Cada vez que aparecen las aves migratorias en nuestros tórridos veranos no puedo evitar hacerme la misma pregunta ¿qué clase de criterio usan para elegir destino?.
Porque uno, apenas puede, busca una sombra, prende el ventilador, se toma un tereré y se queja del calor. Ellos, en cambio, abandonan lugares más frescos para venir voluntariamente al norte argentino... justo cuando el sol parece decidido a derretir hasta las piedras.
No sé si es valentía, masoquismo o simplemente que el GPS de las aves tiene un sentido del humor bastante particular.
El Tuquito rayado es uno de esos personajes. Todos los años llega cuando empiezan los calores fuertes, pasa la temporada entre árboles y montes, cría a sus pichones y, cuando por fin comienzan a aparecer los primeros días agradables, hace las valijas y se va.
¿En serio? ¿Se pierde la mejor parte del año?
Este tuvo la gentileza de hacer una escala en casa y posarse en el árbol del vecino, como diciendo "Pasaba a saludar antes de seguir buscando cuarenta grados a la sombra".
Y yo, desde mi patio, feliz de que semejante especialista en tomar malas decisiones climáticas me regalara unos minutos para fotografiarlo.
Al final, cada uno tiene sus gustos. Hay quienes esperan todo el año el invierno... y después están los tuquitos, que parecen convencidos de que el verano misionero es un excelente destino para pasar las vacaciones. Yo sigo sin entenderlos... pero agradezco mucho que existan.
Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.
Tus hijos te lo agradecerán.
13 jul 2026
Planeando por el barrio
Hoy salí a mirar aves con un frío de esos que obligan a esconder las manos en los bolsillos, en realidad no salí a ningúna parte digamos que me asomé al patio. Cielo despejado, viento del sur... y dos jotes cabeza negra dibujando círculos cada vez más altos sin un solo aleteo.
Preparé la cámara porque los ví posados en el tanque de agua de la escuela que está a media cuadra de casa, linda distancia como para fotografiar el despegue una vez que iniciaban el vuelo.
Apenas unos pocos aleteos para despegar, y después... dejaron que la física hiciera el resto.
Los jotes, como todos los integrantes de la familia Cathartidae, son verdaderos especialistas en el vuelo planeado. Su estrategia consiste en gastar energía únicamente para despegar y, una vez en el aire, aprovechar cualquier corriente ascendente disponible, básica dinámica de fluídos, el aire caliente sube, y el frío baja.
Las más conocidas son las térmicas, columnas de aire caliente que se elevan cuando el sol calienta el suelo de manera desigual. Los jotes giran dentro de esas columnas para ganar altura y luego planean durante cientos de metros, o incluso kilómetros, hasta encontrar la siguiente.
Pero ahí apareció un detalle que me llamó la atención; porque con el frío que hacía hoy, uno imaginaría que las térmicas serían débiles. Sin embargo, estudios recientes muestran que los buitres americanos también aprovechan otro recurso, la turbulencia y las pequeñas corrientes ascendentes que genera el viento al chocar contra árboles, montes, desniveles del terreno o incluso cambios en la vegetación. Es decir, no dependen exclusivamente del aire caliente que asciende. Son capaces de "leer" una atmósfera mucho más compleja de lo que nosotros alcanzamos a percibir.
Eso explicaría bastante bien lo que vi hoy. Un día frío, sí, pero con sol y viento sostenido. Tal vez las térmicas comenzaban a formarse lentamente, o quizás esos dos jotes simplemente iban enlazando pequeñas zonas de sustentación creadas por el relieve y el viento. Lo cierto es que ascendían con una facilidad que parecía desafiar la lógica. porque a la tercer vuelta que dieron en un radio de 100 metros ya estaban a unos 300 metros de altura, 1000 feet AGL (según la jerga aeronáutica).
No es casualidad que ingenieros aeronáuticos estudien el vuelo de los buitres para desarrollar algoritmos capaces de hacer que planeadores y drones aprovechen las corrientes de aire igual que ellos. Después de millones de años de evolución, estos "pilotos" naturales siguen teniendo bastante para enseñar.
Al final, una observación casual de apenas unos minutos terminó convirtiéndose en una linda excusa para aprender algo nuevo, y esa para mí sigue siendo una de las mejores cosas que tiene salir a mirar aves, aunque sea en el patio de nuestras casas.
Pero ahí apareció un detalle que me llamó la atención; porque con el frío que hacía hoy, uno imaginaría que las térmicas serían débiles. Sin embargo, estudios recientes muestran que los buitres americanos también aprovechan otro recurso, la turbulencia y las pequeñas corrientes ascendentes que genera el viento al chocar contra árboles, montes, desniveles del terreno o incluso cambios en la vegetación. Es decir, no dependen exclusivamente del aire caliente que asciende. Son capaces de "leer" una atmósfera mucho más compleja de lo que nosotros alcanzamos a percibir.
Eso explicaría bastante bien lo que vi hoy. Un día frío, sí, pero con sol y viento sostenido. Tal vez las térmicas comenzaban a formarse lentamente, o quizás esos dos jotes simplemente iban enlazando pequeñas zonas de sustentación creadas por el relieve y el viento. Lo cierto es que ascendían con una facilidad que parecía desafiar la lógica. porque a la tercer vuelta que dieron en un radio de 100 metros ya estaban a unos 300 metros de altura, 1000 feet AGL (según la jerga aeronáutica).
No es casualidad que ingenieros aeronáuticos estudien el vuelo de los buitres para desarrollar algoritmos capaces de hacer que planeadores y drones aprovechen las corrientes de aire igual que ellos. Después de millones de años de evolución, estos "pilotos" naturales siguen teniendo bastante para enseñar.
Al final, una observación casual de apenas unos minutos terminó convirtiéndose en una linda excusa para aprender algo nuevo, y esa para mí sigue siendo una de las mejores cosas que tiene salir a mirar aves, aunque sea en el patio de nuestras casas.
12 jul 2026
El mejor teleobjetivo sigue siendo el estar cerca.
Resulta curioso que las mejores fotos que tengo del Pato gargantilla no hayan salido en alguno de los tantos ambientes acuáticos que recorrimos por acá, sino a miles de kilómetros de casa, en uno de los lagos del Hotel Iberostar, durante las vacaciones del año 2018 en Punta Cana.
La explicación es mucho más sencilla de lo que parece, los protagonistas decidieron colaborar.
En fotografía de aves solemos obsesionarnos con el tamaño del teleobjetivo, cuando en realidad el factor que más influye en la calidad de una imagen suele ser otro mucho más simple; la distancia entre el ave y el fotógrafo.
Un lente largo ayuda, por supuesto, pero cuando el sujeto está demasiado lejos empiezan a aparecer enemigos invisibles. La perspectiva atmosférica reduce el contraste, la distorción producida por el calor deforma la imagen y las partículas de polución en suspensión terminan restando nitidez. Todo eso ocurre antes de que la luz llegue al sensor de la cámara.
En cambio, cuando el ave se acerca por decisión propia, la historia cambia por completo. Los detalles aparecen, las plumas se definen y la fotografía gana una calidad que muchas veces ningún equipo, por costoso que sea, puede compensar.
Estas imágenes son un buen ejemplo de ello; a veces, la mejor inversión para obtener una gran fotografía no es un teleobjetivo más grande... sino un modelo dispuesto a posar un poco más cerca.
Lástima que esa teoría no venga escrita en el manual de las aves. La mayoría parece disfrutar haciendo exactamente lo contrario; quedarse siempre unos metros más lejos... como si supieran perfectamente hasta dónde llega nuestro lente.
La explicación es mucho más sencilla de lo que parece, los protagonistas decidieron colaborar.
En fotografía de aves solemos obsesionarnos con el tamaño del teleobjetivo, cuando en realidad el factor que más influye en la calidad de una imagen suele ser otro mucho más simple; la distancia entre el ave y el fotógrafo.
Un lente largo ayuda, por supuesto, pero cuando el sujeto está demasiado lejos empiezan a aparecer enemigos invisibles. La perspectiva atmosférica reduce el contraste, la distorción producida por el calor deforma la imagen y las partículas de polución en suspensión terminan restando nitidez. Todo eso ocurre antes de que la luz llegue al sensor de la cámara.
En cambio, cuando el ave se acerca por decisión propia, la historia cambia por completo. Los detalles aparecen, las plumas se definen y la fotografía gana una calidad que muchas veces ningún equipo, por costoso que sea, puede compensar.
Estas imágenes son un buen ejemplo de ello; a veces, la mejor inversión para obtener una gran fotografía no es un teleobjetivo más grande... sino un modelo dispuesto a posar un poco más cerca.
Lástima que esa teoría no venga escrita en el manual de las aves. La mayoría parece disfrutar haciendo exactamente lo contrario; quedarse siempre unos metros más lejos... como si supieran perfectamente hasta dónde llega nuestro lente.
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