Reserva Urutaú, Candelaria: cuando el abandono también quema
Una vez más, el fuego vuelve a ser noticia, y una vez más no por las razones que quisiéramos. En esta oportunidad, las imágenes y el video compartidos por Atilio Cantaluppi muestran el avance de un incendio de pastizales dentro de la Reserva Urutaú, en Candelaria, un lugar que debería representar justamente lo contrario: protección, conservación y compromiso con ese pequeño pero valioso patrimonio natural que todavía nos queda.
Pero cuando uno observa las imágenes cuesta no preguntarse qué queda realmente de aquella idea de reserva cuando el abandono, la falta de mantenimiento y la ausencia de respuestas convierten al lugar en terreno fértil para que una chispa termine transformándose en fuego descontrolado. Y ahí aparece una palabra que resulta difícil de esquivar: desidia.
A esto se suma algo que me han manifestado personas que concurren habitualmente a la reserva y que conocen de cerca lo que sucede allí: el ingreso constante de pescadores, la presencia de cazadores furtivos y, particularmente, la abundancia de restos de fogones que quedan en el lugar sin ser apagados correctamente. No podemos afirmar que alguno de esos fogones haya sido el origen de este incendio, porque eso debería determinarlo una investigación. Pero tampoco podemos ignorar que un fuego mal apagado en medio de un ambiente de pastizales puede convertirse rápidamente en un incendio, y que la ausencia de controles aumenta considerablemente ese riesgo.
Entonces aparece nuevamente la misma pregunta: ¿quién controla?
Porque si una reserva permite el ingreso habitual de personas que pescan, cazan o encienden fogones y no existe una presencia efectiva que controle esas actividades, estamos frente a un problema que va mucho más allá de un incendio puntual. Es la consecuencia de tener un área que, en los papeles, está destinada a conservar la naturaleza, pero que en la práctica parece quedar librada a su suerte.
Frente a un incendio no alcanza con lamentarse cuando las llamas ya están avanzando. Hace falta prevención, recursos, personal capacitado, herramientas, caminos en condiciones y, fundamentalmente, alguien que tenga la responsabilidad y la decisión de actuar antes de que el fuego llegue. Después, cuando todo arde, siempre aparecen las explicaciones, las excusas y, muchas veces, la conocida costumbre de buscar a quién corresponde la responsabilidad.
¿Quién debe hacerse cargo de la Reserva Urutaú? ¿La Municipalidad? ¿La EBY? ¿El Ministerio de Ecología? ¿Algún otro organismo? Seguramente existen convenios, responsabilidades repartidas, presupuestos asignados y diferentes explicaciones administrativas. Lo que resulta bastante más difícil de encontrar es quién se hace cargo cuando la naturaleza necesita que alguien se haga cargo de verdad.
Y aparece entonces otra pregunta, quizá más incómoda: ¿hay recursos para conservar estos lugares? ¿Hay presupuesto para prevención y combate de incendios? ¿Ese dinero llega realmente a donde tiene que llegar? Porque mientras las distintas oficinas pueden discutir competencias, partidas, convenios o responsabilidades, el fuego no discute absolutamente nada. Avanza. Y cuando avanza, no distingue entre un expediente, una repartición pública o un funcionario.
La sensación que queda al mirar estas imágenes es de profunda impotencia. Impotencia por ver cómo se pierde vegetación, cómo desaparecen refugios y alimento para innumerables especies y cómo un ambiente que tardó años, décadas o mucho más en formarse puede quedar destruido en cuestión de horas. Y también bronca, porque muchas veces da la impresión de que esperamos a que ocurra el desastre para recién entonces preguntarnos qué podríamos haber hecho para evitarlo.
No es solamente un incendio. Es también el resultado de una cadena de pequeñas ausencias: la falta de prevención, de vigilancia, de mantenimiento, de recursos, de planificación y, sobre todo, de interés. Porque conservar una reserva no debería consistir simplemente en colocarle un nombre, delimitarla en un mapa y esperar que la naturaleza se conserve sola.
Hace ya un tiempo, un amigo dijo una frase que quedó dando vueltas y que hoy vuelve a tener una vigencia tremenda: “La naturaleza, los árboles y los animales no votan.” Quizás allí esté parte de la explicación de por qué tantas veces resulta más sencillo mirar para otro lado.
Los árboles no reclaman. Los pastizales no presentan expedientes. Los animales no pueden ir a golpear la puerta de una oficina para preguntar por qué nadie llegó cuando comenzó el fuego. Y la naturaleza, lamentablemente, tampoco tiene quién la represente cuando las prioridades de quienes deberían protegerla parecen estar en otro lugar.
No se trata de señalar gratuitamente a una persona determinada ni de desconocer las dificultades reales que implica combatir un incendio. Se trata de algo mucho más simple: preguntar quién está cuidando la Reserva Urutaú, quién controla el ingreso de personas y qué se está haciendo para que esto no vuelva a suceder.
Porque si una reserva termina librada a la buena de Dios, entonces quizás haya llegado el momento de preguntarnos para qué la llamamos reserva.
Y mientras nosotros discutimos quién debía hacer qué, la naturaleza vuelve a ser la que pierde... Una vez más.
Fotografías y video: Atilio Hector Cantalupi
Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.
Tus hijos te lo agradecerán.
8 sept 2026
Soldadito Común Lophospingus pusillus (Burmeister, KHK, 1860) Black-crested Finch
El primer viaje después del timbre
Hay momentos en la vida que marcan un antes y un después, y para mí, uno de los más hermosos fue colgar el portafolio y olvidarme del timbre. Después de tantos años de aulas, horarios, reuniones, planificaciones y corridas, llegó finalmente ese momento en que el reloj dejó de ser el que marcaba nuestros tiempos. Al poco tiempo de habernos jubilado de nuestras tareas docentes, mi hermana, mi cuñado y yo armamos las valijas y emprendimos un viaje hacia Santa Cruz para pasar unos días en Caleta Olivia. Antes de regresar a Posadas decidimos hacer una escala en el norte de Córdoba, más precisamente en Quilino. Lo que yo todavía no sabía era que aquel viaje, pensado simplemente como unos días de descanso y una oportunidad para compartir en familia, terminaría convirtiéndose en el escenario de mi primer registro del Soldadito chaqueño (Lophospingus pusillus).
La primera mañana en el pueblo amaneció radiante. Con mi cuñado decidimos salir a caminar por el barrio, recorriendo esas calles polvorientas tan típicas de la región, con el único propósito de que él pudiera saludar a amigos y conocidos de su infancia. Para él era un pequeño viaje hacia los recuerdos; para mí, como casi siempre, cualquier caminata podía transformarse en una salida de observación. Y mi ojo de observador no tardó en distraerse con un detalle agridulce: me llamó poderosamente la atención la cantidad de gente que tenía jaulas en sus patios.
Cardenales, pepiteros de collar, jilgueros, reinamoras... y entre ellos, varios soldaditos. La escena me generó una mezcla difícil de explicar: por un lado, la fascinación de poder observar de cerca aves tan hermosas y, por otro, la tristeza y cierta ansiedad por verlas en el lugar al que realmente pertenecían. No podía dejar de pensar en lo diferente que debía ser contemplarlas entre los arbustos y el monte, moviéndose libremente, en lugar de detrás de los barrotes. Por eso no veía la hora de que llegara el momento de salir a recorrer los caminos rurales, bien alejados del pueblo, para buscarlos en libertad.
La espera no fue larga. Esa misma tarde salimos a explorar los alrededores de Quilino, internándonos por esos caminos polvorientos típicos de la región, donde el monte seco, los arbustos espinosos, los algarrobos y los cactus van dibujando un paisaje muy diferente al que estoy acostumbrado a ver en Misiones. Y allí estaban. El encuentro finalmente se produjo y pude lograr unas tomas más que interesantes, gracias también a un detalle que me sorprendió gratamente: lo confiado de su comportamiento.
El Soldadito chaqueño es un ave curiosa que suele moverse a baja altura o directamente en el suelo, buscando semillas entre la vegetación. En lugar de salir espantado ante mi presencia, se quedó lo suficientemente cerca como para regalarme sus mejores ángulos. Para alguien que estaba haciendo sus primeros viajes como jubilado y que todavía estaba descubriendo cómo sería esa nueva vida sin el apuro del calendario escolar, aquel encuentro tuvo algo de simbólico. Mientras lo fotografiaba, no pude evitar un pensamiento amargo: con razón son tan fáciles de capturar para el mascotismo. Su comportamiento confiado, sumado a su belleza, termina convirtiéndose en una desventaja cuando el ser humano decide que un ave silvestre tiene que decorar una jaula. Una pena enorme para un pájaro que despliega tanta gracia cuando es libre.
Un poco de ciencia sobre el Lophospingus pusillus:
Para quienes siguen el blog y quieren conocer también el lado más técnico de este amiguito, aquí les dejo algunos datos clave de la especie.
Identificación: Es una pequeña ave paseriforme de unos 13 centímetros de longitud. Lo que más destaca en el macho es su elegante copete negro, que contrasta fuertemente con sus cejas blancas y su garganta negra. Su dorso es grisáceo y el vientre más claro. Las hembras y los juveniles presentan tonos más pardos y apagados, sin el negro tan marcado en la cabeza.
Hábitat y distribución: Es una especie característica del bioma chaqueño de América del Sur. Se distribuye por el oeste de Paraguay, el sur de Bolivia y el norte y centro de Argentina. Su presencia en Quilino es un calco de su ambiente ideal: bosques secos, zonas de arbustos espinosos, algarrobos y áreas con cactus.
Alimentación y comportamiento: Son principalmente granívoros, es decir, se alimentan fundamentalmente de semillas, aunque durante la época reproductiva incorporan insectos a su dieta. Suelen andar en parejas o en pequeños grupos y, en ocasiones, pueden asociarse con otras especies de emberízidos.
A la distancia, puede parecer que aquel viaje fue simplemente uno más entre tantos. Pero para mí significó bastante más. Fue uno de los primeros viajes después de la jubilación, compartido con mi hermana y mi cuñado, y tuvo además ese ingrediente especial de permitirle a él reencontrarse con amigos y lugares de su infancia. Mientras ellos recuperaban recuerdos, yo comenzaba a construir otros nuevos, cámara en mano, descubriendo que ahora había algo que podía hacer sin mirar el reloj ni pensar en que al día siguiente había que volver a las aulas.
Este viaje post-jubilación no solo nos regaló anécdotas familiares inolvidables y el reencuentro con los afectos de la infancia de mi cuñado, sino también este valioso registro fotográfico. Ver al Soldadito chaqueño exhibir su copete en una rama seca del monte cordobés, libre y dueño de su entorno, fue mucho más que conseguir una nueva especie para mis archivos: fue una pequeña bienvenida a una etapa diferente de la vida. Y quizás por eso, cada vez que vuelvo a mirar estas fotos, no veo solamente un Soldadito chaqueño. Vuelvo a ver aquellas calles de Quilino, los caminos polvorientos, el monte seco, el viaje compartido y esa sensación maravillosa de haber dejado atrás el timbre para empezar a escuchar otros sonidos. Entre ellos, por supuesto, el de las aves al retomar una vez mas esta apasionante actividad.
Mapa de distribución en América del Sur Copyright de los mapas
Copyright-Ebird (www.ebird.org)
Hay momentos en la vida que marcan un antes y un después, y para mí, uno de los más hermosos fue colgar el portafolio y olvidarme del timbre. Después de tantos años de aulas, horarios, reuniones, planificaciones y corridas, llegó finalmente ese momento en que el reloj dejó de ser el que marcaba nuestros tiempos. Al poco tiempo de habernos jubilado de nuestras tareas docentes, mi hermana, mi cuñado y yo armamos las valijas y emprendimos un viaje hacia Santa Cruz para pasar unos días en Caleta Olivia. Antes de regresar a Posadas decidimos hacer una escala en el norte de Córdoba, más precisamente en Quilino. Lo que yo todavía no sabía era que aquel viaje, pensado simplemente como unos días de descanso y una oportunidad para compartir en familia, terminaría convirtiéndose en el escenario de mi primer registro del Soldadito chaqueño (Lophospingus pusillus).
La primera mañana en el pueblo amaneció radiante. Con mi cuñado decidimos salir a caminar por el barrio, recorriendo esas calles polvorientas tan típicas de la región, con el único propósito de que él pudiera saludar a amigos y conocidos de su infancia. Para él era un pequeño viaje hacia los recuerdos; para mí, como casi siempre, cualquier caminata podía transformarse en una salida de observación. Y mi ojo de observador no tardó en distraerse con un detalle agridulce: me llamó poderosamente la atención la cantidad de gente que tenía jaulas en sus patios.
Cardenales, pepiteros de collar, jilgueros, reinamoras... y entre ellos, varios soldaditos. La escena me generó una mezcla difícil de explicar: por un lado, la fascinación de poder observar de cerca aves tan hermosas y, por otro, la tristeza y cierta ansiedad por verlas en el lugar al que realmente pertenecían. No podía dejar de pensar en lo diferente que debía ser contemplarlas entre los arbustos y el monte, moviéndose libremente, en lugar de detrás de los barrotes. Por eso no veía la hora de que llegara el momento de salir a recorrer los caminos rurales, bien alejados del pueblo, para buscarlos en libertad.
La espera no fue larga. Esa misma tarde salimos a explorar los alrededores de Quilino, internándonos por esos caminos polvorientos típicos de la región, donde el monte seco, los arbustos espinosos, los algarrobos y los cactus van dibujando un paisaje muy diferente al que estoy acostumbrado a ver en Misiones. Y allí estaban. El encuentro finalmente se produjo y pude lograr unas tomas más que interesantes, gracias también a un detalle que me sorprendió gratamente: lo confiado de su comportamiento.
El Soldadito chaqueño es un ave curiosa que suele moverse a baja altura o directamente en el suelo, buscando semillas entre la vegetación. En lugar de salir espantado ante mi presencia, se quedó lo suficientemente cerca como para regalarme sus mejores ángulos. Para alguien que estaba haciendo sus primeros viajes como jubilado y que todavía estaba descubriendo cómo sería esa nueva vida sin el apuro del calendario escolar, aquel encuentro tuvo algo de simbólico. Mientras lo fotografiaba, no pude evitar un pensamiento amargo: con razón son tan fáciles de capturar para el mascotismo. Su comportamiento confiado, sumado a su belleza, termina convirtiéndose en una desventaja cuando el ser humano decide que un ave silvestre tiene que decorar una jaula. Una pena enorme para un pájaro que despliega tanta gracia cuando es libre.
Un poco de ciencia sobre el Lophospingus pusillus:
Para quienes siguen el blog y quieren conocer también el lado más técnico de este amiguito, aquí les dejo algunos datos clave de la especie.
Identificación: Es una pequeña ave paseriforme de unos 13 centímetros de longitud. Lo que más destaca en el macho es su elegante copete negro, que contrasta fuertemente con sus cejas blancas y su garganta negra. Su dorso es grisáceo y el vientre más claro. Las hembras y los juveniles presentan tonos más pardos y apagados, sin el negro tan marcado en la cabeza.
Hábitat y distribución: Es una especie característica del bioma chaqueño de América del Sur. Se distribuye por el oeste de Paraguay, el sur de Bolivia y el norte y centro de Argentina. Su presencia en Quilino es un calco de su ambiente ideal: bosques secos, zonas de arbustos espinosos, algarrobos y áreas con cactus.
Alimentación y comportamiento: Son principalmente granívoros, es decir, se alimentan fundamentalmente de semillas, aunque durante la época reproductiva incorporan insectos a su dieta. Suelen andar en parejas o en pequeños grupos y, en ocasiones, pueden asociarse con otras especies de emberízidos.
A la distancia, puede parecer que aquel viaje fue simplemente uno más entre tantos. Pero para mí significó bastante más. Fue uno de los primeros viajes después de la jubilación, compartido con mi hermana y mi cuñado, y tuvo además ese ingrediente especial de permitirle a él reencontrarse con amigos y lugares de su infancia. Mientras ellos recuperaban recuerdos, yo comenzaba a construir otros nuevos, cámara en mano, descubriendo que ahora había algo que podía hacer sin mirar el reloj ni pensar en que al día siguiente había que volver a las aulas.
Este viaje post-jubilación no solo nos regaló anécdotas familiares inolvidables y el reencuentro con los afectos de la infancia de mi cuñado, sino también este valioso registro fotográfico. Ver al Soldadito chaqueño exhibir su copete en una rama seca del monte cordobés, libre y dueño de su entorno, fue mucho más que conseguir una nueva especie para mis archivos: fue una pequeña bienvenida a una etapa diferente de la vida. Y quizás por eso, cada vez que vuelvo a mirar estas fotos, no veo solamente un Soldadito chaqueño. Vuelvo a ver aquellas calles de Quilino, los caminos polvorientos, el monte seco, el viaje compartido y esa sensación maravillosa de haber dejado atrás el timbre para empezar a escuchar otros sonidos. Entre ellos, por supuesto, el de las aves al retomar una vez mas esta apasionante actividad.
Mapa de distribución en América del Sur Copyright de los mapas
Copyright-Ebird (www.ebird.org)
7 sept 2026
Kilómetros, aves, y recuerdos de la ruta...
Si el Espinal argentino tuviera un bando de vecinos ruidosos, organizados y con un ego del tamaño de la copa de un algarrobo, el cacholote castaño (Pseudoseisura lophotes) sería, sin dudas, el presidente del consorcio.
A primera vista, su silueta estilizada de un marrón canela profundo y ese copete desgreñado que despliega como una corona le dan un aire de distinción. Pero basta quedarse unos minutos bajo su territorio para entender por qué en el mundo de la observación de aves se lo respeta como el "súper furnárido". El cacholote no pasa desapercibido; no sabe lo que significa la discreción.
Un temperamento de armas tomar:
Olvídense de las aves melancólicas que cantan al amanecer con timidez. El cacholote castaño tiene un temperamento audaz, territorial y profundamente carismático. No camina por el suelo: domina el suelo. Se desplaza a saltos largos, firmes, revisando la hojarasca con la confianza de quien es dueño de la estancia.
Si un intruso se acerca a su zona, ya sea un gavilán, un zorro o un curioso con binoculares, el cacholote no huye. Al contrario, se planta. Levanta su cresta, agita las alas y desata una de las misiones más complejas del monte: el bochinche comunitario.
La orquesta del caos (y la hermandad):
Porque si algo define a esta emblemática especie es su vida gregaria. Rara vez verás a un cacholote en absoluta soledad. Se mueven en parejas o en ruidosos grupos familiares. Cuando uno arranca a cantar, el resto se acopla en un coro perfectamente sincronizado de gritos estridentes, ásperos y metálicos que parecen carcajadas ásperas rompiendo la calma del monte. Es un despliegue de energía vocal que sirve para dos cosas: avisar que ese territorio ya tiene dueño y reforzar los lazos de la banda. En el Espinal, la familia lo es todo.
Megaconstrucciones en el monte: el nido de palitos:
Pero la verdadera obra maestra del cacholote castaño, la que le otorga con creces el título de súper furnárido (pariente gigante de nuestro querido hornero), es su ingeniería civil.
Mientras el hornero trabaja el barro, el cacholote es el rey del palito armado. Sus nidos son auténticas fortalezas colgantes o apoyadas en las ramas de los espinillos y algarrobos. Hablamos de estructuras voluminosas, colosales para el tamaño del ave, que pueden medir más de un metro de diámetro.
Construidos con ramitas espinosas entrelazadas con una fuerza asombrosa, estos nidos son verdaderos búnkeres anti-depredadores. Tienen un túnel de entrada curvo que conduce a una cámara de incubación acolchada y segura. Lo más fascinante es que estas construcciones son tan resistentes que duran años y, a menudo, cuando los cacholotes las mudan o las amplían, se convierten en el hogar o refugio de muchas otras especies del NEA. Son, literalmente, los arquitectos del ecosistema.
Ver un grupo de cacholotes castaños defendiendo su fortaleza, gritándose las novedades del día a voz en cuello y acomodando con obsesivo cuidado una rama espinosa tres veces más grande que ellos, es uno de los espectáculos más vibrantes del Espinal. Son el alma ruidosa, valiente y constructora de nuestra tierra.
Grandes recuerdos de estos años transcurridos:
Para quienes pajareamos habitualmente en Misiones, el cacholote castaño es una figurita difícil porque su distribución no llega hasta nuestra provincia. Es un ave que disfruto muchísimo observar justamente por eso, volver a mirar estas fotos me trae un recuerdo hermoso de las jornadas de observación en diversos rincones del país, donde estos personajes me regalaron sus mejores poses y, por supuesto, sus infaltables conciertos.
Y quizá ahí esté una de las cosas más lindas que me dejó esto de salir a buscar aves durante tantos años; cuando uno vuelve a mirar una fotografía, muchas veces no está mirando solamente al ave. Está volviendo a un camino, a un paisaje, a una mañana, a una charla, a unos mates compartidos y a las personas que estaban ahí. Detrás de muchas de estas fotos hay kilómetros y kilómetros recorridos durante años, rutas interminables, madrugones, equipaje, encuentros y también alguna que otra aventura que quedó guardada en la memoria mucho antes que en el disco rígido.
Hay fotos de Corrientes, de Río Negro, de Córdoba y de tantos otros lugares que fueron apareciendo en el camino. Algunas salieron durante una jornada dedicada casi exclusivamente a pajarear; otras, en medio de un viaje familiar, cuando la cámara y los binoculares viajaban como podían entre los demás planes. Y están también esos viajes que uno recuerda especialmente por haberlos compartido con amigos o con la familia, como aquel viaje de 2022 junto a mi hermana y mi cuñado, que terminó dejando mucho más que fotografías, o aquel viaje compartido con amigos al campo del Doc. Prato en el Taragüí.
Al final, quizás las aves sean solamente una parte de la historia. Son la excusa perfecta para ponerse en marcha, para conocer lugares, para recorrer kilómetros y, sobre todo, para compartir. Porque con los años uno descubre que la verdadera colección no está solamente en la carpeta de fotografías. También está en los caminos recorridos, en las personas que nos acompañaron y en esos recuerdos que una foto vieja tiene la capacidad de devolvernos de golpe.
Y estos cacholotes, con su pinta de patrón del monte y su particular manera de hacer saber a todo el mundo que están ahí, hoy me devolvieron esos recuerdos. Un recuerdo correntino, un Rionegrino, y un Cordobés también, recuerdos de esos que siguen haciendo ruido… aunque hayan pasado unos cuantos años.
Un temperamento de armas tomar:
Olvídense de las aves melancólicas que cantan al amanecer con timidez. El cacholote castaño tiene un temperamento audaz, territorial y profundamente carismático. No camina por el suelo: domina el suelo. Se desplaza a saltos largos, firmes, revisando la hojarasca con la confianza de quien es dueño de la estancia.
Si un intruso se acerca a su zona, ya sea un gavilán, un zorro o un curioso con binoculares, el cacholote no huye. Al contrario, se planta. Levanta su cresta, agita las alas y desata una de las misiones más complejas del monte: el bochinche comunitario.
La orquesta del caos (y la hermandad):
Porque si algo define a esta emblemática especie es su vida gregaria. Rara vez verás a un cacholote en absoluta soledad. Se mueven en parejas o en ruidosos grupos familiares. Cuando uno arranca a cantar, el resto se acopla en un coro perfectamente sincronizado de gritos estridentes, ásperos y metálicos que parecen carcajadas ásperas rompiendo la calma del monte. Es un despliegue de energía vocal que sirve para dos cosas: avisar que ese territorio ya tiene dueño y reforzar los lazos de la banda. En el Espinal, la familia lo es todo.
Megaconstrucciones en el monte: el nido de palitos:
Pero la verdadera obra maestra del cacholote castaño, la que le otorga con creces el título de súper furnárido (pariente gigante de nuestro querido hornero), es su ingeniería civil.
Mientras el hornero trabaja el barro, el cacholote es el rey del palito armado. Sus nidos son auténticas fortalezas colgantes o apoyadas en las ramas de los espinillos y algarrobos. Hablamos de estructuras voluminosas, colosales para el tamaño del ave, que pueden medir más de un metro de diámetro.
Construidos con ramitas espinosas entrelazadas con una fuerza asombrosa, estos nidos son verdaderos búnkeres anti-depredadores. Tienen un túnel de entrada curvo que conduce a una cámara de incubación acolchada y segura. Lo más fascinante es que estas construcciones son tan resistentes que duran años y, a menudo, cuando los cacholotes las mudan o las amplían, se convierten en el hogar o refugio de muchas otras especies del NEA. Son, literalmente, los arquitectos del ecosistema.
Ver un grupo de cacholotes castaños defendiendo su fortaleza, gritándose las novedades del día a voz en cuello y acomodando con obsesivo cuidado una rama espinosa tres veces más grande que ellos, es uno de los espectáculos más vibrantes del Espinal. Son el alma ruidosa, valiente y constructora de nuestra tierra.
Grandes recuerdos de estos años transcurridos:
Para quienes pajareamos habitualmente en Misiones, el cacholote castaño es una figurita difícil porque su distribución no llega hasta nuestra provincia. Es un ave que disfruto muchísimo observar justamente por eso, volver a mirar estas fotos me trae un recuerdo hermoso de las jornadas de observación en diversos rincones del país, donde estos personajes me regalaron sus mejores poses y, por supuesto, sus infaltables conciertos.
Y quizá ahí esté una de las cosas más lindas que me dejó esto de salir a buscar aves durante tantos años; cuando uno vuelve a mirar una fotografía, muchas veces no está mirando solamente al ave. Está volviendo a un camino, a un paisaje, a una mañana, a una charla, a unos mates compartidos y a las personas que estaban ahí. Detrás de muchas de estas fotos hay kilómetros y kilómetros recorridos durante años, rutas interminables, madrugones, equipaje, encuentros y también alguna que otra aventura que quedó guardada en la memoria mucho antes que en el disco rígido.
Hay fotos de Corrientes, de Río Negro, de Córdoba y de tantos otros lugares que fueron apareciendo en el camino. Algunas salieron durante una jornada dedicada casi exclusivamente a pajarear; otras, en medio de un viaje familiar, cuando la cámara y los binoculares viajaban como podían entre los demás planes. Y están también esos viajes que uno recuerda especialmente por haberlos compartido con amigos o con la familia, como aquel viaje de 2022 junto a mi hermana y mi cuñado, que terminó dejando mucho más que fotografías, o aquel viaje compartido con amigos al campo del Doc. Prato en el Taragüí.
Al final, quizás las aves sean solamente una parte de la historia. Son la excusa perfecta para ponerse en marcha, para conocer lugares, para recorrer kilómetros y, sobre todo, para compartir. Porque con los años uno descubre que la verdadera colección no está solamente en la carpeta de fotografías. También está en los caminos recorridos, en las personas que nos acompañaron y en esos recuerdos que una foto vieja tiene la capacidad de devolvernos de golpe.
Y estos cacholotes, con su pinta de patrón del monte y su particular manera de hacer saber a todo el mundo que están ahí, hoy me devolvieron esos recuerdos. Un recuerdo correntino, un Rionegrino, y un Cordobés también, recuerdos de esos que siguen haciendo ruido… aunque hayan pasado unos cuantos años.
6 sept 2026
El que nunca mira el reloj...
Hay cosas que anuncian que una época del año está llegando mucho antes que cualquier calendario, y en mi caso una de ellas son mis infaltables despertadores de plumas. Por estos días empiezan a activarse nuevamente temprano, muy temprano, tanto que uno podría sospechar que el zorzal chalchalero y su primo, el zorzal colorado, viven directamente en un huso horario adelantado. Está oscuro todavía, uno sigue tratando de convencer al cuerpo de que falta bastante para levantarse y ellos ya están a full, cantando como si el sol estuviera por salir en cualquier momento.
El nombre “chalchalero” no es casualidad. Viene de uno de sus alimentos preferidos, los frutos del chalchal, también conocido como cocú, un arbusto nativo que produce esos pequeños frutos redondos y dulces que forman parte de su dieta. Y hay una curiosidad simpática detrás del nombre de aquel famoso conjunto folclórico salteño que todos conocemos como Los Chalchaleros: cuando comenzaron su historia, allá por 1948, eligieron ese nombre como una forma de representar sus comienzos, sintiendo que todavía eran aprendices y no grandes expertos en la música. Una coincidencia bastante linda, porque si hay algo que caracteriza al zorzal chalchalero es precisamente su condición de cantor incansable.
Como otros zorzales, tiene la particularidad de hacerse escuchar cuando buena parte del mundo todavía está dormida, especialmente al amanecer y también al caer la tarde. Su canto termina siendo parte del paisaje sonoro de pueblos y ciudades, y quizás por eso estos zorzales tienen también un lugar especial en nuestra cultura popular y en las tonadas del norte argentino, donde el zorzal aparece asociado a la libertad, al monte y a ese paisaje criollo que tantas veces encontró en las aves una manera de cantar.
Estas fotos son apenas un registro más de uno de esos personajes que, sin pedir permiso y mucho menos consultar el reloj, se encargan de recordarme que empezó nuevamente la temporada de los madrugones. Y mientras yo todavía estoy pensando si vale la pena abrir los ojos, ellos ya tienen clarísimo que el día comenzó hace rato. Definitivamente, mis despertadores tienen plumas y no conocen el botón de posponer alarma.
El nombre “chalchalero” no es casualidad. Viene de uno de sus alimentos preferidos, los frutos del chalchal, también conocido como cocú, un arbusto nativo que produce esos pequeños frutos redondos y dulces que forman parte de su dieta. Y hay una curiosidad simpática detrás del nombre de aquel famoso conjunto folclórico salteño que todos conocemos como Los Chalchaleros: cuando comenzaron su historia, allá por 1948, eligieron ese nombre como una forma de representar sus comienzos, sintiendo que todavía eran aprendices y no grandes expertos en la música. Una coincidencia bastante linda, porque si hay algo que caracteriza al zorzal chalchalero es precisamente su condición de cantor incansable.
Como otros zorzales, tiene la particularidad de hacerse escuchar cuando buena parte del mundo todavía está dormida, especialmente al amanecer y también al caer la tarde. Su canto termina siendo parte del paisaje sonoro de pueblos y ciudades, y quizás por eso estos zorzales tienen también un lugar especial en nuestra cultura popular y en las tonadas del norte argentino, donde el zorzal aparece asociado a la libertad, al monte y a ese paisaje criollo que tantas veces encontró en las aves una manera de cantar.
Estas fotos son apenas un registro más de uno de esos personajes que, sin pedir permiso y mucho menos consultar el reloj, se encargan de recordarme que empezó nuevamente la temporada de los madrugones. Y mientras yo todavía estoy pensando si vale la pena abrir los ojos, ellos ya tienen clarísimo que el día comenzó hace rato. Definitivamente, mis despertadores tienen plumas y no conocen el botón de posponer alarma.
La reunión de los Ipé chuirirí
Hay encuentros que uno se cruza casi de casualidad y que terminan convirtiéndose en una de esas pequeñas escenas que quedan guardadas en la memoria. Esta vez, al costado del camino de acceso a Cambyretá, la protagonista era una verdadera reunión de Ipé chuirirí. Eran muchos, tantos que la cuenta la voy a hacer yo, porque si dejo que la hagan ellos probablemente todavía estén discutiendo quién llegó primero y quién se quedó con el mejor lugar.
Para quienes no conocen el nombre, Ipé chuirirí es uno de los nombres regionales que figuran para esta especie en la Guía de Aves de Argentina del Dr. Martín de la Peña, y reconozco que es de esos nombres que tienen algo especial, de esos que parecen venir cargados con un poquito de paisaje y de identidad regional. Por eso, esta vez quise que fueran ellos, los Ipé chuirirí, los que dieran título a esta reunión bastante particular.
Y claro, semejante cantidad de patos, juntos era una invitación imposible de rechazar para alguien con mis habituales delirios fotográficos, 12 para ser mas exactos los que logré fotografiar juntos. Porque una cosa es encontrarse con uno o dos y tratar de hacer una buena foto, y otra muy distinta es tener semejante reunión delante de la cámara y pretender que, aunque sea por un instante, todos miren para el mismo lado. Ese tipo de desafíos que uno se inventa solo, sin que nadie se los haya pedido y, por supuesto, sin ninguna posibilidad real de éxito.
Uno mira por el visor de la cámara, espera, encuadra, aguanta la respiración y piensa: "Ahora sí…". Pero el fotógrafo intenta y la Madre Natura dispone. Cuando uno mira hacia un lado, otro decide mirar hacia el otro; cuando finalmente varios parecen ponerse de acuerdo, alguno mete la cabeza debajo del agua; y cuando por fin casi todos están acomodados, aparece uno que evidentemente recibió la orden de hacer exactamente lo contrario.
Y como si no fuera suficiente con semejante desorden, entre tantos participantes apareció también uno bastante más tímido que el resto. Un verdadero avergonzado que, vaya uno a saber por qué, decidió esconderse detrás de los demás para no mostrar la cara en las fotos. Quizás no tenía ganas de salir en el blog, quizás todavía no había pasado por la peluquería o simplemente entendió antes que nosotros que no siempre es conveniente quedar expuesto en una reunión tan concurrida.
Así fue esta particular reunión de los Ipé chuirirí, una de esas escenas sencillas que ofrece el camino de Cambyretá cuando uno va con los ojos atentos y la cámara preparada. No hubo manera de conseguir la foto perfecta, con todos mirando obedientemente hacia el mismo lugar, pero justamente ahí está también parte de la gracia de fotografiar aves: intentar ordenar en una imagen lo que la naturaleza se empeña en mantener desordenado.
Y mientras yo seguía esperando ese imposible momento de sincronización, ellos continuaban con su vida, bastante más despreocupados que el fotógrafo que estaba del otro lado del camino tratando de ponerlos de acuerdo. Al final, como casi siempre, la naturaleza ganó por goleada… y nosotros nos quedamos con una secuencia de fotos y una buena historia para contar.
Para quienes no conocen el nombre, Ipé chuirirí es uno de los nombres regionales que figuran para esta especie en la Guía de Aves de Argentina del Dr. Martín de la Peña, y reconozco que es de esos nombres que tienen algo especial, de esos que parecen venir cargados con un poquito de paisaje y de identidad regional. Por eso, esta vez quise que fueran ellos, los Ipé chuirirí, los que dieran título a esta reunión bastante particular.
Y claro, semejante cantidad de patos, juntos era una invitación imposible de rechazar para alguien con mis habituales delirios fotográficos, 12 para ser mas exactos los que logré fotografiar juntos. Porque una cosa es encontrarse con uno o dos y tratar de hacer una buena foto, y otra muy distinta es tener semejante reunión delante de la cámara y pretender que, aunque sea por un instante, todos miren para el mismo lado. Ese tipo de desafíos que uno se inventa solo, sin que nadie se los haya pedido y, por supuesto, sin ninguna posibilidad real de éxito.
Uno mira por el visor de la cámara, espera, encuadra, aguanta la respiración y piensa: "Ahora sí…". Pero el fotógrafo intenta y la Madre Natura dispone. Cuando uno mira hacia un lado, otro decide mirar hacia el otro; cuando finalmente varios parecen ponerse de acuerdo, alguno mete la cabeza debajo del agua; y cuando por fin casi todos están acomodados, aparece uno que evidentemente recibió la orden de hacer exactamente lo contrario.
Y como si no fuera suficiente con semejante desorden, entre tantos participantes apareció también uno bastante más tímido que el resto. Un verdadero avergonzado que, vaya uno a saber por qué, decidió esconderse detrás de los demás para no mostrar la cara en las fotos. Quizás no tenía ganas de salir en el blog, quizás todavía no había pasado por la peluquería o simplemente entendió antes que nosotros que no siempre es conveniente quedar expuesto en una reunión tan concurrida.
Así fue esta particular reunión de los Ipé chuirirí, una de esas escenas sencillas que ofrece el camino de Cambyretá cuando uno va con los ojos atentos y la cámara preparada. No hubo manera de conseguir la foto perfecta, con todos mirando obedientemente hacia el mismo lugar, pero justamente ahí está también parte de la gracia de fotografiar aves: intentar ordenar en una imagen lo que la naturaleza se empeña en mantener desordenado.
Y mientras yo seguía esperando ese imposible momento de sincronización, ellos continuaban con su vida, bastante más despreocupados que el fotógrafo que estaba del otro lado del camino tratando de ponerlos de acuerdo. Al final, como casi siempre, la naturaleza ganó por goleada… y nosotros nos quedamos con una secuencia de fotos y una buena historia para contar.
4 sept 2026
Nombres que cambian, recuerdos que quedan.
Hay lugares que con el paso de los años terminan siendo mucho más que un punto en el mapa, y para nosotros el camino de acceso al portal norte del Parque Nacional Iberá, en Cambyretá, es uno de esos. Cuántas veces habremos recorrido esos kilómetros, despacio, mirando hacia los costados, frenando por cualquier movimiento entre los pastizales, esperando que apareciera algo nuevo o simplemente disfrutando de volver a encontrarnos con aquellos viejos conocidos que ya formaban parte del paisaje. En esos años había especies que parecían estar siempre allí, casi como si tuvieran reservado su lugar a la vera del camino, y el Pecho Amarillo era, sin dudas, uno de ellos.
Hoy vuelvo a encontrarme con tres fotografías de aquella especie que durante mucho tiempo llamamos Pecho Amarillo Común y que, como tantas otras cosas que quedaron esperando durante este largo paréntesis de actividad del blog, también cambió de nombre mientras nosotros estábamos en otra historia. Ahora es simplemente Pecho Amarillo, pero más allá de cómo decidieron llamarlo los que se ocupan de poner orden en la taxonomía, para nosotros sigue siendo aquel pecho amarillo de Cambyretá, el que aparecía con frecuencia durante aquellas jornadas interminables de pajareo, cuando todavía parecía que había tiempo para todo y cada salida podía terminar en una nueva historia para contar.
Lo curioso es que al volver sobre aquellos recuerdos también aparece una pequeña contradicción: aquello que alguna vez considerábamos común ya no me parece tan común. Tal vez porque el paisaje cambió, tal vez porque cambiaron las aves, o quizás porque después de tantos años uno empieza a prestar atención justamente a esas cosas que antes pasaban desapercibidas. Lo que antes era casi una presencia asegurada hoy se disfruta un poco más cuando aparece, y eso también forma parte de la experiencia de volver a mirar las mismas fotos después de tantos años.
Así que hoy van tres fotos de un viejo conocido, tomadas en ese camino que tantas veces recorrimos y que seguramente todavía guarda unas cuantas historias esperando ser encontradas. Cambió el nombre, pasó el tiempo y quizás también cambió algo en el paisaje, pero hay recuerdos que quedan asociados para siempre a un lugar y a una especie. Y este Pecho Amarillo, para mí, sigue teniendo un poco de aquel Cambyretá de aquellos años, cuando lo común todavía no sabíamos que algún día iba a dejar de serlo.
Hoy vuelvo a encontrarme con tres fotografías de aquella especie que durante mucho tiempo llamamos Pecho Amarillo Común y que, como tantas otras cosas que quedaron esperando durante este largo paréntesis de actividad del blog, también cambió de nombre mientras nosotros estábamos en otra historia. Ahora es simplemente Pecho Amarillo, pero más allá de cómo decidieron llamarlo los que se ocupan de poner orden en la taxonomía, para nosotros sigue siendo aquel pecho amarillo de Cambyretá, el que aparecía con frecuencia durante aquellas jornadas interminables de pajareo, cuando todavía parecía que había tiempo para todo y cada salida podía terminar en una nueva historia para contar.
Lo curioso es que al volver sobre aquellos recuerdos también aparece una pequeña contradicción: aquello que alguna vez considerábamos común ya no me parece tan común. Tal vez porque el paisaje cambió, tal vez porque cambiaron las aves, o quizás porque después de tantos años uno empieza a prestar atención justamente a esas cosas que antes pasaban desapercibidas. Lo que antes era casi una presencia asegurada hoy se disfruta un poco más cuando aparece, y eso también forma parte de la experiencia de volver a mirar las mismas fotos después de tantos años.
Así que hoy van tres fotos de un viejo conocido, tomadas en ese camino que tantas veces recorrimos y que seguramente todavía guarda unas cuantas historias esperando ser encontradas. Cambió el nombre, pasó el tiempo y quizás también cambió algo en el paisaje, pero hay recuerdos que quedan asociados para siempre a un lugar y a una especie. Y este Pecho Amarillo, para mí, sigue teniendo un poco de aquel Cambyretá de aquellos años, cuando lo común todavía no sabíamos que algún día iba a dejar de serlo.
3 sept 2026
El chiricote y ese raro momento en que hago las cosas bien
Hoy tengo que reconocerlo: estas dos fotos del chiricote me gustan muchísimo. Y sí, son fotos mías, así que por una vez me voy a permitir decirlo sin vueltas: son dos fotones. 😁 Claro que tampoco hay que sacar conclusiones apresuradas, porque no es que de repente me haya convertido en un fotógrafo extraordinario; de vez en cuando también me salen buenas fotos, muy de vez en cuando, generalmente cuando soy obediente y hago exactamente lo que tantas veces uno recomienda hacer cuando sale a fotografiar aves.
Esta vez fue en Ombú Chico, durante aquel último fin de semana de pajareo que compartimos los tres, con Willy y con Luisito Krause, disfrutando de esos días que hoy, con un poco de distancia, se extrañan bastante. La escena no tenía ningún secreto ni requería de grandes maniobras: yo estaba sentado junto a Willy, mate de por medio, a unos tres metros del comedero, esperando tranquilamente que alguno de los visitantes habituales decidiera regalarnos una oportunidad. La cámara estaba armada sobre el trípode, sin flash, lista para disparar cuando apareciera el modelo indicado. Y apareció el chiricote.
Ahí entró en juego esa parte aburrida pero fundamental de la fotografía de aves: apertura máxima permitida por mi lente para aprovechar al máximo la luz disponible, ISO bajo para evitar que el ruido arruinara el detalle y una velocidad que me permitiera congelar el movimiento sin sacrificar calidad. Nada de perseguirlo por el monte, nada de acercamientos imposibles, nada de hacer malabares con la cámara. Simplemente sentarse, esperar y estar preparado.
Y acá aparece otra de esas pequeñas verdades que uno aprende con los años: muchas veces la buena foto no depende solamente de tener una gran cámara o de encontrar un ave extraordinaria, sino de estar en el lugar correcto, tener el equipo preparado y, sobre todo, no apurarse. Cuando el fotógrafo deja de molestar al fotógrafo y empieza a hacerle caso a la técnica, las cosas suelen funcionar bastante mejor. 😄
El chiricote se quedó el tiempo suficiente, la luz acompañó, el fondo ayudó y, por una vez, todos los planetas parecieron alinearse. Yo solamente tuve que hacer mi parte y apretar el disparador.
Así que hoy no hay grandes aventuras ni historias de persecuciones detrás de una especie difícil. Hay dos fotos, un chiricote tranquilo, unos mates compartidos con Willy y el recuerdo de aquel fin de semana junto a Luisito en Ombú Chico. A veces eso alcanza y sobra.
Disfruten del resultado... que no todos los días me salen dos fotones así. 😉
Esta vez fue en Ombú Chico, durante aquel último fin de semana de pajareo que compartimos los tres, con Willy y con Luisito Krause, disfrutando de esos días que hoy, con un poco de distancia, se extrañan bastante. La escena no tenía ningún secreto ni requería de grandes maniobras: yo estaba sentado junto a Willy, mate de por medio, a unos tres metros del comedero, esperando tranquilamente que alguno de los visitantes habituales decidiera regalarnos una oportunidad. La cámara estaba armada sobre el trípode, sin flash, lista para disparar cuando apareciera el modelo indicado. Y apareció el chiricote.
Ahí entró en juego esa parte aburrida pero fundamental de la fotografía de aves: apertura máxima permitida por mi lente para aprovechar al máximo la luz disponible, ISO bajo para evitar que el ruido arruinara el detalle y una velocidad que me permitiera congelar el movimiento sin sacrificar calidad. Nada de perseguirlo por el monte, nada de acercamientos imposibles, nada de hacer malabares con la cámara. Simplemente sentarse, esperar y estar preparado.
Y acá aparece otra de esas pequeñas verdades que uno aprende con los años: muchas veces la buena foto no depende solamente de tener una gran cámara o de encontrar un ave extraordinaria, sino de estar en el lugar correcto, tener el equipo preparado y, sobre todo, no apurarse. Cuando el fotógrafo deja de molestar al fotógrafo y empieza a hacerle caso a la técnica, las cosas suelen funcionar bastante mejor. 😄
El chiricote se quedó el tiempo suficiente, la luz acompañó, el fondo ayudó y, por una vez, todos los planetas parecieron alinearse. Yo solamente tuve que hacer mi parte y apretar el disparador.
Así que hoy no hay grandes aventuras ni historias de persecuciones detrás de una especie difícil. Hay dos fotos, un chiricote tranquilo, unos mates compartidos con Willy y el recuerdo de aquel fin de semana junto a Luisito en Ombú Chico. A veces eso alcanza y sobra.
Disfruten del resultado... que no todos los días me salen dos fotones así. 😉
2 sept 2026
Cuando cuatro ojos se encuentran
Dos fotos, dos momentos en los que se dio ese encuentro que quienes andamos con una cámara colgada del cuello conocemos bastante bien: uno intentando pasar desapercibido y el otro, bastante menos ingenuo de lo que creemos, observándonos desde su lugar. Y es justamente ese cruce de miradas lo que más disfruto de muchas de mis fotografías, porque más allá de que la foto haya salido técnicamente bien, hay algo especial cuando uno siente que por un instante el ave también supo perfectamente quién estaba del otro lado del objetivo.
No voy a aburrirlos esta vez con eso de que son “fotos de archivo”, porque además... ¿para qué arruinar el misterio? Pueden ser de hace unos días, de hace unos años o quizás de alguna de aquellas salidas que ya quedaron bastante lejos en el calendario. Lo importante es que el momento existió, que la mirada quedó registrada y que, de alguna manera, cada vez que vuelvo a ver estas fotos vuelvo también a ese pequeño instante en el que se produjo el encuentro.
Y hablando de encuentros, seguramente alguna vez les conté el gran secreto para poder acercarse a un ave sin espantarla. Si ya lo hice, sinceramente me olvidé; y si nunca lo conté, mejor todavía. Porque después de tantos años uno termina aprendiendo a fuerza de equivocarse, de acercarse demasiado, de ver cómo el supuesto modelo desaparece en un segundo y de quedarse mirando el lugar vacío donde estaba apenas un instante antes. Dicen que la experiencia es la mejor maestra, y en esto creo que tienen razón: hay cosas que no se aprenden leyendo ni escuchando consejos, sino equivocándose uno mismo.
Así que, si quieren descubrir el secreto de cómo acercarse a un ave rapaz sin que salga disparada antes de que puedan siquiera levantar la cámara, les recomiendo el método que utilizamos nosotros: aprender por el propio cuero. Es bastante más efectivo... aunque también implica unas cuantas fotos perdidas, algunas oportunidades que se escapan y más de una vez volver a casa con la cámara llena de paisajes y absolutamente nada de lo que habíamos salido a buscar. Pero cuando finalmente se produce ese momento, cuando el ave permanece allí y antes de apretar el disparador se cruza la mirada entre fotógrafo y modelo, todo lo anterior queda justificado. Porque algunas fotografías no se recuerdan solamente por cómo quedaron, sino por lo que ocurrió justo antes de que el obturador hiciera su trabajo; y cuando todo sale bien, aparece ese premio que no siempre queda registrado en la tarjeta de memoria; el instante exacto en que el ave levanta la cabeza y nos devuelve la mirada, ese intercambio , para mí, siempre fue una de las mejores partes de esto de andar detrás de los pájaros.
No voy a aburrirlos esta vez con eso de que son “fotos de archivo”, porque además... ¿para qué arruinar el misterio? Pueden ser de hace unos días, de hace unos años o quizás de alguna de aquellas salidas que ya quedaron bastante lejos en el calendario. Lo importante es que el momento existió, que la mirada quedó registrada y que, de alguna manera, cada vez que vuelvo a ver estas fotos vuelvo también a ese pequeño instante en el que se produjo el encuentro.
Y hablando de encuentros, seguramente alguna vez les conté el gran secreto para poder acercarse a un ave sin espantarla. Si ya lo hice, sinceramente me olvidé; y si nunca lo conté, mejor todavía. Porque después de tantos años uno termina aprendiendo a fuerza de equivocarse, de acercarse demasiado, de ver cómo el supuesto modelo desaparece en un segundo y de quedarse mirando el lugar vacío donde estaba apenas un instante antes. Dicen que la experiencia es la mejor maestra, y en esto creo que tienen razón: hay cosas que no se aprenden leyendo ni escuchando consejos, sino equivocándose uno mismo.
Así que, si quieren descubrir el secreto de cómo acercarse a un ave rapaz sin que salga disparada antes de que puedan siquiera levantar la cámara, les recomiendo el método que utilizamos nosotros: aprender por el propio cuero. Es bastante más efectivo... aunque también implica unas cuantas fotos perdidas, algunas oportunidades que se escapan y más de una vez volver a casa con la cámara llena de paisajes y absolutamente nada de lo que habíamos salido a buscar. Pero cuando finalmente se produce ese momento, cuando el ave permanece allí y antes de apretar el disparador se cruza la mirada entre fotógrafo y modelo, todo lo anterior queda justificado. Porque algunas fotografías no se recuerdan solamente por cómo quedaron, sino por lo que ocurrió justo antes de que el obturador hiciera su trabajo; y cuando todo sale bien, aparece ese premio que no siempre queda registrado en la tarjeta de memoria; el instante exacto en que el ave levanta la cabeza y nos devuelve la mirada, ese intercambio , para mí, siempre fue una de las mejores partes de esto de andar detrás de los pájaros.
1 sept 2026
Lavandera, una vieja conocida que todavía sabe sorprender
Hay especies que a esta altura ya son prácticamente viejas conocidas del blog, y la Lavandera es una de ellas. Después de tantos años, tantos registros y tantas fotografías compartidas, podría parecer que ya no queda demasiado por contar, pero cuando uno vuelve a abrir los archivos descubre que siempre aparece alguna imagen que había quedado esperando su momento. Hoy rescato estas dos fotografías de una linda escapada a Cambyretá, de esas jornadas que quedaron guardadas en la memoria por todo lo que significaban aquellas salidas al campo, mucho antes de que el lugar se convirtiera en uno de nuestros recuerdos más añorados.
La Lavandera tiene además una particularidad que siempre me llamó la atención, porque a pesar de ser una especie bastante frecuente en los ambientes apropiados, nunca deja de resultar atractiva cuando se tiene la oportunidad de fotografiarla bien. Suelen moverse entre la vegetación cercana al agua, utilizando tallos y pequeños posaderos desde donde salen disparadas en busca de algún insecto para volver casi inmediatamente al mismo sector. Para el fotógrafo eso significa estar atento, seguir sus movimientos y, sobre todo, esperar ese instante en el que el pequeño tiránido decide quedarse quieto el tiempo suficiente como para regalarnos una buena toma.
Y estas dos fotografías tienen una pequeña historia detrás que me gusta especialmente contar. Una de ellas, de tan bien que salió aquella vez, terminó siendo seleccionada para formar parte de la aplicación Merlin, así que esta hembra de Lavandera que alguna vez encontramos recorriendo los ambientes de Cambyretá terminó también dando una pequeña vuelta por el mundo digital. No es algo que ocurra con todas las fotos que uno hace, por eso cada tanto está bueno volver a mirar los archivos y descubrir que alguna imagen que nosotros simplemente guardamos como un buen recuerdo terminó teniendo una utilidad mucho mayor.
Hoy, entonces, no hay especie nueva, ni descubrimiento, ni un registro extraordinario para sumar a la lista. Solamente dos fotos viejas de una especie que ya apareció muchas veces por acá, pero que sirven como excusa perfecta para volver por un rato a aquellos caminos de Cambyretá, cuando salir a buscar aves era parte de una rutina que hoy se extraña muchísimo. Porque al final uno termina entendiendo que el valor de una fotografía no siempre está en lo rara que sea la especie o en lo perfecta que haya quedado la toma; muchas veces está en todo lo que aparece detrás cuando volvemos a mirarla después de varios años.
Y esta Lavandera, además de estar nuevamente en el blog, hoy vuelve con un pequeño orgullo extra: una de estas fotos sigue dando vueltas por ahí, ayudando a otros a reconocer una especie que nosotros tuvimos la suerte de encontrar aquella vez en el campo.
La Lavandera tiene además una particularidad que siempre me llamó la atención, porque a pesar de ser una especie bastante frecuente en los ambientes apropiados, nunca deja de resultar atractiva cuando se tiene la oportunidad de fotografiarla bien. Suelen moverse entre la vegetación cercana al agua, utilizando tallos y pequeños posaderos desde donde salen disparadas en busca de algún insecto para volver casi inmediatamente al mismo sector. Para el fotógrafo eso significa estar atento, seguir sus movimientos y, sobre todo, esperar ese instante en el que el pequeño tiránido decide quedarse quieto el tiempo suficiente como para regalarnos una buena toma.
Y estas dos fotografías tienen una pequeña historia detrás que me gusta especialmente contar. Una de ellas, de tan bien que salió aquella vez, terminó siendo seleccionada para formar parte de la aplicación Merlin, así que esta hembra de Lavandera que alguna vez encontramos recorriendo los ambientes de Cambyretá terminó también dando una pequeña vuelta por el mundo digital. No es algo que ocurra con todas las fotos que uno hace, por eso cada tanto está bueno volver a mirar los archivos y descubrir que alguna imagen que nosotros simplemente guardamos como un buen recuerdo terminó teniendo una utilidad mucho mayor.
Hoy, entonces, no hay especie nueva, ni descubrimiento, ni un registro extraordinario para sumar a la lista. Solamente dos fotos viejas de una especie que ya apareció muchas veces por acá, pero que sirven como excusa perfecta para volver por un rato a aquellos caminos de Cambyretá, cuando salir a buscar aves era parte de una rutina que hoy se extraña muchísimo. Porque al final uno termina entendiendo que el valor de una fotografía no siempre está en lo rara que sea la especie o en lo perfecta que haya quedado la toma; muchas veces está en todo lo que aparece detrás cuando volvemos a mirarla después de varios años.
Y esta Lavandera, además de estar nuevamente en el blog, hoy vuelve con un pequeño orgullo extra: una de estas fotos sigue dando vueltas por ahí, ayudando a otros a reconocer una especie que nosotros tuvimos la suerte de encontrar aquella vez en el campo.
31 ago 2026
Catita chirirí: dos fotos, una sola mañana
Hoy toca desempolvar dos fotos que tienen un valor especial, no porque sean las mejores tomas que haya conseguido de una especie —de hecho, son las únicas dos que tengo— sino porque representan mi primer encuentro fotográfico con la Catita chirirí, un lorito que ya tiene su lugar en el blog gracias a registros anteriores, pero que recién pude sumar a mi propia colección durante unas vacaciones familiares en Iguazú, allá por 2024. Nos alojamos en las Cabañas San Andrés y, como suele pasar en estos viajes en los que uno intenta equilibrar la familia con esa costumbre de andar mirando para arriba, tuve la suerte de encontrarme con ellas una mañana. Fue una de esas apariciones que duran poco, apenas lo suficiente para intentar sacar alguna foto antes de que el movimiento de la gente, el ruido o simplemente el capricho del ave hagan que desaparezca entre la vegetación.
Y así quedaron estas dos, las únicas fotos que pude hacerles aquella mañana. No hubo segunda oportunidad, ni otra jornada para buscarlas, ni mucho menos una colección de veinte o treinta imágenes entre las que elegir la mejor. Fueron las que salieron y punto, y quizás por eso mismo hoy tienen un valor especial. Con el tiempo uno aprende que en esto de fotografiar aves no siempre se trata de volver con una tarjeta llena de fotos perfectas; muchas veces alcanza con haber estado en el lugar correcto, en el momento justo, y haber conseguido aunque sea un par de recuerdos que permitan decir “yo también la vi”.
El registro anterior que aparece en el blog corresponde a Luis Krause, de 2017, obtenido durante uno de esos varios viajes que Luis pudo hacer recorriendo distintos rincones del país, siempre con la cámara a cuestas y atento a esas especies que para nosotros, los que vivimos por estos pagos, muchas veces aparecen solamente cuando tenemos la suerte de salir a buscarlas. Su foto quedó como antecedente de la especie en el blog durante todos estos años, hasta que finalmente pude aportar mis propias imágenes.
La Catita chirirí es de esos loritos que uno puede tener bastante presentes en la lista de especies de la región y, sin embargo, convertirse en una cuenta pendiente cuando se trata de fotografiarla. En mi caso, particularmente, hay una deuda que sigue sin saldarse: nunca pude verla en Posadas, al menos yo. Y eso siempre me resulta curioso, porque uno termina recorriendo lugares bastante más lejanos para encontrar determinadas especies mientras algunas que potencialmente podrían aparecer relativamente cerca siguen sin concedernos una sola oportunidad. Quizás algún día se dé, porque con las aves nunca conviene cerrar una historia demasiado pronto.
Por ahora me quedo con estas dos fotos de aquella mañana de vacaciones en Iguazú. Dos imágenes nada más, pero suficientes para sumar una especie más a la colección y, sobre todo, para recuperar un recuerdo de un viaje familiar que ya quedó varios años atrás. Porque al final, después de tanto tiempo, también de eso se trata este archivo: de guardar aves, pero también guardar momentos.
Y así quedaron estas dos, las únicas fotos que pude hacerles aquella mañana. No hubo segunda oportunidad, ni otra jornada para buscarlas, ni mucho menos una colección de veinte o treinta imágenes entre las que elegir la mejor. Fueron las que salieron y punto, y quizás por eso mismo hoy tienen un valor especial. Con el tiempo uno aprende que en esto de fotografiar aves no siempre se trata de volver con una tarjeta llena de fotos perfectas; muchas veces alcanza con haber estado en el lugar correcto, en el momento justo, y haber conseguido aunque sea un par de recuerdos que permitan decir “yo también la vi”.
El registro anterior que aparece en el blog corresponde a Luis Krause, de 2017, obtenido durante uno de esos varios viajes que Luis pudo hacer recorriendo distintos rincones del país, siempre con la cámara a cuestas y atento a esas especies que para nosotros, los que vivimos por estos pagos, muchas veces aparecen solamente cuando tenemos la suerte de salir a buscarlas. Su foto quedó como antecedente de la especie en el blog durante todos estos años, hasta que finalmente pude aportar mis propias imágenes.
La Catita chirirí es de esos loritos que uno puede tener bastante presentes en la lista de especies de la región y, sin embargo, convertirse en una cuenta pendiente cuando se trata de fotografiarla. En mi caso, particularmente, hay una deuda que sigue sin saldarse: nunca pude verla en Posadas, al menos yo. Y eso siempre me resulta curioso, porque uno termina recorriendo lugares bastante más lejanos para encontrar determinadas especies mientras algunas que potencialmente podrían aparecer relativamente cerca siguen sin concedernos una sola oportunidad. Quizás algún día se dé, porque con las aves nunca conviene cerrar una historia demasiado pronto.
Por ahora me quedo con estas dos fotos de aquella mañana de vacaciones en Iguazú. Dos imágenes nada más, pero suficientes para sumar una especie más a la colección y, sobre todo, para recuperar un recuerdo de un viaje familiar que ya quedó varios años atrás. Porque al final, después de tanto tiempo, también de eso se trata este archivo: de guardar aves, pero también guardar momentos.
30 ago 2026
La Gallineta que cambió de nombre… y casi se queda esperando.
Tres fotos de una Gallineta que también fue víctima de esos cambios de nombres que aparecen cada tanto y que, para quienes tenemos un blog con años de fotografías acumuladas, significan bastante más trabajo del que parece. Durante mucho tiempo la conocimos como Gallineta común, pero hoy debemos llamarla Gallineta pico pintado, así que mientras ella sigue haciendo tranquilamente su vida entre la vegetación de la Reserva del Arroyo Itá, si es que se quedó por ahí porque les confieso que yo nunca mas volví a ir, a mi me toca volver sobre las publicaciones viejas, corregir nombres, actualizar etiquetas y tratar de poner un poco de orden en todos estos años de actividad.
Pero más allá del trabajo extra que me toca ahora, estas fotos me traen muy lindos recuerdos de aquellos años en los que, aunque la actividad del grupo ya estaba funcionando a un ritmo bastante menor que en sus mejores épocas, todavía manteníamos intacta una de las cosas que para mí siempre fueron fundamentales en esto de salir a buscar aves: cuando aparecía algo nuevo, había que compartirlo con los amigos. Nunca fui demasiado amigo de guardarme una observación o una especie interesante para uno solo, porque buena parte de la gracia de esta actividad está justamente en avisar, compartir la información y darle a otro la posibilidad de disfrutar también del encuentro; pero desgrciadamente no todos actuaban de la misma manera. Y con esta Gallineta no pasó demasiado tiempo hasta que Roby se acercara hasta la Reserva del Arroyo Itá para intentar fotografiarla, creo que en menos de media hora ya estaba tomando mate conmigo; aprovechando que por aquellos días había aparecido por Posadas y representaba una especie nueva para nuestros registros.
Por aquellos tiempos todavía estaba en actividad en la escuela y tuve la suerte —o la desgracia, según se mire— de tener una simpática directora que jamás consiguió acomodarme los horarios como yo pretendía. Así que había días en los que me encontraba con ese maravilloso intervalo escolar de tres horas, desde las 8:20 hasta las 11:20, que en mi opinión no tenía demasiado sentido desperdiciar sentado esperando que pasara el tiempo. Si uno puede estar haciendo algo mucho más productivo, ¿para qué quedarse en la escuela? 😄 Y como por esas casualidades de la vida había otro individuo con bastante tiempo libre, que además compartía la misma enfermedad de andar buscando bichos con una cámara en la mano, la solución era bastante sencilla: salir de la escuela y encontrarse con Roby para ir a sacar fotos. Ese día, justamente, fue uno de esos días.
Las tres fotografías que acompañan esta entrada son de aquella época y, como tantas otras que fueron quedando en el archivo, nunca habían pasado por una edición definitiva. Permanecieron ahí, esperando pacientemente su turno, hasta que llegó este regreso al blog y decidí que ya era hora de sacarlas del cajón. Eso sí, la alegría de recuperar fotos viejas viene acompañada por la inevitable factura: ahora, además de editar las imágenes, tengo que revisar publicaciones anteriores, corregir los nombres de las especies y actualizar etiquetas para que el blog vaya quedando acorde con la nomenclatura que utilizamos actualmente. Un trabajo extra que no estaba en los planes, pero que también forma parte de esta especie de viaje al pasado que emprendí al volver a poner en marcha todo esto.
Y así aparece nuevamente la Gallineta pico pintado, antes Gallineta común, como una pequeña excusa para recordar aquellos años, las salidas improvisadas, los amigos, los avisos de una especie nueva y esas escapadas desde la escuela que, vistas desde hoy, quizás fueron bastante más productivas de lo que habría sido quedarme mirando el reloj hasta las 11:20. Al final, algunas fotografías necesitan años para encontrar su momento; estas esperaron bastante, pero finalmente hoy les toca salir de archivo y ver la luz.
Pero más allá del trabajo extra que me toca ahora, estas fotos me traen muy lindos recuerdos de aquellos años en los que, aunque la actividad del grupo ya estaba funcionando a un ritmo bastante menor que en sus mejores épocas, todavía manteníamos intacta una de las cosas que para mí siempre fueron fundamentales en esto de salir a buscar aves: cuando aparecía algo nuevo, había que compartirlo con los amigos. Nunca fui demasiado amigo de guardarme una observación o una especie interesante para uno solo, porque buena parte de la gracia de esta actividad está justamente en avisar, compartir la información y darle a otro la posibilidad de disfrutar también del encuentro; pero desgrciadamente no todos actuaban de la misma manera. Y con esta Gallineta no pasó demasiado tiempo hasta que Roby se acercara hasta la Reserva del Arroyo Itá para intentar fotografiarla, creo que en menos de media hora ya estaba tomando mate conmigo; aprovechando que por aquellos días había aparecido por Posadas y representaba una especie nueva para nuestros registros.
Por aquellos tiempos todavía estaba en actividad en la escuela y tuve la suerte —o la desgracia, según se mire— de tener una simpática directora que jamás consiguió acomodarme los horarios como yo pretendía. Así que había días en los que me encontraba con ese maravilloso intervalo escolar de tres horas, desde las 8:20 hasta las 11:20, que en mi opinión no tenía demasiado sentido desperdiciar sentado esperando que pasara el tiempo. Si uno puede estar haciendo algo mucho más productivo, ¿para qué quedarse en la escuela? 😄 Y como por esas casualidades de la vida había otro individuo con bastante tiempo libre, que además compartía la misma enfermedad de andar buscando bichos con una cámara en la mano, la solución era bastante sencilla: salir de la escuela y encontrarse con Roby para ir a sacar fotos. Ese día, justamente, fue uno de esos días.
Las tres fotografías que acompañan esta entrada son de aquella época y, como tantas otras que fueron quedando en el archivo, nunca habían pasado por una edición definitiva. Permanecieron ahí, esperando pacientemente su turno, hasta que llegó este regreso al blog y decidí que ya era hora de sacarlas del cajón. Eso sí, la alegría de recuperar fotos viejas viene acompañada por la inevitable factura: ahora, además de editar las imágenes, tengo que revisar publicaciones anteriores, corregir los nombres de las especies y actualizar etiquetas para que el blog vaya quedando acorde con la nomenclatura que utilizamos actualmente. Un trabajo extra que no estaba en los planes, pero que también forma parte de esta especie de viaje al pasado que emprendí al volver a poner en marcha todo esto.
Y así aparece nuevamente la Gallineta pico pintado, antes Gallineta común, como una pequeña excusa para recordar aquellos años, las salidas improvisadas, los amigos, los avisos de una especie nueva y esas escapadas desde la escuela que, vistas desde hoy, quizás fueron bastante más productivas de lo que habría sido quedarme mirando el reloj hasta las 11:20. Al final, algunas fotografías necesitan años para encontrar su momento; estas esperaron bastante, pero finalmente hoy les toca salir de archivo y ver la luz.
28 ago 2026
Cuando mirar todavía significa algo
Hoy van dos fotos de un capuchino boina negra, de esas que uno encuentra revolviendo el archivo y que de inmediato traen consigo mucho más que el recuerdo de un ave frente al objetivo. Son de la última vez que anduve por Nemesio Parma, y ya pasaron varios años desde entonces. A veces uno mira una fotografía vieja y descubre que, sin darse cuenta, no estaba guardando solamente una imagen, estaba guardando una época, un lugar, una mañana, una compañía y hasta una manera de mirar el mundo que quizás hoy ya no se encuentra con tanta facilidad.
Hace unos días hablaba de esto con Willy y terminamos cayendo, como tantas veces, en esa conversación medio amarga sobre los tiempos que nos tocaron vivir. Vivimos apurados, consumimos todo a las corridas y cada vez parece importar menos detenerse a mirar algo durante más de unos segundos. Todo tiene que ser inmediato, llamativo, fácil de digerir y, si es posible, reemplazable por lo siguiente antes de que siquiera hayamos terminado de verlo. A veces leo ciertas cosas y pienso: ¿realmente llegamos hasta acá? ¿De verdad preferimos esto porque es más fácil, porque nos ahorra el esfuerzo de pensar, de leer, de prestar atención?
Y entonces aparece una fotografía como ésta y me acuerdo de que existe otra forma de vivir las cosas. Salir temprano, caminar sin saber exactamente qué vamos a encontrar, escuchar un canto entre la vegetación, quedarse quieto esperando que ese pequeño capuchino aparezca en el lugar justo, observar su comportamiento, equivocarse, esperar otra vez y finalmente conseguir una foto que quizás técnicamente no sea perfecta, pero que tiene detrás una historia que ninguna pantalla puede reemplazar. Porque fotografiar aves nunca fue solamente fotografiar aves; al menos para mí, siempre fue una magnífica excusa para aprender a mirar.
Y quizás ahí esté la cuestión. No hace falta saber de aves, tener una cámara cara ni convertirse en fotógrafo para empezar. Se puede comenzar con unos binoculares, con un teléfono, o simplemente prestando atención a lo que tenemos alrededor. El primer paso es bastante más sencillo de lo que parece; salir de casa y mirar. Después vendrán los nombres, los cantos, las guías, las fotografías, los amigos, los viajes y todas esas pequeñas obsesiones que inevitablemente aparecen cuando uno descubre que el mundo que creía conocer estaba lleno de cosas que jamás había visto.
Tal vez por eso sigo disfrutando tanto de encontrar estas fotos de archivo. Porque no solamente me devuelven un capuchino boina negra de Nemesio Parma; también me devuelven al que fui cuando hice esa fotografía. Y eso, en estos tiempos de imágenes que duran un segundo y después desaparecen para siempre debajo de otras mil, tiene un valor enorme.
Así que hoy les propongo algo bastante simple, miren estas dos fotos un rato más de lo habitual. Sin pasar de largo. Y después cuéntenme si alguna vez les pasó lo mismo con una fotografía, un lugar, una canción, una persona o simplemente con un recuerdo: volver a encontrar algo después de varios años y descubrir que, en realidad, no estaban extrañando solamente aquello que habían fotografiado, sino también una parte de ustedes mismos.
¿Les pasó? ¿Qué fotografía tienen guardada que, cada vez que vuelven a verla, los lleva directamente a otro momento de su vida?
Hace unos días hablaba de esto con Willy y terminamos cayendo, como tantas veces, en esa conversación medio amarga sobre los tiempos que nos tocaron vivir. Vivimos apurados, consumimos todo a las corridas y cada vez parece importar menos detenerse a mirar algo durante más de unos segundos. Todo tiene que ser inmediato, llamativo, fácil de digerir y, si es posible, reemplazable por lo siguiente antes de que siquiera hayamos terminado de verlo. A veces leo ciertas cosas y pienso: ¿realmente llegamos hasta acá? ¿De verdad preferimos esto porque es más fácil, porque nos ahorra el esfuerzo de pensar, de leer, de prestar atención?
Y entonces aparece una fotografía como ésta y me acuerdo de que existe otra forma de vivir las cosas. Salir temprano, caminar sin saber exactamente qué vamos a encontrar, escuchar un canto entre la vegetación, quedarse quieto esperando que ese pequeño capuchino aparezca en el lugar justo, observar su comportamiento, equivocarse, esperar otra vez y finalmente conseguir una foto que quizás técnicamente no sea perfecta, pero que tiene detrás una historia que ninguna pantalla puede reemplazar. Porque fotografiar aves nunca fue solamente fotografiar aves; al menos para mí, siempre fue una magnífica excusa para aprender a mirar.
Y quizás ahí esté la cuestión. No hace falta saber de aves, tener una cámara cara ni convertirse en fotógrafo para empezar. Se puede comenzar con unos binoculares, con un teléfono, o simplemente prestando atención a lo que tenemos alrededor. El primer paso es bastante más sencillo de lo que parece; salir de casa y mirar. Después vendrán los nombres, los cantos, las guías, las fotografías, los amigos, los viajes y todas esas pequeñas obsesiones que inevitablemente aparecen cuando uno descubre que el mundo que creía conocer estaba lleno de cosas que jamás había visto.
Tal vez por eso sigo disfrutando tanto de encontrar estas fotos de archivo. Porque no solamente me devuelven un capuchino boina negra de Nemesio Parma; también me devuelven al que fui cuando hice esa fotografía. Y eso, en estos tiempos de imágenes que duran un segundo y después desaparecen para siempre debajo de otras mil, tiene un valor enorme.
Así que hoy les propongo algo bastante simple, miren estas dos fotos un rato más de lo habitual. Sin pasar de largo. Y después cuéntenme si alguna vez les pasó lo mismo con una fotografía, un lugar, una canción, una persona o simplemente con un recuerdo: volver a encontrar algo después de varios años y descubrir que, en realidad, no estaban extrañando solamente aquello que habían fotografiado, sino también una parte de ustedes mismos.
¿Les pasó? ¿Qué fotografía tienen guardada que, cada vez que vuelven a verla, los lleva directamente a otro momento de su vida?
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