Hoy comparto dos fotografías de la Lechuza listada, una especie que tuve la suerte de fotografiar en una sola oportunidad, durante aquellos días que anduvimos con Nico Pavese y los hermanos Genesini por San Pedro, visitando los parques provinciales Cruce Caballero y La Araucaria. Ya había publicado otras fotos de aquel encuentro, pero como suele pasar cuando uno se junta con amigos a recorrer el monte, las anécdotas que quedan en el recuerdo a veces terminan siendo bastante más duraderas que las propias fotografías. Y esta merece ser contada por primera vez, porque esta vez el protagonista no sea precisamente el plumaje de la lechuza, sino mi propia humanidad haciendo de las suyas.
Para conseguir unas fotos un poco más interesantes, nos apartamos del camino y nos subimos a una saliente del terreno, buscando ganar algo de altura y acercarnos un poco más a la lechuza. Hasta ahí, todo bien. El problema empezó cuando llegó el momento de bajar. Como dice el refrán, todo lo que sube tiene que bajar, pero nadie aclara que conviene hacerlo por el mismo lugar por donde uno subió. Yo, muy confiado, elegí otro sector para el descenso y ahí perdí todas las referencias que tenía. Para completar el panorama, estaba sin linterna y no veía absolutamente nada. doy el primer paso para salir del desnivel pero La calle no aparecía nunca, daba la impresión de que se había mudado de lugar mientras yo estaba allá arriba.
En medio de semejante situación, mi instinto de supervivencia tomó una decisión que, vista desde afuera, quizás no haya sido la más razonable, pero que para mí tenía toda la lógica del mundo. Lo primero que atiné a hacer fue proteger la cámara y el equipo fotográfico, abrazándolos como si me fuera la vida en ello. Total, si había que terminar desparramado contra el suelo, por lo menos que el equipo saliera indemne. Mi humanidad podía negociar las consecuencias, pero la cámara no estaba en condiciones de participar de semejante aventura.
Por suerte, cuando el desastre parecía inevitable, apareció la mano salvadora de Roby, que puso justo donde hacía falta para evitar que mi cara terminara estampada contra una piedra. Todavía no sé si agradecerle más haberme salvado la nariz, algún diente o la integridad física en general, o haber evitado que mi equipo fotográfico terminara convertido en un costoso rompecabezas. En aquel momento tenía bastante claro cuáles eran mis prioridades, y les aseguro que la cámara ocupaba y sigue ocupando un lugar de privilegio en esa lista.
Así terminó aquella expedición nocturna, con un susto importante, un lindo raspón en mi cara pero el equipo intacto y una anécdota que salió bastante más barata de lo que podría haber costado. Porque de eso también se trata compartir estas salidas con amigos. Uno sale a buscar aves, vuelve con fotografías, recuerdos y, de vez en cuando, alguna historia que no estaba en los planes. Y esta es de las que cada vez que nos volvemos a juntar aparece inevitablemente en la conversación, para que entre todos nos riamos un rato a costa de mis habilidades para bajar de una saliente en plena oscuridad.
Al final, la Lechuza listada nos regaló un lindo registro, pero Roby se ganó una mención especial por los servicios prestados. ¡Y yo aprendí que la próxima vez será mejor llevar una linterna y, si es posible, contratar un guía para el descenso!


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