Hay especies que, además de recorrer unos cuantos kilómetros para encontrarlas, también exigen una segunda oportunidad.
Estas dos fotos del bailarín blanco son de Luis Krause y forman parte de esa enorme colección de imágenes que el también tiene, y por una cosa o por otra, todavía esperan su turno para salir del disco rígido.
Fueron obtenidas en Surucuá Reserva Eco Lodge, en el norte de Misiones, sobre el borde del río Iguazú. Prácticamente es el único rincón de la provincia donde este pequeño y elegante bailarín puede observarse con cierta regularidad, motivo suficiente para que más de un pajarero sueñe con conocer el lugar.
Lo curioso es que ésta fue la segunda visita de Luis a Surucuá. En la primera habíamos ido un grupo de amigos y el bailarín apareció, pero las circunstancias hicieron que se quedara sin fotos. Nuestro amigo Seko Pradier estaba grabando el canto del ave y Luis, lejos de pensar solamente en llevarse la imagen, prefirió no arruinar la grabación con la ráfaga del disparador. Guardó la cámara, disfrutó el momento y dejó que el sonido fuera el protagonista.
La fotografía tendría que esperar; y esperó... hasta el siguiente viaje, unos cuatro años después. Esta vez el bailarín volvió a regalarse, la cámara pudo trabajar tranquila y la deuda quedó saldada.
Son esas pequeñas historias que casi nunca se ven cuando uno mira una foto terminada. Detrás de una imagen muchas veces hay kilómetros recorridos, madrugones, regresos con las manos vacías y, de vez en cuando, algún gesto de compañerismo que vale tanto como la fotografía misma.
Al final, el bailarín blanco terminó posando para Luis. Y, viendo el resultado, la espera realmente valió la pena.


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