El colorado que esperaba su turno...
Otra vez recurriendo al archivo; parece que se está haciendo costumbre, pero la verdad es que todavía quedan muchas fotos guardadas que nunca vieron la luz.
La de hoy tiene además una pequeña historia detrás porque estaba archivada en una carpeta que habíamos preparado con Luis Krause y Willy para un proyecto que, fiel a nuestro estilo, arrancó con mucho entusiasmo, tomó envión... y quedó en el camino. La idea era trabajar junto a la gente de Bosques del plata para mostrar la enorme riqueza de aves que alberga el Club Refugio Ombú, ese pequeño rincón correntino donde todavía sobrevive un pedacito de selva ribereña rodeado por interminables forestaciones de pinos y eucaliptos. El proyecto no prosperó, pero por suerte las fotos quedaron esperando su oportunidad.
Y hoy le llegó el turno al protagonista.
El Atajacaminos colorado (Antrostomus rufus) pertenece a ese grupo de aves nocturnas que pasan la mayor parte del día inmóviles, perfectamente camufladas entre hojas secas, ramas o el suelo. Tan bien se esconden que muchas veces uno puede pasar a menos de un metro sin advertir que están ahí. Recién cuando deciden levantar vuelo aparece la sorpresa... y más de uno se pega un buen susto.
Es otro de los especialistas de la noche. Con su enorme boca captura insectos en pleno vuelo, guiándose en la oscuridad con una precisión asombrosa. Durante el día confía casi exclusivamente en su plumaje críptico, que lo vuelve prácticamente invisible.
Como ocurre con muchas aves nocturnas, alrededor de los atajacaminos nacieron toda clase de mitos y supersticiones. En distintas regiones de Sudamérica se decía que anunciaban desgracias o que estaban ligados al mundo de los espíritus, simplemente porque aparecían cuando caía la noche y su canto resultaba tan extraño como inconfundible. Nada más alejado de la realidad. Son aves completamente inofensivas y, como tantas otras, víctimas de la imaginación popular.
En Brasil reciben nombres muy pintorescos como dorminhoco o dorminhão, algo así como "dormilón", justamente por esa costumbre de permanecer quietos durante horas, confiando en que nadie descubra su presencia.
Una sola foto alcanza para presentar oficialmente a esta especie en el blog. Mejor tarde que nunca. Después de tantos años esperando en una carpeta olvidada, este colorado finalmente encontró su lugar en Aves del NEA.
El chotacabras colorado, chotacabras rojizo, chotacabras rufo, chotacabra castaña, atajacaminos colorado, tapacamino moreno, aguaitacamino rufo, guardacaminos colorado o pocoyo rojizo (Antrostomus rufus) es una especie de ave de la familia Caprimulgidae que vive en Centro y Sudamérica.
Se encuentra en Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Ecuador, la Guayana francesa, Guyana, Panamá, Paraguay, Perú, Santa Lucía, Surinam, Trinidad y Tobago y Venezuela.
Sus hábitats naturales son los bosques tropicales, tanto húmedos como secos, también puede vivir en las arboledas ampliamente degradadas y matorrales de sabana, principalmente en terrenos ondulados, hasta los 1000 m de altitud.
Descripción
En promedio mide 28 cm de longitud y pesa 95 g. Es de color castaño a rufo opaco, con vermiculaciones y con listas negras gruesas en la coronilla, la nuca y la espalda. La hembra es más clara y menos rufa. La cara y la garganta presentan barras y motas rufas y negras. Tiene una faja color anteada a través de la parte baja del pecho y el vientre y, coberteras infracaudales color ocre con barreteado negro. Presenta manchas negras con bordes color ante, en la zona escapular y en las coberteras alares y, barras rufas y negras en las remeras. Las terciales son color ante, con un jaspeado negro. La cola es rufa con pintas negras. La mitad dinferior de las tres plumas timoneras externas del macho, es blanca, con borde rojizo. El pico es corto, ancho y negro y las patas grisáceas.
Mapa de distribución en América
Copyright de los mapas
Copyright-Ebird (www.ebird.org)
Vocalización del Atajacaminos colorado
Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.
Tus hijos te lo agradecerán.
28 jul 2026
27 jul 2026
Un fantasma con plumas... para mí
Hay aves que aparecen enseguida y otras que parecen disfrutar poniendo a prueba la paciencia de uno.
Con el Ñacurutú ya perdí la cuenta de las veces que estuve cerca. Desde que empecé con esto de fotografiar aves, allá por el 2007 o 2008, escuché su voz unas cuantas veces; esa mezcla de misterio y respeto que transmite en medio de la noche no se olvida fácilmente. Pero verlo... eso es otra historia.
Mientras tanto, los amigos hacen su parte para aumentar mi frustración, Nico ya lo fotografió en Misiones hace varios años y, en esta oportunidad, vuelve a ser el responsable de estas imágenes, tomadas en las Termas de Federación, Entre Ríos. Yo, fiel a mi costumbre con esta especie, sigo acumulando relatos ajenos y fotografías prestadas.
No sé si será por todo el folclore que rodea al Ñacurutú. Desde chicos nos llenaron la cabeza con historias que lo presentan como un ave de mal agüero, mensajera de desgracias o visitante incómodo de las noches de campo. Como ocurre con tantas otras rapaces nocturnas, la ignorancia terminó convirtiéndolo en protagonista de infinidad de supersticiones.
Para mí, en cambio, el Ñacurutú significa otra cosa; es esa especie que siempre parece estar un paso adelante, La escuché varias veces, sé que estuvo cerca, revisé cada rama con la linterna, afiné la vista... y cuando creí que la viba a encontrar, desaparecía como si nunca hubiera estado allí.
A esta altura ya no sé si estoy buscando un búho o un fantasma con plumas.
Pero bueno... tarde o temprano nos vamos a cruzar. Y ese día, después de casi veinte años de búsqueda, les aseguro que la emoción va a ser mucho más grande que la fotografía.
Con el Ñacurutú ya perdí la cuenta de las veces que estuve cerca. Desde que empecé con esto de fotografiar aves, allá por el 2007 o 2008, escuché su voz unas cuantas veces; esa mezcla de misterio y respeto que transmite en medio de la noche no se olvida fácilmente. Pero verlo... eso es otra historia.
Mientras tanto, los amigos hacen su parte para aumentar mi frustración, Nico ya lo fotografió en Misiones hace varios años y, en esta oportunidad, vuelve a ser el responsable de estas imágenes, tomadas en las Termas de Federación, Entre Ríos. Yo, fiel a mi costumbre con esta especie, sigo acumulando relatos ajenos y fotografías prestadas.
No sé si será por todo el folclore que rodea al Ñacurutú. Desde chicos nos llenaron la cabeza con historias que lo presentan como un ave de mal agüero, mensajera de desgracias o visitante incómodo de las noches de campo. Como ocurre con tantas otras rapaces nocturnas, la ignorancia terminó convirtiéndolo en protagonista de infinidad de supersticiones.
Para mí, en cambio, el Ñacurutú significa otra cosa; es esa especie que siempre parece estar un paso adelante, La escuché varias veces, sé que estuvo cerca, revisé cada rama con la linterna, afiné la vista... y cuando creí que la viba a encontrar, desaparecía como si nunca hubiera estado allí.
A esta altura ya no sé si estoy buscando un búho o un fantasma con plumas.
Pero bueno... tarde o temprano nos vamos a cruzar. Y ese día, después de casi veinte años de búsqueda, les aseguro que la emoción va a ser mucho más grande que la fotografía.
"El Pantanal"; el restaurante del Club Refugio Ombú.
Para ir retomando la actividad después de unos días de ausencia nada mejor que volver con dos fotos recién salidas del horno, tomadas en la última pajareada con Luicho Krause en el Club Refugio Ombú.
El protagonista de hoy es un zorzal sabiá que se arrimó al comedero para inspeccionar el menú del día. Se ve que la oferta le resultó interesante porque, después de un vistazo de rutina, se quedó un buen rato aprovechando el maíz y el arroz partido que habían quedado. En realidad, eran las sobras que dejaron las urracas caraduras... aunque hablar de "sobras" es un decir. Esas tipas comen de todo; estoy convencido de que si algún día les servís una pizza, también la hacen desaparecer.
Las fotos, para variar, las saqué desde la comodidad de un sillón porque los años no vienen solos y, aunque las piernas todavía responden, hace rato descubrí que es mucho más inteligente dejar que sean las aves las que se acerquen al fotógrafo. Uno se mueve menos, las espanta menos y, de paso, las fotos suelen salir bastante mejor. A esta altura de la vida aprendí que la paciencia cansa mucho menos que caminar detrás de un pájaro... y encima da mejores resultados. Saludos... y buena semana para todos!!!.
Las fotos, para variar, las saqué desde la comodidad de un sillón porque los años no vienen solos y, aunque las piernas todavía responden, hace rato descubrí que es mucho más inteligente dejar que sean las aves las que se acerquen al fotógrafo. Uno se mueve menos, las espanta menos y, de paso, las fotos suelen salir bastante mejor. A esta altura de la vida aprendí que la paciencia cansa mucho menos que caminar detrás de un pájaro... y encima da mejores resultados. Saludos... y buena semana para todos!!!.
20 jul 2026
Despegue pesado
Volvemos a la rutina de las fotos de archivo, y la verdad sea dicha, todavía me quedan unas cuantas carpetas esperando pacientemente su turno, creo que deben haber mas de 400 GB. de archivos todavía sin procesar.
Estas imágenes son del 15 de julio de 2019, en Bahía Carayá (Corrientes). Esa tarde fui con Lucho y Franco Steinhorst detrás de un pájaro que nos habíamos enterado que andaba dando vueltas por ahí y que, increíblemente, pudimos fotografiarlo, pero después de fotografiarlo pasaron cosas y quedó guardado en el disco rígido sin que jamás lo publicara. Ya llegará su momento, mientras tanto, empiezo a desempolvar aquella salida compartiendo la carpeta desde el principio.
El protagonista de hoy es el Hocó colorado, una de esas garzas que rompen con la idea que la mayoría tiene de este grupo de aves. Acá no hay un animal estilizado, de patas larguísimas y cuello eternamente estirado. El hocó tiene aspecto de "bicharraco": cuerpo robusto, cuello corto, una cara de malo que parece recién levantado de la siesta y unos ojos enormes que delatan sus hábitos crepusculares y nocturnos. Durante el día suele quedarse quieto, bien escondido entre la vegetación de la orilla, confiando en que su plumaje haga el resto.
En esta secuencia le tocó abandonar la tranquilidad del posadero, y ahí aparece otra de sus particularidades; el despegue. No es precisamente un modelo de elegancia, primero parece que duda, después acomoda el cuerpo, mete un par de aletazos potentes y recién entonces consigue despegar. Es uno de esos vuelos que transmiten más fuerza que delicadeza.
Por suerte, la cámara estaba lista justo en ese momento; estas escenas duran apenas unos segundos y, si uno se distrae mirando en la pantalla cómo salió la foto anterior, se queda con el recuerdo... y sin la secuencia.
Y si algo me enseñaron estas carpetas viejas es que nunca es tarde para volver a abrirlas. Siempre aparece alguna imagen olvidada que merece salir del disco rígido y terminar donde debió haber estado desde el principio: compartida con ustedes acá en el blog.
El protagonista de hoy es el Hocó colorado, una de esas garzas que rompen con la idea que la mayoría tiene de este grupo de aves. Acá no hay un animal estilizado, de patas larguísimas y cuello eternamente estirado. El hocó tiene aspecto de "bicharraco": cuerpo robusto, cuello corto, una cara de malo que parece recién levantado de la siesta y unos ojos enormes que delatan sus hábitos crepusculares y nocturnos. Durante el día suele quedarse quieto, bien escondido entre la vegetación de la orilla, confiando en que su plumaje haga el resto.
En esta secuencia le tocó abandonar la tranquilidad del posadero, y ahí aparece otra de sus particularidades; el despegue. No es precisamente un modelo de elegancia, primero parece que duda, después acomoda el cuerpo, mete un par de aletazos potentes y recién entonces consigue despegar. Es uno de esos vuelos que transmiten más fuerza que delicadeza.
Por suerte, la cámara estaba lista justo en ese momento; estas escenas duran apenas unos segundos y, si uno se distrae mirando en la pantalla cómo salió la foto anterior, se queda con el recuerdo... y sin la secuencia.
Y si algo me enseñaron estas carpetas viejas es que nunca es tarde para volver a abrirlas. Siempre aparece alguna imagen olvidada que merece salir del disco rígido y terminar donde debió haber estado desde el principio: compartida con ustedes acá en el blog.
18 jul 2026
El "arte de estar al pedo"
Hay algo que descubrí con los años, la paz mental vale muchísimo más que tener siempre la razón.
Llegando a las seis décadas de vida, ya no siento la necesidad de convencer a nadie de nada. Si alguien piensa distinto está perfecto; no toda batalla merece ser peleada. Hay discusiones que no cambian absolutamente nada, salvo el humor con el que termina el día, y ese humor prefiero invertirlo en cosas que realmente disfruto.
También aprendí a ponerle un freno a los dramas ajenos, si alguien viene buscando pelea, queja o conflicto, paso de largo. No es mala onda, es una cuestión de salud mental; ya no me da culpa decir "no tengo ganas", "no me interesa" o simplemente cambiar de tema.
Y, por sobre todas las cosas, sigo disfrutando de no hacer nada.
Durante muchos años viví con horarios, obligaciones y responsabilidades, hoy me doy el gusto de sentarme en el patio con un mate, mirar cómo se mueve un benteveo entre las ramas, esperar que aparezca algún carpintero o simplemente quedarme contemplando la nada. Antes habría pensado que estaba perdiendo el tiempo. Hoy sé que, en realidad, lo estoy recuperando.
Con los años entendí que el verdadero lujo no es tener más tiempo libre, el verdadero lujo es poder decidir con quién compartirlo, en qué gastarlo y, sobre todo, en qué no gastarlo.
Y esa libertad, sinceramente, no la cambio por tener la última palabra en ninguna discusión.
Y si en medio de esa "terrible jornada de inactividad" aparecen algunos pajaritos que me permitan sacarles algunas buenas fotos... bueno... no me queda otra que hacer el enorme sacrificio de agarrar la cámara. La jubilación también tiene esas obligaciones.
Llegando a las seis décadas de vida, ya no siento la necesidad de convencer a nadie de nada. Si alguien piensa distinto está perfecto; no toda batalla merece ser peleada. Hay discusiones que no cambian absolutamente nada, salvo el humor con el que termina el día, y ese humor prefiero invertirlo en cosas que realmente disfruto.
También aprendí a ponerle un freno a los dramas ajenos, si alguien viene buscando pelea, queja o conflicto, paso de largo. No es mala onda, es una cuestión de salud mental; ya no me da culpa decir "no tengo ganas", "no me interesa" o simplemente cambiar de tema.
Y, por sobre todas las cosas, sigo disfrutando de no hacer nada.
Durante muchos años viví con horarios, obligaciones y responsabilidades, hoy me doy el gusto de sentarme en el patio con un mate, mirar cómo se mueve un benteveo entre las ramas, esperar que aparezca algún carpintero o simplemente quedarme contemplando la nada. Antes habría pensado que estaba perdiendo el tiempo. Hoy sé que, en realidad, lo estoy recuperando.
Con los años entendí que el verdadero lujo no es tener más tiempo libre, el verdadero lujo es poder decidir con quién compartirlo, en qué gastarlo y, sobre todo, en qué no gastarlo.
Y esa libertad, sinceramente, no la cambio por tener la última palabra en ninguna discusión.
Y si en medio de esa "terrible jornada de inactividad" aparecen algunos pajaritos que me permitan sacarles algunas buenas fotos... bueno... no me queda otra que hacer el enorme sacrificio de agarrar la cámara. La jubilación también tiene esas obligaciones.
El que nunca falta
Hay cantos que terminan formando parte del paisaje; Uno de ellos para mí es el del arañero silbón; un pajarito del sotobosque de la selva misionera al que nunca me canso de escuchar. No hace falta verlo porque alcanza con que empiece a silbar para saber que la selva está funcionando como debe.
Volví a disfrutar de ese infaltable concierto el pasado 9 de mayo, y fue inevitable pensar en lo loco que resulta haberle metido casi diez años de franco a esta pasión; diez años en los que la cámara salió poco al monte, pero en los que el canto del arañero siguió sonando, ajeno a mis ausencias, esperando con la misma puntualidad de siempre.
Por suerte, algunas cosas no cambian porque el arañero sigue recorriendo el sotobosque con la misma energía de siempre y yo, esta vez, estuve ahí para escucharlo otra vez... y también para llevarme unas fotos de recuerdo.
Hay regresos que no necesitan grandes discursos, solo alcanza un silbido entre los árboles, una cámara en la mano y esas ganas de volver a caminar la selva como si nunca nos hubiéramos ido.
Volví a disfrutar de ese infaltable concierto el pasado 9 de mayo, y fue inevitable pensar en lo loco que resulta haberle metido casi diez años de franco a esta pasión; diez años en los que la cámara salió poco al monte, pero en los que el canto del arañero siguió sonando, ajeno a mis ausencias, esperando con la misma puntualidad de siempre.
Por suerte, algunas cosas no cambian porque el arañero sigue recorriendo el sotobosque con la misma energía de siempre y yo, esta vez, estuve ahí para escucharlo otra vez... y también para llevarme unas fotos de recuerdo.
Hay regresos que no necesitan grandes discursos, solo alcanza un silbido entre los árboles, una cámara en la mano y esas ganas de volver a caminar la selva como si nunca nos hubiéramos ido.
17 jul 2026
Recién salido del horno...
Después de muchas publicaciones rescatadas del archivo, hoy toca romper la rutina, estas fotos tienen apenas unas horas de vida, recién salidas del horno.
Hoy volví a Ombú Chico después de más de cuatro años, Luis Krause tenía que hacer algunos trabajos de mantenimiento en la casa y me invitó a acompañarlo. No hizo falta insistir demasiado; cámara en la mochila, salida bien temprano desde Posadas, un lindo día de campo, algo rico para almorzar al mediodía y, de paso, la excusa perfecta para reencontrarme con uno de esos lugares donde siempre pasa algo interesante.
La ansiedad por volver era tanta que, entre los preparativos, me olvidé de llevar las pilas del flash, recién me di cuenta cuando ya estaba en el campo. Así que no quedó otra; trípode, luz natural y a aceptar el desafío de fotografiar dentro del monte, donde la sombra suele poner las cosas bastante difíciles. Pero la naturaleza tiene sus tiempos y la fotografía también y solo fue cuestión de esperar.
La jornada terminó recordándome y poniendo en evidencia una de las mejores lecciones de la fotografía de aves, no siempre gana el que más camina ni el que más dispara. A veces alcanza con encontrar el lugar indicado, esperar la luz justa, tener paciencia y dejar que el ave haga su parte.
Creo que en todo el día no habré sacado más de cincuenta fotos. Y, sin embargo, de esa cantidad salieron, probablemente, las mejores imágenes de pepitero gris que conseguí en todos estos años que llevo practicando esta actividad con una cámara en la mano. Los resultados, por suerte, están a la vista.
Volví a casa cansado, con tierra en las zapatillas, la cabeza despejada, la panza llena y una enorme sonrisa. Hay días en los que uno vuelve con muchas fotos. Y hay otros, como este, en los que alcanza con unas pocas... siempre que sean las indicadas.
Hoy volví a Ombú Chico después de más de cuatro años, Luis Krause tenía que hacer algunos trabajos de mantenimiento en la casa y me invitó a acompañarlo. No hizo falta insistir demasiado; cámara en la mochila, salida bien temprano desde Posadas, un lindo día de campo, algo rico para almorzar al mediodía y, de paso, la excusa perfecta para reencontrarme con uno de esos lugares donde siempre pasa algo interesante.
La ansiedad por volver era tanta que, entre los preparativos, me olvidé de llevar las pilas del flash, recién me di cuenta cuando ya estaba en el campo. Así que no quedó otra; trípode, luz natural y a aceptar el desafío de fotografiar dentro del monte, donde la sombra suele poner las cosas bastante difíciles. Pero la naturaleza tiene sus tiempos y la fotografía también y solo fue cuestión de esperar.
La jornada terminó recordándome y poniendo en evidencia una de las mejores lecciones de la fotografía de aves, no siempre gana el que más camina ni el que más dispara. A veces alcanza con encontrar el lugar indicado, esperar la luz justa, tener paciencia y dejar que el ave haga su parte.
Creo que en todo el día no habré sacado más de cincuenta fotos. Y, sin embargo, de esa cantidad salieron, probablemente, las mejores imágenes de pepitero gris que conseguí en todos estos años que llevo practicando esta actividad con una cámara en la mano. Los resultados, por suerte, están a la vista.
Volví a casa cansado, con tierra en las zapatillas, la cabeza despejada, la panza llena y una enorme sonrisa. Hay días en los que uno vuelve con muchas fotos. Y hay otros, como este, en los que alcanza con unas pocas... siempre que sean las indicadas.
16 jul 2026
Cuando la playa todavía les pertenece.
Si me preguntan cuál es el mejor momento para caminar por la playa, no tengo dudas, el amanecer.
No por los colores del cielo, que también ayudan, ni porque el calor todavía da tregua; es simplemente porque la playa todavía es de las aves.
Mientras la mayoría sigue durmiendo, las gaviotas recorren la orilla inspeccionando todo lo que la marea dejó durante la noche. Un pez muerto, un cangrejo, algún molusco... para un ave oportunista, cada ola puede traer el desayuno.
Caminan con esa tranquilidad que desaparece apenas empiezan a llegar los primeros turistas, ellas se alejan, yo también. Debe ser un defecto que compartimos. Cuanta más gente aparece, más ganas me dan de irme para el lado contrario. Después de tantos años de salir con la cámara, uno termina disfrutando tanto de esos lugares en silencio que corre el riesgo de volverse un poquito antisocial.
No sé si es antisocialidad o simplemente creo que es la única manera de disfrutar la naturaleza. Lo cierto es que, para mí, la playa más linda es la que todavía les pertenece a las gaviotas... aunque sea por un ratito.
No por los colores del cielo, que también ayudan, ni porque el calor todavía da tregua; es simplemente porque la playa todavía es de las aves.
Mientras la mayoría sigue durmiendo, las gaviotas recorren la orilla inspeccionando todo lo que la marea dejó durante la noche. Un pez muerto, un cangrejo, algún molusco... para un ave oportunista, cada ola puede traer el desayuno.
Caminan con esa tranquilidad que desaparece apenas empiezan a llegar los primeros turistas, ellas se alejan, yo también. Debe ser un defecto que compartimos. Cuanta más gente aparece, más ganas me dan de irme para el lado contrario. Después de tantos años de salir con la cámara, uno termina disfrutando tanto de esos lugares en silencio que corre el riesgo de volverse un poquito antisocial.
No sé si es antisocialidad o simplemente creo que es la única manera de disfrutar la naturaleza. Lo cierto es que, para mí, la playa más linda es la que todavía les pertenece a las gaviotas... aunque sea por un ratito.
Regalado el Papa-taoca
Hay aves que uno recuerda por la foto, otras, por el canto, y después está este personaje, al que recuerdo por la paciencia que me hizo tener.
En la Trilha da Galheta, en Bombas, lo escuchaba todos los días; era imposible ignorarlo. Para el tamaño que tiene, canta con un volumen que parece desproporcionado, uno jura que está a dos metros... y cuando va a buscarlo, resulta que estaba bastante más lejos, escondido entre la vegetación.
Recién cuando entendí que la única estrategia era dejar de perseguirlo y sentarme a esperarlo, el muy amable decidió mostrarse unos segundos para la foto.
A veces en fotografía de aves no gana el que más camina, sino el que sabe quedarse quieto, y este Papa-taoca (como se lo conone en Santa Catarina) fue uno de esos maestros de la paciencia.
Cada vez que vuelvo a mirar estas fotos también me vuelvo, por un rato, a aquella mañana de enero de 2020 en la Trilha da Galheta. Hay lugares que se recuerdan por el paisaje, los que andamos con una cámara fotografiando pajaritos los recordamos, sobre todo, por las peripecias que vivimos en la búsqueda de las imágenes que compartimos después.
En la Trilha da Galheta, en Bombas, lo escuchaba todos los días; era imposible ignorarlo. Para el tamaño que tiene, canta con un volumen que parece desproporcionado, uno jura que está a dos metros... y cuando va a buscarlo, resulta que estaba bastante más lejos, escondido entre la vegetación.
Recién cuando entendí que la única estrategia era dejar de perseguirlo y sentarme a esperarlo, el muy amable decidió mostrarse unos segundos para la foto.
A veces en fotografía de aves no gana el que más camina, sino el que sabe quedarse quieto, y este Papa-taoca (como se lo conone en Santa Catarina) fue uno de esos maestros de la paciencia.
Cada vez que vuelvo a mirar estas fotos también me vuelvo, por un rato, a aquella mañana de enero de 2020 en la Trilha da Galheta. Hay lugares que se recuerdan por el paisaje, los que andamos con una cámara fotografiando pajaritos los recordamos, sobre todo, por las peripecias que vivimos en la búsqueda de las imágenes que compartimos después.
14 jul 2026
Cuando la tecnología acerca lo que el mar mantiene lejos...
Durante las vacaciones en Bombas_Santa Catarina en Enero del 2020 viendo por la tele las noticias de que algo había aparecido en Wuhan y empezaba a desparramarse por el mundo, el Piquero pardo fue un compañero casi permanente de las caminatas por la playa. Siempre aparecía allá afuera, sobrevolando el mar con ese vuelo firme y elegante, patrullando la costa a una distancia que suele dejar conforme a los pescadores... pero no tanto a los fotógrafos.
Esta vez, además de verlo volar paralelo a la costa, pude observar una de las maniobras más espectaculares de la especie: la clásica picada vertical con la que se zambulle en busca de peces. Desde varios metros de altura pliega parcialmente las alas y se lanza como un proyectil al agua, entrando con una precisión admirable para capturar a sus presas bajo la superficie. No deja de sorprender cómo un ave de ese tamaño puede impactar contra el agua a semejante velocidad y salir unos segundos después como si nada hubiera pasado.
Las fotos, como suele ocurrir con esta especie, quedaron bastante lejos; hace algunos años probablemente habrían terminado archivadas sin demasiadas expectativas, pero la evolución de las herramientas de revelado de archivos RAW y de edición cambió bastante las reglas del juego.
Las últimas versiones de Adobe Camera Raw y Photoshop permiten realizar recortes realmente agresivos conservando un nivel de detalle que hasta hace muy poco parecía imposible. No hacen magia ni reemplazan una buena aproximación al ave, pero sí permiten rescatar imágenes que antes difícilmente habrían visto la luz. La distancia sigue siendo el peor enemigo de la fotografía de aves... aunque, por suerte, la tecnología empezó a darle bastante pelea.
Esta vez, además de verlo volar paralelo a la costa, pude observar una de las maniobras más espectaculares de la especie: la clásica picada vertical con la que se zambulle en busca de peces. Desde varios metros de altura pliega parcialmente las alas y se lanza como un proyectil al agua, entrando con una precisión admirable para capturar a sus presas bajo la superficie. No deja de sorprender cómo un ave de ese tamaño puede impactar contra el agua a semejante velocidad y salir unos segundos después como si nada hubiera pasado.
Las fotos, como suele ocurrir con esta especie, quedaron bastante lejos; hace algunos años probablemente habrían terminado archivadas sin demasiadas expectativas, pero la evolución de las herramientas de revelado de archivos RAW y de edición cambió bastante las reglas del juego.
Las últimas versiones de Adobe Camera Raw y Photoshop permiten realizar recortes realmente agresivos conservando un nivel de detalle que hasta hace muy poco parecía imposible. No hacen magia ni reemplazan una buena aproximación al ave, pero sí permiten rescatar imágenes que antes difícilmente habrían visto la luz. La distancia sigue siendo el peor enemigo de la fotografía de aves... aunque, por suerte, la tecnología empezó a darle bastante pelea.
13 jul 2026
Escapando del frío... Entendiendo todo al revés
Cada vez que aparecen las aves migratorias en nuestros tórridos veranos no puedo evitar hacerme la misma pregunta ¿qué clase de criterio usan para elegir destino?.
Porque uno, apenas puede, busca una sombra, prende el ventilador, se toma un tereré y se queja del calor. Ellos, en cambio, abandonan lugares más frescos para venir voluntariamente al norte argentino... justo cuando el sol parece decidido a derretir hasta las piedras.
No sé si es valentía, masoquismo o simplemente que el GPS de las aves tiene un sentido del humor bastante particular.
El Tuquito rayado es uno de esos personajes. Todos los años llega cuando empiezan los calores fuertes, pasa la temporada entre árboles y montes, cría a sus pichones y, cuando por fin comienzan a aparecer los primeros días agradables, hace las valijas y se va.
¿En serio? ¿Se pierde la mejor parte del año?
Este tuvo la gentileza de hacer una escala en casa y posarse en el árbol del vecino, como diciendo "Pasaba a saludar antes de seguir buscando cuarenta grados a la sombra". Y yo, desde mi patio, feliz de que semejante especialista en tomar malas decisiones climáticas me regalara unos minutos para fotografiarlo.
Al final, cada uno tiene sus gustos. Hay quienes esperan todo el año el invierno... y después están los tuquitos, que parecen convencidos de que el verano misionero es un excelente destino para pasar las vacaciones. Yo sigo sin entenderlos... pero agradezco mucho que existan.
Porque uno, apenas puede, busca una sombra, prende el ventilador, se toma un tereré y se queja del calor. Ellos, en cambio, abandonan lugares más frescos para venir voluntariamente al norte argentino... justo cuando el sol parece decidido a derretir hasta las piedras.
No sé si es valentía, masoquismo o simplemente que el GPS de las aves tiene un sentido del humor bastante particular.
El Tuquito rayado es uno de esos personajes. Todos los años llega cuando empiezan los calores fuertes, pasa la temporada entre árboles y montes, cría a sus pichones y, cuando por fin comienzan a aparecer los primeros días agradables, hace las valijas y se va.
¿En serio? ¿Se pierde la mejor parte del año?
Este tuvo la gentileza de hacer una escala en casa y posarse en el árbol del vecino, como diciendo "Pasaba a saludar antes de seguir buscando cuarenta grados a la sombra". Y yo, desde mi patio, feliz de que semejante especialista en tomar malas decisiones climáticas me regalara unos minutos para fotografiarlo.
Al final, cada uno tiene sus gustos. Hay quienes esperan todo el año el invierno... y después están los tuquitos, que parecen convencidos de que el verano misionero es un excelente destino para pasar las vacaciones. Yo sigo sin entenderlos... pero agradezco mucho que existan.
Planeando por el barrio
Hoy salí a mirar aves con un frío de esos que obligan a esconder las manos en los bolsillos, en realidad no salí a ningúna parte digamos que me asomé al patio. Cielo despejado, viento del sur... y dos jotes cabeza negra dibujando círculos cada vez más altos sin un solo aleteo.
Preparé la cámara porque los ví posados en el tanque de agua de la escuela que está a media cuadra de casa, linda distancia como para fotografiar el despegue una vez que iniciaban el vuelo.
Apenas unos pocos aleteos para despegar, y después... dejaron que la física hiciera el resto.
Los jotes, como todos los integrantes de la familia Cathartidae, son verdaderos especialistas en el vuelo planeado. Su estrategia consiste en gastar energía únicamente para despegar y, una vez en el aire, aprovechar cualquier corriente ascendente disponible, básica dinámica de fluídos, el aire caliente sube, y el frío baja.
Las más conocidas son las térmicas, columnas de aire caliente que se elevan cuando el sol calienta el suelo de manera desigual. Los jotes giran dentro de esas columnas para ganar altura y luego planean durante cientos de metros, o incluso kilómetros, hasta encontrar la siguiente.
Pero ahí apareció un detalle que me llamó la atención; porque con el frío que hacía hoy, uno imaginaría que las térmicas serían débiles. Sin embargo, estudios recientes muestran que los buitres americanos también aprovechan otro recurso, la turbulencia y las pequeñas corrientes ascendentes que genera el viento al chocar contra árboles, montes, desniveles del terreno o incluso cambios en la vegetación. Es decir, no dependen exclusivamente del aire caliente que asciende. Son capaces de "leer" una atmósfera mucho más compleja de lo que nosotros alcanzamos a percibir.
Eso explicaría bastante bien lo que vi hoy. Un día frío, sí, pero con sol y viento sostenido. Tal vez las térmicas comenzaban a formarse lentamente, o quizás esos dos jotes simplemente iban enlazando pequeñas zonas de sustentación creadas por el relieve y el viento. Lo cierto es que ascendían con una facilidad que parecía desafiar la lógica. porque a la tercer vuelta que dieron en un radio de 100 metros ya estaban a unos 300 metros de altura, 1000 feet AGL (según la jerga aeronáutica).
No es casualidad que ingenieros aeronáuticos estudien el vuelo de los buitres para desarrollar algoritmos capaces de hacer que planeadores y drones aprovechen las corrientes de aire igual que ellos. Después de millones de años de evolución, estos "pilotos" naturales siguen teniendo bastante para enseñar.
Al final, una observación casual de apenas unos minutos terminó convirtiéndose en una linda excusa para aprender algo nuevo, y esa para mí sigue siendo una de las mejores cosas que tiene salir a mirar aves, aunque sea en el patio de nuestras casas.
Pero ahí apareció un detalle que me llamó la atención; porque con el frío que hacía hoy, uno imaginaría que las térmicas serían débiles. Sin embargo, estudios recientes muestran que los buitres americanos también aprovechan otro recurso, la turbulencia y las pequeñas corrientes ascendentes que genera el viento al chocar contra árboles, montes, desniveles del terreno o incluso cambios en la vegetación. Es decir, no dependen exclusivamente del aire caliente que asciende. Son capaces de "leer" una atmósfera mucho más compleja de lo que nosotros alcanzamos a percibir.
Eso explicaría bastante bien lo que vi hoy. Un día frío, sí, pero con sol y viento sostenido. Tal vez las térmicas comenzaban a formarse lentamente, o quizás esos dos jotes simplemente iban enlazando pequeñas zonas de sustentación creadas por el relieve y el viento. Lo cierto es que ascendían con una facilidad que parecía desafiar la lógica. porque a la tercer vuelta que dieron en un radio de 100 metros ya estaban a unos 300 metros de altura, 1000 feet AGL (según la jerga aeronáutica).
No es casualidad que ingenieros aeronáuticos estudien el vuelo de los buitres para desarrollar algoritmos capaces de hacer que planeadores y drones aprovechen las corrientes de aire igual que ellos. Después de millones de años de evolución, estos "pilotos" naturales siguen teniendo bastante para enseñar.
Al final, una observación casual de apenas unos minutos terminó convirtiéndose en una linda excusa para aprender algo nuevo, y esa para mí sigue siendo una de las mejores cosas que tiene salir a mirar aves, aunque sea en el patio de nuestras casas.
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