Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.

4 sept 2026

Nombres que cambian, recuerdos que quedan.

Hay lugares que con el paso de los años terminan siendo mucho más que un punto en el mapa, y para nosotros el camino de acceso al portal norte del Parque Nacional Iberá, en Cambyretá, es uno de esos. Cuántas veces habremos recorrido esos kilómetros, despacio, mirando hacia los costados, frenando por cualquier movimiento entre los pastizales, esperando que apareciera algo nuevo o simplemente disfrutando de volver a encontrarnos con aquellos viejos conocidos que ya formaban parte del paisaje. En esos años había especies que parecían estar siempre allí, casi como si tuvieran reservado su lugar a la vera del camino, y el Pecho Amarillo era, sin dudas, uno de ellos.
Hoy vuelvo a encontrarme con tres fotografías de aquella especie que durante mucho tiempo llamamos Pecho Amarillo Común y que, como tantas otras cosas que quedaron esperando durante este largo paréntesis de actividad del blog, también cambió de nombre mientras nosotros estábamos en otra historia. Ahora es simplemente Pecho Amarillo, pero más allá de cómo decidieron llamarlo los que se ocupan de poner orden en la taxonomía, para nosotros sigue siendo aquel pecho amarillo de Cambyretá, el que aparecía con frecuencia durante aquellas jornadas interminables de pajareo, cuando todavía parecía que había tiempo para todo y cada salida podía terminar en una nueva historia para contar.
Lo curioso es que al volver sobre aquellos recuerdos también aparece una pequeña contradicción: aquello que alguna vez considerábamos común ya no me parece tan común. Tal vez porque el paisaje cambió, tal vez porque cambiaron las aves, o quizás porque después de tantos años uno empieza a prestar atención justamente a esas cosas que antes pasaban desapercibidas. Lo que antes era casi una presencia asegurada hoy se disfruta un poco más cuando aparece, y eso también forma parte de la experiencia de volver a mirar las mismas fotos después de tantos años.
Así que hoy van tres fotos de un viejo conocido, tomadas en ese camino que tantas veces recorrimos y que seguramente todavía guarda unas cuantas historias esperando ser encontradas. Cambió el nombre, pasó el tiempo y quizás también cambió algo en el paisaje, pero hay recuerdos que quedan asociados para siempre a un lugar y a una especie. Y este Pecho Amarillo, para mí, sigue teniendo un poco de aquel Cambyretá de aquellos años, cuando lo común todavía no sabíamos que algún día iba a dejar de serlo.


3 sept 2026

El chiricote y ese raro momento en que hago las cosas bien

Hoy tengo que reconocerlo: estas dos fotos del chiricote me gustan muchísimo. Y sí, son fotos mías, así que por una vez me voy a permitir decirlo sin vueltas: son dos fotones. 😁 Claro que tampoco hay que sacar conclusiones apresuradas, porque no es que de repente me haya convertido en un fotógrafo extraordinario; de vez en cuando también me salen buenas fotos, muy de vez en cuando, generalmente cuando soy obediente y hago exactamente lo que tantas veces uno recomienda hacer cuando sale a fotografiar aves.
Esta vez fue en Ombú Chico, durante aquel último fin de semana de pajareo que compartimos los tres, con Willy y con Luisito Krause, disfrutando de esos días que hoy, con un poco de distancia, se extrañan bastante. La escena no tenía ningún secreto ni requería de grandes maniobras: yo estaba sentado junto a Willy, mate de por medio, a unos tres metros del comedero, esperando tranquilamente que alguno de los visitantes habituales decidiera regalarnos una oportunidad. La cámara estaba armada sobre el trípode, sin flash, lista para disparar cuando apareciera el modelo indicado. Y apareció el chiricote.
Ahí entró en juego esa parte aburrida pero fundamental de la fotografía de aves: apertura máxima permitida por mi lente para aprovechar al máximo la luz disponible, ISO bajo para evitar que el ruido arruinara el detalle y una velocidad que me permitiera congelar el movimiento sin sacrificar calidad. Nada de perseguirlo por el monte, nada de acercamientos imposibles, nada de hacer malabares con la cámara. Simplemente sentarse, esperar y estar preparado.
Y acá aparece otra de esas pequeñas verdades que uno aprende con los años: muchas veces la buena foto no depende solamente de tener una gran cámara o de encontrar un ave extraordinaria, sino de estar en el lugar correcto, tener el equipo preparado y, sobre todo, no apurarse. Cuando el fotógrafo deja de molestar al fotógrafo y empieza a hacerle caso a la técnica, las cosas suelen funcionar bastante mejor. 😄
El chiricote se quedó el tiempo suficiente, la luz acompañó, el fondo ayudó y, por una vez, todos los planetas parecieron alinearse. Yo solamente tuve que hacer mi parte y apretar el disparador.
Así que hoy no hay grandes aventuras ni historias de persecuciones detrás de una especie difícil. Hay dos fotos, un chiricote tranquilo, unos mates compartidos con Willy y el recuerdo de aquel fin de semana junto a Luisito en Ombú Chico. A veces eso alcanza y sobra.
Disfruten del resultado... que no todos los días me salen dos fotones así. 😉

2 sept 2026

Cuando cuatro ojos se encuentran

Dos fotos, dos momentos en los que se dio ese encuentro que quienes andamos con una cámara colgada del cuello conocemos bastante bien: uno intentando pasar desapercibido y el otro, bastante menos ingenuo de lo que creemos, observándonos desde su lugar. Y es justamente ese cruce de miradas lo que más disfruto de muchas de mis fotografías, porque más allá de que la foto haya salido técnicamente bien, hay algo especial cuando uno siente que por un instante el ave también supo perfectamente quién estaba del otro lado del objetivo.
No voy a aburrirlos esta vez con eso de que son “fotos de archivo”, porque además... ¿para qué arruinar el misterio? Pueden ser de hace unos días, de hace unos años o quizás de alguna de aquellas salidas que ya quedaron bastante lejos en el calendario. Lo importante es que el momento existió, que la mirada quedó registrada y que, de alguna manera, cada vez que vuelvo a ver estas fotos vuelvo también a ese pequeño instante en el que se produjo el encuentro.
Y hablando de encuentros, seguramente alguna vez les conté el gran secreto para poder acercarse a un ave sin espantarla. Si ya lo hice, sinceramente me olvidé; y si nunca lo conté, mejor todavía. Porque después de tantos años uno termina aprendiendo a fuerza de equivocarse, de acercarse demasiado, de ver cómo el supuesto modelo desaparece en un segundo y de quedarse mirando el lugar vacío donde estaba apenas un instante antes. Dicen que la experiencia es la mejor maestra, y en esto creo que tienen razón: hay cosas que no se aprenden leyendo ni escuchando consejos, sino equivocándose uno mismo.
Así que, si quieren descubrir el secreto de cómo acercarse a un ave rapaz sin que salga disparada antes de que puedan siquiera levantar la cámara, les recomiendo el método que utilizamos nosotros: aprender por el propio cuero. Es bastante más efectivo... aunque también implica unas cuantas fotos perdidas, algunas oportunidades que se escapan y más de una vez volver a casa con la cámara llena de paisajes y absolutamente nada de lo que habíamos salido a buscar. Pero cuando finalmente se produce ese momento, cuando el ave permanece allí y antes de apretar el disparador se cruza la mirada entre fotógrafo y modelo, todo lo anterior queda justificado. Porque algunas fotografías no se recuerdan solamente por cómo quedaron, sino por lo que ocurrió justo antes de que el obturador hiciera su trabajo; y cuando todo sale bien, aparece ese premio que no siempre queda registrado en la tarjeta de memoria; el instante exacto en que el ave levanta la cabeza y nos devuelve la mirada, ese intercambio , para mí, siempre fue una de las mejores partes de esto de andar detrás de los pájaros.

1 sept 2026

Lavandera, una vieja conocida que todavía sabe sorprender

Hay especies que a esta altura ya son prácticamente viejas conocidas del blog, y la Lavandera es una de ellas. Después de tantos años, tantos registros y tantas fotografías compartidas, podría parecer que ya no queda demasiado por contar, pero cuando uno vuelve a abrir los archivos descubre que siempre aparece alguna imagen que había quedado esperando su momento. Hoy rescato estas dos fotografías de una linda escapada a Cambyretá, de esas jornadas que quedaron guardadas en la memoria por todo lo que significaban aquellas salidas al campo, mucho antes de que el lugar se convirtiera en uno de nuestros recuerdos más añorados.
La Lavandera tiene además una particularidad que siempre me llamó la atención, porque a pesar de ser una especie bastante frecuente en los ambientes apropiados, nunca deja de resultar atractiva cuando se tiene la oportunidad de fotografiarla bien. Suelen moverse entre la vegetación cercana al agua, utilizando tallos y pequeños posaderos desde donde salen disparadas en busca de algún insecto para volver casi inmediatamente al mismo sector. Para el fotógrafo eso significa estar atento, seguir sus movimientos y, sobre todo, esperar ese instante en el que el pequeño tiránido decide quedarse quieto el tiempo suficiente como para regalarnos una buena toma.
Y estas dos fotografías tienen una pequeña historia detrás que me gusta especialmente contar. Una de ellas, de tan bien que salió aquella vez, terminó siendo seleccionada para formar parte de la aplicación Merlin, así que esta hembra de Lavandera que alguna vez encontramos recorriendo los ambientes de Cambyretá terminó también dando una pequeña vuelta por el mundo digital. No es algo que ocurra con todas las fotos que uno hace, por eso cada tanto está bueno volver a mirar los archivos y descubrir que alguna imagen que nosotros simplemente guardamos como un buen recuerdo terminó teniendo una utilidad mucho mayor.
Hoy, entonces, no hay especie nueva, ni descubrimiento, ni un registro extraordinario para sumar a la lista. Solamente dos fotos viejas de una especie que ya apareció muchas veces por acá, pero que sirven como excusa perfecta para volver por un rato a aquellos caminos de Cambyretá, cuando salir a buscar aves era parte de una rutina que hoy se extraña muchísimo. Porque al final uno termina entendiendo que el valor de una fotografía no siempre está en lo rara que sea la especie o en lo perfecta que haya quedado la toma; muchas veces está en todo lo que aparece detrás cuando volvemos a mirarla después de varios años.
Y esta Lavandera, además de estar nuevamente en el blog, hoy vuelve con un pequeño orgullo extra: una de estas fotos sigue dando vueltas por ahí, ayudando a otros a reconocer una especie que nosotros tuvimos la suerte de encontrar aquella vez en el campo.

31 ago 2026

Catita chirirí: dos fotos, una sola mañana

Hoy toca desempolvar dos fotos que tienen un valor especial, no porque sean las mejores tomas que haya conseguido de una especie —de hecho, son las únicas dos que tengo— sino porque representan mi primer encuentro fotográfico con la Catita chirirí, un lorito que ya tiene su lugar en el blog gracias a registros anteriores, pero que recién pude sumar a mi propia colección durante unas vacaciones familiares en Iguazú, allá por 2024. Nos alojamos en las Cabañas San Andrés y, como suele pasar en estos viajes en los que uno intenta equilibrar la familia con esa costumbre de andar mirando para arriba, tuve la suerte de encontrarme con ellas una mañana. Fue una de esas apariciones que duran poco, apenas lo suficiente para intentar sacar alguna foto antes de que el movimiento de la gente, el ruido o simplemente el capricho del ave hagan que desaparezca entre la vegetación.
Y así quedaron estas dos, las únicas fotos que pude hacerles aquella mañana. No hubo segunda oportunidad, ni otra jornada para buscarlas, ni mucho menos una colección de veinte o treinta imágenes entre las que elegir la mejor. Fueron las que salieron y punto, y quizás por eso mismo hoy tienen un valor especial. Con el tiempo uno aprende que en esto de fotografiar aves no siempre se trata de volver con una tarjeta llena de fotos perfectas; muchas veces alcanza con haber estado en el lugar correcto, en el momento justo, y haber conseguido aunque sea un par de recuerdos que permitan decir “yo también la vi”.
El registro anterior que aparece en el blog corresponde a Luis Krause, de 2017, obtenido durante uno de esos varios viajes que Luis pudo hacer recorriendo distintos rincones del país, siempre con la cámara a cuestas y atento a esas especies que para nosotros, los que vivimos por estos pagos, muchas veces aparecen solamente cuando tenemos la suerte de salir a buscarlas. Su foto quedó como antecedente de la especie en el blog durante todos estos años, hasta que finalmente pude aportar mis propias imágenes.
La Catita chirirí es de esos loritos que uno puede tener bastante presentes en la lista de especies de la región y, sin embargo, convertirse en una cuenta pendiente cuando se trata de fotografiarla. En mi caso, particularmente, hay una deuda que sigue sin saldarse: nunca pude verla en Posadas, al menos yo. Y eso siempre me resulta curioso, porque uno termina recorriendo lugares bastante más lejanos para encontrar determinadas especies mientras algunas que potencialmente podrían aparecer relativamente cerca siguen sin concedernos una sola oportunidad. Quizás algún día se dé, porque con las aves nunca conviene cerrar una historia demasiado pronto.
Por ahora me quedo con estas dos fotos de aquella mañana de vacaciones en Iguazú. Dos imágenes nada más, pero suficientes para sumar una especie más a la colección y, sobre todo, para recuperar un recuerdo de un viaje familiar que ya quedó varios años atrás. Porque al final, después de tanto tiempo, también de eso se trata este archivo: de guardar aves, pero también guardar momentos.

30 ago 2026

La Gallineta que cambió de nombre… y casi se queda esperando.

Tres fotos de una Gallineta que también fue víctima de esos cambios de nombres que aparecen cada tanto y que, para quienes tenemos un blog con años de fotografías acumuladas, significan bastante más trabajo del que parece. Durante mucho tiempo la conocimos como Gallineta común, pero hoy debemos llamarla Gallineta pico pintado, así que mientras ella sigue haciendo tranquilamente su vida entre la vegetación de la Reserva del Arroyo Itá, si es que se quedó por ahí porque les confieso que yo nunca mas volví a ir, a mi me toca volver sobre las publicaciones viejas, corregir nombres, actualizar etiquetas y tratar de poner un poco de orden en todos estos años de actividad.
Pero más allá del trabajo extra que me toca ahora, estas fotos me traen muy lindos recuerdos de aquellos años en los que, aunque la actividad del grupo ya estaba funcionando a un ritmo bastante menor que en sus mejores épocas, todavía manteníamos intacta una de las cosas que para mí siempre fueron fundamentales en esto de salir a buscar aves: cuando aparecía algo nuevo, había que compartirlo con los amigos. Nunca fui demasiado amigo de guardarme una observación o una especie interesante para uno solo, porque buena parte de la gracia de esta actividad está justamente en avisar, compartir la información y darle a otro la posibilidad de disfrutar también del encuentro; pero desgrciadamente no todos actuaban de la misma manera. Y con esta Gallineta no pasó demasiado tiempo hasta que Roby se acercara hasta la Reserva del Arroyo Itá para intentar fotografiarla, creo que en menos de media hora ya estaba tomando mate conmigo; aprovechando que por aquellos días había aparecido por Posadas y representaba una especie nueva para nuestros registros.
Por aquellos tiempos todavía estaba en actividad en la escuela y tuve la suerte —o la desgracia, según se mire— de tener una simpática directora que jamás consiguió acomodarme los horarios como yo pretendía. Así que había días en los que me encontraba con ese maravilloso intervalo escolar de tres horas, desde las 8:20 hasta las 11:20, que en mi opinión no tenía demasiado sentido desperdiciar sentado esperando que pasara el tiempo. Si uno puede estar haciendo algo mucho más productivo, ¿para qué quedarse en la escuela? 😄 Y como por esas casualidades de la vida había otro individuo con bastante tiempo libre, que además compartía la misma enfermedad de andar buscando bichos con una cámara en la mano, la solución era bastante sencilla: salir de la escuela y encontrarse con Roby para ir a sacar fotos. Ese día, justamente, fue uno de esos días.
Las tres fotografías que acompañan esta entrada son de aquella época y, como tantas otras que fueron quedando en el archivo, nunca habían pasado por una edición definitiva. Permanecieron ahí, esperando pacientemente su turno, hasta que llegó este regreso al blog y decidí que ya era hora de sacarlas del cajón. Eso sí, la alegría de recuperar fotos viejas viene acompañada por la inevitable factura: ahora, además de editar las imágenes, tengo que revisar publicaciones anteriores, corregir los nombres de las especies y actualizar etiquetas para que el blog vaya quedando acorde con la nomenclatura que utilizamos actualmente. Un trabajo extra que no estaba en los planes, pero que también forma parte de esta especie de viaje al pasado que emprendí al volver a poner en marcha todo esto.
Y así aparece nuevamente la Gallineta pico pintado, antes Gallineta común, como una pequeña excusa para recordar aquellos años, las salidas improvisadas, los amigos, los avisos de una especie nueva y esas escapadas desde la escuela que, vistas desde hoy, quizás fueron bastante más productivas de lo que habría sido quedarme mirando el reloj hasta las 11:20. Al final, algunas fotografías necesitan años para encontrar su momento; estas esperaron bastante, pero finalmente hoy les toca salir de archivo y ver la luz.