Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.

5 ago 2026

147 razones para mirar un poco mas; los vecinos ignorados.

A veces uno cree que para encontrarse con la naturaleza hace falta recorrer cientos de kilómetros, perderse en la selva misionera o viajar hasta algún rincón remoto del país. Sin embargo, muchas veces alcanza con hacer algo mucho más simple: salir al patio, sentarse con un mate en la mano y tomarse el tiempo de mirar.
Las tres fotos que voy a comartir hoy acá son de hoy; son de una hembra de carpintero real que esta mañana me regaló unos quince minutos de compañía. Mientras yo disfrutaba de unos mates, ella recorría con paciencia los troncos mal podados del paraíso de mi vecino buscando esos pequeños insectos que viven ocultos bajo la corteza. Dos mundos compartiendo el mismo espacio, cada uno con sus costumbres, separados apenas por unos pocos metros.
Hace unos días me puse a revisar las listas que fui cargando en eBird desde el año 2010. El resultado me dejó pensando. En un radio aproximado de apenas dos kilómetros alrededor de mi casa, entre el patio y las calles del barrio, llevo registradas 147 especies diferentes de aves, producto de 241 listas cargadas durante todos estos años, 16 para ser mas exactos.
Ciento cuarenta y siete especies.
Dicho así parece solamente un número, pero alcanza para dimensionar la extraordinaria biodiversidad que nos rodea. No estamos hablando de un parque nacional ni de una reserva natural. Estamos hablando de un barrio, de casas, veredas, árboles, baldíos, patios y plazas. Lugares por donde la mayoría pasa todos los días sin imaginar la enorme cantidad de vida que los habita.
Y probablemente ese sea el verdadero problema. Las aves no son escasas; muchas veces somos nosotros los que vivimos demasiado apurados para descubrirlas. Están ahí desde siempre, acompañándonos en silencio, pero pasan inadvertidas porque casi nunca levantamos la vista.
Como decía don Atahualpa Yupanqui: "Para el que mira sin ver, la tierra es tierra nomás; nada le dice la pampa, ni el arroyo, ni el sauzal."
Creo que pocas frases describen mejor lo que ocurre con las aves de nuestros pueblos y ciudades. Para quien no presta atención, un árbol es apenas un árbol. Para quien aprende a mirar, ese mismo árbol puede convertirse en el hogar de carpinteros, benteveos, tacuaritas, fruteros, zorzales, calandrias y decenas de especies más, cada una con su historia, sus costumbres y su forma de ganarse la vida.
Tal vez esa sea una de las cosas más lindas que me dejó este hobby. Aprender a mirar. Descubrir que la naturaleza no empieza cuando termina el asfalto, sino apenas abrimos la puerta de casa.
Ojalá estas fotos sirvan para despertar esa curiosidad en alguien que llegue por primera vez al blog. No hace falta tener una cámara costosa ni viajar demasiado lejos. Basta con regalarse unos minutos, levantar la vista, escuchar un canto diferente y dejar que la sorpresa haga el resto.
Quién sabe... quizás el próximo carpintero real, el próximo picaflor o la próxima especie que les cambie la mañana esté ahora mismo esperando en el árbol de la vereda.


4 ago 2026

Cuando el Tacuarero faltó a la cita.

Hay fotografías que quedan guardadas durante años esperando su turno, y estas tres del chupadientes son un buen ejemplo. Fueron obtenidas en 2018, durante un fin de semana en el Parque Provincial La Araucaria, en San Pedro, junto a Nico, Roby y Willy. Si bien verán que son similares a las últimas publicadas de la especie son las que quedarn sin editar y compartirlas en el blog desde aquella vez. Al final de cuentas de que sirve tener material fotográfico guardado solo para mis ojos; en honor a la verdad creo que compartiéndolas en este espacio a alguien mas le picará la curiosidad de meterse al monte para disfrutar de esta actividad.
La realidad es que ninguno de nosotros estaba buscando un chupadientes, los cuatro habíamos elegido cuidadosamente un sitio después de localizar un punto desde donde se escuchaba vocalizar al Tacuarero. La esperanza era que ese escurridizo furnárido cometiera el error de dejarse ver. Hubiese sido la frutilla del postre para cerrar un viaje espectacular, pero ya es sabido que el Tacuarero parece tener un sexto sentido, y probablemente al enterarse de que yo estaba esperándolo decidió no aparecer.
En su lugar llegó este chupadientes, que se mostró con una generosidad poco habitual y me regaló, creo yo, las mejores fotografías que tengo de la especie. No era el protagonista que esperábamos, pero terminó convirtiéndose en el mejor recuerdo fotográfico de aquella mañana.
Del Tacuarero, en cambio, nunca más volví a escuchar siquiera su canto. Ya pasaron ocho años y quizás haya llegado el momento de volver a La Araucaria para dedicarle una mañana completa a ese fantasma del tacuaral que todavía le viene ganando a mi cámara.
Y si de recuerdos se trata, imposible no acordarse del frío que pasamos durante todo ese viaje. Nos "cagamos" de frío, para decirlo sin vueltas. Pero como dice el refrán, sarna con gusto no pica; las bajas temperaturas se olvidaban enseguida cuando llegaba la hora de encender el fuego y preparar esos memorables guisos de arroz con pollo al disco en el complejo Der Wald, donde nos alojábamos para descansar y recargar energías antes de salir otra vez a caminar el monte. Son de esas pequeñas cosas que terminan haciendo inolvidable una salida de pajareros. La pucha, che... veo estas fotos viejas, me inspiro para escribir una entrada al blog y, sin darme cuenta, me invaden unas ganas tremendas de volver al monte entre amigos.
A esta altura del partido, con varios años más sobre el lomo, creo que el orden de las prioridades cambió. Lo más importante ya no es volver con la tarjeta de memoria llena de fotones. Lo mejor es vagar por el monte entre amigos, hablar al pedo, cagarse de risa durante varios días, compartir un mate o un guiso al disco al final de la jornada... y, si de paso se sacan algunas fotos buenas, mejor todavía. Saludos para todos y si llegaron hasta acá gracias por leernos !!!


3 ago 2026

La Cigüita en el manglar

Otra tanda de fotos de archivo que vuelve desde aquel viaje a Punta Cana. Esta vez la protagonista es la cigüita de río (Parkesia noveboracensis), fotografiada entre los manglares que bordeaban una de las playas de estacionamiento del hotel Iberostar.
Mientras la mayoría de los turistas pasaba apurada rumbo a la playa, o se desesperaba por llegar primeros al buffet, yo iba mirando para el otro lado. Es increíble la cantidad de aves que pueden aparecer en esos pequeños rincones donde casi nadie presta atención.
La cigüita recorría el barro y las raíces del manglar con esa forma tan particular de caminar que tienen las especies del género Parkesia: siempre inquieta, revisando cada hoja caída, cada charquito y cada tronco en busca de insectos, pequeños crustáceos y cualquier otro bocado que encontrara. Es un ave migratoria que pasa el invierno boreal en el Caribe y buena parte de América tropical, por lo que para esas especies estos ambientes costeros representan una escala fundamental en su largo viaje, y para nosotros los turistas observadores de aves nos brindan una interesante oportunidad de registrar especies que hasta en esa zona no están durante todo el año.
No será el ave más llamativa por sus colores, pero verla moverse entre las sombras del manglar y poder llevarse unas cuantas fotos fue uno de esos pequeños premios que suelen regalar los rincones menos transitados.

2 ago 2026

Una sola foto alcanza...

Hay aves que llenan una tarjeta de memoria en pocos minutos y otras de las que uno termina volviendo con una sola foto. El pioró pertenece, al menos para nosotros, a este segundo grupo.
La imagen de hoy la obtuvo Nico Pavese, el suertudo oficial del grupo. Mientras algunos seguimos peleándonos con ramas, contraluces y hojas que aparecen justo donde no deben, siempre hay alguno al que el monte parece darle una mano; esta vez le tocó a Nico.
El pioró (Thlypopsis pyrrhocoma) es uno de esos pajaritos que no llaman la atención por el tamaño ni por andar haciendo demasiado ruido. Vive entre la vegetación del sotobosque, moviéndose con agilidad entre ramas y tacuaras, muchas veces acompañando bandadas mixtas. Hay que estar atento porque aparece unos segundos y, cuando uno termina de levantar los binoculares o la cámara, ya desapareció.
Su rasgo más llamativo es la cabeza de colores castaños o rojizos que le da un aspecto inconfundible y explica el nombre científico de la especie. El resto del plumaje es mucho más sobrio, una combinación que lo convierte en un ave elegante sin necesidad de colores estridentes.
En Misiones no es imposible de encontrar, pero tampoco es de esas especies que se dejan fotografiar con facilidad, por eso cada registro tiene un sabor especial, aunque sea una única imagen.
Y como suele pasar en las salidas con amigos, siempre hay alguno que vuelve con "la foto", esta vez el mérito fue de Nico. A los demás nos queda disfrutarla... y esperar la revancha en la próxima escapada.

Colores del norte misionero

El último viaje al norte de Misiones para fotografiar aves todavía me sigue regalando imágenes para compartir en el blog, aun después de tantos años.
Hoy les traigo dos fotos de un carpintero arcoíris macho que pude fotografiar en el Parque Provincial Cruce Caballero, a pasitos de la casa de los guardaparques.
Cada vez que reviso aquellas carpetas vuelven las mismas ganas de subirme al auto y escaparme otra vez hacia el norte de la provincia. Hablando con los amigos descubrí que a ellos les pasa exactamente lo mismo. La reactivación del blog también hizo que retomáramos el contacto con varios guardaparques de la zona, que volvieron a leernos y nos hicieron saber que, después de tantos años de ausencia, las puertas siguen abiertas para recibirnos. Es una alegría enorme y una excusa más para empezar a planificar el regreso. Ni bien los planetas se alineen y todos podamos hacernos de unos días libres, allá estaremos otra vez.
Y si hablamos del protagonista de esta entrada, poco queda por agregar. Para mi gusto, el carpintero arcoíris es el más hermoso de todos los carpinteros que pueden verse por estas tierras. Sus colores hacen honor a su nombre y cada encuentro con él termina convirtiéndose en uno de esos momentos que justifican el viaje, los madrugones y los kilómetros recorridos.

1 ago 2026

Cuando el paisaje cambia por completo.

Antes de finalizar este día Sábado y que me llame la cama comparto estas dos fotos de Pecho amarillo grande obtenidas a la salida de nuestra última visita a Ombú Chico.
Durante los primeros kilómetros del camino, y antes de que amanezca, Luis ya me iba preparando para lo que me esperaba más adelante. Yo conocía perfectamente ese recorrido y tenía grabada en la memoria la imagen de los interminables pinares que acompañaban la llegada al club. Por eso el golpe fue todavía mayor.
Algo había visto en Google Earth sobre los desmontes en las forestaciones de pinos, pero una cosa es mirar una imagen satelital y otra muy distinta es estar ahí. Donde antes había un corredor de pinos hoy aparece un paisaje completamente distinto. El paso de las máquinas no dejó solamente los árboles en el recuerdo; también transformó el suelo hasta volverlo irreconocible. Por momentos costaba creer que fuera el mismo lugar que tantas veces habíamos recorrido.
Son esos cambios que producen sensaciones encontradas porque uno entiende que las forestaciones se cosechan y vuelven a plantarse, pero no deja de impresionar la magnitud del trabajo cuando lo tiene delante de los ojos. El contraste entre el recuerdo y la realidad es demasiado grande como para que pase desapercibido.
Y, sin embargo, la naturaleza siempre encuentra la manera de recordarnos que sigue ahí. A pesar del paisaje transformado, las aves continúan ocupando su lugar. Algunas se fueron, otras aparecerán con el tiempo y muchas siguen acompañando el camino como si nada hubiera pasado.
Estos Pecho amarillo fueron una de esas despedidas que terminan levantándole el ánimo a cualquier pajarero. Un lindo broche para una jornada cargada de contrastes, de recuerdos y también de la esperanza de que, aun en escenarios cambiantes, siempre habrá algún pájaro dispuesto a robarnos una última foto antes de salir al asfalto mientras emprendemos el regreso.
Marcelo Allende/Aves del NEA.

La revancha del Bailarín blanco.

Hay especies que, además de recorrer unos cuantos kilómetros para encontrarlas, también exigen una segunda oportunidad.
Estas dos fotos del bailarín blanco son de Luis Krause y forman parte de esa enorme colección de imágenes que el también tiene, y por una cosa o por otra, todavía esperan su turno para salir del disco rígido.
Fueron obtenidas en Surucuá Reserva Eco Lodge, en el norte de Misiones, sobre el borde del río Iguazú. Prácticamente es el único rincón de la provincia donde este pequeño y elegante bailarín puede observarse con cierta regularidad, motivo suficiente para que más de un pajarero sueñe con conocer el lugar.
Lo curioso es que ésta fue la segunda visita de Luis a Surucuá. En la primera habíamos ido un grupo de amigos y el bailarín apareció, pero las circunstancias hicieron que se quedara sin fotos. Nuestro amigo Seko Pradier estaba grabando el canto del ave y Luis, lejos de pensar solamente en llevarse la imagen, prefirió no arruinar la grabación con la ráfaga del disparador. Guardó la cámara, disfrutó el momento y dejó que el sonido fuera el protagonista.
La fotografía tendría que esperar; y esperó... hasta el siguiente viaje, unos cuatro años después. Esta vez el bailarín volvió a regalarse, la cámara pudo trabajar tranquila y la deuda quedó saldada.
Son esas pequeñas historias que casi nunca se ven cuando uno mira una foto terminada. Detrás de una imagen muchas veces hay kilómetros recorridos, madrugones, regresos con las manos vacías y, de vez en cuando, algún gesto de compañerismo que vale tanto como la fotografía misma.
Al final, el bailarín blanco terminó posando para Luis. Y, viendo el resultado, la espera realmente valió la pena.

30 jul 2026

Siesta correntina, tres enfermos, y un Halconcito colorado.

Entrada para hoy...
Un recuerdo de una escapadita a Bahía Carayá, una siesta de ya ni me acuerdo de qué mes ni de qué año. Pero cuando me siente a escribir la entrada para en el blog, los datos EXIF de las fotos seguramente me van a hacer recordar hasta la hora exacta.
De lo que sí me acuerdo es que me fui con los dos mandriles, Lucho Lugo y Franco Steinhorst, en el Clío de Lucho.
Bitácora: 15/07/2019 15.39 horas; listo...click derecho, propiedades de archivo y los datos EXIF me refrescaron la memoria.
Eran esos años en los que todos estábamos atentos a los registros de aves que aparecían en las redes sociales y en los grupos de WhatsApp. Había un pajarraco nuevo para el país dando vueltas, uno que hizo que varios fotógrafos de Buenos Aires viajaran hasta Misiones, y al Noreste Correntino para fotografiarlo. Algunos son bastante más enfermos que nosotros... A nosotros también nos pega la enfermedad, pero la nuestra es bastante más asintomática, porque en lugar de recorrer mil kilómetros nos conformamos con hacer unos setenta.
La idea era registrar al bicho nuevo, pero mientras recorríamos la zona también apareció esta hembra de halconcito colorado, que hoy les comparto. Les confieso que tuve que sacar los libros para volver a recordar cómo diferenciar los sexos de esta pequeña rapaz. Después de varios años alejado del vicio, algunas cosas se oxidan.
Y el bicho nuevo... ese que también pudimos fotografiar los tres, se los dejo para otra historia. En honor a la verdad, se portó tan bien con nosotros que prácticamente pudimos escanearlo de tantas fotos que le sacamos.
Saludos para todos!!!

29 jul 2026

Picnic en el aire

Entrada para hoy... nuevamente con fotos de archivo.
Tres imágenes de un Milano boreal, obtenidas durante aquellas torridas jornadas del verano misionero de hace unos tres años. Es otro integrante del selecto grupo de aves que, evidentemente, nació con el termostato fallado. Mientras la mayoría de nosotros busca desesperadamente un poco de sombra y una botella de agua fría, este muchacho parece disfrutar de los cuarenta grados como si nada.
Es una de esas rapaces que muchas veces pasan desapercibidas. Uno levanta la vista creyendo que va a ver otro jote dando vueltas y, de golpe, aparece una bandada de Milanos boreales patrullando el cielo con una elegancia impresionante.
Lo más entretenido es observarlo cuando sale de cacería. Aprovecha las explosiones de aguaciles que aparecen después de las lluvias y arma un verdadero picnic aéreo. No necesita posarse ni hacer demasiados esfuerzos porque captura los insectos en pleno vuelo con una precisión admirable y sigue su camino como si estuviera picando algo entre comidas.
En una de las fotos se alcanza a ver perfectamente una presa sujetada con una de sus patas. La mirada lo dice todo; ya tiene asegurado el bocado y está calculando el momento justo para llevárselo al pico sin dejar de volar. Hay que reconocerle la habilidad... algunos apenas podemos comer una empanada caminando y este es capaz de almorzar mientras hace acrobacias en el cielo.
Pequeños espectáculos que regala el verano misionero y que muchas veces pasan desapercibidos para quien no acostumbra andar con la vista puesta hacia arriba.
Y aunque los milanos suelen compartir el cielo con los jotes, hasta ahí llega la relación. A la hora de comer, las diferencias son evidentes. Mientras unos son felices con un menú bastante... podrido, el Milano boreal prefiere insectos recién salidos del horno, capturados en el aire y servidos en el momento. Definitivamente, tiene un paladar bastante más exquisito.
Sepan disculpar la calidad de las fotos, volaban demasiado alto y el recorte durante la edición tuvo que ser muy exagerado.


28 jul 2026

Atajacaminos Colorado Antrostomus rufus (Boddaert, P, 1783) Rufous Nightjar

El colorado que esperaba su turno... Otra vez recurriendo al archivo; parece que se está haciendo costumbre, pero la verdad es que todavía quedan muchas fotos guardadas que nunca vieron la luz.
La de hoy tiene además una pequeña historia detrás porque estaba archivada en una carpeta que habíamos preparado con Luis Krause y Willy para un proyecto que, fiel a nuestro estilo, arrancó con mucho entusiasmo, tomó envión... y quedó en el camino. La idea era trabajar junto a la gente de Bosques del plata para mostrar la enorme riqueza de aves que alberga el Club Refugio Ombú, ese pequeño rincón correntino donde todavía sobrevive un pedacito de selva ribereña rodeado por interminables forestaciones de pinos y eucaliptos. El proyecto no prosperó, pero por suerte las fotos quedaron esperando su oportunidad. Y hoy le llegó el turno al protagonista.
El Atajacaminos colorado (Antrostomus rufus) pertenece a ese grupo de aves nocturnas que pasan la mayor parte del día inmóviles, perfectamente camufladas entre hojas secas, ramas o el suelo. Tan bien se esconden que muchas veces uno puede pasar a menos de un metro sin advertir que están ahí. Recién cuando deciden levantar vuelo aparece la sorpresa... y más de uno se pega un buen susto.
Es otro de los especialistas de la noche. Con su enorme boca captura insectos en pleno vuelo, guiándose en la oscuridad con una precisión asombrosa. Durante el día confía casi exclusivamente en su plumaje críptico, que lo vuelve prácticamente invisible. Como ocurre con muchas aves nocturnas, alrededor de los atajacaminos nacieron toda clase de mitos y supersticiones. En distintas regiones de Sudamérica se decía que anunciaban desgracias o que estaban ligados al mundo de los espíritus, simplemente porque aparecían cuando caía la noche y su canto resultaba tan extraño como inconfundible. Nada más alejado de la realidad. Son aves completamente inofensivas y, como tantas otras, víctimas de la imaginación popular. En Brasil reciben nombres muy pintorescos como dorminhoco o dorminhão, algo así como "dormilón", justamente por esa costumbre de permanecer quietos durante horas, confiando en que nadie descubra su presencia. Una sola foto alcanza para presentar oficialmente a esta especie en el blog. Mejor tarde que nunca. Después de tantos años esperando en una carpeta olvidada, este colorado finalmente encontró su lugar en Aves del NEA.

El chotacabras colorado, chotacabras rojizo, chotacabras rufo, chotacabra castaña, atajacaminos colorado, tapacamino moreno, aguaitacamino rufo, guardacaminos colorado o pocoyo rojizo (Antrostomus rufus) es una especie de ave de la familia Caprimulgidae que vive en Centro y Sudamérica.
Se encuentra en Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Ecuador, la Guayana francesa, Guyana, Panamá, Paraguay, Perú, Santa Lucía, Surinam, Trinidad y Tobago y Venezuela.
Sus hábitats naturales son los bosques tropicales, tanto húmedos como secos, también puede vivir en las arboledas ampliamente degradadas y matorrales de sabana, principalmente en terrenos ondulados, hasta los 1000 m de altitud.
Descripción
En promedio mide 28 cm de longitud y pesa 95 g. Es de color castaño a rufo opaco, con vermiculaciones y con listas negras gruesas en la coronilla, la nuca y la espalda. La hembra es más clara y menos rufa. La cara y la garganta presentan barras y motas rufas y negras. Tiene una faja color anteada a través de la parte baja del pecho y el vientre y, coberteras infracaudales color ocre con barreteado negro. Presenta manchas negras con bordes color ante, en la zona escapular y en las coberteras alares y, barras rufas y negras en las remeras. Las terciales son color ante, con un jaspeado negro. La cola es rufa con pintas negras. La mitad dinferior de las tres plumas timoneras externas del macho, es blanca, con borde rojizo. El pico es corto, ancho y negro y las patas grisáceas.

Mapa de distribución en América
Copyright de los mapas Copyright-Ebird (www.ebird.org)
Vocalización del Atajacaminos colorado

27 jul 2026

Un fantasma con plumas... para mí

Hay aves que aparecen enseguida y otras que parecen disfrutar poniendo a prueba la paciencia de uno.
Con el Ñacurutú ya perdí la cuenta de las veces que estuve cerca. Desde que empecé con esto de fotografiar aves, allá por el 2007 o 2008, escuché su voz unas cuantas veces; esa mezcla de misterio y respeto que transmite en medio de la noche no se olvida fácilmente. Pero verlo... eso es otra historia.
Mientras tanto, los amigos hacen su parte para aumentar mi frustración, Nico ya lo fotografió en Misiones hace varios años y, en esta oportunidad, vuelve a ser el responsable de estas imágenes, tomadas en las Termas de Federación, Entre Ríos. Yo, fiel a mi costumbre con esta especie, sigo acumulando relatos ajenos y fotografías prestadas.
No sé si será por todo el folclore que rodea al Ñacurutú. Desde chicos nos llenaron la cabeza con historias que lo presentan como un ave de mal agüero, mensajera de desgracias o visitante incómodo de las noches de campo. Como ocurre con tantas otras rapaces nocturnas, la ignorancia terminó convirtiéndolo en protagonista de infinidad de supersticiones.
Para mí, en cambio, el Ñacurutú significa otra cosa; es esa especie que siempre parece estar un paso adelante, La escuché varias veces, sé que estuvo cerca, revisé cada rama con la linterna, afiné la vista... y cuando creí que la viba a encontrar, desaparecía como si nunca hubiera estado allí.
A esta altura ya no sé si estoy buscando un búho o un fantasma con plumas.
Pero bueno... tarde o temprano nos vamos a cruzar. Y ese día, después de casi veinte años de búsqueda, les aseguro que la emoción va a ser mucho más grande que la fotografía.

"El Pantanal"; el restaurante del Club Refugio Ombú.

Para ir retomando la actividad después de unos días de ausencia nada mejor que volver con dos fotos recién salidas del horno, tomadas en la última pajareada con Luicho Krause en el Club Refugio Ombú. El protagonista de hoy es un zorzal sabiá que se arrimó al comedero para inspeccionar el menú del día. Se ve que la oferta le resultó interesante porque, después de un vistazo de rutina, se quedó un buen rato aprovechando el maíz y el arroz partido que habían quedado. En realidad, eran las sobras que dejaron las urracas caraduras... aunque hablar de "sobras" es un decir. Esas tipas comen de todo; estoy convencido de que si algún día les servís una pizza, también la hacen desaparecer.
Las fotos, para variar, las saqué desde la comodidad de un sillón porque los años no vienen solos y, aunque las piernas todavía responden, hace rato descubrí que es mucho más inteligente dejar que sean las aves las que se acerquen al fotógrafo. Uno se mueve menos, las espanta menos y, de paso, las fotos suelen salir bastante mejor. A esta altura de la vida aprendí que la paciencia cansa mucho menos que caminar detrás de un pájaro... y encima da mejores resultados. Saludos... y buena semana para todos!!!.