Fotón para libro
Hay fotos que están buenas, hay fotos que están muy buenas, y después están esas que, cuando las ves, te hacen decir aquella vieja frase que usábamos entre nosotros: “Fotón para libro”. Bueno… esta es una de esas. Una sola foto para la entrada de hoy, porque cuando hay una foto así no hace falta andar llenando espacio con otras cuatro o cinco imágenes para completar la publicación. Al contrario: una buena foto merece que uno se quede un rato mirándola, y si encima viene acompañada de una historia, mejor todavía.
El protagonista de hoy es un Atajacaminos chico, de esos bichos que parecen haber sido diseñados específicamente para complicarle la vida al fotógrafo. Son nocturnos, se confunden perfectamente con el camino, uno puede pasar a pocos metros y no verlo y, cuando finalmente consigue encontrarlo, generalmente está oscuro como boca de lobo. Y para completar el cuadro, cuando uno cree que finalmente lo tiene ubicado y que llegó el momento de hacer la foto, el muy desgraciado puede levantar vuelo y desaparecer en la noche sin dar demasiadas explicaciones.
Pero nosotros teníamos un método. Más precisamente, Nico tenía un método. Nico Pavese, muchachito conocido en estas páginas por sus habilidades fotográficas y, fundamentalmente, por haber desarrollado una particular relación laboral con el Poxiran. Para quienes todavía no conocen la historia, Nico es ese muchacho que, cuando encuentra un pajarito posado en una rama y necesita que el modelo permanezca quietito para hacerle una buena foto, aparentemente considera que la naturaleza dejó incompleto el trabajo y procede a solucionar el inconveniente con un poquito de adhesivo. Sí, señores: Poxiran. Una pequeña aplicación y listo. El ave queda firmemente adherida a la rama y el fotógrafo puede trabajar tranquilo. Aclaremos, por las dudas, que esto es una exageración producto de la confianza y del humor entre amigos. No vaya a ser que algún defensor de las aves aparezca por acá con una denuncia internacional contra el muchachito.
La realidad es que con Nico compartimos unos cuantos de esos encuentros nocturnos buscando atajacaminos por los caminos del sur misionero, y ahí aparece otra parte de la historia que me encanta recordar. Mientras la gente normal estaba en su casa, cenando, mirando televisión, durmiendo o haciendo vaya uno a saber qué cosa razonable a esas horas, nosotros estábamos recorriendo caminos oscuros buscando pájaros. Porque evidentemente teníamos otras prioridades. Noches de recorrer lentamente los caminos, atentos a cualquier movimiento, a cualquier reflejo, a cualquier silueta que apareciera sobre el suelo, esperando encontrar alguno de estos habitantes nocturnos que durante buena parte del tiempo consiguen pasar completamente desapercibidos.
Y de repente aparecía. Ahí estaba el atajacaminos, quietito, camuflado, perfectamente integrado al ambiente. Uno de esos animales que durante el día parecen no existir y que, cuando cae la noche, aparecen para recordarnos que el monte tiene una vida completamente diferente de la que nosotros vemos durante las horas de sol. Y esos encuentros eran espectaculares, no solamente por la especie en sí, sino por todo lo que había alrededor: la noche, el camino, el silencio, la expectativa de encontrarlo y esa sensación tan particular que tienen las salidas nocturnas. Uno avanza despacio, mira, busca, vuelve a mirar, intenta descubrir una forma que se confunde con el suelo y con las hojas secas, y muchas veces termina necesitando que alguien señale aquello que estaba ahí desde hacía rato y que ninguno de nosotros había sido capaz de distinguir.
Y cuando finalmente aparece, empieza la otra parte: tratar de fotografiarlo. Porque encontrarlo es una cosa y fotografiarlo bien es otra historia. Ahí entran la paciencia, la experiencia, la luz, la posición, el fondo, la distancia y todas esas pequeñas cosas que hacen que una foto pase de ser simplemente un registro a convertirse en una fotografía que uno quiere conservar. Y en este caso, además, está ese desafío adicional que tienen las especies nocturnas, donde cualquier pequeño movimiento, una iluminación mal ubicada o un fondo poco apropiado pueden arruinar una oportunidad que quizás costó muchísimo conseguir.
Como esta. Una sola imagen, pero una de esas imágenes que tienen todo lo que uno espera de una buena fotografía de naturaleza: el ave perfectamente ubicada, el entorno acompañando sin competir, la actitud del sujeto y, sobre todo, esa sensación de estar viendo algo que no cualquiera tiene la oportunidad de encontrar. Quizás por eso me gustan tanto estas fotos, porque detrás de una imagen aparentemente tranquila hay una historia bastante menos tranquila. Hay kilómetros de camino, noches, frío o calor, mosquitos, barro, sueño, ganas de volver a casa y alguien que en algún momento seguramente preguntó cuánto faltaba, mientras otro respondía aquello de siempre: “una más y nos vamos”.
Y, por supuesto, hay un atajacaminos que decidió colaborar. Todo eso queda fuera del encuadre, pero está. Y quienes alguna vez compartimos esas salidas sabemos perfectamente que muchas veces la foto empieza bastante antes de apretar el disparador. Empieza cuando uno decide salir de casa a una hora en la que cualquier persona sensata ya estaría durmiendo, continúa durante el recorrido, en cada curva del camino, en cada parada y en cada intento de descubrir una silueta que se mimetiza con el ambiente, y termina solamente cuando finalmente aparece esa imagen que hace que todo lo anterior haya valido la pena.
Esta es una de esas. Una foto de Nico Pavese, un Atajacaminos chico y una noche cualquiera del sur misionero. Una de esas imágenes que, cuando aparecen en la pantalla, hacen que uno vuelva automáticamente a aquellos caminos, a aquellas noches y a esa época en la que, mientras la gente normal dormía en su casa, nosotros andábamos por ahí buscando pájaros que solamente tenían la delicadeza de aparecer cuando todos los demás ya se habían ido a dormir.
Fotón para libro.
Sin discusión.

No hay comentarios:
Publicar un comentario