9 de junio de 2018.
Sin saberlo en ese momento, ese terminaría siendo mi último viaje exclusivamente dedicado a fotografiar aves.
Invitados por Nico Pavese, nos fuimos con Willy y Roby un fin de semana rumbo al norte de Misiones para conocer los parques provinciales Cruce Caballero y La Araucaria, allá donde el frío pega distinto y el monte todavía conserva ese aire salvaje que obliga a bajar un cambio apenas uno llega.
Hoy, 8 años después, volver a abrir esas fotos fue casi como viajar en el tiempo, fotos que sobrevivieron gracias a un viejo backup guardado en un disco rígido externo. Del otro respaldo, el de los DVD’s, ya ni siquiera tengo cómo sacar los archivos. Cosas de la tecnología… formatos que envejecen más rápido que los recuerdos ya que el hardware nuevo ignora a las cosas viejas.
Entre carpetas, RAWs y fotos movidas volvieron también las sensaciones de aquellos días, el frío tremendo que soportamos, las comidas espectaculares improvisadas entre amigos, las charlas eternas, y las anécdotas que todavía hoy siguen causando risa.
Porque si algo tenía esa época era eso, la capacidad de disfrutar absolutamente todo alrededor de la actividad, incluso cuando las aves no aparecían.
Todavía puedo verme sentado esperando que Roby terminara de cocinar un arroz con pollo al disco que compartimos con los guardaparques. El olor a comida caliente mezclándose con el aire helado del monte. Willy aprovechando para dormir una siestita dentro de su Duster. Y Nico, incapaz de quedarse quieto demasiado tiempo, pidiéndome mi cámara para sacar unas fotos. A los pocos segundos lo veo tirado cuerpo a tierra, fotografiando un confiado zorzal colorado que caminaba tranquilamente a unos metros de nosotros.
Ocho metros exactos, para ser precisos.
Dato confirmado muchos años después revisando el EXIF del archivo, porque esas son las maravillas de la fotografía digital, quedan registrados detalles increíbles, desde la configuración de la cámara hasta la distancia exacta entre el plano del sensor y el punto donde enfocó la lente.
Mientras tanto yo esperaba pacientemente que me devolviera mi cámara para tirarme al piso también y sacar mis propias fotos del zorzal.
Y hoy, viendo esas imágenes otra vez, uno entiende que muchas veces las mejores salidas no fueron necesariamente las que dieron las mejores fotos. Fueron las que dejaron historias, momentos y amistades que sobreviven mucho más que cualquier archivo.
Porque al final, con el paso de los años, las fotos terminan funcionando como pequeñas máquinas del tiempo. Y alcanza ver un simple zorzal colorado caminando en medio del monte para volver a sentir el frío, escuchar las risas y recordar lo felices que éramos compartiendo esa locura de pajarear entre amigos.



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