Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.

10 jun 2026

Cuando la mejor foto está al nivel del agua

Buenas tardes, amigos de Aves del NEA.
Hoy estoy con poca inspiración para escribir, quizás porque las fotografías que voy a compartir no son mías. Sin embargo, después de escuchar a Nico contarme cómo las obtuvo, voy a intentar trasladar a palabras ese momento y acompañar las imágenes con la historia que merecen.
La escena transcurrió durante una escapada familiar para pasar el día en la chacra de sus suegros, en Tacuaruzú en el mes de febrero, pleno verano misionero, de esos que no dan tregua. El aire pesado, el sol cayendo a plomo y la sombra de los árboles convertida en un bien tan valioso como escaso.
En medio de ese calor sofocante, el infaltable arroyito aparecía como refugio obligado, con su agua fresca corriendo entre piedras, mientras desde algún rincón del monte cercano al arroyo se escuchaba el característico canto del macuquito, poniendo banda sonora a la jornada.
Y como suele ocurrir con quienes tienen la fotografía de aves metida en la cabeza, incluso en un día de descanso familiar siempre aparece alguna excusa para sacar la cámara. La idea era sencilla de imaginar pero bastante más complicada de ejecutar, aprovechar el momento de refrescarse en el arroyo para intentar fotografiar al macuquito desde una perspectiva diferente.
Para lograrlo, Nico armó su trípode de manera tal que la cámara quedara apenas a unos diez centímetros de la superficie del agua, una posición extrema, pero cuidadosamente calculada para evitar cualquier riesgo para que no se moje el equipo; después vino la parte menos cómoda para el fotógrafo y más divertida para quienes lo observaban, hacer "tumbing" en el arroyo, panza al agua, soportando la postura durante largos minutos para conseguir que todo el equipo quedara exactamente a la altura del ave.
Esa perspectiva tan baja permitió generar imágenes muy interesantes, porque Al trabajar prácticamente al nivel del macuquito, los planos cercanos se transformaron en suaves manchas de color y luz, al igual que los siguientes planos del fondo, al colocar el punto de enfoque con precisión sobre la cabeza del ave, el fondo y los elementos del primer plano se fundieron en desenfoques que ayudan a destacar al protagonista de la escena y le aportan una atmósfera especial a las fotografías gracias a lo que en fotografía se llama "Profundidad de campo".
Quienes disfrutamos de este hobby sabemos que muchas veces la satisfacción no pasa únicamente por obtener una foto nítida, lo verdaderamente gratificante es imaginar una imagen, planificar cómo conseguirla, probar distintas alternativas y finalmente ver que el resultado se parece bastante a aquello que uno había visualizado en su cabeza. Es esa mezcla de paciencia, creatividad y perseverancia la que hace que cada fotografía tenga una historia detrás. Muchas gracias por acompañarme una vez más hasta el final de esta entrada. Espero que hayan disfrutado de estas imágenes y de la pequeña historia que las acompaña. Y si alguna vez se encontraron tirados boca abajo en el barro, el agua o entre los yuyos intentando fotografiar un ave desde un ángulo imposible, los invito a dejar su experiencia en los comentarios. Así comprobamos entre todos que los observadores y fotógrafos de aves somos gente completamente normal... o al menos eso nos gusta creer.

9 jun 2026

Los bailarines de Misiones… y el que todavía nos falta

Hay proyectos que nacen de una idea sencilla y terminan convirtiéndose en una obsesión; esta nueva entrada de Aves del NEA, propuesta por el amigo Nicolás Pavese, entra sin dudas en esa categoría.
Después de años recorriendo caminos colorados, senderos de parques provinciales, reservas privadas, chacras, arroyos perdidos y rincones de monte repartidos por toda la provincia, nos dimos cuenta de algo: casi sin proponérnoslo habíamos logrado fotografiar prácticamente todos los bailarines presentes en Misiones.
El bailarín naranja, el más vistoso y fotogénico de los escenarios selváticos.
El bailarín verde, discreto habitante del sotobosque.
El bailarín azul, siempre espectacular cuando la luz logra atravesar la selva.
El bailarín blanco, una joyita que cada encuentro transforma en recuerdo imborrable.
Y el bailarín oliváceo, quizás menos conocido, el menos elegante, pero igualmente fascinante por su inquieto comportamiento y por el volumen de su canto.
Todos ellos fueron apareciendo a lo largo de los años en distintos puntos de Misiones, algunas fotos cerca de Posadas, otras en el centro de la provincia, varias en el norte profundo. Registros obtenidos de sur a norte, de este a oeste, en jornadas largas, madrugones eternos y viajes donde muchas veces el combustible costaba más que cualquier comodidad.
Pero siempre queda uno.
Y justamente el que falta es el más difícil.
El más esquivo.
El más misterioso.
El bailarín castaño (Piprites pileata).
El fantasma de la selva atlántica, su historia en Misiones parece escrita para alimentar la imaginación de cualquier observador de aves.
Historia que comienza allá por el año 1959 en Tobuna cuando el naturalista William Henry Partridge obtuvo el primer registro argentino de la especie. Un único individuo encontrado luego de muchos años de trabajo de campo en Misiones; durante décadas ese ejemplar sería la única evidencia de la presencia de la especie en el país.
Cuarenta y siete años de silencio transcurrieron desde ese entonces.
Ningún registro confirmado, ninguna fotografía, ninguna observación documentada; para muchos, el bailarín castaño se había convertido prácticamente en una leyenda misionera.
Recién en Abril del 2006 el guardaparque Claudio Maders escuchó una vocalización desconocida durante una recorrida en el entonces proyectado Parque Provincial Caá Yarí. Aquella observación permitió redescubrir la especie para Argentina después de casi medio siglo sin registros.
En años posteriores las búsquedas realizadas permitieron localizar varios territorios ocupados por la especie en bosques de laurel layana asociados al Arroyo Paraíso, dentro del área de la Reserva de Biosfera Yabotí.
A pesar de extensos relevamientos en otras regiones de Misiones, los registros continuaron concentrándose en ese ambiente muy específico.
Debido a ello este bailarín es especialista extremo en dicho ambiente particular y quizás allí radique parte del misterio.
Mientras muchas aves de la selva aparecen en distintos ambientes, el bailarín castaño parece tener una relación muy estrecha con los bosques de laurel layana desarrollados sobre las márgenes del Arroyo Paraíso; los relevamientos realizados después del redescubrimiento encontraron a la especie casi exclusivamente en ese tipo de selva ribereña, un ambiente escaso y extremadamente vulnerable dentro de Misiones.
Y justamente allí apunta ahora nuestro nuevo delirio, la locura que nos queda pendiente; porque si algo caracteriza a los observadores de aves es que jamás terminan una lista, siempre aparece una especie nueva, siempre queda una foto pendiente, siempre existe un lugar más para recorrer; y después de ocho años alejados de las salidas exclusivamente pajareras, este regreso al blog parece empujarnos inevitablemente hacia un objetivo concreto; ir a buscar al que falta, o al menos buscar una excusa para recorrer esa parte de la Provincia de Misiones.
No hablamos de grandes expediciones financiadas ni de equipos sofisticados, hablamos de lo que siempre fue Aves del NEA, algunos días libres, un vehículo que llegue hasta donde planificamos y nos traiga de regreso a casa, combustible contado, cámaras ya bastante caminadas, algo para comer y muchas ganas de caminar monte, y por supuesto todo compartido.
La idea de recorrer la selva ribereña del Arroyo Paraíso, dentro de la Reserva de Biosfera Yabotí, buscando al bailarín castaño, tiene algo de aventura, algo de esperanza y bastante de locura.
Porque sabemos perfectamente que podemos caminar horas sin verlo, que podemos regresar únicamente con barro en las botas, que podemos escuchar apenas un canto lejano y nada más, pero también sabemos que en cualquier curva del sendero, en cualquier rincón húmedo dominado por laureles y sombra, puede aparecer por unos segundos ese pequeño fantasma de la selva atlántica que lleva más de medio siglo alimentando historias entre los observadores misioneros.
Y si algún día finalmente aparece frente a nuestros binoculares o delante del lente, la fotografía será apenas una excusa.
Porque en realidad lo importante será completar un sueño que empezó hace muchos años, recorriendo Misiones detrás de los bailarines.
Tenemos el naranja, tenemos el verde, tenemos el azul, tenemos el blanco, tenemos el oliváceo, ahora solamente nos falta uno, y justamente por eso vale tanto la pena seguir buscándolo. Aunque bien sabemos que en la naturaleza es pecar de soberbia suponer que se encontrará lo que se busca.....
Así lo escribió don Tito Narosky en su libro "Entre hombres y pájaros".
saludos para todos y los dejo con las fotos, de Nico, Benja (Su sobrino) y mías!!

Bailarín azul





Bailarín naranja


Bailarín blanco

Bailarín verde

Bailarín oliváceo]

8 jun 2026

Cuando el monte explota en rojo

Hay momentos en la fotografía de aves que cuestan explicar, momentos donde uno deja de pensar en velocidad, ISO, enfoque o composición… y simplemente se queda con el corazón acelerado mirando algo que parecía imposible. Eso fue lo que sentimos en el Portal Cambyretá, al norte del Parque Nacional Iberá, cuando vimos aparecer a los guacamayos rojos volando libres sobre el monte correntino.
No eran aves escapadas de una jaula. No eran ejemplares de un zoológico. Eran guacamayos verdaderamente silvestres, recuperando un cielo argentino después de más de un siglo de ausencia.
Y ahí estábamos nosotros, padre e hija, compartiendo uno de esos momentos que quedan guardados para siempre.
Primero se escucharon los gritos. Después aparecieron como flechas rojas sobre el verde del monte. Grandes. Escandalosos. Perfectos.
La adrenalina del fotógrafo aparece enseguida: buscar el ave, levantar la cámara, tratar de seguir un vuelo rapidísimo, controlar la emoción para no arruinar el enfoque… y al mismo tiempo intentar disfrutar el instante. Porque uno sabe que está viendo historia viva.
El guacamayo rojo había desaparecido de Argentina hace más de 150 años. Las últimas citas en Corrientes eran de mediados del siglo XIX. La caza, el tráfico de fauna y la pérdida de ambientes terminaron borrándolo completamente de nuestros montes.
Pero en el año 2015 comenzó uno de los proyectos de conservación más ambiciosos del país, la reintroducción del guacamayo rojo en Iberá.
El trabajo fue impulsado por Fundación Rewilding Argentina junto al Gobierno de Corrientes, la Administración de Parques Nacionales, investigadores del CONICET y distintas instituciones dedicadas a la conservación.
Los primeros siete ejemplares fueron liberados justamente en Cambyretá, en octubre de 2015. Muchos provenían de cautiverio y tuvieron que pasar por un entrenamiento intensivo antes de volver a la vida silvestre: aprender a volar largas distancias, reconocer frutos nativos, detectar depredadores y orientarse en libertad.
Con el paso de los años el proyecto siguió creciendo, se sumaron aves criadas por el Ecoparque de Buenos Aires, la Fundación Temaikèn y el Bioparque La Máxima.
En 2020 incluso se creó un segundo núcleo poblacional en la Reserva Yerbalito con la liberación de cinco nuevos juveniles, y después llegó el milagro que todos esperaban.
Las primeras parejas comenzaron a usar cajas nido instaladas por el proyecto. Al principio los intentos fallaron, algo normal en aves jóvenes e inexpertas. Pero finalmente ocurrió: nacieron los primeros pichones silvestres de guacamayo rojo en Argentina después de aproximadamente 150 años.
Los pichones fueron bautizados “Tuco” y “Puré”. Sí, hasta los nombres tienen aroma bien argentino.
Tiempo después comenzaron sus primeros vuelos libres sobre Iberá, acompañados por sus padres, mientras el equipo de campo seguía cada movimiento con emoción y radiotelemetría. Y pensar en todo eso mientras los teníamos adelante hacía todavía más especial la escena; porque fotografiar un ave rara siempre emociona; pero fotografiar un ave que volvió de la extinción gracias al trabajo de tanta gente… es otra cosa.
En cada vuelo de esos guacamayos hay años de esfuerzo, veterinarios, biólogos, voluntarios, guardaparques, criadores, monitoreos eternos, fracasos, esperas, y muchísima pasión.
Tal vez por eso el monte parece distinto cuando ellos pasan gritando arriba de uno como si el Iberá estuviera recuperando un pedazo perdido de su alma.
Y ahí estábamos nosotros, compartiendo cámara, binoculares y sonrisas, tratando de seguir esos destellos rojos entre las copas de los árboles.
Hay fotos que uno guarda por su belleza, y hay otras que quedan para siempre por la historia que cuentan.
Las fotografías que acompañan esta publicación fueron obtenidas en la Reserva Don Luis, un rincón privilegiado del norte de los Esteros del Iberá donde la naturaleza todavía se expresa en toda su plenitud.
Quiero agradecer especialmente a Alejandra Boloqui y a Cepi Oporto por su hospitalidad y por permitirnos compartir dos jornadas inolvidables en ese maravilloso lugar. Días de observación, fotografía, charlas y encuentros con la naturaleza que quedarán grabados en nuestra memoria.
Entre tantas experiencias vividas durante la estadía, la observación de los guacamayos rojos en libertad fue, sin dudas, uno de esos momentos que justifican cada kilómetro recorrido y cada hora de espera detrás de una cámara. Una experiencia que con mi hija tuvimos la fortuna de compartir y que hoy podemos revivir a través de estas imágenes.
Roby y Constanza Genesini.
Algo de data obtenida aquí:
Fundación Rewilding Argentina
Conicet

Dejo para mas adelante y durante el transcurso del invierno compartir mas fotografías de este imponente loro acá en el blog; no descarto la oportunidad de viajar hasta Cambyretá, o a la Reserva Don Luis con la única finalidad de poder fotografiarlos, disfrutar un día allí porque hace 8 años que no voy, comer un buen asadito, sacar muchas fotos y regresar contento a Posadas con la misión cumplida.
saludos para todos !!!!