Hay aves que uno recuerda por la foto, otras, por el canto, y después está este personaje, al que recuerdo por la paciencia que me hizo tener.
En la Trilha da Galheta, en Bombas, lo escuchaba todos los días; era imposible ignorarlo. Para el tamaño que tiene, canta con un volumen que parece desproporcionado, uno jura que está a dos metros... y cuando va a buscarlo, resulta que estaba bastante más lejos, escondido entre la vegetación.
Recién cuando entendí que la única estrategia era dejar de perseguirlo y sentarme a esperarlo, el muy amable decidió mostrarse unos segundos para la foto.
A veces en fotografía de aves no gana el que más camina, sino el que sabe quedarse quieto, y este Papa-taoca (como se lo conone en Santa Catarina) fue uno de esos maestros de la paciencia.
Cada vez que vuelvo a mirar estas fotos también me vuelvo, por un rato, a aquella mañana de enero de 2020 en la Trilha da Galheta. Hay lugares que se recuerdan por el paisaje, los que andamos con una cámara fotografiando pajaritos los recordamos, sobre todo, por las peripecias que vivimos en la búsqueda de las imágenes que compartimos después.



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