Hay cantos que terminan formando parte del paisaje; Uno de ellos para mí es el del arañero silbón; un pajarito del sotobosque de la selva misionera al que nunca me canso de escuchar. No hace falta verlo porque alcanza con que empiece a silbar para saber que la selva está funcionando como debe.
Volví a disfrutar de ese infaltable concierto el pasado 9 de mayo, y fue inevitable pensar en lo loco que resulta haberle metido casi diez años de franco a esta pasión; diez años en los que la cámara salió poco al monte, pero en los que el canto del arañero siguió sonando, ajeno a mis ausencias, esperando con la misma puntualidad de siempre.
Por suerte, algunas cosas no cambian porque el arañero sigue recorriendo el sotobosque con la misma energía de siempre y yo, esta vez, estuve ahí para escucharlo otra vez... y también para llevarme unas fotos de recuerdo.
Hay regresos que no necesitan grandes discursos, solo alcanza un silbido entre los árboles, una cámara en la mano y esas ganas de volver a caminar la selva como si nunca nos hubiéramos ido.


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