Muchas especies de aves se encuentran en grave peligro de extinción en todo el Planeta, debido a la reducción de sus habitats y al tráfico y tenencia como mascotas.
No las captures disfruta de observarlas en libertad, cuida, preserva, respeta la naturaleza, planta un árbol.
Tus hijos te lo agradecerán.

19 oct 2026

El ñandú, orgullo de nuestros campos… y víctima de la estupidez humana

Para hoy, unas fotografías de nuestro emblemático y autóctono ñandú (Rhea americana), una de esas aves que forman parte del paisaje de nuestros campos y que, además de su inconfundible silueta, tienen una larga historia ligada a la cultura y las tradiciones de nuestra tierra. Las fotos son de Luis y una mía. Las de Luis fueron obtenidas en el camino de acceso a Rincón Ombú Chico, mientras que la mía la hice en Bahía Carayá, Corrientes, un lugar que conozco como un loteo abierto, una especie de barrio semicerrado o zona de chacras, con terrenos y casas de fin de semana. Allí estos grandotes andan bastante tranquilos, caminando de un lado a otro como si supieran que nadie tiene intenciones de hacerles daño.
Pero volvamos al ñandú, porque hay algo que me contó Luis que me dejó bastante preocupado y, para qué vamos a andar con vueltas, también bastante caliente. Me comenta que hace muchos meses que no se ven ñandúes en los campos aledaños al camino de acceso a Rincón Ombú Chico. Y no es que hayan desaparecido por arte de magia. Según me cuenta, la mayoría de los capataces de la zona, que conocen muy bien los campos y saben perfectamente dónde nidifican estas aves, tienen identificados los lugares donde hacen sus nidos y se dedican a depredarlos para consumir los huevos, sin dejar que las nidadas prosperen.
Son tan pelotudos que no se dan cuenta de que, si no hay futuros ñandúes, tarde o temprano la especie va a desaparecer de esos campos gracias a la estupidez humana. Después nos lamentamos cuando dejamos de ver animales que antes eran habituales, nos preguntamos qué pasó y buscamos explicaciones complicadas, cuando muchas veces tenemos la respuesta delante de nuestras narices. ¿Tan difícil es entender que sacar los huevos de un nido significa impedir que nazcan nuevos individuos? Parece mentira que todavía haya gente que no comprenda algo tan básico, o peor aún, que lo comprenda perfectamente y no le importe un carajo.
El ñandú es una de las aves corredoras más grandes de Sudamérica. Está adaptado a vivir en ambientes abiertos, pastizales, sabanas y campos donde encuentra alimento y espacio para desplazarse. No vuela, pero cuando necesita escapar puede desarrollar una velocidad considerable. Durante la reproducción, el macho construye el nido en el suelo, entre la vegetación, y es el encargado de incubar los huevos que ponen varias hembras. Una nidada puede reunir numerosos huevos, por lo que destruir un solo nido representa la pérdida de muchos futuros pichones de una vez. Y si esto se repite año tras año en los mismos campos, no hace falta ser un especialista en conservación para imaginarse cómo termina la historia.
A todo esto se suma la transformación de los pastizales naturales, el avance de las actividades agropecuarias, los alambrados que dificultan sus desplazamientos, la caza furtiva y los perros que persiguen a la fauna silvestre. El ñandú está considerado vulnerable en distintas evaluaciones de conservación, y en nuestro país su situación merece atención. La Ley Nacional 22.421 de Conservación de la Fauna Silvestre contempla la protección de los animales, sus crías, huevos y nidos frente a la caza, captura y otras acciones reguladas por la normativa. Es decir, no estamos hablando solamente de una cuestión de sensibilidad o de respeto por la naturaleza, sino también de una conducta que puede tener consecuencias legales.
Y pensar que el ñandú no es solamente un ave más de nuestros campos. Forma parte de nuestra historia rural, de las costumbres criollas y de esa imagen del campo argentino que todos tenemos bastante incorporada. Durante generaciones, los gauchos conocieron bien a estas aves y las persiguieron a caballo con boleadoras, aprovechando su carne, sus huevos y sus plumas. Esa relación aparece en relatos históricos, en las prácticas tradicionales y en el folclore de distintas regiones. Incluso las culturas indígenas del Gran Chaco le dieron un lugar importante en sus formas de vida, sus conocimientos del ambiente y sus celebraciones.
Hay también algo muy lindo en la manera en que el ñandú quedó representado en el cielo. Para distintos pueblos originarios y comunidades criollas del sur del Chaco, el ñandú no era solamente el animal que caminaba por la llanura, sino que también tenía su lugar entre las figuras que se reconocían en el firmamento. Esas representaciones nos recuerdan hasta qué punto la fauna autóctona estuvo ligada a la vida cotidiana, a las creencias y a la identidad de quienes habitaron estas tierras mucho antes de que empezáramos a alambrar cada vez más superficies y a modificar el paisaje a nuestro antojo.
Por eso da tanta bronca enterarse de estas cosas. Porque una cosa es que la naturaleza siga su curso y otra muy distinta es que nosotros mismos nos encarguemos de hacer desaparecer aquello que todavía tenemos la suerte de conservar. No estamos hablando de un animal exótico que vemos en un documental filmado a miles de kilómetros. Estamos hablando de una especie nuestra, de Sudamérica, que todavía podemos encontrar en algunos campos de la región, siempre que la dejemos vivir y reproducirse en paz.
Y acá viene el contraste con Bahía Carayá. Es notable cómo los ñandúes de ese lugar deambulan sin que nadie los moleste, caminando por los terrenos como si formaran parte de la vida cotidiana del barrio. Quizás los pobres ñandúes se habrán dado cuenta de que ahí nadie les hará daño… Ojalá fuera así en todos lados. No deberían necesitar aprender a reconocer qué lugares son seguros y de qué personas tienen que escapar para poder sobrevivir. Debería alcanzarnos con entender que ellos también tienen derecho a vivir en los ambientes que todavía les quedan.
Al final, uno termina pensando que la conservación no depende únicamente de grandes parques nacionales, de leyes escritas o de campañas con carteles muy bonitos. También depende de lo que hace cada persona cuando se encuentra frente a un nido, un animal silvestre o un pedacito de campo que todavía conserva vida. Si en lugar de destruir protegemos, si en lugar de perseguir dejamos tranquilos a los animales, todavía hay posibilidades de que las próximas generaciones puedan encontrarse con un ñandú caminando por el campo y no tengan que conformarse con verlo en una fotografía.
Ojalá dentro de un tiempo Luis vuelva a ver ñandúes en los campos de Rincón Ombú Chico. Sería una buena noticia y una señal de que todavía estamos a tiempo de corregir algunas cosas. Mientras tanto, comparto estas fotos para recordarles que el ñandú sigue siendo parte de nuestra fauna autóctona y que conservarlo también depende de nosotros; porque después, cuando ya no quede ninguno, va a ser demasiado tarde para lamentarse.


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