El error del nombre, la deuda de la memoria
Se dice con frecuencia que la expresión "Medio Ambiente" carga con una redundancia casi ingenua. Quienes hemos gastado la suela de las botas recorriendo la densidad de la selva, la inmensidad del campo o el latido silencioso de los esteros, sabemos bien que la naturaleza no es un "medio" que nos rodea, ni un "ambiente" que se pueda fraccionar. Es un tejido indivisible. Un todo vivo del cual somos, apenas, una de sus tantas hebras.
Para el naturalista que ha aprendido a leer el paisaje con los pies y con el alma, la llegada de un día en el calendario no altera la marcha. La convicción no entiende de efemérides. No necesitamos que una fecha nos recuerde el valor de la vida que brota en el sotobosque, ni la urgencia de proteger el monte que da refugio y templanza a nuestra biodiversidad. Ese reconocimiento es un ejercicio diario, una respiración constante, un compromiso que se renueva con cada amanecer, con cada canto que aprendimos a identificar y a defender.
Sin embargo, el calendario insiste, y acaso su mayor utilidad sea la de funcionar como un espejo incómodo. Como sociedad, arrastramos una deuda monumental con nuestra propia tierra. Una deuda que no se salda con discursos bienintencionados ni con la repetición automática de consignas verdes.
Nuestra mayor falencia radica en una verdad simple y dolorosa: no podemos cuidar aquello que no conocemos.
Hemos permitido que la distancia nos ciegue. Vivimos en una época donde se teoriza mucho sobre la crisis climática, pero se camina poco el territorio. La desconexión con el entorno real genera una preocupante apatía. ¿Cómo pedirle a alguien que defienda el monte nativo si jamás ha escuchado el rumor profundo de su interior? ¿Cómo exigir la protección de un humedal si no se comprende que el estero es el riñón de nuestra tierra, el agua que sostiene el mañana?
La conservación no nace de un decreto; nace del asombro y del respeto. Y el respeto solo germina cuando nos tomamos el tiempo de mirar de cerca, de descubrir la microfauna que habita bajo la hojarasca, de entender el rol vital de cada ave, de cada árbol centenario que resiste en pie. Conocer el nombre de nuestras especies, sus hábitos, su fragilidad y su resiliencia es el primer paso revolucionario hacia su salvaguarda.
Un llamado a la acción consciente
Este día no debería ser una celebración, sino un momento de profunda introspección colectiva. Es la oportunidad para hacernos las preguntas esenciales:
¿Qué estamos haciendo para que las próximas generaciones hereden una tierra viva y no un paisaje mudo?
¿Cómo transformamos la ignorancia en curiosidad, y la curiosidad en un compromiso inquebrantable de preservación?
Que los senderos andados, la memoria del monte y la certeza de que el tiempo apremia nos sirvan de guía. Es hora de pagar nuestra deuda con la naturaleza, no por caridad, sino por estricta justicia y supervivencia. El primer paso es salir al encuentro del territorio, aprender a leerlo y, finalmente, comprender que defender la biodiversidad es, en última instancia, defendernos a nosotros mismos.
Roberto F. Genesini


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