Reserva Urutaú, Candelaria: cuando el abandono también quema
Una vez más, el fuego vuelve a ser noticia, y una vez más no por las razones que quisiéramos. En esta oportunidad, las imágenes y el video compartidos por Atilio Cantaluppi muestran el avance de un incendio de pastizales dentro de la Reserva Urutaú, en Candelaria, un lugar que debería representar justamente lo contrario: protección, conservación y compromiso con ese pequeño pero valioso patrimonio natural que todavía nos queda.
Pero cuando uno observa las imágenes cuesta no preguntarse qué queda realmente de aquella idea de reserva cuando el abandono, la falta de mantenimiento y la ausencia de respuestas convierten al lugar en terreno fértil para que una chispa termine transformándose en fuego descontrolado. Y ahí aparece una palabra que resulta difícil de esquivar: desidia.
A esto se suma algo que me han manifestado personas que concurren habitualmente a la reserva y que conocen de cerca lo que sucede allí: el ingreso constante de pescadores, la presencia de cazadores furtivos y, particularmente, la abundancia de restos de fogones que quedan en el lugar sin ser apagados correctamente. No podemos afirmar que alguno de esos fogones haya sido el origen de este incendio, porque eso debería determinarlo una investigación. Pero tampoco podemos ignorar que un fuego mal apagado en medio de un ambiente de pastizales puede convertirse rápidamente en un incendio, y que la ausencia de controles aumenta considerablemente ese riesgo.
Entonces aparece nuevamente la misma pregunta: ¿quién controla?
Porque si una reserva permite el ingreso habitual de personas que pescan, cazan o encienden fogones y no existe una presencia efectiva que controle esas actividades, estamos frente a un problema que va mucho más allá de un incendio puntual. Es la consecuencia de tener un área que, en los papeles, está destinada a conservar la naturaleza, pero que en la práctica parece quedar librada a su suerte.
Frente a un incendio no alcanza con lamentarse cuando las llamas ya están avanzando. Hace falta prevención, recursos, personal capacitado, herramientas, caminos en condiciones y, fundamentalmente, alguien que tenga la responsabilidad y la decisión de actuar antes de que el fuego llegue. Después, cuando todo arde, siempre aparecen las explicaciones, las excusas y, muchas veces, la conocida costumbre de buscar a quién corresponde la responsabilidad.
¿Quién debe hacerse cargo de la Reserva Urutaú? ¿La Municipalidad? ¿La EBY? ¿El Ministerio de Ecología? ¿Algún otro organismo? Seguramente existen convenios, responsabilidades repartidas, presupuestos asignados y diferentes explicaciones administrativas. Lo que resulta bastante más difícil de encontrar es quién se hace cargo cuando la naturaleza necesita que alguien se haga cargo de verdad.
Y aparece entonces otra pregunta, quizá más incómoda: ¿hay recursos para conservar estos lugares? ¿Hay presupuesto para prevención y combate de incendios? ¿Ese dinero llega realmente a donde tiene que llegar? Porque mientras las distintas oficinas pueden discutir competencias, partidas, convenios o responsabilidades, el fuego no discute absolutamente nada. Avanza. Y cuando avanza, no distingue entre un expediente, una repartición pública o un funcionario.
La sensación que queda al mirar estas imágenes es de profunda impotencia. Impotencia por ver cómo se pierde vegetación, cómo desaparecen refugios y alimento para innumerables especies y cómo un ambiente que tardó años, décadas o mucho más en formarse puede quedar destruido en cuestión de horas. Y también bronca, porque muchas veces da la impresión de que esperamos a que ocurra el desastre para recién entonces preguntarnos qué podríamos haber hecho para evitarlo.
No es solamente un incendio. Es también el resultado de una cadena de pequeñas ausencias: la falta de prevención, de vigilancia, de mantenimiento, de recursos, de planificación y, sobre todo, de interés. Porque conservar una reserva no debería consistir simplemente en colocarle un nombre, delimitarla en un mapa y esperar que la naturaleza se conserve sola.
Hace ya un tiempo, un amigo dijo una frase que quedó dando vueltas y que hoy vuelve a tener una vigencia tremenda: “La naturaleza, los árboles y los animales no votan.” Quizás allí esté parte de la explicación de por qué tantas veces resulta más sencillo mirar para otro lado.
Los árboles no reclaman. Los pastizales no presentan expedientes. Los animales no pueden ir a golpear la puerta de una oficina para preguntar por qué nadie llegó cuando comenzó el fuego. Y la naturaleza, lamentablemente, tampoco tiene quién la represente cuando las prioridades de quienes deberían protegerla parecen estar en otro lugar.
No se trata de señalar gratuitamente a una persona determinada ni de desconocer las dificultades reales que implica combatir un incendio. Se trata de algo mucho más simple: preguntar quién está cuidando la Reserva Urutaú, quién controla el ingreso de personas y qué se está haciendo para que esto no vuelva a suceder.
Porque si una reserva termina librada a la buena de Dios, entonces quizás haya llegado el momento de preguntarnos para qué la llamamos reserva.
Y mientras nosotros discutimos quién debía hacer qué, la naturaleza vuelve a ser la que pierde... Una vez más.
Fotografías y video: Atilio Hector Cantalupi



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