Fotos para hoy… tres fotografías de Loica común, también conocida como Pecho colorado grande, que pude fotografiar unos años atrás.
Llueve y no puedo salir a seguir relevando aquel pastizal con capuerón y arroyo que encontré en mi barrio, así que me siento frente al monitor para viajar una vez más, aunque esta vez sea de manera virtual. Editar fotografías tiene esas cosas, uno empieza mirando una imagen y termina volviendo en el tiempo, recordando lugares, caminos y momentos que parecían haber quedado guardados vaya uno a saber en qué rincón de la memoria. Es como volver a subirse al auto, preparar todo para el viaje y recorrer kilómetros de rutas en otras provincias buscando nuevos sujetos emplumados para fotografiar.
Recuerdo perfectamente el lugar en el que nos detuvimos unos quince minutos al costado de la ruta aquel martes 22 de abril. Bueno, digo que lo recuerdo perfectamente, pero tampoco tengo una memoria tan prodigiosa; por suerte, los datos EXIF de las fotografías vienen al rescate cuando la memoria empieza a fallar. Ruta Nacional 251, provincia de Río Negro, unos cuantos kilómetros antes de llegar a General Conesa, viajando rumbo a San Antonio Oeste, el lugar donde nací.
Volvamos a los pájaros, que para eso estamos acá. Veníamos recorriendo la ruta cuando vimos unos flamencos y decidimos detenernos para fotografiarlos. En esos viajes familiares, una parada que para cualquiera podría ser simplemente un descanso para estirar las piernas, para el que anda con una cámara a cuestas puede convertirse en una pequeña expedición. Y lo mejor es que nunca sabés muy bien con qué te vas a encontrar.
Apenas nos detuvimos, en medio de aquella inmensidad patagónica, empezaron a escucharse cantos de aves. Casi todos desconocidos para mí, porque una cosa es conocer las especies por los libros y las fotografías, y otra muy distinta es encontrarse por primera vez con ellas en su ambiente natural. Ahí empieza el desafío de mirar, escuchar, identificar y, si se puede, conseguir alguna fotografía que nos permita llevarnos un recuerdo de ese encuentro.
Había que aprovechar el tiempo, porque la familia esperaba y todavía quedaban muchos kilómetros por recorrer. Quince minutos alcanzaron para hacer unas cien fotografías, entre flamencos, yales, loicas y algunos patos que hasta ese momento nunca había visto en persona. También hubo tiempo para completar la libreta de campo, anotar lo observado y tratar de que no se nos escapara ningún detalle importante. Después, a guardar los equipos, volver al auto y seguir viaje.
Así eran y siguen siendo, al menos en mis recuerdos, esos viajes en familia en los que uno intenta combinar los kilómetros de ruta con las pequeñas escapadas ornitológicas que aparecen por el camino. Seguramente para los demás quince minutos fueron apenas una parada más, pero para mí significaron un montón de encuentros nuevos, fotografías y registros que todavía hoy, varios años después, me permiten volver a estar allí.
Y así seguimos recorriendo la estepa patagónica, mirando el paisaje por las ventanillas y esperando descubrir qué otra sorpresa nos tenía preparada la ruta. Porque uno puede planificar un viaje, marcar destinos en el mapa y calcular distancias, pero nunca sabe cuándo va a aparecer ese rincón que lo obligue a frenar, sacar la cámara y olvidarse por un rato de todo lo demás.
Hoy, con la lluvia impidiéndome salir al campo, esas tres fotografías de Loica común me regalaron nuevamente aquel viaje. No hizo falta cargar el equipo ni recorrer cientos de kilómetros. Bastó sentarme frente al monitor para volver, aunque fuera por un rato, a aquella ruta de Río Negro, con un pequeño lago al costado del camino, con los flamencos a la vista, los cantos desconocidos alrededor y la satisfacción de haber aprovechado cada uno de esos quince minutos.



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