Tres días recorriendo los Esteros del Iberá allá por el mes de Mayo del 2015, disfrutando de uno de esos lugares donde uno quisiera que el tiempo se detuviera; después de tantas horas de caminatas, madrugones y cientos de fotos, llegó el momento de emprender el regreso a Posadas.
Pero quienes compartimos esta pasión sabemos que el viaje no termina cuando uno deja el destino atrás, el regreso también forma parte de la aventura; por eso hay una regla no escrita que se cumple casi siempre, la cámara nunca va guardada en la mochila. Viaja sobre el regazo, lista para entrar en acción ante cualquier oportunidad.
Y esa oportunidad apareció al costado de la ruta, un bañado prometía alguna sorpresa, así que no hizo falta discutir demasiado porque desde la Duster se veían Varilleros, Federales, y vayan a saber que otros pequeños habitantes de estos ambientes; así que frenamos, bajamos del vehículo y encaramos hacia el bañadito.
El único detalle era un viejo alambrado de campo, de esos de púas oxidadas que parecen estar esperando al distraído de turno,y el distraído, por supuesto, fui yo.
En el intento de cruzarlo, una de las púas decidió aferrarse con entusiasmo a la entrepierna de mi pantalón. Lo que siguió fue ese instante eterno en el que uno deja de pensar en las aves y empieza a hacer un rápido inventario mental de su anatomía.
Por fortuna, el alambrado fue generoso conmigo, mi integridad física quedó intacta. El pantalón, en cambio, no tuvo la misma suerte, se abrió un agujero que todavía hoy permanece ahí, esperando que algún día me decida a buscar hilo y aguja para regalarle una zurcida digna.
Después del susto, y mientras me desenganchaba llegaron las risas... y también las fotos. Porque al final, toda esa maniobra bastante poco elegante tuvo su recompensa, entre los pastizales apareció este pequeño piojito gris, que bien valió la parada improvisada.
Con el tiempo uno descubre que muchas veces no son las mejores fotografías las que más recuerdos traen, sino las historias que quedaron pegadas a ellas. Y cada vez que veo estas imágenes, inevitablemente me acuerdo de aquel viejo alambrado correntino que estuvo peligrosamente cerca de convertir el regreso de Pellegrini en una anécdota bastante más dolorosa.


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