Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.

5 jul 2026

El Caburé que todavía me hace esperar.

Antes de empezar a revolver otra carpeta de archivos propios, hoy voy a hacer un pequeño alto en el camino para compartir unas fotografías que edité después de revolver una carpeta que me compartió Luis Krause.
El protagonista es el caburé chico, un diminuta lechuza que, a pesar de su tamaño, carga sobre las alas un sinfín de historias, mitos y supersticiones que sobreviven hasta nuestros días.
Estas imágenes fueron obtenidas hace ya varios años en el Club Refugio Ombú, lugar que todavía conserva ese aire tranquilo donde el monte parecía guardar un secreto en cada rama.
Confieso que esta especie todavía tiene conmigo una cuenta pendiente porque después de tantos años recorriendo caminos, senderos y montes con la cámara al hombro, el caburé chico todavía me debe una buena sesión fotográfica. Nos hemos cruzado unas cuantas veces, pero siempre fue él quien decidió cuándo y cómo terminar el encuentro y las fotos aceptables siguen figurando entre mis asignaturas pendientes.
Resulta curioso cómo un ave tan pequeña puede despertar semejante cantidad de creencias populares. Para algunos, su canto anuncia desgracias; para otros, trae mala suerte o presagia visitas indeseadas. Historias que fueron pasando de generación en generación hasta convertir a estas lechuzas en protagonistas involuntarias de viejas leyendas.
La realidad, por supuesto, es bastante menos misteriosa y mucho más interesante. El caburé chico cumple un papel fundamental en el equilibrio natural, alimentándose de insectos, pequeños roedores y otros animales que, de no existir estos silenciosos cazadores nocturnos, podrían transformarse en un verdadero problema para nosotros.
Quizás el verdadero misterio no esté en el caburé, sino en nuestra facilidad para temer aquello que no conocemos. Mientras algunos siguen viendo malos augurios donde sólo hay una lechuza haciendo su trabajo, nosotros tenemos la suerte de admirarlo como realmente es; una pequeña joya del monte, discreta, eficiente y extraordinariamente hermosa.
Y quién sabe... tal vez algún día decida regalarme esos pocos segundos de luz perfecta que todavía me está debiendo. Hasta entonces, seguiré buscándolo. Después de todo, algunas de las mejores fotografías son las que todavía no existen.

Un piojito, un alambrado y un milagro

Tres días recorriendo los Esteros del Iberá allá por el mes de Mayo del 2015, disfrutando de uno de esos lugares donde uno quisiera que el tiempo se detuviera; después de tantas horas de caminatas, madrugones y cientos de fotos, llegó el momento de emprender el regreso a Posadas.
Pero quienes compartimos esta pasión sabemos que el viaje no termina cuando uno deja el destino atrás, el regreso también forma parte de la aventura; por eso hay una regla no escrita que se cumple casi siempre, la cámara nunca va guardada en la mochila. Viaja sobre el regazo, lista para entrar en acción ante cualquier oportunidad.
Y esa oportunidad apareció al costado de la ruta, un bañado prometía alguna sorpresa, así que no hizo falta discutir demasiado porque desde la Duster se veían Varilleros, Federales, y vayan a saber que otros pequeños habitantes de estos ambientes; así que frenamos, bajamos del vehículo y encaramos hacia el bañadito. El único detalle era un viejo alambrado de campo, de esos de púas oxidadas que parecen estar esperando al distraído de turno,y el distraído, por supuesto, fui yo.
En el intento de cruzarlo, una de las púas decidió aferrarse con entusiasmo a la entrepierna de mi pantalón. Lo que siguió fue ese instante eterno en el que uno deja de pensar en las aves y empieza a hacer un rápido inventario mental de su anatomía.
Por fortuna, el alambrado fue generoso conmigo, mi integridad física quedó intacta. El pantalón, en cambio, no tuvo la misma suerte, se abrió un agujero que todavía hoy permanece ahí, esperando que algún día me decida a buscar hilo y aguja para regalarle una zurcida digna.
Después del susto, y mientras me desenganchaba llegaron las risas... y también las fotos. Porque al final, toda esa maniobra bastante poco elegante tuvo su recompensa, entre los pastizales apareció este pequeño piojito gris, que bien valió la parada improvisada.
Con el tiempo uno descubre que muchas veces no son las mejores fotografías las que más recuerdos traen, sino las historias que quedaron pegadas a ellas. Y cada vez que veo estas imágenes, inevitablemente me acuerdo de aquel viejo alambrado correntino que estuvo peligrosamente cerca de convertir el regreso de Pellegrini en una anécdota bastante más dolorosa.