Hoy van dos fotos de un capuchino boina negra, de esas que uno encuentra revolviendo el archivo y que de inmediato traen consigo mucho más que el recuerdo de un ave frente al objetivo. Son de la última vez que anduve por Nemesio Parma, y ya pasaron varios años desde entonces. A veces uno mira una fotografía vieja y descubre que, sin darse cuenta, no estaba guardando solamente una imagen, estaba guardando una época, un lugar, una mañana, una compañía y hasta una manera de mirar el mundo que quizás hoy ya no se encuentra con tanta facilidad.
Hace unos días hablaba de esto con Willy y terminamos cayendo, como tantas veces, en esa conversación medio amarga sobre los tiempos que nos tocaron vivir. Vivimos apurados, consumimos todo a las corridas y cada vez parece importar menos detenerse a mirar algo durante más de unos segundos. Todo tiene que ser inmediato, llamativo, fácil de digerir y, si es posible, reemplazable por lo siguiente antes de que siquiera hayamos terminado de verlo. A veces leo ciertas cosas y pienso: ¿realmente llegamos hasta acá? ¿De verdad preferimos esto porque es más fácil, porque nos ahorra el esfuerzo de pensar, de leer, de prestar atención?
Y entonces aparece una fotografía como ésta y me acuerdo de que existe otra forma de vivir las cosas. Salir temprano, caminar sin saber exactamente qué vamos a encontrar, escuchar un canto entre la vegetación, quedarse quieto esperando que ese pequeño capuchino aparezca en el lugar justo, observar su comportamiento, equivocarse, esperar otra vez y finalmente conseguir una foto que quizás técnicamente no sea perfecta, pero que tiene detrás una historia que ninguna pantalla puede reemplazar. Porque fotografiar aves nunca fue solamente fotografiar aves; al menos para mí, siempre fue una magnífica excusa para aprender a mirar.
Y quizás ahí esté la cuestión. No hace falta saber de aves, tener una cámara cara ni convertirse en fotógrafo para empezar. Se puede comenzar con unos binoculares, con un teléfono, o simplemente prestando atención a lo que tenemos alrededor. El primer paso es bastante más sencillo de lo que parece; salir de casa y mirar. Después vendrán los nombres, los cantos, las guías, las fotografías, los amigos, los viajes y todas esas pequeñas obsesiones que inevitablemente aparecen cuando uno descubre que el mundo que creía conocer estaba lleno de cosas que jamás había visto.
Tal vez por eso sigo disfrutando tanto de encontrar estas fotos de archivo. Porque no solamente me devuelven un capuchino boina negra de Nemesio Parma; también me devuelven al que fui cuando hice esa fotografía. Y eso, en estos tiempos de imágenes que duran un segundo y después desaparecen para siempre debajo de otras mil, tiene un valor enorme.
Así que hoy les propongo algo bastante simple, miren estas dos fotos un rato más de lo habitual. Sin pasar de largo. Y después cuéntenme si alguna vez les pasó lo mismo con una fotografía, un lugar, una canción, una persona o simplemente con un recuerdo: volver a encontrar algo después de varios años y descubrir que, en realidad, no estaban extrañando solamente aquello que habían fotografiado, sino también una parte de ustedes mismos.
¿Les pasó? ¿Qué fotografía tienen guardada que, cada vez que vuelven a verla, los lleva directamente a otro momento de su vida?


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