Hay cosas que uno cree olvidadas, cosas que quedan guardadas en algún rincón de la memoria junto con los horarios imposibles, los madrugones, los termos de agua caliente para tantos mates compartidos, los caminos de tierra y las zapatillas embarradas; parecen dormidas durante años, hasta que algo las despierta. Me pasó después de la salida a Profundidad con Nico, Lucho y Roby.
Una jornada simple, de esas que antes eran habituales y que hoy, después de tantos años, se vuelven especiales, volver a caminar monte, volver a mirar los alambrados buscando movimiento, volver a detener el auto por cualquier sombra sospechosa en una rama, volver a escuchar conversaciones que giran alrededor de aves, cámaras, binoculares y lugares para visitar.
Y fue curioso porque apenas regresé a mi casa por la tarde se activó automáticamente un mecanismo que creía olvidado, como si la cabeza hubiera cambiado nuevamente de modo, de pronto me encontré haciendo exactamente las mismas cosas que hacía años atrás.
Prendí la computadora, creé una carpeta nueva, la renombré, conecté la memoria de la cámara para descargar los nuevos archivos y por una simple cuestión de inercia abrí carpetas viejas; busqué discos externos, empecé a revisar archivos que llevaban años sin ser abiertos. comencé a revisar miles de fotografías sobrevivientes de varios cambios de computadora, de respaldos improvisados y de algún que otro disco rígido que milagrosamente sigue funcionando; y entonces aparecieron los recuerdos, lugares que había olvidado, especies que ya no recordaba haber fotografiado, paisajes que cambiaron con el tiempo.
Entre esas carpetas apareció una serie de fotos tomadas hace muchos años en la costanera de Candelaria, sobre el arroyo Garupá, un lugar que hoy conocemos como Reserva Urutaú, y mientras observaba aquellas imágenes no pude evitar pensar en cómo cambian los sitios y en cómo, a veces, los cambios ocurren por los motivos más inesperados.
Afortunadamente, aquella costanera nunca llegó a completarse del todo. Las cuestiones políticas hicieron que los fondos dejaran de llegar, las obras se detuvieran y el pavimento nunca avanzó por allí, y aunque parezca extraño decirlo, quizás fue una suerte, porque donde hay tierra hay menos gente, y donde hay menos gente la naturaleza suele recuperar terreno.
La mayoría prefiere caminar por asfalto prolijo, estacionar cómodamente y recorrer senderos perfectamente terminados, en cambio los caminos de tierra suelen espantar visitantes.
Entonces el pasto crece.
Los arbustos avanzan.
Los insectos regresan.
Y detrás de ellos vuelven las aves.
Porque las aves siempre están.
A veces desaparecen de nuestra vista, pero siguen allí esperando una oportunidad, y entre aquellas fotos olvidadas encontré las de un viejo conocido: un Yetapá grande.
Una especie que siempre me llamó la atención por su elegancia y por esa cola imposible que parece desafiar cualquier regla de la aerodinámica.
Lo más curioso es que no hace falta viajar demasiado para encontrarlo. De vez en cuando todavía aparece cerca de mi casa, durante alguna caminata por el barrio, recordándome que las mejores observaciones no siempre ocurren en lugares remotos.
Quizás por eso disfruté tanto volver a encontrar estas imágenes, no solamente porque rescatan el recuerdo de un ave hermosa, también porque me hicieron dar cuenta de algo; los viejos hábitos estaban ahí, dormidos, esperando; y a veces alcanza una salida con amigos, un camino de tierra y una cámara colgada al cuello para despertarlos nuevamente.
Yetapá grande (Streamer-tailed Tyrant) Gubernetes yetapa
Costanera de Candelaria/Arroyo Garupá, hoy Reserva urutaú
30/04/2018
Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.
Tus hijos te lo agradecerán.

