Con el frío que está haciendo (mucho más de lo que a mí me gustaría) las salidas al campo quedaron momentáneamente en pausa, así que no queda otra, mate calentito al lado de la computadora y viaje en el tiempo.
Estos días me los estoy dedicando a revisar archivos viejos, editar fotografías que habían quedado olvidadas, hacer esa limpieza que uno siempre promete pero nunca cumple, y ajustar, acomodar, volver a diagramar cosas en el blog que quedaron desconfiguradas.
Fotográficamente hablando el objetivo es simple, eliminar todo lo que está fuera de foco, movido o que definitivamente no aporta demasiado, para ir liberando espacio. Después de todo, si el invierno afloja y volvemos a salir a fotografiar, habrá que hacerle lugar al material nuevo.
Y en medio de esa expedición arqueológica apareció el protagonista de hoy.
Estas fotografías corresponden a un bobito grande (Myiarchus sagrae), tomadas en el parque del hotel Memories, en Varadero, Cuba, durante el viaje de 2017. Lo curioso es que, por algún motivo que hoy ya no recuerdo, nunca las había editado ni mucho menos publicado. Ocho años esperando pacientemente en un disco rígido hasta que finalmente les llegó el turno.
El bobito grande es un representante de los atrapamoscas, una familia de aves que suele poner a prueba la paciencia de cualquier observador. No tiene colores estridentes ni plumajes extravagantes; su encanto está en los detalles, en esa elegante combinación de tonos pardos, grises, negros, el vientre amarillento y la típica costumbre de lanzarse desde una rama para capturar insectos al vuelo y regresar casi siempre al mismo posadero.
Además, se trata de una especie propia del Caribe, presente principalmente en Cuba y algunas islas vecinas, así que para quienes venimos del sur siempre tiene ese atractivo extra de encontrarse con un ave que difícilmente veremos en nuestros recorridos habituales.
Así que hoy el frío tuvo su recompensa. Entre mates, carpetas desordenadas y miles de archivos olvidados, apareció este viejo recuerdo cubano para recordarme que, a veces, las mejores fotografías no son las recién tomadas, sino aquellas que esperan con paciencia el momento indicado para volver a ver la luz.
Y así, entre una carpeta y otra, el disco rígido quedó un poco más liviano... y el mate también. Ahora solo falta que el invierno tenga un gesto de buena voluntad, afloje de una vez por todas y nos permita volver a salir al monte, que las tarjetas de memoria ya están listas para llenarse otra vez, aunque, siendo sincero, estoy empezando a disfrutar de estos rescates del archivo también tienen un encanto especial muchas veces esconden imágenes que en su momento pasaron inadvertidas y hoy se disfrutan con otros ojos, imagínense lo que tengo guardado en casi 500GB de fotos.


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