Hoy le toca el turno a una especie que, si no abre el pico para cantar, puede hacernos transpirar bastante antes de ponerle nombre.
La Mosqueta corona oliva (Phyllomyias virescens) fue fotografiada durante aquel inolvidable viaje de 2018 al Parque Provincial Cruce Caballero, cuando el único objetivo era recorrer el norte misionero buscando aves. En esa época todavía estaba en modo "coleccionista de especies", así que cada movimiento entre las ramas merecía una mirada.
Lo curioso es que de esta especie conservo una sola fotografía. Y, siendo sincero, fue porque no le di la importancia que merecía; vi un pequeño bulto moviéndose entre el follaje, apunté la cámara y disparé una única vez. En ese mismo instante una pareja de Carpinteros arcoíris apareció cerca, y ya sabemos cómo termina esa historia... la atención se fue detrás de los carpinteros y la pobre mosqueta quedó con una sola imagen para el archivo.
Años después, revisando las fotos, vino el verdadero trabajo. Como estos pequeños tiránidos no siempre tienen la amabilidad de vocalizar cuando uno los encuentra, la identificación pasa a ser un ejercicio de paciencia porque hay que empezar a filtrar especie por especie, observando el color de las patas, la forma y tamaño del pico, las tonalidades del plumaje, los discretos filetes o barras alares y cada detalle que pueda inclinar la balanza. Más que mirar una foto, parece una investigación policial.
En mi caso, el primer paso fue preparar un listado con las veinte especies de mosquetas que podían aparecer en la zona, incluyendo las registradas para Misiones, el Paraguay y el sur de Brasil. Ahí comienza el verdadero desafío, empezar a tachar nombres. Primero por el área de distribución, después por el ambiente donde fue observada, el estrato del bosque que frecuenta, el tipo de vegetación... porque hay mosquetas que viven prácticamente escondidas en el denso sotobosque de los tacuarales, y ni siquiera en cualquier tacuaral. Poco a poco se van descartando posibilidades y sumando pequeños detalles, la lista se va achicando hasta llegar a una identificación con bastante certeza. Lástima que, en este caso, al tratarse de una especie que suele moverse en el estrato alto del bosque, una vez más terminé perfeccionando esa disciplina que tantos fotógrafos conocemos: fotografiar panzas de pajaritos.
La Mosqueta corona oliva es un ave pequeña, inquieta y muy activa. Recorre las copas del bosque buscando diminutos insectos entre las hojas, casi siempre pasando desapercibida. Su plumaje oliváceo y sus movimientos constantes hacen que se confunda fácilmente con otras especies similares, razón por la cual escuchar su característico canto suele ser la forma más sencilla de confirmar su identidad.
Al final, esa única fotografía terminó teniendo mucho más valor del que imaginé aquel día. Es una linda demostración de que, en observación de aves, nunca conviene subestimar a un pajarito "común". A veces el protagonista de una gran historia no es el más colorido ni el más llamativo, sino ese pequeño personaje que nos obliga a sentarnos, revisar guías, comparar detalles y aprender algo nuevo.
Y de eso se trata también este hobby. Algunas especies nos regalan cientos de fotos; otras apenas una. Pero mientras haya una imagen que nos haga recordar el momento vivido en el monte y nos enseñe algo, ya cumplió con creces su misión. Al fin y al cabo... las aves siempre encuentran la forma de seguir dándonos trabajo, incluso varios años después de haber apretado el disparador.
Mapa de distribución en América del Sur
Copyright de los mapas:
Copyright-Ebird (www.ebird.org)
Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.
Tus hijos te lo agradecerán.
27 jun 2026
25 jun 2026
Con GPS averiado: cuando un pato decide vivir en los árboles
Hoy le toca el turno al sirirí vientre negro, uno de esos patos que parecen haber tomado decisiones de vida bastante discutibles... o brillantemente originales, según cómo se mire.
Las fotografías que acompañan esta entrada fueron obtenidas por el amigo Luis Krause en el Club Refugio Ombú, un lugar que ya ha aparecido muchas veces en el blog y que, por suerte, siempre encuentra la manera de regalarnos alguna sorpresa nueva. Entre lagunas, montes y rincones donde la naturaleza todavía conserva sus propios tiempos, este maravilloso espacio correntino cercano a Posadas sigue demostrando que nunca se termina de conocer del todo.
Y hablando de regresos, también vuelve Luis a compartir sus registros en esta nueva etapa del blog, una reconstrucción del espacio, sí, pero con la misma esencia de siempre; disfrutar de las aves, compartir anécdotas y contar historias sin demasiados protocolos, como cuando uno charla con amigos después de una salida de campo.
El protagonista de hoy es un pato que parece venir con el GPS desconfigurado de fábrica, porque resulta que, siendo pato, uno supondría que pasaría gran parte de su tiempo flotando plácidamente en alguna laguna pero no. El sirirí vientre negro suele aparecer descansando en árboles, posado sobre ramas o incluso arriba de postes; como si en algún momento de la evolución alguien hubiera mezclado los manuales de las aves acuáticas con los de los pájaros de percha y nadie se hubiera dado cuenta y la cosa no termina ahí.
Mientras la mayoría de los patos anidan en el suelo, este señor prefiere buscar huecos en los árboles para criar a sus pichones. Vaya uno a saber qué ocurrió miles de años atrás para que tomara semejante decisión, pero la especie la mantiene hasta el día de hoy con una convicción admirable.
Quizás por eso siempre nos resultó simpático. Tiene aspecto de pato, se comporta como pato cuando le conviene, pero cada tanto parece recordar que lleva un pequeño espíritu de pájaro carpintero o de loro escondido en alguna parte de su ADN.
Sea como fuere, cada encuentro con estos siriríes termina despertando la misma sensación: la naturaleza todavía guarda suficientes misterios como para sorprendernos cuando creemos haber visto de todo. Y por suerte siguen apareciendo momentos en los que cámara en mano aprovechemos esos breves instantes para documentar esas pequeñas rarezas que hacen tan entretenida esta actividad de observar y fotografiar aves.
Las fotografías que acompañan esta entrada fueron obtenidas por el amigo Luis Krause en el Club Refugio Ombú, un lugar que ya ha aparecido muchas veces en el blog y que, por suerte, siempre encuentra la manera de regalarnos alguna sorpresa nueva. Entre lagunas, montes y rincones donde la naturaleza todavía conserva sus propios tiempos, este maravilloso espacio correntino cercano a Posadas sigue demostrando que nunca se termina de conocer del todo.
Y hablando de regresos, también vuelve Luis a compartir sus registros en esta nueva etapa del blog, una reconstrucción del espacio, sí, pero con la misma esencia de siempre; disfrutar de las aves, compartir anécdotas y contar historias sin demasiados protocolos, como cuando uno charla con amigos después de una salida de campo.
El protagonista de hoy es un pato que parece venir con el GPS desconfigurado de fábrica, porque resulta que, siendo pato, uno supondría que pasaría gran parte de su tiempo flotando plácidamente en alguna laguna pero no. El sirirí vientre negro suele aparecer descansando en árboles, posado sobre ramas o incluso arriba de postes; como si en algún momento de la evolución alguien hubiera mezclado los manuales de las aves acuáticas con los de los pájaros de percha y nadie se hubiera dado cuenta y la cosa no termina ahí.
Mientras la mayoría de los patos anidan en el suelo, este señor prefiere buscar huecos en los árboles para criar a sus pichones. Vaya uno a saber qué ocurrió miles de años atrás para que tomara semejante decisión, pero la especie la mantiene hasta el día de hoy con una convicción admirable.
Quizás por eso siempre nos resultó simpático. Tiene aspecto de pato, se comporta como pato cuando le conviene, pero cada tanto parece recordar que lleva un pequeño espíritu de pájaro carpintero o de loro escondido en alguna parte de su ADN.
Sea como fuere, cada encuentro con estos siriríes termina despertando la misma sensación: la naturaleza todavía guarda suficientes misterios como para sorprendernos cuando creemos haber visto de todo. Y por suerte siguen apareciendo momentos en los que cámara en mano aprovechemos esos breves instantes para documentar esas pequeñas rarezas que hacen tan entretenida esta actividad de observar y fotografiar aves.
24 jun 2026
Pequeños hoy, dueños de la noche mañana.
Un binomio nocturno asoma allá arriba, entre las sombras del monte misionero. Donde nosotros apenas vemos oscuridad, ellos encuentran un mundo lleno de cosas por descubrir. Todavía les falta experiencia, pero ya empiezan a practicar eso para lo que nacieron; cazar.
Por ahora son apenas dos aprendices con cara de inocentes, aunque los padres no les dejan pasar una. Entre vuelos cortos, miradas atentas y alguna que otra lección nocturna, les van mostrando cómo ganarse la vida cuando cae el sol. De a poco descubren que esas patas enormes y esas garras impresionantes no están ahí de adorno.
Todavía les falta crecer, pero el futuro parece bastante claro, dentro de unos meses ya no serán esos pichones curiosos que observan el monte desde una rama segura; serán parte de esa élite nocturna que hace que más de un ratón piense dos veces antes de salir de casa. Los futuros gigantes de la noche misionera ya están tomando apuntes y aprendiendo rápido. Y como siempre, gracias a Nico por la colaboración y por acercar este hermoso registro de pichones de lechuzón mocho chico que nos permite asomarnos, aunque sea un ratito, a la intimidad de estos reyes de la noche en formación.
Fotografías obtenidas en la Reserva Don Rodolfo / Cerro Santa Ana, hace ya un tiempo atrás.
Por ahora son apenas dos aprendices con cara de inocentes, aunque los padres no les dejan pasar una. Entre vuelos cortos, miradas atentas y alguna que otra lección nocturna, les van mostrando cómo ganarse la vida cuando cae el sol. De a poco descubren que esas patas enormes y esas garras impresionantes no están ahí de adorno.
Todavía les falta crecer, pero el futuro parece bastante claro, dentro de unos meses ya no serán esos pichones curiosos que observan el monte desde una rama segura; serán parte de esa élite nocturna que hace que más de un ratón piense dos veces antes de salir de casa. Los futuros gigantes de la noche misionera ya están tomando apuntes y aprendiendo rápido. Y como siempre, gracias a Nico por la colaboración y por acercar este hermoso registro de pichones de lechuzón mocho chico que nos permite asomarnos, aunque sea un ratito, a la intimidad de estos reyes de la noche en formación.
Fotografías obtenidas en la Reserva Don Rodolfo / Cerro Santa Ana, hace ya un tiempo atrás.
23 jun 2026
"Sarna con gusto no pica".
Hoy estaba con poca inspiración para escribir, uno de esos días en los que me siento frente a la computadora, miro el teclado y las ideas parecen haberse ido de excursión.
Así que hice lo que vengo haciendo estos últimos meses, abrir carpetas viejas de fotografías y fue suficiente; bastó volver a recorrer las imágenes registradas durante aquel viaje a Curuzú Cuatiá para que empezaran a regresar los recuerdos, se refrescaron las charlas, volvieron las anécdotas, aparecieron nuevamente las caras de los amigos y hasta pude sentir otra vez el frío de aquellas mañanas caminando por el espinal correntino.
Al final, las fotografías tienen esa extraña magia, uno cree que está buscando una imagen para publicar y termina encontrando un montón de momentos que parecían dormidos en algún rincón de la memoria.
Entre esos recuerdos apareció esta sufrida pero divertida búsqueda de la monjita coronada en el campo del querido Doc. Ángel Prato, en el paraje María chica, cerca de Curuzú Cuatiá, Corrientes.
Parece mentira que hayan pasado ya doce años de aquel viaje inolvidable y que todavía conserve tan frescos los recuerdos de todo lo que conversábamos con el Doc. Aquella mañana le comentamos que después del almuerzo íbamos a salir a caminar para buscar a la siempre escurridiza monjita coronada.
Hay algo curioso entre los observadores/fotógrafos de aves, casi siempre nos fascina más lo que tiene el otro. El amigo correntino deliraba escuchando historias sobre la fotografía de aves en la selva misionera, mientras que yo, que vivo rodeado de selva, sentía una atracción especial por el espinal, por su fauna y particularmente por sus aves. Parece que el pasto siempre es más verde del otro lado, del lado del vecino... o, en este caso, que las espinas siempre son más interesantes en el campo ajeno.
Todavía me río al recordar la respuesta del Doc. cuando le contamos nuestros planes.
—Vayan ustedes... yo ni en pedo camino por esa plaga.
La definición era breve, pero extraordinariamente precisa.
Y es que caminar por el monte del Espinal es una experiencia de supervivencia textil y emocional. Entre algarrobos, chañares, espinillos, y tuscas, da la impresión de que todo el paisaje tiene un pacto secreto para retenerte a toda costa. Lo que empieza como una simple caminata termina convirtiéndose en una cómica lucha por salir entero de una naturaleza con bastante mal carácter.
Primero aparece un chañar que decide que la manga de tu campera es su nueva mejor amiga. Si lográs zafarte con una elegante maniobra de esquive, inmediatamente entra en acción la tusca, una planta que parece haber sido diseñada por un ingeniero especializado en armamento medieval. Siempre encuentra la forma de dejarte una espina colgando del pantalón... o clavada en la piel, para recordarte quién manda en ese monte.
En resumen, recorrer el espinal es una excelente práctica de paciencia, equilibrio y contorsionismo. Volvés a casa con la ropa más agujereada que un colador, pero también con anécdotas que justifican cada rasguño.
Y cuando ya estás al borde del colapso textil, aparece el algarrobo; su sombra generosa te regala un respiro y por unos segundos sentís que todo va a estar bien, hasta que mirás al suelo; las chauchas están desparramadas por todas partes y, si pisás una, el ruido es exactamente igual al de una botella de plástico vacía. Cada paso anuncia tu presencia a los cuatro vientos, y los pájaros ya saben por dónde venís mucho antes de que los veas vos.
Y así fue también con la monjita coronada; Uno conseguía acercarse cinco metros... y ella se alejaba treinta. Siempre alerta, siempre desconfiada, obligándonos a caminar un poco más entre espinas, frío y cansancio.
Fue una experiencia sufrida, las espinas, el frío que se mete hasta los huesos y varias horas de caminata campo traviesa hicieron que cada foto costara bastante más de lo que muestran las imágenes.
Pero ya saben cómo es esto. Como dice un viejo refrán de estos pagos... "Sarna con gusto no pica". Y menos todavía cuando la recompensa es regresar a casa con el registro de una especie que te hizo trabajar cada una de sus fotos.
Les comparto para el final esta secuencia de fotos con un enfoque y composiciones distintas a lo habitual, editadas por vez primera gracias a nuevas herramientas de proceamiento de imágenes que antes eran cosa de ciencia ficción; años en los que yo me preocupaba por estar cerca y que el modelo complete el mayor espacio posible en la toma, dejando al ambiente en un segundo plano olvidándome de que mostrar el hábitat también sirve de mucho, en este caso para mostrar la monocromía del espinal y a un tiránido super arisco que en el habita.
Saludos para todos !!!
Al final, las fotografías tienen esa extraña magia, uno cree que está buscando una imagen para publicar y termina encontrando un montón de momentos que parecían dormidos en algún rincón de la memoria.
Entre esos recuerdos apareció esta sufrida pero divertida búsqueda de la monjita coronada en el campo del querido Doc. Ángel Prato, en el paraje María chica, cerca de Curuzú Cuatiá, Corrientes.
Parece mentira que hayan pasado ya doce años de aquel viaje inolvidable y que todavía conserve tan frescos los recuerdos de todo lo que conversábamos con el Doc. Aquella mañana le comentamos que después del almuerzo íbamos a salir a caminar para buscar a la siempre escurridiza monjita coronada.
Hay algo curioso entre los observadores/fotógrafos de aves, casi siempre nos fascina más lo que tiene el otro. El amigo correntino deliraba escuchando historias sobre la fotografía de aves en la selva misionera, mientras que yo, que vivo rodeado de selva, sentía una atracción especial por el espinal, por su fauna y particularmente por sus aves. Parece que el pasto siempre es más verde del otro lado, del lado del vecino... o, en este caso, que las espinas siempre son más interesantes en el campo ajeno.
Todavía me río al recordar la respuesta del Doc. cuando le contamos nuestros planes.
—Vayan ustedes... yo ni en pedo camino por esa plaga.
La definición era breve, pero extraordinariamente precisa.
Y es que caminar por el monte del Espinal es una experiencia de supervivencia textil y emocional. Entre algarrobos, chañares, espinillos, y tuscas, da la impresión de que todo el paisaje tiene un pacto secreto para retenerte a toda costa. Lo que empieza como una simple caminata termina convirtiéndose en una cómica lucha por salir entero de una naturaleza con bastante mal carácter.
Primero aparece un chañar que decide que la manga de tu campera es su nueva mejor amiga. Si lográs zafarte con una elegante maniobra de esquive, inmediatamente entra en acción la tusca, una planta que parece haber sido diseñada por un ingeniero especializado en armamento medieval. Siempre encuentra la forma de dejarte una espina colgando del pantalón... o clavada en la piel, para recordarte quién manda en ese monte.
En resumen, recorrer el espinal es una excelente práctica de paciencia, equilibrio y contorsionismo. Volvés a casa con la ropa más agujereada que un colador, pero también con anécdotas que justifican cada rasguño.
Y cuando ya estás al borde del colapso textil, aparece el algarrobo; su sombra generosa te regala un respiro y por unos segundos sentís que todo va a estar bien, hasta que mirás al suelo; las chauchas están desparramadas por todas partes y, si pisás una, el ruido es exactamente igual al de una botella de plástico vacía. Cada paso anuncia tu presencia a los cuatro vientos, y los pájaros ya saben por dónde venís mucho antes de que los veas vos.
Y así fue también con la monjita coronada; Uno conseguía acercarse cinco metros... y ella se alejaba treinta. Siempre alerta, siempre desconfiada, obligándonos a caminar un poco más entre espinas, frío y cansancio.
Fue una experiencia sufrida, las espinas, el frío que se mete hasta los huesos y varias horas de caminata campo traviesa hicieron que cada foto costara bastante más de lo que muestran las imágenes.
Pero ya saben cómo es esto. Como dice un viejo refrán de estos pagos... "Sarna con gusto no pica". Y menos todavía cuando la recompensa es regresar a casa con el registro de una especie que te hizo trabajar cada una de sus fotos.
Les comparto para el final esta secuencia de fotos con un enfoque y composiciones distintas a lo habitual, editadas por vez primera gracias a nuevas herramientas de proceamiento de imágenes que antes eran cosa de ciencia ficción; años en los que yo me preocupaba por estar cerca y que el modelo complete el mayor espacio posible en la toma, dejando al ambiente en un segundo plano olvidándome de que mostrar el hábitat también sirve de mucho, en este caso para mostrar la monocromía del espinal y a un tiránido super arisco que en el habita.
Saludos para todos !!!
22 jun 2026
Copetón Bobito Myiarchus stolidus (Gosse, PH, 1847) Stolid Flycatcher
El viaje familiar a Punta Cana no fue solamente playa, pileta y gastronomía; como suele ocurrir en estos casos siempre aparece algún momento para escaparse unos minutos en busca de aves.
En una de esas caminatas por las calles internas que comunican los complejos Iberostar y Riu, mientras las mujeres del grupo inspeccionaban remeras, recuerdos y toda clase de chucherías cuyo atractivo escapa por completo a mi comprensión masculina, aproveché para hacer lo que más me gusta, caminar despacio mirando árboles y arbustos en busca de pajaritos. Por suerte no estaba solo en la misión, ya que mi hija me acompañaba en la recorrida.
Fue entonces cuando apareció uno de los habitantes más simpáticos de la isla, el Copetón Bobito (Myiarchus stolidus), conocido también como Atrapamoscas Juí o Manuelito en República Dominicana.
A primera vista puede parecer un atrapamoscas más, de tonos discretos y hábitos tranquilos. Sin embargo, observándolo unos minutos deja ver toda su personalidad. Se mueve entre ramas y claros del follaje realizando cortos vuelos para capturar insectos, regresando luego a su posadero favorito desde donde vigila atentamente los alrededores.
Su aspecto recuerda inmediatamente a los burlistos sudamericanos, y no es casualidad; ambos pertenecen al género Myiarchus, un grupo de aves ampliamente distribuido por América; de hecho, podría decirse que el Copetón Bobito es una especie de primo caribeño de nuestros burlistos. Comparte con ellos la silueta estilizada, la postura erguida, la costumbre de permanecer atento desde una rama elevada y esa expresión que parece mezclar curiosidad con cierto aire de importancia.
La diferencia principal es que, mientras algunos de nuestros burlistos suelen mostrarse bastante inquietos y bulliciosos, este "Manuelito" dominicano parecía tomarse la vida con más calma, observándonos con la tranquilidad de quien sabe perfectamente que está jugando de local.
Vamos con un poco de data científica ya que es la primera vez que publico a la especie en el blog, un nuevo Lifer, un nuevo bichito para mis registros.
El copetón bobito, también denominado atrapamoscas juí o manuelito (en la República Dominicana), es una especie de ave paseriforme de la familia Tyrannidae perteneciente al numeroso género Myiarchus.
Se encuentra en las grandes islas antillanas de Jamaica y La Española (República Dominicana y Haití) e islas aledañas.
Esta especie es considerada común en sus hábitats naturales, los bosques de tierras bajas y sus bordes, bosques áridos, matorrales y bosques de manglares. También en pinares (Pinus) o remanentes pero no en plantaciones de café en La Española. Es menos frecuente en bordes de bosques húmedos de elevaciones medias. Hasta los 1800 m de altitud.
Descripción original:
La especie M. stolidus fue descrita por primera vez por el ornitólogo británico Philip Henry Gosse en 1847 bajo el nombre científico Myiobius stolidus; su localidad tipo es: «Jamaica».
Etimología:
El nombre genérico masculino «Myiarchus» se compone de las palabras del griego «μυια muia, μυιας muias» que significa ‘mosca’, y «αρχος arkhos» que significa ‘jefe’; y el nombre de la especie «stolidus», en latín significa ‘tonto’, ‘estúpido’.
Taxonomía:
Ya fue considerado conespecífico con Myiarchus sagrae y Myiarchus antillarum.
Subespecies:
Según las clasificaciones del Congreso Ornitológico Internacional (IOC) y Clements Checklist/eBird se reconocen dos subespecies, con su correspondiente distribución geográfica:
Myiarchus stolidus dominicensis (Bryant), 1867 – La Española (Haiti, República Dominicana) e islas adyacentes (Gonâve, Tortuga, Grande Cayemite, isla de la Vaca, Beata, Catalina, Saona).
Myiarchus stolidus stolidus (Gosse), 1847 – Jamaica.
Referencias: https://es.wikipedia.org/wiki/Myiarchus_stolidus
Mapa de distribución en América
Copyright de los mapas Copyright-Ebird (www.ebird.org)
Para terminar les comparto pese a que soy muy reservado en el aspecto de compartir fotografías familiares en la web, esta selfie que nos sacamos con mi hija después de fotografiar al Manuelito; faltaron mi señora y mi suegra en la foto, pero las dos andaban por ahí mirando remeritas y otras chucherías como les dije .
Como siempre, agradezco a quienes acompañan en este espacio y comparten la pasión por observar aves, ya sea en cualquier ambiente natural, en una plaza urbana, o durante unas vacaciones familiares en cualquier rincón del continente. Al final, los mejores recuerdos de un viaje muchas veces terminan teniendo plumas.
En una de esas caminatas por las calles internas que comunican los complejos Iberostar y Riu, mientras las mujeres del grupo inspeccionaban remeras, recuerdos y toda clase de chucherías cuyo atractivo escapa por completo a mi comprensión masculina, aproveché para hacer lo que más me gusta, caminar despacio mirando árboles y arbustos en busca de pajaritos. Por suerte no estaba solo en la misión, ya que mi hija me acompañaba en la recorrida.
Fue entonces cuando apareció uno de los habitantes más simpáticos de la isla, el Copetón Bobito (Myiarchus stolidus), conocido también como Atrapamoscas Juí o Manuelito en República Dominicana.
A primera vista puede parecer un atrapamoscas más, de tonos discretos y hábitos tranquilos. Sin embargo, observándolo unos minutos deja ver toda su personalidad. Se mueve entre ramas y claros del follaje realizando cortos vuelos para capturar insectos, regresando luego a su posadero favorito desde donde vigila atentamente los alrededores.
Su aspecto recuerda inmediatamente a los burlistos sudamericanos, y no es casualidad; ambos pertenecen al género Myiarchus, un grupo de aves ampliamente distribuido por América; de hecho, podría decirse que el Copetón Bobito es una especie de primo caribeño de nuestros burlistos. Comparte con ellos la silueta estilizada, la postura erguida, la costumbre de permanecer atento desde una rama elevada y esa expresión que parece mezclar curiosidad con cierto aire de importancia.
La diferencia principal es que, mientras algunos de nuestros burlistos suelen mostrarse bastante inquietos y bulliciosos, este "Manuelito" dominicano parecía tomarse la vida con más calma, observándonos con la tranquilidad de quien sabe perfectamente que está jugando de local.
Vamos con un poco de data científica ya que es la primera vez que publico a la especie en el blog, un nuevo Lifer, un nuevo bichito para mis registros.
El copetón bobito, también denominado atrapamoscas juí o manuelito (en la República Dominicana), es una especie de ave paseriforme de la familia Tyrannidae perteneciente al numeroso género Myiarchus.
Se encuentra en las grandes islas antillanas de Jamaica y La Española (República Dominicana y Haití) e islas aledañas.
Esta especie es considerada común en sus hábitats naturales, los bosques de tierras bajas y sus bordes, bosques áridos, matorrales y bosques de manglares. También en pinares (Pinus) o remanentes pero no en plantaciones de café en La Española. Es menos frecuente en bordes de bosques húmedos de elevaciones medias. Hasta los 1800 m de altitud.
Descripción original:
La especie M. stolidus fue descrita por primera vez por el ornitólogo británico Philip Henry Gosse en 1847 bajo el nombre científico Myiobius stolidus; su localidad tipo es: «Jamaica».
Etimología:
El nombre genérico masculino «Myiarchus» se compone de las palabras del griego «μυια muia, μυιας muias» que significa ‘mosca’, y «αρχος arkhos» que significa ‘jefe’; y el nombre de la especie «stolidus», en latín significa ‘tonto’, ‘estúpido’.
Taxonomía:
Ya fue considerado conespecífico con Myiarchus sagrae y Myiarchus antillarum.
Subespecies:
Según las clasificaciones del Congreso Ornitológico Internacional (IOC) y Clements Checklist/eBird se reconocen dos subespecies, con su correspondiente distribución geográfica:
Myiarchus stolidus dominicensis (Bryant), 1867 – La Española (Haiti, República Dominicana) e islas adyacentes (Gonâve, Tortuga, Grande Cayemite, isla de la Vaca, Beata, Catalina, Saona).
Myiarchus stolidus stolidus (Gosse), 1847 – Jamaica.
Referencias: https://es.wikipedia.org/wiki/Myiarchus_stolidus
Mapa de distribución en América
Copyright de los mapas Copyright-Ebird (www.ebird.org)
Para terminar les comparto pese a que soy muy reservado en el aspecto de compartir fotografías familiares en la web, esta selfie que nos sacamos con mi hija después de fotografiar al Manuelito; faltaron mi señora y mi suegra en la foto, pero las dos andaban por ahí mirando remeritas y otras chucherías como les dije .
Como siempre, agradezco a quienes acompañan en este espacio y comparten la pasión por observar aves, ya sea en cualquier ambiente natural, en una plaza urbana, o durante unas vacaciones familiares en cualquier rincón del continente. Al final, los mejores recuerdos de un viaje muchas veces terminan teniendo plumas.
21 jun 2026
Los pájaros permanecen
Durante los años más activos del grupo y por ende de este blog hubo algo que siempre me gustó destacar, la cantidad de gente que terminó contagiándose de esta hermosa costumbre de mirar aves y fotografiarlas.
Entre ellos están dos compañeros de trabajo del Colegio Madre de la Misericordia, Nico Pavese y Lucho Lugo, y yo en primer lugar porque Willy fue el que me invitó a una jornada de observación de aves en el Jardín botánico de Posadas con sus alumnos del profesorado de Biología. Poco a poco fuimos descubriendo que detrás de cada salida, de cada viaje o de cada paseo familiar, siempre podía aparecer una especie interesante para registrar.
Así fue como comenzaron a llegar fotos desde distintos rincones del país, obtenidas durante vacaciones o escapadas familiares, imágenes que luego encontraban su lugar en estas páginas.
Recuerdo aquellos años con mucho cariño porque no existían competencias absurdas ni discusiones por ver quién tenía la mejor foto o la especie más rara, simplemente compartíamos lo que encontrábamos.
Cuando alguno viajaba a un lugar diferente, todos esperábamos con entusiasmo los registros que pudiera traer de regreso porque el objetivo era sencillo, disfrutar de las aves y mostrar la diversidad que íbamos descubriendo entre todos.
Quienes siguen el blog desde hace tiempo seguramente habrán notado que uno de los antiguos integrantes ya no está, no hace falta explicar demasiado ni tampoco tengo ganas de hacerlo.
En el complejo mundo de las relaciones humanas siempre aparecen los egos, las mezquindades y las diferencias de objetivos, no todos caminamos hacia el mismo lugar ni entendemos a la actividad, sea cual fuera de la misma manera.
Podría escribir muchísimo sobre todo lo que pasó desde finales de 2017 hasta hoy porque nueve años dan para muchas reflexiones. Algunas veces pensé en contar más detalles, otras preferí dejar que el tiempo hiciera su trabajo ya que al final comprendí que no vale la pena gastar demasiada energía en cuestiones que poco tienen que ver con aquello que nos reunió en primer lugar.
Porque aquí seguimos los que estamos, como dijo Willy hace poco; quizás sin la intensidad de aquellos años, al jubilarme yo en el año 2022 he perdido un importante punto de encuentro con los amigos, extraño y mucho las charlas en los recreos o en horas libres en las que como se imaginarán no hablábamos de otra cosa que no sean pajaritos.
Hoy con menos salidas compartidas y menos tiempo disponible, hay que tratar de mantener intacto lo esencial, pasarla bien, disfrutar de la naturaleza y celebrar cada encuentro dentro de lo que se pueda sacando fotos y de ser posible con nuevas especies o interesantes anécdotas para compartirlas en este espacio.
Las fotografías que acompañan esta entrada fueron obtenidas por Lucho Lugo durante un viaje familiar a Bariloche, el escenario fue el camping del Lago Guillelmo, un sitio privilegiado donde los bosques andino-patagónicos todavía guardan encuentros inolvidables para quienes caminan atentos.
El protagonista de las imágenes es nada menos que el Carpintero Gigante (Campephilus magellanicus), una de las aves más emblemáticas del sur argentino. Su tamaño imponente, su potente tamborileo y su estrecha relación con los bosques maduros lo convierten en una especie que difícilmente pase desapercibida.
Y como debe ser en este espacio, terminemos hablando de aves porque los seres humanos vamos y venimos, nos encontramos y nos alejamos, pero los pájaros siguen ahí, ajenos a nuestras pequeñas miserias.
Por suerte, ellos continúan siendo la mejor parte de esta historia.
saludos para todos, buen Domingo, Y feliz día del padre para quien le toque !!!
Así fue como comenzaron a llegar fotos desde distintos rincones del país, obtenidas durante vacaciones o escapadas familiares, imágenes que luego encontraban su lugar en estas páginas.
Recuerdo aquellos años con mucho cariño porque no existían competencias absurdas ni discusiones por ver quién tenía la mejor foto o la especie más rara, simplemente compartíamos lo que encontrábamos.
Cuando alguno viajaba a un lugar diferente, todos esperábamos con entusiasmo los registros que pudiera traer de regreso porque el objetivo era sencillo, disfrutar de las aves y mostrar la diversidad que íbamos descubriendo entre todos.
Quienes siguen el blog desde hace tiempo seguramente habrán notado que uno de los antiguos integrantes ya no está, no hace falta explicar demasiado ni tampoco tengo ganas de hacerlo.
En el complejo mundo de las relaciones humanas siempre aparecen los egos, las mezquindades y las diferencias de objetivos, no todos caminamos hacia el mismo lugar ni entendemos a la actividad, sea cual fuera de la misma manera.
Podría escribir muchísimo sobre todo lo que pasó desde finales de 2017 hasta hoy porque nueve años dan para muchas reflexiones. Algunas veces pensé en contar más detalles, otras preferí dejar que el tiempo hiciera su trabajo ya que al final comprendí que no vale la pena gastar demasiada energía en cuestiones que poco tienen que ver con aquello que nos reunió en primer lugar.
Porque aquí seguimos los que estamos, como dijo Willy hace poco; quizás sin la intensidad de aquellos años, al jubilarme yo en el año 2022 he perdido un importante punto de encuentro con los amigos, extraño y mucho las charlas en los recreos o en horas libres en las que como se imaginarán no hablábamos de otra cosa que no sean pajaritos.
Hoy con menos salidas compartidas y menos tiempo disponible, hay que tratar de mantener intacto lo esencial, pasarla bien, disfrutar de la naturaleza y celebrar cada encuentro dentro de lo que se pueda sacando fotos y de ser posible con nuevas especies o interesantes anécdotas para compartirlas en este espacio.
Las fotografías que acompañan esta entrada fueron obtenidas por Lucho Lugo durante un viaje familiar a Bariloche, el escenario fue el camping del Lago Guillelmo, un sitio privilegiado donde los bosques andino-patagónicos todavía guardan encuentros inolvidables para quienes caminan atentos.
El protagonista de las imágenes es nada menos que el Carpintero Gigante (Campephilus magellanicus), una de las aves más emblemáticas del sur argentino. Su tamaño imponente, su potente tamborileo y su estrecha relación con los bosques maduros lo convierten en una especie que difícilmente pase desapercibida.
Y como debe ser en este espacio, terminemos hablando de aves porque los seres humanos vamos y venimos, nos encontramos y nos alejamos, pero los pájaros siguen ahí, ajenos a nuestras pequeñas miserias.
Por suerte, ellos continúan siendo la mejor parte de esta historia.
saludos para todos, buen Domingo, Y feliz día del padre para quien le toque !!!
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