Hay momentos en que uno se va a sacar fotos buscando una cosa determinada y termina volviendo con otra completamente distinta. Esta vez, entre tantas idas y vueltas, el que terminó dándome el gusto fue un Atí, que durante uno de sus sobrevuelos sobre el Arroyo Mártires pasó justo por donde la luz de la tarde todavía hacía de las suyas. Era la hora dorada, esa que para mi gusto es la mejor hora para hacer fotografías, cuando el sol ya está bajo, la luz se vuelve más cálida y hasta una escena bastante sencilla puede tener otro encanto.
Siempre digo que, si uno ya está ahí, hay que quedarse hasta que la luz natural se termine... claro que eso es válido siempre y cuando no haya otras cosas para hacer, porque tampoco vamos a dejar de cenar, hacer alguna tarea pendiente o cumplir con las obligaciones de la vida por culpa de un pájaro que todavía no apareció. Aunque reconozco que más de una vez lo hice, pero ahora me tomo esto con mucha mas calma que antes.
Y esta vez valió la pena esperar. El Atí me regaló estas tres tomas durante uno de los sobrevuelos que hizo sobre el arroyo y, aunque no son precisamente esas fotografías donde uno pretende mostrar hasta el último detalle del plumaje, tienen algo que me gusta mucho. A veces, fotográficamente hablando, también está bueno buscar cosas distintas y salir un poco de la receta de siempre. Un contraluz bien aprovechado puede transformar una escena y hacer que la fotografía pase a contar otra historia.
En lugar de buscar todos los detalles del ave, esta vez dejé que la luz hiciera su trabajo, con el Atí recortándose contra ese cielo de los últimos minutos de la tarde. Y quizás esa sea también una de las cosas lindas de salir a fotografiar aves; uno puede volver a un mismo lugar, mirar lo mismo de siempre y, dependiendo de la luz, del momento o simplemente de las ganas de probar algo diferente, terminar viendo las cosas de otra manera.



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