Hay fotografías que uno publica enseguida y otras que quedan años en el archivo, esperando su momento. Algunas no convencen, otras fueron tomadas en malas condiciones y muchas, vaya uno a saber por qué, permanecen en ese limbo al que volvemos de vez en cuando con la promesa de editarlas algún día. Hoy le tocó el turno a una de esas imágenes pendientes, un mirasol estriado fotografiado hace unos cuantos años en uno de los pirizales del Portal Norte del Parque Nacional Iberá.
Pero antes de hablar del mirasol, vale la pena detenerse en el lugar donde fue fotografiado. Cuando salimos a buscar aves solemos concentrarnos en encontrar al sujeto, acercarnos, conseguir buena luz y volver con un retrato satisfactorio; sin embargo, no siempre el ave tiene que ser el centro absoluto, a veces el ambiente también tiene mucho para decir, y esta fotografía es un buen ejemplo. El mirasol estriado comparte protagonismo con el pirizal, un hábitat particular de los Esteros del Iberá donde determinadas especies pasan buena parte de su vida.
Los pirizales pueden ser complicados para quienes intentamos encontrar un pájaro entre tanta vegetación. Tallos, hojas y ramas se convierten en obstáculos, y aun teniendo al ave localizada uno puede pasar un buen rato buscando una ventana que permita verla con claridad. Cuando finalmente aparece, suele durar apenas unos segundos porque el ave se mueve, desaparece detrás de los tallos que se mueven con el viento y la búsqueda empieza otra vez.
El mirasol estriado tampoco suele llamar demasiado la atención. Su plumaje y su comportamiento le permiten pasar desapercibido, así que encontrarlo ya es una alegría. En este caso, además, entre la cámara y el ave había casi 60 metros, una distancia considerable para fotografiar a una especie que se confunde tan bien con el ambiente.
Y ahí estaba él, atento a mis movimientos. Uno puede quedarse quieto y moverse despacio, pero las aves parecen tener un radar para detectar cualquier presencia extraña. Para él yo era alguien poco habitual en ese paisaje; para mí, una especie que intentaba fotografiar y que, por suerte, decidió concederme unos instantes.
Lo curioso es que esta fotografía es apenas mi segundo registro de mirasol estriado en los 18 años que llevo fotografiando aves. Dieciocho años de salidas, caminatas, madrugones, mates, amigos y kilómetros recorridos, para que los registros de esta especie todavía puedan contarse con los dedos de una mano, y todavía me sobran dedos. Así es la fotografía de aves, algunas especies aparecen todo el tiempo y otras se hacen esperar durante años. Cuando finalmente vuelven a aparecer, uno recuerda aquel encuentro anterior, aunque las fotos hayan quedado guardadas en algún rincón del archivo.
En una época en la que buscamos llenar la pantalla con cada detalle del plumaje, también es bueno recordar que la fotografía de naturaleza no siempre consiste en aislar al protagonista, mostrar un poco de su hábitat también es importante, ese pirizal es parte del ambiente que el mirasol estriado necesita; y aunque la imagen no sea desde un punto de vista estrictamente fotográfico la más espectacular, para mí tiene un valor especial; es una especie que no aparece todos los días, me permite volver a un lugar que siempre tiene algo para mostrar y me recuerda que no todas las fotos tienen que ser perfectas ni publicarse enseguida.
De eso también se trata salir a buscar aves, mirar más allá del sujeto principal, disfrutar el ambiente, aceptar que no siempre conseguiremos el retrato soñado y entender que algunas fotografías pueden mostrar también otras cosas.
Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.
Tus hijos te lo agradecerán.
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15 sept 2026
21 ago 2026
Mirasol chico, recuerdos grandes
Hoy comparto una segunda tanda de fotos de un Mirasol chico que tuve la suerte de fotografiar en Cambyretá, justo cuando ese lugar pasara a convertirse en el portal norte del Parque Nacional Iberá.
Y digo la suerte porque encontrarse con un mirasol no es precisamente como cruzarse con un hornero en el patio de casa. Es una especie bastante esquiva, de esas que muchas veces están ahí, a pocos metros, pero uno puede caminar varias veces por el mismo lugar sin siquiera enterarse de su presencia, y ni hablar de fotografiarlo.
Por eso, cuando se da la oportunidad, hay que estar preparado. En esto de fotografiar aves son varios los factores que tienen que coincidir para que las cosas salgan bien. Muchas veces lo dije, pero para quienes llegan por primera vez a este blog, vale la pena repetirlo: Conocer al sujeto. Preparar el equipo. Conocer el lugar. Observar. Anticiparse. Y, por encima de todo, respetar la naturaleza.
Después está el otro factor, quizás el más importante de todos: Que el modelo quiera colaborar, y este mirasol colaboró, vaya si colaboró.
Durante varios minutos se quedó frente a nosotros, tranquilo, dedicado a una de esas actividades que las aves realizan con una naturalidad que nosotros podríamos envidiar; acicalarse, acomodar cada pluma, revisar que todo estuviera en su lugar y, de paso, permitirnos disfrutar de un momento que difícilmente se borra de la memoria. Estábamos metidos en el borde de uno de los pirizales de Cambyretá, compartiendo esa mezcla tan particular de silencio, expectativa y compañerismo que se genera cuando tres amigos salen a caminar buscando aves, digo tres porque mas de ese número no sirve, es para problemas.
Uno observa, otro avisa, alguno ya tiene el equipo preparado, otro trata de encontrarlo entre la vegetación… y cuando finalmente aparece, durante unos minutos parece que todo lo demás deja de importar.
El tiempo se detiene, y después queda la foto, pero con los años uno descubre que la foto es solamente una parte de la historia, porque vaya a saber por qué motivo estas imágenes quedaron guardadas durante tanto tiempo sin editarse ni aparecer por acá. Quizás simplemente quedaron esperando su momento, o quizás estaban esperando algo más.
Tal vez que pasaran los años suficientes como para que, al volver a mirarlas, además del mirasol aparecieran todos esos recuerdos que estaban alrededor de aquella mañana; los amigos, los caminos, las caminatas interminables, el calor, los equipos cargados, las charlas, las risas, y ese ritual que también formaba parte de cada salida; terminar la mañana comiéndonos un rico asadito en alguno de los quinchos del camping Monterrey, descansar unas horas cuando el calor se ponía insoportable, reponer energías y esperar que la tarde empezara a regalar esas luces que tanto nos gustan.
Después otra vez al camino, a recorrer, a buscar, a fotografiar, y finalmente emprender el regreso hacia Posadas, muchas veces con el cansancio acumulado, pero con esa satisfacción difícil de explicar que queda después de una buena jornada de campo.
Quizás por eso hoy estas fotos aparecen acá, no solamente para mostrar un mirasol chico; también para recordarles a los amigos uno de tantos momentos lindos que fuimos compartiendo a lo largo de estos años, porque hay fotografías que, con el tiempo, dejan de ser solamente fotografías, para convertirse en pequeñas cápsulas de memoria. Uno las vuelve a abrir y, detrás de una especie, aparece todo lo demás, un lugar, una época, una charla, una persona, una mañana, un asado, una vuelta a casa, y las ganas de repetirlo.
Porque si algo me pasa cuando miro estas fotos viejas es que me dan muchísimas ganas de volver a hacer exactamente lo mismo; volver a cargar el equipo, volver a salir temprano, volver a caminar sin saber qué vamos a encontrar, volver a meternos entre los pirizales, volver a escuchar ese "¡ahí está!" que tantas veces nos hizo acelerar el paso, volver a compartir una mañana con los amigos, volver después a sentarnos alrededor de una mesa, comer algo rico y hablar de las fotos conseguidas; y volver a salir por la tarde, cuando el calor afloja y la luz empieza a ponerse linda.
Quizás eso sea una de las mejores cosas que tiene esta actividad: uno puede dejar de hacerlo durante un tiempo, pero las ganas nunca desaparecen del todo porque quedan ahí, esperando, como esas fotos que permanecieron guardadas durante años, y como esos caminos de Cambyretá que, seguramente, todavía están esperando que volvamos a recorrerlos.
Ojalá sea pronto, pero mientras tanto, hoy toca volver a mirar estas imágenes y agradecer aquellos momentos; como me dijo willy ayer cuando hablábamos casualmente de estas fotos y de ese día en particular... "Qué loco esto chamigo, pensar que después de tantos años quedan todavía estos lindos recuerdos que nos hacen volver las ganas, al menos esta vez para sentarnos a escribir acerca de lo que hacíamos años atrás".
Porque los recuerdos que realmente valen la pena no necesitan demasiadas explicaciones, a veces alcanza con una fotografía, un mirasol chico y un grupo de amigos.
Y alcanza también con decir "Qué ganas de volver". Marcelo Allende
Aves del NEA.
Y digo la suerte porque encontrarse con un mirasol no es precisamente como cruzarse con un hornero en el patio de casa. Es una especie bastante esquiva, de esas que muchas veces están ahí, a pocos metros, pero uno puede caminar varias veces por el mismo lugar sin siquiera enterarse de su presencia, y ni hablar de fotografiarlo.
Por eso, cuando se da la oportunidad, hay que estar preparado. En esto de fotografiar aves son varios los factores que tienen que coincidir para que las cosas salgan bien. Muchas veces lo dije, pero para quienes llegan por primera vez a este blog, vale la pena repetirlo: Conocer al sujeto. Preparar el equipo. Conocer el lugar. Observar. Anticiparse. Y, por encima de todo, respetar la naturaleza.
Después está el otro factor, quizás el más importante de todos: Que el modelo quiera colaborar, y este mirasol colaboró, vaya si colaboró.
Durante varios minutos se quedó frente a nosotros, tranquilo, dedicado a una de esas actividades que las aves realizan con una naturalidad que nosotros podríamos envidiar; acicalarse, acomodar cada pluma, revisar que todo estuviera en su lugar y, de paso, permitirnos disfrutar de un momento que difícilmente se borra de la memoria. Estábamos metidos en el borde de uno de los pirizales de Cambyretá, compartiendo esa mezcla tan particular de silencio, expectativa y compañerismo que se genera cuando tres amigos salen a caminar buscando aves, digo tres porque mas de ese número no sirve, es para problemas.
Uno observa, otro avisa, alguno ya tiene el equipo preparado, otro trata de encontrarlo entre la vegetación… y cuando finalmente aparece, durante unos minutos parece que todo lo demás deja de importar.
El tiempo se detiene, y después queda la foto, pero con los años uno descubre que la foto es solamente una parte de la historia, porque vaya a saber por qué motivo estas imágenes quedaron guardadas durante tanto tiempo sin editarse ni aparecer por acá. Quizás simplemente quedaron esperando su momento, o quizás estaban esperando algo más.
Tal vez que pasaran los años suficientes como para que, al volver a mirarlas, además del mirasol aparecieran todos esos recuerdos que estaban alrededor de aquella mañana; los amigos, los caminos, las caminatas interminables, el calor, los equipos cargados, las charlas, las risas, y ese ritual que también formaba parte de cada salida; terminar la mañana comiéndonos un rico asadito en alguno de los quinchos del camping Monterrey, descansar unas horas cuando el calor se ponía insoportable, reponer energías y esperar que la tarde empezara a regalar esas luces que tanto nos gustan.
Después otra vez al camino, a recorrer, a buscar, a fotografiar, y finalmente emprender el regreso hacia Posadas, muchas veces con el cansancio acumulado, pero con esa satisfacción difícil de explicar que queda después de una buena jornada de campo.
Quizás por eso hoy estas fotos aparecen acá, no solamente para mostrar un mirasol chico; también para recordarles a los amigos uno de tantos momentos lindos que fuimos compartiendo a lo largo de estos años, porque hay fotografías que, con el tiempo, dejan de ser solamente fotografías, para convertirse en pequeñas cápsulas de memoria. Uno las vuelve a abrir y, detrás de una especie, aparece todo lo demás, un lugar, una época, una charla, una persona, una mañana, un asado, una vuelta a casa, y las ganas de repetirlo.
Porque si algo me pasa cuando miro estas fotos viejas es que me dan muchísimas ganas de volver a hacer exactamente lo mismo; volver a cargar el equipo, volver a salir temprano, volver a caminar sin saber qué vamos a encontrar, volver a meternos entre los pirizales, volver a escuchar ese "¡ahí está!" que tantas veces nos hizo acelerar el paso, volver a compartir una mañana con los amigos, volver después a sentarnos alrededor de una mesa, comer algo rico y hablar de las fotos conseguidas; y volver a salir por la tarde, cuando el calor afloja y la luz empieza a ponerse linda.
Quizás eso sea una de las mejores cosas que tiene esta actividad: uno puede dejar de hacerlo durante un tiempo, pero las ganas nunca desaparecen del todo porque quedan ahí, esperando, como esas fotos que permanecieron guardadas durante años, y como esos caminos de Cambyretá que, seguramente, todavía están esperando que volvamos a recorrerlos.
Ojalá sea pronto, pero mientras tanto, hoy toca volver a mirar estas imágenes y agradecer aquellos momentos; como me dijo willy ayer cuando hablábamos casualmente de estas fotos y de ese día en particular... "Qué loco esto chamigo, pensar que después de tantos años quedan todavía estos lindos recuerdos que nos hacen volver las ganas, al menos esta vez para sentarnos a escribir acerca de lo que hacíamos años atrás".
Porque los recuerdos que realmente valen la pena no necesitan demasiadas explicaciones, a veces alcanza con una fotografía, un mirasol chico y un grupo de amigos.
Y alcanza también con decir "Qué ganas de volver". Marcelo Allende
Aves del NEA.
9 feb 2017
Mirasol chico (Least Bittern) Ixobrychus exilis
Lentamente voy retornando a la normalidad luego de unos días de descanso alejado de la PC, estuve visitando otros lugares y tuve la suerte de regresar a Argentina con interesante material fotográfico para compartir en el blog, hay mucho para contar y mostrar de un viaje familias que fué planificado con mucho tiempo, en el cual la fotografía de aves también tuvo un espacio de tiempo sin dejar de lado a los momentos compartidos entre la familia.
Hoy regreso compartiendo estas fotografías de mi primer registro del Mirasol chico que pude obtener el día 13 de Enero pasado cuando luego de un tiempo de ausencia regresé al recién creado PN Iberá en su portal Cambyretá cercano a Ituzaingó Corrientes.
Muy lindo momento nos regaló este Mirasol a Willy, Lucho, y a mi durante las primeras horas del día en el pirizal que está pasando la segunda tranquera del camino de acceso.
Hoy regreso compartiendo estas fotografías de mi primer registro del Mirasol chico que pude obtener el día 13 de Enero pasado cuando luego de un tiempo de ausencia regresé al recién creado PN Iberá en su portal Cambyretá cercano a Ituzaingó Corrientes.
Muy lindo momento nos regaló este Mirasol a Willy, Lucho, y a mi durante las primeras horas del día en el pirizal que está pasando la segunda tranquera del camino de acceso.
23 feb 2015
Mirasol chico (Least Bittern) Ixobrychus exilis
Estas son las fotografías que pudo obtener Luis en la Unidad de Conservación Cambyretá de los dos individuos de Mirasol chico que encontraron durante el mes de Noviembre pasado cuando fueron con Javier; al fin de semana siguiente cuando el Seko y yo fuimos con ellos no pudimos encontrar a ninguno desgraciadamente.






24 ene 2015
Mirasol chico (Least Bittern) Ixobrychus exilis
Segunda especie de mirasol para nuestros registros, el primero fue el Mirasol comùn que fotografiè yo en el año 2010 en la zona costera de Posadas antes de la ùltima suba de la cota del embalse de Yacyretà; època en la que el ecositema costero todavìa presentaba lugares adecuados para poder encontrar este tipo de especies en nuestra ciudad. Este primer registro de Mirasol chico que publico en esta entrada se obtuvo en la Unidad de Conservaciòn Cambyretà en la localidad corrrentina de Ituzaingò durante una jornada de la que participaron Javier y Luis el dìa Domingo 09 de Noviembre del 2014.

Tambièn conocido como Mirasol dorso negro, es bastante similar al Mirasol chico, mide 30 centìmetros de longitud y tiene la corona y el dorso negros y es de coloraciòn general mas rufa.
Tiene el cuello y las cobertoras alares de color rufo, el cuello es de coloraciòn blancuzca con lineas rufas. Las remeras primarias son negruzcas.

La hembra difiere un poco en la coloraciòn comparàndola con el macho, tiene el dorso y la corona pardo-negruzcas; mientras que el juvenil tiene estrias en el cuello y en las alas.

Los mirasoles se diferencian de las garzas por tener el pico mas corto al igual que las patas; son de coloraciòn muy crìptica lo que dificulta observarlos porque sus diseños de plumaje les permiten confundirse con la vegetaciòn palustre en la cual viven.
Solitarios y sigilosos, su defensa consiste en pasar inadvertidos quedàndose inmòviles, extendiendo hacia arriba el pico, el cuella y el cuerpo.
A Diferencia de las Garzas tigre (Hocòes) que si vuelan al sentirse amenazadas, los mirasoles permanecen estàticos confundièndose entre las luces y sombras de los juncales.

Al Mirasol chico se lo encuentra en pantanos y riberas lacuestres de Amèrica, con densa alta y emergente vegetaciòn.
Mapa de distribución en América

© 2007 NatureServe, 1101 Wilson Boulevard, 15th Floor, Arlington Virginia 22209, U.S.A. All Rights Reserved. Each document delivered from this server or web site may contain other proprietary notices and copyright information relating to that document. The following citation should be used in any published materials which reference the web site
InfoNatura: Animals and Ecosystems of Latin America [web application]. 2007. Version 5.0 . Arlington, Virginia (USA): NatureServe. Available: http://www.natureserve.org/infonatura. (Accessed: January 24, 2015 ).

Tambièn conocido como Mirasol dorso negro, es bastante similar al Mirasol chico, mide 30 centìmetros de longitud y tiene la corona y el dorso negros y es de coloraciòn general mas rufa.
Tiene el cuello y las cobertoras alares de color rufo, el cuello es de coloraciòn blancuzca con lineas rufas. Las remeras primarias son negruzcas.

La hembra difiere un poco en la coloraciòn comparàndola con el macho, tiene el dorso y la corona pardo-negruzcas; mientras que el juvenil tiene estrias en el cuello y en las alas.

Los mirasoles se diferencian de las garzas por tener el pico mas corto al igual que las patas; son de coloraciòn muy crìptica lo que dificulta observarlos porque sus diseños de plumaje les permiten confundirse con la vegetaciòn palustre en la cual viven.
Solitarios y sigilosos, su defensa consiste en pasar inadvertidos quedàndose inmòviles, extendiendo hacia arriba el pico, el cuella y el cuerpo.
A Diferencia de las Garzas tigre (Hocòes) que si vuelan al sentirse amenazadas, los mirasoles permanecen estàticos confundièndose entre las luces y sombras de los juncales.

Mapa de distribución en América

InfoNatura: Animals and Ecosystems of Latin America [web application]. 2007. Version 5.0 . Arlington, Virginia (USA): NatureServe. Available: http://www.natureserve.org/infonatura. (Accessed: January 24, 2015 ).
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