El silencio del humedal no es vacío, es una espera. Detrás del visor, el tiempo se estira y se vuelve elástico. Al observar a estos flamencos, uno comprende que la belleza no es un adorno de la naturaleza, sino su lenguaje más sagrado.
Cautiva notar que la verticalidad de sus patas desafía la gravedad con una elegancia frágil, mientras el cuello se repliega en un gesto de introspección casi mística, y el detalle del plumaje se convierte en una llamarada de vida, un sol íntimo que arde contra el gris del mundo.
Confucio nos enseña que "cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla". Para el fotógrafo de aves, esa visión es una responsabilidad. No se trata solo de capturar una luz técnica, sino de alcanzar ese estado de "ren" o benevolencia, donde el observador se funde con lo observado.
Desde un punto de vista filosófico, contemplar esta perfección nos obliga a cuestionar nuestra propia armonía. Si la naturaleza es capaz de esculpir tal delicadeza, ¿cuál es nuestro papel en este lienzo? La emoción que nos invade —esa mezcla de euforia y profunda paz— es el reconocimiento de nuestra pertenencia. Al ver el ojo del flamenco, dorado y lúcido, no vemos a una "especie", vemos a un pariente remoto que ha perfeccionado el arte de existir sin destruir.
"La belleza es el nombre de algo que no existe / Que doy a las cosas a cambio del placer que me dan", decía Pessoa, pero frente a esta ave, la belleza es una verdad biológica que no necesita traducción.
Sin embargo, el asombro debe ser el prólogo de la acción. No podemos permitirnos ser los últimos cronistas de una belleza que se desvanece. Cada disparo de la cámara es, en el fondo, un ruego de permanencia.
Si el cielo de nuestros humedales se apaga, si el rosado de estas alas deja de teñir el horizonte, no solo perderemos una especie; perderemos la capacidad de recordarnos quiénes somos.
Conservar no es un acto de caridad hacia la naturaleza, es un acto de supervivencia para nuestra propia sensibilidad humana. Proteger su hábitat es proteger el derecho de las próximas generaciones a sentir ese mismo nudo en la garganta, esa misma chispa sagrada que hoy nos regala la luz sobre las plumas.
Cuidar esta belleza es, en última instancia, el único final digno para nuestra propia historia.
Roberto F. Genesini
Flamenco caribeño-Phoenicopterus ruber
Hotel Iberostar Punta Cana / Punta cana
República Dominicana Enero 2018
Foto: Marcelo Allende

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