Hay algo que descubrí con los años, la paz mental vale muchísimo más que tener siempre la razón.
Llegando a las seis décadas de vida, ya no siento la necesidad de convencer a nadie de nada. Si alguien piensa distinto está perfecto; no toda batalla merece ser peleada. Hay discusiones que no cambian absolutamente nada, salvo el humor con el que termina el día, y ese humor prefiero invertirlo en cosas que realmente disfruto.
También aprendí a ponerle un freno a los dramas ajenos, si alguien viene buscando pelea, queja o conflicto, paso de largo. No es mala onda, es una cuestión de salud mental; ya no me da culpa decir "no tengo ganas", "no me interesa" o simplemente cambiar de tema.
Y, por sobre todas las cosas, sigo disfrutando de no hacer nada.
Durante muchos años viví con horarios, obligaciones y responsabilidades, hoy me doy el gusto de sentarme en el patio con un mate, mirar cómo se mueve un benteveo entre las ramas, esperar que aparezca algún carpintero o simplemente quedarme contemplando la nada. Antes habría pensado que estaba perdiendo el tiempo. Hoy sé que, en realidad, lo estoy recuperando.
Con los años entendí que el verdadero lujo no es tener más tiempo libre, el verdadero lujo es poder decidir con quién compartirlo, en qué gastarlo y, sobre todo, en qué no gastarlo.
Y esa libertad, sinceramente, no la cambio por tener la última palabra en ninguna discusión.
Y si en medio de esa "terrible jornada de inactividad" aparecen algunos pajaritos que me permitan sacarles algunas buenas fotos... bueno... no me queda otra que hacer el enorme sacrificio de agarrar la cámara. La jubilación también tiene esas obligaciones.



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