Hoy vuelvo a revolver un poco los archivos y aparecen algunas fotos de un carpintero garganta estriada, de esas que fueron tomadas en la casa de Luis, en el Club Refugio Ombú, un lugar donde uno ya sabe que puede pasar de todo y que, además de llevarse alguna foto, seguramente se va a llevar una buena charla, unos mates y algún recuerdo para guardar. Pero en honor a la verdad, esta vez al carpintero lo miré bastante más a través de la lente de la cámara que lo que realmente lo fotografié. Y no porque me haya faltado tiempo ni porque la cámara no estuviera lista, sino porque de vez en cuando también disfruto de esas situaciones en las que uno se olvida un poco de apretar el disparador y se dedica simplemente a observar qué está haciendo el protagonista.
En esta oportunidad fueron solamente dos fotos. Sí, dos. Después de tantos años de andar con la cámara a cuestas, uno podría pensar que semejante encuentro merecía una ráfaga de fotos, distintos ángulos, poses, vuelos, acercamientos y vaya a saber cuántas cosas más. Pero no siempre es así. El carpintero estaba entretenido buscando su comida en el tronco de un árbol y, después de bastante trabajo, consiguió sacar un gusanito. Hasta ahí, todo dentro de lo normal. El problema fue que, en alguna de esas maniobras propias de un carpintero, el pobre gusanito terminó cayéndose. Y ahí apareció una de esas pequeñas escenas que, si uno está atento, terminan siendo mucho más interesantes que una foto perfectamente encuadrada: el carpintero sacó la lengua y se lamió la panza, tratando de volver a atrapar al gusanito que había perdido. Una escena de apenas unos segundos, pero de esas que quedan en la memoria mucho más tiempo que cualquier archivo guardado en una carpeta.
Y ahí estaba yo, exprimiendo los 500 mm de la lente, observando todo ese procedimiento desde atrás de la cámara. Podría haber intentado hacer veinte fotos, pero sinceramente preferí mirar. Porque con el tiempo uno también aprende que salir a pajarear no es solamente juntar especies ni llenar tarjetas de memoria. Hay días en los que uno vuelve con una cantidad de fotos impresionante y otros en los que vuelve con dos fotos, o con ninguna, pero se trae encima una observación, un comportamiento o una situación que no estaba esperando encontrar. Y eso también forma parte de esta afición que, por suerte, todavía consigue sorprenderme después de tantos años.
Quizás por eso me gusta revolver los archivos. Porque entre tantas carpetas aparecen fotos que, además de mostrar un ave, me devuelven un momento. A veces recuerdo dónde estaba, con quién, qué estábamos haciendo, los mates de por medio o alguna charla que seguramente terminó desviándose hacia cualquier tema menos los pájaros. Y otras veces, como en este caso, me acuerdo de que durante unos minutos la cámara quedó casi en segundo plano y me dediqué simplemente a mirar.
Así que siguen apareciendo recuerdos revolviendo archivos. Todavía quedan unas cuantas historias escondidas por ahí y, por lo visto, no todas necesitan una gran cantidad de fotos para volver a salir a la luz. Algunas se conforman con dos... y con un carpintero de lengua larga intentando recuperar el almuerzo.


No hay comentarios:
Publicar un comentario