Hoy vuelvo a revolver un poco los archivos y aparecen algunas fotos de un carpintero garganta estriada, de esas que fueron tomadas en la casa de Luis, en el Club Refugio Ombú, un lugar donde uno ya sabe que puede pasar de todo y que, además de llevarse alguna foto, seguramente se va a llevar una buena charla, unos mates y algún recuerdo para guardar. Pero en honor a la verdad, esta vez al carpintero lo miré bastante más a través de la lente de la cámara que lo que realmente lo fotografié. Y no porque me haya faltado tiempo ni porque la cámara no estuviera lista, sino porque de vez en cuando también disfruto de esas situaciones en las que uno se olvida un poco de apretar el disparador y se dedica simplemente a observar qué está haciendo el protagonista.
En esta oportunidad fueron solamente dos fotos. Sí, dos. Después de tantos años de andar con la cámara a cuestas, uno podría pensar que semejante encuentro merecía una ráfaga de fotos, distintos ángulos, poses, vuelos, acercamientos y vaya a saber cuántas cosas más. Pero no siempre es así. El carpintero estaba entretenido buscando su comida en el tronco de un árbol y, después de bastante trabajo, consiguió sacar un gusanito. Hasta ahí, todo dentro de lo normal. El problema fue que, en alguna de esas maniobras propias de un carpintero, el pobre gusanito terminó cayéndose. Y ahí apareció una de esas pequeñas escenas que, si uno está atento, terminan siendo mucho más interesantes que una foto perfectamente encuadrada: el carpintero sacó la lengua y se lamió la panza, tratando de volver a atrapar al gusanito que había perdido. Una escena de apenas unos segundos, pero de esas que quedan en la memoria mucho más tiempo que cualquier archivo guardado en una carpeta.
Y ahí estaba yo, exprimiendo los 500 mm de la lente, observando todo ese procedimiento desde atrás de la cámara. Podría haber intentado hacer veinte fotos, pero sinceramente preferí mirar. Porque con el tiempo uno también aprende que salir a pajarear no es solamente juntar especies ni llenar tarjetas de memoria. Hay días en los que uno vuelve con una cantidad de fotos impresionante y otros en los que vuelve con dos fotos, o con ninguna, pero se trae encima una observación, un comportamiento o una situación que no estaba esperando encontrar. Y eso también forma parte de esta afición que, por suerte, todavía consigue sorprenderme después de tantos años.
Quizás por eso me gusta revolver los archivos. Porque entre tantas carpetas aparecen fotos que, además de mostrar un ave, me devuelven un momento. A veces recuerdo dónde estaba, con quién, qué estábamos haciendo, los mates de por medio o alguna charla que seguramente terminó desviándose hacia cualquier tema menos los pájaros. Y otras veces, como en este caso, me acuerdo de que durante unos minutos la cámara quedó casi en segundo plano y me dediqué simplemente a mirar.
Así que siguen apareciendo recuerdos revolviendo archivos. Todavía quedan unas cuantas historias escondidas por ahí y, por lo visto, no todas necesitan una gran cantidad de fotos para volver a salir a la luz. Algunas se conforman con dos... y con un carpintero de lengua larga intentando recuperar el almuerzo.
Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.
Tus hijos te lo agradecerán.
10 sept 2026
9 sept 2026
Armemos las valijas… Hoy nos vamos al Caribe 🌴🌊
Después de lo que escribí ayer, de los incendios de pastizales, del fuego avanzando sin pedir permiso y de esa sensación de impotencia que queda cuando vemos cómo la naturaleza vuelve a perder, hoy les propongo hacer algo distinto; armemos las valijas y vámonos un ratito al Caribe.
No hace falta buscar pasajes ni revisar el pasaporte porque para este viaje alcanza con sentarse un momento frente a estas cuatro fotos y dejar que la vista se vaya hasta la Isla Saona, en República Dominicana, donde el agua tiene ese color turquesa que parece inventado, las playas parecen de postal y las aves que aparecen frente a la cámara nos recuerdan que el mundo es bastante más grande que nuestro pedacito de Misiones y Corrientes.
Hoy cambiamos por un rato el humo y el pastizal quemado por el azul del mar, el verde de las palmeras y unas gaviotas que, vaya uno a saber qué pensará de nosotros, se dejaron fotografiar mientras yo intentaba guardar en la cámara un poquito de ese paisaje paradisíaco.
Viajar también es esto, conocer otros lugares, descubrir otras aves, mirar paisajes diferentes y volver a casa con la cabeza un poco más despejada. Y a veces, cuando uno no puede viajar, también puede hacerlo con una fotografía.
Así que por hoy dejemos descansar un rato la bronca de ayer. Armen las valijas, acomódense y viajen conmigo hasta la Isla Saona.
Agua turquesa, arena, sol, palmeras y gaviotas.
Viajen ustedes también mirando estas fotos.
Después volvemos… porque el Caribe queda un poquito lejos y mañana seguramente tendremos que seguir cuidando lo que tenemos acá. 😉
Recuerdos de unas lindas vacaciones allá por el 2018.
No hace falta buscar pasajes ni revisar el pasaporte porque para este viaje alcanza con sentarse un momento frente a estas cuatro fotos y dejar que la vista se vaya hasta la Isla Saona, en República Dominicana, donde el agua tiene ese color turquesa que parece inventado, las playas parecen de postal y las aves que aparecen frente a la cámara nos recuerdan que el mundo es bastante más grande que nuestro pedacito de Misiones y Corrientes.
Hoy cambiamos por un rato el humo y el pastizal quemado por el azul del mar, el verde de las palmeras y unas gaviotas que, vaya uno a saber qué pensará de nosotros, se dejaron fotografiar mientras yo intentaba guardar en la cámara un poquito de ese paisaje paradisíaco.
Viajar también es esto, conocer otros lugares, descubrir otras aves, mirar paisajes diferentes y volver a casa con la cabeza un poco más despejada. Y a veces, cuando uno no puede viajar, también puede hacerlo con una fotografía.
Así que por hoy dejemos descansar un rato la bronca de ayer. Armen las valijas, acomódense y viajen conmigo hasta la Isla Saona.
Agua turquesa, arena, sol, palmeras y gaviotas.
Viajen ustedes también mirando estas fotos.
Después volvemos… porque el Caribe queda un poquito lejos y mañana seguramente tendremos que seguir cuidando lo que tenemos acá. 😉
Recuerdos de unas lindas vacaciones allá por el 2018.
8 sept 2026
El fuego sin control, llega a una reserva donde no existe el control
Reserva Urutaú, Candelaria: cuando el abandono también quema
Una vez más, el fuego vuelve a ser noticia, y una vez más no por las razones que quisiéramos. En esta oportunidad, las imágenes y el video compartidos por Atilio Cantaluppi muestran el avance de un incendio de pastizales dentro de la Reserva Urutaú, en Candelaria, un lugar que debería representar justamente lo contrario: protección, conservación y compromiso con ese pequeño pero valioso patrimonio natural que todavía nos queda.
Pero cuando uno observa las imágenes cuesta no preguntarse qué queda realmente de aquella idea de reserva cuando el abandono, la falta de mantenimiento y la ausencia de respuestas convierten al lugar en terreno fértil para que una chispa termine transformándose en fuego descontrolado. Y ahí aparece una palabra que resulta difícil de esquivar: desidia.
A esto se suma algo que me han manifestado personas que concurren habitualmente a la reserva y que conocen de cerca lo que sucede allí: el ingreso constante de pescadores, la presencia de cazadores furtivos y, particularmente, la abundancia de restos de fogones que quedan en el lugar sin ser apagados correctamente. No podemos afirmar que alguno de esos fogones haya sido el origen de este incendio, porque eso debería determinarlo una investigación. Pero tampoco podemos ignorar que un fuego mal apagado en medio de un ambiente de pastizales puede convertirse rápidamente en un incendio, y que la ausencia de controles aumenta considerablemente ese riesgo.
Entonces aparece nuevamente la misma pregunta: ¿quién controla?
Porque si una reserva permite el ingreso habitual de personas que pescan, cazan o encienden fogones y no existe una presencia efectiva que controle esas actividades, estamos frente a un problema que va mucho más allá de un incendio puntual. Es la consecuencia de tener un área que, en los papeles, está destinada a conservar la naturaleza, pero que en la práctica parece quedar librada a su suerte.
Frente a un incendio no alcanza con lamentarse cuando las llamas ya están avanzando. Hace falta prevención, recursos, personal capacitado, herramientas, caminos en condiciones y, fundamentalmente, alguien que tenga la responsabilidad y la decisión de actuar antes de que el fuego llegue. Después, cuando todo arde, siempre aparecen las explicaciones, las excusas y, muchas veces, la conocida costumbre de buscar a quién corresponde la responsabilidad.
¿Quién debe hacerse cargo de la Reserva Urutaú? ¿La Municipalidad? ¿La EBY? ¿El Ministerio de Ecología? ¿Algún otro organismo? Seguramente existen convenios, responsabilidades repartidas, presupuestos asignados y diferentes explicaciones administrativas. Lo que resulta bastante más difícil de encontrar es quién se hace cargo cuando la naturaleza necesita que alguien se haga cargo de verdad.
Y aparece entonces otra pregunta, quizá más incómoda: ¿hay recursos para conservar estos lugares? ¿Hay presupuesto para prevención y combate de incendios? ¿Ese dinero llega realmente a donde tiene que llegar? Porque mientras las distintas oficinas pueden discutir competencias, partidas, convenios o responsabilidades, el fuego no discute absolutamente nada. Avanza. Y cuando avanza, no distingue entre un expediente, una repartición pública o un funcionario.
La sensación que queda al mirar estas imágenes es de profunda impotencia. Impotencia por ver cómo se pierde vegetación, cómo desaparecen refugios y alimento para innumerables especies y cómo un ambiente que tardó años, décadas o mucho más en formarse puede quedar destruido en cuestión de horas. Y también bronca, porque muchas veces da la impresión de que esperamos a que ocurra el desastre para recién entonces preguntarnos qué podríamos haber hecho para evitarlo.
No es solamente un incendio. Es también el resultado de una cadena de pequeñas ausencias: la falta de prevención, de vigilancia, de mantenimiento, de recursos, de planificación y, sobre todo, de interés. Porque conservar una reserva no debería consistir simplemente en colocarle un nombre, delimitarla en un mapa y esperar que la naturaleza se conserve sola.
Hace ya un tiempo, un amigo dijo una frase que quedó dando vueltas y que hoy vuelve a tener una vigencia tremenda: “La naturaleza, los árboles y los animales no votan.” Quizás allí esté parte de la explicación de por qué tantas veces resulta más sencillo mirar para otro lado.
Los árboles no reclaman. Los pastizales no presentan expedientes. Los animales no pueden ir a golpear la puerta de una oficina para preguntar por qué nadie llegó cuando comenzó el fuego. Y la naturaleza, lamentablemente, tampoco tiene quién la represente cuando las prioridades de quienes deberían protegerla parecen estar en otro lugar.
No se trata de señalar gratuitamente a una persona determinada ni de desconocer las dificultades reales que implica combatir un incendio. Se trata de algo mucho más simple: preguntar quién está cuidando la Reserva Urutaú, quién controla el ingreso de personas y qué se está haciendo para que esto no vuelva a suceder.
Porque si una reserva termina librada a la buena de Dios, entonces quizás haya llegado el momento de preguntarnos para qué la llamamos reserva.
Y mientras nosotros discutimos quién debía hacer qué, la naturaleza vuelve a ser la que pierde... Una vez más.
Fotografías y video: Atilio Hector Cantalupi
Una vez más, el fuego vuelve a ser noticia, y una vez más no por las razones que quisiéramos. En esta oportunidad, las imágenes y el video compartidos por Atilio Cantaluppi muestran el avance de un incendio de pastizales dentro de la Reserva Urutaú, en Candelaria, un lugar que debería representar justamente lo contrario: protección, conservación y compromiso con ese pequeño pero valioso patrimonio natural que todavía nos queda.
Pero cuando uno observa las imágenes cuesta no preguntarse qué queda realmente de aquella idea de reserva cuando el abandono, la falta de mantenimiento y la ausencia de respuestas convierten al lugar en terreno fértil para que una chispa termine transformándose en fuego descontrolado. Y ahí aparece una palabra que resulta difícil de esquivar: desidia.
A esto se suma algo que me han manifestado personas que concurren habitualmente a la reserva y que conocen de cerca lo que sucede allí: el ingreso constante de pescadores, la presencia de cazadores furtivos y, particularmente, la abundancia de restos de fogones que quedan en el lugar sin ser apagados correctamente. No podemos afirmar que alguno de esos fogones haya sido el origen de este incendio, porque eso debería determinarlo una investigación. Pero tampoco podemos ignorar que un fuego mal apagado en medio de un ambiente de pastizales puede convertirse rápidamente en un incendio, y que la ausencia de controles aumenta considerablemente ese riesgo.
Entonces aparece nuevamente la misma pregunta: ¿quién controla?
Porque si una reserva permite el ingreso habitual de personas que pescan, cazan o encienden fogones y no existe una presencia efectiva que controle esas actividades, estamos frente a un problema que va mucho más allá de un incendio puntual. Es la consecuencia de tener un área que, en los papeles, está destinada a conservar la naturaleza, pero que en la práctica parece quedar librada a su suerte.
Frente a un incendio no alcanza con lamentarse cuando las llamas ya están avanzando. Hace falta prevención, recursos, personal capacitado, herramientas, caminos en condiciones y, fundamentalmente, alguien que tenga la responsabilidad y la decisión de actuar antes de que el fuego llegue. Después, cuando todo arde, siempre aparecen las explicaciones, las excusas y, muchas veces, la conocida costumbre de buscar a quién corresponde la responsabilidad.
¿Quién debe hacerse cargo de la Reserva Urutaú? ¿La Municipalidad? ¿La EBY? ¿El Ministerio de Ecología? ¿Algún otro organismo? Seguramente existen convenios, responsabilidades repartidas, presupuestos asignados y diferentes explicaciones administrativas. Lo que resulta bastante más difícil de encontrar es quién se hace cargo cuando la naturaleza necesita que alguien se haga cargo de verdad.
Y aparece entonces otra pregunta, quizá más incómoda: ¿hay recursos para conservar estos lugares? ¿Hay presupuesto para prevención y combate de incendios? ¿Ese dinero llega realmente a donde tiene que llegar? Porque mientras las distintas oficinas pueden discutir competencias, partidas, convenios o responsabilidades, el fuego no discute absolutamente nada. Avanza. Y cuando avanza, no distingue entre un expediente, una repartición pública o un funcionario.
La sensación que queda al mirar estas imágenes es de profunda impotencia. Impotencia por ver cómo se pierde vegetación, cómo desaparecen refugios y alimento para innumerables especies y cómo un ambiente que tardó años, décadas o mucho más en formarse puede quedar destruido en cuestión de horas. Y también bronca, porque muchas veces da la impresión de que esperamos a que ocurra el desastre para recién entonces preguntarnos qué podríamos haber hecho para evitarlo.
No es solamente un incendio. Es también el resultado de una cadena de pequeñas ausencias: la falta de prevención, de vigilancia, de mantenimiento, de recursos, de planificación y, sobre todo, de interés. Porque conservar una reserva no debería consistir simplemente en colocarle un nombre, delimitarla en un mapa y esperar que la naturaleza se conserve sola.
Hace ya un tiempo, un amigo dijo una frase que quedó dando vueltas y que hoy vuelve a tener una vigencia tremenda: “La naturaleza, los árboles y los animales no votan.” Quizás allí esté parte de la explicación de por qué tantas veces resulta más sencillo mirar para otro lado.
Los árboles no reclaman. Los pastizales no presentan expedientes. Los animales no pueden ir a golpear la puerta de una oficina para preguntar por qué nadie llegó cuando comenzó el fuego. Y la naturaleza, lamentablemente, tampoco tiene quién la represente cuando las prioridades de quienes deberían protegerla parecen estar en otro lugar.
No se trata de señalar gratuitamente a una persona determinada ni de desconocer las dificultades reales que implica combatir un incendio. Se trata de algo mucho más simple: preguntar quién está cuidando la Reserva Urutaú, quién controla el ingreso de personas y qué se está haciendo para que esto no vuelva a suceder.
Porque si una reserva termina librada a la buena de Dios, entonces quizás haya llegado el momento de preguntarnos para qué la llamamos reserva.
Y mientras nosotros discutimos quién debía hacer qué, la naturaleza vuelve a ser la que pierde... Una vez más.
Fotografías y video: Atilio Hector Cantalupi
Soldadito Común Lophospingus pusillus (Burmeister, KHK, 1860) Black-crested Finch
El primer viaje después del timbre
Hay momentos en la vida que marcan un antes y un después, y para mí, uno de los más hermosos fue colgar el portafolio y olvidarme del timbre. Después de tantos años de aulas, horarios, reuniones, planificaciones y corridas, llegó finalmente ese momento en que el reloj dejó de ser el que marcaba nuestros tiempos. Al poco tiempo de habernos jubilado de nuestras tareas docentes, mi hermana, mi cuñado y yo armamos las valijas y emprendimos un viaje hacia Santa Cruz para pasar unos días en Caleta Olivia. Antes de regresar a Posadas decidimos hacer una escala en el norte de Córdoba, más precisamente en Quilino. Lo que yo todavía no sabía era que aquel viaje, pensado simplemente como unos días de descanso y una oportunidad para compartir en familia, terminaría convirtiéndose en el escenario de mi primer registro del Soldadito chaqueño (Lophospingus pusillus).
La primera mañana en el pueblo amaneció radiante. Con mi cuñado decidimos salir a caminar por el barrio, recorriendo esas calles polvorientas tan típicas de la región, con el único propósito de que él pudiera saludar a amigos y conocidos de su infancia. Para él era un pequeño viaje hacia los recuerdos; para mí, como casi siempre, cualquier caminata podía transformarse en una salida de observación. Y mi ojo de observador no tardó en distraerse con un detalle agridulce: me llamó poderosamente la atención la cantidad de gente que tenía jaulas en sus patios.
Cardenales, pepiteros de collar, jilgueros, reinamoras... y entre ellos, varios soldaditos. La escena me generó una mezcla difícil de explicar: por un lado, la fascinación de poder observar de cerca aves tan hermosas y, por otro, la tristeza y cierta ansiedad por verlas en el lugar al que realmente pertenecían. No podía dejar de pensar en lo diferente que debía ser contemplarlas entre los arbustos y el monte, moviéndose libremente, en lugar de detrás de los barrotes. Por eso no veía la hora de que llegara el momento de salir a recorrer los caminos rurales, bien alejados del pueblo, para buscarlos en libertad.
La espera no fue larga. Esa misma tarde salimos a explorar los alrededores de Quilino, internándonos por esos caminos polvorientos típicos de la región, donde el monte seco, los arbustos espinosos, los algarrobos y los cactus van dibujando un paisaje muy diferente al que estoy acostumbrado a ver en Misiones. Y allí estaban. El encuentro finalmente se produjo y pude lograr unas tomas más que interesantes, gracias también a un detalle que me sorprendió gratamente: lo confiado de su comportamiento.
El Soldadito chaqueño es un ave curiosa que suele moverse a baja altura o directamente en el suelo, buscando semillas entre la vegetación. En lugar de salir espantado ante mi presencia, se quedó lo suficientemente cerca como para regalarme sus mejores ángulos. Para alguien que estaba haciendo sus primeros viajes como jubilado y que todavía estaba descubriendo cómo sería esa nueva vida sin el apuro del calendario escolar, aquel encuentro tuvo algo de simbólico. Mientras lo fotografiaba, no pude evitar un pensamiento amargo: con razón son tan fáciles de capturar para el mascotismo. Su comportamiento confiado, sumado a su belleza, termina convirtiéndose en una desventaja cuando el ser humano decide que un ave silvestre tiene que decorar una jaula. Una pena enorme para un pájaro que despliega tanta gracia cuando es libre.
Un poco de ciencia sobre el Lophospingus pusillus:
Para quienes siguen el blog y quieren conocer también el lado más técnico de este amiguito, aquí les dejo algunos datos clave de la especie.
Identificación: Es una pequeña ave paseriforme de unos 13 centímetros de longitud. Lo que más destaca en el macho es su elegante copete negro, que contrasta fuertemente con sus cejas blancas y su garganta negra. Su dorso es grisáceo y el vientre más claro. Las hembras y los juveniles presentan tonos más pardos y apagados, sin el negro tan marcado en la cabeza.
Hábitat y distribución: Es una especie característica del bioma chaqueño de América del Sur. Se distribuye por el oeste de Paraguay, el sur de Bolivia y el norte y centro de Argentina. Su presencia en Quilino es un calco de su ambiente ideal: bosques secos, zonas de arbustos espinosos, algarrobos y áreas con cactus.
Alimentación y comportamiento: Son principalmente granívoros, es decir, se alimentan fundamentalmente de semillas, aunque durante la época reproductiva incorporan insectos a su dieta. Suelen andar en parejas o en pequeños grupos y, en ocasiones, pueden asociarse con otras especies de emberízidos.
A la distancia, puede parecer que aquel viaje fue simplemente uno más entre tantos. Pero para mí significó bastante más. Fue uno de los primeros viajes después de la jubilación, compartido con mi hermana y mi cuñado, y tuvo además ese ingrediente especial de permitirle a él reencontrarse con amigos y lugares de su infancia. Mientras ellos recuperaban recuerdos, yo comenzaba a construir otros nuevos, cámara en mano, descubriendo que ahora había algo que podía hacer sin mirar el reloj ni pensar en que al día siguiente había que volver a las aulas.
Este viaje post-jubilación no solo nos regaló anécdotas familiares inolvidables y el reencuentro con los afectos de la infancia de mi cuñado, sino también este valioso registro fotográfico. Ver al Soldadito chaqueño exhibir su copete en una rama seca del monte cordobés, libre y dueño de su entorno, fue mucho más que conseguir una nueva especie para mis archivos: fue una pequeña bienvenida a una etapa diferente de la vida. Y quizás por eso, cada vez que vuelvo a mirar estas fotos, no veo solamente un Soldadito chaqueño. Vuelvo a ver aquellas calles de Quilino, los caminos polvorientos, el monte seco, el viaje compartido y esa sensación maravillosa de haber dejado atrás el timbre para empezar a escuchar otros sonidos. Entre ellos, por supuesto, el de las aves al retomar una vez mas esta apasionante actividad.
Mapa de distribución en América del Sur Copyright de los mapas
Copyright-Ebird (www.ebird.org)
Hay momentos en la vida que marcan un antes y un después, y para mí, uno de los más hermosos fue colgar el portafolio y olvidarme del timbre. Después de tantos años de aulas, horarios, reuniones, planificaciones y corridas, llegó finalmente ese momento en que el reloj dejó de ser el que marcaba nuestros tiempos. Al poco tiempo de habernos jubilado de nuestras tareas docentes, mi hermana, mi cuñado y yo armamos las valijas y emprendimos un viaje hacia Santa Cruz para pasar unos días en Caleta Olivia. Antes de regresar a Posadas decidimos hacer una escala en el norte de Córdoba, más precisamente en Quilino. Lo que yo todavía no sabía era que aquel viaje, pensado simplemente como unos días de descanso y una oportunidad para compartir en familia, terminaría convirtiéndose en el escenario de mi primer registro del Soldadito chaqueño (Lophospingus pusillus).
La primera mañana en el pueblo amaneció radiante. Con mi cuñado decidimos salir a caminar por el barrio, recorriendo esas calles polvorientas tan típicas de la región, con el único propósito de que él pudiera saludar a amigos y conocidos de su infancia. Para él era un pequeño viaje hacia los recuerdos; para mí, como casi siempre, cualquier caminata podía transformarse en una salida de observación. Y mi ojo de observador no tardó en distraerse con un detalle agridulce: me llamó poderosamente la atención la cantidad de gente que tenía jaulas en sus patios.
Cardenales, pepiteros de collar, jilgueros, reinamoras... y entre ellos, varios soldaditos. La escena me generó una mezcla difícil de explicar: por un lado, la fascinación de poder observar de cerca aves tan hermosas y, por otro, la tristeza y cierta ansiedad por verlas en el lugar al que realmente pertenecían. No podía dejar de pensar en lo diferente que debía ser contemplarlas entre los arbustos y el monte, moviéndose libremente, en lugar de detrás de los barrotes. Por eso no veía la hora de que llegara el momento de salir a recorrer los caminos rurales, bien alejados del pueblo, para buscarlos en libertad.
La espera no fue larga. Esa misma tarde salimos a explorar los alrededores de Quilino, internándonos por esos caminos polvorientos típicos de la región, donde el monte seco, los arbustos espinosos, los algarrobos y los cactus van dibujando un paisaje muy diferente al que estoy acostumbrado a ver en Misiones. Y allí estaban. El encuentro finalmente se produjo y pude lograr unas tomas más que interesantes, gracias también a un detalle que me sorprendió gratamente: lo confiado de su comportamiento.
El Soldadito chaqueño es un ave curiosa que suele moverse a baja altura o directamente en el suelo, buscando semillas entre la vegetación. En lugar de salir espantado ante mi presencia, se quedó lo suficientemente cerca como para regalarme sus mejores ángulos. Para alguien que estaba haciendo sus primeros viajes como jubilado y que todavía estaba descubriendo cómo sería esa nueva vida sin el apuro del calendario escolar, aquel encuentro tuvo algo de simbólico. Mientras lo fotografiaba, no pude evitar un pensamiento amargo: con razón son tan fáciles de capturar para el mascotismo. Su comportamiento confiado, sumado a su belleza, termina convirtiéndose en una desventaja cuando el ser humano decide que un ave silvestre tiene que decorar una jaula. Una pena enorme para un pájaro que despliega tanta gracia cuando es libre.
Un poco de ciencia sobre el Lophospingus pusillus:
Para quienes siguen el blog y quieren conocer también el lado más técnico de este amiguito, aquí les dejo algunos datos clave de la especie.
Identificación: Es una pequeña ave paseriforme de unos 13 centímetros de longitud. Lo que más destaca en el macho es su elegante copete negro, que contrasta fuertemente con sus cejas blancas y su garganta negra. Su dorso es grisáceo y el vientre más claro. Las hembras y los juveniles presentan tonos más pardos y apagados, sin el negro tan marcado en la cabeza.
Hábitat y distribución: Es una especie característica del bioma chaqueño de América del Sur. Se distribuye por el oeste de Paraguay, el sur de Bolivia y el norte y centro de Argentina. Su presencia en Quilino es un calco de su ambiente ideal: bosques secos, zonas de arbustos espinosos, algarrobos y áreas con cactus.
Alimentación y comportamiento: Son principalmente granívoros, es decir, se alimentan fundamentalmente de semillas, aunque durante la época reproductiva incorporan insectos a su dieta. Suelen andar en parejas o en pequeños grupos y, en ocasiones, pueden asociarse con otras especies de emberízidos.
A la distancia, puede parecer que aquel viaje fue simplemente uno más entre tantos. Pero para mí significó bastante más. Fue uno de los primeros viajes después de la jubilación, compartido con mi hermana y mi cuñado, y tuvo además ese ingrediente especial de permitirle a él reencontrarse con amigos y lugares de su infancia. Mientras ellos recuperaban recuerdos, yo comenzaba a construir otros nuevos, cámara en mano, descubriendo que ahora había algo que podía hacer sin mirar el reloj ni pensar en que al día siguiente había que volver a las aulas.
Este viaje post-jubilación no solo nos regaló anécdotas familiares inolvidables y el reencuentro con los afectos de la infancia de mi cuñado, sino también este valioso registro fotográfico. Ver al Soldadito chaqueño exhibir su copete en una rama seca del monte cordobés, libre y dueño de su entorno, fue mucho más que conseguir una nueva especie para mis archivos: fue una pequeña bienvenida a una etapa diferente de la vida. Y quizás por eso, cada vez que vuelvo a mirar estas fotos, no veo solamente un Soldadito chaqueño. Vuelvo a ver aquellas calles de Quilino, los caminos polvorientos, el monte seco, el viaje compartido y esa sensación maravillosa de haber dejado atrás el timbre para empezar a escuchar otros sonidos. Entre ellos, por supuesto, el de las aves al retomar una vez mas esta apasionante actividad.
Mapa de distribución en América del Sur Copyright de los mapas
Copyright-Ebird (www.ebird.org)
7 sept 2026
Kilómetros, aves, y recuerdos de la ruta...
Si el Espinal argentino tuviera un bando de vecinos ruidosos, organizados y con un ego del tamaño de la copa de un algarrobo, el cacholote castaño (Pseudoseisura lophotes) sería, sin dudas, el presidente del consorcio.
A primera vista, su silueta estilizada de un marrón canela profundo y ese copete desgreñado que despliega como una corona le dan un aire de distinción. Pero basta quedarse unos minutos bajo su territorio para entender por qué en el mundo de la observación de aves se lo respeta como el "súper furnárido". El cacholote no pasa desapercibido; no sabe lo que significa la discreción.
Un temperamento de armas tomar:
Olvídense de las aves melancólicas que cantan al amanecer con timidez. El cacholote castaño tiene un temperamento audaz, territorial y profundamente carismático. No camina por el suelo: domina el suelo. Se desplaza a saltos largos, firmes, revisando la hojarasca con la confianza de quien es dueño de la estancia.
Si un intruso se acerca a su zona, ya sea un gavilán, un zorro o un curioso con binoculares, el cacholote no huye. Al contrario, se planta. Levanta su cresta, agita las alas y desata una de las misiones más complejas del monte: el bochinche comunitario.
La orquesta del caos (y la hermandad):
Porque si algo define a esta emblemática especie es su vida gregaria. Rara vez verás a un cacholote en absoluta soledad. Se mueven en parejas o en ruidosos grupos familiares. Cuando uno arranca a cantar, el resto se acopla en un coro perfectamente sincronizado de gritos estridentes, ásperos y metálicos que parecen carcajadas ásperas rompiendo la calma del monte. Es un despliegue de energía vocal que sirve para dos cosas: avisar que ese territorio ya tiene dueño y reforzar los lazos de la banda. En el Espinal, la familia lo es todo.
Megaconstrucciones en el monte: el nido de palitos:
Pero la verdadera obra maestra del cacholote castaño, la que le otorga con creces el título de súper furnárido (pariente gigante de nuestro querido hornero), es su ingeniería civil.
Mientras el hornero trabaja el barro, el cacholote es el rey del palito armado. Sus nidos son auténticas fortalezas colgantes o apoyadas en las ramas de los espinillos y algarrobos. Hablamos de estructuras voluminosas, colosales para el tamaño del ave, que pueden medir más de un metro de diámetro.
Construidos con ramitas espinosas entrelazadas con una fuerza asombrosa, estos nidos son verdaderos búnkeres anti-depredadores. Tienen un túnel de entrada curvo que conduce a una cámara de incubación acolchada y segura. Lo más fascinante es que estas construcciones son tan resistentes que duran años y, a menudo, cuando los cacholotes las mudan o las amplían, se convierten en el hogar o refugio de muchas otras especies del NEA. Son, literalmente, los arquitectos del ecosistema.
Ver un grupo de cacholotes castaños defendiendo su fortaleza, gritándose las novedades del día a voz en cuello y acomodando con obsesivo cuidado una rama espinosa tres veces más grande que ellos, es uno de los espectáculos más vibrantes del Espinal. Son el alma ruidosa, valiente y constructora de nuestra tierra.
Grandes recuerdos de estos años transcurridos:
Para quienes pajareamos habitualmente en Misiones, el cacholote castaño es una figurita difícil porque su distribución no llega hasta nuestra provincia. Es un ave que disfruto muchísimo observar justamente por eso, volver a mirar estas fotos me trae un recuerdo hermoso de las jornadas de observación en diversos rincones del país, donde estos personajes me regalaron sus mejores poses y, por supuesto, sus infaltables conciertos.
Y quizá ahí esté una de las cosas más lindas que me dejó esto de salir a buscar aves durante tantos años; cuando uno vuelve a mirar una fotografía, muchas veces no está mirando solamente al ave. Está volviendo a un camino, a un paisaje, a una mañana, a una charla, a unos mates compartidos y a las personas que estaban ahí. Detrás de muchas de estas fotos hay kilómetros y kilómetros recorridos durante años, rutas interminables, madrugones, equipaje, encuentros y también alguna que otra aventura que quedó guardada en la memoria mucho antes que en el disco rígido.
Hay fotos de Corrientes, de Río Negro, de Córdoba y de tantos otros lugares que fueron apareciendo en el camino. Algunas salieron durante una jornada dedicada casi exclusivamente a pajarear; otras, en medio de un viaje familiar, cuando la cámara y los binoculares viajaban como podían entre los demás planes. Y están también esos viajes que uno recuerda especialmente por haberlos compartido con amigos o con la familia, como aquel viaje de 2022 junto a mi hermana y mi cuñado, que terminó dejando mucho más que fotografías, o aquel viaje compartido con amigos al campo del Doc. Prato en el Taragüí.
Al final, quizás las aves sean solamente una parte de la historia. Son la excusa perfecta para ponerse en marcha, para conocer lugares, para recorrer kilómetros y, sobre todo, para compartir. Porque con los años uno descubre que la verdadera colección no está solamente en la carpeta de fotografías. También está en los caminos recorridos, en las personas que nos acompañaron y en esos recuerdos que una foto vieja tiene la capacidad de devolvernos de golpe.
Y estos cacholotes, con su pinta de patrón del monte y su particular manera de hacer saber a todo el mundo que están ahí, hoy me devolvieron esos recuerdos. Un recuerdo correntino, un Rionegrino, y un Cordobés también, recuerdos de esos que siguen haciendo ruido… aunque hayan pasado unos cuantos años.
Un temperamento de armas tomar:
Olvídense de las aves melancólicas que cantan al amanecer con timidez. El cacholote castaño tiene un temperamento audaz, territorial y profundamente carismático. No camina por el suelo: domina el suelo. Se desplaza a saltos largos, firmes, revisando la hojarasca con la confianza de quien es dueño de la estancia.
Si un intruso se acerca a su zona, ya sea un gavilán, un zorro o un curioso con binoculares, el cacholote no huye. Al contrario, se planta. Levanta su cresta, agita las alas y desata una de las misiones más complejas del monte: el bochinche comunitario.
La orquesta del caos (y la hermandad):
Porque si algo define a esta emblemática especie es su vida gregaria. Rara vez verás a un cacholote en absoluta soledad. Se mueven en parejas o en ruidosos grupos familiares. Cuando uno arranca a cantar, el resto se acopla en un coro perfectamente sincronizado de gritos estridentes, ásperos y metálicos que parecen carcajadas ásperas rompiendo la calma del monte. Es un despliegue de energía vocal que sirve para dos cosas: avisar que ese territorio ya tiene dueño y reforzar los lazos de la banda. En el Espinal, la familia lo es todo.
Megaconstrucciones en el monte: el nido de palitos:
Pero la verdadera obra maestra del cacholote castaño, la que le otorga con creces el título de súper furnárido (pariente gigante de nuestro querido hornero), es su ingeniería civil.
Mientras el hornero trabaja el barro, el cacholote es el rey del palito armado. Sus nidos son auténticas fortalezas colgantes o apoyadas en las ramas de los espinillos y algarrobos. Hablamos de estructuras voluminosas, colosales para el tamaño del ave, que pueden medir más de un metro de diámetro.
Construidos con ramitas espinosas entrelazadas con una fuerza asombrosa, estos nidos son verdaderos búnkeres anti-depredadores. Tienen un túnel de entrada curvo que conduce a una cámara de incubación acolchada y segura. Lo más fascinante es que estas construcciones son tan resistentes que duran años y, a menudo, cuando los cacholotes las mudan o las amplían, se convierten en el hogar o refugio de muchas otras especies del NEA. Son, literalmente, los arquitectos del ecosistema.
Ver un grupo de cacholotes castaños defendiendo su fortaleza, gritándose las novedades del día a voz en cuello y acomodando con obsesivo cuidado una rama espinosa tres veces más grande que ellos, es uno de los espectáculos más vibrantes del Espinal. Son el alma ruidosa, valiente y constructora de nuestra tierra.
Grandes recuerdos de estos años transcurridos:
Para quienes pajareamos habitualmente en Misiones, el cacholote castaño es una figurita difícil porque su distribución no llega hasta nuestra provincia. Es un ave que disfruto muchísimo observar justamente por eso, volver a mirar estas fotos me trae un recuerdo hermoso de las jornadas de observación en diversos rincones del país, donde estos personajes me regalaron sus mejores poses y, por supuesto, sus infaltables conciertos.
Y quizá ahí esté una de las cosas más lindas que me dejó esto de salir a buscar aves durante tantos años; cuando uno vuelve a mirar una fotografía, muchas veces no está mirando solamente al ave. Está volviendo a un camino, a un paisaje, a una mañana, a una charla, a unos mates compartidos y a las personas que estaban ahí. Detrás de muchas de estas fotos hay kilómetros y kilómetros recorridos durante años, rutas interminables, madrugones, equipaje, encuentros y también alguna que otra aventura que quedó guardada en la memoria mucho antes que en el disco rígido.
Hay fotos de Corrientes, de Río Negro, de Córdoba y de tantos otros lugares que fueron apareciendo en el camino. Algunas salieron durante una jornada dedicada casi exclusivamente a pajarear; otras, en medio de un viaje familiar, cuando la cámara y los binoculares viajaban como podían entre los demás planes. Y están también esos viajes que uno recuerda especialmente por haberlos compartido con amigos o con la familia, como aquel viaje de 2022 junto a mi hermana y mi cuñado, que terminó dejando mucho más que fotografías, o aquel viaje compartido con amigos al campo del Doc. Prato en el Taragüí.
Al final, quizás las aves sean solamente una parte de la historia. Son la excusa perfecta para ponerse en marcha, para conocer lugares, para recorrer kilómetros y, sobre todo, para compartir. Porque con los años uno descubre que la verdadera colección no está solamente en la carpeta de fotografías. También está en los caminos recorridos, en las personas que nos acompañaron y en esos recuerdos que una foto vieja tiene la capacidad de devolvernos de golpe.
Y estos cacholotes, con su pinta de patrón del monte y su particular manera de hacer saber a todo el mundo que están ahí, hoy me devolvieron esos recuerdos. Un recuerdo correntino, un Rionegrino, y un Cordobés también, recuerdos de esos que siguen haciendo ruido… aunque hayan pasado unos cuantos años.
6 sept 2026
El que nunca mira el reloj...
Hay cosas que anuncian que una época del año está llegando mucho antes que cualquier calendario, y en mi caso una de ellas son mis infaltables despertadores de plumas. Por estos días empiezan a activarse nuevamente temprano, muy temprano, tanto que uno podría sospechar que el zorzal chalchalero y su primo, el zorzal colorado, viven directamente en un huso horario adelantado. Está oscuro todavía, uno sigue tratando de convencer al cuerpo de que falta bastante para levantarse y ellos ya están a full, cantando como si el sol estuviera por salir en cualquier momento.
El nombre “chalchalero” no es casualidad. Viene de uno de sus alimentos preferidos, los frutos del chalchal, también conocido como cocú, un arbusto nativo que produce esos pequeños frutos redondos y dulces que forman parte de su dieta. Y hay una curiosidad simpática detrás del nombre de aquel famoso conjunto folclórico salteño que todos conocemos como Los Chalchaleros: cuando comenzaron su historia, allá por 1948, eligieron ese nombre como una forma de representar sus comienzos, sintiendo que todavía eran aprendices y no grandes expertos en la música. Una coincidencia bastante linda, porque si hay algo que caracteriza al zorzal chalchalero es precisamente su condición de cantor incansable.
Como otros zorzales, tiene la particularidad de hacerse escuchar cuando buena parte del mundo todavía está dormida, especialmente al amanecer y también al caer la tarde. Su canto termina siendo parte del paisaje sonoro de pueblos y ciudades, y quizás por eso estos zorzales tienen también un lugar especial en nuestra cultura popular y en las tonadas del norte argentino, donde el zorzal aparece asociado a la libertad, al monte y a ese paisaje criollo que tantas veces encontró en las aves una manera de cantar.
Estas fotos son apenas un registro más de uno de esos personajes que, sin pedir permiso y mucho menos consultar el reloj, se encargan de recordarme que empezó nuevamente la temporada de los madrugones. Y mientras yo todavía estoy pensando si vale la pena abrir los ojos, ellos ya tienen clarísimo que el día comenzó hace rato. Definitivamente, mis despertadores tienen plumas y no conocen el botón de posponer alarma.
El nombre “chalchalero” no es casualidad. Viene de uno de sus alimentos preferidos, los frutos del chalchal, también conocido como cocú, un arbusto nativo que produce esos pequeños frutos redondos y dulces que forman parte de su dieta. Y hay una curiosidad simpática detrás del nombre de aquel famoso conjunto folclórico salteño que todos conocemos como Los Chalchaleros: cuando comenzaron su historia, allá por 1948, eligieron ese nombre como una forma de representar sus comienzos, sintiendo que todavía eran aprendices y no grandes expertos en la música. Una coincidencia bastante linda, porque si hay algo que caracteriza al zorzal chalchalero es precisamente su condición de cantor incansable.
Como otros zorzales, tiene la particularidad de hacerse escuchar cuando buena parte del mundo todavía está dormida, especialmente al amanecer y también al caer la tarde. Su canto termina siendo parte del paisaje sonoro de pueblos y ciudades, y quizás por eso estos zorzales tienen también un lugar especial en nuestra cultura popular y en las tonadas del norte argentino, donde el zorzal aparece asociado a la libertad, al monte y a ese paisaje criollo que tantas veces encontró en las aves una manera de cantar.
Estas fotos son apenas un registro más de uno de esos personajes que, sin pedir permiso y mucho menos consultar el reloj, se encargan de recordarme que empezó nuevamente la temporada de los madrugones. Y mientras yo todavía estoy pensando si vale la pena abrir los ojos, ellos ya tienen clarísimo que el día comenzó hace rato. Definitivamente, mis despertadores tienen plumas y no conocen el botón de posponer alarma.
La reunión de los Ipé chuirirí
Hay encuentros que uno se cruza casi de casualidad y que terminan convirtiéndose en una de esas pequeñas escenas que quedan guardadas en la memoria. Esta vez, al costado del camino de acceso a Cambyretá, la protagonista era una verdadera reunión de Ipé chuirirí. Eran muchos, tantos que la cuenta la voy a hacer yo, porque si dejo que la hagan ellos probablemente todavía estén discutiendo quién llegó primero y quién se quedó con el mejor lugar.
Para quienes no conocen el nombre, Ipé chuirirí es uno de los nombres regionales que figuran para esta especie en la Guía de Aves de Argentina del Dr. Martín de la Peña, y reconozco que es de esos nombres que tienen algo especial, de esos que parecen venir cargados con un poquito de paisaje y de identidad regional. Por eso, esta vez quise que fueran ellos, los Ipé chuirirí, los que dieran título a esta reunión bastante particular.
Y claro, semejante cantidad de patos, juntos era una invitación imposible de rechazar para alguien con mis habituales delirios fotográficos, 12 para ser mas exactos los que logré fotografiar juntos. Porque una cosa es encontrarse con uno o dos y tratar de hacer una buena foto, y otra muy distinta es tener semejante reunión delante de la cámara y pretender que, aunque sea por un instante, todos miren para el mismo lado. Ese tipo de desafíos que uno se inventa solo, sin que nadie se los haya pedido y, por supuesto, sin ninguna posibilidad real de éxito.
Uno mira por el visor de la cámara, espera, encuadra, aguanta la respiración y piensa: "Ahora sí…". Pero el fotógrafo intenta y la Madre Natura dispone. Cuando uno mira hacia un lado, otro decide mirar hacia el otro; cuando finalmente varios parecen ponerse de acuerdo, alguno mete la cabeza debajo del agua; y cuando por fin casi todos están acomodados, aparece uno que evidentemente recibió la orden de hacer exactamente lo contrario.
Y como si no fuera suficiente con semejante desorden, entre tantos participantes apareció también uno bastante más tímido que el resto. Un verdadero avergonzado que, vaya uno a saber por qué, decidió esconderse detrás de los demás para no mostrar la cara en las fotos. Quizás no tenía ganas de salir en el blog, quizás todavía no había pasado por la peluquería o simplemente entendió antes que nosotros que no siempre es conveniente quedar expuesto en una reunión tan concurrida.
Así fue esta particular reunión de los Ipé chuirirí, una de esas escenas sencillas que ofrece el camino de Cambyretá cuando uno va con los ojos atentos y la cámara preparada. No hubo manera de conseguir la foto perfecta, con todos mirando obedientemente hacia el mismo lugar, pero justamente ahí está también parte de la gracia de fotografiar aves: intentar ordenar en una imagen lo que la naturaleza se empeña en mantener desordenado.
Y mientras yo seguía esperando ese imposible momento de sincronización, ellos continuaban con su vida, bastante más despreocupados que el fotógrafo que estaba del otro lado del camino tratando de ponerlos de acuerdo. Al final, como casi siempre, la naturaleza ganó por goleada… y nosotros nos quedamos con una secuencia de fotos y una buena historia para contar.
Para quienes no conocen el nombre, Ipé chuirirí es uno de los nombres regionales que figuran para esta especie en la Guía de Aves de Argentina del Dr. Martín de la Peña, y reconozco que es de esos nombres que tienen algo especial, de esos que parecen venir cargados con un poquito de paisaje y de identidad regional. Por eso, esta vez quise que fueran ellos, los Ipé chuirirí, los que dieran título a esta reunión bastante particular.
Y claro, semejante cantidad de patos, juntos era una invitación imposible de rechazar para alguien con mis habituales delirios fotográficos, 12 para ser mas exactos los que logré fotografiar juntos. Porque una cosa es encontrarse con uno o dos y tratar de hacer una buena foto, y otra muy distinta es tener semejante reunión delante de la cámara y pretender que, aunque sea por un instante, todos miren para el mismo lado. Ese tipo de desafíos que uno se inventa solo, sin que nadie se los haya pedido y, por supuesto, sin ninguna posibilidad real de éxito.
Uno mira por el visor de la cámara, espera, encuadra, aguanta la respiración y piensa: "Ahora sí…". Pero el fotógrafo intenta y la Madre Natura dispone. Cuando uno mira hacia un lado, otro decide mirar hacia el otro; cuando finalmente varios parecen ponerse de acuerdo, alguno mete la cabeza debajo del agua; y cuando por fin casi todos están acomodados, aparece uno que evidentemente recibió la orden de hacer exactamente lo contrario.
Y como si no fuera suficiente con semejante desorden, entre tantos participantes apareció también uno bastante más tímido que el resto. Un verdadero avergonzado que, vaya uno a saber por qué, decidió esconderse detrás de los demás para no mostrar la cara en las fotos. Quizás no tenía ganas de salir en el blog, quizás todavía no había pasado por la peluquería o simplemente entendió antes que nosotros que no siempre es conveniente quedar expuesto en una reunión tan concurrida.
Así fue esta particular reunión de los Ipé chuirirí, una de esas escenas sencillas que ofrece el camino de Cambyretá cuando uno va con los ojos atentos y la cámara preparada. No hubo manera de conseguir la foto perfecta, con todos mirando obedientemente hacia el mismo lugar, pero justamente ahí está también parte de la gracia de fotografiar aves: intentar ordenar en una imagen lo que la naturaleza se empeña en mantener desordenado.
Y mientras yo seguía esperando ese imposible momento de sincronización, ellos continuaban con su vida, bastante más despreocupados que el fotógrafo que estaba del otro lado del camino tratando de ponerlos de acuerdo. Al final, como casi siempre, la naturaleza ganó por goleada… y nosotros nos quedamos con una secuencia de fotos y una buena historia para contar.
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