Ayer hablábamos de las bandadas mixtas y de la Saira dorada, una de esas especies que suelen acompañarnos durante los recorridos invernales por la selva. Hoy le toca el turno a otro integrante habitual de estos grupos inquietos y siempre activos, el Fiofío ceniciento.
Quienes llevamos años fotografiando aves sabemos que muchas veces las especies más comunes terminan siendo también las más difíciles de retratar de una manera diferente; uno vuelve a casa con cientos de registros, pero al revisarlos descubre que son básicamente las mismas fotos repetidas una y otra vez. El ave allá arriba, entre las ramas altas, parcialmente tapada por hojas, con luz complicada y fondos poco atractivos.
Y es lógico, El Fiofío ceniciento suele frecuentar el estrato alto de la selva, moviéndose constantemente entre el follaje junto a otras especies que integran las bandaditas mixtas. Durante años mis fotografías de esta especie fueron exactamente eso, registros útiles, pero lejos de las imágenes que uno imagina cuando sale al monte con la cámara.
Sin embargo, el tiempo tiene sus recompensas, las horas de observación terminan enseñando cosas que pasan desapercibidas para quien solamente busca una foto rápida; poco a poco uno comienza a reconocer comportamientos, rutinas y preferencias alimenticias. Aprende que estos pequeños insectívoros no pasan toda la jornada en las copas más altas y que, en determinadas circunstancias, bajan a niveles mucho más accesibles para nosotros.
Una de esas observaciones tiene que ver con el uso de ciertos árboles y arbustos que producen pequeños frutos muy atractivos para numerosas especies de aves, entre ellos se encuentra el palo pólvora (Trema micrantha), una planta que suele convertirse en un verdadero comedor para muchas especies de la selva cuando aparecen sus pequeños frutos. Allí no solamente aparecen saíras y tangarás; también pueden verse fiofíos, mosquetas y otros visitantes aprovechando esas diminutas frutitas.
Cuando uno descubre estos sitios, la fotografía deja de depender exclusivamente de la suerte, ya no se trata de caminar kilómetros esperando una oportunidad fugaz, se trata de conocer el escenario, anticiparse a los movimientos de las aves y preparar las condiciones para que ocurra la foto.
Es entonces cuando aparece otra parte del aprendizaje, esconderse cerca del árbol elegido, buscar una buena posición de luz, colocar alguna percha natural con líquenes, hongos o musgos que aporten interés a la escena, y simplemente esperar; esperar mucho más de lo que uno dispara.
Paradójicamente, con los años se aprende, y se termina haciendo menos fotografías que antes. Ya no se vuelve a casa con quinientas imágenes similares para rescatar apenas una, es preferible regresar con diez buenas fotos, pensadas y trabajadas desde la observación y el conocimiento del comportamiento de las aves. El equipo agradece el menor desgaste, la computadora agradece tener menos archivos para revisar, y el fotógrafo queda mucho más satisfecho cuando encuentra entre esas pocas imágenes alguna que realmente vale la pena compartir.
Porque al final, muchas veces la mejor fotografía no es la que se obtiene después de miles de disparos, sino la que llega después de años de aprender a mirar, por ello esta entrada solo tiene una foto que me paso Nico, una única toma pensada, buscada, y preparada para obtener un excelente resultado de este ocasional visitante del estrato bajo.

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