Nosotros salimos, nos mojamos, nos embarramos y nos maravillamos con lo que vemos.
Por este medio compartimos nuestras vivencias para que ustedes conozcan, porque " Solo preserva quién conoce"


Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.

17 may. 2011

La leyenda del Chogüí

Mostrando este Chogüí que fotografié en Tacuaruzú comparto hoy con ustedes su leyenda, la verdad que llamarlo Común a este Celestino es un desacierto ya que es demasiado lindo.



Leyenda del Chogüí


Chogüí Chogüí era un indiecito que vivía en una tribu, con sus padres, en la selva misionera.
Su cuerpo estaba tostado por el sol ardiente de esa zona y sus ojos inteligentes, eran negros y rasgados, como los indios de su raza. Pero Chouí no era un indio como todos.
En lugar de jugar con otros niños se internaba en la selva para hablar con los pájaros a los cuales el consideraba sus mejores amigos.
Muchas veces, sentado sobre el tronco de un viejo timbó, tomaba su flauta y tocaba dulces melodías que las aves respondían con armoniosos trinos.
Casi siempre, al atardecer, se veía en un claro del bosque al niño con su flauta, rodeado de pájaros que revoloteaban alrededor de él.
El sonido de la flauta de Chogüí, mezclado al murmullo misterioso de la selva, era respondido por el trino de las aves.
En los días calurosos, Chogüí, se bañaba en las aguas de un manantial, junto a él chapoteaban los pájaros que alegremente hundían sus picos y patitas en el agua fresca.
Otras veces, Chogüí, seguía sigilosamente a los cazadores de pájaros y desarmaba sus trampas, para que no pudieran atraparlos.
El cacique, enojado por esto, lo reprendía y no lo dejaba salir por algunos días de la tribu.
Entonces, Chogüí, era visitado por los pájaros con los que compartía los granos de Abata-í. Estos le devolvían su generosidad, trayéndole en sus picos jugos de naranja y miel de Yete-í, que al goloso niño le gustaban mucho.
Un día que Chogüí estaba en un claro del bosque tocando su flauta, un picaflor se acercó desesperado. Sus pichones estaban en un árbol que había sido invadido por las hormigas. Las hormigas "asesinas de la selva", pueden atacar a una planta y dejarla en pocos minutos simplemente desnuda.
La madre picaflor que sabía esto lloraba por la suerte que correrían sus hijitos. Chogüí no lo pensó dos veces.
Subió al árbol inmediatamente, pero al trepar fue atacado por las hormigas que aguijonearon su cuerpo.
A pesar de los dolores que las picaduras le producían Chogüí llegó hasta la rama donde estaba el nido. Rápidamente lo tiró sobre la hierba, salvando así a los pichones. Atontado y dolorido por las picaduras, perdió pie, cayendo al vacío.
El golpe fue tan grande que Chogüí quedó en el suelo, con los ojos cerrados y sin moverse.
Los pájaros sorprendidos primero y desesperados después, lo rodearon.
Con sus picos le echaron agua para reanimarlo.
Poco a poco comprendieron que Chogüí había muerto.
Entonces un inmenso gemido de dolor recorrió la selva: ¡Chogüí ha muerto!
Las ardillas, los sapos y los venados también se conmovieron.
Ellos habían conocido a Chogüí y lo querían.
Al intenso dolor siguió una gran quietud, la selva tan poblada de animales y plantas, calló.
El sol se ocultó en el horizonte dorando suavemente, las hojas de los árboles en un atardecer tristísimo.
Una a una, las aves levantaron vuelo y al cabo de un largo rato volvieron trayendo en sus picos una flor color azul. Las había de todas formas y tamaños y de extraños aromas.
Pero todas eran azules. Las flores azules eran las preferidas de Chogüí.
Los pájaros lo recordaban bien.
Y ese seria el homenaje a su mejor amigo.