Mi primer encuentro con el Barrancolí Pico Grueso había ocurrido apenas el día anterior, una observación tan inesperada como emocionante. Como suele suceder en estos casos, la noticia no tardó en correr entre los observadores de aves que nos encontrábamos alojados en el Iberostar Punta Cana ( solo éramos 2 =) ).
Entre ellos estaba un observador canadiense que, al enterarse del registro, me preguntó si estaría dispuesto a llevarlo al lugar exacto donde había visto al ave. La propuesta era tentadora, volver al sitio del hallazgo apenas veinticuatro horas después y comprobar si el pequeño habitante de La Española seguía allí.
A la mañana siguiente nos dirigimos al lugar, la expectativa era grande, porque cualquiera que haya buscado aves sabe que encontrar una rareza un día no garantiza volver a verla al siguiente.
Sin embargo, esta vez la suerte estuvo de nuestro lado porque después de una breve búsqueda apareció nuevamente el protagonista de la historia. El barrancolí se mostró igual de colaborador que durante mi primer encuentro y permaneció varios minutos moviéndose entre las ramas cercanas. Mientras mi acompañante disfrutaba de la observación, yo aproveché la oportunidad para obtener las fotografías que ilustran esta publicación.
Aquella salida tuvo un doble premio, permitir que otro observador sumara una especie muy buscada y, al mismo tiempo, brindarme mas imágenes que conseguí de este pequeño y colorido habitante de República Dominicana.
A veces los registros más memorables no terminan cuando uno guarda la cámara, algunas historias tienen una segunda parte... y esta comenzó apenas un día después del primer encuentro.
Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.
Tus hijos te lo agradecerán.
20 jun 2026
Lo llamen como lo llamen, sigue siendo el mismo gritón
Actualizando nombres y retomando la actividad:
Después de un tiempo con menos movimiento en el blog vuelvo a encontrarme con una tarea que tarde o temprano siempre termina apareciendo; los cambios taxonómicos.
Los especialistas revisan, comparan, discuten, separan, unen y reorganizan especies, y como consecuencia algunos nombres científicos cambian. Así que llegó el momento de actualizar las etiquetas y publicaciones para que el contenido del blog acompañe esos cambios.
Voy a comenzar por el chimachima, aprovechando que ayer uno de estos personajes me dio una excusa perfecta para sacar nuevamente la cámara; en plena lluvia, mientras yo observaba el patio desde la comodidad del techo, el chima decidió instalarse en el paraíso del vecino y ponerse a gritar con entusiasmo, todo mojado y embarrado. Tan insistente fue que terminó obligándome a buscar la cámara y hacer algunas fotos entre las gotas.
Desde que comencé a fotografiar aves en el patio de casa, allá por 2010, nunca imaginé que llegaría a reunir imágenes de casi 150 especies diferentes. Algunas aparecen regularmente, otras son visitantes ocasionales y unas pocas constituyen verdaderas sorpresas que solo se dejan ver una vez, otras están presentes casi todos los días, y quizás por eso uno se termina acostumbrando y no le da mas importancia; esa diversidad es precisamente lo que mantiene viva la curiosidad después de tantos años de observación.
Aunque la finalidad de este blog nunca fue convertirse en una publicación científica, me parece importante conservar cierto rigor en la identificación de las especies y en los nombres utilizados, al fin y al cabo, las fotografías también terminan siendo pequeños registros de la fauna local y vale la pena que estén acompañadas por información actualizada.
Claro que tampoco hay que exagerar porque la parte científica suele ser la menos emocionante para la mayoría de los lectores. Mientras los taxónomos debaten géneros, especies, relaciones evolutivas,y complejos estudios de ADN, la mayoría de nosotros simplemente queremos disfrutar de las aves, conocer algunas curiosidades y admirar sus comportamientos.
Por eso, una vez hecha la actualización correspondiente, seguiré llamándolo como siempre, chimachima. Porque, seamos sinceros, suena mucho más amigable, cercano y simpático que andar presentándolo formalmente como Daptrius chimachima. Los dejo con las fotos, las dos primeras son de ayer, y el que está posado en el poste (en el frente de mi casa) tiene ya sus días, la edité en el teléfono usando la aplicación Adobe Lightroom. Saludos para todos y espero tengan un lindo Sábado !!!
Los especialistas revisan, comparan, discuten, separan, unen y reorganizan especies, y como consecuencia algunos nombres científicos cambian. Así que llegó el momento de actualizar las etiquetas y publicaciones para que el contenido del blog acompañe esos cambios.
Voy a comenzar por el chimachima, aprovechando que ayer uno de estos personajes me dio una excusa perfecta para sacar nuevamente la cámara; en plena lluvia, mientras yo observaba el patio desde la comodidad del techo, el chima decidió instalarse en el paraíso del vecino y ponerse a gritar con entusiasmo, todo mojado y embarrado. Tan insistente fue que terminó obligándome a buscar la cámara y hacer algunas fotos entre las gotas.
Desde que comencé a fotografiar aves en el patio de casa, allá por 2010, nunca imaginé que llegaría a reunir imágenes de casi 150 especies diferentes. Algunas aparecen regularmente, otras son visitantes ocasionales y unas pocas constituyen verdaderas sorpresas que solo se dejan ver una vez, otras están presentes casi todos los días, y quizás por eso uno se termina acostumbrando y no le da mas importancia; esa diversidad es precisamente lo que mantiene viva la curiosidad después de tantos años de observación.
Aunque la finalidad de este blog nunca fue convertirse en una publicación científica, me parece importante conservar cierto rigor en la identificación de las especies y en los nombres utilizados, al fin y al cabo, las fotografías también terminan siendo pequeños registros de la fauna local y vale la pena que estén acompañadas por información actualizada.
Claro que tampoco hay que exagerar porque la parte científica suele ser la menos emocionante para la mayoría de los lectores. Mientras los taxónomos debaten géneros, especies, relaciones evolutivas,y complejos estudios de ADN, la mayoría de nosotros simplemente queremos disfrutar de las aves, conocer algunas curiosidades y admirar sus comportamientos.
Por eso, una vez hecha la actualización correspondiente, seguiré llamándolo como siempre, chimachima. Porque, seamos sinceros, suena mucho más amigable, cercano y simpático que andar presentándolo formalmente como Daptrius chimachima. Los dejo con las fotos, las dos primeras son de ayer, y el que está posado en el poste (en el frente de mi casa) tiene ya sus días, la edité en el teléfono usando la aplicación Adobe Lightroom. Saludos para todos y espero tengan un lindo Sábado !!!
19 jun 2026
Fotos viejas, curiosidades nuevas
Buenos días, buenas tardes, buenas noches amigos!!!!
Hoy vuelvo a revisar algunas fotografías que habían quedado sin editar de aquel viaje familiar a República Dominicana en 2018, a veces uno piensa que ya mostró todo lo que tenía para mostrar de una salida o de un viaje, pero los años pasan, los discos rígidos guardan sorpresas y siempre aparece algunas imagenes que merecen la oportunidad de ser compartidas.
Estas fotografías de la Cotica fueron obtenidas durante las caminatas matutinas por los jardines del hotel mientras la mayoría de los huéspedes todavía dormía o disfrutaba del desayuno. Yo aprovechaba las primeras horas del día para recorrer senderos, escuchar cantos desconocidos y tratar de registrar algunas de las aves que frecuentaban el lugar.
En aquel día en particular mi atención estaba puesta casi exclusivamente en los loros; como suele ocurrir cuando viajamos a un sitio nuevo, uno intenta fotografiar todo lo que le resulta diferente y llamativo. Sin embargo, muchos años después, al volver a observar estas imágenes, surgió una pregunta que entonces ni siquiera se me había ocurrido, ¿qué árbol era ese que visitaban tan frecuentemente?
Ahí aparece una de las cosas más lindas de esta afición, nunca terminamos de aprender. Una fotografía tomada hace ocho años puede despertar hoy una nueva curiosidad y llevarnos a investigar algo que pasó completamente desapercibido en el momento de apretar el disparador.
Gracias a las herramientas que tenemos disponibles actualmente pude descubrir que se trata del olivo negro (Bucida buceras), un árbol muy común en buena parte del Caribe, se lo utiliza frecuentemente como especie ornamental en parques, plazas, hoteles y jardines por su porte elegante y su amplia copa, que brinda una excelente sombra en las cálidas jornadas tropicales.
Pero además de ser apreciado por las personas, parece ser un verdadero imán para las aves porque produce pequeños frutos que son consumidos por numerosas especies de loros, palomas, zorzales y otras aves frugívoras.
Al final, unas fotografías que originalmente tenían como protagonista a la cotorra de La Española terminaron enseñándome algo más sobre las plantas que forman parte de su ambiente. Y quizás esa sea una de las mayores riquezas de observar aves, comenzar mirando un pájaro y terminar aprendiendo sobre árboles, frutos, insectos, comportamientos y un sinfín de detalles que hacen que cada salida siga siendo una oportunidad para descubrir algo nuevo.
Muchas gracias por acompañarme una vez más en este recorrido por los recuerdos de viaje y por seguir compartiendo esta curiosidad interminable por la naturaleza.
Hasta la próxima.
Hoy vuelvo a revisar algunas fotografías que habían quedado sin editar de aquel viaje familiar a República Dominicana en 2018, a veces uno piensa que ya mostró todo lo que tenía para mostrar de una salida o de un viaje, pero los años pasan, los discos rígidos guardan sorpresas y siempre aparece algunas imagenes que merecen la oportunidad de ser compartidas.
Estas fotografías de la Cotica fueron obtenidas durante las caminatas matutinas por los jardines del hotel mientras la mayoría de los huéspedes todavía dormía o disfrutaba del desayuno. Yo aprovechaba las primeras horas del día para recorrer senderos, escuchar cantos desconocidos y tratar de registrar algunas de las aves que frecuentaban el lugar.
En aquel día en particular mi atención estaba puesta casi exclusivamente en los loros; como suele ocurrir cuando viajamos a un sitio nuevo, uno intenta fotografiar todo lo que le resulta diferente y llamativo. Sin embargo, muchos años después, al volver a observar estas imágenes, surgió una pregunta que entonces ni siquiera se me había ocurrido, ¿qué árbol era ese que visitaban tan frecuentemente?
Ahí aparece una de las cosas más lindas de esta afición, nunca terminamos de aprender. Una fotografía tomada hace ocho años puede despertar hoy una nueva curiosidad y llevarnos a investigar algo que pasó completamente desapercibido en el momento de apretar el disparador.
Gracias a las herramientas que tenemos disponibles actualmente pude descubrir que se trata del olivo negro (Bucida buceras), un árbol muy común en buena parte del Caribe, se lo utiliza frecuentemente como especie ornamental en parques, plazas, hoteles y jardines por su porte elegante y su amplia copa, que brinda una excelente sombra en las cálidas jornadas tropicales.
Pero además de ser apreciado por las personas, parece ser un verdadero imán para las aves porque produce pequeños frutos que son consumidos por numerosas especies de loros, palomas, zorzales y otras aves frugívoras.
Al final, unas fotografías que originalmente tenían como protagonista a la cotorra de La Española terminaron enseñándome algo más sobre las plantas que forman parte de su ambiente. Y quizás esa sea una de las mayores riquezas de observar aves, comenzar mirando un pájaro y terminar aprendiendo sobre árboles, frutos, insectos, comportamientos y un sinfín de detalles que hacen que cada salida siga siendo una oportunidad para descubrir algo nuevo.
Muchas gracias por acompañarme una vez más en este recorrido por los recuerdos de viaje y por seguir compartiendo esta curiosidad interminable por la naturaleza.
Hasta la próxima.
16 jun 2026
Menos disparos, mejores fotos
Ayer hablábamos de las bandadas mixtas y de la Saira dorada, una de esas especies que suelen acompañarnos durante los recorridos invernales por la selva. Hoy le toca el turno a otro integrante habitual de estos grupos inquietos y siempre activos, el Fiofío ceniciento.
Quienes llevamos años fotografiando aves sabemos que muchas veces las especies más comunes terminan siendo también las más difíciles de retratar de una manera diferente; uno vuelve a casa con cientos de registros, pero al revisarlos descubre que son básicamente las mismas fotos repetidas una y otra vez. El ave allá arriba, entre las ramas altas, parcialmente tapada por hojas, con luz complicada y fondos poco atractivos.
Y es lógico, El Fiofío ceniciento suele frecuentar el estrato alto de la selva, moviéndose constantemente entre el follaje junto a otras especies que integran las bandaditas mixtas. Durante años mis fotografías de esta especie fueron exactamente eso, registros útiles, pero lejos de las imágenes que uno imagina cuando sale al monte con la cámara.
Sin embargo, el tiempo tiene sus recompensas, las horas de observación terminan enseñando cosas que pasan desapercibidas para quien solamente busca una foto rápida; poco a poco uno comienza a reconocer comportamientos, rutinas y preferencias alimenticias. Aprende que estos pequeños insectívoros no pasan toda la jornada en las copas más altas y que, en determinadas circunstancias, bajan a niveles mucho más accesibles para nosotros.
Una de esas observaciones tiene que ver con el uso de ciertos árboles y arbustos que producen pequeños frutos muy atractivos para numerosas especies de aves, entre ellos se encuentra el palo pólvora (Trema micrantha), una planta que suele convertirse en un verdadero comedor para muchas especies de la selva cuando aparecen sus pequeños frutos. Allí no solamente aparecen saíras y tangarás; también pueden verse fiofíos, mosquetas y otros visitantes aprovechando esas diminutas frutitas.
Cuando uno descubre estos sitios, la fotografía deja de depender exclusivamente de la suerte, ya no se trata de caminar kilómetros esperando una oportunidad fugaz, se trata de conocer el escenario, anticiparse a los movimientos de las aves y preparar las condiciones para que ocurra la foto.
Es entonces cuando aparece otra parte del aprendizaje, esconderse cerca del árbol elegido, buscar una buena posición de luz, colocar alguna percha natural con líquenes, hongos o musgos que aporten interés a la escena, y simplemente esperar; esperar mucho más de lo que uno dispara.
Paradójicamente, con los años se aprende, y se termina haciendo menos fotografías que antes. Ya no se vuelve a casa con quinientas imágenes similares para rescatar apenas una, es preferible regresar con diez buenas fotos, pensadas y trabajadas desde la observación y el conocimiento del comportamiento de las aves. El equipo agradece el menor desgaste, la computadora agradece tener menos archivos para revisar, y el fotógrafo queda mucho más satisfecho cuando encuentra entre esas pocas imágenes alguna que realmente vale la pena compartir.
Porque al final, muchas veces la mejor fotografía no es la que se obtiene después de miles de disparos, sino la que llega después de años de aprender a mirar, por ello esta entrada solo tiene una foto que me paso Nico, una única toma pensada, buscada, y preparada para obtener un excelente resultado de este ocasional visitante del estrato bajo.
Quienes llevamos años fotografiando aves sabemos que muchas veces las especies más comunes terminan siendo también las más difíciles de retratar de una manera diferente; uno vuelve a casa con cientos de registros, pero al revisarlos descubre que son básicamente las mismas fotos repetidas una y otra vez. El ave allá arriba, entre las ramas altas, parcialmente tapada por hojas, con luz complicada y fondos poco atractivos.
Y es lógico, El Fiofío ceniciento suele frecuentar el estrato alto de la selva, moviéndose constantemente entre el follaje junto a otras especies que integran las bandaditas mixtas. Durante años mis fotografías de esta especie fueron exactamente eso, registros útiles, pero lejos de las imágenes que uno imagina cuando sale al monte con la cámara.
Sin embargo, el tiempo tiene sus recompensas, las horas de observación terminan enseñando cosas que pasan desapercibidas para quien solamente busca una foto rápida; poco a poco uno comienza a reconocer comportamientos, rutinas y preferencias alimenticias. Aprende que estos pequeños insectívoros no pasan toda la jornada en las copas más altas y que, en determinadas circunstancias, bajan a niveles mucho más accesibles para nosotros.
Una de esas observaciones tiene que ver con el uso de ciertos árboles y arbustos que producen pequeños frutos muy atractivos para numerosas especies de aves, entre ellos se encuentra el palo pólvora (Trema micrantha), una planta que suele convertirse en un verdadero comedor para muchas especies de la selva cuando aparecen sus pequeños frutos. Allí no solamente aparecen saíras y tangarás; también pueden verse fiofíos, mosquetas y otros visitantes aprovechando esas diminutas frutitas.
Cuando uno descubre estos sitios, la fotografía deja de depender exclusivamente de la suerte, ya no se trata de caminar kilómetros esperando una oportunidad fugaz, se trata de conocer el escenario, anticiparse a los movimientos de las aves y preparar las condiciones para que ocurra la foto.
Es entonces cuando aparece otra parte del aprendizaje, esconderse cerca del árbol elegido, buscar una buena posición de luz, colocar alguna percha natural con líquenes, hongos o musgos que aporten interés a la escena, y simplemente esperar; esperar mucho más de lo que uno dispara.
Paradójicamente, con los años se aprende, y se termina haciendo menos fotografías que antes. Ya no se vuelve a casa con quinientas imágenes similares para rescatar apenas una, es preferible regresar con diez buenas fotos, pensadas y trabajadas desde la observación y el conocimiento del comportamiento de las aves. El equipo agradece el menor desgaste, la computadora agradece tener menos archivos para revisar, y el fotógrafo queda mucho más satisfecho cuando encuentra entre esas pocas imágenes alguna que realmente vale la pena compartir.
Porque al final, muchas veces la mejor fotografía no es la que se obtiene después de miles de disparos, sino la que llega después de años de aprender a mirar, por ello esta entrada solo tiene una foto que me paso Nico, una única toma pensada, buscada, y preparada para obtener un excelente resultado de este ocasional visitante del estrato bajo.
15 jun 2026
Una oportunidad poco frecuente
¡Buenas tardes, amigos!
Hoy les comparto un par de fotografías de una especie que suele hacerse desear bastante cuando uno sale con la cámara al monte: la Saira dorada.
Quienes frecuentan la selva misionera durante el invierno seguramente la habrán visto alguna vez integrando esas infaltables bandaditas mixtas que recorren el estrato alto del bosque. Allí arriba, entre copas y ramas lejanas, se mueve inquieta junto a otras especies insectívoras y frugívoras, aprovechando la abundancia de alimento que encuentra en cada recorrido compartiendo andanzas con saíes, tangarás, chincheros, y algunas que otras sorpresas para los fotógrafos.
Y justamente ahí radica el principal desafío para quienes intentamos fotografiarla. La mayor parte del tiempo permanece a una altura considerable, moviéndose sin descanso entre el follaje, ofreciendo apenas breves destellos de su llamativo plumaje amarillo y negro. Muchas veces uno la escucha, la identifica con los binoculares o alcanza a verla cruzar entre los árboles, pero regresar a casa con una fotografía aceptable ya es otra historia.
Por eso cada vez que alguna de estas pequeñas joyas decide descender unos metros y ponerse a la altura de los fotógrafos, la oportunidad no puede desaprovecharse. Son esos momentos en los que todo parece acomodarse, la luz acompaña, el ave se muestra unos segundos más de lo habitual y la cámara logra capturar una imagen que permita apreciar toda la belleza de la especie.
En esta ocasión fue Nico quien tuvo la fortuna de encontrarse con una de esas oportunidades poco frecuentes y pudo obtener estas fotografías que hoy compartimos. Un lindo registro de una de las aves más vistosas de nuestra selva, y también un recordatorio de que muchas veces la paciencia termina teniendo recompensa.
Espero que disfruten de las imágenes tanto como nosotros disfrutamos cada encuentro con esta hermosa habitante de los montes misioneros.
¡Hasta la próxima!
Quienes frecuentan la selva misionera durante el invierno seguramente la habrán visto alguna vez integrando esas infaltables bandaditas mixtas que recorren el estrato alto del bosque. Allí arriba, entre copas y ramas lejanas, se mueve inquieta junto a otras especies insectívoras y frugívoras, aprovechando la abundancia de alimento que encuentra en cada recorrido compartiendo andanzas con saíes, tangarás, chincheros, y algunas que otras sorpresas para los fotógrafos.
Y justamente ahí radica el principal desafío para quienes intentamos fotografiarla. La mayor parte del tiempo permanece a una altura considerable, moviéndose sin descanso entre el follaje, ofreciendo apenas breves destellos de su llamativo plumaje amarillo y negro. Muchas veces uno la escucha, la identifica con los binoculares o alcanza a verla cruzar entre los árboles, pero regresar a casa con una fotografía aceptable ya es otra historia.
Por eso cada vez que alguna de estas pequeñas joyas decide descender unos metros y ponerse a la altura de los fotógrafos, la oportunidad no puede desaprovecharse. Son esos momentos en los que todo parece acomodarse, la luz acompaña, el ave se muestra unos segundos más de lo habitual y la cámara logra capturar una imagen que permita apreciar toda la belleza de la especie.
En esta ocasión fue Nico quien tuvo la fortuna de encontrarse con una de esas oportunidades poco frecuentes y pudo obtener estas fotografías que hoy compartimos. Un lindo registro de una de las aves más vistosas de nuestra selva, y también un recordatorio de que muchas veces la paciencia termina teniendo recompensa.
Espero que disfruten de las imágenes tanto como nosotros disfrutamos cada encuentro con esta hermosa habitante de los montes misioneros.
¡Hasta la próxima!
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