaciones a sentir ese mismo nudo en la garganta, esa misma chispa sagrada que hoy nos regala la luz sobre las plumas.
Cuidar esta belleza es, en última instancia, el único final digno para nuestra propia historia.
Roberto F. Genesini Flamenco caribeño-Phoenicopterus ruber
Hotel Iberostar Punta Cana / Punta cana
República Dominicana Enero 2018
Foto: Marcelo Allende
Roberto F. Genesini Flamenco caribeño-Phoenicopterus ruber
Hotel Iberostar Punta Cana / Punta cana
República Dominicana Enero 2018
Foto: Marcelo Allende
16 may 2026
La Cotorra y la Cigua palmera, "especialistas en barrios aéreos"
Alimentando hoy este "Mi hogar virtual de pajaritos" con fotos y anécdotas les comparto estas fotografías de la Cigua palmera que volví a ver y editar por primera vez después de varios años de olvido.
Fueron obtenidas durante mi segundo viaje al caribe, mi segunda oportunidad de conocer aves distintas, y de obtener nuevas fotografías para compartirlas en el blog.
Los recuerdos vuelven al editar las imágenes, otra vez vuelvo a sentirme como el extraterrestre desubicado que entre la multitud de gringos que se iban a dormir bajo los efectos de una extensa noche etílica, parecía ser el único sobrio que andaba con las primeras luces del día en la búsqueda de nuevas sorpresas sacando fotos. Formando parte del paisaje cotidiano, tan común que la gente local casi deja de mirarlas, la Cigua palmera pertenece a ese grupo de pájaros para el dominicano, aunque alcanza con detenerse unos minutos a observarla para entender por qué terminó convirtiéndose en mucho más que un simple pajarito de jardín. En República Dominicana, la Cigua palmera parece estar en todos lados. En plazas, hoteles, parques, caminos rurales o patios llenos de flores. Siempre inquieta, siempre en movimiento, pasando de una rama a otra con esa energía interminable que la caracteriza. Y si hay algo que llama la atención, es su fascinación por las flores. No parece importarle demasiado el color: rojas, amarillas, violetas, naranjas o blancas… cualquier planta en flor puede transformarse en un pequeño comedor para estas aves diminutas y confiadas. Es imposible no quedarse mirando cómo recorren las flores una por una, buscando néctar, insectos o simplemente aprovechando la abundancia tropical que ofrece el Caribe. Mientras uno intenta enfocar con la cámara, ellas siguen trabajando sin descanso, ajenas al fotógrafo y al turismo alrededor. Pero la Cigua palmera no es solamente un ave común. Para los dominicanos representa mucho más. Es el ave nacional del país, un símbolo profundamente ligado a la identidad de la isla y a sus palmares. Su nombre no es casualidad, mantiene una relación muy estrecha con las palmeras, donde construye esos enormes nidos comunales que terminan pareciendo verdaderos edificios colgantes llenos de vida y ruido. Y quizá ahí esté parte de su encanto, porque mientras muchas aves impresionan por rareza o exotismo, la Cigua palmera conquista justamente por lo contrario: por estar siempre presente, por acompañar la vida diaria de la gente y por llenar de movimiento los jardines y ponerle sonido tropical a cada rincón verde. A veces, los mejores encuentros no son con el ave más difícil de encontrar… sino con aquella que convierte cualquier mañana común en una escena digna de quedarse mirando un rato más. Como observador y fotógrafo de aves argentino me fue imposible no encontrarle rápidamente el parecido con nuestra querida Cotorra. Salvando las enormes diferencias físicas entre una y otra, ambas comparten eso que las hace imposibles de ignorar, son abundantes, ruidosas, y tremendamente sociables. Donde hay una, seguramente hay muchas mas haciendo escándalo alrededor. Y si hay algo que me sorprendió como turista que las observó por primera vez, es esa increíble capacidad de construcción colectiva que tienen. Así como la Cotorra Argentina levantan verdaderos barrios de ramas en lo alto de los árboles, la Cigua palmera hace lo suyo entre las palmeras caribeñas, creando enormes nidos comunales, llenos de entradas, movimiento, y ruido constante. Son de esas aves que no pasan desapercibidas, forman parte del paisaje, de la identidad sonora del lugar, de la rutina diaria de la gente. Y quizás por eso generan una sensación familiar incluso estando a casi 7000 kilómetros de casa, porque al final, entre palmeras tropicales, y vegetación distinta, un observador de aves argentino termina encontrando algo que le recuerda inevitablemente a esos escandalosos arquitectos emplumados de nuestros pueblos y ciudades.
Los recuerdos vuelven al editar las imágenes, otra vez vuelvo a sentirme como el extraterrestre desubicado que entre la multitud de gringos que se iban a dormir bajo los efectos de una extensa noche etílica, parecía ser el único sobrio que andaba con las primeras luces del día en la búsqueda de nuevas sorpresas sacando fotos. Formando parte del paisaje cotidiano, tan común que la gente local casi deja de mirarlas, la Cigua palmera pertenece a ese grupo de pájaros para el dominicano, aunque alcanza con detenerse unos minutos a observarla para entender por qué terminó convirtiéndose en mucho más que un simple pajarito de jardín. En República Dominicana, la Cigua palmera parece estar en todos lados. En plazas, hoteles, parques, caminos rurales o patios llenos de flores. Siempre inquieta, siempre en movimiento, pasando de una rama a otra con esa energía interminable que la caracteriza. Y si hay algo que llama la atención, es su fascinación por las flores. No parece importarle demasiado el color: rojas, amarillas, violetas, naranjas o blancas… cualquier planta en flor puede transformarse en un pequeño comedor para estas aves diminutas y confiadas. Es imposible no quedarse mirando cómo recorren las flores una por una, buscando néctar, insectos o simplemente aprovechando la abundancia tropical que ofrece el Caribe. Mientras uno intenta enfocar con la cámara, ellas siguen trabajando sin descanso, ajenas al fotógrafo y al turismo alrededor. Pero la Cigua palmera no es solamente un ave común. Para los dominicanos representa mucho más. Es el ave nacional del país, un símbolo profundamente ligado a la identidad de la isla y a sus palmares. Su nombre no es casualidad, mantiene una relación muy estrecha con las palmeras, donde construye esos enormes nidos comunales que terminan pareciendo verdaderos edificios colgantes llenos de vida y ruido. Y quizá ahí esté parte de su encanto, porque mientras muchas aves impresionan por rareza o exotismo, la Cigua palmera conquista justamente por lo contrario: por estar siempre presente, por acompañar la vida diaria de la gente y por llenar de movimiento los jardines y ponerle sonido tropical a cada rincón verde. A veces, los mejores encuentros no son con el ave más difícil de encontrar… sino con aquella que convierte cualquier mañana común en una escena digna de quedarse mirando un rato más. Como observador y fotógrafo de aves argentino me fue imposible no encontrarle rápidamente el parecido con nuestra querida Cotorra. Salvando las enormes diferencias físicas entre una y otra, ambas comparten eso que las hace imposibles de ignorar, son abundantes, ruidosas, y tremendamente sociables. Donde hay una, seguramente hay muchas mas haciendo escándalo alrededor. Y si hay algo que me sorprendió como turista que las observó por primera vez, es esa increíble capacidad de construcción colectiva que tienen. Así como la Cotorra Argentina levantan verdaderos barrios de ramas en lo alto de los árboles, la Cigua palmera hace lo suyo entre las palmeras caribeñas, creando enormes nidos comunales, llenos de entradas, movimiento, y ruido constante. Son de esas aves que no pasan desapercibidas, forman parte del paisaje, de la identidad sonora del lugar, de la rutina diaria de la gente. Y quizás por eso generan una sensación familiar incluso estando a casi 7000 kilómetros de casa, porque al final, entre palmeras tropicales, y vegetación distinta, un observador de aves argentino termina encontrando algo que le recuerda inevitablemente a esos escandalosos arquitectos emplumados de nuestros pueblos y ciudades.
14 may 2026
Entre patos y flamencos; pajareando entre la mugre.
Pajareando con mi sobrino Juani y mi cuñado Nando durante los días que estuve en Caleta Olivia fuimos varias veces a la Reserva Natural Humedal Caleta Olivia, lugar que había descubierto mediante fotos satelitales antes de viajar a Santa Cruz. Nos íbamos a la siesta —cuando mi sobrino no estaba de guardia en el puerto ( porque trabaja en la Prefectura Naval Argentina)— a recorrer esa pequeña laguna que todavía resiste como puede al constante embate de la urbanización.
Sorprendido desde la primera vez que fui por la cantidad de especies que pueden verse ahí, y también bastante asqueado por el tremendo olor a mierda que llena la atmósfera del lugar... Porque sí, entre flamencos, cauquenes, playeritos, patos y gaviotas, también aparecen las otras “especies invasoras”: basura, efluentes cloacales, botellas vacías, neumáticos de autos, alguna heladera vieja, y ese abandono tan típico del ser humano cuando cree que la naturaleza tiene aguante infinito.
Y aun así, las aves siguen, siguen buscando alimento, criando pichones, descansando después de kilómetros y kilómetros de migración. Uno las mira y no entiende cómo hacen para convivir con el peor enemigo del ambiente... el Homo estupidus.
La Patagonia tiene ese contraste raro. Paisajes enormes, viento limpio, horizontes que emocionan... y al mismo tiempo la mugre que dejamos los humanos en cada rincón donde ponemos un puerto, una ciudad o una cañería apuntando al agua.
Pero bueno... entre olor a caca, ráfagas patagónicas que te despeinan hasta el alma y alguna puteada por el frío que un litoraleño jamás termina de acostumbrarse, igual disfrutamos cada salida. Porque pajarear entre amigos o en familia como en este caso, compartir unos mates y descubrir aves nuevas sigue pudiendo más que toda la mugre del mundo.
Comparto en esta entrada mis primeros registros fotográficos con el Pato crestón, espero no aburrirlos con tantas fotos =).
12 may 2026
Petrel Gigante Común Macronectes giganteus (Gmelin, JF, 1789) Southern Giant Petrel
Hay aves que uno sueña ver toda la vida… y otras que aparecen cuando menos preparado está.
El Petrel Gigante Antártico fue una de esas.
Después de años de caminar monte, esteros y selva misionera, acostumbrado al calor pegajoso, a los mosquitos, al barro colorado y a transpirar hasta quieto, terminar parado en la costa de Caleta Olivia fue casi una experiencia extraterrestre.
El viento patagónico no sopla… te pega un cachetazo. Te atraviesa la campera, te seca la garganta y te hace lagrimear los ojos mientras tratás de sostener la cámara sin que salga volando rumbo a las Malvinas.
Uno, confiado como buen litoraleño, piensa: “con una camperita alcanza”; error de principiante.
A los veinte minutos ya no sentía los dedos. El mate se enfriaba antes de cebarlo y el lente parecía una barra de hielo. Encima allá, en esos acantilados costeros no hay un lugarcito donde esconderse ni un poco de resguardo amigo. Nada, solo mar, piedras, viento y ese paisaje inmenso que te hace sentir diminuto.
Y en medio de ese caos patagónico apareció él.
Primero lejos… planeando apenas sobre el agua, enorme, pesado, con esa elegancia bruta que tienen las aves marinas. Después más cerca. Mucho más cerca.
El corazón empezó a latir como si estuviera frente a un yaguareté con alas.
Porque una cosa es verlo en guías o en fotos ajenas… y otra muy distinta es tener enfrente a semejante bestia del océano austral. Un ave nacida entre tormentas, hielo y mares imposibles, pasando frente a un fotógrafo criado entre tucanes, arañeros, tacuaritas, y picaflores en el patio de su casa.
La emoción hizo desaparecer el frío por unos segundos; los suficientes para levantar la cámara con las manos congeladas y tratar de enfocar mientras el viento movía todo.
Y ahí salió.
El primer disparo.
El primer registro.
Probablemente no fue la foto perfecta. le faltó un poco mas de enfoque en el ave, el viento arruinó más de una toma, si bien la luz estaba a mis espaldas el poco contraste entre el petrel y el mar de fondo complicaba la tarea de la cámara, pero eso poco importa, porque algunas fotografías no valen por la técnica sino por la historia que traen encima.
Y esa tarde, en la ventosa costa de Santa Cruz, un fotógrafo acostumbrado a la selva húmeda del nordeste argentino terminó cumpliendo uno de esos encuentros que quedan grabados para siempre.
De esos que después, muchos años más tarde, uno vuelve a mirar y piensa: "Que suerte que se quedó dando vueltas cerca de la costa para mejorar una primer foto desenfocada"...
“Qué frío hacía… pero qué lindo haber estado ahí.”
El abanto marino antártico (Macronectes giganteus), también conocido como petrel gigante antártico o petrel gigante común, es un ave procellariiforme de la familia Procellariidae que habita una distribución natural bien extensa, comprendiendo todos los mares del Hemisferio Sur, desde las costas de la Antártida hasta el trópico de Capricornio.
Es del tamaño de un albatros, teniendo en vuelo un aspecto algo jorobado. A diferencia de otros petreles, que sobre el suelo se arrastran sobre sus patas recogidas, es bastante ágil en tierra. Se alimenta principalmente de animales marinos aunque también come carroña en tierra o caza aves marinas más pequeñas. Las colonias de cría están situadas en islas o en el litoral.
Se los ve a gran distancia de las costas aunque aveces como en este caso suelen acercarse a tierra. Es una de las variedades más amplias de los petreles.
Los petreles se caracterizan por su vuelo rasante. De entre los petreles el abanto marino es el de mayor envergadura. De longitud alcanza casi un metro y las alas logran una extensión que sobrepasan los dos metros.
En diferencia de sus parientes, la mayoría de los otros petreles y los tubinares en general, esta ave además de alimentarse de peces y calamares, come carroña. También ataca los nidos de otras aves, incluyendo a los pingüinos, otros petreles y albatros.
Se distribuyen por Argentina, Chile, Brasil, Perú, Namibia, Sudáfrica, Madagascar, Australia, Nueva Zelanda y Antártida.
Avenida costanera de caleta Olivia, última rotonda antes del puerto, 27 de Abril del año 2022.
Mapa de distribución mundial
Copyright de los mapas
https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/b/b5/Macronectes_giganteus_map.svg/1280px-Macronectes_giganteus_map.svg.png
Suscribirse a:
Entradas (Atom)










































